Sunday, August 30, 2015

Excelente poema de Manuel Acuña

Manuel Acuña. Ante un cadáver

E2A
M.C. Escher. Límite circular I, xilografía, 1958, diámetro 42 cm.

¡Y bien! Aquí estás ya…, sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.




Aquí, donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.



Aquí, donde derrama sus fulgores
ese astro a cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.

Aquí, donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.

Aquí, donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
que solo al anunciarse nos espanta.

Ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.

Aquí está ya… tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.

La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.

¡Miseria y nada más!, dirán al verte
los que creen que el imperio de la vida
acaba donde empieza el de la muerte.

Y suponiendo tu misión cumplida
se acercarán a ti, y en su mirada
te mandarán la eterna despedida.

¡Pero no!…, tu misión no está acabada,
que ni es la nada el punto en que nacemos,
ni el punto en que morimos es la nada.

Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.

La madre es solo el molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.

Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.

Tú sin aliento ya, dentro de poco
volverás a la tierra y a su seno
que es de la vida universal el foco.

Y allí, a la vida, en apariencia ajeno,
el poder de la lluvia y del verano
fecundará de gérmenes tu cieno.

Y al ascender de la raíz al grano,
irás del vergel a ser testigo
en el laboratorio soberano.

Tal vez para volver cambiado en trigo
al triste hogar, donde la triste esposa,
sin encontrar un pan sueña contigo.

En tanto que las grietas de tu fosa
verán alzarse de su fondo abierto
la larva convertida en mariposa,

que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarle tus ósculos de muerto.

Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores,

en cuyo cáliz brillará escondida
la lágrima tal vez con que tu amada
acompañó el adiós de tu partida.

La tumba es el final de la jornada,
porque en la tumba es donde queda muerta
la llama en nuestro espíritu encerrada.

Pero en esa mansión a cuya puerta
se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
que de nuevo a la vida nos despierta.

Allí acaban la fuerza y el talento,
allí acaban los goces y los males
allí acaban la fe y el sentimiento.

Allí acaban los lazos terrenales,
y mezclados el sabio y el idiota
se hunden en la región de los iguales.

Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.

El poderoso y fecundante abismo
del antiguo organismo se apodera
y forma y hace de él otro organismo.

Abandona a la historia justiciera
un nombre sin cuidarse, indiferente,
de que ese nombre se eternice o muera.

Él recoge la masa únicamente,
y cambiando las formas y el objeto
se encarga de que viva eternamente.

La tumba sólo guarda un esqueleto
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.
* * *


Manuel Acuña Narro nació en Saltillo, Coahuila, México el 27 de agosto de 1849 y se suicidó bebiendo cianuro de potasio en la Ciudad de México el 6 de diciembre de 1873 en su habitación de la Escuela de Medicina. Tenía 24 años.


Poema Nocturno de Manuel Acuna 

A Rosario

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido de tanto no dormir;
que están mis noches negras, tan negras y sombrías,
que ya se han muerto todas las esperanzas mías,
que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.

De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,
camino mucho, mucho, y al fin de la jornada,
las formas de mi madre se pierden en la nada,
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos,
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?

Y luego que ya estaba concluido el santuario,
tu lámpara encendida, tu velo en el altar,
el sol de la mañana detrás del campanario,
chispeando las antorchas, humeando el incensario,
y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar...

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida;
y al delirar en eso con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti.

Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer;
¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho en el hogar risueño
que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer!

Esa era mi esperanza... mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,mi juventud, adiós!



Friday, August 28, 2015

Rüdiger Safranski's Romanticism (Book review)

A German Affair

Wanderer above the Sea of Fog
(cc) Wikimedia Commons
By Hans-Dieter Gelfert
The favourable reception that Safranski’s book met with from critics as well as from the reading public seems to justify his title. Romanticism as he defines it was and is indeed a German affair. Germany’s most characteristic contributions to nineteenth-century world culture, music and speculative philosophy, are so thoroughly romantic that they alone would give the whole movement a German flavour. But in Germany romanticism did not stay within the boundaries of art and philosophy, it gave momentum to political nationalism, to an irrational Lebensphilosophie and to a fatal departure from the path of the Enlightenment. All this, as Safranski narrates in detail, added to the ideological powder-keg that eventually exploded in Hitler’s Germany. Safranski traces the fatal development, but does not condemn the movement as such. On the contrary, he defend its creative energy and arrives at the conclusion that a “romantic excess of unworldliness” is not only desirable, but necessary for counterbalancing the rationality of the modern world.
Scholars of German literature traditionally date the beginnings of Romantik either on the year 1798, when Friedrich Schlegel published his programmatic definition of the new concept, or two years earlier with the publication of Wackenroder’s Herzensergießungen eines kunstliebenden Klosterbruders (Outpourings of an Art-Loving Friar), the first instance of full-fledged romanticism in German literature. Safranski is more generous and traces the beginning back to the year 1769 when Herder embarked on a voyage at sea to France, during which according to Safranski the first truly romantic ideas germinated in his mind.
Like most German scholars, Safranski is blind to the fact that almost all these ideas had already been propounded by English writers in the first half of the eighteenth century. If there is any one person the origin of the movement can be traced back to it is the third earl of Shaftesbury, in whose essays the new view of divinized nature shows through an enlightened dressing. Shaftesbury’s influence on German writers and thinkers was so profound and long-lasting that half a century after the appearance of his famous ‘hymn to Nature’ Herder turned this piece of enthusiastic prose into verse. Safranski, strangely enough, doesn’t even mention this, nor does Shaftesbury’s name appear in his index. All the other English forerunners of romanticism – James Thomson, whose Seasons triggered the new nature poetry; Thomas Gray, whose Elegy Written in a Country Churchyard made the common people a worthy subject of poetry; Edward Young, whose Night Thoughts were hailed all over Europe as the expression of a new irrationality; and MacPherson, whose Ossian-fakes boosted the German craving for sublimity, which lasted throughout the nineteenth century – they all are conspicuously absent from Safranski’s book. He even ignores Bishop Percy, whose Reliques of Ancient English Poetry (1765) gave Herder the idea of collecting folk songs.
This blindness to the early history of the movement is typical of how Germans understand romanticism. They see in it a reaction against the Klassik of Goethe and Schiller. But if these two had died as young as Byron and Keats, there would have been no Klassik, and then, most likely, German scholars would realize that the age of Empfindsamkeit and the Sturm und Drang were equivalent to what in English literature is called ‘preromanticism’ and ‘early romanticism’. They would also realize that long before German philosophers and musicians enriched the world with their creations, England had already delivered a contribution to the movement certainly not less romantic, which in Germany goes by the name Englischer Garten. Of course, the difference between Capability Brown’s landscape gardens and Wagner’s operas is so great that one hesitates to see the two as expressions of one and the same set of ideas and ideals. But the hesitation is due to a shortsighted view of the whole movement. Romanticism was not, as Germans commonly believe, a reaction against the rationality of the Enlightenment, it was from the beginning of the eighteenth century a concurrent ideological alternative to the ideas prevalent at the time.
When, after the Glorious Revolution, the English middle classes began their social and political ascent, they needed an ideologeme that would legitimize their breaking away from the traditional order. The Enlightenment offered them a set of values based on reason. Reason operates on the same principles in every human mind. Thus, it justifies the claim for equality. But reason needs schooling, learning, and cultivation, which only the well-to-do could afford. Therefore, the set of neo-classicist key values such as reason, judgment, learning, taste and beauty would only appeal to the upper middle class. For those who had no access to academia – either for financial or religious reasons – a value system based on nature was far more appealing. Nature gives to each human being individuality, originality, feelings, intuition, imagination, and in exceptional cases, genius. These were the key concepts that began to seep into the intellectual discourse in Britain from 1700 onward, until at last they surfaced as full-fledged romanticism.
The social and economic dynamics that fed the romantic movement are hardly ever mentioned, let alone discussed in Safranski’s book. His is the traditional German approach that used to be called geistesgeschichtlich. Had he gone back to the first dawn of romantic ideas in England he would have been faced with the challenging question why German romanticism went ‘over the top’, as it were, whereas its English counterpart stayed on the ground. The two parted company already in the eighteenth century, when the English refused to opt for either the beautiful or the sublime and instead chose the picturesque for their aesthetic ideal. Picturesque is something that consists of individual elements that are neither fused into a sublime whole nor shaped into beautiful harmony, but are left to please by their disparity. German culture in the nineteenth century opted for awe-inspiring sublimity, which found its most conspicuous expression in speculative philosophy and in the music of Beethoven, Bruckner and Wagner.
The social and political reasons for this are obvious. The English insisted on individual freedom because, as dwellers on a sheltered island “set in the silver sea” and armed with political power, they could afford to do so. The Germans, on the other hand, were yearning for political unity and for a powerful state to protect them. Not individual freedom, but collective security was their first priority. The key concept that haunted the minds not only of their romantic poets, but those of the whole nation, goes by the untranslatable word ‘Geborgenheit’. The word evokes the feeling of a pristine state of complete and utter security. The yearning for metaphysical totality, for political unity and for ethnic wholeness and haleness was the driving force of the development Safranski describes so well without ever discussing the reason why. His book, though fascinating in its own way, exhibits the kind of cultural parochialism that for generations has given German ‘Germanistik’ a peculiarly provincial flavour. On the other hand, it is the combination of provincialism and cosmopolitanism at the expense of an undeveloped urbanity which fascinates foreign observers in German culture and appears to them as an exotic otherness. In this respect, Safranski’s book is an excellent travel guide into Germany’s heart of darkness.
Rüdiger Safranski: Romantik. Eine deutsche Affäre
Carl Hanser Verlag, Munich 2007
ISBN-10 3446209441
ISBN-13 9783446209442
Hardcover, 416 pages, EUR 24.90
Hans-Dieter Gelfert was Professor of English Literature and Culture at the Free University of Berlin until 2000, and, according to the Frankfurter Allgemeine Zeitung, is ‘one of the most prolific and most widely read Anglicists in Germany’. His most recent book, on the life and work of Edgar Allan Poe, is published by C.H. Beck (Munich).
- See more at: http://berlinbooks.org/brb/2009/11/a-german-affair/#sthash.beYFDYcI.dpuf

Saturday, August 22, 2015

Francisca Stoecklin (1894-1931) - Liebesgedichte

Francisca Stoecklin

Francisca Stoecklin
(1894-1931)
Inhaltsverzeichnis der Gedichte:
 

An die Liebe

Alle suchen sie dich
und überall lockst du.
Aus tausend Verhüllungen schimmert
dein unenträtselt Gesicht.
Aber wenigen nur
gewährst du Erfüllung,
selige Tage, reines Glück.
Zärtlich wehn dich die Blumen,
die scheuen Gräser,
der Schmetterlinge heiterer Flug;
wilder der Wind
und das ewig sich wandelnde Meer.
Wunderbar strahlst du
aus den Augen des Menschen,
der ein Geliebtes
in seinen Armen hält,
vom tönenden Sternenhimmel überwölbt.
In die zitternde Seele
schweben Schauer
von Leben und Tod.
(S. 70)
_____

 
An ein Mädchen

Bist du Leda,
und wartest noch immer
auf die Rückkehr
des schimmernden Schwanes,
der allein dem Schmiegen
deiner fließenden Glieder genügt?
O, wie lange ist alles
Beglückende vergangen!
Nur wenn du tanzest,
wenn deine Blässe
vom Strahl der Mitternachtssonne
erleuchtet,
durchpulsen Jahrtausende
deine Seele, deinen Leib.
In deinem Lachen birgt sich
der Schrei der Mänade.
In dem sich wild lösenden Goldhaar
schwebt ein Schimmer
von Blut.
Dann liebst du das Feuer,
die Erde, den Wind -
und alle die um dich sind
werden empor gehoben
in ein Reich von Rausch und Traum,
- und du weißt nicht,
hält dich das Leben
oder der Tod.
(S. 66)
_____



Der Freund

Du bist sehr fern,
der Raum, der unsere Blicke trennt
ist nicht in einem Tag
zu überbrücken.
Nur meine Sehnsucht ist so stark,
daß sie mich kühn
in deine Nähe trägt.
Ich sehe dich
in deines Turmes Einsamkeit,
im kreuzgewölbten Abendzimmer.
Wie eine kleine Gottheit
dunkler Kulte, thronst du
in einem mächtigen Sessel.
Vor dir ein weißes Buch,
in das du Zahl und Zeichen gräbst.
- Die Nacht entsteigt dem Meer
mit Graun und Größe.
Ein spitzer Sichelmond
schwebt auf.
Die Wellen schlagen dumpf
und machtvoll in den unterhöhlten Fels,
darauf dein Turm
wie ein Idol der Dauer steht.
Die Wellen rauschen, schlagen, schlagen
ewig wiederkehrend in den Fels.
Dir ist es wie das Tönen
eines riesigen Herzens.
Und manchmal graut dir,
wenn es gar zu wild
und fiebernd dröhnt.
- Dann wieder fühlst du 's
wie das Pochen deines eignen Herzens.
Das Meer rauscht dumpf
und machtvoll in dem Blut,
und übersteigert
deines Knabenkörpers zarte Kraft.
Du möchtest Tempel bauen,
die wie Pyramiden dauern
und einen neuen Mythos künden.
(S. 63-64)
_____



Seele der Liebenden

Einmal schon liebte ich dich
Und das Meer, das Meer.
Doch lichter waren damals
Die Seelen, ungetrübt
Von dunklen Taten.
Es sangen unsere Liebe
Strahlend die Sterne,
Und das Meer, das Meer.
Wieviel hundert Jahre
Sind seitdem vergangen,
Wieviel Leiden und Tode
Und Sterne. Wo blieben
Die Seelen so lange?
Wir halten uns schweigend
Die schauernden Hände.
Wir blicken uns tief
In die fragenden Augen.
Noch singen die Sterne
Und das Meer, das Meer.
Aber unfaßbar ewig
Ist die Vergangenheit
Der menschlichen Seele.
(S. 35)
_____

Die Lichtung

Ich denk an dich. Ich denke an die Liebesstunden
Die wir im Waldesinnern süß erlebten.
Auf feuchtem Laub, vorbei an ernsten Tannen,
Buchen, braunen Pilzen. Auf kaum begangenem
Wege kamen wir zu einer Lichtung.
Der Himmel weitete sich plötzlich leuchtend über uns.
Du riefst »Wie schön das ist!« Die Sonne strahlte mild,
Umfing mit ihrem Gold die dunklen Bäume
Und das helle Grün der Himbeersträucher,
Von denen wir die reifen Früchte nahmen,
Einander lachend auf die Lippen legten.

Dann sanken wir beseligt in das weiche Moos
Dein Kopf lehnte an meiner Schulter, sanft,
Du hieltest meine Hand. Die alten Tannen rauschten
Feierlich. Und aus dem Dickicht
Trat ein Reh ... das lange lauschend blieb.

Da blickten wir uns tiefer in die Augen,
Die das klare Blau des Himmels hatten.
Wir sprachen nichts, wir dachten kaum etwas.
Wir ahnten nur die Ewigkeit des Augenblicks,
Und daß die Seelen sich ganz nahe waren.
(S. 36)
_____

Die Verlassene klagt

Ich liege ausgehöhlt und leer,
Man hat mich weggeworfen,
Die Erde ist so hart und schwer,
Ich habe keine Tränen mehr.
Doch einstmals liebte ich dich sehr,
Da konnte ich noch weinen,
Da glich ich nicht den Steinen.
Will keine Sonne scheinen
In meine Dunkelheit?
Einst war es mir, als rief er,
Doch klang es viel zu weit,
Und niemand kann mich halten.
Jetzt fall ich immer tiefer
Aus der Zeit
In die Falten
Der Unendlichkeit.
(S. 22)
_____

Geliebter

Laß dich wieder, und immer wieder
mit meinen Worten umarmen.
Laß sie um dich legen,
wie du um mich hüllst
den Mantel,
wenn wir an kühlen Herbstabenden
über die Felder gehn,
wo sich die Nebel
silbern schon senken,
und der Wind die Gräser bewegt.

Ziellos irrte ich
auf der großen Erde,
bedrängt und verführt
von Dunklem
und schillernden Sünden.
Da gingst du auf
meines Schicksals Sonne.
Dein Licht milderte
alles Harte und Schwere,
verinnigte jede Lebensstunde,
alle Wesen und Dinge,
Schmerzen und Seligkeit.
Denn du einst
die Zartheit der Freundin
mit des Jünglings
beschützender Kraft.
Lächelnde Blume bist du
und weisende Fackel.
- Und dein Mund sagt,
daß auch ich Schwache
dir schön bin.
(S. 62)
_____

An den unsterblich Geliebten

Meere sind zwischen uns und Länder und Tage.
Aber ich weiß,
Du wartest auf mich
Jetzt und immer.
Wissend und gut.
Meere sind zwischen uns und Länder und Tage.

Ich sehne mich nach dir,
Nach deinen sanften Händen,
Nach deiner frommen Schönheit,
Nach deiner klugen Güte.
O ich sehne mich nach dir.

Alles, was ich habe, will ich dir schenken,
Alles was ich denke, will ich dir denken,
Ich will dich lieben in allen Dingen,
Meine schönsten Worte will ich dir singen,
All meine Schmerzen und Sünden will ich dir weinen.
Meiner Seligkeit Sonnen werden dir scheinen.
Was ich bin, will ich dir sein.

Meine Träume sind voll deiner Zärtlichkeit.
Mein Blut singt süß deine Unendlichkeit.
Weiße Seele
Unsterblich Geliebter.

Du blühst sehr wunderbar
Im Gestirn meiner Liebe,
Im Schauer meiner Ängste,
Im Lachen meines Glücks.

Du blühst sehr wunderbar
Im Gestirn meiner Liebe.
(S. 26)
_____

Fieber

Müd und wirr lieg ich im Fieber.
Welt und Leben dämmert fern.
Immer träum ich dich, du Lieber.
Durch mein Fenster scheint ein Stern.

Meine weißen Hände liegen,
Tote Tauben, auf der Decke.
Und ich sehe Banges biegen
Sich zur bösen Dornenhecke.

O wie gut war einst das Leben!
Tausend Jahre lieg ich tot.
Und ich darf euch nicht mehr geben
Meiner Liebe einsam Rot.
(S. 21)
_____

  Venus

O Tag der Gnade,
Sieg des frühlinghaften Glänzens!
Da sich das Meer
in dich hineingeliebt,
die schlankste Welle
deine Anmutslinie zog.
Und dann ihr kluges Spiel
auf ewige Zeit
in deine Adern sang,
damit du sein Geheimnis
großen Liebenden erhältst.

Ihr Priesterinnen,
die in Venus Zeichen flammt,
fühlt oft die Sehnsucht
schmerzend nach dem Meere,
und in den höchsten Liebesfesten
Tod und Todesangst.

Du aber Göttin
schwebst unsterblich,
lächelnd über allem -
und mit bestrickender Gebärde
hält deine Hand
die rosige Muschel
des Verschenkens.
Himmel und Qualen
der Jahrtausende!
(S. 42)
_____

  An den fernen Freund

Seitdem du mich verließest, denke ich dich immer.
Wenn ich die Augen schließe, sehe ich dein Bild ...
So nah und wirklichschön als ob kein Raum uns,
Keine Städte trennten.
Bei meiner Kerze sanftem Schimmer
Trittst du ganz leise, leise in das Zimmer ...
Um deine Lippen schwebt ein Lächeln kindlich mild.

Dann leg ich meine Hände zart an deinen Körper.
Dann küß ich innig deinen weichen roten Mund.
Dann sag ich schweigend dir die letzten Dinge.
Dann bin ich ganz in dir und du in mir.
Dann kann uns nichts mehr trüben, nichts mehr trennen,
Weil wir nur eine Liebe, eine Seele, eine Wolke sind.
Zwei Lichter, die in einen Himmel brennen.
Ein Baum, ein Stern, der gute Abendwind.

Dann sind wir sündenlos und weise.
Dann ist kein Raum und keine Zeit.
Dann schweben wir so süß erfüllt und leise
In Gottes Urunendlichkeit.
(S. 38)
_____

 
Andenken

Wenn der Abend so wunderbar blau und dunkel
In den Bäumen hängt,
Der runde Mond fern und golden über der Erde schwebt,
Bist du mir nah.

Deine schmalen Hände behüten mit inniger Sorgfalt
Die Reliquien unserer Liebe,
Zarte Gebilde süßer Erinnerungen.

Leise öffnet sich das Fenster.
Meine Augen folgen den Sternen,
Aber unfaßbar ist alle Ewigkeit,
Angefüllt mit Schauer und den Fragen nach Verstorbenen.
Dem stillen Weinen ungeborener Kindlein.

Von Unendlichkeit verwirrt,
Sinke ich an das braune Kreuz des Fensters.
Leise bete ich deinen Namen.

Ich weiß dich im einsamen Zimmer,
Träumend bei einer Kerze.
Um deinen Mund ein todnahes Lächeln.
(S. 16)
_____

 
Wenn der Mond groß ist

Wenn es Abend wird, fällt mir dein Lächeln ein,
Schwarzer Engel, der meine Träume umnachtet.

Im Herbst saßen wir oft auf den Bänken am Strom,
Stille Kinder, in der abendlichen Sonne.

Wenn dann deine Hand zärtlich über mein Haar strich,
O wie freute sich da die Seele.

Seitdem sind traurige Jahre vergangen,
Ängste und Wahnsinn, zerfallene Abende.

Wenn der Mond groß ist, betet mein bleicher Schatten
In deinem Zimmer verlorene Tänze.
(S. 19)
_____

 
Wir wollen uns immer die Hände halten

Wir wollen uns immer die Hände halten,
Damit unsre Seelen nicht in den kalten,
Notvollen Nächten einsam erfrieren.

Wir wollen uns immer tiefer finden,
Damit wir uns nicht wie die armen Blinden
Im schwarzen Walde traurig verirren.

Wir wollen uns immer die Hände halten,
Damit wir uns nicht zu tief in die Falten
Des unendlichen Lebens verlieren.
(S. 40)

_____
 
Alle Gedichte aus: Francisca Stoecklin: Lyrik und Prosa.
Herausgegeben von Beatrice Mall-Grob.
Verlag Paul Haupt Bern Stuttgart Wien 1994


Biographie:
Stoecklin, Franziska, verh. Betz-S., * 11.9.1894 Basel, † 1.9.1931 Basel. - Lyrikerin, Erzählerin; Malerin.
Die Tochter eines Kaufmanns u. Schwester des Malers Niklaus Stoecklin wuchs in Basel auf, zog 1914 als Kunstschülerin nach Deutschland u. lebte, jung verheiratet, als Malerin u. Schriftstellerin in München, Frankfurt/M. u. Berlin. Nach der Trennung von ihrem Mann zog sie, schwer herzleidend, ins Tessin, wo sie im Kreis um das Ehepaar Ball-Hennings verkehrte u. von Rilke literarisch gefördert wurde. Sie starb in ihrer Heimatstadt in geistiger Umnachtung.
Nach Abdrucken in Zeitungen u. Zeitschriften (U. a. in der »Aktion«) erschien ihre Lyrik gesammelt in den Bänden Gedichte (Bern 1920) u. Die singende Muschel (Zürich 1925): freie, oft reimlose Rhythmen, die v. a. durch eine eigenwillige, die Malerin verratende Farbsymbolik bedeutsam sind u. in oftmals ans Surreale grenzender, immer aber episch-berichtender Weise die Themen Traum, Liebe, Tod u. Natur behandeln. Allerdings tritt die Liebe, die im ersten Band von zentraler Bedeutung ist u. stellenweise einen überraschend leidenschaftl. Ausdruck findet, im zweiten Band fast völlig hinter dem Thema Tod zurück. Nicht verschwiegen werden darf, daß den Versen gelegentlich etwas Stilisiert-Gekünsteltes anhaftet -
wohl dadurch bedingt, daß S. sich von der zeitgenöss. Lyrik u. vor allem auch von Rilke bewußt absetzen wollte. S.s Prosa (Liebende. Bern 1921. Traumwirklichkeit. Ebd. 1923) steht ihrer Lyrik sehr nahe u. beschränkt sich fast ganz auf die Darstellung geistig- seel. Vorgänge.
Aus: Walther Killy Autoren- und Werklexikon: Stoecklin, Franziska, S. 2. Digitale Bibliothek Band 9: Killy Literaturlexikon

Friday, August 21, 2015

Rüdiger Safranski's book on Romanticism

22/10/2007

Rüdiger Safranski

The enchantment of the world

Rüdiger Safranski's book on Romanticism is a genuinely exciting account of German intellectual history. By Ulrich Greiner

Johann Gottlieb FichteJohann Gottlieb Fichte, work
 
When Johann Gottlieb Fichte read the "Critique of Pure Reason" in 1791, he was so excited that he set out for Königsberg to visit the famous Immanuel Kant. But what he found there was an old, disinterested man who sent him back home. There, in exactly five weeks, Fichte wrote "An Attempt at a Critique of all Revelation," sent it to Kant, who was suitably impressed and found a publisher for him. For fear of censorship, the book appeared anonymously. The critics at the "Allgemeinen Literatur" newspaper in Jena wrote that anyone who knows even a bit of Kant will recognise that this new work can only be from him. Kant explained in a letter to the editor that a certain Fichte, and not he, was the author. And so he became famous overnight.

E.T.A. HoffmannE.T.A. Hoffmann, work

Rüdiger Safranski's fabulous book on Romanticism doesn't only consist of such stories but it so smoothly combines philosophical analysis with anecdotal perspective, and so gracefully switches between profound reflection and biographical wit, that we are presented with a genuine rarity: exciting German intellectual history. "Romanticism. A German affair". That's the title. It refers to both the epoch which lasted an astonishingly brief 30 years as well as the ongoing influence of Romantic thought and its often dangerous mutation into the political realm. In 1798, Novalis wrote, "In giving the entirety a higher value, the usual an element of secrecy, the well-known the value of the unknown and the finite the appearance of infinity, I romanticise." This preamble to the Romantic constitution was to be fatally radicalised later by dark ideologies and their masters. Goebbels used the term "steely romantic." And Safranski sees in Ernst Jünger "the warmongering version of the Dionysian," which plays an instrumental role in Nietzsche (also a Romantic renegade).

Heinrich HeineHeinrich Heine, work

Did Romanticism cause the German catastrophe? Safranski finds two respected proponents of this theory: Isaiah Berlin and Eric Voegelin. "According to Berlin, in the subjectivity of its aesthetic imagination and the joy in ironic play, Romanticism allowed for an uninhibited profundity, and a subversion of the conventional moral order. Voegelin makes a similar argument, but identifies the subverted order as 'theomorph' and extends the criticism of subjectivity to accuse Romanticism of deifying its subject. It's an accusation that had already been levelled by Heinrich Heine when he called the Romantics 'godless selfgods'."


Friedrich Schleichermacher, Novalis

But if there was ever a sense of magic, an innocent start, then in Romanticism. They were all so young! Fichte was 29 when he drafted his "Attempt at a Critique of all Revelation"; Friedrich Schlegel 23 when he wrote his famous essay "On the Study of Greek Poetry"; Schleiermacher 31 when he wrote his speeches on religion; Novalis 26 when he composed his hymns to the night; and Ludwig Tieck 22 when he penned his three-volume novel "William Lovell".


Ludwig Tieck, Friedrich Schlegel

All this happened in the final years of the 18th century and Safranksi succeeds in vividly depicting this explosion of genius and the ongoing enthusiasm that it generated. He seems to be infected by the enthusiasm himself. But he does not neglect to mention the social and political circumstances. Between 1750 and 1800, he says, the literacy rate doubled. People were no longer reading one book several times, but several books once. Between 1790 and 1800, two and a half thousand novels appeared, as many as in the nine decades before. And then of course the French Revolution, the Napoleon cult and finally the anti- Napoleonism which lead to patriotism, the politicisation of Romanticism and the beginning of the loss of innocence.

Jean PaulJean Paul, work

So what was Romanticism? According to Safranski, it was, among other things, an "extension of religion by aesthetic means." One could also say, a surpassing of religion through the release of the powers of imagination, which re-invented the world in a playful way. A world which, from a political viewpoint, was singularly intellectual. So one could say that Romanticism was a substitute for action, which is why it could only take shape in Germany, in narrow, politically sterile conditions. Safranski: "If there is a lack of a world at large, you build one yourself from what there is to hand." The subject finds the things to hand within himself. But Safranski also shows that the Romantics were not so naive as to be unaware of the potential dangers and disasters. Some, like E.T.A. Hoffmann, even sought them out. Even Tieck's "William Lovell" (1795), "who observes and reflects constantly, realises in the end, how hollow and empty he really is." And Jean Paul will note later: "Oh, if every subject is his own father and creator, why can't he be his own angel of death?" In the self-destructive excesses of the 20th century, the angel of death did indeed complete its work.

EichendorffJoseph von Eichendorff, poems

But Romanticism was not only an extension of religion through aesthetic means; for some poets, it was the safeguarding of the aesthetic through religion. "The war inside and outside will never end," wrote Novalis, "if one does not seize the palm branch which alone can administer intellectual power." Here he meant the Catholic religion. Safranski says of Eichendorff, the greatest poet of the Romantic: "He remained faithful to the God of his childhood, the God of his native forests, not a God of speculation and philosophy. It's a God that doesn't need to be invented – he can always be re-discovered in one's childhood dreams. Protected by this God, one can be pious and bold... at the same time free and bound." Like his poetry. If Novalis composed theory of Romanticism, Eichendorff was the one to realise it. His poem "Magic Wand" has always been the ultimate expression of Romantic desire.

HölderlinFriedrich Hölderlin, work

The precision and devotion with which Safranski approaches the poets is delightful. Hölderlin and Heine come to life. With Kleist, he reaches the astute conclusion that his hatred is like love, "an ecstasy of devotion." Safranski explains what Romantic irony means, and how it was understood by Schlegel, Eichendorff and Heine. And when was anyone able to explain Fichte's philosophy of the self such that one could even come close to understanding it? Safranski is no daredevil discoverer, venturing onto new territory, but rather one who can synthesise, whose sagacity (as E.T.A. Hoffmann would have said), learning and command of language enable him to make intellectual history intelligible. And to ensure that we don't get too reverential, he indulges in the occasional sloppiness – calling Novalis the "Mozart of the Romantics" and Thomas Mann a "Dionysian with iron creases and starched collars."

KleistHeinrich von Kleist, work
Four hundred pages for a history of Romanticism is not that much. It's also the result of two significant decisions that Safranski made. One: no painting and music only in the form of Richard Wagner. Two: Safranski limits himself to the German scene. But the Romantics considered themselves citizens of the world, they translated Shakespeare, for example. And Ossian, the so-called Homer of the North (in fact, a confidence trickster by the name of James Macpherson) set in motion the German debate over the sublime. Here, it would have made sense to shift the focus to English Romanticism.

BrentanoClemens Brentano, work
So why isn't Romanticism a closed chapter? Safranski writes: "With their discomfort with normality, the Romantics anticipate the discomfort with the 'demystification of the world through reason' that Max Weber would raise critically a century later. "The victory march of technical-industrial thinking and its crass materialism was unstoppable. Germans did not follow Max Weber's wise advice: to learn to live with demystification. In part they didn't want to, in part they couldn't and that remains true to date. Because modernity, which relies on reason and at best ends in reason, kept picking up its pace. Which is why Romanticism keeps returning as an place of desire – unfortunately, often in its darkest form. All the more important to recall its light, brilliant beginning, those beautiful young men and their intelligent women. What they were and wrote constitutes the undeniable peak of German intellectual history.

Rüdiger Safranski: Romantik Eine deutsche Affaire; Hanser Verlag, München 2007; 415 S., 24,90 eur

*

This article originally appeared on September 6, 2007 in Die Zeit.

Ulrich Greiner is responsible for the literature section of Die Zeit.


translation: nb

Tuesday, August 18, 2015

"Breve defensa de la poesía" por W.H. Auden



Traducción de Delia Juárez

Intervención de W. H. Auden en una mesa redonda que organizó el PEN Club en Budapest, octubre de 1967. The New York Review of Books lo rescató en una entrega de 1986 
Las discusiones sobre el papel del artista en la sociedad pocas veces dan fruto porque sus participantes no han definido qué quieren decir con los términos que usan. Mientras malinterpretemos lo que otros dicen, ni el acuerdo central ni la diferencia genuina de opinión son posibles. Empezaré, entonces, con algunas definiciones.
Individuo. En primer lugar, un término biológico: un árbol, un caballo, un hombre, una mujer. En segundo lugar, como el hombre es un animal social y nace sin formas instintivas de conducta, el término es sociopolítico: un americano, un doctor, un miembro de la familia Smith. Como individuos somos, se quiera o no, miembros de una sociedad o de varias sociedades, cuya naturaleza esta determinada por necesidades biológicas y económicas. Como individuos nos crean por reproducción sexual y condicionamientos sociales y sólo se nos puede identificar por las sociedades a las que pertenecemos. Como individuos, somos comparables, clasificables, contables, remplazables.
Persona. Como personas, cada uno de nosotros puede decir yo respondiendo al tú de otras personas. Como personas, cada uno de nosotros es único, miembro de una clase propia con una perspectiva única del mundo, alguien que no se parece a nadie que haya existido antes y que no lo será a nadie que exista después. El mito de la descendencia de toda la humanidad de un solo antepasado, Adán, es un modo de decir que se nos llama a la existencia personal, no por un proceso biológico sino por otras personas, nuestros padres, amigos, etcétera. De hecho cada uno de nosotros es Adán, una encarnación de toda la humanidad. Como personas no somos miembros de las sociedades pero, junto con otras personas, tenemos la libertad de formar comunidades por amor a algo mas que nosotros, por la música, la filatelia o por el estilo. Como personas somos incomparables, inclasificables, incontables, irremplazables.
Al parecer muchos animales cuentan con un código de señales para comunicarse entre individuos de la misma especie, con el fin de transmitir una información vital sobre sexo, territorio, alimento, enemigos. En los animales sociales como la abeja, este código puede volverse complejísimo pero sigue siendo un código, una herramienta impersonal de comunicación: no evoluciona hacia el lenguaje porque el lenguaje no es un código sino la palabra viva. Sólo las personas pueden crear el lenguaje porque solo ellas desean abrirse libremente a otros, dirigirse a otros y responder a otros en la primera o segunda personas, o por sus nombres: sin importar qué tan elaborados estén, todos los códigos se limitan a la tercera persona.
Como los hombres son a la vez individuos sociales y personas, necesitan un código y un lenguaje. Para ambos se emplean lo que llamamos palabras, pero entre nuestro uso de ellas como señales y nuestro uso de ellas como discurso personal hay un abismo; si no hacemos esta distinción no podremos entender un arte literario como la poesía ni comprender su función.
Los pronombres personales de la primera y segunda personas no tienen género; el de la tercera tiene género, y en realidad debería llamarse impersonal. Al hablar sobre alguien más a un tercero, la tercera persona es una necesidad gramatical, pero pensar en otros como él o ella es pensar en ellos no como personas sino como individuos.
Los nombres propios son intraducibles. Al traducir al inglés una novela alemana cuyo héroe se llama Heinrich, el traductor debe escribir Heinrich y no cambiarlo por Henry.
La poesía es lenguaje en el más personal, el más íntimo de los diálogos. Un poema sólo tiene vida cuando un lector responde a las palabras que el poeta escribió.
La propaganda es un monólogo que no busca una respuesta sino un eco. Hacer esta distinción no es condenar a toda propaganda como tal. La propaganda es una necesidad de la vida social humana. Pero no distinguir la diferencia entre poesía y propaganda les hace a las dos un daño indecible: la poesía pierde su valor y la propaganda su eficacia.
En formas más primitivas de organización social, por ejemplo en las sociedades tribales o campesinas, a la índole personal del lenguaje poético la oscurece el hecho de que la sociedad y la comunidad más o menos coinciden. Todos se ocupan del mismo tipo de actividad económica, todos conocen a los demás personalmente y más o menos comparten los mismos intereses. Más aún, en una sociedad primitiva, la poesía, el lenguaje de la revelación personal, no se ha separado de lo mágico, del intento por controlar las fuerzas naturales mediante la manipulación verbal. Por otra parte, hasta la invención de la escritura, el hecho de que el verso es mas fácil de recordar que la prosa da al primero un valor de utilidad social no poético, como mnemotecnia para transmitir conocimientos esenciales de una generación a otra.
Donde quiera que haya un mal social verdadero, la poesía, o cualquier arte para el caso, es inútil como arma. Aparte de la acción política directa, la única arma es el informe de hechos: fotografías, estadísticas, testimonios.
Las condiciones sociales que conozco personalmente y en las que tengo que escribir son las de una sociedad tecnológicamente avanzada, urbanizada y aglomerada. Estoy seguro de que en cualquier sociedad (no importa cuál sea su estructura-política) que alcance el mismo nivel de desarrollo tecnológico, urbanización y riqueza, el poeta se enfrentará a los mismos problemas.
Es difícil concebir una sociedad abundante que no sea una sociedad organizada para el consumo. El peligro en una sociedad así es el de no distinguir entre aquellos bienes que, como la comida, pueden consumirse y hacerse a un lado o, como la ropa y los automóviles, descartarse y reemplazarse por otros más nuevos, y los bienes espirituales como las obras de arte que sólo alimentan cuando no se consumen.
En una sociedad opulenta como Estados Unidos, las regalías dejan bien claro al poeta que la poesía no es popular entre los lectores. Para cualquiera que trabaje en este medio, creo que esto debía ser más un motivo de orgullo que de vergüenza. El público lector ha aprendido a consumir incluso la mejor narrativa como si fuera sopa. Ha aprendido a mal emplear incluso la mejor música, al usarla de fondo para el estudio o la conversación. Los ejecutivos empresariales pueden comprar buenos cuadros y colgarlos en sus paredes como trofeos de estatus. Los turistas pueden "hacer" la gran arquitectura en un tour guiado de una hora. Pero gracias a Dios la poesía aún es difícil de digerir para el público; todavía tiene que ser "leída", esto es, hay que llegar a ella por un encuentro personal, o ignorarla. Por penoso que sea tener un puñado de lectores, por lo menos el poeta sabe algo sobre ellos: que tienen una relación personal con su obra. Y esto es más de lo que cualquier novelista de bestsellers podría reclamar para sí.


EL ESCUDO DE AQUILES (1955)
Traducción Miguel de Asúa
Ella miró buscando por sobre su hombro
Viñas y olivos,
Bien gobernadas ciudades de mármol
Y barcos sobre mares indómitos,
Pero allí sobre el metal brillante
Sus manos habían puesto en cambio
Un yermo artificial
Y un cielo de plomo.
Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
Ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
Nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
Y aún, congregada sobre esa monotonía,
Se erguía una ininteligible multitud,
Un millón de ojos, un millón de botas en fila,
Sin expresión, esperando un signo.
Desde el aire una voz sin rostro
Demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
En tonos tan secos y planos como el lugar:
Nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
Columna tras columna en una nube de humo
Ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
Cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.
Ella miró buscando por sobre su hombro
Rituales piadosos,
Bueyes enguirnaldados de blancas flores,
Libación y sacrificio,
Pero allí sobre el metal brillante
Donde debía haber estado el altar,
Vio la luz vacilante de la forja
Una muy otra escena.
Alambre de púas cercaba un lugar cualquiera
Donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
Y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
Un grupo de buena gente común
Miraba desde afuera sin moverse ni hablar
Mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
A tres postes erigidos en la tierra.
La masa y la majestad de este mundo, todo
Lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
Estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
Y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
Lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
Fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
Y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.
Ella miró buscando por sobre su hombro
Los atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando
Moviendo sus dulces miembros
Veloces, veloces, según la música,
Pero allí en el escudo brillante,
Sus manos no habían puesto un piso de baile
Sino una campo asfixiado de cizaña.
Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
Vagaba sobre ese baldío, un pájaro
Voló escapando de su piedra certera.
Que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
Eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
De un mundo donde las promesas son cumplidas,
O uno puede llorar porque el otro llora.
El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
Clamó su desaliento
Por lo que el dios había forjado
Para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro
Quien no habría de vivir mucho más.

MUSÉE DES BEAUX-ARTS
Versión de José Emilio Pacheco [Mi versión JJGC]
Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
Su función en el mundo. Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.
No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.
Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
 
ASILO DE ANCIANOS
Versión de José Emilio Pacheco
Todos poseen un límite: cada uno
Tiene un matiz de daño muy distinto. La élite
Es capaz de arreglarse por sí misma,
Caminar apoyada en un bastón,
Leer completo un libro, interpretar
Movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
Es el veneno del espíritu:
Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
Abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
Que soporta la tele
Y guiado por amables terapeutas
Canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
Palabras en el limbo, y al final
Los que ya son del todo incompetentes
Y como una parodia de las plantas
(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
Todos aparecieron cuando el mundo,
A pesar de sus males,
Era más habitable y más vistoso
Y los viejos tenían auditorio
Y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
Podía refugiarse con la abuela para ser consolado
Y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
Mas su generación es la primera
Que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
Como se arrumban fardos indeseables.
Mientras voy en el Metro para estar
Media hora con una del asilo,
Recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
Y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
Un somnífero rápido, indoloro;
O bien para rogar, como ella ruega,
Que Dios o la naturaleza precipiten
Su función terrenal?.

El escudom de Aquiles por W. H. Auden

The Shield of Achilles

W. H. Auden, 1907 - 1973

    She looked over his shoulder
       For vines and olive trees,
     Marble well-governed cities
       And ships upon untamed seas,
     But there on the shining metal
       His hands had put instead
     An artificial wilderness
       And a sky like lead.

A plain without a feature, bare and brown,
   No blade of grass, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down, 
   Yet, congregated on its blankness, stood
   An unintelligible multitude,
A million eyes, a million boots in line, 
Without expression, waiting for a sign.

Out of the air a voice without a face
   Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
   No one was cheered and nothing was discussed;
   Column by column in a cloud of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, somewhere else, to grief.

     She looked over his shoulder
       For ritual pieties,
     White flower-garlanded heifers,
       Libation and sacrifice,
     But there on the shining metal
       Where the altar should have been,
     She saw by his flickering forge-light
       Quite another scene.

Barbed wire enclosed an arbitrary spot
   Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
   A crowd of ordinary decent folk
   Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of this world, all
   That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
   And could not hope for help and no help came:
   What their foes like to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died.

     She looked over his shoulder
       For athletes at their games,
     Men and women in a dance
       Moving their sweet limbs
     Quick, quick, to music,
       But there on the shining shield
     His hands had set no dancing-floor
       But a weed-choked field.

A ragged urchin, aimless and alone, 
   Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
   That girls are raped, that two boys knife a third,
   Were axioms to him, who’d never heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept.

     The thin-lipped armorer,
       Hephaestos, hobbled away,
     Thetis of the shining breasts
       Cried out in dismay
     At what the god had wrought
       To please her son, the strong
     Iron-hearted man-slaying Achilles
       Who would not live long.
 
 

"El escudo de Aquiles", Wystan Hugh Auden - ("The Shield of Achilles")




"El escudo de Aquiles"
Wystan Hugh Auden

(1952)




Wystan Hugh Auden
(1907-1973)
York,  Inglaterra




Ella miró buscando por sobre su hombro
viñas y olivos,
bien gobernadas ciudades de mármol
y barcos sobre mares indómitos,
pero allí sobre el metal brillante
sus manos habían puesto en cambio
un yermo artificial
y un cielo de plomo.

Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
y aún, congregada sobre esa monotonía,
se erguía una ininteligible multitud,
un millón de ojos, un millón de botas en fila,
sin expresión, esperando un signo.

Desde el aire una voz sin rostro
demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
en tonos tan secos y planos como el lugar:
nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
columna tras columna en una nube de humo
ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.

Ella miró buscando por sobre su hombro
rituales piadosos,
bueyes enguirnaldados de blancas flores,
libación y sacrificio,
pero allí sobre el metal brillante
donde debía haber estado el altar,
vio la luz vacilante de la forja
una muy otra escena.

Alambres de púas cercaba un lugar cualquiera
donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
un grupo de buena gente común
miraba desde afuera sin moverse ni hablar
mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
a tres postes erigidos en la tierra.

La masa y la majestad de este mundo, todo
lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.

Ella miró buscando por sobre su hombro
los atletas en sus juegos,
hombres y mujeres danzando
moviendo sus dulces miembros
veloces, veloces, según la música,
pero allí en el escudo brillante,
sus manos no habían puesto un piso de baile
sino una campo asfixiado de cizaña.

Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
vagaba sobre ese baldío, un pájaro
voló escapando de su piedra certera:
que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
de un mundo donde las promesas son cumplidas,
o uno puede llorar porque el otro llora.

El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
clamó su desaliento
por lo que el dios había forjado
para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro

quien no habría de vivir mucho más.


(Trad. Miguel de Azúa)

 

El escudo de Aquiles - W. H. Auden


Ella miró sobre su hombro
Buscando viñedos y olivos,
Urbes de mármol bien reinadas
Y naves en mares indómitos,
Pero allí en el metal brillante
Sus manos sólo habían puesto
Un triste yermo artificioso
Y un cielo semejante a plomo.

Un llano sin facciones, despojado y parduzco:
Ni una brizna de hierba, ningún signo de vida,
Si nada que comer ni sitio en que sentarse;
No obstante, congregada en su lienzo vacío,
Se alzaba, incomprensible, una gran multitud,
Un millón de miradas y de botas en fila,
Carentes de expresión, aguardando algún signo.

Salida de la nada, una voz incorpórea
Mostró con estadísticas que la causa era justa
En tonos tan adustos y chatos como el llano:
Nadie fue jaleado ni hubo discusión;
Columna tras columna en enjambres de polvo
Iniciaron su marcha soportando una fe
Cuya lógica llevaría sus pasos hasta la aflicción.

Ella miró sobre su hombro
Buscando piedades rituales,
Novillas con guirnaldas blancas,
Libaciones y sacrificios,
Pero allí en el metal brillante,
Donde el altar debiera hallarse,
Vio a la tenue luz de la forja
Una escena muy diferente.

Un terreno arbitrario con alambres de espino
Donde los oficiales holgaban aburridos (uno contaba un chiste)
Y los guardas sudaban, pues hacía calor:
Un grupo de personas normales y decentes
Miraba desde fuera sin moverse ni hablar
Mientras tres sombras pálidas eran encadenadas
A tres postes clavados de pie sobre la tierra.

La masa y majestad de nuestro mundo, todo
Lo que comporta un peso y no cambia al pesarse
Se hallaba en manos de otros; dado que no eran grandes
No cabía esperar ayuda y no la hubo:
Lo que sus enemigos pretendían hacerles se hizo, y los peores
Buscaron deshonrarles; si perdieron su orgullo,
Sus cuerpos perecieron después que ellos lo hicieran.

Ella miró sobre su hombro
Buscando atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando,
Desplegando sus dulces miembros
Al ritmo alerta de la música
Pero allí en el metal brillante
No había un patio para el baile,
Tan sólo un campo de hierbajos.

Un golfillo harapiento caminaba sin rumbo
Por aquella orfandad deshabitada; un pájaro
alzó el vuelo, esquivando el vuelo de su piedra:
Que hubiera violaciones, que dos niños rajaran a un tercero
Eran axiomas para él, que nunca oyera hablar
De un mundo donde las promesas se mantenían,
O en el que uno lloraba porque alguien más lloraba.

El forjador de labios finos,
Hefesto, se fue renqueando,
Y Tetis, la de bellos bucles,
Lanzó un grito de desconsuelo
Al ver lo que el dios concibiera
Para honrar a su hijo, el fuerte
Aquiles Corazón de Hierro
Que larga vida no tendría.

W. H. Auden, El escudo de Aquiles, en Los señores del límite, Galaxia Gutenberg
Traducción: Jordi Doce