Monday, August 1, 2016

Baudelaire, sencillamente!

Al Lector (Charles Baudelaire) Las Flores del Mal

La necedad, el yerro, el pecado, la roña,
ocupan nuestras almas, trabajan nuestros cuerpos;
y como los mendigos alimentan su mugre,
así nutrimos nuestros blandos remordimientos.

Nuestro pecado es terco, nuestra contrición floja;
con creces nos hacemos pagar lo confesado,
y alegres retornamos al camino fangoso,
creyendo nuestras culpas lavar con viles llantos.

En la almohada del mal es Satán Trimegisto
quien largamente acuna nuestro ser hechizado,
y el precioso metal de nuestra voluntad,
íntimo lo evapora ese químico sabio.

¡El Diablo es quien maneja los hilos que nos mueven!
A las cosas inmundas encontramos encantos;
y sin horror, en medio de tinieblas hediondas,
cada día al Infierno descendemos un paso.

Tal como un libertino pobre que besa y muerde
el seno magullado de una vieja ramera,
robamos de pasada un placer clandestino,
que exprimimos bien fuerte como naranja seca.

Denso, hormigueante, así como un millón de helmintos,
un pueblo de Demonios hierve en nuestras cabezas;
y cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
baja, río invisible, con apagadas quejas.

Si el tósigo, el estrupo, el puñal, el incendio,
de agradables dibujos no ornaron todavía
el trivial cañamazo de nuestra pobre suerte,
es, ay, porque nuestra alma no es bastante atrevida.

Pero entre las panteras, los monos y los linces,
los buitres, escorpiones, serpientes y chacales,
los monstruos aulladores, rampantes, gruñidores,
de todos nuestros vicios en la leonera infame.

¡Hay uno que es más feo, más inmundo, más malo!
sin lanzar grandes gritos ni mostrar grandes gestos,
convertiría a gusto la tierra en un despojo
y tragaría el mundo en un solo bostezo.

¡Es el tedio! -De llanto involuntario llena
la mirada, su pipa fuma y sueña patíbulos.
Tú conoces, lector, al delicado monstruo,
hipócrita lector -mi igual-, ¡Hermano mío!

Las Flores del Mal -1857
Traducción de Nydia Lamarque

Este poema aparece como un suerte de prólogo dentro del poemario y es el que apertura los capítulos en que está dividido el libro.
Contrición es el sacramento de penitencia por haber pecado ofendiendo a Dios. También puede ser entendido como el arrepentimiento de una culpa
Helminto es un gusano parásito de hombres y animales.
Trimegisto es un personaje de la mitología griega asociada con la alquimia e ideas metafísicas, cuyo nombre es Hermes Trimegisto.
Tósigo es veneno, ponzoña; o también angustia.
Cañamazo es una tela hecha de cañamo.

Tuesday, July 12, 2016

Más poesía inglesa

POESÍAS COMPLETAS DE JOHN KEATS

Retrato de John Keats, de William Hilton

Algunos piensan que John Keats (1795-1821) era un niño bien. Aquellos ingleses libres y cultos de costumbres disipadas y excelentes modales que ocupaban largos periodos de su juventud en un Grand Tour a través de las exóticas explanadas de Europa (y a veces más allá) no eran precisamente unos desarrapados. Pero si se ahonda en la biografía de este poeta impecablemente atormentado es posible comprender el error de tal creencia. Huérfano desde una corta edad, su infancia y educación estuvieron a cargo de su abuela. Primero se empapó de los clásicos grecolatinos. Poco después a su abuela se le ocurrió la brillante idea de que el niño fuera cirujano. Es evidente que algo había fallado en el cálculo, porque a John Keats le dio por graduarse en Farmacia y dedicarse, cómo no, al enrevesado y tortuoso mundo de la literatura. Esa decisión tuvo dos consecuencias directas para el joven John: la primera, que podía olvidarse para siempre de un sueldo de médico; la segunda, que muy pronto, a través del poeta y editor Leigh Hunt, entraría en contacto con uno de los círculos poéticos más selectos de la historia contemporánea, al lado de gente tan poco común como Percy Bysshe Shelley o Lord Byron. Su amistad con estos hombres se constituye, desde luego, como la causa y razón principal por la que algunos siguen pensando que John Keats era un niño bien. Su obra poética fue bastante incomprendida en su momento, aunque esto es algo que suele ocurrir a menudo con los buenos poetas. Textos que ahora son considerados grandes clásicos apenas tuvieron repercusión en su tiempo. Así ocurrió, por ejemplo, con sus primeros Poemas (1817), o con el épico Endymion (1818).
Lo que interesa de Keats es, sin embargo, su propia poética: el hecho poético en sí fue uno de las preocupaciones habituales del poeta, como demuestra en numerosas cartas. Y su visión de la poesía, una vez más al contrario de la habitual creencia, rompía con las ideas románticas que están expandiendo muchos de sus colegas.
Para Keats, por ejemplo, no es poesía lo que ha sido creado para recobrar lo que está ausente. El lamento, la elegía, no son poesía. Keats preferirá las odas, el canto, la musicalidad propia de las palabras más allá del sentido adherido a las mismas. Si la poesía es deseo de lo que una vez fue, lamento de lo que ahora se es, acaba convirtiéndose en un instrumento moralizador, educativo, reflexivo, cuadriculado. Pero Keats, como confesó en una carta del 3 de febrero de 1818, odiaba "la poesía que tiene un diseño palpable".
En esta línea, John Keats se diferenciaría de los demás románticos ingleses (y por eso es al que más admiro de todos ellos) porque destronaba el poder del Yo en la poesía. Keats escapó de la tiranía del Yo (tan romántica, tan contemporánea también) buscando un otro lado del ser donde no el Yo, sino el Otro fuera el soberano.
En 1819 Keats escribió sus poemas más conocidos: "Oda a Psyche", "Oda a una urna griega" y "Oda a un ruiseñor", piezas clásicas de la literatura inglesa y universal, que aparecieron en el tercero y mejor de sus libros, Lamia, Isabella, la víspera de santa Inés y otros poemas (1820).
Poco después su salud empeoró debido a una tuberculosis y esta es la razón por la que Keats habría viajado a Italia. En Roma encontró la muerte y una tumba en el Cementerio Inglés, junto a la Pirámide Cestia.
Su obra ha sido publicada de mil maneras diferentes. Mi edición preferida, la que siempre tengo a mano, es una edición bilingüe de su Poesía Completa, publicada en dos tomos por Ediciones 29, con traducción de Arturo Sánchez, encontrada hace mucho tiempo en la Feria del Libro Antiguo de Madrid.
Sin embargo, y sin que sirva de precedente, dejaré aquí el texto en inglés de "Ode on a Grecian Urn" y lo complementaré con la traducción que en su momento hizo otro grande, Julio Cortázar.



ODE ON A GRECIAN URN

I.

THOU still unravish’d bride of quietness,
Thou foster-child of silence and slow time,
Sylvan historian, who canst thus express
A flowery tale more sweetly than our rhyme:
What leaf-fring’d legend haunts about thy shape
Of deities or mortals, or of both,
In Tempe or the dales of Arcady?
What men or gods are these? What maidens loth?
What mad pursuit? What struggle to escape?
What pipes and timbrels? What wild ecstasy?

II.

Heard melodies are sweet, but those unheard
Are sweeter; therefore, ye soft pipes, play on;
Not to the sensual ear, but, more endear’d,
Pipe to the spirit ditties of no tone:
Fair youth, beneath the trees, thou canst not leave
Thy song, nor ever can those trees be bare;
Bold Lover, never, never canst thou kiss,
Though winning near the goal - yet, do not grieve;
She cannot fade, though thou hast not thy bliss,
For ever wilt thou love, and she be fair!

III.

Ah, happy, happy boughs! that cannot shed
Your leaves, nor ever bid the Spring adieu;
And, happy melodist, unwearied,
For ever piping songs for ever new;
More happy love! more happy, happy love!
For ever warm and still to be enjoy’d,
For ever panting, and for ever young;
All breathing human passion far above,
That leaves a heart high-sorrowful and cloy’d,
A burning forehead, and a parching tongue.

IV.

Who are these coming to the sacrifice?
To what green altar, O mysterious priest,
Lead’st thou that heifer lowing at the skies,
And all her silken flanks with garlands drest?
What little town by river or sea shore,
Or mountain-built with peaceful citadel,
Is emptied of this folk, this pious morn?
And, little town, thy streets for evermore
Will silent be; and not a soul to tell
Why thou art desolate, can e’er return.

V.

O Attic shape! Fair attitude! with brede
Of marble men and maidens overwrought,
With forest branches and the trodden weed;
Thou, silent form, dost tease us out of thought
As doth eternity: Cold Pastoral!
When old age shall this generation waste,
Thou shalt remain, in midst of other woe
Than ours, a friend to man, to whom thou say’st,
«Beauty is truth, truth beauty,»- that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.


December 30, 1816.

Poems (published 1820)


ODA A UNA URNA GRIEGA (Traducción de Julio Cortázar)

I.

Tú, todavía virgen esposa de la calma,
criatura nutrida de silencio y de tiempo,
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te rondade dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son ésas, o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?


II.

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
sonad por eso, tiernas zampoñas, no para los sentidos, sino más exquisitas, tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

III.

¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
que no despedirán jamás la primavera!
Y tú, dichoso músico, que infatigable
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
anhelante por siempre y para siempre joven;
cuán superior a la pasión del hombre
que en pena deja el corazón hastiado,
la garganta y la frente abrasadas de ardores.


IV.

¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
alzada en la montaña su clama ciudadela
vacía está de gentes esta sacra mañana?
Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
por qué estás desolado podrá nunca volver.


V.

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»... Nada más
se sabe en esta tierra y no más hace falta.


Una web imprescindible para saber más de Keats: http://www.john-keats.com/

Keats, John, Poesía Completa (Edición Bilingüe), Ediciones Del Río, Ediciones 29, Barcelona, 1976, 2 Vol.



Monday, July 11, 2016

Hermoso soneto de Keats: Estrella Luminosa.

¡Estrella luminosa! Si fuera como tú, astro constante,
no en solitario esplendor suspendido en la noche
vigilando, con los ojos eternamente abiertos
y la sencilla paciencia del insomne ermitaño,
el agitado océano que en sacerdotal tarea
purifica las costas humanas de la tierra;
ni contemplando la suave y nueva máscara de nieve
caída blandamente sobre montones y páramos;
no, aunque sí como tú, constante e inmutable,
reclinado en el regazo maduro de mi amor,
sentir para siempre la suave cadencia de su pecho,
y, en permanente vela y con dulce inquietd,
oír -quieto, quieto-, cómo respira tiernamente
y así siempre vivir o, si no, entregarme a la muerte."


JOHN KEATS en Lírica inglesa del siglo XIX. Madrid. Homolegens. 2007.
Edición bilingüe y prólogo de Ángel Rupérez.

Bright star, would I were stedfast as thou art--
Not in lone splendour hung aloft the night
And watching, with eternal lids apart,
Like nature's patient, sleepless Eremite,
The moving waters at their priestlike task
Of pure ablution round earth's human shores,
Or gazing on the new soft-fallen mask
Of snow upon the mountains and the moors--
No--yet still stedfast, still unchangeable,
Pillow'd upon my fair love's ripening breast,
To feel for ever its soft fall and swell,
Awake for ever in a sweet unrest,
Still, still to hear her tender-taken breath,
And so live ever--or else swoon to death.

Sunday, July 3, 2016

Itaca. Kavafis:

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en loa emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperlas y coral, y ámbar y ébano,
perfúmenes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.


(Constantino Kavafis, 1863-1933, Poesías completas, XXXII)

Friday, June 17, 2016

Excelente poema

Günter Eich - ¡Cuán difícil es captar la belleza!

 

Fotografía de HEN-Magonza



¡CUÁN DIFÍCIL ES CAPTAR LA BELLEZA!
Cuando te rozan de alas las huellas,
¿quién es que lo ha podido compreender?:
se le acerca quien de ella se aleja.

¡Cuán difícil es captar la belleza!
Conoces la lengua que ella usa.
En bolas de espinas crecen castañas
y en alguna poesía maduran.

Günter Eich

Poema no publicado en vida de su autor. Poesías completas (Günter Eich) Introducción, prólogo, traducción y notas de Aina Torrent-Lenzen. Edición bilingüe. La Poesía, señor hidalgo, 2005.

WIE SCHWER ES IST, DIE SCHÖNHEIT ZU BEGREIFEN!
Es kommt ihr näher, wer sich enfernt.
Die Flügelspuren, wenn sie sacht ihn streifen,
Wer hat es ganz erlernt?

Wie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen!
Du kennst die Sprache, die sie spricht.
In Stachelballen die Kastanien reifen
und reifen zum Gedicht.

Wednesday, June 15, 2016

Die Sendung Moses by Schiller

The Mission of Moses

Translated by
George W. Gregory

From Friedrich Schiller
Poet of Freedom, Volume II

The Mission of Moses







This essay belongs in Schiller’s series of lectures on Universal History from the summer of 1789 at Jena University. It was first published in Thalia, Schiller’s journal of original poetry and philosophical writings, in 1790. Schiller himself reported that one of the major sources for this essay was Br. Decius’s work, The Hebrew Mysteries, or the Oldest Religious Freemasonry (Leipzig: 1788). This English translation, by George Gregory, will appear in volume two of Schiller: Poet of Freedom, an anthology of Schiller’s, now being prepared for publication by the Schiller Institute.









The founding of the Jewish nation by Moses is one of the most notable events preserved by history, important for the strength of understanding whereby it was accomplished, more important still for its consequences upon the world, which last up to this moment. Two religions which rule the largest part of the inhabitants of the Earth, Christianity and Islam, both depend upon the religion of the Hebrews, and without the latter there would never have been either a Christianity or a Koran. Indeed, in a certain sense it is irrefutably true, that we owe to Mosaic religion a large part of the enlightenment, which we enjoy today. For through it, a precious truth, the which a Reason left unto itself had only found after a long development—the teaching of the one God—was temporarily spread among the people, and sustained among them as the object of blind faith, until it had finally matured in brighter minds into a concept of Reason. Thus was a large part of humanity spared the sad and errant ways toward which belief in pantheism must ultimately lead, and the Hebrew constitution obtained the exclusive advantage, that the religion of the wise men did not stand in direct contradiction to the popular religion, as still was the case among the enlightened heathens. Considered from this point of view, the nation of the Hebrews must appear to us as an important, universal historical people, and everything evil, which one is accustomed to impute to this people, all the efforts of facetious minds to belittle this achievement, shall not prevent us from doing it justice. The disgrace and depravity of a nation cannot efface the sublime merits of its legislators, and just as little annul the great influence to which this nation makes just claim in world history.
Like an impure and base vessel, yet within which something very precious is preserved, we must treasure it; we must do homage to that channel in it, which, as impure as it was, elected the prescience to guide us toward the most noble of all goods, the truth; the which truth, however, also destroyed, as soon as it had accomplished, what it had to do. In this way, we shall also not impose upon the Hebrew people a merit which it never had, nor deprive it of a merit to which its rightful claims cannot be contested.
The Hebrews came, as we know, as a single nomadic family of not over 70 souls, to Egypt, and first became a people in Egypt. During a span of time of approximately 400 years during which they resided in this land, they increased to nearly 2 million, among which were counted some 600,000 warlike men when they left this kingdom. During this long sojourn, they lived segregated from the Egyptians, segregated as well by their own place of residence, which they adopted, and by their nomadic condition, which made of them the abomination of the native people of the country, and excluded them from partaking of the civil rights of the Egyptians. They continued to govern themselves in the nomadic manner, the father of the house ruling over the family, the prince of the tribe ruling over the tribes, and thus constituted a kind of state within the state, which, on acount of its immense increase, ultimately aroused the concern of the kings.
Such a segregated mass of people in the heart of the kingdom, indolent by their lifestyle, who banded together quite closely, but who had no interest whatever in common with the state, might become dangerous if there were a hostile invasion, and might easily be tempted to exploit the weakness of the state, whose indolent spectators they were. The wisdom of the state thus counseled to guard them closely, to keep them occupied with activity, and to take thought to the reduction of their numbers. They were set to heavy labor, and as it was learned to make them useful to the state in this way, self-interest joined hands with policy, to increase their burdens. Inhumanly, they were compelled to slave, and special taskmasters were assigned to goad and mistreat them at their work. This barbaric treatment, however, did not prevent them from multiplying more rapidly. A healthy policy had naturally led to dispersing them among other inhabitants, and giving them equal rights with these; but the general abhorrence the Egyptians felt toward them stood in the way. This abhorrence was enhanced still more by the consequences it inevitably had. When the king of the Egyptians bestowed the province of Goshen (on the East side of the lower Nile) upon Jacob’s family for them to inhabit, he hardly expected a progeny of 2 million then to house there; the province was thus probably of no considerable extent, and the gift was generous enough, although conceived for but a one-hundredth part of the future generation. Since the living space of the Hebrews did not increase at the same pace as their population, with each successive generation they were compelled to live ever more closely together, until they ultimately pressed together in the most narrow spaces in a way most disadvantageous to health. What was more natural than that just those consequences transpired which are inevitable in such cases?—the greatest squalor and infectious pestilence. This first set the stage for that misfortune which has been this nation’s down to the present time; but back then, it ravaged to a frightful extent. The most horrible epidemic in this latitude, leprosy, tore in upon them, and became the heritage of generations to come. The sources of life and procreation were gradually poisoned by it, and from a fortuitous ill finally arose an hereditary tribal constitution. How general this disease was, can be gleaned from the number of precautions the legislator took against it; and the unanimous testimony of the chronicles of the Egyptian Manetho, of Diodorus of Sicily, of Tacitus, or Lysimachus, Strabo, and many others, who know nearly nothing else of the Jewish nation than this plague of leprosy, demonstrates how general and how deep was the Egyptians’ impression of it.
Thus, leprosy, a natural consequence of their close quarters, poor and scanty nutrition, and the mistreatment to which they were subjected, became in turn a new cause of the same. They, who were at first despised as nomads and shunned as foreigners, were now avoided and cursed for their pollution. In addition to the fear and repugnance ever harbored against them in Egypt, there was joined a loathing and a deeply repulsive contempt. Against people so fearsomely branded with the wrath of the gods, everything was permitted, and there were no reservations against depriving them of the most sacred human rights.
No wonder, that the barbarism against them increased in just the degree, as the consequences of this barbarous treatment became more evident, and as they were punished more severely for the misery, which the Egyptians themselves had inflicted upon them.
The bad policy of the Egyptians knew of no other means to improve upon the errors they had made than to commit new and more heinous errors. Since, despite all the pressures they applied, they did not succeed in quelling the growth of the population, they fell upon a solution as inhuman as it was wretched, that of having newborn sons at once smothered by the midwives. But thanks be to the better nature of Man! Despots are not always well followed, when their commands are the commission of abominations. The midwives in Egypt knew well to scoff at this unnatural decree, and the government was left no other recourse than to implement its violent expedients by violent means. Hired assassins roamed by royal order through the homes of the Hebrews, and killed every male child in its cradle. In this way, the Egyptian government had surely accomplished its purpose, and were no savior to intervene, it had seen the nation of the Jews eradicated in a few generations.
But whence should this savior come to the Hebrews? Hardly from among the Egyptians themselves, for how should one of them intercede on behalf of a nation foreign to him, whose language was incomprehensible to him, which he would certainly take no trouble to learn, a nation which must seem to him as unworthy as incapable of a better fate? Even less from their own midst, for what had the inhumanity of the Egyptian in the course of some centuries finally made of the Hebrew people? The coarsest, the most malicious, the most despised people of the Earth, turned savage by three hundred years of neglect, made despondent and embittered by such long pressure of slavery, degraded in their own eyes by a congenital infamy, too unnerved and paralyzed for heroic resolutions, by such long-enduring stupidity cast down to be hardly more than animals. How, out of such a depraved race of people, should a free man rise forth, an enlightened mind, a hero, or a statesman? Where should there be found among them a man to bequeath respect to such a deeply despised and enslaved mob, a feeling of itself—to a people so long repressed, to such an ignorant, raw rabble of shepherds, superiority over its more refined repressor? From among the Hebrews of that time, it was as impossible for a bold and courageous mind to emerge, as from among the outcast pariahs among the Hindus.
Here the great hand of Providence, which looses the most intricate of knots with the simplest of means, overwhelms us with wonder—but not that providence, which intervenes in the forceful way of a miracle in the economy of nature; rather, that which has prescribed such economy to nature herself, effecting things most extraordinary in the calmest of ways. A born Egyptian lacked the challenge necessary to become a redeemer on behalf of the national interests of the Hebrews. A mere Hebrew had necessarily foundered upon such an enterprise, for lack of the force and mind required. Thus, what solution did fortune elect? It took a Hebrew, but prematurely tore him forth from his own coarse people, and let him partake of the enjoyment of Egyptian wisdom; and thus did a Hebrew, Egyptian-educated, become the instrument through which this nation escaped from slavery.
A Hebrew mother of the Levite tribe hid her newborn son three long months from its assassins, who did away with all the male fruit of the womb among her people; finally, she gave up hope of providing him sanctuary any longer. Need breathed into her a deception, whereby she hoped possibly to keep him. She laid her infant into a small basket of papyrus, which she had sealed from the water with pitch, and awaited the time when the Pharaoh’s daughters usually bathed. Shortly before, the child’s sisters laid the basket in which the child lay into the reeds, where the royal daughters would pass by and must notice the child. She herself, however, remained nearby, to await the further fate of the child. Indeed, the Pharaoh’s daughter soon caught sight of the child, and, since the child pleased her, she decided to save him. Then did his sister dare approach, and offered to bring him a Hebrew nurse, to which the princess conceded. Thus for the second time did the mother receive her son, and was now permitted to educate him without danger. And it was thus that he learned the language of his nation, became familiar with its customs, and it is likely that his mother failed not to implant a moving impression of general misery in his tender soul. As he had reached the years when he no longer needed his mother’s care, and as it became necessary to remove him from the general fate of his people, his mother brought him once again to the royal daughter, and now surrendered to her the boy’s further fate. The Pharaoh’s daughter adopted him and gave him the name Moses, for he had been saved from the water. Thus of a slave-child and sacrificial victim became the son of a daughter of the king, and as such, partaking in all the advantages enjoyed by the children of kings. The priests, to whose order he belonged from just that moment when he was adopted into the royal family, now took over his education, and instructed him in all matters of Egyptian wisdom, which were the exclusive prerogative of their caste. It is likely indeed, that they withheld none of their secrets from him, for a passage from the Egyptian historian Manetho, where he portrays Moses as an apostate of the Egyptian religion, and as a priest fled from Heliopolis, leads us to suspect, that he was appointed to the priestly caste.
In order to determine what Moses may have learned in this school, and what part the education he received among the Egyptian priests had in his later legislation, we must enter into a close investigation of this institution, and hear the testimony of ancient writers on that which was taught and practiced there. The Apostle Stephen himself tells us, that he was instructed in all the wisdom of the Egyptians. The historian Philo says, that Moses was initiated by the Egyptian priests in the philosophy of symbols and hieroglyphics, as well as in the mysteries of the sacred animals. This testimony is confirmed by numerous others, and if one once looks upon what were called the Egyptian mysteries, a remarkable similarity appears between these mysteries and what Moses later did and legislated.
The worship of the most ancient peoples, as we know, soon degenerated into polytheism and superstition, and even among those whom the Bible describes to us as worshippers of the true God, the ideas they had of the Supreme Being were neither pure nor noble, and based upon nothing more than an enlightened, reasonable insight. But as soon as the social classes were set apart by a better institution of civil society and by the foundation of an orderly state, and concern for sacred things having become the province of a special class; as soon as the human spirit was freed of concerns diverting its attentions, and obtained leisure to devote itself solely to considerations of itself and nature; and, finally, as soon as a clearer look had been cast into the physical economy of nature, then was Reason’s victory over those coarser errors assured, and the ideas about the Supreme Being necessarily ennobled. The idea of a universal connection among things must lead necessarily to the conception of a single, Supreme Understanding, and where else should that idea have taken seed than in the mind of a priest? Since Egypt was the first cultured state known to history, and the most ancient mysteries originally come from Egypt, here too it was, in all probability, that the idea of the unity of the Supreme Being was first thought in a human mind. The happy discoverer of this idea, which so elevates the soul, now sought capable subjects among those around him, to whom he imparted this idea as a sacred treasure, and so it was passed down through the generations from one thinker to another, through who knows how many generations, until it finally became the possession of a very small community capable of comprehending it, and further developing it.
But since a certain measure of knowledge and a certain development of the mind is required to correctly comprehend the idea of one single God, and to employ it, since belief in the Divine Unity necessarily carried with it a contempt for polytheism, which was still the prevailing religion, one soon understood, that it were imprudent, even dangerous, to propagate this idea in public and generally. Without having previously overthrown the traditional gods of the state, and exhibiting them in their ludicrous destitution, one could not promise the new teaching acceptance. But one could neither foresee, nor hope, that those to whom one made the old superstitions ludicrous, would also at once be capable of elevating themselves to the pure and difficult idea of the True. Besides, the entirety of the civil constitution was founded upon that superstition; were this caused to collapse, all the pillars supporting the entire edifice of the state had collapsed at the same time, and it was still quite uncertain, whether the new religion, conceived to take its place, would also stand at once firm enough to carry that edifice.
On the other hand, were the attempt to overthrow the old gods to end in failure, one had but armed blind fanaticism against oneself, and abandoned oneself into the hands of mad masses to be their sacrificial victim. It was therefore thought far better to make this new and dangerous truth the exclusive possession of a small, closed community, to draw those who demonstrated the requisite measure of power of comprehension out of the multitude, and to take them up into the covenant, to cloak the truth itself, which it was deemed desirable to withhold from impure eyes, in a veil of secrecy, a veil only those might draw aside who had been made so capable.
To that purpose were the hieroglyphics chosen, a speaking language of images, holding a general conception hidden in a composition of sensuous symbols, and based upon some arbitrary rules, which had been agreed upon. As these enlightened men of idolatry knew well how strong the effects of imagination and the senses can be upon young hearts, they had no reservations against the use of this artifice of deception to the advantage of the truth. They thus implanted the new ideas into the soul with a certain sensuous ceremony, and by all sorts of contrivances suited to this purpose, they set the emotions of their apprentice into a state of passionate motion, intended to make the apprentice receptive for the new truth. Of this kind were the purifications the initiates had to undergo, the washing and sprinkling, wrapping in linen clothing, abstinence from all enjoyments of the senses, tension and elevation of the emotions through song, a meaningful silence, alternations between darkness and light, and other such practices.
These ceremonies, in connection with such mysterious images and hieroglyphics and the hidden truths, which lay enshrouded within these hieroglyphics, and prepared by such uses, were known collectively under the name of the mysteries. Their seat was the temple of Isis and Serapis, and they were the model, according to which the mysteries in Eleusis and Samothracia, and, in more recent times, of the Order of the Freemasons, were formed.
It seems beyond any doubt, that the content of the most ancient mysteries in Heliopolis and Memphis, in their uncorrupted condition, was the oneness of God and the refutation of paganism, and that the immortality of the soul was also taught in them. Those who partook of these important elucidations called themselves onlookers, or epopts, because the recognition of a formerly hidden truth is comparable to stepping from darkness into the light, and possibly also for that reason, that they really and truly looked upon the newly recognized truths in the form of sensuous images.
But they could not attain to this vision all at once, because the mind first had to be purified of many errors, had to have gone first through many preparations, before it could bear to look upon the full light of truth. There were, thus, levels or degrees, and the shadows first fell fully from the eyes only in the innermost sanctuary.
The epopts knew one simple, Supreme Cause of all things, a first power of nature, the Being of all beings, which was identical to the demiurgos of the Greek wise men. Nothing is more sublime than the simple grandeur with which they spoke of the Creator of the world. In order to distinguish Him in a clearer way, they gave Him no name at all. “A name, ”they said, “is merely a requirement of differentiation; he who is alone has need of no name, for there is no other existence with which he might be confused. ”Under an old statue of Isis, one read the words: “I am, what there is, ”and upon a pyramid in Sa;auis, one found the ancient and most remarkable inscription: “I am all, that is, that was, and that will be; no mortal hath lifted my veil. ”No one was permitted to step into the temple of Serapis, who did not bear the name Jao—or J-ha-ho, a name which sounds nearly the same as the Hebrew Jehovah—upon his breast or forehead; and no name was pronounced with more reverence in Egypt than this name Jao. In the hymn which the hierophant, or master priest of the temple, sang to those undergoing initiation, this was the first elucidation given of the nature of the divinity: “He is unique and becomes of himself, and to this uniqueness do all things owe their existence.”
A preparatory, necessary ceremony prior to every initiation was circumcision, to which Pythagoras, too, had to submit before his acceptance into the Egyptian mysteries. This distinction from others who were not circumcised, was supposed to demonstrate a close brotherhood, a closer relationship to the divinity, and this is how Moses, also, used it later among the Hebrews.
Inside the temple, various sacred instruments were demonstrated to the initiates, instruments expressing a secret meaning. Among these were a sacred chest, called the coffin of Serapis, and which originally was probably supposed to be an expression of hidden wisdom; but later, when the institution was corrupted, it served the mystery-mongering and games of the wretched priests. It was a prerogative of the priests, or one of their own class of servants of the temple, who were called kistophors, to carry this chest around. No one except the hierophants was permitted to open this chest, or even to touch it. Of one, who was so presumptuous as to open the chest, it is told, that he suddenly became insane.
In the Egyptian mysteries, furthermore, certain hieroglyphic sacred images are found, consisting of composites of several animal forms. The well-known sphinx is of this kind; one intended in this way to denote the characteristics unified in the Supreme Being, or also to throw together the most powerful creatures among all living things into one body. Something was taken from the most powerful bird, the eagle, something from the most powerful of wild animals, the lion, from the most powerful of domesticated animals, the steer, and, finally, something from the most powerful of all animals, Man. The image of the steer or of Apis was particularly used as a symbol of strength, to denote the omnipotence of the Supreme Being; but in the original language the steer was called cherub.
These mystical forms, to which none but the epopts had the key, gave the mysteries themselves a sensuous outside, which deceived the people, and indeed, had much in common with idolatry. Thus, superstition received an everlasting nourishment through the external garment of the mysteries, whereas in the sanctuary itself one mocked it.
Yet it is perfectly understandable, how this pure deism could cohabitate with idolatry, for it overthrew idolatry from within, while promoting it from without. The excuse offered by the founders of this system for the contradiction between the religion of the priests and the people’s religion, was necessity; it seemed the lesser of two evils, because there was more hope to constrain the evil consequences of the concealed truth, than the damaging effects of the untimely discovery of this truth. As with the passage of time, unworthy members penetrated the circles of the initiated, and as the institution lost its original purity, recourse was taken to what had at first been only expediency, the mysteries became the purpose of the institution, and instead of gradually cleansing superstition, and skillfully preparing the people to receive the truth, advantage was sought in ever greater deception of the people, casting it ever deeper into superstition. Priestly crafts now took the place of those innocent and more open intents, and just that institution which was supposed to receive, maintain, and cautiously spread knowledge of the true and one God, began to become the most powerful instrument for the promotion of the contrary, and to devolve into a true school of idolatry. Hierophants, in order not to lose their command over the emotions of their subjects, and to sustain expectations ever-tensed, thought it most fit to postpone the final elucidation of the mysteries ever longer, the which must disappoint all false expectations forever, and to make access to the sanctuary the more difficult, by all kinds of theatrical tricks. Ultimately, the key to the hieroglyphics and the mysterious figures was utterly lost, and these were now taken to be the truth itself, the which they had originally been designed merely to cloak.
It is difficult to ascertain, whether Moses’ years of education fell in the time when the institution was flourishing, or at the beginning of its corruption; it is probable, however, that it was already approaching its decline, as a number of playful tricks lead us to conclude, which the Hebrew legislator borrowed, and also a number of notorious deceptions which he brought into practice. But the spirit of the founders had not yet disappeared from the institution, and the teaching of the unity of the Creator of the world still rewarded the expectations of the initiated.
This teaching, which inevitably resulted in the most thorough contempt for polytheism, and connected to the teaching of immortality, hardly separable from it, was the rich treasure the young Hebrew brought forth from the mysteries of Isis. At the same time, he became better acquainted with the forces of nature, which at that time were also the object of secret sciences, and this knowledge later enabled him to work miracles, and to challenge his own teachers and magicians, whom he surpassed in some exercises, even in the presence of the Pharaoh. His subsequent course of life proves, that he had been an astute and adept student, and had reached the last and highest degrees.
In this school he also assembled a treasure store of hieroglyphics, mystical images, and ceremonies, of which his inventive mind subsequently made use. He had traversed the entire expanse of Egyptian wisdom, thought through the entire system of the priests, weighed its defects and advantages, its strengths and weaknesses, and also gained important insights into the statecraft of this people.
It is not known how long he stayed in the school of the priests, but his later steps upon the political stage, taken only as he approached his eightieth year, make it likely, that he devoted himself to the study of the mysteries and the state for twenty years and more. His stay among the priests, however, seems not to have kept him from intercourse with his people, and he had opportunity enough to witness the inhumanity under which they suffered.
Egyptian education had not supplanted his national feelings. The mistreatment of his people reminded him, that he, too, was a Hebrew, and a just bitterness dug itself deeply into his breast as often as he saw his people suffer. The more he began to feel himself, the more did the injustice against his own people outrage him.
Once he saw a Hebrew abused by the whip of an Egyptian taskmaster; this sight overwhelmed him; he killed the Egyptian. The deed soon becomes renowned, his life is in danger, he must leave Egypt and flee into the Arab desert. Many put this flight in his fortieth year, but without any proof. It is enough for us to know, that Moses could no longer have been very young when it occurred.
With this exile, a new epoch of his life begins, and if we are to correctly judge his later political emergence in Egypt, we must also accompany him through his solitude in Arabia. A bloody hate against the repressors of his nation, and all the knowledge he had gathered from the mysteries, he carried with him into the Arabian desert. His mind was full of ideas and plans, his heart full of bitterness, and nothing distracted him in this deserted wasteland.
The chronicles tell of his herding the sheep of an Arab Bedouin Jethro.—Such a descent from all his prospects and hopes in Egypt to sheepherding in Arabia! From a future ruler of men to the slave of a nomad! How deeply this must have wounded his soul!
In the robes of a shepherd, he carries along the fiery spirit of a regent, a restless ambition. Here in this romantic desert, where the present has nothing to offer him, he seeks recourse in the past and future, and confers with his silent thoughts. All the scenes of repression he had witnessed back then, now pass over him in memories, and nothing now prevents them from pressing their sharp barbs deeply into his soul. Nothing is more unbearable to his great soul than to tolerate injustice; moreover, it is his own people which is suffering. A noble pride awakens in his breast, and a powerful impulse, to act and put himself forward, accompanies this offended pride.
Everything he has gathered over long years, everything beautiful and great which he has thought and planned, all of this should die with him in this desert, everything thought and planned in vain? This thought his fiery soul cannot withstand. He raises himself above his fate; this wasteland shall not become the limit of his activity; for the supreme being he learned of in the mysteries has directed him toward something grand. His imagination, enflamed by solitude and stillness, grasps at what lies closest, takes party with the repressed. Like emotions seek their like, and he who is unfortunate must incline to the side of the unfortunate. In Egypt, he had become an Egyptian, an hierophant, a military leader; in Arabia, he becomes Hebrew. Grand and magnificent, it arises before his mind—the idea: “I will redeem this people.”
But what possiblity is there to execute this plan? Unfathomable are the obstacles which impress themselves upon him, and those he must needs take on among his people themselves are by far the most horrible. He cannot take for granted concord or confidence, neither sense of self nor courage, neither a common spirit, nor an enthusiasm calling to bold deeds; long years of slavery, a 400 years’ misery, have smothered all these emotions.—The people, at whose head he shall step, are as little capable as worthy of this hazardous venture. From this people itself he can expect nothing, and yet without this people he can accomplish nothing. What recourse remains to him? Before he undertakes the liberation of his people, he must begin to make it capable of this beneficent act. He must reinstate it in those human rights which it has cast off. He must reinstill all the qualities which long savagery has smothered; he must enflame it with hope, confidence, heroism, and enthusiasm.
But these emotions among his people can only base themselves upon a (true or deceptive) feeling of their own power, and whence shall slaves of the Egyptians take this feeling? Were he even successful for a moment in sweeping them away with his eloquence—will this artificial enthusiasm not leave them at the first sight of danger? Will they not become more despondent than ever, fall back into their feeling of slavery?
Here is where the Egyptian priest and statesman comes to the help of the Hebrew. From his mysteries, from his priestly school at Heliopolis, he now recalls the effective instruments, by which a small order of priests controlled millions of cruder men according to its will. This instrument is none other than the confidence in a supraterrestrial protection, belief in supranatural forces. Since in the visible world, in the natural course of things, he finds nothing with which he can give his repressed nation courage, since he can bind his people’s confidence to nothing earthly, he binds it to heaven. Since he gives up hope of being able to give his people a feeling of its own power, there is nothing for him to do, but to proclaim to his people a God who has these powers. If he succeeds in instilling his people with confidence in this God, he will have made his people strong and bold, and confidence in this higher arm is the flame, which must make him succeed in enkindling all other virtues and powers. If, to his brothers, he can become the legitimate organ and emissary of this God, they will become a ball in his hands, he can lead them as he will. But now the question: Which God shall he proclaim to them, and whereby can he procure their faith in Him?
Shall he proclaim to them the true God, the Demiurge, or Jao, in whom he himself believes, whom he has come to know in the mysteries?
How could he entrust to an ignorant, enslaved rabble, which his nation is, even the slightest comprehension of a truth, which is the heritage of a few Egyptian wise men, and which presumes a high degree of enlightenment, to be comprehended? How could he flatter himself with hope, that the outcasts of Egypt might understand something grasped by only few among the best of this country?
But even if he succeeded in bringing knowledge of the true God to the Hebrews—in their situation, they had no need of this God, and knowledge of this God would rather undermine his design than promote it. The true God concerns himself for the Hebrew people no more than any other people.—The true God could not fight for them, throw over the laws of Nature for their sake.—He let them fight out their cause with the Egyptians, and interceded with no miracles in their conflict, and why should He?
Shall he proclaim to them a false and mythical god, against which his own Reason takes outrage, one such as the mysteries have caused him to hate? His mind is too enlightened for that, his heart too sincere and too noble. Upon a lie he will not found his beneficent undertaking. The enthusiasm, which now fills his soul, would not lend her beneficent fire to a fraud, and to such a contemptuous role, which so contradicts his innermost convictions, and thus had he been bereft of his courage, joy, and determination. He wants the benefaction he bestows upon his people to be perfect: He wants his people not merely independent and free. He wants to make his people happy, too, and enlightened. He wants to found his work for eternity.
Thus, not upon a fraud, but upon truth must his work be founded. But how shall he make these contradictions accord? The true God he cannot proclaim to the Hebrews, because they cannot grasp Him: a mythical god he does not want to proclaim, for this he despises. The only recourse remaining is to proclaim to them his true God in a mythical way.
Now he examines his religion of Reason, and investigates what he must add and take away from it, to assure it a favorable reception among the Hebrews. He descends into their situation, into their limitations, into their souls, and espies there the latent threads to which he will be able to bind his truth.
He bestows upon his God those qualities, which the powers of comprehension of the Hebrews and their present needs require of Him. He thus accommodates his Jao to the people to whom he will proclaim Him; he accomodates Him to the circumstances under which he will proclaim Him, and thus arises his Jehovah.
In the hearts of the people, he indeed finds belief in sacred things, but this belief has devolved into the crudest of superstition. He must extirpate this superstition, but he must maintain the belief. He must merely dissolve it from its present unworthy subject, and direct it toward his new divinity. Superstition itself provides him the instruments to accomplish this. According to the general delusion of the time, every people stood under the protection of a special national divinity, and it flattered the national pride to set this divinity above all other gods among the other peoples. The latter, however, were not denied their divinity; they were recognized to be gods, but they were not allowed to rise above the particular national god of one’s own nation. To this error Moses tied his truth. He made the Demiurge of the mysteries into the national God of the Hebrews, but he went one step further.
He was not satisfied to make this national God the most powerful of all gods; rather, he made Him the only God, and cast all other gods around back into their nothingness. He gave his God to the Hebrews as their property, in order to comfort their imaginations, but he designed Him at once for all other peoples and all forces of nature. In the image in which he presented Him to the Hebrews, he salvaged the two most important characteristics of his own true God, unity and omnipotence, and made them the more effective in this human guise.
The vain and childish pride, that of wanting to exclusively possess the divinity, now had to do its work to the advantage of truth, and to assure the reception of his teaching of the one God. Clearly, it is only a new folly, that he overthrows the old one; but this new folly is much closer to the truth than that which it replaces; and it is alone this small addition of folly, which makes his truth become joyous, and everything he gains thereby, he owes to this foreseen misunderstanding of his teaching. What had his Hebrews been able to do with a philosophical God? With this national God, on the other hand, he must inevitably accomplish miraculous things among them.—Just consider the situation of the Hebrews. Ignorant, as they are, they measure the strength of the gods according to the happiness of the peoples under their protection. Forsaken and repressed by men, they believe themselves forsaken by all gods; just that relationship they themselves have toward the Egyptians, must their God, according to their conception, have toward the god of the Egyptians; the former is thus but a small light in comparison to the latter, or the Hebrews even begin to doubt, that they have a God at all. Then at once it is proclaimed to them, that they, too, have a protector in the firmament, and that this protector is awoken from his rest, that he is girding and arming himself, to accomplish great deeds against their enemies.
This revelation of God is now tantamount to the call of a general to march under his victorious flag. If this general also provides demonstrations of his strength, or if they still know him from times past, the deception of enthusiasm will incite even the most fearful; and of this, too, Moses took account in his design.
The discussion which he holds with the apparition in the burning thornbush, presents us the doubts which he has cast upon himself, and the way and means he has answered them. “Will my unhappy nation gain confidence in a God who so long neglected it, who now appears, all of a sudden, as if fallen out of heaven, whose name they never heard called—who was an idle contemplator for centuries of the mistreatment which it suffered? Will it not, on the contrary, consider the God of its happy enemy more powerful? ”This was the next thought, which necessarily rose up in the new prophet. How shall he now alleviate these doubts? He makes his Jao into the God of their fathers, he connects Him to their old folk legends, and thus transforms Him into a domestic God, into an ancient and well-known God. But, in order to demonstrate, that the God he means is the true and only God among them, in order to avoid any confusion with any creature whatsoever of superstition, in order to leave no room for any misunderstanding, he gives Him the sacred name which He actually bears in the mysteries. “I shall be, that I am become. Tell the people of Israel, ”Moses has Him say, “I shall be, who hath sent me unto you.”
In the mysteries, the divinity actually bears this name. But this name must have been utterly incomprehensible to the ignorant people of Hebrews. They were hardly capable of conceiving what was meant, and Moses could have had far more fortune with a different name; but he wanted rather to subject himself to this inconvenience, than to relinquish the idea most important to him, and this was: to introduce to the Hebrews the true God taught in the mysteries of Isis. Since it is fairly certain, that the Egyptian mysteries flourished for a long time before Jehovah appeared to Moses in the burning bush, it is surely worth noting, that this apparition bears the very same name, which it bore previously in the mysteries of Isis.
But it was not yet sufficient, that Jehovah proclaim Himself to the Hebrews as a God well-known to them, as the God of their fathers; He also needed to legitimize Himself as a powerful God, should they take Him into their hearts; and this was all the more necessary, as their fate in Egypt could not have given them a very grand opinion of their protector. And since, furthermore, He proclaimed Himself among them only through a third person, He would have to invest this person with His power, and make him capable of demonstrating his mission, as well as the power and greatness, by extraordinary deeds, of Him who sent him.
Thus, were Moses to justify his mission, he must support his mission by miraculous deeds. That he indeed performed these miracles, there can be no doubt. How he performed them, and how they are to be understood—we leave to each to reflect upon for himself.
The story in which Moses cloaks his mission contains everything necessary to imbue the Hebrews with faith in it, and this was all that it was intended to do—among us, the story need no longer have this effect. We now know, for example, that it would be irrelevant to the Creator of the world, should He ever decide to appear before a human being in fire or wind, whether such a person appeared before Him barefoot, or not barefoot.—But Moses has his Jehovah command, that he should take his shoes from his feet, for he knew very well, that he had to assist his Hebrews to the conception of divine sanctity by means of some sensuous signs—and just such a sign he had retained from the initiation ceremonies.
He reflected also, no doubt, that his heavy tongue, for example, might be a hindrance—so he anticipated this inconvenience, and wove the objections he might have to fear into his tale, and Jehovah himself would have to overcome them. Moreover, he subordinates himself to his mission only after resisting a long time—the more weight need be laid into God’s command, the which then compelled him upon his mission. The most detailed and particular is the portrait in his tale of that which the Israelites, and we, would have the most difficulty to believe, and there is no doubt, he had his good reasons for it.
If we briefly summarize the foregoing, what was the real plan which Moses conceived in the Arabian desert?
He wanted to lead the people of Israel out of Egypt, and help them to possession of their independence and a national constitution in a land of their own. But since he knew the difficulties which stood in his way on this venture quite well; since he knew there could be no reliance upon the latent forces of this people, until they had been given self-confidence, courage, hope, and enthusiasm; for he foresaw, that his eloquence would not take effect upon the soil of the oppressed, slavish minds of the Hebrews: And so he understood, that he must proclaim to them a higher, a supraterrestrial protector, that he must likewise assemble his people under the flag of a divine general.
He thus gives them a God, in order first to lead them out of Egypt. But since that is not the end of it, since he must give them another land in place of the one he takes from them, and since they must first conquer this other land under arms, and sustain themselves in it, it is necessary, that he hold their united forces together in a national body, and he must thus give them laws and a constitution.
As a priest and a statesman, however, he knows, that the strongest and most indispensable pillar of all constitutions is religion; he must thus make use of the God, which he first gives his people only to liberate them from Egypt, as a mere commander of an army, also in the forthcoming legislation; he must thus at once proclaim Him, as he will later make use of Him. For legislation, and for the foundations of the state, he requires the true God, for he is a great and noble man, who cannot found a work which should last, upon a lie. By means of the constitution which he has designed for them, he wants to make his Hebrews a happy, and lastingly happy people, and this can only come to pass, if he founds his legislation upon truth. For this truth, however, their powers of understanding are yet too dull; thus, he cannot bring this truth into their souls upon the pure path of Reason. Since he cannot convince them, he must persuade them, entice, seduce them. He must thus bestow upon the true God he gives them, characteristics which make Him comprehensible and worthy of being received by weak minds; he must cloak his God in heathen robes, and must be satisfied, if they treasure just these heathen features of his true God, and perceive truth only in a heathen way. By this, too, he gains endlessly, he gains, in that the foundation of his legislation is true, so that a future reformer need not collapse the basic edifice of the constitution if he undertakes improvements of conceptions, which are the inevitable consequence in all false religions, as soon as the torch of Reason sheds its light upon them.
All other states of that time, and of times following, are founded upon fraud and error, polytheism, although, as we have seen, there was a small circle which fostered correct conceptions of the Supreme Being. Moses, himself of this circle, and with only this circle to thank for his own better idea of the Supreme Being, is the first who dares not only to proclaim aloud the results of the most secret mysteries, but even to make it the foundation of a state. He thus becomes, for the best for the world and posterity, a betrayer of the mysteries, and lets an entire nation partake of a truth, which until then had been the possession of only a few wise men. Clearly, with this new religion, he could not give his Hebrews the powers of mind necessary to comprehend it, and in that respect the Egyptian epopts had a great advantage over them. The epopts recognized the truth through their Reason, the Hebrews were at most capable of blindly believing in it.





Friedrich Schiller

Die Sendung Moses

Vorlesungen

Die Gründung des jüdischen Staats durch Moses ist eine der denkwürdigsten Begebenheiten, welche die Geschichte aufbewahrt hat, wichtig durch die Stärke des Verstandes, wodurch sie ins Werk gerichtet worden, wichtiger noch durch ihre Folgen auf die Welt, die noch bis auf diesen Augenblick fortdauern. Zwei Religionen, welche den größten Teil der bewohnten Erde beherrschen, das Christentum und der Islamismus, stützen sich beide auf die Religion der Hebräer, und ohne diese würde es niemals weder ein Christentum noch einen Koran gegeben haben.
Ja in einem gewissen Sinne ist es unwiderleglich wahr, daß wir der mosaischen Religion einen großen Teil der Aufklärung danken, deren wir uns heutigestags erfreuen. Denn durch sie wurde eine kostbare Wahrheit, welche die sich selbst überlassene Vernunft erst nach einer langsamen Entwicklung würde gefunden haben, die Lehre von dem einigen Gott, vorläufig unter dem Volke verbreitet und als ein Gegenstand des blinden Glaubens so lange unter demselben erhalten, bis sie endlich in den helleren Köpfen zu einem Vernunftbegriff reifen konnte. Dadurch wurden einem großen Teil des Menschengeschlechtes alle die traurigen Irrwege erspart, worauf der Glaube an Vielgötterei zuletzt führen muß, und die hebräische Verfassung erhielt den ausschließenden Vorzug, daß die Religion der Weisen mit der Volksreligion nicht in direktem Widerspruche stand, wie es doch bei den aufgeklärten Heiden der Fall war. Aus diesem Standpunkt betrachtet, muß uns die Nation der Hebräer als ein wichtiges universalhistorisches Volk erscheinen, und alles Böse, welches man diesem Volke nachzusagen gewohnt ist, alle Bemühungen witziger Köpfe, es zu verkleinern, werden uns nicht hindern, gerecht gegen dasselbe zu sein. Die Unwürdigkeit und Verworfenheit der Nation kann das erhabene Verdienst ihres Gesetzgebers nicht vertilgen und ebenso wenig den großen Einfluß vernichten, den diese Nation mit Recht in der Weltgeschichte behauptet. Als ein unreines und gemeines Gefäß, worin aber etwas sehr Kostbares aufbewahret worden, müssen wir sie schätzen; wir müssen in ihr den Kanal verehren, den, so unrein er auch war, die Vorsicht erwählte, uns das edelste aller Güter, die Wahrheit zuzuführen, den sie aber auch zerbrach, sobald er geleistet hatte, was er sollte. Auf diese Art werden wir gleich weit entfernt sein, dem hebräischen Volk einen Wert aufzudringen, den es nie gehabt hat, und ihm ein Verdienst zu rauben, das ihm nicht streitig gemacht werden kann.
Die Hebräer kamen, wie bekannt ist, als eine einzige Nomadenfamilie, die nicht über 70 Seelen begriff, nach Ägypten und wurden erst in Ägypten zum Volk. Während eines Zeitraums von ohngefähr 400 Jahren, die sie in diesem Lande zubrachten, vermehrten sie sich beinahe bis zu zwei Millionen, unter welchen 6ooooo streitbare Männer gezählt wurden, als sie aus diesem Königreich zogen. Während dieses langen Aufenthalts lebten sie abgesondert von den Ägyptern, abgesondert sowohl durch den eigenen Wohnplatz, den sie einnahmen, als auch durch ihren nomadischen Stand, der sie allen Eingebornen des Landes zum Abscheu machte und von allem Anteil an den bürgerlichen Rechten der Ägypter ausschloß. Sie regierten sich nach nomadischer Art fort, der Hausvater die Familie, der Stammfürst die Stämme, und machten auf diese Art einen Staat im Staat aus, der endlich durch seine ungeheure Vermehrung die Besorgnis der Könige erweckte.
Eine solche abgesonderte Menschenmenge im Herzen des Reichs, durch ihre nomadische Lebensart müßig, die unter sich sehr genau zusammenhielt, mit dem Staat aber gar kein Interesse gemein hatte, konnte bei einem feindlichen Einfall gefährlich werden und leicht in Versuchung geraten, die Schwäche des Staats, deren müßige Zuschauerin sie war, zu benutzen. Die Staatsklugheit riet also, sie scharf zu bewachen, zu beschäftigen und auf Verminderung ihrer Anzahl zu denken. Man drückte sie also mit schwerer Arbeit, und wie man auf diesem Wege gelernt hatte, sie dem Staat sogar nützlich zu machen, so vereinigte sich nun auch der Eigennutz mit der Politik, um ihre Lasten zu vermehren. Unmenschlich zwang man sie zu öffentlichem Frondienst und stellte besondre Vögte an, sie anzutreiben und zu mißhandeln. Diese barbarische Behandlung hinderte aber nicht, daß sie sich nicht immer stärker ausbreiteten. Eine gesunde Politik würde also natürlich darauf geführt haben, sie unter den übrigen Einwohnern zu verteilen und ihnen gleiche Rechte mit diesen zu geben; aber dieses erlaubte der allgemeine Abscheu nicht, den die Ägypter gegen sie hegten. Dieser Abscheu wurde noch durch die Folgen vermehrt, die er notwendig haben mußte. Als der König der Ägypter der Familie Jakobs die Provinz Gosen (an der Ostseite des untern Nils) zum Wohnplatz einräumte, hatte er schwerlich auf eine Nachkommenschaft von 2 Millionen gerechnet, die darin Platz haben sollte; die Provinz war also wahrscheinlich nicht von besonderm Umfang, und das Geschenk war immer schon großmütig genug, wenn auch nur auf den hundertsten Teil dieser Nachkommenschaft dabei Rücksicht genommen worden. Da sich nun der Wohnplatz der Hebräer nicht in gleichem Verhältnis mit ihrer Bevölkerung erweiterte, so mußten sie mit jeder Generation immer enger und enger wohnen, bis sie sich zuletzt, auf eine der Gesundheit höchst nachteilige Art, in dem engsten Raume zusammendrängten. Was war natürlicher, als daß sich nun eben die Folgen einstellten, welche in einem solchen Fall unausbleiblich sind? –die höchste Unreinlichkeit und ansteckende Seuchen. Hier also wurde schon der erste Grund zu dem Übel gelegt, welches dieser Nation bis auf die heutigen Zeiten eigen geblieben ist; aber damals mußte es in einem fürchterlichen Grade wüten. Die schrecklichste Plage dieses Himmelstrichs, der Aussatz, riß unter ihnen ein und erbte sich durch viele Generationen hinunter. Die Quellen des Lebens und der Zeugung wurden langsam durch ihn vergiftet, und aus einem zufälligen Übel entstand endlich eine erbliche Stammeskonstitution. Wie allgemein dieses Übel gewesen, erhellt schon aus der Menge der Vorkehrungen, die der Gesetzgeber dagegen gemacht hat; und das einstimmige Zeugnis der Profanskribenten, des Ägyptiers Manetho, des Diodor von Sizilien, des Tacitus, des Lysimachus, Strabo und vieler andern, welche von der jüdischen Nation fast gar nichts als diese Volkskrankheit des Aussatzes kennen, beweist, wie allgemein und wie tief der Eindruck davon bei den Ägyptern gewesen sei.
Dieser Aussatz also, eine natürliche Folge ihrer engen Wohnung, ihrer schlechten und kärglichen Nahrung und der Mißhandlung, die man gegen sie ausübte, wurde wieder zu einer neuen Ursache derselben. Die man anfangs als Hirten verachtete und als Fremdlinge mied, wurden jetzt als Verpestete geflohen und verabscheut. Zu der Furcht und dem Widerwillen also, welche man in Ägypten von jeher gegen sie gehegt, gesellte sich noch Ekel und eine tiefe zurückstoßende Verachtung. Gegen Menschen, die der Zorn der Götter auf eine so schreckliche Art ausgezeichnet, hielt man sich alles für erlaubt, und man trug kein Bedenken, ihnen die heiligsten Menschenrechte zu entziehen.
Kein Wunder, daß die Barbarei gegen sie in eben dem Grade stieg, als die Folgen dieser barbarischen Behandlung sichtbarer wurden, und daß man sie immer härter für das Elend strafte, welches man ihnen doch selbst zugezogen hatte.
Die schlechte Politik der Ägypter wußte den Fehler, den sie gemacht hatte, nicht anders als durch einen neuen und gröbern Fehler zu verbessern. Da es ihr, alles Drucks ungeachtet, nicht gelang, die Quellen der Bevölkerung zu verstopfen, so verfiel sie auf einen ebenso unmenschlichen als elenden Ausweg, die neugebornen Söhne sogleich durch die Hebammen erwürgen zu lassen. Aber Dank der bessern Natur des Menschen! Despoten sind nicht immer gut befolgt, wenn sie Abscheulichkeiten gebieten. Die Hebammen in Ägypten wußten dieses unnatürliche Gebot zu verhöhnen, und die Regierung konnte ihre gewalttätigen Maßregeln nicht anders als durch gewaltsame Mittel durchsetzen. Bestellte Mörder durchstreiften auf königlichen Befehl die Wohnung der Hebräer und ermordeten in der Wiege alles, was männlich war. Auf diesem Wege freilich mußte die ägyptische Regierung doch zuletzt ihren Zweck durchsetzen und, wenn kein Retter sich ins Mittel schlug, die Nation der Juden in wenigen Generationen gänzlich vertilgt sehen.
Woher sollte aber nun den Hebräern dieser Retter kommen? Schwerlich aus der Mitte der Ägypter selbst, denn wie sollte sich einer von diesen für eine Nation verwenden, die ihm fremd war, deren Sprache er nicht einmal verstand und sich gewiß nicht die Mühe nahm zu erlernen, die ihm eines bessern Schicksals ebenso unfähig als unwürdig scheinen mußte. Aus ihrer eignen Mitte aber noch viel weniger, denn was hat die Unmenschichkeit der Ägypter im Verlauf einiger Jahrhunderte aus dem Volk der Hebräer endlich gemacht? Das roheste, das bösartigste, das verworfenste Volk der Erde, durch eine dreihundertjährige Vernachlässigung verwildert, durch einen so langen knechtischen Druck verzagt gemacht und erbittert, durch eine erblich auf ihm haftende Infamie vor sich selbst erniedrigt, entnervt und gelähmt zu allen heroischen Entschlüssen, durch eine so lange anhaltende Dummheit endlich fast bis zum Tier heruntergestoßen. Wie sollte aus einer so verwahrlosten Menschenrasse ein freier Mann, ein erleuchteter Kopf, ein Held oder ein Staatsmann hervorgehen? Wo sollte sich ein Mann unter ihnen finden, der einem so tief verachteten Sklavenpöbel Ansehen, einem so lang gedrückten Volke Gefühl seiner selbst, einem so unwissenden rohen Hirtenhaufen Überlegenheit über seine verfeinerte Unterdrücker verschaffte? Unter den damaligen Hebräern konnte ebensowenig als unter der verworfenen Kaste der Parias unter den Hindu ein kühner und heldenmütiger Geist entstehen.
Hier muß uns die große Hand der Vorsicht, die den verworrensten Knoten durch die einfachsten Mittel löst, zur Bewunderung hinreißen – aber nicht derjenigen Vorsicht, welche sich auf dem gewaltsamen Wege der Wunder in die Ökonomie der Natur einmengt, sondern derjenigen, welche der Natur selbst eine solche Ökonomie vorgeschrieben hat, außerordentliche Dinge auf dem ruhigsten Wege zu bewirken. Einem gebornen Ägypter fehlte es an der nötigen Aufforderung, an dem Nationalinteresse für die Hebräer, um sich zu ihrem Erretter aufzuwerfen. Einem bloßen Hebräer mußte es an Kraft und Geist zu dieser Unternehmung gebrechen. Was für einen Ausweg erwählte also das Schicksal? Es nahm einen Hebräer, entriß ihn aber frühzeitig seinem rohen Volk und verschaffte ihm den Genuß ägyptischer Weisheit; und so wurde ein Hebräer, ägyptisch erzogen, das Werkzeug, wodurch diese Nation aus der Knechtschaft entkam.
Eine hebräische Mutter aus dem levitischen Stamme hatte ihren neugebornen Sohn drei Monate lang vor den Mördern verborgen, die aller männlichen Leibesfrucht unter ihrem Volke nachstellten; endlich gab sie die Hoffnung auf, ihm länger eine Freistatt bei sich zu gewähren. Die Not gab ihr eine List ein, wodurch sie ihn vielleicht zu erhalten hoffte. Sie legte ihren Säugling in eine kleine Kiste von Papyrus, welche sie durch Pech gegen das Eindringen des Wassers verwahrt hatte, und wartete die Zeit ab, wo die Tochter des Pharao gewöhnlich zu baden pflegte. Kurz vorher mußte die Schwester des Kindes die Kiste, worin es war, in das Schilf legen, an welchem die Königstochter vorbeikam und wo es dieser also in die Augen fallen mußte. Sie selbst aber blieb in der Nähe, um das fernere Schicksal des Kindes abzuwarten. Die Tochter des Pharao wurde es bald gewahr, und da der Knabe ihr gefiel, so beschloß sie, ihn zu retten. Seine Schwester wagte es nun, sich zu nähern, und erbot sich, ihm eine hebräische Amme zu bringen, welches ihr von der Prinzessin bewilligt wird. Zum zweitenmal erhält also die Mutter ihren Sohn, und nun darf sie ihn ohne Gefahr und öffentlich erziehen. So erlernte er denn die Sprache seiner Nation und wurde bekannt mit ihren Sitten, während daß seine Mutter wahrscheinlich nicht versäumte, ein recht rührendes Bild des allgemeinen Elends in seine zarte Seele zu pflanzen. Als er die Jahre erreicht hatte, wo er der mütterlichen Pflege nicht mehr bedurfte und wo es nötig wurde, ihn dem allgemeinen Schicksal seines Volks zu entziehen, brachte ihn seine Mutter der Königstochter wieder und überließ ihr nun das fernere Schicksal des Knaben. Die Tochter des Pharao adoptierte ihn und gab ihm den Namen Moses, weil er aus dem Wasser gerettet worden. So wurde er denn aus einem Sklavenkinde und einem Schlachtopfer des Todes der Sohn einer Königstochter und als solcher aller Vorteile teilhaftig, welche die Kinder der Könige genossen. Die Priester, zu deren Orden er in eben dem Augenblick gehörte, als er der königlichen Familie einverleibt wurde, übernahmen jetzt seine Erziehung und unterrichteten ihn in aller ägyptischen Weisheit, die das ausschließende Eigentum ihres Standes war. Ja es ist wahrscheinlich, daß sie ihm keines ihrer Geheimnisse vorenthalten haben, da eine Stelle des ägyptischen Geschichtschreibers Manetho, worin er den Moses zu einem Apostaten der ägyptischen Religion und einem aus Heliopolis entflohenen Priester macht, uns vermuten läßt, daß er zum priesterlichen Stande bestimmt gewesen.
Um also zu bestimmen, was Moses in dieser Schule empfangen haben konnte, und welchen Anteil die Erziehung, die er unter den ägyptischen Priestern empfing, an seiner nachherigen Gesetzgebung gehabt hat, müssen wir uns in eine nähere Untersuchung dieses Instituts einlassen und über das, was darin gelehrt und getrieben wurde, das Zeugnis alter Schriftsteller hören. Schon der Apostel Stephanus läßt ihn in aller Weisheit der Aegyptier unterrichtet sein. Der Geschichtschreiber Philo sagt, Moses sei von den ägyptischen Priestern in der Philosophie der Symbolen und Hieroglyphen wie auch in den Geheimnissen der heiligen Tiere eingeweiht worden. Eben dieses Zeugnis bestätigen mehrere, und wenn man erst einen Blick auf das, was man ägyptische Mysterien nannte, geworfen hat, so wird sich zwischen diesen Mysterien und dem, was Moses nachher getan und verordnet hat, eine merkwürdige Ahnlichkeit ergeben.
Die Gottesverehrung der ältesten Völker ging, wie bekannt ist, sehr bald in Vielgötterei und Aberglauben über, und selbst bei denjenigen Geschlechtern, die uns die Schrift als Verehrer des wahren Gottes nennt, waren die Ideen vom höchsten Wesen weder rein noch edel und auf nichts weniger als eine helle vernünftige Einsicht gegründet. Sobald aber durch bessere Einrichtung der bürgerlichen Gesellschaft und durch Gründung eines ordentlichen Staats die Stände getrennt und die Sorge für göttliche Dinge das Eigentum eines besondern Standes geworden, sobald der menschliche Geist durch Befreiung von allen zerstreuenden Sorgen Muße empfing, sich ganz allein der Betrachtung seiner selbst und der Natur hinzugeben, sobald endlich auch hellere Blicke in die physische Ökonomie der Natur getan worden, mußte die Vernunft endlich über jene groben Irrtümer siegen, und die Vorstellung von dem höchsten Wesen mußte sich veredeln. Die Idee von einem allgemeinen Zusammenhang der Dinge mußte unausbleiblich zum Begriff eines einzigen höchsten Verstandes führen, und jene Idee, wo eher hätte sie aufkeimen sollen als in dem Kopf eines Priesters? Da Ägypten der erste kultivierte Staat war, den die Geschichte kennt, und die ältesten Mysterien sich ursprünglich aus Ägypten herschreiben, so war es auch aller Wahrscheinlichkeit nach hier, wo die erste Idee von der Einheit des höchsten Wesens zuerst in einem menschlichen Gehirne vorgestellt wurde. Der glückliche Finder dieser seelenerhebenden Idee suchte sich nun unter denen, die um ihn waren, fähige Subjekte aus, denen er sie als einen heiligen Schatz übergab, und so erbte sie sich von einem Denker zum andern, durch wer weiß wie viele Generationen fort, bis sie zuletzt das Eigentum einer ganzen kleinen Gesellschaft wurde, die fähig war, sie zu fassen und weiter auszubilden.
Da aber schon ein gewisses Maß von Kenntnissen und eine gewisse Ausbildung des Verstandes erfodert wird, die Idee eines einigen Gottes recht zu fassen und anzuwenden, da der Glaube an die göttliche Einheit Verachtung der Vielgötterei, welches doch die herrschende Religion war, notwendig mit sich bringen mußte, so begriff man bald, daß es unvorsichtig, ja gefählich sein würde, diese Idee öffentlich und allgemein zu verbreiten. Ohne vorher die hergebrachten Götter des Staats zu stürzen und sie in ihrer lächerlichen Blöße zu zeigen, konnte man dieser neuen Lehre keinen Eingang versprechen. Aber man konnte ja weder voraussehen noch hoffen, daß jeder von denen, welchen man den alten Aberglauben lächerlich machte, auch sogleich fähig sein würde, sich zu der reinen und schweren Idee des Wahren zu erheben. Überdem war ja die ganze bürgerliche Verfassung auf jenen Aberglauben gegründet; stürzte man diesen ein, so stürzte man zugleich alle Säulen, von welchen das ganze Staatsgebäude getragen wurde, und es war noch sehr ungewiß, ob die neue Religion, die man an seinen Platz stellte, auch sogleich fest genug stehen würde, um jenes Gebäude zu tragen.
Mißlang hingegen der Versuch, die alten Götter zu stürzen, so hatte man den blinden Fanatismus gegen sich bewaffnet und sich einer tollen Menge zum Schlachtopfer preisgegeben. Man fand also für besser, die neue gefährliche Wahrheit zum ausschließenden Eigentum einer kleinen geschlossenen Gesellschaft zu machen, diejenigen, welche das gehörige Maß von Fassungskraft dafür zeigten, aus der Menge hervorzuziehen und in den Bund aufzunehmen und die Wahrheit selbst, die man unreinen Augen entziehen wollte, mit einem geheimnisvollen Gewand zu umkleiden, das nur derjenige wegziehen könnte, den man selbst dazu fähig gemacht hätte.
Man wählte dazu die Hieroglyphen, eine sprechende Bilderschrift, die einen allgemeinen Begriff in einer Zusammenstellung sinnlicher Zeichen verbarg und auf einigen willkürlichen Regeln beruhte, worüber man übereingekommen war. Da es diesen erleuchteten Männern von dem Götzendienst her noch bekannt war, wie stark auf dem Wege der Einbildungskraft und der Sinne auf jugendliche Herzen zu wirken sei, so trugen sie kein Bedenken, von diesem Kunstgriffe des Betrugs auch zum Vorteil der Wahrheit Gebrauch zu machen. Sie brachten also die neuen Begriffe mit einer gewissen sinnlichen Feierlichkeit in die Seele, und durch allerlei Anstalten, die diesem Zweck angemessen waren, setzten sie das Gemüt ihres Lehrlings vorher in den Zustand leidenschaftlicher Bewegung, der es für die neue Wahrheit empfänglich machen sollte. Von dieser Art waren die Reinigungen, die der Einzuweihende vornehmen mußte, das Waschen und Besprengen, das Einhüllen in leinene Kleider, Enthaltung von allen sinnlichen Genüssen, Spannung und Erhebung des Gemüts durch Gesang, ein bedeutendes Stillschweigen, Abwechselung zwischen Finsternis und Licht und dergleichen.
Diese Zeremonien, mit jenen geheimnisvollen Bildern und Hieroglyphen verbunden, und die verborgenen Wahrheiten, welche in diesen Hieroglyphen versteckt lagen und durch jene Gebräuche vorbereitet wurden, wurden zusammengenommen unter dem Namen der Mysterien begriffen. Sie hatten ihren Sitz in den Tempeln der Isis und des Serapis und waren das Vorbild, wornach in der Folge die Mysterien in Eleusis und Samothrazien und in neuern Zeiten der Orden der Freimaurer sich gebildet hat.
Es scheint außer Zweifel gesetzt, daß der Inhalt der allerältesten Mysterien in Heliopolis und Memphis, während ihres unverdorbenen Zustands, Einheit Gottes und Widerlegung des Paganismus war, und daß die Unsterblichkeit der Seele darin vorgetragen wurde. Diejenigen, welche dieser wichtigen Aufschlüsse teilhaftig waren, nannten sich Anschauer oder Epopten, weil die Erkennung einer vorher verborgenen Wahrheit mit dem Übertritt aus der Finsternis zum Lichte zu vergleichen ist, vielleicht auch darum, weil sie die neuerkannten Wahrheiten in sinnlichen Bildern wirklich und eigentlich anschauten.
Zu dieser Anschauung konnten sie aber nicht auf einmal gelangen, weil der Geist erst von manchen Irrtümern gereinigt, erst durch mancherlei Vorbereitungen gegangen sein mußte, ehe er das volle Licht der Wahrheit ertragen konnte. Es gab also Stufen oder Grade, und erst im innern Heiligtum fiel die Decke ganz von ihren Augen.
Die Epopten erkannten eine einzige höchste Ursache aller Dinge, eine Urkraft der Natur, das Wesen aller Wesen, welches einerlei war mit dem Demiurgos der griechischen Weisen. Nichts ist erhabener als die einfache Größe, mit der sie von dem Weltschöpfer sprachen. Um ihn auf eine recht entscheidende Art auszuzeichnen, gaben sie ihm gar keinen Namen. »Ein Name«, sagten sie, »ist bloß ein Bedürfnis der Unterscheidung, wer allein ist, hat keinen Namen nötig, denn es ist keiner da, mit dem er verwechselt werden könnte.« Unter einer alten Bildsäule der Isis las man die Worte: » Ich bin, was da ist«, und auf einer Pyramide zu Sais fand man die uralte merkwürdige Inschrift: »Ich bin alles, was ist, was war und was sein wird, kein sterblicher Mensch hat meinen Schleier aufgehoben.« Keiner durfte den Tempel des Serapis betreten, der nicht den Namen Jao - oder J-ha-ho, ein Name, der mit dem hebräischen Jehovah fast gleichlautend, auch vermutlich von dem nämlichen Inhalt ist - an der Brust oder Stirn trug; und kein Name wurde in Ägypten mit mehr Ehrfurcht ausgesprochen als dieser Name Jao. In dem Hymnus, den der Hierophant oder Vorsteher des Heiligtums dem Einzuweihenden vorsang, war dies der erste Aufschluß, der über die Natur der Gottheit gegeben wurde: »Er ist einzig und von ihm selbst, und diesem Einzigen sind alle Dinge ihr Dasein schuldig.«
Eine vorläufige notwendige Zeremonie vor jeder Einweihung war die Beschneidung, der sich auch Pythagoras vor seiner Aufnahme in die ägyptischen Mysterien unterwerfen mußte. Diese Unterscheidung von andern, die nicht beschnitten waren, sollte eine engere Brüderschaft, ein näheres Verhältnis zu der Gottheit anzeigen, wozu auch Moses sie bei den Hebräern nachher gebrauchte.
In dem Innern des Tempels stellten sich dem Einzuweihenden verschiedene heilige Geräte dar, die einen geheimen Sinn ausdrückten. Unter diesen war eine heilige Lade, welche man den Sarg des Serapis nannte, und die ihrem Ursprung nach vielleicht ein Sinnbild verborgner Weisheit sein sollte, späterhin aber, als das Institut ausartete, der Geheimniskrämerei und elenden Priesterkünsten zum Spiele diente. Diese Lade herumzutragen, war ein Vorrecht der Priester oder einer eignen Klasse von Dienern des Heiligtums, die man deshalb auch Kistophoren nannte. Keinem als dem Hierophanten war es erlaubt, diesen Kasten aufzudecken oder ihn auch nur zu berühren. Von einem, der die Verwegenheit gehabt hatte, ihn zu eröffnen, wird erzählt, daß er plötzlich wahnsinnig geworden sei.
In den ägyptischen Mysterien stieß man ferner auf gewisse hieroglyphische Götterbilder, die aus mehreren Tiergestalten zusammengesetzt waren. Das bekannte Sphinx ist von dieser Art; man wollte dadurch die Eigenschaften bezeichnen, welche sich in dem höchsten Wesen vereinigen, oder auch das Mächtigste aus allen Lebendigen in einen Körper zusammenwerfen. Man nahm etwas von dem mächtigsten Vogel oder dem Adler, von dem mächtigsten wilden Tier oder dem Löwen, von dem mächtigsten zahmen Tier oder dem Stier, und endlich von dem mächtigsten aller Tiere, dem Menschen. Besonders wurde das Sinnbild des Stiers oder des Apis als das Emblem der Stärke gebraucht, um die Allmacht des höchsten Wesens zu bezeichnen; der Stier aber heißt in der Ursprache Cherub.
Die mystischen Gestalten, zu denen niemand als die Epopten den Schlüssel hatten, gaben den Mysterien selbst eine sinnliche Außenseite, die das Volk täuschte und selbst mit dem Götzendienst etwas gemein hatte. Der Aberglaube erhielt also durch das äußerliche Gewand der Mysterien eine immerwährende Nahrung, während daß man im Heiligtum selbst seiner spottete.
Doch ist es begreiflich, wie dieser reine Deismus mit dem Götzendienst verträglich zusammenleben konnte, denn indem er ihn von innen stürzte, beförderte er ihn von außen. Dieser Widerspruch der Priesterreligion und der Volksreligion wurde bei den ersten Stiftern der Mysterien durch die Notwendigkeit entschuldigt; er schien unter zwei Übeln das geringere zu sein, weil mehr Hoffnung vorhanden war, die übeln Folgen der verhehlten Wahrheit als die schädlichen Wirkungen der zur Unzeit entdeckten Wahrheit zu hemmen. Wie sich aber nach und nach unwürdige Mitglieder in den Kreis der Eingeweihten drängten, wie das Institut von seiner ersten Reinheit verlor, so machte man das, was anfangs nur bloße Nothülfe gewesen, nämlich das Geheimnis, zum Zweck des Instituts, und anstatt den Aberglauben allmählich zu reinigen und das Volk zur Aufnahme der Wahrheit geschickt zu machen, suchte man seinen Vorteil darin, es immer mehr irrezuführen und immer tiefer in den Aberglauben zu stürzen. Priesterkünste traten nun an die Stelle jener unschuldigen lauten Absichten, und eben das Institut, welches Erkenntnis des wahren und einigen Gottes erhalten, aufbewahren und mit Behutsamkeit verbreiten sollte, fing an, das kräftigste Beförderungsmittel des Gegenteils zu werden und in eine eigentliche Schule des Götzendienstes auszuarten. Hierophanten, um die Herrschaft über die Gemüter nicht zu verlieren und die Erwartung immer gespannt zu halten, fanden es für gut, immer länger mit dem letzten Aufschluß, der alle falschen Erwartungen auf immer aufheben mußte, zurückzuhalten und die Zugänge zu dem Heiligtum durch allerlei theatralische Kunstgriffe zu erschweren. Zuletzt verlor sich der Schlüssel zu den Hieroglyphen und geheimen Figuren ganz, und nun wurden diese für die Wahrheit selbst genommen, die sie anfänglich nur umhüllen sollten.
Es ist schwer zu bestimmen, ob die Erziehungsjahre des Moses in die blühenden Zeiten des Instituts oder in den Anfang seiner Verderbnis fallen; wahrscheinlich aber näherte es sich damals schon seinem Verfalle, wie uns einige Spielereien schließen lassen, die ihm der hebräische Gesetzgeber abborgte, und einige weniger rühmliche Kunstgriffe, die er in Ausübung brachte. Aber der Geist der ersten Stifter war noch nicht daraus verschwunden, und die Lehre von der Einheit des Weltschöpfers belohnte noch die Erwartung der Eingeweihten.
Diese Lehre, welche die entschiedenste Verachtung der Vielgötterei zu ihrer unausbleiblichen Folge hatte, verbunden mit der lnsterblichkeitslehre,welche man schwerlich davon trennte, war der reiche Schatz, den der junge Hebräer aus den Mysterien der Isis herausbrachte. Zugleich wurde er darin mit den Naturkräften bekannter, die man damals auch zum Gegenstand geheimer Wissenschaften machte; welche Kenntnisse ihn nachher in den Stand setzten, Wunder zu wirken und im Beisein des Pharao es mit seinen Lehrern selbst oder den Zauberern aufzunehmen, die er in einigen sogar übertraf. Sein künftiger Lebenslauf beweist, daß er ein aufmerksamer und fähiger Schüler gewesen und zu dem letzten höchsten Grad der Anschauung gekommen war.
In eben dieser Schule sammelte er auch einen Schatz von Hieroglyphen, mystischen Bildern und Zeremonien, wovon sein erfinderischer Geist in der Folge Gebrauch machte. Er hatte das ganze Gebiet ägyptischer Weisheit durchwandert, das ganze System der Priester durchdacht, seine Gebrechen und Vorzüge, seine Stärke und Schwäche gegeneinander abgewogen und große wichtige Blicke in die Regierungskunst dieses Volks getan.
Es ist unbekannt, wie lange er in der Schule der Priester verweilte, aber sein später politischer Auftritt, der erst gegen sein achtzigstes Jahr erfolgte, macht es wahrscheinlich, daß er vielleicht zwanzig und mehrere Jahre dem Studium der Mysterien und des Staats gewidmet habe. Dieser Aufenthalt bei den Priestern scheint ihn aber keineswegs von dem Umgang mit seinem Volk ausgeschlossen zu haben, und er hatte Gelegenheit genug, ein Zeuge der Unmenschlichkeit zu sein, worunter es seufzen mußte.
Die ägyptische Erziehung hatte sein Nationalgefühl nicht verdrängt. Die Mißhandiung seines Volks erinnerte ihn, daß auch er ein Hebräer sei, und ein gerechter Unwille grub sich, sooft er es leiden sah, tief in seinen Busen. Je mehr er anfing, sich selbst zu fühlen, desto mehr mußte ihn die unwürdige Behandlung der Seinigen empören.
Einst sah er einen Hebräer unter den Streichen eines ägyptischen Fronvogts mißhandelt; dieser Anblick überwältigte ihn, er ermordete den Ägypter. Bald wird die Tat ruchbar, sein Leben ist in Gefahr, er muß Ägypten meiden und flieht nach der arabischen Wüste. Viele setzen diese Flucht in sein vierzigstes Lebensjahr, aber ohne alle Beweise. Uns ist es genug zu wissen, daß Moses nicht sehr jung mehr sein konnte, als sie erfolgte.
Mit diesem Exilium beginnt eine neue Epoche seines Lebens, und wenn wir seinen künftigen politischen Auftritt in Ägypten recht beurteilen wollen, so müssen wir ihn durch seine Einsamkeit in Arabien begleiten. Einen blutigen Haß gegen die Unterdrücker seiner Nation und alle Kenntnisse, die er in den Mysterien geschöpft hatte, trug er mit sich in die arabische Wüste. Sein Geist war voll von Ideen und Entwürfen, sein Herz voll Erbitterung, und nichts zerstreute ihn in dieser menschenleeren Wüste.
Die Urkunde läßt ihn die Schafe eines arabischen Beduinen Jethro hüten. Dieser tiefe Fall von allen seinen Aussichten und Hoffnungen in Ägypten zum Viehhirten in Arabien! vom künftigen Menschenherrscher zum Lohnknecht eines Nomaden! Wie schwer mußte er seine Seele verwunden!
In dem Kleid eines Hirten trägt er einen feurigen Regentengeist, einen rastlosen Ehrgeiz mit sich herum. Hier in dieser romantischen Wüste, wo ihm die Gegenwart nichts darbietet, sucht er Hülfe bei der Vergangenheit und Zukunft und bespricht sich mit seinen stillen Gedanken. Alle Szenen der Unterdrückung, die er ehemals mit angesehen hatte, gehen jetzt in der Erinnerung an ihm vorüber, und nichts hinderte sie jetzt, ihren Stachel tief in seine Seele zu drücken. Nichts ist einer großen Seele unerträglicher, als Ungerechtigkeit zu dulden; dazu kommt, daß es sein eignes Volk ist, welches leidet. Ein edler Stolz erwacht in seiner Brust, und ein heftiger Trieb, zu handeln und sich hervorzutun, gesellt sich zu diesem beleidigten Stolz.
Alles, was er in langen Jahren gesammelt, alles, was er Schönes und Großes gedacht und entworfen hat, soll in dieser Wüste mit ihm sterben, soll er umsonst gedacht und entworfen haben? Diesen Gedanken kann seine feurige Seele nicht aushalten. Er erhebt sich über sein Schicksal; diese Wüste soll nicht die Grenze seiner Tätigkeit werden, zu etwas Großem hat ihn das hohe Wesen bestimmt, das er in den Mysterien kennenlernte. Seine Phantasie, durch Einsamkeit und Stille entzündet, ergreift, was ihr am nächsten liegt, die Partei der Unterdrückten. Gleiche Empfindungen suchen einander, und der Unglückliche wird sich am liebsten auf des Unglücklichen Seite schlagen. In Ägypten wäre er ein Ägypter, ein Hierophant, ein Feldherr geworden; in Arabien wird er zum Hebräer. Groß und herrlich steigt sie auf vor seinem Geiste, die Idee: »Ich will dieses Volk erlösen.«
Aber welche Möglichkeit, diesen Entwurf auszuführen? Unübersehlich sind die Hindernisse, die sich ihm dabei aufdringen, und diejenigen, welche er bei seinem eigenen Volke selbst zu bekämpfen hat, sind bei weitem die schrecklichsten von allen. Da ist weder Eintracht noch Zuversicht, weder Selbstgefühl noch Mut, weder Gemeingeist noch eine kühne Taten weckende Begeisterung vorauszusetzen; eine lange Sklaverei, ein vierhundertjähriges Elend hat alle diese Empfindungen erstickt. – Das Volk, an dessen Spitze er treten soll, ist dieses kühnen Wagestücks ebensowenig fähig als würdig. Von diesem Volk selbst kann er nichts erwarten, und doch kann er ohne dieses Volk nichts ausrichten. Was bleibt ihm also übrig? Ehe er die Befreiung desselben unternimmt, muß er damit anfangen, es dieser Wohltat fähig zu machen. Er muß es wieder in die Menschenrechte einsetzen, die es entäußert hat. Er muß ihm die Eigenschaften wiedergeben, die eine lange Verwilderung in ihm erstickt hat, das heißt, er muß Hoffnung, Zuversicht, Heldenmut, Enthusiasmus in ihm entzünden.
Aber diese Empfindungen können sich nur auf ein (wahres oder täuschendes) Gefühl eigener Kräfte stützen, und wo sollen die Sklaven der Ägypter dieses Gefühl hernehmen? Gesetzt, daß es ihm auch gelänge, sie durch seine Beredsamkeit auf einen Augenblick fortzureißen – wird diese erkünstelte Begeisterung sie nicht bei der ersten Gefahr im Stich lassen? Werden sie nicht, mutloser als jemals, in ihr Knechtsgefühl zurückfallen?
Hier kommt der ägyptische Priester und Staatskundige dem Hebräer zu Hülfe. Aus seinen Mysterien, aus seiner Priester-schule zu Heliopolis erinnert er sich jetzt des wirksamen Instruments, wodurch ein kleiner Priesterorden Millionen roher Menschen nach seinem Gefallen lenkte. Dieses Instrument ist kein andres als das Vertrauen auf überirdischen Schutz, Glaube an übernatürliche Kräfte. Da er also in der sichtbaren Welt, im natürlichen Lauf der Dinge nichts entdeckt, wodurch er seiner unterdrückten Nation Mut machen könnte, da er ihr Vertrauen an nichts Irdisches anknüpfen kann, so knüpft er es an den Himmel. Da er die Hoffnung aufgibt, ihr das Gefühl eigner Kräfte zu geben, so hat er nichts zu tun, als ihr einen Gott zuzuführen, der diese Kräfte besitzt. Gelingt es ihm, ihr Vertrauen zu diesem Gott einzuflößen, so hat er sie stark gemacht und kühn, und das Vertrauen auf diesen höhern Arm ist die Flamme, an der es ihm gelingen muß, alle andre Tugenden und Kräfte zu entzünden. Kann er sich seinen Mitbrüdern als das Organ und den Gesandten dieses Gottes legitimieren, so sind sie ein Ball in seinen Händen, er kann sie leiten, wie er will. Aber nun fragt sichs: welchen Gott soll er ihnen verkündigen, und wodurch kann er ihm Glauben bei ihnen verschaffen?
Soll er ihnen den wahren Gott, den Demiurgos oder den Jao, verkündigen, an den er selbst glaubt, den er in den Mysterien kennengelernt hat?
Wie könnte er einem unwissenden Sklavenpöbel, wie seine Nation ist, auch nur von ferne Sinn für eine Wahrheit zutraun, die das Erbteil weniger ägyptischen Weisen ist und schon einen hohen Grad von Erleuchtung voraussetzt, um begriffen zu werden? Wie könnte er sich mit der Hoffnung schmeicheln, daß der Auswurf Ägyptens etwas verstehen würde, was von den Besten dieses Landes nur die wenigsten faßten?
Aber gesetzt, es gelänge ihm auch, den Hebräern die Kenntnis des wahren Gottes zu verschaffen – so konnten sie diesen Gott in ihrer Lage nicht einmal brauchen, und die Erkenntnis desselben würde seinen Entwurf viel mehr untergraben als befördert haben. Der wahre Gott bekümmerte sich um die Hebräer ja nicht mehr als um irgend ein andres Volk. – Der wahre Gott konnte nicht für sie kämpfen, ihnen zu Gefallen die Gesetze der Natur nicht umstürzen. – Er ließ sie ihre Sache mit den Ägyptern ausfechten und mengte sich durch kein Wunder in ihren Streit; wozu sollte ihnen also dieser?
Soll er ihnen einen falschen und fabelhaften Gott verkündigen, gegen welchen sich doch seine Vernunft empört, den ihm die Mysterien verhaßt gemacht haben? Dazu ist sein Verstand zu sehr erleuchtet, sein Herz zu aufrichtig und zu edel. Auf eine Lüge will er seine wohltätige Unternehmung nicht gründen. Die Begeisterung, die ihn jetzt beseelt, würde ihm ihr wohltätiges Feuer zu einem Betrug nicht borgen, und zu einer so verächtlichen Rolle, die seinen innern Uberzeugungen so sehr widerspräche, würde es ihm bald an Mut, an Freude, an Beharrlichkeit gebrechen. Er will die Wohltat vollkommen machen, die er auf dem Wege ist seinem Volk zu erweisen: er will sie nicht bloß unabhängig und frei, auch glücklich will er sie machen und erleuchten. Er will sein Werk für die Ewigkeit gründen..
Also darf es nicht auf Betrug – es muß auf Wahrheit gegründet sein. Wie vereinigt er aber diese Widersprüche? Den wahren Gott kann er den Hebräern nicht verkündigen, weil sie unfähig sind, ihn zufassen; einen fabelhaften will er ihnen nichtverkündigen, weil er diese widrige Rolle verachtet. Es bleibt ihm also nichts übrig, als ihnen seinen wahren Gott auf eine fabelhafte Art zu verkündigen.
Jetzt prüft er also seine Vernunftreligion und untersucht, was er ihr geben und nehmen muß, um ihr eine günstige Aufnahme bei seinen Hebräern zu versichern. Er steigt in ihre Lage, in ihre Beschränkung, in ihre Seele hinunter und späht da die verborgenen Fäden aus, an die er seine Wahrheit anknüpfen könnte.
Er legt also seinem Gott diejenigen Eigenschaften bei, welche die Fassungskraft der Hebräer und ihr jetziges Bedürfnis eben jetzt von ihm fodern. Er paßt seinen Jao dem Volke an, dem er ihn verkündigen will, er paßt ihn den Umständen an, unter welchen er ihn verkündiget, und so entsteht sein Jehovah.
In den Gemütern seines Volks findet er zwar Glauben an göttliche Dinge, aber dieser Glaube ist in den rohesten Aberglauben ausgeartet. Diesen Aberglauben muß er ausrotten, aber den Glauben muß er erhalten. Er muß ihn bloß von seinem jetzigen unwürdigen Gegenstand ablösen und seiner neuen Gottheit zuwenden. Der Aberglaube selbst gibt ihm die Mittel dazu in die Hände. Nach dem allgemeinen Wahn jener Zeiten stand jedes Volk unter dem Schutz einer besondemn Nationalgottheit, und es schmeichelte dem Nationalstolz, diese Gottheit über die Götter aller andern Völker zu setzen. Diesen letztem wurde aber darum keineswegs die Gottheit abgesprochen; sie wurde gleichfalls anerkannt, nur über den Nationalgott durften sie sich nicht erheben. An diesen Irrtum knüpfte Moses seine Wahrheit an. Er machte den Demiurgos in den Mysterien zum Nationalgott der Hebräer, aber er ging noch einen Schritt weiter.
Er begnügte sich nicht bloß, diesen Nationalgott zum mächtigsten aller Götter zu machen, sondern er machte ihn zum einzigen und stürzte alle Götter um ihn her in ihr Nichts zurück. Er schenkte ihn zwar den Hebräern zum Eigentum, um sich ihrer Vorstellungsart zu bequemen, aber zugleich unterwarf er ihm alle andern Völker und alle Kräfte der Natur. So rettete er in dem Bild, worin er ihn den Hebräern vorstellte, die zwei wichtigsten Eigenschaften seines wahren Gottes, die Einheit und die Allmacht, und machte sie wirksamer in dieser menschlichen Hülle.
Der eitle kindische Stolz, die Gottheit ausschließend besitzen zu wollen, mußte nun zum Vorteil der Wahrheit geschäftig sein und seiner Lehre vom einigen Gott Eingang verschaffen. Freilich ist es nur ein neuer Irrglaube, wodurch er den alten stürzt, aber dieser neue Irrglaube ist der Wahrheit schon um vieles näher als derjenige, den er verdrängte; und dieser kleine Zusatz von Irrtum ist es im Grunde allein, wodurch seine Wahrheit ihr Glück macht, und alles, was er dabei gewinnt, dankt er diesem vorhergesehenen Mißverständnis seiner Lehre. Was hätten seine Hebräer mit einem philosophischen Gott machen können? Mit diesem Nationalgott hingegen muß er Wunderdinge bei ihnen ausrichten, – Man denke sich einmal in die Lage der Hebräer. Unwissend, wie sie sind, messen sie die Stärke der Götter nach dem Glück der Völker ab, die in ihrem Schutze stehen. Verlassen und unterdrückt von Menschen, glauben sie sich auch von allen Göttern vergessen; eben das Verhältnis, das sie selbst gegen die Ägypter haben, muß nach ihren Begriffen auch ihr Gott gegen die Götter der Ägypter haben; er ist also ein kleines Licht neben diesen, oder sie zweifeln gar, ob sie wirklich einen haben. Auf einmal wird ihnen verkündigt, daß sie auch einen Beschützer im Sternenkreis haben, und daß dieser Beschützer erwacht sei aus seiner Ruhe, daß er sich umgürte und aufmache, gegen ihre Feinde große Taten zu verrichten.
Diese Verkündigung Gottes ist nunmehr dem Ruf eines Feldherrn gleich, sich unter seine siegreiche Fahne zu begeben. Gibt nun dieser Feldherr zugleich auch Proben seiner Stärke, oder kennen sie ihn gar noch aus alten Zeiten her, so reißt der Schwindel der Begeisterung auch den Furchtsamsten dahin; und auch dieses brachte Moses in Rechnung bei seinem Entwurfe.
Das Gespräch, welches er mit der Erscheinung in dem brennenden Dornbusch hält, legt uns die Zweifel vor, die er sich selbst aufgeworfen, und auch die Art und Weise, wie er sich solche beantwortet hat. Wird meine unglückliche Nation Vertrauen zu einem Gott gewinnen, der sie so lange vernachlässigt hat, der jetzt auf einmal wie aus den Wolken fällt, dessen Namen sie nicht einmal nennen hörte - der schon Jahrhunderte lang ein müßiger Zuschauer der Mißhandlung war, die sie von ihren Unterdrückern erleiden mußte? Wird sie nicht vielmehr den Gott ihrer glücklichen Feinde für den mächtigen halten? Dies war der nächste Gedanke, der in dem neuen Propheten jetzt aufsteigen mußte. Wie hebt er aber nun diese Bedenklichkeit? Er macht seinen Jao zum Gott ihrer Väter, er knüpft ihn also an ihre alten Volkssagen an und verwandelt ihn dadurch in einen einheimischen, in einen alten und wohlbekannten Gott. Aber um zu zeigen, daß er den wahren und einzigen Gott darunter meine, um aller Verwechslung mit irgendeinem Geschöpf des Aberglaubens vorzubeugen, um gar keinem Mißverständnis Raum zu geben, gibt er ihm den heiligen Namen, den er wirklich in den Mysterien führt. »Ich werde sein, der ich sein werde. Sage zu dem Volk Israel«, legt er ihm in den Mund, »ich werde sein, der hat mich zu euch gesendet.«
In den Mysterien führte die Gottheit wirklich diesen Namen. Dieser Name mußte aber dem dummen Volk der Hebräer durchaus unverständlich sein. Sie konnten sich unmöglich etwas dabei denken, und Moses hätte also mit einem andern Namen weit mehr Glück machen können; aber er wollte sich lieber diesem Übelstand aussetzen als einen Gedanken aufgeben, woran ihm alles lag, und dieser war: die Hebräer wirklich mit dem Gott, den man in den Mysterien der Isis lehrte, bekannt zu machen. Da es ziemlich ausgemacht ist, daß die ägyptischen Mysterien schon lange geblüht haben, ehe Jehovah dem Moses in dem Dornbusch erschien, so ist es wirklich auffallend, daß er sich gerade denselben Namen gibt, den er vorher in den Mysterien der Isis führte.
Es war aber noch nicht genug, daß sich Jehovah den Hebräern als einen bekannten Gott, als den Gott ihrer Väter ankündigte; er mußte sich auch als einen mächtigen Gott legitimieren, wenn sie anders Herz zu ihm fassen sollten; und dies war umso nötiger, da ihnen ihr bisheriges Schicksal in Ägypten eben keine große Meinung von ihrem Beschützer geben konnte. Da er sich ferner bei ihnen nur durch einen dritten einführte, so mußte er seine Kraft auf diesen legen und ihn durch außerordentliche Handlungen in den Stand setzen, sowohl seine Sendung selbst als die Macht und Größe dessen, der ihn sandte, darzutun.
Wollte also Moses seine Sendung rechtfertigen, so mußte er sie durch Wundertaten unterstützen. Daß er diese Taten wirklich verrichtet habe, ist wohl kein Zweifel. Wie er sie verrichtet habe und wie man sie überhaupt zu verstehen habe, überläßt man dem Nachdenken eines jeden.
Die Erzählung endlich, in welche Moses seine Sendung kleidet, hat alle Requisite, die sie haben mußte, um den Hebräern Glauben daran einzuflößen, und dies war alles, was sie sollte –bei uns braucht sie diese Wirkung nicht mehr zu haben. Wir wissen jetzt zum Beispiel, daß es dem Schöpfer der Welt, wenn er sich je entschließen sollte, einem Menschen in Feuer oder in Wind zu erscheinen, gleichgültig sein könnte, ob man barfuß oder nicht barfuß vor ihm erschiene. Moses aber legt seinem Jehovah den Befehl in den Mund, daß er die Schuhe von den Füßen ziehen solle; denn er wußte sehr gut, daß er dem Begriffe der göttlichen Heiligkeit bei seinen Hebräern durch ein sinnliches Zeichen zu Hülfe kommen müsse – und ein solches Zeichen hatte er aus den Einweihungszeremonien noch behalten.
So bedachte er ohne Zweifel auch, daß z.B. seine schwere Zunge ihm hinderlich sein könnte – er kam also diesem Übel-stand zuvor, er legte die Einwürfe, die er zu fürchten hatte, schon in seine Erzählung, und Jehovah selbst mußte sie heben. Er unterzieht sich ferner seiner Sendung nur nach einem langen Widerstand – desto mehr Gewicht mußte also in den Befehl Gottes gelegt werden, der ihm diese Sendung abnötigte. Überhaupt malt er das am ausführlichsten und am individuellsten aus in seiner Erzählung, was den Israeliten, so wie uns, am allerschwersten eingehen mußte zu glauben, und es ist kein Zweifel, daß er seine guten Gründe dazu gehabt hatte.
Wenn wir das Bisherige kurz zusammenfassen, was war eigentlich der Plan, den Moses in der arabischen Wüste ausdachte?
Er wollte das israelitische Volk aus Ägypten führen und ihm zum Besitz der Unabhängigkeit und einer Staatsverfassung in einem eigenen Lande helfen. Weil er aber die Schwierigkeiten recht gut kannte, die sich ihm bei diesem Unternehmen entgegenstellen würden, weil er wußte, daß auf die eigenen Kräfte dieses Volks so lange nicht zu rechnen sei, bis man ihm Selbstvertrauen, Mut, Hoffnung und Begeisterung gegeben, weil er voraussah, daß seine Beredsamkeit auf den zu Boden gedrückten Sklavensinn der Hebräer garnicht wirken würde: so begriff er, daß er ihnen einen höhern, einen überirdischen Schutz ankündigen müsse, daß er sie gleichsam unter die Fahne eines göttlichen Feldherrn versammeln müsse.
Er gibt ihnen also einen Gott, um sie fürs erste aus Ägypten zu befreien. Weil es aber damit noch nicht getan ist, weil er ihnen für das Land, das er ihnen nimmt, ein anders geben muß, und weil sie dieses andre erst mit gewaffneter Hand erobern und sich darin erhalten müssen, so ist nötig, daß er ihre vereinigten Kräfte in einem Staatskörper zusammenhalte, so muß er ihnen also Gesetze und eine Verfassung geben.
Als ein Priester und Staatsmann aber weiß er, daß die stärkste und unentbehrlichste Stütze aller Verfassung Religion ist; er muß also den Gott, den er ihnen anfänglich nur zur Befreiung aus Ägypten, als einen bloßen Feldherrn gegeben hat, auch bei der bevorstehenden Gesetzgebung brauchen; er muß ihn also auch gleich so ankündigen, wie er ihn nachher gebrauchen will. Zur Gesetzgebung und zur Grundlage des Staats braucht er aber den wahren Gott, denn er ist ein großer und edler Mensch, der ein Werk, das dauern soll, nicht auf eine Lüge gründen kann. Er will die Hebräer durch die Verfassung, die er ihnen zugedacht hat, in der Tat glücklich und dauernd glücklich machen, und dies kann nur dadurch geschehen, daß er seine Gesetzgebung auf Wahrheit gründet. Für diese Wahrheit sind aber ihre Verstandskräfte noch zu stumpf; er kann sie also nicht auf dem reinen Weg der Vernunft in ihre Seele bringen. Da er sie nicht überzeugen kann, so muß er sie überreden, hinreißen, bestechen. Er muß also dem wahren Gott, den er ihnen ankündigt, Eigenschaften geben, die ihn den schwachen Köpfen faßlich und empfehlungswürdig machen; er muß ihm ein heidnisches Gewand umhüllen und muß zufrieden sein, wenn sie an seinem wahren Gott gerade nur dieses Heidnische schätzen und auch das Wahre bloß auf eine heidnische Art aufnehmen. Und dadurch gewinnt er schon unendlich, er gewinnt – daß der Grund seiner Gesetzgebung wahr ist, daß also ein künftiger Reformator die Grundverfassung nicht einzustürzen braucht, wenn er die Begriffe verbessert, welches bei allen falschen Religionen die unausbleibliche Folge ist, sobald die Fackel der Vernunft sie beleuchtet.
Alle andre Staaten jener Zeit und auch der folgenden Zeiten sind auf Betrug und Irrtum, auf Vielgötterei gegründet, obgleich, wie wir gesehen haben, in Ägypten ein kleiner Zirkel war, der richtige Begriffe von dem höchsten Wesen hegte. Moses, der selbst aus diesem Zirkel ist und nur diesem Zirkel seine bessere Idee von dem höchsten Wesen zu danken hat, Moses ist der erste, der es wagt, dieses geheim gehaltene Resultat der Mysterien nicht nur laut, sondern sogar zur Grundlage eines Staats zu machen. Er wird also, zum Besten der Welt und der Nachwelt, ein Verräter der Mysterien und läßt eine ganze Nation an einer Wahrheit teilnehmen, die bis jetzt nur das Eigentum weniger Weisen war. Freilich konnte er seinen Hebräern mit dieser neuen Religion nicht auch zugleich den Verstand mitgeben, sie zu fassen, und darin hatten die ägyptischen Epopten einen großen Vorzug vor ihnen voraus. Die Epopten erkannten die Wahrheit durch ihre Vernunft, die Hebräer konnten höchstens nur blind daran glauben.