Friday, February 8, 2019

Las marionetas de Kleist

EN EN LITERATURA


Las marionetas de Kleist

A pesar de la importancia de Kleist, autor destacado del romanticismo alemán –por no decir incluso modelo del romanticismo por excelencia–, la presencia de este alma turbulenta en el bagaje del lector español no es muy común. En cualquier caso, sus cuentos o narraciones breves, así como las obras de teatro, pueden ser quizá más conocidas; por ejemplo, PentesileaMichael Kohlhaas oLa Marquesa de O son títulos que sonarán a cualquier lector que le gusten los clásicos. No obstante, las aportaciones de Kleist en forma de ensayo breve o texto filosófico pasan bastante desapercibidas, aunque son pequeñas joyas de una finura sorprendente.
Marioneta. Imagen tomada de: http://www.asharperfocus.com/BEINGJOH.HTM
Marioneta. Imagen tomada de: http://www.asharperfocus.com/BEINGJOH.HTM[/caption]
Cuando leí a Kleist por primera vez me conmocionó el estilo seco, directo, quizá irritado, un punto agresivo, como si escribiese con un cuchillo. Al mismo tiempo, aunque desprovista de todo artificio, la prosa era apasionada, de alguien que se abre el pecho y se sincera en cada palabra, que pone el corazón y se reivindica a sí mismo, sus valores e ideales, su singular forma de entender la vida. Creí que se extendía en detalles poco significativos, y luego era parco en la parte más emotiva, en los momentos cumbres de la narración, como si realizase un esfuerzo titánico por no dejarse llevar por la emoción, por seguir siendo racional y mantenerse en control. Pero la emoción estaba contenida allí, en palabras cerradas con hermetismo aunque a punto de explotar y arrasar, quemar las hojas. Tenía la impresión de presenciar una lucha constante del escritor consigo mismo: dos vertientes del alma enfrentadas en una cima bajo nubes tormentosas. No hay un esfuerzo en Kleist por ser estético, pero lo es, con el atractivo adictivo de un joven rebelde, directo y brusco; y al mismo tiempo es ágil, claro, preciso; y, pese a todo, la suya es la prosa de un maestro de la literatura, de un escritor exquisito, que controla a la perfección el ritmo de la narración y la efectividad del lenguaje.
Heinrich von Kleist
Heinrich von Kleist
Sobre la persona, casi se puede decir que los textos de Kleist son la carne y sangre de Kleist mismas, pues acaso haya sido el romántico que con mayor fidelidad ha vivido la esencia del romanticismo en sí, o cierta cúspide cerebral-emocional del romanticismo que se revela cual intenso oxímoron; y lo hizo hasta el final de sus días. Kleist se suicidió a los 34 años de edad, con una amiga; se pegó un tiro después de disparar a su compañera, valga decir que ella estaba conforme. ¿Por qué lo hizo? Se dice que por Weltschmerz (traducido: “que le dolía el mundo”), por una crisis existencial, porque no soportaba la derrota intelectual a la que le había sometido la lectura de Kant; esto es, la imposibilidad de justificar racionalmente la fe religiosa o de conocer toda verdad, o cualquier verdad si quiera. A Kleist le parecía que el mundo había perdido brillo, sentido, y que cualquier formación personal, cualquier esfuerzo por superarse, era en vano. Los psicólogos aseguran que, en realidad, nadie se suicida por motivos filosóficos, o no únicamente por motivos filosóficos; quien sabe si Kleist había interiorizado tanto la filosofía como para convertir su contenido en algo más esencial, más físico incluso, un amor real y un dolor también muy real. Kleist era un joven convulso, turbulento e idealista al máximo. Su biografía está accesible en múltiples obras, pero a mí me gusta en especial la aproximación que hace a él otro genial escritor, el austríaco Stefan Zweig –quien también se suicidó–, en su recomendable libro La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche) [1], donde comparte cartel con otros dos monstruos del pensamiento y la poesía: Hölderlin y Nietzsche –estos acabaron locos, al menos más de lo saludable, como el lector probablemente ya sabrá.
El texto que nos ocupa, Sobre el teatro de marionetas, lo encontré por primera vez junto con otros cuentos en la edición de [2], pero el lector lo puede conseguir online en [3]. Lo que me llama la atención de este pequeño ensayo es, más allá del delicado análisis filosófico, el conjunto de imágenes y ejemplos de los que se sirve para apoyar y potenciar la reflexión. Son formas muy bellas y sugerentes que, además de invitar al pensamiento, provocan un importante efecto estético, así que el pensamiento se sublima en un movimiento que está más allá de la reflexión desnuda. De esta manera, a la reflexión la lleva de la mano –como inmejorable guía– la compañera intuición, y la conduce por un camino sinuoso e iluminado de belleza, donde quizá es esa misma belleza lo único “verdaderamente” cierto del razonamiento filosófico. Lo digo porque en el ensayo se entrevé un poco de la crisis kantiana; es más, Kleist expone con arte y mayor eficacia lo que Kant esboza en páginas y páginas de aburrido y farragoso texto científico. En Sobre el teatro de marionetas, Kleist ensaya la idea de que los movimientos naturales son mucho más hermosos, puros y “auténticos” que cualquier acto fruto de la elaboración, preparación, entrenamiento, reflexión y perfeccionamiento adulto. Kleist defiende una “gracia natural”, instintiva, imposible de reproducir o copiar, inalcanzable, pues todo intento de copia es afectado, artificial, artificioso, estéril, una sombra indigna. En esencia, el enfoque tiene paralelismo con la aparentemente paradójica y desconsolada concepción Zen de que el único camino posible a Buda te aleja de Buda (entiéndase “Buda” como “perfección” en el contexto dado). En mi opinión, el núcleo de estas ideas es sumamente poderoso y no paradójico, pues lo que incitan es la ruptura con la cárcel del pensamiento racional como única vía de conocimiento.
Las tres imágenes que utiliza Kleist son: las marionetas, el joven del baño y el oso espadachín. Con la primera imagen, Kleist compara las marionetas con los bailarines, y en un sutil juego intelectual asegura que el movimiento de las primeras es mucho más perfecto que el del más virtuoso danzarín humano. Veamos:
Y ¿qué ventaja tendría tal marioneta en comparación con los bailarines vivientes?
¿Ventaja? Ante todo, mi dilecto amigo, una de índole negativa, y es ésta: que el muñeco no haría jamás nada afectado. Porque la afectación, como usted sabe, aparece cuando el alma (vis motrix) se halla en cualquier otro punto distinto del centro de gravedad del movimiento. Ahora bien, como el maquinista mal puede gobernar otro punto que ése por medio del alambre o el hilo, ocurre que todos los demás miembros, como tiene que ser, se hallan muertos, son simples péndulos y siguen la sola ley de la gravitación, excelente cualidad que en vano se busca entre la gran mayoría de nuestros bailarines. Fíjese usted tan sólo en la A. –continuó diciendo– cuando hace la Dafne y, perseguida por Apolo, se vuelve a mirarle. El alma la tiene entonces en las vértebras de la cintura; se dobla como si fuera a romperse, igual que una náyade de la escuela de Bernini. Fíjese en el joven F. cuando en el papel de Paris se halla ante las tres diosas y entrega a Venus la manzana. El alma la tiene –da susto el contemplarlo– en el codo. Semejantes faltas –agregó como para terminar– son inevitables desde que comimos la fruta del árbol de la ciencia. El Paraíso está ahora cerrado, y el querubín a nuestra espalda; tenemos que hacer el viaje alrededor del mundo y ver si por acaso el Edén tiene del lado de atrás algún acceso.
Reí. Sin embargo –pensaba– el espíritu no puede errar allí donde no hay espíritu. Mas noté que él tenía aún cosas por decir y le rogué continuara.
Además –dijo– esos muñecos tienen la ventaja de ser antigrávidos.
Ellos no saben nada de la inercia de la materia, propiedad que entre todas se opone con mayor empeño a la danza. No lo saben porque la fuerza que a ellos los eleva en los aires es superior a la que los ata a la tierra. ¿Cuánto daría nuestra buena G. por pesar sesenta libras menos y porque un peso igual a ése viniera a ayudarle en sus entrechats y piruetas? Los muñecos necesitan el suelo únicamente en la forma que les hace falta a los elfos: para pasar rozándolo y para dar nueva vida,
mediante la resistencia momentánea, al impulso de los miembros; nosotros lo necesitamos para reposar sobre él y para reponernos de la fatiga de la danza, un momento que, evidentemente, no es danza y con el cual no cabe emprender otra cosa que, en lo posible, hacerlo desaparecer.
Le dije entonces que por hábilmente que defendiese su paradójica causa, jamás me haría creer que en un hombre articulado, una figura mecánica, pudiera haber más gracia que en la estructura del cuerpo humano. Replicó que, decididamente, el hombre no podía ni siquiera alcanzar, en tal respecto, al monigote articulado. Sólo un dios podría, sobre ese campo, medirse con la materia. Y aquí está el punto donde se juntan los dos extremos del anillo que forma el mundo.
Para apoyar a Kleist, aunque sea un poco en broma, y porque inevitablemente el texto me recuerda a la película –o la película al texto–, no puedo resistir la tentación de hacer referencia a la escena de las marionetas, representando la leyenda de Abelardo y Eloísa, de la película Being John Malkovich:
Por otra parte, la imagen del muchacho en el espejo no deja de ser curiosa. En resumen, un muchacho adopta por casualidad una postura de extrema perfección. Luego, obsesionado con ese fenómeno que sucedió de forma arbitraria, el muchacho intenta una y otra vez repetir el gesto sin éxito, de forma tal que termina por perder toda la gracia de la que había gozado antes de forma natural. Más breve: el querer ser bello le hizo feo.
Por último, la más divertida de las imágenes es la del oso espadachín:
Durante mi viaje a Rusia, hallábame una vez en una finca del señor de G., hidalgo de Livonia, cuyos hijos, a la sazón, se ejercitaban intensamente en la esgrima. Especialmente el mayor, que acababa de volver de la Universidad, presumía de virtuoso en aquel arte. Una mañana, hallándome en su cuarto, me ofreció un florete. Luchamos. Pero resultó que yo le aventajaba. La pasión que ponía contribuyó a ofuscarle; casi todos mis golpes le tocaban, y su florete terminó por salir lanzado a un rincón. Medio en broma, medio dolido, declaró, recogiendo el florete, que había encontrado por fin su maestro; pero todos en el mundo hallan el suyo, y por ello quería presentarme ahora al mío, a mi maestro de esgrima. Los hermanos lanzaron sonoras risotadas y gritaron: “¡Afuera, afuera! ¡Bajemos al patio!”. Y tomándome de la mano me condujeron hasta donde había un oso que el señor de G., el padre de ellos, había ordenado amaestrar.
El oso, cuando asombrado llegué hasta él, se encontraba erguido sobre las patas traseras y con el lomo recostado en un poste, al que estaba amarrado; tenía alzada y pronta la zarpa derecha y me miraba a los ojos. Esta era su posición de combate. Yo no sabía si estaba soñando o despierto, al hallarme frente a semejante adversario. “¡Ataque usted, ataque!”, dijo el señor de G., “y trate de tocarlo”. Un tanto repuesto de mi asombro, acometí al oso con el florete; él hizo un ligerísimo movimiento con la zarpa y paró el golpe. Traté de engañarle con fintas; el oso no se inmutaba. Me lancé de nuevo sobre él con repentina y segura destreza; un pecho humano hubiera resultado infaliblemente tocado. El oso hizo un ligerísimo movimiento con la zarpa y paró el golpe. Me encontraba casi en la misma situación que el joven señor de G. La seriedad del oso contribuía a sacarme de quicio. Golpes y fintas se alternaban, me corría el sudor. ¡En vano! No era sólo que el oso parase mis golpes como el mejor esgrimidor del mundo; a las fintas, cosa en que ningún esgrimidor del mundo le podía imitar, ni siquiera reaccionaba. Con los ojos fijos en los míos, como si en ellos pudiera leerme el alma, estaba allí de pie, la zarpa levantada y pronta, y cuando mis golpes no iban en serio, él no se inmutaba. ¿Cree usted esta historia? –terminó diciendo el señor C.–.
También en broma, pero sin olvidar aquello de que en toda broma hay una pizca de verdad, en honor a la imagen creada por Kleist no se me ocurre más que ilustrarla con otro vídeo; no es un oso espadachín, pero casi:
Los interesados en profundizar en la discusión filosófica sobre el citado texto pueden encontrar un buen ensayo en [4]. Yo me quedo, o me interesa especialmente, más que la idea en sí –que merece toda la atención–, con la expresión y la extensión de un concepto, base en el microuniverso personal de Kleist, expuesto en un delicado texto con tres imágenes sorprendentes y curiosas que llevan al lector más allá de una comprensión racional y lineal; esto es, a una aprehensión en paralelo, múltiple, a un conocimiento a través del estímulo estético. Yo digo: delante de la belleza la verdad calla avergonzada.

HEINRICH VON KLEIST

SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS Y OTRAS PROSAS CORTAS

Introducción y edición
LUIS EDUARDO HOYOS
Universidad Nacional de Colombia

Introducción
La tarde del 21 de noviembre de 1811 dos pistoletazos violaron la calma de la isla de los "pavos reales" (Pfauneninsel) en el Wannsee, a las afueras de Berlín. Heinrich von Kleist había disparado con su consentimiento sobre su amiga Adolfine-Henriette Vogel, quien al parecer sufría un cáncer terminal, y después se había suicidado él mismo. En el epitafio de su tumba se puede leer: "Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein" ("Por fin, oh, inmortalidad, eres toda mía"), una frase sacada de su obra patriótica El príncipe von Homburg, y que tiene una mortificante resonancia romántica.
Bernd Heinrich Wilhelm von Kleist nació el 18 de octubre de 1777 en la ciudad de Frankfurt an der Oder, en Prusia. Venía de una familia de militares y él mismo probó la carrera militar durante un tiempo. Peleó en las guerras napoleónicas del lado del ejército prusiano y combinó su vida de escritor con la de activista político y patriota. Pese a su corta existencia, la obra literaria de Kleist es de referencia obligatoria dentro de la dramaturgia alemana de principios del siglo XIX. Son conocidas sus obras de teatro AmphytrionEl cántaro rotoLa familia SchroffensteinPentesilea El príncipe von Homburg. Pero no lo son menos sus relatos. Michael Kohlhaas, una novela corta que se desarrolla en el siglo XVI, mereció el encomio de Kafka. En uno de los escritos que aquí se editan, el formidable Sobre el teatro de marionetas, se puede ver bien por qué Kafka admiraba a Kleist.
De la vida atormentada de Kleist se ha dicho mucho: que sucumbió a la crisis política y espiritual de su época (particularmente, a esa agónica desesperación que provocó Napoleón en los que creyeron ver en la Revolución francesa el inicio de una completa nueva era), que no pudo ver en escena ninguna de sus obras y que sus proyectos como editor de revistas fracasaron varias veces. Pero de todas esas historias hay una que tuvo mucha resonancia durante el postromanticismo, y que bien pudiera llevar el título de "leyenda metafísica". Se trata de la conocida "crisis kantiana" de Kleist.
El estudio de la Crítica de la razón pura sumió al joven Kleist en una profunda crisis espiritual, tal como ha quedado testimoniado por dos cartas escritas entre 1800 y 1801, la una a su hermana y la otra a su amada, y que se han convertido en documentos de mucho valor para el estudio del romanticismo literario en Alemania. Se sabe por esos documentos que el impacto de la lectura de Kant fue tan poderoso en el joven poeta prusiano que tuvo muchísimo que ver con su decisión de viajar por Europa, más específicamente a París, en donde planeó dedicarse a la difusión de la doctrina kantiana, a la sazón conocida prácticamente sólo en Alemania, con la excepción de algunos reducidos círculos de eruditos y académicos. A ese fervor por la obra de Kant se sumaría su entusiasmo por Rousseau; entusiasmo muy definitivo -como se sabe- para el florecimiento del antirracionalismo que permeó tanto el ambiente intelectual de principios del siglo XIX.
Pero, ¿en qué consistió exactamente la "crisis kantiana"? La conmoción que la filosofía de Kant produjo en Kleist puede ser vista a la luz de dos expresiones que hicieron carrera desde la década de los ochenta del siglo XVIII en Alemania y que resumen por sí mismas el impacto que esta obra causó en el medio intelectual y académico de la época. Una de esas expresiones la profirió el filósofo y teísta judío Moses Mendelssohn (1729-1786). Mendelssohn llamó a Kant el "Alleszermalmer" ("el demoledor de todo"), al referirse al hecho de que el trabajo crítico de Kant no dejaba en pie un solo artículo de fe que pudiera ser ratificado por la vía de la argumentación racional. La otra expresión fue acuñada por el filósofo protoromántico Friedrich Heinrich Jacobi (1743-1819), a quien se le ocurrió decir que el idealismo trascendental kantiano -es decir, la doctrina que sostiene que es imposible un acceso a la realidad en sí y que nuestro conocimiento de ella debe estar confinado al ámbito de la fenomenalidad- conduce forzosamente a un "nihilismo". Para Jacobi, el idealismo nos confina al subjetivismo y éste termina por hacernos perder todo acceso a la realidad. A esa pérdida de la realidad la denominó "nihilismo", e introdujo con ello un término que tendría una importantísima evolución en la filosofía de los siglos XIX y XX.
En una de las cartas mencionadas escribe Kleist:
Ya desde niño me había apropiado yo del pensamiento de que la perfección sería el fin de la creación. Creía que después de la muerte avanzaríamos a partir del escalón de la perfección -que alcanzaríamos junto con esta estrella- hacia otros más lejanos y que podríamos hacer uso allí del tesoro de las verdades que habíamos coleccionado en esta vida. A partir de ese pensamiento se formó lentamente una religión propia y el esfuerzo por no quedar estancado en ningún momento, por progresar incansablemente en grados superiores de formación, llegó a ser el único principio de mi actividad. La formación, la educación, me pareció ser la única meta digna de ese esfuerzo y la verdad el único reino digno de poseerse.

Pero la filosofía kantiana nos lleva a concluir que todo esto es una ilusión subjetiva.

No podemos decidir -continúa Kleist- si lo que llamamos verdad es verdaderamente la verdad, o si sólo es algo que así nos parece. Si lo último es el caso, entonces la verdad que nosotros aquí recolectamos, no es nada más después de la muerte, y todo esfuerzo por adquirir una propiedad que también nos siga a la tumba es una tarea vana… Desde que entró a mi alma esa convicción, a saber, que por ninguna parte se ha de hallar la verdad, no he vuelto a tocar un solo libro. Me paseé ocioso en mi habitación, me senté inactivo a la ventana abierta y salí a caminar sin rumbo. Un desasosiego interior me empujó a los estancos y a los cafés; me dediqué a visitar el teatro y a ir a conciertos con el fin de distraerme…; y, sin embargo, el único pensamiento que ocupaba mi alma en ese tumulto exterior y al que ella le daba vueltas con una angustia ardiente era éste: tu única meta, tu meta suprema, se ha hundido. (Citado en Cassirer161)1

Difícil es suponer que una crisis semejante pueda llevar a alguien al suicidio. Al respecto es tal vez más aceptable la sentencia de Camus según la cual, aunque el suicidio sea el problema filosófico existencial por excelencia, no es probable que haya suicidio debido a causas filosóficas. Y es útil creer que Kleist es un ejemplo de ello. Si Kleist apropió de forma tan dramática la filosofía kantiana, tendríamos que esperar que también haya sabido concluir de ella que -una vez se ha desvanecido la substancialidad metafísica del mundo y la de nuestro propio ser- tiene que volver a nosotros la conciencia de la libertad. Pero, igualmente, si una mente tan sensible fue capaz de tan dramática interiorización del pensamiento kantiano, podemos también suponer que esta última reflexión acerca de la libertad, más que un consuelo, podría significar un vértigo. Y algo así no es que haga más fácil la vida. Pero la hace posible.
Aceptemos, pues, que no hay "suicidio filosófico", así sea el ser humano (el "animal philosophicum") el único animal que, en estricto sentido, se suicida (¿no es acaso también el hombre el único animal que ríe?). Sea de ello lo que fuere, algunos años después de haberse operado en Kleist la "crisis kantiana", abandonó él su "plan de vida" de ser apóstol del kantismo y se dedicó de lleno a la producción de su propia obra literaria. Y aunque en buena parte de ella también se puedan apreciar personajes atormentados e incapaces de solventar en la práctica las conclusiones sin sentido a las que llevan los quebraderos de cabeza metafísicos, es también de destacar la deliciosa soltura con la que Kleist dominó el arte de la ironía. La selección de textos breves que presentamos al lector para la sección "Lecturas ejemplares" de Ideas y Valores está guiada por ese único criterio. La "crisis kantiana" de Kleist y su presunto vínculo, digamos, causal, con la última y definitiva decisión de su vida, debe quedar en lo que no puede más que ser: una "leyenda romántica", un "melodrama metafísico" e improbable.
Presentamos aquí dos piezas maestras de la prosa corta: Sobre el teatro de marionetas, en la bellísima traducción que publicara Antonio de Zubiaurre en la revista Eco (n.º 27, julio de 1962), y Sobre la paulatina consolidación de los pensamientos a través de la conversación, traducida por quien suscribe estas líneas, y que puede ser considerada con razón como una de las joyas -infortunadamente inconclusa- de la crítica a la llamada "filosofía de la reflexión". Le siguen a estos dos textos, el fragmento Sobre la reflexión, traducido por Ernesto Volkening y también publicado en la legendaria Eco (n.º 145, mayo de 1972), dos deliciosas fábulas (Los perros y el ave y la Fábula sin moraleja), así como esa picante burla que tituló El nuevo (y feliz) Werther, también vertidas por mí al español.

1 Para una vinculación de la crisis kantiana de Kleist con el dictamen de "nihilismo" proferido por Jacobi, véase Müller-Lauter (1975). Stefan Zweig rinde un bellísimo homenaje a Kleist en el tercer capítulo del exquisito La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche).

Bibliografía
Cassirer, E. "Heinrich von Kleist und die Kantische Philosophie". Idee und Gestalt. Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1971.
Kleist, H. von. Sämtliche Erzählungen und andere Prosa. Stuttgart: Reclam, 1984.
Müller-Lauter, W. "Nihilismus als Konsequenz des Idealismus". Denken im Schatten des Nihilismus, Schwan, A. (ed.). Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft,
1975. 113-163.
Zweig, S. La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche). Verdaguer, J. (trad.). Barcelona: El Acantilado, 1999.

Sobre el teatro de las marionetas

Hallándome en 1801 en X., donde pasé el invierno, una noche me encontré en unos jardines públicos con el señor C., quien desde hacíapoco estaba en la ciudad como primer bailarín de la Ópera, en la que gozaba del más grande favor del público.
Díjele que me sorprendía haberle encontrado varias veces en el teatrillo de marionetas que en la plaza del mercado habían armado por entonces y que divertía a la plebe con pequeñas piezas burlescas, entreveradas de canto y danza.
Me aseguró que las pantomimas le placían mucho, y dió a entender con suficiente claridad que un bailarín que desee una buena formación podría aprender de ellas bastantes cosas.
Como aquella declaración, por el modo en que la hizo, me pareció algo más que una simple ocurrencia, decidí sentarme un rato con él para indagar las razones en las que pudiera apoyar tan curiosa afirmación.
Él me preguntó si, en efecto, no había encontrado muy graciosos algunos movimientos de danza de aquellas marionetas, en especial las de menor tamaño.
No pude negar ese detalle. Un grupo de cuatro campesinos que bailaban en corro con un compás muy rápido, no lo hubiera pintado más lindo el propio Teniers.
Pregunté acerca del mecanismo de las figuras y cómo era posible manejar sus miembros y sus demás partes según exigía el ritmo de los movimientos o la danza, sin tener en los dedos miles de hilos.
Contestó que no debía imaginarme que cada miembro tuviera que ser sostenido y accionado por el maquinista durante los diferentes momentos de la danza.
Cada movimiento, dijo, tenía un punto de gravitación; bastaba con gobernarlo en el interior de la figura. Los miembros, que no eran otra cosa que péndulos, seguían la acción de un modo mecánico sin tener que hacer nada por sí mismos.
Añadió que ese movimiento era muy fácil, que siempre que el punto de gravedad se movía en línea recta, los miembros describían ya líneas curvas, y que a menudo, y sacudido de manera puramente casual, el conjunto del muñeco comenzaba una especie de movimiento rítmico semejante a la danza.
Esta observación, así lo creí, arrojaba ya alguna luz sobre el placer que, según él declarara, hallaba en el teatro de marionetas. Mas, en tanto, me encontraba todavía muy lejos de suponer las consecuencias que el bailarín iba a sacar más tarde de todo aquello.
Preguntéle si creía que el maquinista que accionaba los muñecos debería ser también bailarín o, por lo menos, tener alguna idea de lo bello en la danza.
Repuso que si un asunto era fácil en su aspecto mecánico, no resultaba de ello que se pudiera practicar sin sensibilidad alguna.
La línea que el punto de gravedad tiene que describir sería muy sencilla, a su entender, y recta en los más de los casos. Cuando fuera curva, la ley de esa curvatura parece sería, a lo menos, de primer grado, o, a lo más, de segundo; y en este último caso sólo podría ser elíptica, forma de movimiento enteramente natural a los extremos del cuerpo humano, por razón de las articulaciones, y cuya ejecución no reclamaría, pues, del maquinista ningún arte especial.
Esa línea, empero, constituía, desde otro aspecto, algo muy misterioso. Era nada menos que el camino del alma del bailarín, y él dudaba que la tal línea pudiera ser hallada de otro modo que trasladándose el propio maquinista al centro de gravedad de la marioneta, o sea, con otras palabras, danzando.
Yo respondí que me habían hablado de ese oficio como de cosa bastante falta de espíritu, algo como el dar vueltas a la manivela que hace sonar un organillo.
De ninguna manera -contestó él-; por el contrario, los movimientos de los dedos del maquinista se comportan con un cierto artificio, en relación al movimiento de las figuras, algo así como los números con respecto a los logaritmos o la asíntota con respecto a la hipérbole.
Pero, por otro lado, creía él que esa última fracción de espíritu de que había hablado podía hacerse desaparecer de las marionetas, que su baile podía llevarse enteramente al dominio de las fuerzas mecánicas y producirlo, como yo me imaginara, mediante una manivela.
Manifesté mi sorpresa al ver la atención que él concedía a aquel género de espectáculo derivado de un arte bello e inventado para la masa ignara. No sólo parecía considerar a ese género en condiciones de obtener un superior desarrollo; daba la impresión de estarse ocupando ya en tal propósito.
Sonrió, y dijo se atrevía a sostener que si un mecánico llegara a construirle una marioneta según las exigencias que le habría de señalar, ejecutaría con ella una danza que ni él ni algún otro diestro bailarín de su tiempo, sin exceptuar al mismo Vestris, serían capaces de igualar.
¿Ha oído usted hablar -preguntó al notar que me había quedado silencioso y dirigía la vista al suelo-, ha oído usted hablar de esas piernas mecánicas que construyen los técnicos ingleses para los infelices que han quedado mutilados?
Dije que no, que no había sabido de semejante cosa.
Lo lamento -respondió- porque si le digo a usted que esos pobres pueden bailar con sus piernas artificiales, tengo casi el temor de que no me vaya a creer. Bueno, bailar…; el margen de sus movimientos es, en verdad, limitado, pero aquellos que les son dables se realizan con una calma, una suavidad y una gracia que llenan de asombro a cualquier espíritu reflexivo.
Declaré bromeando que, de ese modo, había dado ya con el hombre que buscaba, pues el artista capaz de construir tan curiosos miembros, podría también, sin duda alguna, fabricarle una marioneta entera y de acuerdo con sus exigencias especiales.
¿Cómo -pregunté yo al notar que, un poco cortado, se había quedado con la vista baja-, cómo son, pues, esas condiciones que piensa usted proponer a la habilidad del artista?
Nada -respondió él- que no exista ya en esos muñecos, armonía, movilidad, ligereza…, sólo que todo ello en grado más alto y, particularmente una distribución más natural de los centros de gravedad.
Y ¿qué ventaja tendría tal marioneta en comparación con los bailarines vivientes?
¿Ventaja? Ante todo, mi dilecto amigo, una de índole negativa, y es ésta: que el muñeco no haría jamás nada afectado. Porque la afectación, como usted sabe, aparece cuando el alma (vis motrix) se halla en cualquier otro punto distinto del centro de gravedad del movimiento. Ahora bien, como el maquinista mal puede gobernar otro punto que ése por medio del alambre o el hilo, ocurre que todos los demás miembros, como tiene que ser, se hallan muertos, son simples péndulos y siguen la sola ley de la gravitación, excelente cualidad que en vano se busca entre la gran mayoría de nuestros bailarines.
Fíjese usted tan sólo en la A. -continuó diciendo- cuando hace la Dafne y, perseguida por Apolo, se vuelve a mirarle. El alma la tiene entonces en las vértebras de la cintura; se dobla como si fuera a romperse, igual que una náyade de la escuela de Bernini. Fíjese en el joven F. cuando en el papel de Paris se halla ante las tres diosas y entrega a Venus la manzana. El alma la tiene -da susto el contemplarlo- en el codo. Semejantes faltas -agregó como para terminar- son inevitables desde que comimos la fruta del árbol de la ciencia. El Paraíso está ahora cerrado, y el querubín a nuestra espalda; tenemos que hacer el viaje alrededor del mundo y ver si por acaso el Edén tiene del lado de atrás algún acceso.
Reí. Sin embargo -pensaba- el espíritu no puede errar allí donde no hay espíritu. Mas noté que él tenía aún cosas por decir y le rogué continuara.
Además -dijo- esos muñecos tienen la ventaja de ser antigrávidos. Ellos no saben nada de la inercia de la materia, propiedad que entre todas se opone con mayor empeño a la danza. No lo saben porque la fuerza que a ellos los eleva en los aires es superior a la que los ata a la tierra. ¿Cuánto daría nuestra buena G. por pesar sesenta libras menos y porque un peso igual a ése viniera a ayudarle en sus entrechats y piruetas? Los muñecos necesitan el suelo únicamente en la forma que les hace falta a los elfos: para pasar rozándolo y para dar nueva vida, mediante la resistencia momentánea, al impulso de los miembros; nosotros lo necesitamos para reposar sobre él y para reponernos de lafatiga de la danza, un momento que, evidentemente, no es danza y con el cual no cabe emprender otra cosa que, en lo posible, hacerlo desaparecer.
Le dije entonces que por hábilmente que defendiese su paradójica causa, jamás me haría creer que en un hombre articulado, una figura mecánica, pudiera haber más gracia que en la estructura del cuerpo humano.
Replicó que, decididamente, el hombre no podía ni siquiera alcanzar, en tal respecto, al monigote articulado. Sólo un dios podría, sobre ese campo, medirse con la materia. Y aquí está el punto donde se juntan los dos extremos del anillo que forma el mundo.
Mi asombro era mayor cada vez y no sabía qué decir a tan extrañas aseveraciones.
Parecía, repuso al tiempo que tomaba una pulgarada de rapé, que yo no había leído con atención el tercer capítulo del primer libro de Moisés, y con quien no conoce este primer período de la formación humana, mal puede hablarse sobre los siguientes, cuanto menos sobre el último.
Yo dije saber muy bien los desórdenes que ocasiona la conciencia sobre la gracia natural del hombre. Un joven conocido mío, a causa de una simple observación, había perdido su inocencia, sin que nunca jamás volviera a encontrar aquel paraíso y pese a todos los esfuerzos imaginables. El caso ocurrió ante mis propios ojos. Pero -añadí- ¿qué consecuencias puede usted sacar de ello?
Me preguntó cómo fue el caso a que me refería.
Hace unos tres años -comencé a relatar- estaba bañándome en compañía de un muchacho por cuya figura se extendía por entonces una maravillosa gracia. Tendría como dieciséis años y sólo muy lejanamente, convocadas por el favor de las mujeres, podían apreciarse en él las primeras huellas de la vanidad. Casualmente, hacía poco que habíamos visto en París el mancebo que se saca una espina del pie. El vaciado de la estatua es conocido y se halla en la mayor parte de las colecciones alemanas. Una mirada que echó a un gran espejo en el momento de poner el pie en el taburete para secárselo, le hizo recordar. Sonrió y me dijo del descubrimiento que había realizado. En verdad, y en aquel preciso instante, yo también había hecho el mismo descubrimiento. Mas, fuera por probar la seguridad de la gracia que lo habitaba, fuera por acudir con algún pequeño remedio a su vanidad, me reí y le contesté que, sin duda, estaba viendo visiones. Se sonrojó y levantó el pie por segunda vez para que me convenciera. Pero el intento, como bien podía preverse, fracasó. Alzó el pie la tercera, la cuarta vez, lo alzó, a lo buen seguro, hasta diez veces. ¡En vano!; era incapaz de reproducir el mismo movimiento. Más aún, en los movimientos que hacía se encerraba un algo de tal comicidad que a duras penas logré contener la carcajada.
Desde aquel día, desde aquel mismo instante, se produjo en el joven una incomprensible transformación. Días enteros permanecía ahora ante el espejo. Y los encantos, uno tras otro, le iban abandonando. Un poder invisible e inasible parecía tenderse, al igual que una malla de hierro, sobre el suelto juego de sus actitudes, y pasado un año ya no se descubría en él vestigio alguno de aquel amable agrado que antes diera gozo a los ojos de cuantas personas le rodeaban. Todavía vive alguien que fue testigo de ese extraño y desdichado caso y que lo podría confirmar palaba por palabra tal como acabo de referirlo.
Con este motivo -dijo afablemente el señor C.- voy a contarle otra historia que, como usted fácilmente entenderá, tiene que ver también con esto. Durante mi viaje a Rusia, hallábame una vez en una finca del señor de G., hidalgo de Livonia, cuyos hijos, a la sazón, se ejercitaban intensamente en la esgrima. Especialmente el mayor, que acababa de volver de la Universidad, presumía de virtuoso en aquel arte. Una mañana, hallándome en su cuarto, me ofreció un florete. Luchamos. Pero resultó que yo le aventajaba. La pasión que ponía contribuyó a ofuscarle; casi todos mis golpes le tocaban, y su florete terminó por salir lanzado a un rincón. Medio en broma, medio dolido, declaró, recogiendo el florete, que había encontrado por fin su maestro; pero todos en el mundo hallan el suyo, y por ello quería presentarme ahora al mío, a mi maestro de esgrima. Los hermanos lanzaron sonoras risotadas y gritaron: "¡Afuera, afuera! ¡Bajemos al patio!". Y tomándome de la mano me condujeron hasta donde había un oso que el señor de G., el padre de ellos, había ordenado amaestrar.
El oso, cuando asombrado llegué hasta él, se encontraba erguido sobre las patas traseras y con el lomo recostado en un poste, al que estaba amarrado; tenía alzada y pronta la zarpa derecha y me miraba a los ojos. Esta era su posición de combate. Yo no sabía si estaba soñando o despierto, al hallarme frente a semejante adversario. "¡Ataque usted, ataque!", dijo el señor de G., "y trate de tocarlo". Un tanto repuesto de mi asombro, acometí al oso con el florete; él hizo un ligerísimo movimiento con la zarpa y paró el golpe. Traté de engañarle con fintas; el oso no se inmutaba. Me lancé de nuevo sobre él con repentina y segura destreza; un pecho humano hubiera resultado infaliblemente tocado. El oso hizo un ligerísimo movimiento con la zarpa y paró el golpe. Me encontraba casi en la misma situación que el joven señor de G. La seriedad del oso contribuía a sacarme de quicio. Golpes y fintas se alternaban, me corría el sudor. ¡En vano! No era sólo que el oso parase mis golpes como el mejor esgrimidor del mundo; a las fintas, cosa en que ningún esgrimidor del mundo le podía imitar, ni siquiera reaccionaba. Con los ojos fijos en los míos, como si en ellos pudiera leerme el alma, estaba allí de pie, la zarpa levantada y pronta, y cuando mis golpes no iban en serio, él no se inmutaba. ¿Cree usted esta historia? -terminó diciendo el señor C.-.
¡Totalmente! -exclamé con gozosa aprobación-, se la creería a cualquier extraño, tan verídica parece, cuanto más, escuchada de usted.
Pues bien, mi dilecto amigo -dijo el señor C.- ya está usted en posesión de todo lo necesario para entenderme. Vemos que, en la medida en que en el mundo orgánico es más oscura y débil la reflexión, tanto más radiante y dominadora se presenta de continuo la gracia. En efecto, así como la intersección de dos líneas a un lado de un punto, vuelve a presentarse súbitamente al otro lado después de atravesar por el infinito, o lo mismo que la imagen del espejo cóncavo, tras de haberse alejado hasta el infinito, aparece de repente ante nosotros, del mismo modo, cuando el conocimiento ha pasado, por decirlo así, a través de un infinito, comparece de nuevo la gracia. Y ésta se presenta a la vez con su máxima pureza en la figura humana que no posee conciencia alguna o en la que la tiene infinita, es decir, en el muñeco articulado o en el dios.
Por consiguiente -dije yo un poco distraído- ¿tendríamos que volver a comer del árbol de la ciencia para caer de nuevo en el estado de inocencia original?
Pues, sí -respondió- ese es el último capítulo de la historia del mundo.
(Traducción de Antonio de Zubiaurre)

Sobre la paulatina consolidación de los pensamientos a través de la conversación

Si quieres saber algo y no lo puedes encontrar por medio de la meditación, te aconsejo, querido mío, amigo circunspecto, que hables sobre ello con el primer conocido con el que tropieces. No tiene que tratarse en absoluto de una cabeza brillante, ni tampoco, digo yo, debe ser así que tú le preguntes sobre el asunto. ¡No! En lugar de ello debes tú mismo, ante todo, charlarle. Ya te veo abriendo grandes ojos y replicándome que hace muchos años te han dado el consejo de no hablar de nada más que de aquellas cosas que tú ya comprendes. Pero en ese entonces hablabas probablemente con la pretensión de instruir a los otros; lo que quiero que hables con el comprensible propósito de instruirte a ti mismo. Es posible que quizás de ese modo ambas reglas de la inteligencia estén bien una junta a la otra, cada una de ellas para diferentes casos. El francés dice: l'appétit vient en mangeant. Y esa sentencia de la experiencia permanece siendo cierta si se la parodia y se dice: l'idee vient en parlant.
Con frecuencia me hallo sentado a mi escritorio sobre algunas actas y averiguo en un enrevesado pleito el punto de vista desde el cual se podría juzgarlo bien. Entonces acostumbro ver a la luz, como si fuera bajo el punto más luminoso, con mi más íntimo ser aferrado al esfuerzo por lograr claridad. O también, cuando se me presenta una tarea algebraica, busco el punto nodal de la ecuación, el que expresa las relaciones dadas y a partir del cual resulta posteriormente fácil la solución mediante el cálculo. Y he ahí que cuando hablo con mi hermana sobre ello, que está sentada detrás de mí y trabaja, me entero de lo que quizás no hubiera descubierto después de horas de mucho pensar. No es como si ella, en estricto sentido, me lo dijera; pues ella ni conoce el código ni ha estudiado a Euler o a Kästner. Tampoco es como si ella me condujera a través de preguntas ingeniosas al punto relevante, aunque eso pueda ser así muchas veces. Lo que pasa es que, puesto que yo tengo una idea oscura que se halla en alguna lejana conexión con aquello que busco, entonces la mente, por sólo atreverme a dar con esa oscura idea el toque inicial, mientras la conversación avanza, y debido a la necesidad de encontrarle al inicio una conclusión, transporta aquella idea confusa a la más completa claridad. De manera que el conocimiento, para mi sorpresa, queda concluido con el período de la conversación. Mezclo tonos inarticulados, estiro las palabras conectoras, utilizo también una aposición ahí donde no sería necesaria y me sirvo de otros artificios que extienden la conversación con el objeto de fabricar mi idea en los talleres de la razón y ganar el tiempo respectivo.
En esos momentos no hay nada para mí más saludable que un movimiento de mi hermana, como si ella quisiera interrumpirme, pues mi mente -que está ya de todas maneras bastante exigida- se excita aún más por ese intento de arrebatarle el habla desde el exterior, en cuya posesión ella se encuentra, así como un gran general se tensiona aún un grado más cuando lo acosan las circunstancias. En ese sentido, me doy cuenta de lo útil que pudo ser para Moliére su sirvienta cada vez que él, tal como lo reconoce, le confiaba a ella un juicio que pudiera informar al suyo. Aunque es ésta sin duda una modestia que no creo que estuviera sinceramente en su fuero interno.
Para aquel que habla hay una fuente de entusiasmo en un rostro humano que tiene enfrente; y una mirada que nos anuncia como captado un pensamiento que es expresado hasta la mitad, nos ofrece con frecuencia la expresión para la otra mitad. Creo que muchos grandes oradores, en el momento en que abren la boca, todavía no saben lo que dirán. Pero la convicción de que ellos ya generarían para sí la necesaria cantidad de pensamientos a partir de las circunstancias y de la excitación de su mente, que resulta de ellas, los hace tan osados como para poner afortunadamente el punto de partida. Esto me hace pensar en aquel "rayo fulgurante" de Mirabeau con el que acabó con el maestro de ceremonias que, después de levantarse la última sesión monárquica del rey el 23 de junio -aquella sesión en la que se hubo ordenado la disolución de los estados generales-, retornó a la sala en la que aún permanecían los estados y preguntó a los presentes si ellos habían entendido la orden del rey. "Sí" -respondió Mirabeau- "hemos entendido la orden del rey". Estoy seguro que él, en ese comienzo humano, no pensaba aún en la bayoneta con la que concluyó: "Sí, mi señor" -repitió- "la hemos entendido". Se ve que él todavía no sabe en ese momento lo que quiere. "Pero" -continuó, y repentinamente brotó en él un cúmulo de ideas espantosas- "¿qué le da a usted derecho a darnos aquí órdenes? Nosotros somos los representantes de la nación." ¡Eso era justamente lo que necesitaba! Y, para agitarse inmediatamente en la cúspide del atrevimiento, prosiguió: "La nación da las órdenes. La nación no recibe órdenes". Y es justo en ese momento que él encuentra lo que expresa la completa resistencia frente a la que su alma se enfrenta bien equipada; y dice: "Para que le quede bien claro a usted. Dígale a su rey que nosotros no dejáremos nuestros puestos sino bajo la fuerza de las bayonetas". Después de lo cual, satisfecho consigo mismo, tomó asiento.
Si uno piensa en el maestro de ceremonias en aquella escena, no puede menos que imaginarlo en una absoluta bancarrota espiritual; así como en virtud de una ley semejante, según la cual al aproximarse un cuerpo sin carga eléctrica a la atmósfera de un cuerpo electrizado, se despierta de repente en el primero la carga eléctrica contraria. Y tal como en el caso del cuerpo electrizado, y gracias a una acción recíproca, el grado de electricidad que está en su interior se refuerza, de la misma manera el coraje de nuestro orador se transforma en el más temerario entusiasmo mientras aniquila a su oponente. Quizás haya sido la simple contracción de un labio superior o un ambiguo juego en la manga lo que provocó el derrocamiento del orden de todas las cosas en Francia. Se lee que tan pronto se hubo alejado el maestro de ceremonias, Mirabeau se puso de pie y propuso: (1) que los estados generales se constituyeran como Asamblea Nacional y, al mismo tiempo, (2) como inviolables. Pues gracias al hecho de que él, igual que una botella de Kleist, ya se había vaciado, retornó nuevamente a la neutralidad y después de volver de la temeridad dio lugar al temor frente a la autoridad y a la precaución. Esta es una muy llamativa coincidencia entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral; coincidencia ésta que, si se la quisiera seguir, se verificaría aun en las circunstancias más fortuitas. Pero dejo ahí mi comparación y vuelvo al asunto que me importa.
En su fábula Les animaux malades de la peste, en la que el zorro está obligado a hacer una apología del león sin saber de dónde debe tomar el contenido, Lafontaine ofrece también un notable ejemplo de paulatina consolidación del pensamiento a partir de un comienzo al que uno se ve abocado por necesidad. La fábula es conocida. La peste se ha ensañado con el reino animal. El león reúne a los más grandes animales y les revela que para calmar al cielo se ha de sacrificar a alguna víctima. Muchos pecadores habría en la población y la muerte de los más grandes tendría que salvar al resto del hundimiento. Por eso deberían reconocerle a él sinceramente sus faltas. Él mismo, por su parte, confiesa que, agobiado por el hambre, acabó con varias ovejas, e incluso con el perro, cuando se le acercó demasiado. Es más, habría de reconocer que en momentos de apetito devoró también al pastor. Si nadie se reconoce culpable de debilidades más grandes, él estaría dispuesto a morir. "Señor" -dice el zorro, que quiere desviar de sí la tormenta- "es usted muy generoso. Su noble celo lo lleva a usted muy lejos. ¿Qué significa acaso estrangular a una oveja, o a un perro, esa bestia indigna? Y, en cuanto al pastor…" -continúa, pues ése es el punto crucial- "se podría decir…" -aunque él no sabe aún qué- "se podría decir que él merecía todo mal." Para buena fortuna; y con eso ya se encuentra metido en el enredo: "por tanto" -mala frase que, sin embargo le da tiempo- "de los cientos de personas de esas" -y es apenas en ese momento que encuentra el pensamiento que lo saca de la urgencia- "es que se forma sobre los animales un imperio quimérico". Y entonces demuestra que el asno, el más sanguinario de todos, pues se come toda la hierba, es la víctima más adecuada. Después de lo cual todos saltan sobre él y lo despedazan.
Un discurso como ése es un verdadero pensar en voz alta. Las series de las representaciones y sus designaciones avanzan paralelamente y los actos mentales se hacen congruentes unos con otros. El lenguaje no es un grillo, algo así como una traba pegada a la rueda del espíritu, sino que es más bien como una segunda rueda, fijada al mismo eje y que se desplaza paralela con él. Otra cosa muy distinta es la que ocurre cuando el espíritu ya tiene listos los pensamientos antes del discurso. Pues en este caso tiene que detenerse él en su mera búsqueda de expresión, y ese asunto, en lugar de excitarlo, no produce en él otro efecto que el de distender su excitación. Por eso no debe concluirse del hecho de que una idea sea expresada de un modo confuso el que ella también haya sido pensada de un modo confuso. Antes bien, podría ocurrir con facilidad que las más confusamente expresadas sean justo las más claramente pensadas. En una reunión social, en la que por una animada conversación entra a actuar una continua fecundación de los espíritus, se ve con frecuencia gente que, si no fuera por ello, permanecería callada, ya que siente no dominar la lengua, pero que repentinamente se enciende con un movimiento brusco, arrebata la palabra y trae al mundo algo completamente incomprensible. Tales personas parecen incluso indicar por medio de un movimiento gestual bochornoso que ellos mismos no saben bien lo que quieren decir. Es muy probable que esa gente haya pensado algo verdaderamente acertado y muy claro. Pero el intercambio repentino, el tránsito que hace su espíritu del pensamiento a la expresión, suprime toda su excitación; y resulta que ésta es tan necesaria para el mantenimiento del pensamiento, como indispensable fue para su producción. En estos casos, es tanto más imprescindible que el lenguaje esté fácilmente a la mano, para que aquello que hemos pensado al mismo tiempo y, sin embargo, no podemos brindar desde nosotros inmediatamente, pueda al menos seguirse sucesivamente tan rápido como se pueda. Además, aquel que habla por lo regular más rápido que su oponente, y con la misma claridad, tendrá una ventaja sobre éste, ya que conduce más tropas que él al campo de batalla.
Cuán necesaria es una cierta excitación de la mente para por lo menos volver a engendrar las ideas que ya hemos tenido, es algo que se ve frecuentemente cuando son sometidas a examen cabezas despejadas e informadas y a ellas les son presentadas, sin previa introducción, preguntas del siguiente tenor: ¿qué es el Estado? O: ¿qué es la propiedad? Y cosas por el estilo. Si esos jóvenes se hubieran encontrado en compañía de gente que estuviera conversando desde hace rato sobre el Estado, o sobre la propiedad, habrían seguramente encontrado con facilidad la definición a través de la comparación, el análisis y el ensamblaje de los conceptos. Pero en este caso, en el que falta por completo una preparación semejante de la mente, se los ve quedarse paralizados y sólo un examinador incomprensivo sacará de ahí como conclusión que ellos no saben . Pues no es que nosotros sepamos; es ante todo un cierto estado nuestro el que sabe. Sólo espíritus completamente ordinarios, gente que aprendió ayer de memoria lo que es el Estado, pero que mañana ya lo habrá olvidado, tendrá en una situación así la respuesta a la mano. No hay quizás una peor ocasión en general para uno mostrarse por su lado más aventajado que justamente un examen público. Se da por descontado que mostrarse permanentemente es, de suyo, chocante y que hiere la sensibilidad; y que, además, irrita demasiado que un mercachifle erudito de esos someta a examen nuestros conocimientos para comprarnos, o para abandonarnos de nuevo, ya sea que se trate de cinco o seis. Es muy difícil tocar una mente humana para extraer de ella con astucia su sonido más propio. Desafina ella tan fácil en manos torpes que aun el más versado en el arte de ayudar a parir pensamientos -como lo llamara Kant- aún aquí, a causa de su desconocimiento de su prematuro recién nacido, podría cometer disparates. Por lo demás, lo que en la mayoría de los casos permite a esa gente joven, aun a los más ignorantes, arrojar buenos resultados, es la circunstancia de que las mentes de los examinadores, cuando la prueba tiene lugar en público, están ellas mismas muy prevenidas como para poder emitir un juicio libre. Pues no sólo suelen sentir ellas la indecencia de todo el procedimiento. De hecho, uno no exigiría a alguien, sin ninguna vergüenza, que desocupe frente a nosotros su monedero, y mucho menos su alma. En realidad aquí tiene que pasar el propio entendimiento de los examinadores por una peligrosa inspección y ojalá agradecer a Dios que ellos mismos puedan salir airosos del examen, sin haberse expuesto demasiado, o quizás más ignominiosamente de lo que se ha expuesto aquel joven que llegó a la universidad y que ellos examinan.
H. v. K.
(Continuará)
(Traducción de Luis Eduardo Hoyos)

Sobre la reflexión
Una paradoja
Pregónase a los cuatro vientos lo provechoso de la reflexión; en particular de aquella, fría y laboriosa, que precede a la acción. Si fuera español, italiano o francés, holgaría decir más. Siendo, empero, alemán, me propongo echarle a mi hijo, sobre todo cuando tuviese vocación para las armas, un día este sermón:
"Has de saber que más conviene reflexionar después que antes de actuar. Si la reflexión entra en juego antes o en el instante mismo en que uno se decida, solo parece turbar, inhibir y suprimir la energía requerida para obrar que emana de la sublime emoción. En cambio, una vez concluida la acción, sí puede hacerse de ella el uso para el cual le fue dado al hombre la facultad del raciocinio, o sea para darse cuenta de lo que en su procedimiento haya sido deficiente y frágil y regular la esfera emotiva con miras a otros casos futuros. La vida misma es un duelo con el destino, y granos de un mismo costal son la acción y la lucha cuerpo a cuerpo en la palestra. El atleta en el instante en que tiene abrazado a su contrincante mal puede proceder conforme a cosa distinta de las inspiraciones del momento, y aquel que primero se preguntase qué músculos convenga usar y cuáles miembros poner en movimiento, de seguro llevaría la de perder, y sucumbiría. Pero después, cuando haya triunfado o quede tendido en la arena, bien puede reflexionar sobre la llave que le permitió vencer al adversario, o qué zancadilla hubiera debido echarle para tenerse de pie. El que no tiene abrazada la vida como aquel atleta, ni dotado de mil brazos siente todas las convulsiones de la lid, todas las resistencias, presiones y modos de reaccionar, jamás logrará su propósito en una conversación, y mucho menos en una batalla".
(Traducción de Ernesto Volkening)
Fábulas
Los perros y el ave
Dos honestos perros gallineros que habían llegado a convertirse en astutas cabezas en la escuela del hambre, y que atrapaban todo lo que se dejara ver sobre esta tierra, tropezaron con un ave. El ave, azarada, pues no se hallaba en su elemento, retrocedió saltando aquí y allá. Y los perros ya se sentían triunfales. Pero muy pronto, acosada de manera tan intensa, el ave movió sus alas y se agitó en el aire. Y entonces quedaron ahí parados como dos ostras nuestros héroes del acierto, con el rabo entre las piernas y mirándola con la boca abierta.
Es chistoso cuando te elevas en el aire ver a los sabios quedarse parados y mirarte.
Fábula sin moraleja
"¡Ay, si sólo te tuviera!", dijo el hombre a un caballo que, ensillado y con el freno puesto, se encontraba parado frente a él, pero que no se quería dejar montar. "¡Si sólo te tuviera tal como tú, mal criado hijo de la naturaleza, saliste de los bosques! Ya te querría conducir a mi antojo, ligeramente, como a un pájaro, por montañas y valles. Y a ti y a mí nos iría muy bien entonces. Pero he ahí que te han enseñado artes de las que yo, parado desnudo frente a ti, no tengo la menor idea. Y pensar que tendría que llevarte a la pista de equitación (Dios me libre) si quisiéramos entendernos".
H. v. K.
El nuevo (y feliz) Werther
En L…, en Francia, había un joven auxiliar de comerciante, Charles C…, que amaba a escondidas a la esposa de su patrón, un rico hombre de negocios, pero algo entrado en años, llamado D… Virtuoso y probo como era, tan pronto como conoció el joven a la mujer, no acometió ningún intento por ser respondido en su amor; y tanto menos cuanto lo ligaban a su patrón lazos de agradecimiento y veneración. La mujer, que sentía compasión con el estado del muchacho, pues amenazaba con deteriorar su salud, le pidió a su marido, apelando a múltiples pretextos, que alejara al joven de la casa. El marido aplazó por varios días un viaje que había destinado para el joven, hasta que por fin declaró a su mujer que no podía prescindir de él en su despacho.
Un buen día, el señor D… realizó con su mujer un viaje para vi-sitar a un amigo en el campo, y dejó al joven C… en su casa con el objeto de que se ocupara de los negocios. Al caer la noche, cuando ya todos dormían, emprendió el joven -quién sabe impulsado por qué sensaciones- un paseo por el jardín. Al pasar por el dormitorio de la mujer tan apreciada, se detuvo en calma, giró la perilla de la puerta y abrió la habitación. Su corazón se hinchó ante la presencia de la cama en la que ella solía descansar. Sobresaltado, cometió en poco tiempo, después de algo de lucha consigo mismo, y pensando que nadie lo veía, la estupidez de desnudarse y acostarse en la cama de la señora. Muy entrada ya la noche, cuando él ya dormía apacible y sosegadamente desde hacía algunas horas, regresó el matrimonio inesperadamente a la casa -por qué razón, es algo que no importa aquí en absoluto-.
Al entrar el viejo con su mujer a la alcoba, encuentran al joven C…, quien asustado por el ruido que ellos produjeron, se hallaba medio erguido en la cama. Vergüenza y confusión lo invaden en ese momento. Y mientras la pareja se devuelve, consternada, a la habitación de al lado, de donde había llegado, y desaparece, el joven se levanta y se viste. Entonces camina de puntillas hacia su habitación y, cansado de su vida, escribe una breve carta en la que explica a la mujer toda la situación. Después toma una pistola que había colgada a la pared y se dispara en el pecho.
Aquí parece llegar a su fin la historia. Pero, bastante extraño, éste es apenas su comienzo. Pues en lugar de matarlo a él, a quien el mismo muchacho lo había apuntado, el disparo alcanzó al viejo, que se hallaba en la habitación contigua. Pocas horas después el señor D… falleció, sin que el arte de todos los médicos a los que habían llamado fuera suficiente para salvarlo. Cinco días después, cuando el señor D… ya hacía rato había sido enterrado, despertó el joven C… El tiro, que no alcanzó a ser de peligro mortal, pasó rozando sus pulmones. Y, ¿quién podría describir de buen modo su dolor o su alegría (cómo decirlo), cuando él se entera de lo ocurrido y se halla en los brazos de la mujer amada, por la cual se quería quitar la vida? Pasado un año se casó el joven con la mujer y todavía en 1801 vivían juntos. Su familia, me cuenta un conocido, consta de trece hijos.

(Traducción de Luis Eduardo Hoyos)

Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía por Kleist

Heinrich von Kleist: sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía


KLEIST PORTADA
SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS
PASABA YO EL INVIERNO de 1801 en M… cuando una tarde me encontré en un parque al señor C…, que desde poco antes estaba empleado en la ópera de esta ciudad como primer bailarín, y hacía las delicias del público.
Le manifesté mi sorpresa por haberle hallado ya varias veces en un teatro de marionetas que se había instalado en la plaza del mercado, y que divertía al populacho con pequeñas farsas dramáticas entreveradas de cantos y danzas.
Me aseguró que las pantomimas de los muñecos le complacían sobremanera, y me dio a entender sin recovecos que un bailarín deseoso de mejorar su formación podría aprender mucho de ellos.
Pareciéndome esta opinión, por la manera en que la formuló, más que una ocurrencia casual, me acomodé a su lado decidido a oír las razones con las que pudiera justificarse tan curiosa afirmación.
Me preguntó si, de hecho, algunos movimientos de los muñecos -en especial los de los más pequeños- no me habían parecido llenos de gracia.
No pude negar este extremo. Un grupo de cuatro campesinos, que bailaban la ronda con rápido compás, no hubiera sido Teniers capaz de pintarlo más bellamente.
Inquirí el mecanismo de esas figuras, y cómo resultaba posible gobernar cada uno de sus miembros y de sus articulaciones, según las exigencias del ritmo de los movimientos o de la danza, sin tener que manejar miríadas de hilos.
Respondió que yo no debía figurarme que el titiritero, en los distintos momentos de la danza, accionase cada miembro en particular y tirase de él.
Cada movimiento, dijo, tenía su centro de gravedad; bastaba con gobernar éste, en el interior de la figura; los miembros, que no eran sino péndulos, por sí mismos seguían el movimiento de manera mecánica.
Añadió que tal movimiento era muy sencillo; que cada vez que el centro de gravedad se movía en línea recta, los miembros describían directamente curvas; y que a menudo todo el mecanismo, meneado de manera meramente casual, se ponía en movimiento rítmicamente, de manera semejante a la danza.
Esta observación me pareció por lo pronto arrojar alguna luz sobre el placer que el bailarín había pretendido hallar en el teatro de marionetas. De momento estaba yo muy lejos de barruntar las conclusiones que más tarde iba a extraer de ella.
Le pregunté si creía que el titiritero que manejaba las marionetas tenía que ser él mismo bailarín, o por lo menos poseer una noción de la belleza de la danza.
Replicó que aun siendo los aspectos mecánicos de una tarea sencillos, no se seguía de ahí que pudiese llevarse a cabo careciendo de toda sensibilidad.
La línea que el centro de gravedad tenía que describir era ciertamente muy sencilla y, a su parecer, recta en la mayoría de los casos. De ser curva, por lo menos la ley de su curvatura parecía de primero o a lo más de segundo orden; e incluso en este último caso sólo elíptica, que por ser la forma de movimiento más natural para las extremidades del cuerpo humano (a causa de las articulaciones) no ofrecía grandes dificultades de ejecución al titiritero.
En cambio esta línea, desde otro punto de vista, era algo harto misterioso. Pues no se trataba sino del recorrido del alma del bailarín; y él dudaba que pudiese hallarse salvo si el titiritero se situaba en el mismo centro de gravedad de la marioneta, esto es, dicho con otras palabras, bailaba.
Repliqué que me habían pintado la tarea del titiritero como algo bastante trivial: semejante al hacer girar la manivela de un organillo.
En modo alguno, respondió. Más bien se relacionan los movimientos de sus dedos con los movimientos del muñeco fijado a ellos de manera bastante artificial, aproximadamente como los números a sus logaritmos o la asíntota a la hipérbola.
Afirmó creer que también de este último resto de inteligencia que había mencionado era posible prescindir en el manejo de las marionetas, de modo que su danza se desarrollase por completo dentro del reino de las fuerzas mecánicas y pudiera generarse, como yo había pensado, por medio de una manivela.
Expresé mi asombro al ver cuánta atención consagraba a tal remedo de una de las bellas artes, inventado por el vulgo. No sólo lo consideraba capaz de mayor desarrollo, sino que incluso parecía ocuparse personalmente de ello.
Sonrió y dijo atreverse a afirmar que, si un buen mecánico le construía una marioneta según sus requerimientos, le haría ejecutar una danza cuya excelencia ni él ni ninguno de los más consumados bailarines de la época -sin exceptuar siquiera a Vestris- serían capaces de igualar.
Me preguntó, al verme bajar los ojos silenciosamente: ¿ha oído usted algo sobre esas piernas mecánicas elaboradas por artesanos ingleses para mutilados que han perdido las suyas?
Dije que no: nunca había visto nada semejante.
Es una lástima, replicó; pues si le digo que esos mutilados bailan con ellas, casi temo que no me va a creer. ¿Qué digo, bailan? Claro que el repertorio de sus movimientos es limitado; pero los que están a su alcance los ejecutan con tal sosiego, ligereza y donaire que pasman a cualquier ingenio propenso a cavilaciones.
Manifesté, en son de guasa, que en tal caso ya había dado con su hombre. Pues el artesano capaz de construir tan curioso muslo mecánico, sin duda también podría ensamblarle una marioneta entera que respondiese a sus exigencias.
¿Cómo -le pregunté, pues él a su vez había bajado los ojos algo confuso-, cómo formula usted esas exigencias a la habilidad de su artesano?
Nada, respondió, que no esté ya presente en lo que hemos visto: euritmia, movilidad, ligereza -sólo que todo en mayor grado; y sobre todo una distribución de los centros de gravedad más conforme a la naturaleza.
¿Y qué ventaja ofrecería tal muñeco frente al bailarín vivo?
¿Ventaja? En primer lugar una ventaja negativa, dilectísimo amigo, a saber, que nunca mostraría afectación. Pues la afectación aparece, como sabe usted, cuando el alma (vis motrix) se localiza en algún otro punto que el centro de gravedad del movimiento. Pero siendo así que el titiritero, en nuestro caso, mediante el hilo o el alambre, no tendría absolutamente ningún otro punto a su disposición sino ése, entonces los restantes miembros serían lo que deben ser, puros péndulos muertos, y obedecerían meramente a la ley de la gravedad; un atributo envidiable, que buscaríamos en vano en la mayoría de nuestros bailarines.
Observe por ejemplo a la P…, prosiguió, cuando interpreta a Dafne y perseguida por Apolo mira en derredor: tiene el alma asentada en las vértebras del sacro; se encorva como si fuera a romperse, cual una náyade de la escuela de Bernini. Observe al joven F… cuando, caracterizado como Paris, plantado en medio de las tres diosas, le alcanza a Venus la manzana: tiene el alma asentada (da miedo verlo) en el codo.
Semejantes torpezas, añadió a guisa de conclusión, son inevitables desde que comimos del Árbol del Conocimiento. El paraíso está cerrado con siete llaves y el ángel detrás de nosotros; tenemos que dar la vuelta al mundo para ver si por la parte de atrás, en algún lugar, ha vuelto a abrirse.
Reí. -En cualquier caso, pensé, no puede errar el intelecto allí donde no hay intelecto ninguno. Mas observé que se había dejado cosas en el tintero y le rogué prosiguiese.
A mayor abundamiento, dijo, estos muñecos tienen la ventaja de ser ingrávidos. Nada saben de la inercia de la materia que es, entre todas las propiedades, la más perjudicial para la danza; pues la fuerza que los levanta por los aires es mayor que la que los encadena a la tierra. ¿Qué no daría nuestra buena G… por pesar un buen par de arrobas menos, o por que una fuerza de semejante magnitud viniese en su auxilio en los entrechats y piruetas? Los muñecos necesitan el suelo sólo para rozarlo, como los elfos, y para relanzar el ímpetu de los miembros por medio del obstáculo momentáneo; nosotros lo necesitamos para descansar sobre él, y para recobrarnos de los esfuerzos de la danza; momento éste que obviamente no pertenece a la danza, y con el que no se puede hacer nada mejor que eliminarlo, si es posible.
Díjele que, por mucho ingenio que gastase en la defensa de su paradoja, no iba de ninguna manera a convencerme de que un títere mecánico pudiese poseer más donaire que la estructura del cuerpo humano.
Repuso que al hombre le resultaba prácticamente imposible ni siquiera igualar al títere en este respecto. Sólo un dios podía, según él, competir con la materia en este terreno; y precisamente en este punto se engranaban los dos extremos del mundo anular.
Yo estaba cada vez más asombrado y no atinaba a hallar réplica alguna para tan singulares afirmaciones.
Al tiempo que tomaba una pulgarada de rapé, repuso que parecía que yo no había leído con atención el tercer capítulo del primer libro del Pentateuco; y que con quien no conocía este primer período de toda crianza humana no se podía discutir adecuadamente sobre los siguientes, y muchísimo menos sobre el último.
Afirmé estar familiarizado con los trastornos que la conciencia causa en la gracia natural del ser humano. Un joven conocido mío había perdido la inocencia a resultas de una observación casual, ante mis mismísimos ojos, y pese a todos los esfuerzos imaginables no había logrado después recobrar nunca el paraíso de esta inocencia. -Mas, con todo, ¿qué consecuencias -añadí- podía él extraer de ello?
Me preguntó por el suceso al que me había referido.
Hará unos tres años, narré, que me estaba bañando con un joven, cuya constitución irradiaba entonces un maravilloso donaire. Debía de tener dieciséis años aproximadamente, y los primeros atisbos de vanidad -despertados por el favor de las mujeres- sólo se podían columbrar a lo lejos. Se daba el caso de que poco antes habíamos contemplado en París al adolescente que se está sacando una astilla del pie; el vaciado en molde de esta estatua es bien conocido y se halla en la mayoría de las colecciones alemanas. En el momento en que el joven apoyaba el pie en un taburete para secárselo, echó una ojeada a un espejo de cuerpo entero, y su imagen le recordó esta estatua; sonrió y me comunicó su descubrimiento. De hecho yo había descubierto lo mismo en el mismo instante. Pero, o bien para probar la firmeza de la gracia que en él moraba, o bien para atajar su vanidad provechosamente, el caso es que le repliqué riendo que veía visiones. Sonrojándose, alzó el pie por segunda vez para convencerme; mas el intento -como era de esperar- no tuvo éxito. Corrido, alzó el pie por tercera y cuarta vez, lo levantó hasta diez veces: ¡en vano! Era incapaz de reproducir el movimiento, ¿qué digo?, los movimientos que hacía tenían algo tan extraño que me costó reprimir los pujos de risa.
Desde aquel día, desde aquel mismo momento, se operó en el joven una misteriosa transformación. Comenzó a pasar días enteros mirándose en el espejo; y le abandonaron sus encantos uno tras otro. Un poder invisible y misterioso pareció apresar como una red de hierro el libre discurrir de sus gestos, y cuando hubo transcurrido un año, no se podía descubrir en el joven ni siquiera una huella de su pasada hermosura, que había deleitado a cuantos lo rodeaban. Todavía vivían testigos del singular y desgraciado suceso que podían corroborar palabra por palabra mi narración.
En este punto, dijo el señor C… amistosamente, he de contarle yo otra historia, y no le costará apreciar que viene como anillo al dedo.
Me hallaba de camino hacia Rusia en una quinta del señor de G…, un aristócrata livonio, cuyos hijos se entrenaban asiduamente por aquel entonces en el arte de la esgrima. Sobre todo el mayor, recién vuelto de la universidad, se las daba de maestro, y una mañana cuando yo estaba en su cuarto me ofreció un florete. Esgrimimos; pero resultó que yo le superaba; por añadidura le obcecó la pasión; casi cada una de mis estocadas lo alcanzaba, y por último su florete voló a un rincón. Medio en broma, medio contrito, me dijo al tiempo que recogía el florete que había dado con la horma de su zapato; pero que tal horma existía para toda criatura, y que me iba a conducir ante la mía. Los hermanos prorrumpieron en carcajadas gritando: ¡ea! ¡ea! ¡a la leñera con él!, y cogiéndome de la mano me llevaron ante un oso que el señor de G…, su padre, hacía criar en la finca.
El oso, cuando me acerqué a él sin salir todavía de mi asombro, estaba erguido sobre las patas traseras; apoyado contra un poste al que se hallaba atado, alzaba la zarpa derecha presta a la réplica, y me miraba a los ojos: tal era su posición de guardia. Confrontado a un adversario semejante, yo no sabía si soñaba o estaba despierto; pero el señor de G… me decía, ¡ataque! ¡ataque, e intente asestarle siquiera una estocada! Así que me hube recobrado un poco de mi estupefacción, me lancé sobre él florete en mano; el oso movió ligerísimamente la zarpa y paró el golpe. Ahora yo me encontraba casi en la misma trampa que el joven señor de G… La seriedad del oso me sacaba de mis casillas, se sucedían estocadas y fintas, me empapaba el sudor: ¡todo en vano! El oso no sólo paraba todos mis golpes, como el mejor esgrimidor del mundo, sino que además ni siquiera se inmutaba por las fintas (y en ello ningún esgrimidor del mundo hubiera podido imitarlo): con los ojos fijos en los míos, cual si en ellos me pudiese leer el alma, allí estaba plantado, con la zarpa alzada y pronta a la réplica, y cuando mis estocadas no iban en serio, ni se movía.
¿Cree usted esta historia?
¡A pie juntillas!, exclamé, aplaudiendo alegremente; se la creería a cualquier desconocido, de verosímil que es; ¡cuánto más a usted!
Ahora, dilectísimo amigo, dijo el señor C… , está usted en posesión de todo lo necesario para comprenderme. Vemos que, en la medida en que en el mundo orgánico se debilita y oscurece la reflexión, hace su aparición la gracia cada vez más radiante y soberana. Pero así como la intersección de dos líneas a un lado de un punto, tras pasar por el infinito, se presenta de nuevo súbitamente al otro lado, o como la imagen del espejo cóncavo, después de haberse alejado hacia el infinito, aparece nuevamente de improviso muy cerca de nosotros: de modo análogo se presenta de nuevo la gracia cuando el conocimiento ha pasado por el infinito; de manera que se manifiesta con la máxima pureza al mismo tiempo en la estructura corporal humana que carece de toda conciencia y en la que posee una conciencia infinita, esto es, en el títere y en el dios.
Por consiguiente, dije un tanto ausente, ¿tenemos que volver a comer del Árbol del Conocimiento para recobrar el estado de inocencia?
Sin duda, respondió; ése es el último capítulo de la historia del mundo.

SOBRE LA ELABORACIÓN PAULATINA DEL PENSAMIENTO A MEDIDA QUE SE HABLA
A. R. V. L.
CUANDO QUIERAS SABER ALGO y no seas capaz de averiguarlo meditando, te aconsejo, querido y discreto amigo mío, que hables de ello con el primer conocido con quien topes. No necesita poseer un caletre privilegiado, ni lo que yo propongo es que lo interrogues sobre tu problema, ¡no! Antes bien, debes contárselo tú mismo en primer lugar. Ya te veo enarcar las cejas asombrado y responderme que, en el pasado, se te aconsejó no hablar sino sobre cosas que ya comprendieses bien. Pero antaño hablabas probablemente con la petulancia de querer instruir a otros, yo quiero que hables con la juiciosa intención de instruirte a ti mismo; de modo que acaso ambas reglas de prudencia, diferentes para diferentes casos, sean compatibles sin dificultad. Dicen los franceses que l’appétit vient en mangeant [el comer y el rascar, todo es empezar; literalmente: al comer se despierta el apetito]; y este principio basado en la experiencia sigue siendo verdadero cuando se lo reformula paródicamente como l’idée vient en parlant [al hablar se nos ocurre la idea]. A menudo, encorvado en mi escritorio sobre los legajos, intento hallar el punto de vista desde el cual enjuiciar correctamente un pleito enredoso. Ocupado como está mi fuero íntimo en el empeño de ponerse en claro, suelo entonces mirar hacia la luz -el punto de claridad mayor. O busco, cuando se me propone un problema algebraico, la ecuación inicial que expresa los datos del problema, y de la cual se deducirá la solución mediante un cálculo sencillo. Pues mira: cuando converso sobre ello con mi hermana, que trabaja sentada detrás de mí, averiguo lo que quizá no hubiera podido aclarar en horas enteras de cavilación. No es que ella me lo diga en el sentido propio de la palabra; ya que no conoce el Código legal, ni ha estudiado los tratados matemáticos de Euler o Kastner. Tampoco es que ella me guíe con preguntas sagaces hasta el meollo del asunto, aunque esto último también acaece a menudo. Mas yo tengo de antemano alguna oscura noción vinculada lejanamente con lo que busco, y si con osadía la tomo como punto de partida, el entendimiento, a medida que progresa el discurso, forzado a hallar un final para ese comienzo, troquela la confusa noción inicial hasta conferirle completa nitidez, de forma que el conocimiento -para asombro mío- ya está listo al acabar el período oratorio. Intercalo sonidos inarticulados, alargo las locuciones conjuntivas, utilizo también tal o cual oposición que en realidad no es necesaria y me valgo de otros artificios que dilatan el discurso con objeto de ganar el tiempo necesario para la forja de mi idea en el taller de la razón. En esos momentos nada me ayuda más que un gesto de mi hermana, como si quisiera interrumpirme; pues a mi entendimiento, ya de por sí en tensión, lo acicatea todavía más el intento de arrebatarle desde fuera el discurso en posesión del cual se halla, y -semejante a un gran general cuando se ve en un atolladero- hace dar a sus facultades lo mejor de sí mismas. En este sentido entiendo el provecho de que podía resultarle a Moliere su criada; pues el asignar a la moza -como él pretende- un juicio crítico capaz de corregir el suyo propio, revelaría una modestia de cuya presencia en aquel pecho de poeta desconfío. Para el que habla hay una peculiar fuente de entusiasmo en el rostro humano de un interlocutor; y una mirada que expresa la comprensión de un pensamiento formulado sólo a medias nos regala a menudo la formulación de la otra mitad del mismo. Tengo para mí que más de un gran orador, al abrir la boca, aún no sabía lo que iba a decir. Pero la convicción de que las circunstancias por sí mismas, y la excitación de su entendimiento resultante de ellas, producirían la necesaria copia de pensamientos, le confería el atrevimiento necesario para empezar a la buena de Dios. Me viene a las mientes la célebre “fulgurita” de Mirabeau, con la que despachó al maestro de ceremonias que, después de haber acabado la última junta monárquica del 23 de junio, en la cual el rey había ordenado a los tres Estamentos marchar por separado, regresó a la sala de juntas donde todavía se demoraban los Estamentos y preguntó si no habían oído la orden del rey. “Sí”, respondió Mirabeau, “hemos oído la orden del rey” -estoy seguro de que con este afable comienzo aún no pensaba en las bayonetas con las que concluyó: “Sí, caballero”, repitió, “la hemos oído”-se ve que aún no sabe en absoluto lo que pretende. “Pero, ¿qué derecho tiene usted” -prosiguió, y ahora, de súbito, se dispara un torrente de intuiciones tremendas- “a insinuarnos órdenes a nosotros? Somos los representantes de la nación”. -¡Eso era lo que necesitaba! “La nación da órdenes, y no recibe ninguna” -llegando enseguida al colmo de la osadía. “Y para hacerme entender con toda claridad:” -y sólo ahora da con la formulación que expresa toda la resistencia que su alma está dispuesta a oponer: “Comunique usted a su rey que no abandonaremos nuestro puesto sino a punta de bayoneta”. -Dicho lo cual se sentó en su silla, satisfecho consigo mismo. -Si pensamos ahora en el maestro de ceremonias, no podemos imaginarlo más que en completa bancarrota espiritual tras semejante lance, según una ley análoga a la que carga un cuerpo en estado eléctrico neutro, cuando entra en la atmósfera de un cuerpo electrizado, con la electricidad de signo opuesto. E igual que en el cuerpo electrizado, tras esta acción recíproca, se refuerza nuevamente el grado de electricidad en él contenido, así el anonadamiento de su adversario transformó la valentía de nuestro orador en el más temerario entusiasmo. Acaso, de este modo, fue en última instancia el temblor de un labio superior, o un jugueteo ambiguo con el puño de la camisa, lo que provocó en Francia la subversión del orden de las cosas. Leemos que Mirabeau, apenas el maestro de ceremonias se hubo alejado, se levantó y propuso: 1) constituirse de inmediato en Asamblea Nacional y 2) proclamar la inviolabilidad de la Asamblea. Tras haberse descargado con esto como una botella de Leyden, se hallaba ahora de nuevo en estado neutro y, repuesto de su temeridad, dio cabida en sus consideraciones al temor por el tribunal del Chatelet y a la prudencia. -Aquí tenemos una curiosa concordancia entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral, que -en caso de que continuásemos investigándola- se manifestaría hasta en los menores detalles. Pero abandono mi analogía y retorno al asunto principaL También Lafontaine, en su fábula Les animaux malades de la peste [Los animales apestados], en la cual el zorro se ve obligado a improvisar una apología ante el león, sin saber de dónde extraerá su contenido, presenta un ejemplo singular de elaboración paulatina del pensamiento a partir de un comienzo dictado por la necesidad. La fábula es bien conocida. La peste impera en el reino animal; el león convoca a los notables de éste y les declara que es necesaria una víctima propiciatoria para aplacar a los cielos. Hay muchos pecadores entre el pueblo, y la muerte del mayor tiene que salvar a los demás de perecer. Harían bien, por ende, en confesarle sinceramente sus faltas. Él por su parte confiesa que, aguijoneado por el hambre, acabó con más de una oveja; también con el perro, cuando se acercaba demasiado; sí, incluso llegó a ocurrir que en un instante de gula se zampó al pastor. De no haber incurrido nadie en mayores debilidades él, el león, está dispuesto a morir. “Señor”, dice el zorro, deseoso de desviar la tormenta lejos de sí, “su generosidad nos abruma. Se extralimita usted en su noble celo. ¿No es una minucia estrangular a una oveja? ¿O a un perro, esa bestia indigna? Y “quant au berger [en lo que hace al pastor]”, prosigue, pues éste es el meollo del asunto: “on peut dire [puede decirse]”, aunque todavía no sabe qué, “qu’il méritoit tout mal [que merecía cualquier calamidad]”; a la buena de Dios; y con ello está ya enredado; “étant [por ser]”; un vulgar circunloquio, que le hace empero ganar tiempo: “de ces gens la [de esas personas]”, Y sólo ahora da con el pensamiento que le saca de apuros: “qui sur les animaux se font un chimérique empire [que se forjan un quimérico dominio sobre los animales]”. -y procede a probar que el asno, ¡bestia sanguinaria! (pues devora todas las hierbas) es la víctima apropiada, tras lo cual todos se abalanzan sobre él y lo despedazan.- Un discurso semejante es en verdad pensamiento en voz alta. La sucesión de ideas y sus designaciones progresan paralelamente, y los actos del entendimiento para las unas y las otras son congruentes. El lenguaje no constituye entonces traba alguna, a modo de calzo que inmovilizase la rueda del espíritu, sino que es como una segunda rueda fija en el eje de aquélla y rodando al unísono. Muy otra cosa sucede cuando el espíritu tiene el pensamiento listo ya antes de la elocución. Pues entonces ha de limitarse a su mera expresión, y esta tarea, antes bien que estimularlo, no tiene otro efecto que el de distenderlo. Por ello, cuando una idea es expresada confusamente, no se sigue de ello en absoluto que también haya sido pensada confusamente; antes bien podría darse el caso de que las expresadas más confusamente sean precisamente las pensadas con mayor claridad. A menudo, en una reunión en la que merced a la conversación animada las ideas están fecundando continuamente los entendimientos, vemos cómo personas que por lo general se muestran retraídas, pues no se sienten dueñas del lenguaje, de sopetón se enardecen con un movimiento espasmódico y apoderándose del lenguaje dan a luz algo incomprensible. Sí, se diría que, una vez han captado la atención de todos, con un gesto tímido dan a entender que ellos mismos ya no saben a ciencia cierta lo que han querido manifestar. Probablemente esas personas han pensado con toda claridad algo muy acertado. Pero el súbito cambio de actividad, la transición del pensamiento a la expresión, reprimió la excitación del espíritu que resulta tan necesaria para la conservación del pensamiento como para su generación. En tales casos es por completo imprescindible tener el lenguaje con facilidad a punto para poder emitir en sucesión tan rápida como sea posible lo pensado en simultaneidad, y que sin embargo no puede ser enunciado en simultaneidad. Y en general cualquiera que hable más rápido que su oponente, supuesto que ambos se produzcan con igual claridad, tendrá una ventaja sobre él, pues en el mismo tiempo pone en combate más tropas que él. La necesidad de una cierta excitación del entendimiento, incluso para engendrar de nuevo ideas ya tenidas con anterioridad, se hace patente cuando se somete a examen a cabezas esclarecidas y con instrucción, y sin ningún preámbulo se les plantean preguntas como la siguiente: ¿qué es el estado? O bien: ¿qué es la propiedad? U otras semejantes. Si estos jóvenes se hubiesen hallado en una reunión en donde ya se hubiera discutido sobre el estado o sobre la propiedad durante cierto tiempo, acaso habrían dado fácilmente con la definición procediendo mediante comparación, aislamiento y combinación de conceptos. Pero aquí, donde falta por completo esa preparación del entendimiento, los vemos atascarse, y sólo un examinador incompetente concluirá de ello que no saben. Pues no es que nosotros sepamos, sino que más bien un cierto estado nuestro sabe. Sólo los espíritus adocenados, gente que ayer aprendió de memoria lo que es el estado y mañana ya lo habrá olvidado nuevamente, tendrán aquí la respuesta a mano. Acaso no haya ocasión peor para mostrar las buenas cualidades que un examen público precisamente. Aun sin tener en cuenta que es ya de por sí enojoso y hiere la sensibilidad e incita a mostrarse testarudo el que uno de esos eruditos chalanes nos examine los conocimientos, para comprarnos o rechazarnos según sean cinco o seis; es tan difícil tañer el entendimiento humano y lograr arrancarle su melodía personal, se desafina tan fácilmente en manos torpes, que incluso el más consumado conocedor de la persona, ducho hasta la maestría en el delicado arte de partear los pensamientos -según Kant lo caracteriza-, podría aquí cometer desaguisados a causa del desconocimiento de su recién nacido. Por lo demás, lo que les procura a tales jóvenes incluso a los más ignorantes- en la mayoría de los casos una buena calificación es la circunstancia de que también los entendimientos de los examinadores, cuando el examen se realiza en público, están ellos mismos demasiado turbados como para poder juzgar con imparcialidad. Pues no sólo son conscientes, a menudo, del impudor de todo este procedimiento -ya nos avergonzaría exigir a alguien que vaciase su bolsa ante nosotros, cuánto más su alma-: sino que su propio intelecto tiene que someterse aquí a una peligrosa inspección, y pueden dar gracias a Dios cuando logran salir del examen sin mostrar su flaco, acaso más ignominiosamente que el jovenzuelo recién salido de la universidad a quien examinaban.
(Continuará.)
NOTAS
(La abreviatura BA lo es de Berliner Abendblatter, el diario berlinés que Kleist editó de octubre de 1810 a marzo de 1811).
SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS. Publicado en BA, 12-15. 12. 1810. Muchos estudiosos suponen que en este ensayo universalmente famoso Kleist desveló principios estéticos aplicados en la composición de sus propias obras.
M… es acaso la ciudad de Maguncia (en alemán Mainz), donde Kleist pasó el invierno de 1803-04 (no el de 1801). Teniers: el pintor flamenco David Teniers (1610-1690). Gaetano Vestris (muerto en 1808) era el bailarín más afamado del Ballet de París. Lorenzo Bernini (1598-1680), escultor paradigmático del barroco, creó por ejemplo las célebres fuentes de la Piazza Barberini y la Piazza Navona en Roma. Pentateuco: en el capítulo tercero del Génesis (libro primero del Pentateuco) se narra el pecado original de Adán y Eva. Adolescente que se está sacando una astilla del Pie: esta estatua de bronce del siglo primero a.C. -probablemente copia de algún modelo más antiguo- se conserva en Roma.
SOBRE LA ELABORACIÓN PAULATINA DEL PENSAMIENTO A MEDIDA QUE SE HABLA.- Ensayo escrito probablemente en Konigsberg, en 1805 o 1806, y dedicado a su amigo Rühle von Lilienstern. Kleist padecía un ligero defecto de los órganos del habla. En sociedad se sentía “inseguro por no poseer esa facilidad de palabra que es menester para hacerse valer en ella, siendo incapaz de la verborrea convencional que permite hablar de todo lo divino y lo humano en una conversación” (Curt Hohoff).
La hermana mencionada en el texto es naturalmente Ulrike. El nombre de Leonhard Euler (1707- 1783) resulta todavía hoy familiar para cualquier aficionado a la matemática, no así el del otro matemático mencionado, Abraham Gotthelf Kiistner (1719-1800). La anécdota sobre Moliere (1622-1673) la conoció sin duda Kleist a través del ensayo de Schiller “Los poetas sentimentales” (1795). El discurso del jacobino Honoré Comte de Mirabeau (1749-1791) que se menciona fue pronunciado en la sesión constituyente de la Asamblea Nacional francesa, el 23 de junio de 1789. Según Kant lo caracteriza: Metafísica de las costumbres (1797), segunda parte, parágrafo 50.
PLEGARIA DE ZOROASTRO.- Publicado en BA el 1. 10. 1810 (esto es, el día de su primera aparición), este escrito tiene carácter programático; las patrióticas intenciones de Kleist -alentar a la lucha contra la Francia napoleónica y sus colaboradores alemanes-, expresadas en ensayos, poemas y en el drama La batalla de Arminio (Hermannschlacht), se embozan aquí en un lenguaje.


“He lived, sang and suffered / in gloomy and difficult times, / he sought death here, / and found immortality” Max Ring

"Vivió, cantó y sufrió / en tiempos nebulosos y difíciles, / aquí buscó a la muerte, / y encontró la inmortalidad"