Monday, June 11, 2012

Juan Bautista Villaseca

Diurno para un perro sin sitio
Como las penas vuelven
a la comida muerta,
al rincón
que bien puede hospedar
la lágrima y la pulga,
como el perro noctámbulo que ha perdido el reloj de los ojos
y el sol se le aparece
como un recuerdo de la luz,
así regreso a ti.

Hay un mosaico que me enfría en tu pecho.
Yo soy el perro que regresa.
No sé vuelvo a ti para morir.
Diurno a las piedras
Quiéreme siempre, piedra, a ti te hablo.
A ti te toco y eres como el viento.
Yo no quiero romperte, yo presiento
que eres como un silencio en el establo.

Yo te acaricio como Cristo a Pablo.
Eres dureza en mi arrepentimiento,
eres cuerpo secreto que caliento.
El ángel quiere conocer al diablo.

Eres un beso seco de dureza.
Ojos nocturnos en la sed del campo.
Eres rostro del tiempo y mi tristeza.

Selva deshabitada, tierra dura.
Explorador del sueño, en ti me acampo.
Quédate como almohada de ternura.

Diurno en la frente
Llevo en la espalda un pájaro sangrado.
No me duele la sangre, sangre en vano.
Mi herida ya le perdonó a la mano.
Pistola de odio se volvió el pasado.

De atrás venimos al futuro alado
—música perseguida por un piano—,
de atrás el escritorio va hasta el llano,
toca la tierra, siembra y se hace prado.

Ácido funeral quema mis dedos.
Están pidiendo tempestad al río,
mi espalda tiene pétalos muy quedos.

Me voy, pero no voy indiferente.
No soy puñal de la melancolía,
mi espalda sangra, mas yo voy de frente.

Diurno para el adiós y un soneto
El día me lastima las dos manos;
son como dos cubetas ya vacías
cansadas de cargar días y días
el agua ahorcada junto a los pantanos.

Y tú vienes conmigo hasta esos vanos
pies de tierra, fríos, adonde huías,
descalza al fin como las alegrías
que siguen los amores hortelanos.

Me he acostumbrado a siempre despedirme,
llevo un fusil tatuado en la palabra.
Te amo amando para no morirme;

deja quedarme ciego y florecerte
para que no te mire el lecho que abra
no mirarte en un niño y detenerte.


Diurno y poesía
Leve es la cicatriz, pero honda la tortura.
El trigo se hace voz del pan eterno.
Siempre llevamos un oculto invierno
en la ceniza que dejó la albura.

Es la ventana a veces tan oscura
que se parece a Dios en el infierno,
pero la vida tiene un vientre tierno,
la eternidad no tiene sepultura.

Me está vistiendo el frío y aún me quemo.
Como una espera la piedad me mira.
Sin la alegría pateo y me blasfemo.

No sé si el día me carga o cargo al día.
Ya no sé quién se asfixia o quién respira.
Se va el amor, mas no la poesía.

Retrato de Juan Bautista Villaseca

  
Diurno para un soneto a México

Este México triste que me duele
en su alegría y en su desventura,
este nopal oscuro que verdura
y hace pájaro al sol para que vuele.

Esta mi Patria mía a que me impele
el ombligo, el maíz, y la tortura;
este verme en un mapa que fulgura
rico y pobre en la vela que me vele.

Este México triste de su suegra,
páramo y tornasol en mesa abierta,
se hace el árbol amargo que me alegra.

México mío, águila que advierte
la puerta siempre de la siempre puerta,
no me dejes afuera de mi muerte.


Diurno para un poema enlutado

Hay poemas que se parecen a la muerte,
son tan silvestres
que nos traen de pronto la ceniza,
bajan de una vida que no pesa,
que se recarga entre los sucios huesos,
rascan la piel,
golpean la serpiente del intestino hambriento;
hay poemas que se parecen a los ríos desnudos,
a una cama sin rosas,
a un niño paralítico en medio de su infancia;
hay poemas como este que yo quiero escribir,
versos tiesos de llanto,
versos que pisan una tarima herida
de esta casa inundada de trampas por el mundo.

Hay poemas que se parecen a la muerte,
poemas rojos de agonía
donde la vida cae como un ganado estéril
cansado de pastar su desventura,
versos que fácilmente olvidarían
el magistrado,
el ingeniero turbio de los dólares,
y alguno que otro estúpido condecorado en la política,
porque esto es necesario,
hay que hablar de los cines,
del prostíbulo verde que sonrió alguna noche,
de cómo nos fue ayer y nos irá mañana,
de cómo nos hacemos pendejos con la flor en las manos,
mientras los hospitales,
los mercados enfermos de pobreza,
los niños que se arrastran en los años,
están afuera de la tierra,
afuera de la luz,
lamiendo los orines
que de limosna dejan caer los millonarios,
mientras afuera del campo
se ha olvidado otra vez de Quetzalcóatl.

Hay poemas que se parecen a la muerte.
Uno se busca en medio del cadáver.
Cuando saca las manos a la vida
se encuentra caminando con un hermano muerto
colgándonos del hombro.

Diurno como un cuento

Érase un campo de concentración
pero de golondrinas,
las jóvenes ardillas te ocultaban
y un recinto de invierno
te cerraba los ojos
con un sueño de brizna
desde las madrugadas…

Érase que era una cárcel
pero toda en el huerto de la espuma,
toda como una rosa en sus vocales
coronada de niños,
toda como una biblioteca de amor
en la lumbre olvidada;
toda como el rocío cercado por la lluvia.

Érase que se eran las cárceles
pero de libertad
en ramos matutinos.

Érase que se eran cuatro paredes solas
pero sólo de amor,
sólo del alba
cuando caminaba a la intemperie.


Este malogrado y casi desconocido poeta nació en México DF en 1932 y murió en 1969, a pesar de su muerte prematura, dejó poemas que muestran su enorme talento.

Cercanía de la ausencia

Nunca pude comprender
por qué le llamaba Dios
y Él me llamaba Juan.

En el agua de mi infancia
se quitaba el antifaz,
a Él le lloraba un huerto
de nardos en tempestad,
nunca me dijo por qué
también le quemaba el pan.

A las basuras del tiempo
se fue mudando esa edad.

Mi traje cambió de pena,
mi zapato de orfandad.

Ya ni el recuerdo recuerda
lo que quiero recordar,
la tierra de mi cadáver
lleva un poco de su cal,
y si algún día lo encuentro
ya Dios no lo llamaría,
ni él me llamaría Juan.


(Al poeta Luis Alvelais Pozos) 



Diurno del bar

El bar
es el exilio de un sonámbulo
que llega hasta la barra y se suicida.
El bar es el obrero,
es el agricultor y es el poeta,
que tristes ya de hablarle al sindicato,
al campo,
y a la vida,
se van a oír cómo les suena el alma
entre los vasos.
El bar es un puñal de doble sueño.
En la puerta,
como en esas películas en donde el olvido dice pan o muerte
dejamos un caballo con un fardo de angustia.
Cuando olvidamos de la boca el vaso,
cuando nos vamos otra vez al tiempo,
cuando el alcohol sonrió frente al hambre,
nos salimos del bar a ver el viento.
...Y el caballo allí está.
Le montamos de nuevo la tristeza
y nos vamos cansados a la noche
con un galope lento
que despertando el polvo
vuelve otra vez hacia la lejanía.

Diurno para un reloj perdido

Hoy he empeñado
Como otras tantas veces mi reloj.
Se adelantaba tanto a mi pobreza
que al hotel estrellado de la noche
le despertaba el sol.
El tiempo no goteaba,
era un río,
quería todas las estaciones
para vivir un día.
Las horas se salían de su jaula
saludando una vida anticipada.
Mi reloj no servía,
era como una hora que se escapa
para decir al árbol que llegó la aurora,
mi reloj no servía,
pedía que llorara más aprisa,
y así me amontonaba la hora del melón
que sangra la sandía desde lejos.
Pero estaba inservible,
me adelantaba hasta los cobradores
a interrumpirme siempre en la paz,
y era como toda ilusión
un inexacto.

Diurno a mi soledad

Soledad,
seca manzana
que acaricio en la última bolsa de mi saco,
qué extraña muerte tengo
para guardarte junto de mi vida.
Es cierto, llega un beso,
el coágulo de sangre de la tierra,
llega un amigo con el plato roto,
apenas llega un pétalo a mis versos
y busca pasaporte hacia algún huerto,
llegan las estaciones vendedoras del sol,
y llega alguna noche
y me pide un sarape para el frío,
llega a verme mi madre
que nunca me visita,
llega el mismo traje,
y el llanto de madera de esta silla cansada de mi sombra
y llego yo otra vez a verme de espejo a espejo
con la piel encima.
Ay soledad
qué suerte tengo que tú me esperes
en la última bolsa de mi saco.

Pañuelo para un poeta distante

Era como la tierra, una argamasa
sin picaportes para la alegría,
alquilaba sus huesos, se dormía
como un limón soltero que se casa.
Yo lo miraba herirse en esa gasa
que cobijó en un beso la agonía,
venía obrero del dolor, venía
capitán de una lágrima a mi casa.
Una tarde abandonó su equipaje
de distancias. Se fue silbando el viaje
como los ferroviarios que se van...
Un vaso entre los bares quedó ausente.
Y le decía el océano lejanamente:
"te olvidaron los puertos, capitán"

Elogio de tu oído

Se te perdió,
se te perdió la oreja
pero no el corazón.
¿A dónde fue mi voz,
entre qué calles,
en qué trenes se fue trapecista del viento hacia la vida?
Te olvidaste que sonaban los pájaros a río triste,
a soledad de hojas,
a niños florecidos en las rocas,
a pastores aéreos
cayéndose de pronto hacia el paisaje.
Se te perdió,
se te perdió la oreja
pero no el corazón.
Porque no sólo somos de metal y miedo,
la luz no va como una piedra al pecho.
Yo te toco los senos y me escuchas,
yo me hundo en tus ojos y me escuchas,
yo me hiero en tu boca
y tú me escuchas,
yo me apago en tu cuerpo
y tú me escuchas.
Como el mundo está sordo
te quejas como el mundo.
Ahora golpeo los muebles,
los libros,
las palabras,
para que tú nunca sepas que estás sorda.

Réquiem

La ciudad de una lágrima
se me hizo hueso y mejilla,
ciudad de panal sombrío,
música inmóvil de luto
con noche de anteojos ciegos,
arcilla de lenta paja
con funerales de espuma,
qué lástima de la lástima
que no deja abrir la boca,
qué lástima tantos duelos.
En la ciudad de una lágrima
cabe mi propio cadáver.


No comments: