Sunday, December 1, 2019

«Los demonios de las ciudades», de Georg Heym

VIERNES, NOVIEMBRE 29, 2019

«Los demonios de las ciudades», de Georg Heym

Traducción de Montserrat Armas




Recorren la noche de las ciudades,
Que negras se doblegan bajo su pie.
Como barbas de marinero en torno a su mentón
Están negras las nubes por el humo y el hollín.

Su larga sombra se balancea en el mar de casas
Y apaga las hileras luminosas de las calles.
Ella se desliza con dificultad como niebla sobre pavimento
Y lenta anda a tientas casa por casa.

Sobre una plaza ha colocado un pie,
Y arrodillado apoya el otro sobre una torre,
Así se alzan, donde cae negra la lluvia,
Tocando las flautas de Pan en la tormenta de nubes.

En torno a sus pies gira el ritornello
Del mar de las ciudades con música triste,
Un gran canto fúnebre. Ya sordo, ya estridente
Cambia el tono, que se eleva en lo oscuro.

Caminan junto al río, que negro y ancho
Como un reptil, su espalda manchada de amarillo
Por las farolas, se retuerce triste
En la oscuridad, que cubre de negro el cielo.

Se apoyan con dificultad sobre un muro de un puente
Y hunden sus manos en el enjambre
De hombres, como faunos que al borde
De los pantanos hurgan con su brazo en el fango.

Uno se levanta. Cuelga ante la luna blanca
Una máscara negra. La noche, que cae
Como plomo del cielo sombrío, profundamente
Empuja las casas al pozo de lo oscuro.

Crujen los hombros de las ciudades. Y estalla
Un tejado, del que brota un fuego rojo.
Se sientan despatarrados en su cima
Y como gatos maúllan al firmamento.

En un cuarto cubierto de tinieblas
Grita una parturienta con dolores.
Su cuerpo fuerte sobresale enorme de las almohadas,
Y en torno a él, de pie, los grandes diablos.

Se aferra temblando al potro del dolor.
En torno a ella, la habitación oscila por su grito.
Llega el feto. Se abren sus entrañas, rojas y largas,
Y sangrantes las desgarra el feto.

Los cuellos de los diablos se alargan como jirafas.
El niño, sin cabeza. La madre lo tiende
Ante sí. Cae hacia atrás, en su espalda,
Hendidos, los dedos de rana del espanto.

Pero los demonios se hacen enormes.
El cuerno de su sien desgarra rojo el cielo.
En torno a su pezuña, el terremoto truena
Por el seno de las ciudades, propaga el fuego.




1910

Thursday, October 10, 2019

'Cuando el niño era niño', el poema de Peter Handke

'Cuando el niño era niño', el poema de Peter Handke, Nobel de Literatura 2019, que recitó Bruno Ganz en el cine

El austriaco fue el guionista de 'El cielo sobre Berlín', de Wim Wenders

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cielo sobre berlin

El austriaco Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019, ha dejado su huella en la cultura popular como uno de los guionistas de la película de Wim Wenders El cielo sobre Berlín (1987), también conocida como Las alas del deseo.
En ella, dos ángeles observan la deriva que ha tomado el mundo desde el cielo de una ciudad dividida como el Berlín de posguerra, mientras velan por el lugar y por sus habitantes. Solo son visibles para los niños y los adultos de corazón puro.
Uno de los recursos narrativos más recordados de la película, el que marca su ritmo, es el poema escrito por el propio Handke para este proyecto. El ángel Damiel interpretado por Bruno Ganz lo recita en varios momentos de la cinta: La canción de la infancia (Lied vom Kindsein).
Damiel, cansado de observar en la distancia, desea ser humano tras enamorarse de una de las mujeres a su cargo. La nostalgia por los deseos y sentimientos infantiles que a menudo olvidan los adultos es uno de los temas que tratan la película de Wenders y el texto de Handke. Cineasta y escritor han colaborado juntos en varios filmes a lo largo de su carrera.
Aquí puedes leer el poema al completo:
Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.
Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.
Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?
Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las judías,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.
Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.
Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.
Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.
Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando,
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.
Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.
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Wednesday, August 14, 2019

Schiller - Los Dioses de Grecia

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Johann Christoph Friedrich von Schiller.
EL poema los dioses de Grecia fue publicado por primera vez en el Teutschen Merkur editado por Wieland, en marzo de 1788, un año antes de la revolución francesa, provoco una encendida polémica por parte de quienes vieron en él, sobre todo, una crítica a la concepción cristiana del mundo.
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El poema, considerado como un verdadero hito del desarrollo espiritual de Schiller, en cuanto tránsito de la lírica juvenil al “estilo clásico” de la madurez del poeta, fue más tarde reelaborada y así apareció, en la primera parte de sus Poesías, editadas en 1800, donde el lamento por el ocaso definitivo de la “humanidad” griega aparece  ahora transformado en una posibilidad superior de volver, mediante la poesía, al reino de la belleza. Dentro de la rica literatura existente acerca del poema que nos ocupa, véase la lucida y bien fundada “defensa” de esta segunda versión por parte de W. Frühwald, “Die Auseinandersetzung um Shillers Gedicht ‘Die Götter Griechenlandes’”, en Jahrbuch der Deutschen Schiller-gesellschaft (1969).
Los Dioses de Grecia.
Cuando el mundo bello regíais aun,
Y hacia la alegría, sin sombra de esfuerzo
Dichosas estirpes guiabais aun,
Seres del país de la fábula bellos,
¡Ay!, cuando brillaba nuestro oficio aun, ‘el del regocijo,
Que distinto entonces todo, ‘que distinto era,
Cuando las coronas ornaban tus templos,
¡Venus de Amatunte!
Cuanto el velo mágico de la poesía
Gracioso ceñía aun la verdad,
Vital plenitud entonces ‘la creación manaba
Y eso se sentía que jamás se siente.
A fin de estrecharla de amor sobre el pecho
Superior nobleza diose a la Natura.
Mostrabale todo a la vista iniciada,
Todo, ‘la huella de un Dios.
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Donde ahora solo –dicen nuestros sabios-,
De fuego una bola inanimada gira,
Entonces su carro guiaba, de oro,
Helio con serena majestad.
Poblaban oréades estas alturas
Moraba en el árbol aquel una dríade
De urnas de náyade siempre hechiceras
Brotaba del rio la plateada espuma.
Columnas dóricas de Nemea-anastilwmenoi recientemente del templo de Zeus, Templo de Zeus
Volviose aquel lauro una vez por ayuda,
Calla en esta piedra la hija de Tántalo,
Suena en el cañal de Siringa la queja,
Y el dolor de Filomela en este bosque.
Recogió las lágrimas aquel arroyo
Que por Perséfone derramo Deméter,
Y desde esta loma llamo Citerea
¡Ay, en vano!, ‘al amigo bello.
Entonces de Deucalion hasta la estirpe
Aun descendían los hijos del cielo;
Para conquistar de Pirro la hija bella
El hijo de Leto el cayado empuño.
Entre hombres y dioses y héroes también
Un vínculo bello Amor anudo,
Mortales y dioses y héroes también
Allá en Amatunte homenaje rendían.
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El rigor sombrío y la renuncia triste
De nuestro festivo oficio se apartaron,
Todo corazón latir feliz debía
Pues el feliz era de vuestro linaje.
Sagrado era entonces tan solo lo Bello,
Por dicha ninguna turbabase el Dios,
Donde la Camena de casto rubor,
Donde ‘la gracia imperaba.
Teatro de Epidauro
Vuestros templos como palacios reían,
De los héroes os glorificaba el juego
Del Istmo en las fiestas ricas en coronas.
Y en pos de la meta los carros volaban.
Con arte trenzadas, inspiradas danzas
En torno giraban al suntuoso altar.
Coronas de triunfo os ornaban las sienes
Y vuestro oloroso cabello diademas.
De quienes agitan el tirso con brío ‘el ¡evohe!
Y de las panteras el tiro soberbio,
El gran portador anunciaban del gozo,
Brincando delante van Sátiro y Fauno,
Le saltan en torno furiosas bacantes,
Sus danzas alaban el vino del dios,
Y del tabernero las pardas mejillas
Al jarro ‘invitan alegres.
Entonces ningún espantable esqueleto
De aquel que agoniza, ante el lecho venia. ‘Un beso
Del labio acogía el aliento postrero
Y un genio la luz de su antorcha apagaba.
La misma balanza severa del Orco
De una mortal sosteniala el nieto
Y el apasionado lamento del Tracio
Toco a las Erinias.
A encontrar volvía la sombra dichosa
En los bosques del Eliseo sus deleites,
A su fiel consorte e amor fiel hallaba
Y el auriga su camino,
De Lino en la farsa los cantos resuenan,
Admeto se entrega a los brazos de Alcestis,
Orestes de nuevo a su amigo conoce,
Y sus ‘flechas Filoctetes.
Bertel Thorvaldsen Jason y el bellocino de oro 1828
Premios superiores ‘al atleta entonces fortalecían
Por la senda áspera de la virtud,
Soberbios autores de grandes hazañas
Alzabánse hasta los bienaventurados,
Ante el que los muertos para mi reclama
Cedía la turba de los Dioses, queda,
Por entre las olas guían al piloto
Del Olimpo ‘el par de Gemelos.
Dioscuros Caxtor y Polux
¿Dónde, mundo bello, te encuentras? ¡Retorna
Tú, de la natura, dulce edad florida!
Ay, solo en el reino hadado de los cantos
Vive todavía tu pasmosa huella.
Se anega en tristeza la campiña yerma,
Ningún ser divino a mi vista parece,
¡Ay! Del cuadro aquel palpitante de vida
Solo ‘la sombra quedo.
El toro Farnesio (Roma) Marmol de Apolonio de Tralles y Tauriscus (s. II a.C), encontrado en las termas de Caracalla, actualmente en el Museo Arqueologico de Napoles
Ya todas cayeron las flores aquellas
Ante el soplo horrible del fiero aquilón,
Para enriquecer a uno de entre todos,
Debió disiparse aquel mundo de Dioses.
Triste, entre las orbitas de las estrellas
Buscote, Selene, sin hallarte allí,
Llamo entre los bosques, llamo entre las olas,
Y, ¡ay!, ‘vacíos resuenan.
Grupo de estatuas de los baños de faustina, Mileto (Apolo y las Musas) Museo Arqueologico de Estambul
Sin conciencia de los deleites que brinda,
Por su propia gloria jamás arrobada,
Jamás vista por el genio que la guía,
Por mor de mi dicha, dichosa jamás,
Fría ante la honra de su propio artista,
Semejante al golpe muerto de la péndola,
Servil obedece a la ley de lo grave,
Desnuda de Dioses, la Naturaleza.
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Para desprenderse mañana otra vez,
Hoy su propia fosa labra
Y a un huso se atan, igual desde siempre,
Las lunas, por si, para hundirse o nacer.
A su tierra ociosos, del poeta la patria,
Volvieron los Dioses, para un mundo inútiles
Que de su tutela habiéndose librado
Logra por su propio flotar mantenerse.
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Si a un hogar volvieron, todo, cuanto es bello,
Cuanto es elevado, llevando consigo,
Colores y tonos de la vida, todos,
Y solo quedonos la palabra inerte.
Del curso del tiempo arrancados, ya vuelan
En salvo, del Pindo en la cumbre elevada,
Lo que ha de vivir inmortal en el canto,
Por fuerza en la vida habrá de morir.
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