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Friday, February 8, 2019

HEINRICH VON KLEIST

SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS Y OTRAS PROSAS CORTAS

Introducción y edición
LUIS EDUARDO HOYOS
Universidad Nacional de Colombia

Introducción
La tarde del 21 de noviembre de 1811 dos pistoletazos violaron la calma de la isla de los "pavos reales" (Pfauneninsel) en el Wannsee, a las afueras de Berlín. Heinrich von Kleist había disparado con su consentimiento sobre su amiga Adolfine-Henriette Vogel, quien al parecer sufría un cáncer terminal, y después se había suicidado él mismo. En el epitafio de su tumba se puede leer: "Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein" ("Por fin, oh, inmortalidad, eres toda mía"), una frase sacada de su obra patriótica El príncipe von Homburg, y que tiene una mortificante resonancia romántica.
Bernd Heinrich Wilhelm von Kleist nació el 18 de octubre de 1777 en la ciudad de Frankfurt an der Oder, en Prusia. Venía de una familia de militares y él mismo probó la carrera militar durante un tiempo. Peleó en las guerras napoleónicas del lado del ejército prusiano y combinó su vida de escritor con la de activista político y patriota. Pese a su corta existencia, la obra literaria de Kleist es de referencia obligatoria dentro de la dramaturgia alemana de principios del siglo XIX. Son conocidas sus obras de teatro AmphytrionEl cántaro rotoLa familia SchroffensteinPentesilea El príncipe von Homburg. Pero no lo son menos sus relatos. Michael Kohlhaas, una novela corta que se desarrolla en el siglo XVI, mereció el encomio de Kafka. En uno de los escritos que aquí se editan, el formidable Sobre el teatro de marionetas, se puede ver bien por qué Kafka admiraba a Kleist.
De la vida atormentada de Kleist se ha dicho mucho: que sucumbió a la crisis política y espiritual de su época (particularmente, a esa agónica desesperación que provocó Napoleón en los que creyeron ver en la Revolución francesa el inicio de una completa nueva era), que no pudo ver en escena ninguna de sus obras y que sus proyectos como editor de revistas fracasaron varias veces. Pero de todas esas historias hay una que tuvo mucha resonancia durante el postromanticismo, y que bien pudiera llevar el título de "leyenda metafísica". Se trata de la conocida "crisis kantiana" de Kleist.
El estudio de la Crítica de la razón pura sumió al joven Kleist en una profunda crisis espiritual, tal como ha quedado testimoniado por dos cartas escritas entre 1800 y 1801, la una a su hermana y la otra a su amada, y que se han convertido en documentos de mucho valor para el estudio del romanticismo literario en Alemania. Se sabe por esos documentos que el impacto de la lectura de Kant fue tan poderoso en el joven poeta prusiano que tuvo muchísimo que ver con su decisión de viajar por Europa, más específicamente a París, en donde planeó dedicarse a la difusión de la doctrina kantiana, a la sazón conocida prácticamente sólo en Alemania, con la excepción de algunos reducidos círculos de eruditos y académicos. A ese fervor por la obra de Kant se sumaría su entusiasmo por Rousseau; entusiasmo muy definitivo -como se sabe- para el florecimiento del antirracionalismo que permeó tanto el ambiente intelectual de principios del siglo XIX.
Pero, ¿en qué consistió exactamente la "crisis kantiana"? La conmoción que la filosofía de Kant produjo en Kleist puede ser vista a la luz de dos expresiones que hicieron carrera desde la década de los ochenta del siglo XVIII en Alemania y que resumen por sí mismas el impacto que esta obra causó en el medio intelectual y académico de la época. Una de esas expresiones la profirió el filósofo y teísta judío Moses Mendelssohn (1729-1786). Mendelssohn llamó a Kant el "Alleszermalmer" ("el demoledor de todo"), al referirse al hecho de que el trabajo crítico de Kant no dejaba en pie un solo artículo de fe que pudiera ser ratificado por la vía de la argumentación racional. La otra expresión fue acuñada por el filósofo protoromántico Friedrich Heinrich Jacobi (1743-1819), a quien se le ocurrió decir que el idealismo trascendental kantiano -es decir, la doctrina que sostiene que es imposible un acceso a la realidad en sí y que nuestro conocimiento de ella debe estar confinado al ámbito de la fenomenalidad- conduce forzosamente a un "nihilismo". Para Jacobi, el idealismo nos confina al subjetivismo y éste termina por hacernos perder todo acceso a la realidad. A esa pérdida de la realidad la denominó "nihilismo", e introdujo con ello un término que tendría una importantísima evolución en la filosofía de los siglos XIX y XX.
En una de las cartas mencionadas escribe Kleist:
Ya desde niño me había apropiado yo del pensamiento de que la perfección sería el fin de la creación. Creía que después de la muerte avanzaríamos a partir del escalón de la perfección -que alcanzaríamos junto con esta estrella- hacia otros más lejanos y que podríamos hacer uso allí del tesoro de las verdades que habíamos coleccionado en esta vida. A partir de ese pensamiento se formó lentamente una religión propia y el esfuerzo por no quedar estancado en ningún momento, por progresar incansablemente en grados superiores de formación, llegó a ser el único principio de mi actividad. La formación, la educación, me pareció ser la única meta digna de ese esfuerzo y la verdad el único reino digno de poseerse.

Pero la filosofía kantiana nos lleva a concluir que todo esto es una ilusión subjetiva.

No podemos decidir -continúa Kleist- si lo que llamamos verdad es verdaderamente la verdad, o si sólo es algo que así nos parece. Si lo último es el caso, entonces la verdad que nosotros aquí recolectamos, no es nada más después de la muerte, y todo esfuerzo por adquirir una propiedad que también nos siga a la tumba es una tarea vana… Desde que entró a mi alma esa convicción, a saber, que por ninguna parte se ha de hallar la verdad, no he vuelto a tocar un solo libro. Me paseé ocioso en mi habitación, me senté inactivo a la ventana abierta y salí a caminar sin rumbo. Un desasosiego interior me empujó a los estancos y a los cafés; me dediqué a visitar el teatro y a ir a conciertos con el fin de distraerme…; y, sin embargo, el único pensamiento que ocupaba mi alma en ese tumulto exterior y al que ella le daba vueltas con una angustia ardiente era éste: tu única meta, tu meta suprema, se ha hundido. (Citado en Cassirer161)1

Difícil es suponer que una crisis semejante pueda llevar a alguien al suicidio. Al respecto es tal vez más aceptable la sentencia de Camus según la cual, aunque el suicidio sea el problema filosófico existencial por excelencia, no es probable que haya suicidio debido a causas filosóficas. Y es útil creer que Kleist es un ejemplo de ello. Si Kleist apropió de forma tan dramática la filosofía kantiana, tendríamos que esperar que también haya sabido concluir de ella que -una vez se ha desvanecido la substancialidad metafísica del mundo y la de nuestro propio ser- tiene que volver a nosotros la conciencia de la libertad. Pero, igualmente, si una mente tan sensible fue capaz de tan dramática interiorización del pensamiento kantiano, podemos también suponer que esta última reflexión acerca de la libertad, más que un consuelo, podría significar un vértigo. Y algo así no es que haga más fácil la vida. Pero la hace posible.
Aceptemos, pues, que no hay "suicidio filosófico", así sea el ser humano (el "animal philosophicum") el único animal que, en estricto sentido, se suicida (¿no es acaso también el hombre el único animal que ríe?). Sea de ello lo que fuere, algunos años después de haberse operado en Kleist la "crisis kantiana", abandonó él su "plan de vida" de ser apóstol del kantismo y se dedicó de lleno a la producción de su propia obra literaria. Y aunque en buena parte de ella también se puedan apreciar personajes atormentados e incapaces de solventar en la práctica las conclusiones sin sentido a las que llevan los quebraderos de cabeza metafísicos, es también de destacar la deliciosa soltura con la que Kleist dominó el arte de la ironía. La selección de textos breves que presentamos al lector para la sección "Lecturas ejemplares" de Ideas y Valores está guiada por ese único criterio. La "crisis kantiana" de Kleist y su presunto vínculo, digamos, causal, con la última y definitiva decisión de su vida, debe quedar en lo que no puede más que ser: una "leyenda romántica", un "melodrama metafísico" e improbable.
Presentamos aquí dos piezas maestras de la prosa corta: Sobre el teatro de marionetas, en la bellísima traducción que publicara Antonio de Zubiaurre en la revista Eco (n.º 27, julio de 1962), y Sobre la paulatina consolidación de los pensamientos a través de la conversación, traducida por quien suscribe estas líneas, y que puede ser considerada con razón como una de las joyas -infortunadamente inconclusa- de la crítica a la llamada "filosofía de la reflexión". Le siguen a estos dos textos, el fragmento Sobre la reflexión, traducido por Ernesto Volkening y también publicado en la legendaria Eco (n.º 145, mayo de 1972), dos deliciosas fábulas (Los perros y el ave y la Fábula sin moraleja), así como esa picante burla que tituló El nuevo (y feliz) Werther, también vertidas por mí al español.

1 Para una vinculación de la crisis kantiana de Kleist con el dictamen de "nihilismo" proferido por Jacobi, véase Müller-Lauter (1975). Stefan Zweig rinde un bellísimo homenaje a Kleist en el tercer capítulo del exquisito La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche).

Bibliografía
Cassirer, E. "Heinrich von Kleist und die Kantische Philosophie". Idee und Gestalt. Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1971.
Kleist, H. von. Sämtliche Erzählungen und andere Prosa. Stuttgart: Reclam, 1984.
Müller-Lauter, W. "Nihilismus als Konsequenz des Idealismus". Denken im Schatten des Nihilismus, Schwan, A. (ed.). Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft,
1975. 113-163.
Zweig, S. La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche). Verdaguer, J. (trad.). Barcelona: El Acantilado, 1999.

Sobre el teatro de las marionetas

Hallándome en 1801 en X., donde pasé el invierno, una noche me encontré en unos jardines públicos con el señor C., quien desde hacíapoco estaba en la ciudad como primer bailarín de la Ópera, en la que gozaba del más grande favor del público.
Díjele que me sorprendía haberle encontrado varias veces en el teatrillo de marionetas que en la plaza del mercado habían armado por entonces y que divertía a la plebe con pequeñas piezas burlescas, entreveradas de canto y danza.
Me aseguró que las pantomimas le placían mucho, y dió a entender con suficiente claridad que un bailarín que desee una buena formación podría aprender de ellas bastantes cosas.
Como aquella declaración, por el modo en que la hizo, me pareció algo más que una simple ocurrencia, decidí sentarme un rato con él para indagar las razones en las que pudiera apoyar tan curiosa afirmación.
Él me preguntó si, en efecto, no había encontrado muy graciosos algunos movimientos de danza de aquellas marionetas, en especial las de menor tamaño.
No pude negar ese detalle. Un grupo de cuatro campesinos que bailaban en corro con un compás muy rápido, no lo hubiera pintado más lindo el propio Teniers.
Pregunté acerca del mecanismo de las figuras y cómo era posible manejar sus miembros y sus demás partes según exigía el ritmo de los movimientos o la danza, sin tener en los dedos miles de hilos.
Contestó que no debía imaginarme que cada miembro tuviera que ser sostenido y accionado por el maquinista durante los diferentes momentos de la danza.
Cada movimiento, dijo, tenía un punto de gravitación; bastaba con gobernarlo en el interior de la figura. Los miembros, que no eran otra cosa que péndulos, seguían la acción de un modo mecánico sin tener que hacer nada por sí mismos.
Añadió que ese movimiento era muy fácil, que siempre que el punto de gravedad se movía en línea recta, los miembros describían ya líneas curvas, y que a menudo, y sacudido de manera puramente casual, el conjunto del muñeco comenzaba una especie de movimiento rítmico semejante a la danza.
Esta observación, así lo creí, arrojaba ya alguna luz sobre el placer que, según él declarara, hallaba en el teatro de marionetas. Mas, en tanto, me encontraba todavía muy lejos de suponer las consecuencias que el bailarín iba a sacar más tarde de todo aquello.
Preguntéle si creía que el maquinista que accionaba los muñecos debería ser también bailarín o, por lo menos, tener alguna idea de lo bello en la danza.
Repuso que si un asunto era fácil en su aspecto mecánico, no resultaba de ello que se pudiera practicar sin sensibilidad alguna.
La línea que el punto de gravedad tiene que describir sería muy sencilla, a su entender, y recta en los más de los casos. Cuando fuera curva, la ley de esa curvatura parece sería, a lo menos, de primer grado, o, a lo más, de segundo; y en este último caso sólo podría ser elíptica, forma de movimiento enteramente natural a los extremos del cuerpo humano, por razón de las articulaciones, y cuya ejecución no reclamaría, pues, del maquinista ningún arte especial.
Esa línea, empero, constituía, desde otro aspecto, algo muy misterioso. Era nada menos que el camino del alma del bailarín, y él dudaba que la tal línea pudiera ser hallada de otro modo que trasladándose el propio maquinista al centro de gravedad de la marioneta, o sea, con otras palabras, danzando.
Yo respondí que me habían hablado de ese oficio como de cosa bastante falta de espíritu, algo como el dar vueltas a la manivela que hace sonar un organillo.
De ninguna manera -contestó él-; por el contrario, los movimientos de los dedos del maquinista se comportan con un cierto artificio, en relación al movimiento de las figuras, algo así como los números con respecto a los logaritmos o la asíntota con respecto a la hipérbole.
Pero, por otro lado, creía él que esa última fracción de espíritu de que había hablado podía hacerse desaparecer de las marionetas, que su baile podía llevarse enteramente al dominio de las fuerzas mecánicas y producirlo, como yo me imaginara, mediante una manivela.
Manifesté mi sorpresa al ver la atención que él concedía a aquel género de espectáculo derivado de un arte bello e inventado para la masa ignara. No sólo parecía considerar a ese género en condiciones de obtener un superior desarrollo; daba la impresión de estarse ocupando ya en tal propósito.
Sonrió, y dijo se atrevía a sostener que si un mecánico llegara a construirle una marioneta según las exigencias que le habría de señalar, ejecutaría con ella una danza que ni él ni algún otro diestro bailarín de su tiempo, sin exceptuar al mismo Vestris, serían capaces de igualar.
¿Ha oído usted hablar -preguntó al notar que me había quedado silencioso y dirigía la vista al suelo-, ha oído usted hablar de esas piernas mecánicas que construyen los técnicos ingleses para los infelices que han quedado mutilados?
Dije que no, que no había sabido de semejante cosa.
Lo lamento -respondió- porque si le digo a usted que esos pobres pueden bailar con sus piernas artificiales, tengo casi el temor de que no me vaya a creer. Bueno, bailar…; el margen de sus movimientos es, en verdad, limitado, pero aquellos que les son dables se realizan con una calma, una suavidad y una gracia que llenan de asombro a cualquier espíritu reflexivo.
Declaré bromeando que, de ese modo, había dado ya con el hombre que buscaba, pues el artista capaz de construir tan curiosos miembros, podría también, sin duda alguna, fabricarle una marioneta entera y de acuerdo con sus exigencias especiales.
¿Cómo -pregunté yo al notar que, un poco cortado, se había quedado con la vista baja-, cómo son, pues, esas condiciones que piensa usted proponer a la habilidad del artista?
Nada -respondió él- que no exista ya en esos muñecos, armonía, movilidad, ligereza…, sólo que todo ello en grado más alto y, particularmente una distribución más natural de los centros de gravedad.
Y ¿qué ventaja tendría tal marioneta en comparación con los bailarines vivientes?
¿Ventaja? Ante todo, mi dilecto amigo, una de índole negativa, y es ésta: que el muñeco no haría jamás nada afectado. Porque la afectación, como usted sabe, aparece cuando el alma (vis motrix) se halla en cualquier otro punto distinto del centro de gravedad del movimiento. Ahora bien, como el maquinista mal puede gobernar otro punto que ése por medio del alambre o el hilo, ocurre que todos los demás miembros, como tiene que ser, se hallan muertos, son simples péndulos y siguen la sola ley de la gravitación, excelente cualidad que en vano se busca entre la gran mayoría de nuestros bailarines.
Fíjese usted tan sólo en la A. -continuó diciendo- cuando hace la Dafne y, perseguida por Apolo, se vuelve a mirarle. El alma la tiene entonces en las vértebras de la cintura; se dobla como si fuera a romperse, igual que una náyade de la escuela de Bernini. Fíjese en el joven F. cuando en el papel de Paris se halla ante las tres diosas y entrega a Venus la manzana. El alma la tiene -da susto el contemplarlo- en el codo. Semejantes faltas -agregó como para terminar- son inevitables desde que comimos la fruta del árbol de la ciencia. El Paraíso está ahora cerrado, y el querubín a nuestra espalda; tenemos que hacer el viaje alrededor del mundo y ver si por acaso el Edén tiene del lado de atrás algún acceso.
Reí. Sin embargo -pensaba- el espíritu no puede errar allí donde no hay espíritu. Mas noté que él tenía aún cosas por decir y le rogué continuara.
Además -dijo- esos muñecos tienen la ventaja de ser antigrávidos. Ellos no saben nada de la inercia de la materia, propiedad que entre todas se opone con mayor empeño a la danza. No lo saben porque la fuerza que a ellos los eleva en los aires es superior a la que los ata a la tierra. ¿Cuánto daría nuestra buena G. por pesar sesenta libras menos y porque un peso igual a ése viniera a ayudarle en sus entrechats y piruetas? Los muñecos necesitan el suelo únicamente en la forma que les hace falta a los elfos: para pasar rozándolo y para dar nueva vida, mediante la resistencia momentánea, al impulso de los miembros; nosotros lo necesitamos para reposar sobre él y para reponernos de lafatiga de la danza, un momento que, evidentemente, no es danza y con el cual no cabe emprender otra cosa que, en lo posible, hacerlo desaparecer.
Le dije entonces que por hábilmente que defendiese su paradójica causa, jamás me haría creer que en un hombre articulado, una figura mecánica, pudiera haber más gracia que en la estructura del cuerpo humano.
Replicó que, decididamente, el hombre no podía ni siquiera alcanzar, en tal respecto, al monigote articulado. Sólo un dios podría, sobre ese campo, medirse con la materia. Y aquí está el punto donde se juntan los dos extremos del anillo que forma el mundo.
Mi asombro era mayor cada vez y no sabía qué decir a tan extrañas aseveraciones.
Parecía, repuso al tiempo que tomaba una pulgarada de rapé, que yo no había leído con atención el tercer capítulo del primer libro de Moisés, y con quien no conoce este primer período de la formación humana, mal puede hablarse sobre los siguientes, cuanto menos sobre el último.
Yo dije saber muy bien los desórdenes que ocasiona la conciencia sobre la gracia natural del hombre. Un joven conocido mío, a causa de una simple observación, había perdido su inocencia, sin que nunca jamás volviera a encontrar aquel paraíso y pese a todos los esfuerzos imaginables. El caso ocurrió ante mis propios ojos. Pero -añadí- ¿qué consecuencias puede usted sacar de ello?
Me preguntó cómo fue el caso a que me refería.
Hace unos tres años -comencé a relatar- estaba bañándome en compañía de un muchacho por cuya figura se extendía por entonces una maravillosa gracia. Tendría como dieciséis años y sólo muy lejanamente, convocadas por el favor de las mujeres, podían apreciarse en él las primeras huellas de la vanidad. Casualmente, hacía poco que habíamos visto en París el mancebo que se saca una espina del pie. El vaciado de la estatua es conocido y se halla en la mayor parte de las colecciones alemanas. Una mirada que echó a un gran espejo en el momento de poner el pie en el taburete para secárselo, le hizo recordar. Sonrió y me dijo del descubrimiento que había realizado. En verdad, y en aquel preciso instante, yo también había hecho el mismo descubrimiento. Mas, fuera por probar la seguridad de la gracia que lo habitaba, fuera por acudir con algún pequeño remedio a su vanidad, me reí y le contesté que, sin duda, estaba viendo visiones. Se sonrojó y levantó el pie por segunda vez para que me convenciera. Pero el intento, como bien podía preverse, fracasó. Alzó el pie la tercera, la cuarta vez, lo alzó, a lo buen seguro, hasta diez veces. ¡En vano!; era incapaz de reproducir el mismo movimiento. Más aún, en los movimientos que hacía se encerraba un algo de tal comicidad que a duras penas logré contener la carcajada.
Desde aquel día, desde aquel mismo instante, se produjo en el joven una incomprensible transformación. Días enteros permanecía ahora ante el espejo. Y los encantos, uno tras otro, le iban abandonando. Un poder invisible e inasible parecía tenderse, al igual que una malla de hierro, sobre el suelto juego de sus actitudes, y pasado un año ya no se descubría en él vestigio alguno de aquel amable agrado que antes diera gozo a los ojos de cuantas personas le rodeaban. Todavía vive alguien que fue testigo de ese extraño y desdichado caso y que lo podría confirmar palaba por palabra tal como acabo de referirlo.
Con este motivo -dijo afablemente el señor C.- voy a contarle otra historia que, como usted fácilmente entenderá, tiene que ver también con esto. Durante mi viaje a Rusia, hallábame una vez en una finca del señor de G., hidalgo de Livonia, cuyos hijos, a la sazón, se ejercitaban intensamente en la esgrima. Especialmente el mayor, que acababa de volver de la Universidad, presumía de virtuoso en aquel arte. Una mañana, hallándome en su cuarto, me ofreció un florete. Luchamos. Pero resultó que yo le aventajaba. La pasión que ponía contribuyó a ofuscarle; casi todos mis golpes le tocaban, y su florete terminó por salir lanzado a un rincón. Medio en broma, medio dolido, declaró, recogiendo el florete, que había encontrado por fin su maestro; pero todos en el mundo hallan el suyo, y por ello quería presentarme ahora al mío, a mi maestro de esgrima. Los hermanos lanzaron sonoras risotadas y gritaron: "¡Afuera, afuera! ¡Bajemos al patio!". Y tomándome de la mano me condujeron hasta donde había un oso que el señor de G., el padre de ellos, había ordenado amaestrar.
El oso, cuando asombrado llegué hasta él, se encontraba erguido sobre las patas traseras y con el lomo recostado en un poste, al que estaba amarrado; tenía alzada y pronta la zarpa derecha y me miraba a los ojos. Esta era su posición de combate. Yo no sabía si estaba soñando o despierto, al hallarme frente a semejante adversario. "¡Ataque usted, ataque!", dijo el señor de G., "y trate de tocarlo". Un tanto repuesto de mi asombro, acometí al oso con el florete; él hizo un ligerísimo movimiento con la zarpa y paró el golpe. Traté de engañarle con fintas; el oso no se inmutaba. Me lancé de nuevo sobre él con repentina y segura destreza; un pecho humano hubiera resultado infaliblemente tocado. El oso hizo un ligerísimo movimiento con la zarpa y paró el golpe. Me encontraba casi en la misma situación que el joven señor de G. La seriedad del oso contribuía a sacarme de quicio. Golpes y fintas se alternaban, me corría el sudor. ¡En vano! No era sólo que el oso parase mis golpes como el mejor esgrimidor del mundo; a las fintas, cosa en que ningún esgrimidor del mundo le podía imitar, ni siquiera reaccionaba. Con los ojos fijos en los míos, como si en ellos pudiera leerme el alma, estaba allí de pie, la zarpa levantada y pronta, y cuando mis golpes no iban en serio, él no se inmutaba. ¿Cree usted esta historia? -terminó diciendo el señor C.-.
¡Totalmente! -exclamé con gozosa aprobación-, se la creería a cualquier extraño, tan verídica parece, cuanto más, escuchada de usted.
Pues bien, mi dilecto amigo -dijo el señor C.- ya está usted en posesión de todo lo necesario para entenderme. Vemos que, en la medida en que en el mundo orgánico es más oscura y débil la reflexión, tanto más radiante y dominadora se presenta de continuo la gracia. En efecto, así como la intersección de dos líneas a un lado de un punto, vuelve a presentarse súbitamente al otro lado después de atravesar por el infinito, o lo mismo que la imagen del espejo cóncavo, tras de haberse alejado hasta el infinito, aparece de repente ante nosotros, del mismo modo, cuando el conocimiento ha pasado, por decirlo así, a través de un infinito, comparece de nuevo la gracia. Y ésta se presenta a la vez con su máxima pureza en la figura humana que no posee conciencia alguna o en la que la tiene infinita, es decir, en el muñeco articulado o en el dios.
Por consiguiente -dije yo un poco distraído- ¿tendríamos que volver a comer del árbol de la ciencia para caer de nuevo en el estado de inocencia original?
Pues, sí -respondió- ese es el último capítulo de la historia del mundo.
(Traducción de Antonio de Zubiaurre)

Sobre la paulatina consolidación de los pensamientos a través de la conversación

Si quieres saber algo y no lo puedes encontrar por medio de la meditación, te aconsejo, querido mío, amigo circunspecto, que hables sobre ello con el primer conocido con el que tropieces. No tiene que tratarse en absoluto de una cabeza brillante, ni tampoco, digo yo, debe ser así que tú le preguntes sobre el asunto. ¡No! En lugar de ello debes tú mismo, ante todo, charlarle. Ya te veo abriendo grandes ojos y replicándome que hace muchos años te han dado el consejo de no hablar de nada más que de aquellas cosas que tú ya comprendes. Pero en ese entonces hablabas probablemente con la pretensión de instruir a los otros; lo que quiero que hables con el comprensible propósito de instruirte a ti mismo. Es posible que quizás de ese modo ambas reglas de la inteligencia estén bien una junta a la otra, cada una de ellas para diferentes casos. El francés dice: l'appétit vient en mangeant. Y esa sentencia de la experiencia permanece siendo cierta si se la parodia y se dice: l'idee vient en parlant.
Con frecuencia me hallo sentado a mi escritorio sobre algunas actas y averiguo en un enrevesado pleito el punto de vista desde el cual se podría juzgarlo bien. Entonces acostumbro ver a la luz, como si fuera bajo el punto más luminoso, con mi más íntimo ser aferrado al esfuerzo por lograr claridad. O también, cuando se me presenta una tarea algebraica, busco el punto nodal de la ecuación, el que expresa las relaciones dadas y a partir del cual resulta posteriormente fácil la solución mediante el cálculo. Y he ahí que cuando hablo con mi hermana sobre ello, que está sentada detrás de mí y trabaja, me entero de lo que quizás no hubiera descubierto después de horas de mucho pensar. No es como si ella, en estricto sentido, me lo dijera; pues ella ni conoce el código ni ha estudiado a Euler o a Kästner. Tampoco es como si ella me condujera a través de preguntas ingeniosas al punto relevante, aunque eso pueda ser así muchas veces. Lo que pasa es que, puesto que yo tengo una idea oscura que se halla en alguna lejana conexión con aquello que busco, entonces la mente, por sólo atreverme a dar con esa oscura idea el toque inicial, mientras la conversación avanza, y debido a la necesidad de encontrarle al inicio una conclusión, transporta aquella idea confusa a la más completa claridad. De manera que el conocimiento, para mi sorpresa, queda concluido con el período de la conversación. Mezclo tonos inarticulados, estiro las palabras conectoras, utilizo también una aposición ahí donde no sería necesaria y me sirvo de otros artificios que extienden la conversación con el objeto de fabricar mi idea en los talleres de la razón y ganar el tiempo respectivo.
En esos momentos no hay nada para mí más saludable que un movimiento de mi hermana, como si ella quisiera interrumpirme, pues mi mente -que está ya de todas maneras bastante exigida- se excita aún más por ese intento de arrebatarle el habla desde el exterior, en cuya posesión ella se encuentra, así como un gran general se tensiona aún un grado más cuando lo acosan las circunstancias. En ese sentido, me doy cuenta de lo útil que pudo ser para Moliére su sirvienta cada vez que él, tal como lo reconoce, le confiaba a ella un juicio que pudiera informar al suyo. Aunque es ésta sin duda una modestia que no creo que estuviera sinceramente en su fuero interno.
Para aquel que habla hay una fuente de entusiasmo en un rostro humano que tiene enfrente; y una mirada que nos anuncia como captado un pensamiento que es expresado hasta la mitad, nos ofrece con frecuencia la expresión para la otra mitad. Creo que muchos grandes oradores, en el momento en que abren la boca, todavía no saben lo que dirán. Pero la convicción de que ellos ya generarían para sí la necesaria cantidad de pensamientos a partir de las circunstancias y de la excitación de su mente, que resulta de ellas, los hace tan osados como para poner afortunadamente el punto de partida. Esto me hace pensar en aquel "rayo fulgurante" de Mirabeau con el que acabó con el maestro de ceremonias que, después de levantarse la última sesión monárquica del rey el 23 de junio -aquella sesión en la que se hubo ordenado la disolución de los estados generales-, retornó a la sala en la que aún permanecían los estados y preguntó a los presentes si ellos habían entendido la orden del rey. "Sí" -respondió Mirabeau- "hemos entendido la orden del rey". Estoy seguro que él, en ese comienzo humano, no pensaba aún en la bayoneta con la que concluyó: "Sí, mi señor" -repitió- "la hemos entendido". Se ve que él todavía no sabe en ese momento lo que quiere. "Pero" -continuó, y repentinamente brotó en él un cúmulo de ideas espantosas- "¿qué le da a usted derecho a darnos aquí órdenes? Nosotros somos los representantes de la nación." ¡Eso era justamente lo que necesitaba! Y, para agitarse inmediatamente en la cúspide del atrevimiento, prosiguió: "La nación da las órdenes. La nación no recibe órdenes". Y es justo en ese momento que él encuentra lo que expresa la completa resistencia frente a la que su alma se enfrenta bien equipada; y dice: "Para que le quede bien claro a usted. Dígale a su rey que nosotros no dejáremos nuestros puestos sino bajo la fuerza de las bayonetas". Después de lo cual, satisfecho consigo mismo, tomó asiento.
Si uno piensa en el maestro de ceremonias en aquella escena, no puede menos que imaginarlo en una absoluta bancarrota espiritual; así como en virtud de una ley semejante, según la cual al aproximarse un cuerpo sin carga eléctrica a la atmósfera de un cuerpo electrizado, se despierta de repente en el primero la carga eléctrica contraria. Y tal como en el caso del cuerpo electrizado, y gracias a una acción recíproca, el grado de electricidad que está en su interior se refuerza, de la misma manera el coraje de nuestro orador se transforma en el más temerario entusiasmo mientras aniquila a su oponente. Quizás haya sido la simple contracción de un labio superior o un ambiguo juego en la manga lo que provocó el derrocamiento del orden de todas las cosas en Francia. Se lee que tan pronto se hubo alejado el maestro de ceremonias, Mirabeau se puso de pie y propuso: (1) que los estados generales se constituyeran como Asamblea Nacional y, al mismo tiempo, (2) como inviolables. Pues gracias al hecho de que él, igual que una botella de Kleist, ya se había vaciado, retornó nuevamente a la neutralidad y después de volver de la temeridad dio lugar al temor frente a la autoridad y a la precaución. Esta es una muy llamativa coincidencia entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral; coincidencia ésta que, si se la quisiera seguir, se verificaría aun en las circunstancias más fortuitas. Pero dejo ahí mi comparación y vuelvo al asunto que me importa.
En su fábula Les animaux malades de la peste, en la que el zorro está obligado a hacer una apología del león sin saber de dónde debe tomar el contenido, Lafontaine ofrece también un notable ejemplo de paulatina consolidación del pensamiento a partir de un comienzo al que uno se ve abocado por necesidad. La fábula es conocida. La peste se ha ensañado con el reino animal. El león reúne a los más grandes animales y les revela que para calmar al cielo se ha de sacrificar a alguna víctima. Muchos pecadores habría en la población y la muerte de los más grandes tendría que salvar al resto del hundimiento. Por eso deberían reconocerle a él sinceramente sus faltas. Él mismo, por su parte, confiesa que, agobiado por el hambre, acabó con varias ovejas, e incluso con el perro, cuando se le acercó demasiado. Es más, habría de reconocer que en momentos de apetito devoró también al pastor. Si nadie se reconoce culpable de debilidades más grandes, él estaría dispuesto a morir. "Señor" -dice el zorro, que quiere desviar de sí la tormenta- "es usted muy generoso. Su noble celo lo lleva a usted muy lejos. ¿Qué significa acaso estrangular a una oveja, o a un perro, esa bestia indigna? Y, en cuanto al pastor…" -continúa, pues ése es el punto crucial- "se podría decir…" -aunque él no sabe aún qué- "se podría decir que él merecía todo mal." Para buena fortuna; y con eso ya se encuentra metido en el enredo: "por tanto" -mala frase que, sin embargo le da tiempo- "de los cientos de personas de esas" -y es apenas en ese momento que encuentra el pensamiento que lo saca de la urgencia- "es que se forma sobre los animales un imperio quimérico". Y entonces demuestra que el asno, el más sanguinario de todos, pues se come toda la hierba, es la víctima más adecuada. Después de lo cual todos saltan sobre él y lo despedazan.
Un discurso como ése es un verdadero pensar en voz alta. Las series de las representaciones y sus designaciones avanzan paralelamente y los actos mentales se hacen congruentes unos con otros. El lenguaje no es un grillo, algo así como una traba pegada a la rueda del espíritu, sino que es más bien como una segunda rueda, fijada al mismo eje y que se desplaza paralela con él. Otra cosa muy distinta es la que ocurre cuando el espíritu ya tiene listos los pensamientos antes del discurso. Pues en este caso tiene que detenerse él en su mera búsqueda de expresión, y ese asunto, en lugar de excitarlo, no produce en él otro efecto que el de distender su excitación. Por eso no debe concluirse del hecho de que una idea sea expresada de un modo confuso el que ella también haya sido pensada de un modo confuso. Antes bien, podría ocurrir con facilidad que las más confusamente expresadas sean justo las más claramente pensadas. En una reunión social, en la que por una animada conversación entra a actuar una continua fecundación de los espíritus, se ve con frecuencia gente que, si no fuera por ello, permanecería callada, ya que siente no dominar la lengua, pero que repentinamente se enciende con un movimiento brusco, arrebata la palabra y trae al mundo algo completamente incomprensible. Tales personas parecen incluso indicar por medio de un movimiento gestual bochornoso que ellos mismos no saben bien lo que quieren decir. Es muy probable que esa gente haya pensado algo verdaderamente acertado y muy claro. Pero el intercambio repentino, el tránsito que hace su espíritu del pensamiento a la expresión, suprime toda su excitación; y resulta que ésta es tan necesaria para el mantenimiento del pensamiento, como indispensable fue para su producción. En estos casos, es tanto más imprescindible que el lenguaje esté fácilmente a la mano, para que aquello que hemos pensado al mismo tiempo y, sin embargo, no podemos brindar desde nosotros inmediatamente, pueda al menos seguirse sucesivamente tan rápido como se pueda. Además, aquel que habla por lo regular más rápido que su oponente, y con la misma claridad, tendrá una ventaja sobre éste, ya que conduce más tropas que él al campo de batalla.
Cuán necesaria es una cierta excitación de la mente para por lo menos volver a engendrar las ideas que ya hemos tenido, es algo que se ve frecuentemente cuando son sometidas a examen cabezas despejadas e informadas y a ellas les son presentadas, sin previa introducción, preguntas del siguiente tenor: ¿qué es el Estado? O: ¿qué es la propiedad? Y cosas por el estilo. Si esos jóvenes se hubieran encontrado en compañía de gente que estuviera conversando desde hace rato sobre el Estado, o sobre la propiedad, habrían seguramente encontrado con facilidad la definición a través de la comparación, el análisis y el ensamblaje de los conceptos. Pero en este caso, en el que falta por completo una preparación semejante de la mente, se los ve quedarse paralizados y sólo un examinador incomprensivo sacará de ahí como conclusión que ellos no saben . Pues no es que nosotros sepamos; es ante todo un cierto estado nuestro el que sabe. Sólo espíritus completamente ordinarios, gente que aprendió ayer de memoria lo que es el Estado, pero que mañana ya lo habrá olvidado, tendrá en una situación así la respuesta a la mano. No hay quizás una peor ocasión en general para uno mostrarse por su lado más aventajado que justamente un examen público. Se da por descontado que mostrarse permanentemente es, de suyo, chocante y que hiere la sensibilidad; y que, además, irrita demasiado que un mercachifle erudito de esos someta a examen nuestros conocimientos para comprarnos, o para abandonarnos de nuevo, ya sea que se trate de cinco o seis. Es muy difícil tocar una mente humana para extraer de ella con astucia su sonido más propio. Desafina ella tan fácil en manos torpes que aun el más versado en el arte de ayudar a parir pensamientos -como lo llamara Kant- aún aquí, a causa de su desconocimiento de su prematuro recién nacido, podría cometer disparates. Por lo demás, lo que en la mayoría de los casos permite a esa gente joven, aun a los más ignorantes, arrojar buenos resultados, es la circunstancia de que las mentes de los examinadores, cuando la prueba tiene lugar en público, están ellas mismas muy prevenidas como para poder emitir un juicio libre. Pues no sólo suelen sentir ellas la indecencia de todo el procedimiento. De hecho, uno no exigiría a alguien, sin ninguna vergüenza, que desocupe frente a nosotros su monedero, y mucho menos su alma. En realidad aquí tiene que pasar el propio entendimiento de los examinadores por una peligrosa inspección y ojalá agradecer a Dios que ellos mismos puedan salir airosos del examen, sin haberse expuesto demasiado, o quizás más ignominiosamente de lo que se ha expuesto aquel joven que llegó a la universidad y que ellos examinan.
H. v. K.
(Continuará)
(Traducción de Luis Eduardo Hoyos)

Sobre la reflexión
Una paradoja
Pregónase a los cuatro vientos lo provechoso de la reflexión; en particular de aquella, fría y laboriosa, que precede a la acción. Si fuera español, italiano o francés, holgaría decir más. Siendo, empero, alemán, me propongo echarle a mi hijo, sobre todo cuando tuviese vocación para las armas, un día este sermón:
"Has de saber que más conviene reflexionar después que antes de actuar. Si la reflexión entra en juego antes o en el instante mismo en que uno se decida, solo parece turbar, inhibir y suprimir la energía requerida para obrar que emana de la sublime emoción. En cambio, una vez concluida la acción, sí puede hacerse de ella el uso para el cual le fue dado al hombre la facultad del raciocinio, o sea para darse cuenta de lo que en su procedimiento haya sido deficiente y frágil y regular la esfera emotiva con miras a otros casos futuros. La vida misma es un duelo con el destino, y granos de un mismo costal son la acción y la lucha cuerpo a cuerpo en la palestra. El atleta en el instante en que tiene abrazado a su contrincante mal puede proceder conforme a cosa distinta de las inspiraciones del momento, y aquel que primero se preguntase qué músculos convenga usar y cuáles miembros poner en movimiento, de seguro llevaría la de perder, y sucumbiría. Pero después, cuando haya triunfado o quede tendido en la arena, bien puede reflexionar sobre la llave que le permitió vencer al adversario, o qué zancadilla hubiera debido echarle para tenerse de pie. El que no tiene abrazada la vida como aquel atleta, ni dotado de mil brazos siente todas las convulsiones de la lid, todas las resistencias, presiones y modos de reaccionar, jamás logrará su propósito en una conversación, y mucho menos en una batalla".
(Traducción de Ernesto Volkening)
Fábulas
Los perros y el ave
Dos honestos perros gallineros que habían llegado a convertirse en astutas cabezas en la escuela del hambre, y que atrapaban todo lo que se dejara ver sobre esta tierra, tropezaron con un ave. El ave, azarada, pues no se hallaba en su elemento, retrocedió saltando aquí y allá. Y los perros ya se sentían triunfales. Pero muy pronto, acosada de manera tan intensa, el ave movió sus alas y se agitó en el aire. Y entonces quedaron ahí parados como dos ostras nuestros héroes del acierto, con el rabo entre las piernas y mirándola con la boca abierta.
Es chistoso cuando te elevas en el aire ver a los sabios quedarse parados y mirarte.
Fábula sin moraleja
"¡Ay, si sólo te tuviera!", dijo el hombre a un caballo que, ensillado y con el freno puesto, se encontraba parado frente a él, pero que no se quería dejar montar. "¡Si sólo te tuviera tal como tú, mal criado hijo de la naturaleza, saliste de los bosques! Ya te querría conducir a mi antojo, ligeramente, como a un pájaro, por montañas y valles. Y a ti y a mí nos iría muy bien entonces. Pero he ahí que te han enseñado artes de las que yo, parado desnudo frente a ti, no tengo la menor idea. Y pensar que tendría que llevarte a la pista de equitación (Dios me libre) si quisiéramos entendernos".
H. v. K.
El nuevo (y feliz) Werther
En L…, en Francia, había un joven auxiliar de comerciante, Charles C…, que amaba a escondidas a la esposa de su patrón, un rico hombre de negocios, pero algo entrado en años, llamado D… Virtuoso y probo como era, tan pronto como conoció el joven a la mujer, no acometió ningún intento por ser respondido en su amor; y tanto menos cuanto lo ligaban a su patrón lazos de agradecimiento y veneración. La mujer, que sentía compasión con el estado del muchacho, pues amenazaba con deteriorar su salud, le pidió a su marido, apelando a múltiples pretextos, que alejara al joven de la casa. El marido aplazó por varios días un viaje que había destinado para el joven, hasta que por fin declaró a su mujer que no podía prescindir de él en su despacho.
Un buen día, el señor D… realizó con su mujer un viaje para vi-sitar a un amigo en el campo, y dejó al joven C… en su casa con el objeto de que se ocupara de los negocios. Al caer la noche, cuando ya todos dormían, emprendió el joven -quién sabe impulsado por qué sensaciones- un paseo por el jardín. Al pasar por el dormitorio de la mujer tan apreciada, se detuvo en calma, giró la perilla de la puerta y abrió la habitación. Su corazón se hinchó ante la presencia de la cama en la que ella solía descansar. Sobresaltado, cometió en poco tiempo, después de algo de lucha consigo mismo, y pensando que nadie lo veía, la estupidez de desnudarse y acostarse en la cama de la señora. Muy entrada ya la noche, cuando él ya dormía apacible y sosegadamente desde hacía algunas horas, regresó el matrimonio inesperadamente a la casa -por qué razón, es algo que no importa aquí en absoluto-.
Al entrar el viejo con su mujer a la alcoba, encuentran al joven C…, quien asustado por el ruido que ellos produjeron, se hallaba medio erguido en la cama. Vergüenza y confusión lo invaden en ese momento. Y mientras la pareja se devuelve, consternada, a la habitación de al lado, de donde había llegado, y desaparece, el joven se levanta y se viste. Entonces camina de puntillas hacia su habitación y, cansado de su vida, escribe una breve carta en la que explica a la mujer toda la situación. Después toma una pistola que había colgada a la pared y se dispara en el pecho.
Aquí parece llegar a su fin la historia. Pero, bastante extraño, éste es apenas su comienzo. Pues en lugar de matarlo a él, a quien el mismo muchacho lo había apuntado, el disparo alcanzó al viejo, que se hallaba en la habitación contigua. Pocas horas después el señor D… falleció, sin que el arte de todos los médicos a los que habían llamado fuera suficiente para salvarlo. Cinco días después, cuando el señor D… ya hacía rato había sido enterrado, despertó el joven C… El tiro, que no alcanzó a ser de peligro mortal, pasó rozando sus pulmones. Y, ¿quién podría describir de buen modo su dolor o su alegría (cómo decirlo), cuando él se entera de lo ocurrido y se halla en los brazos de la mujer amada, por la cual se quería quitar la vida? Pasado un año se casó el joven con la mujer y todavía en 1801 vivían juntos. Su familia, me cuenta un conocido, consta de trece hijos.

(Traducción de Luis Eduardo Hoyos)

Saturday, May 4, 2013

Correspondance deserving of a wider audience


Wednesday, 7 October 2009

The word God is the product of human weakness



In January of 1954, just a year before his death, Albert Einstein wrote the following letter to philosopher Erik Gutkind after reading his book, "Choose Life: The Biblical Call to Revolt," and made known his views on religion. Apparently Einstein had only read the book due to repeated recommendation by their mutual friend Luitzen Egbertus Jan Brouwer. The letter was bought at auction in May 2008, for £170,000; unsurprisingly, one of the unsuccessful bidders was Richard Dawkins.

Translated transcript follows.

(Source: David Victor; Image: Albert Einstein, via.)



Translated Transcript
Princeton, 3. 1. 1954

Dear Mr Gutkind,

Inspired by Brouwer's repeated suggestion, I read a great deal in your book, and thank you very much for lending it to me. What struck me was this: with regard to the factual attitude to life and to the human community we have a great deal in common. Your personal ideal with its striving for freedom from ego-oriented desires, for making life beautiful and noble, with an emphasis on the purely human element. This unites us as having an "unAmerican attitude."

Still, without Brouwer's suggestion I would never have gotten myself to engage intensively with your book because it is written in a language inaccessible to me. The word God is for me nothing more than the expression and product of human weakness, the Bible a collection of honorable, but still purely primitive, legends which are nevertheless pretty childish. No interpretation, no matter how subtle, can change this for me. For me the Jewish religion like all other religions is an incarnation of the most childish superstition. And the Jewish people to whom I gladly belong, and whose thinking I have a deep affinity for, have no different quality for me than all other people. As far as my experience goes, they are also no better than other human groups, although they are protected from the worst cancers by a lack of power. Otherwise I cannot see anything "chosen" about them.

In general I find it painful that you claim a privileged position and try to defend it by two walls of pride, an external one as a man and an internal one as a Jew. As a man you claim, so to speak, a dispensation from causality otherwise accepted, as a Jew the privilege of monotheism. But a limited causality is no longer a causality at all, as our wonderful Spinoza recognized with all incision, probably as the first one. And the animistic interpretations of the religions of nature are in principle not annulled by monopolization. With such walls we can only attain a certain self-deception, but our moral efforts are not furthered by them. On the contrary.

Now that I have quite openly stated our differences in intellectual convictions it is still clear to me that we are quite close to each other in essential things, i.e; in our evaluations of human behavior. What separates us are only intellectual "props" and "rationalization" in Freud's language. Therefore I think that we would understand each other quite well if we talked about concrete things.

With friendly thanks and best wishes,

Yours,

A. Einstein

Wednesday, May 1, 2013

Spiegel, entrevista a Martin Heidegger


Wanderer above the Sea of Fog (1818).
By Caspar David Friedrich.
Oil on Canvas 37.3" x 29.4"

SPIEGEL: Profesor Heidegger, constantemente hemos podido comprobar que su obra filosófica está un tanto ensombrecida por ciertos sucesos de su vida, que no duraron mucho y que nunca han sido aclarados, bien porque ha sido Vd. demasiado orgulloso, bien porque no ha estimado conveniente pronunciarse sobre ellos.
HEIDEGGER: ¿Se refiere a 1933?
SPIEGELSí, antes y después. Querríamos plantear este tema en un contexto más amplio y, desde él, llegar a cuestiones que parecen importantes, tales como: ¿qué posibilidades hay, partiendo de la filosofía, de actuar sobre la realidad, también sobre la realidad política? ¿Existe aún esa posibilidad? Y si existe, ¿cómo es?
HEIDEGGER: Son cuestiones importantes, que no sé si podré responderlas todas. Pero, por lo pronto, tengo que decir que de -ninguna manera, antes de mi rectorado, había actuado políticamente. Durante el semestre de invierno de 1932-1933 tuve vacaciones, y la mayor parte del tiempo estuve arriba, en mi cabaña.
SPIEGEL¿Cómo llegó entonces a ser rector de la Universidad de Friburgo?
HEIDEGGER: En diciembre de 1932 fue elegido rector mi vecino von Möllendorf, catedrático de Anatomía. La toma de posesión del nuevo rector era, en esta Universidad, el 15 de abril. Durante el semestre de invierno del 32-33 hablamos con frecuencia sobre la situación, no sólo política, sino especialmente universitaria, sobre la situación, en buena parte sin perspectivas, de los estudiantes. Mi juicio era el siguiente: por lo que yo puedo ver, sólo queda una posibilidad: intentar, con las fuerzas constructivas, que aún están realmente vivas, controlar el desarrollo futuro.
SPIEGEL¿Veía Vd., pues, una relación entre la situación de la Universidad alemana y la situación política general de Alemania?
HEIDEGGER: Evidentemente seguía los acontecimientos políticos que tuvieron lugar entre enero y marzo de 1933 y hablé sobre ellos ocasionalmente con jóvenes colegas. Pero mi trabajo estaba dedicado a una interpretación global del pensamiento presocrático. Al empezar el semestre de verano me volví a Friburgo. Entretanto, el 15 de abril, el profesor von Möllendorf había tomado posesión como rector. Apenas dos semanas después era relevado de su cargo por el entonces ministro de Cultura de Baden, Wakker. La ocasión, que presumiblemente estaban esperando, para esta decisión del ministro la ofreció el hecho de que el rector había prohibido que en la Universidad se colgara el llamado «cartel de judío».
SPIEGEL : Von Möllendorf era socialdemócrata. ¿Qué hizo tras su destitución?
HEIDEGGER: Ya el mismo día de su destitución vino von Möllendorf y me dijo: «Heidegger ahora tiene Vd. que aceptar el rectorado.» Yo puse en consideración que carecía de experiencia en la administración. Sin embargo, el entonces vicerrector Sauer (teólogo) me presionó para presentar mi candidatura a la nueva elección de rector, porque, si no lo hacía, existía el peligro de que el ministerio nombrara rector a un funcionario. Jóvenes colegas con los que desde hacía años había discutido cuestiones universitarias me asediaban para que aceptara el rectorado. Vacilé largo tiempo. Finalmente, declaré que estaría dispuesto a aceptar el cargo, y sólo en interés de la Universidad, cuando estuviera seguro de la máxima adhesión del pleno. Pero, entretanto, se mantenían mis dudas sobre mi idoneidad para ejercer el rectorado, de manera que la misma mañana del día fijado para la elección me dirigí al rectorado y les dije, al depuesto colega von Möllendorf, allí presente, y al vicerrector Sauer, que no podía aceptar el cargo. A lo cual ambos contestaron que la elección estaba ya preparada y no podía volverme atrás.
SPIEGELTras ello se declaró Vd., por fin, dispuesto. ¿Cómo se desarrollaron entonces sus relaciones con los nacionalsocialistas?
HEIDEGGER: Dos días después de mi toma de posesión apareció en el rectorado el «jefe estudiantil» con dos acompañantes y exigió de nuevo que se colgara el «cartel de judío». Me negué. Los tres estudiantes se alejaron advirtiendo que la prohibición sería comunicada a la jefatura de estudiantes del Reich. Algunos días después recibí una llamada telefónica del jefe de grupo de las SA Dr. Baumann, desde la oficina universitaria de la jefatura suprema de las SA. Exigía que se colgase el «cartel de judío»; en caso contrario, podía contar con mi destitución, si no con el cierre de la Universidad. Lo rechacé e intenté conseguir el apoyo del ministro de Cultura de Baden. Pero me explicó que no podía hacer nada contra las SA. Sin embargo, no retiré mi prohibición.
SPIEGELHasta ahora esto no se sabía.
HEIDEGGER: El motivo fundamental que me llevó a aceptar el rectorado está ya en mi lección inaugural de Friburgo, titulada ¿Qué es Metafísica?:«Los dominios de las ciencias están muy distantes entre sí. El modo de tratar sus objetos es radicalmente diverso. Esta dispersa multiplicidad de disciplinas se mantiene, todavía, unida, gracias tan sólo a la organización técnica de las Universidades y Facultades, y conserva una significación por la finalidad práctica de las especialidades. En cambio, el enraizamiento de las ciencias en su fundamento esencial se ha perdido por completo». Lo que intenté, mientras estuve en el cargo, en relación con esta situación de las Universidades -hoy degenerada hasta el extremo- está expuesto en mi discurso rectoral.
SPIEGELQueremos intentar descubrir si estas manifestaciones de 1929 coinciden con lo que Vd. decía en su discurso inaugural como rector en 1933, y de qué manera. Sacamos ahora de su contexto esta frase: «La tan celebrada “libertad académica” es expulsada de la Universidad; pues, por puramente negativa, es inauténtica». Creemos que puede suponerse que esta frase expresa, parcialmente al menos, ideas de las que Vd., aún hoy, no está lejos.
HEIDEGGER: Sí, estoy de acuerdo. Pues esta «libertad» académica era en lo fundamental puramente negativa: liberarse del esfuerzo de comprometerse con lo que el estudio académico exige de meditación y reflexión. Por lo demás, la frase que Vd. ha extraído, no debe verse aislada, sino en su contexto; entonces se verá claro lo que quise dar a entender con «libertad negativa».
SPIEGELBien, eso se comprende. Sin embargo, creemos percibir en su discurso rectoral un tono nuevo, cuando habla en él, cuatro meses después del nombramiento de Hitler como canciller del Reich, de «la grandeza y el esplendor de esta puesta en marcha».
HEIDEGGER: Sí, estaba convencido de ello.
SPIEGEL¿Podría explicar esto algo más?
HEIDEGGER: Con mucho gusto. Yo no veía entonces otra alternativa. En medio de la confusión general de las opiniones y de las tendencias políticas de veintidós partidos, había que encontrar una orientación nacional y sobre todo social, más o menos en el sentido de Friedrich Naumann. Sólo a título de ejemplo podría citar aquí un artículo de Eduard Spranger, que va mucho más allá de mi discurso rectoral.
SPIEGEL¿Cuándo comenzó Vd. a ocuparse de los asuntos políticos? Los veintidós partidos hacía tiempo que existían. También había ya millones de parados en 1930.
HEIDEGGER: En esa época estaba todavía enteramente absorto en cuestiones que están desarrolladas en Ser y Tiempo (1927) y en los escritos y conferencias de los años siguientes, cuestiones básicas del pensamiento, que afectan también, indirectamente, a cuestiones nacionales y sociales. Como profesor en la Universidad, tenía directamente ante la vista la pregunta por el sentido de las ciencias y, con ello, la determinación del cometido de la Universidad. Este esfuerzo está expresado en el título de mi discurso rectoral, La autoafirmación de la Universidad alemanaUn título así nadie se habría atrevido a ponerlo en ningún discurso rectoral de la época. Pero los que polemizan contra este discurso, ¿lo han leído a fondo, ponderándolo y comprendiéndolo a la luz de la situación de entonces?
SPIEGELAutoafirmación de la Universidad, en un mundo tan turbulento, ¿no resulta un poco inadecuado?
HEIDEGGER: ¿Por qué? «Autoafirmación de la Universidad», esto va contra la llamada «ciencia política», que en aquella época exigían el partido y el estudiantado nacionalsocialista. Ese nombre tenía entonces un sentido completamente distinto; no significaba, como hoy, politología, sino que quería decir: la ciencia en cuanto tal, su sentido y su valor, han de evaluarse por su utilidad práctica para el pueblo. La oposición a esta politización de la ciencia se expresa intencionadamente en mi discurso rectoral.
SPIEGEL¿Quiere Vd. decir entonces que, cuando acogió en la Universidad lo que Vd. entonces estimaba como una puesta en marcha, pretendía afirmar la Universidad contra corrientes quizá demasiado poderosas, que no habrían respetado a la Universidad su peculiaridad?
HEIDEGGER: Exactamente, pero la autoafirmación debía a la vez plantearse la tarea positiva de recuperar, frente a la mera organización técnica de la Universidad, un nuevo sentido, reflexionando sobre la tradición del pensamiento europeo occidental.
SPIEGELProfesor, ¿hemos de entender, pues, que Vd. creyó entonces que podía lograrse una mejoría de la Universidad colaborando con los nacionalsocialistas?
HEIDEGGER: Eso está expresado de manera falsa. No en colaboración con los nacionalsocialistas, sino que la Universidad debía otra vez renovarse a partir de su propia reflexión y lograr así una posición firme frente al peligro de una politización de la ciencia, en el sentido que antes mencioné.
SPIEGELY por eso proclamó Vd. en su discurso rectoral estos tres pilares: «Servicio del trabajo», «Servicio de las armas», «Servicio del saber». ¿Pensaba Vd. que de esta forma el servicio del saber debía ser elevado al mismo rango que los otros dos, posición que los nacionalsocialistas no le concedían?
HEIDEGGER: No se trata de «pilares». Si Vd. lee atentamente, el servicio del saber está desde luego situado en tercer lugar, pero por su sentido su puesto es el primero. No hay que dejar de pensar que el trabajo y la defensa armada, como cualquier actividad humana, se fundan en un saber, que los ilumina.
SPIEGELTenemos todavía que mencionar una frase -enseguida acabamos con estas citas inútiles-, que no podemos imaginar que hoy siga suscribiendo. Decía Vd. en el otoño de 1933: «Ni los dogmas ni las ideas son las reglas de nuestro ser. El Führer mismo y sólo él es la realidad alemana actual y futura, y su ley.»
HEIDEGGER: Estas frases no están en el discurso rectoral, sino en el periódico local de los estudiantes de Friburgo, a principios del semestre de invierno de 1933-1934. Cuando acepté el rectorado, tenía claro que no podía pasar sin compromisos. Las citadas frases hoy ya no las escribiría. Cosas de ese tipo ya no las volví a decir a partir de 1934. Pero todavía hoy repetiría, y con más decisión que entonces, el discurso sobre La autoafirmación de la Universidad alemana,obviamente sin referirlo al nacionalsocialismo. La sociedad ha ocupado el lugar del «pueblo». De todos modos, el discurso habría sido hoy tan en vano como entonces.
SPIEGEL¿Nos permite que le interrumpamos otra vez? Hasta ahora, en el curso de esta conversación, se ha mostrado con claridad que su actitud en 1933 se movía entre dos polos. En primer lugar, Vd. tenía que decir algunas cosas ad usum DelphiniEste es uno de los polos. El otro era, sin embargo, positivo: Vd. lo expresa así: yo tenía la sensación de que aquí había algo nuevo, una puesta en marcha. Así lo ha dicho Vd.
HEIDEGGER: Así es.
SPIEGELEntre estos dos polos se ha… A partir de la situación esto es totalmente creíble.
HEIDEGGER: Cierto. Pero tengo que recalcar que la expresión ad usum Delphini es insuficiente. Yo creía entonces que en el debate con el nacionalsocialismo podía abrirse un camino nuevo, el único posible, para una renovación.
SPIEGELVd. sabe que, en este contexto, se han elevado contra Vd. algunos reproches que afectan a su colaboración con el NSDAP y sus asociaciones y que en la opinión pública aparecen aún como no desmentidos. Así, se le ha reprochado que Vd. habría participado en la quema de libros organizada por los estudiantes o por las Juventudes Hitlerianas.
HEIDEGGER: Yo prohibí la planeada quema de libros que debía haber tenido lugar ante el edificio de la Universidad.
SPIEGELAdemás se le ha reprochado que Vd. permitiera que se retiraran de la Biblioteca de la Universidad y del Seminario de Filosofía los libros de autores judíos.
HEIDEGGER: Como director del Seminario sólo podía disponer de su biblioteca. No accedí a las reiteradas exigencias de retirar los libros de autores judíos. Antiguos participantes en mis Seminarios podrían hoy atestiguar que no sólo no fue retirado ningún libro de autores judíos, sino que estos autores, sobre todo Husserl, fueron citados y comentados como antes de 1933.
SPIEGELQueremos dejar esto claro. ¿Cómo se explica Vd. el surgimiento de tales rumores? ¿Es mala voluntad?
HEIDEGGER: Por lo que sé de su origen, creo que así es; pero los motivos de la calumnia son más profundos. La aceptación del rectorado es presumiblemente sólo la ocasión, no la razón determinante. Por ello, la polémica probablemente se reavivará de nuevo cada vez que se ofrezca una ocasión.
SPIEGELVd. tuvo también, después de 1933, estudiantes judíos. Su relación con ellos, probablemente no con todos, pero sí con algunos, debe de haber sido cordial.
HEIDEGGER: Mi actitud después de 1933 siguió siendo la misma. Una de mis más antiguas y más dotadas estudiantes, Helene Weiss, que más tarde emigró a Escocia, se doctoró en Basilea con un trabajo muy importante sobre Causalidad y azar en la filosofía de Aristótelesimpreso en Basilea en 1942,cuando su doctorado ya no fue posible en la Facultad de aquí. Al final del prefacio la autora escribe: «El ensayo de interpretación fenomenológica, cuya primera parte presentamos aquí, ha sido posible gracias a las interpretaciones inéditas de la filosofía griega de M. Heidegger.» Puede Vd. ver aquí el ejemplar que la autora me envió con una dedicatoria de su puño y letra en abril de 1948Antes de su muerte en Bruselas visité a la Sra. Weiss varias veces.
SPIEGELDurante largo tiempo fue Vd. amigo de Karl Jaspers. Después de 1933 empezó a enturbiarse esta relación. Se dice que este enturbiamiento guarda relación con el hecho de que la mujer de Jaspers era judía. ¿Puede Vd. decir algo sobre esto?
HEIDEGGER: Eso que Vd. dice es mentira. Era amigo de Karl Jaspers desde 1919Les visité, a él y a su mujer, en el verano de 1933 en Heidelberg. Entre 1934 y 1938 me envió todas sus publicaciones «con un cordial saludo». Aquí las tiene.
SPIEGELAquí dice: «Con un cordial saludo». Pero el saludo no sería «cordial» si antes hubiera habido un enturbiamiento. Otra pregunta similar: Vd. fue discípulo de su predecesor judío en la cátedra de la Universidad de Friburgo, Edmund Husserl. El le propuso a Vd. como sucesor en la cátedra. Su relación con él no puede haber estado exenta de agradecimiento.
HEIDEGGER: Vd. tiene la dedicatoria de Ser y Tiempo.
SPIEGELClaro.
HEIDEGGER: En 1929 redacté el escrito de homenaje para su setenta cumpleaños y en la fiesta de su casa pronuncié el discurso que, también en mayo de 1929fue impreso en las comunicaciones académicas.
SPIEGELPero es más tarde cuando se enturbian las relaciones. ¿Puede Vd., si lo desea, decirnos a qué hay que atribuirlo?
HEIDEGGER: Las diferencias, desde el punto de vista objetivo, se habían agudizado. A comienzos de los años treinta Husserl llevó a cabo públicamente un ajuste de cuentas con Max Scheler y conmigo en términos inequívocos. Qué movió a Husserl a pronunciarse con tal notoriedad contra mi pensamiento, no he podido saberlo.
SPIEGEL¿Con ocasión de qué fue eso?
HEIDEGGER: En la Universidad de Berlín Husserl habló ante 1.600 oyentes. Heinrich Mühsam habló en uno de los grandes periódicos de Berlín de un «ambiente de palacio de deportes».
SPIEGELEn nuestro contexto la disputa en sí misma no tiene interés. Sólo interesa que no hubo una disputa que tuviera algo que ver con el año 1933.
HEIDEGGER: En lo más mínimo.
SPIEGELEsa era también nuestra idea. Pero, ¿no es cierto que más tarde Vd. retiró de Ser y Tiempo la dedicatoria a Husserl?
HEIDEGGER: Es cierto. He explicado este hecho en mi libro De camino hacia el lenguaje. En él escribí: «Con el fin de hacer frente a falsas afirmaciones, ampliamente extendidas, hay que hacer notar aquí expresamente que la dedicatoria de Ser y Tiempomencionada en el texto del diálogo (p. 92), se mantuvo también en la 4. a edición de 1935. Cuando el editor vio en peligro la quinta edición del libro -por una posible prohibición- se convino finalmente, a propuesta y por deseo de Niemeyer, retirar la dedicatoria en esta edición, con la condición, que yo puse, de que se mantuviera la nota de la página 38, que es donde realmente esa dedicatoria recibe su fundamento, y que dice: “Si la siguiente investigación da algunos pasos hacia adelante por el camino que abre las ‘cosas mismas’, lo debe el autor en primera línea a E. Husserl, que le familiarizó durante los años de estudio del autor en Friburgo con los más variados dominios de la investigación fenomenológica, mediante una solícita dirección personal y la más liberal comunicación de trabajos inéditos”».
SPIEGELEntonces ya no necesitamos preguntarle si es cierto que Vd., como rector de la Universidad de Friburgo, prohibió la entrada o la utilización de la Biblioteca de la Universidad o del Seminario de Filosofía al profesor emérito Husserl.
HEIDEGGER: Eso es una calumnia.
SPIEGEL¿Y no hay tampoco una carta en la que se expresa esta prohibición a Husserl? ¿De dónde ha salido ese rumor?
HEIDEGGER: Tampoco lo sé, no encuentro para ello explicación alguna. Que todo este asunto es inverosímil, puedo demostrárselo a través de algo que tampoco se conoce: Durante mi rectorado, el ministerio pretendió retirar al director de la Clínica Universitaria, profesor Tannhauser, y al profesor de Química y Física, futuro premio Nobel, von Hevesy, ambos judíos; tras una visita al ministro, logré mantenerlos en sus puestos. Que mantuviera a estos dos hombres y que al mismo tiempo actuara, de la forma que se ha divulgado, contra Husserl, profesor emérito y mi propio maestro, es absurdo. Impedí también que estudiantes y profesores prepararan una manifestación contra el profesor Tannhauser delante de su clínica. En la esquela que la familia Tannhauser publicó en el periódico de aquí se dice: «Hasta 1934 fue el respetado director de la Clínica Universitaria en Friburgo i. Br. Brocline, Mass., 18.12.1962». Sobre el profesor von Hevesy informaban las Freiburger UniversitätsblätterHeft 11, febrero de 1966«Durante los años 1926-1934 von Hevesy fue director del Instituto de Física y Química de la Universidad de Friburgo i. Br.» Cuando yo dimití, ambos directores fueron cesados de sus cargos. Había entonces profesores, que se habían quedado sin cátedra, que pensaban: ahora es el momento de ascender. A toda esta gente la rechacé cuando venía a verme.
SPIEGELVd. no participó en 1938 en el entierro de Husserl. ¿Por qué?
HEIDEGGER: Sobre esto sólo querría decir lo siguiente: el reproche de que rompí mis relaciones con Husserl carece de base. En mayo de 1933 mi mujer escribió a la Sra. Husserl, en nombre de los dos, una carta en la que le testimoniábamos nuestro inalterable agradecimiento, y se la envié a casa con un ramo de flores. La Sra. Husserl contestó enseguida, dando las gracias de manera formal y diciendo que las relaciones entre nuestras familias se habían roto. Que durante la enfermedad y muerte de Husserl no le testimoniara una vez más mi agradecimiento y mi respeto, es un fallo humano, del que más tarde pedí disculpas por carta a la Sra. Husserl.
SPIEGELHusserl murió en 1938Ya en febrero de 1934 había Vd. dimitido del rectorado. ¿Cómo sucedió?
HEIDEGGER: Aquí no tengo más remedio que remontarme un poco más atrás. Con la intención de superar la organización técnica de la Universidad, es decir, de renovar las Facultades desde dentro, partiendo de sus tareas objetivas, propuse nombrar como decanos para el semestre de invierno de 1933‑1934 en algunas Facultades a colegas jóvenes, pero, sobre todo, destacados en su especialidad, y desde luego sin mirar cuál era su posición respecto del partido. De esta manera fueron decanos los profesores Erik Wolf en la Facultad de Derecho, Schadewalt en la de Filosofía, Soergel en la de Ciencias y von Möllendorf, que en primavera había sido destituido como rector, en la de Medicina. Pero ya durante las Navidades de 1933 estuvo claro que no podría sacar adelante la renovación de la Universidad, que yo imaginaba, contra la resistencia de mis colegas y contra el partido. Por ejemplo, los colegas tomaban a mal que metiera a los estudiantes en responsabilidades administrativas de la Universidad, justo como ocurre hoy. Un día me llamaron de Karlsruhe, donde el ministro, por boca de su consejero ministerial y en presencia del jefe estudiantil de la región, me exigió que sustituyera a los decanos de Derecho y Medicina por otros colegas que fueran bien vistos por el partido. Rechacé estas pretensiones y ofrecí mi renuncia al rectorado, si el ministro permanecía en sus exigencias, lo que fue el caso. Esto fue en febrero de1934me retiré tras diez meses en el cargo, cuando los rectores permanecían entonces dos o tres años. Mientras la prensa de dentro y de fuera del país comentó de diversas maneras mi aceptación del rectorado, no dijo una palabra de mi dimisión.
SPIEGEL¿Tuvo Vd. entonces tratos con Rust?
HEIDEGGER: ¿Cuándo es «entonces»?
SPIEGELSe habla aún de un viaje que Rust hizo aquí, a Friburgo, en 1933.
HEIDEGGER: Se trata de dos hechos diferentes. Con ocasión de una conmemoración ante la tumba de Schlageter en su ciudad natal, Schonau im Wiesental, tuve ocasión de saludar de manera breve y meramente formal al ministro. Luego, el ministro no supo más de mí. No me esforcé entonces por tener ninguna conversación con él. Schlageter era estudiante de Friburgo y pertenecía a una corporación católica de las que llevan colores. La conversación tuvo lugar en noviembre de 1933 en Berlín con ocasión de una conferencia de rectores. Le expuse mi concepción de la ciencia y la posible configuración de las Facultades. Tomó atenta nota de todo, hasta e] punto de que abrigué la esperanza de que lo que le expuse podía tener efecto. Pero no fue así. No comprendo cómo esta entrevista mía con el entonces ministro de Educación se convierte en un reproche, cuando por la misma época todos los gobiernos extranjeros se apresuraban a reconocer a Hitler y a prestarle la habitual reverencia diplomática.
SPIEGEL¿Cómo se desarrollaron sus relaciones con el NSDAP, una vez que se retiró del rectorado?
HEIDEGGER: Tras la retirada del rectorado retorné a mis tareas docentes. En el semestre de verano mis clases versaron sobre «Lógica» 2°. En el siguiente semestre 1934-1935 di el primer curso sobre Hölderlin. En 1936 empezaron los cursos sobre Nietzsche. Todos los que pudieron oírlas entendieron que se trataba de una discusión con el nacionalsocialismo.
SPIEGEL¿Cómo se desarrolló la transmisión del cargo? ¿No participó Vd. en la ceremonia?
HEIDEGGER: No, rehusé participar en ella.
SPIEGEL¿Fue su sucesor un miembro comprometido del partido?
HEIDEGGER: Era de Derecho; Der Alemanneel periódico del partido, anunció su nombramiento como rector con grandes titulares: «El primer rector nacionalsocialista de la Universidad».
SPIEGEL¿Tuvo Vd. después dificultades con el partido o cómo fue la cosa?
HEIDEGGER: Estaba permanentemente vigilado.
SPIEGEL¿Puede Vd. dar un ejemplo?
HEIDEGGER: Sí, el caso del Dr. Hanke.
SPIEGEL¿Cómo llegó a saberlo?
HEIDEGGER: Porque él mismo vino a decírmelo. Se había ya doctorado en el semestre de invierno de 1936-1937, y durante el semestre de verano del 37 fue miembro de mi seminario. Había sido enviado por el SD para vigilarme.
SPIEGEL¿Y cómo decidió de repente ir a verle?
HEIDEGGER: Tras mi seminario sobre Nietzsche del semestre de verano del 37 y tal como en él se desarrolló el trabajo, me confesó que no podía ya aceptar la vigilancia que le habían encomendado y que quería poner en mi conocimiento esta situación, con vistas a mi ulterior actividad académica.
SPIEGEL¿No tuvo Vd. además otras dificultades con el partido?
HEIDEGGER: Sólo sé que mis escritos no podían ser reseñados, por ejemplo, el artículo «La doctrina de Platón acerca de la verdad». Mi conferencia sobre Hölderlin, que pronuncié en 1936 en el Instituto Germánico de Roma, fue atacada de forma rastrera en la revista de las Juventudes Hitlerianas Wille und MachtLa polémica que en el verano de 1934 se inició contra mí en la revista de E. Krieck Volk im Werden deberían volverla a leer los interesados. En el Congreso Internacional de Filosofía de Praga, en 1934no formé parte de la delegación alemana ni fui invitado a participar. De igual forma, seguí siendo excluido en el Congreso Internacional de Descartes de París, en 1937lo cual resultó en París tan extraño que la dirección del Congreso allí -el profesor Bréhier, de la Sorbona- se dirigió por su cuenta a mí para preguntarme por qué yo no formaba parte de la delegación alemana. Contesté que podrían informarse de este caso en el ministerio de Educación del Reich, en Berlín. Algún tiempo después me llegó de Berlín el requerimiento de integrarme con posterioridad en la delegación, cosa que rechacé. Las conferencias «¿Qué es Metafísica» y «De la esencia de la verdad» tuvieron que venderse, sin título en la cubierta, bajo cuerda. Después de 1934,el discurso del rectorado fue inmediatamente retirado de la venta por orden del partido. Sólo debía ser comentado en los campamentos de profesores nacionalsocialistas como objeto de polémica política.
SPIEGELCuando en 1939 la guerra…
HEIDEGGER: En el último año de guerra, quinientos de los más conocidos científicos y artistas fueron liberados de cualquier tipo de servicio militar. A mí no me incluyeron entre ellos; al contrario, fui destinado en el verano de 1944 a trabajos de atrincheramiento al otro lado del Rin, en Kaiserstuhl.
SPIEGELEn el otro lado, en la parte suiza, cavó trincheras Karl Barth.
HEIDEGGER: Es interesante cómo sucedió. El rector invitó a todo el cuerpo docente a ir al aula y pronunció un breve discurso del siguiente tenor: lo que iba a decir había sido acordado con el jefe del distrito y con el jefe de la región del NS. Quería dividir todo el cuerpo docente en tres grupos: primero, el de los profesores de los que se podía prescindir totalmente; segundo, el de los que se podía prescindir a medias; y el tercero, el de los imprescindibles. En el primer lugar de los totalmente innecesarios fue citado Heidegger y luego Ritter. En el semestre de invierno de 1944-1945cuando acabé de cavar trincheras en el Rin, di un curso con el título: «Poetizar y pensar», en cierto sentido una continuación de mi curso sobre Nietzsche, es decir, de la discusión con el nacionalsocialismo. Después de la segunda hora, fui enrolado en la Volkssturm; de los profesores que fueron llamados, yo era el más viejo.
SPIEGELCreo, profesor Heidegger, que no es necesario que oigamos los hechos hasta su jubilación de facto o, digamos, hasta su jubilación legal. Son, ciertamente, conocidos.
HEIDEGGER: Conocidos, desde luego, no son. Es un asunto bastante feo.
SPIEGELA no ser que Vd. quiera decir algo.
HEIDEGGER: No.
SPIEGELQuizá debamos resumir: en 1933 cayó Vd., como persona apolítica en sentido estricto, no en sentido amplio, en la política de ese supuesto resurgimiento…
HEIDEGGER: …en el camino de la Universidad…
SPIEGEL…en el camino de la Universidad. Un año después, más o menos, abandonó Vd. la función que había aceptado. Pero en un curso de 1935,que fue publicado en 1953 con el título de Introducción a la Metafísicadecía Vd.: «Lo que hoy -se trata, pues, de 1935- se ofrece por ahí como filosofía del nacionalsocialismo, pero que no tiene lo más mínimo que ver con la interna verdad y la grandeza de este movimiento (a saber, con el encuentro de la técnica, extendida en todo el planeta, y del hombre moderno), pesca en esas turbias aguas de los “valores” y las “totalidades”». ¿Añadió Vd. el texto entre paréntesis en 1953, en el momento de imprimir -como si quisiera explicar al lector de 1953 dónde había visto Vd. «la interna verdad y la grandeza del movimiento», es decir, del nacionalsocialismo- o estaban ya los paréntesis explicativos en 1935?
HEIDEGGER: Estaban ya en mi manuscrito, lo cual correspondía exactamente a la concepción que yo entonces tenía de la técnica, y no todavía a la concepción posterior de la esencia de la técnica como im-posición. Si no lo expuse oralmente fue porque estaba convencido de que mis oyentes lo entenderían correctamente; los tontos, espías y fisgones entendieron otra cosa… que es lo que querían.
SPIEGELSeguramente incluiría Vd. también ahí al movimiento comunista.
HEIDEGGER: Sí, por supuesto, como determinado por la técnica planetaria.
SPIEGEL¿Quién sabe si no incluiría Vd. también la totalidad de los esfuerzos norteamericanos?
HEIDEGGER: También eso lo diría. Mientras, a lo largo de los últimos treinta años, se ha hecho cada vez más claro que el movimiento planetario de la técnica moderna es un poder cuya capacidad de determinar la historia apenas puede apreciarse. Hoy es para mí una cuestión decisiva cómo podría coordinarse un sistema político con la época técnica actual y cuál podría ser. No conozco respuesta a esta pregunta. No estoy convencido de que sea la democracia.
SPIEGELPero «la» democracia no es más que un concepto colectivo, bajo el que caben muy diversas ideas. La cuestión es si todavía es posible una transformación de esta forma política. Después de 1945 se ha manifestado Vd. sobre las aspiraciones políticas del mundo occidental y ha hablado también de la democracia, de la expresión política de la concepción cristiana del mundo y también del Estado de Derecho, y ha denominado a todas estas aspiraciones «medias tintas» (Halbheiten).
HEIDEGGER: Ante todo le pido que me diga dónde he hablado yo de la democracia y de todo lo demás que Vd. ha enumerado. De «medias tintas» podría, sí, calificarlas porque no veo en ellas una efectiva discusión con el mundo técnico, porque tras ellas está siempre, a mi modo de ver, la idea de que la esencia de la técnica es algo que el hombre tiene en sus manos, lo cual, en mi opinión, no es posible. La técnica en su esencia es algo que el hombre, por sí mismo, no domina.
SPIEGEL¿Cuál de las corrientes que hemos esbozado sería, a su modo de ver, la más adecuada a su tiempo?
HEIDEGGER: No lo sé. Pero sí veo en ello una cuestión decisiva. Habría que aclarar, por lo pronto, lo que Vd. entiende por «tiempo». Más aún, habría que preguntar si la adecuación a su tiempo es la pauta de la «verdad interna» de la acción humana, si la acción que marca la pauta no es el pensar y el poetizar, a pesar de la mala fama de ese giro.
SPIEGELPero es evidente que en ninguna época el hombre ha dominado sus instrumentos, véase el aprendiz de brujo. ¿No es demasiado pesimista decir: no dominaremos este instrumento, indudablemente mucho más grande, de la técnica moderna?
HEIDEGGER: Pesimismo, no. Pesimismo y optimismo son, en el ámbito de la reflexión que estamos intentando, posturas que se quedan muy cortas. Pero, sobre todo, la técnica moderna no es un instrumento y no tiene nada que ver con instrumentos.
SPIEGEL¿Por qué tenemos que estar tan fuertemente dominados por la técnica…?
HEIDEGGER: Yo no digo dominados. Digo que aún no tenemos un camino que corresponda a la esencia de la técnica.
SPIEGELSin embargo, se le podría objetar de manera completamente ingenua: pero, ¿qué es lo que está aquí dominado? Todo funciona. Cada vez se construyen más centrales eléctricas. Cada vez se producirá con mayor destreza. En la parte del mundo altamente tecnificado, los hombres están bien atendidos. Vivimos en un estado de bienestar. ¿Qué falta en realidad?
HEIDEGGER: Todo funciona. Esto es precisamente lo inhóspito, que todo funciona y que el funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento y que la técnica arranca al hombre de la tierra cada vez más y lo desarraiga. No sé si Vd. estaba espantado, pero yo desde luego lo estaba cuando vi las fotos de la Tierra desde la Luna. No necesitamos bombas atómicas, el desarraigo del hombre es un hecho. Sólo nos quedan puras relaciones técnicas. Donde el hombre vive ya no es la Tierra. Hace poco tuve en Provenza una larga conversación con René Char, el poeta y resistente, como Vd. sabe. En Provenza se han instalado ahora bases de cohetes y la región ha sido devastada de forma inimaginable. El poeta, que no es precisamente sospechoso de sentimentalismo y de glorificar el idilio, me decía que el desarraigo del hombre, que está sucediendo, es el final, a no ser que alguna vez el pensar y el poetizar logren alcanzar el poder sin violencia.
SPIEGELSin embargo, hay que decir que estamos bien aquí y que en nuestro tiempo no tendremos que marcharnos; pero, ¿quién sabe si el destino del hombre es estar en la Tierra? Es pensable que el hombre no tenga destino alguno. Pero, de todos modos, puede contemplarse también como una posibilidad humana salir de la Tierra a otros planetas; para lo cual falta aún seguramente mucho tiempo. Pero, ¿dónde está escrito que el hombre tenga aquí su sitio?
HEIDEGGER: Si no estoy mal orientado, sé, por la experiencia e historia humanas, que todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado en una tradición. La literatura actual, por ejemplo, es en gran parte destructiva.
SPIEGELNos molesta la palabra destructiva en la medida en que suena a nihilismo, palabra que, debido precisamente a Vd. y a su filosofía, ha ampliado enormemente su contexto significativo. Nos sorprende oír la palabra «destructiva» con relación a la literatura, aunque Vd. podría o tendría que verla formando parte íntegramente de ese nihilismo.
HEIDEGGER: Yo diría que la literatura a la que me he referido no es nihilista en el sentido que esta palabra tiene en mi pensamiento (Nietzsche, II, p. 335 y ss.)
SPIEGELVd. ve con toda claridad, y así lo ha expresado en su obra, un movimiento universal que conduce o ha conducido ya al Estado tecnológico absoluto.
HEIDEGGER: ¡Sí! Pero justamente el Estado técnico corresponde poquísimo al mundo y la sociedad determinados por la esencia de la técnica. Frente al poder de la técnica, el Estado técnico sería su más servil y ciego esbirro.
SPIEGELBien. Pero ahora se plantea la cuestión: ¿puede el individuo influir aún en esa maraña de necesidades inevitables, o puede influir la filosofía, o ambos a la vez, en la medida en que la filosofía lleva a una determinada acción a uno o a muchos individuos?
HEIDEGGER: Con esta pregunta volvemos al comienzo de nuestra conversación. Si se me permite contestar de manera breve y tal vez un poco tosca, pero tras una larga reflexión: la filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un dios puede aún salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso; dicho toscamente, que no «estiremos la pata», sino que, si desaparecemos, que desaparezcamos ante el rostro del dios ausente.
SPIEGEL¿Hay una relación entre su pensamiento y la venida de ese dios? ¿Hay entre ellos, a su juicio, una relación causal? ¿Cree Vd. que podemos traer al dios con el pensamiento?
HEIDEGGER: No podemos traerlo con el pensamiento, lo más que podemos es preparar la disposición para esperarlo.
SPIEGELPero, ¿podemos ayudar a ello?
HEIDEGGER: Preparar esa disposición sería la primera ayuda. El mundo no es lo que es y como es por el hombre, pero tampoco puede serlo sin él. Esto guarda relación, en mi opinión, con que lo que yo denomino «el ser» -usando una palabra que viene de muy antiguo, equívoca y hoy ya gastada- necesita del hombre, que el ser no es ser sin que el hombre le sea necesario para su manifestación, salvaguardia y configuración. La esencia de la técnica la veo en lo que denomino la «im-posición» (Ge-stell). Este nombre, malentendido con facilidad por los primeros oyentes, remite lo que dice, rectamente entendido, a la más íntima historia de la metafísica, que aún hoy determina nuestra existencia. El imperio de la «im-posición» significa: el hombre está colocado, requerido y provocado por un poder, que se manifiesta en la esencia de la técnica. Precisamente en la experiencia de que el hombre está colocado por algo, que no es él mismo y que no domina, se le muestra la posibilidad de comprender que el hombre es necesitado por el ser. En lo que constituye lo más propio de la técnica moderna se oculta justamente la posibilidad de experimentar el ser necesitado y el estar dispuesto para estas nuevas posibilidades. Ayudar a comprender esto: el pensamiento no puede hacer más. La filosofía ha llegado a su fin.
SPIEGELEn otros tiempos -y no sólo en otros- se ha pensado que de todos modos la filosofía actúa indirectamente con frecuencia, directamente rara vez, pero que podría actuar indirectamente muchas veces, que ha ayudado a que irrumpan nuevas corrientes. Si se piensa, tan sólo entre los alemanes, en los grandes nombres de Kant, Hegel, hasta Nietzsche, por no mencionar a Marx, puede comprobarse cómo, mediante rodeos, la filosofía ha tenido un enorme efecto. ¿Cree Vd. que este efecto de la filosofía ha terminado? Y cuando Vd. dice que la filosofía ha muerto, que ya no existe, ¿se incluye en ello la idea de que este efecto de la filosofía, aunque alguna vez se dio, hoy ya no se da?
HEIDEGGER: Lo acabo de decir: mediante otro pensamiento es posible un efecto indirecto, pero ninguno directo, como si el pensamiento pudiera ser la causa de un cambio del estado de cosas del mundo.
SPIEGELDiscúlpenos, no queremos filosofar, de lo que no somos capaces, pero estamos en el punto en que convergen política y filosofía, por lo cual le pedimos que nos perdone, si le arrastramos ahora a un diálogo sobre ello. Vd. ha dicho exactamente que la filosofía y el individuo no pueden hacer otra cosa que…
HEIDEGGER: …ese preparar la disposición de mantenerse abiertos para la llegada o la ausencia del dios. La experiencia de esa ausencia no es algo negativo, sino una liberación para el hombre de lo que en Ser y Tiempo llamé la caída en el ente. A ese preparar la mencionada disposición pertenece la reflexión sobre lo que hoy hay.
SPIEGELPero en realidad aún tendría que venir el famoso impulso exterior, un dios o lo que sea. Así pues, el pensamiento, por su cuenta y bastándose a sí mismo, ¿ya no puede hoy producir efectos? En otra época los produjo, en opinión de los que en ella vivían y, creo yo, en la nuestra.
HEIDEGGER: Pero no de forma directa.
SPIEGELHemos nombrado ya a Kant, Hegel y Marx como grandes incitadores. Pero también de Leibniz han partido impulsos para el desarrollo de la física moderna y, con ello, para el surgimiento del mundo moderno. Creemos -lo ha dicho antes- que Vd. no cuenta ya hoy con tales efectos.
HEIDEGGER: En el sentido de la filosofía, ya no. El papel que la filosofía ha tenido hasta ahora lo han asumido hoy las ciencias. Para esclarecer suficientemente el «efecto» del pensamiento tendríamos que dilucidar más detenidamente qué significan aquí efecto y acción de producir. Sería necesario distinguir cuidadosamente entre ocasión, impulso, fomento, ayuda, impedimento y cooperación. Pero sólo lograremos la dimensión adecuada para estas distinciones cuando hayamos dilucidado suficientemente el principio de razón. La filosofía se disuelve en ciencias particulares: la psicología, la lógica, la politología.
SPIEGEL¿Y quién ocupa ahora el puesto de la filosofía?
HEIDEGGER: La cibernética.
SPIEGEL¿O la devoción, que se mantiene abierta?
HEIDEGGER: Pero eso ya no es filosofía.
SPIEGEL¿Qué es entonces?
HEIDEGGER: Yo lo llamo el otro pensar.
SPIEGELVd. lo llama el otro pensar. ¿Podría formularlo un poco más claramente?
HEIDEGGER: ¿Ha pensado Vd. en la frase con la que acaba mi conferencia «La cuestión de la técnica»: «Preguntar es la devoción del pensamiento»?.
SPIEGELHemos encontrado en el curso sobre Nietzsche una frase iluminadora. Dice Vd.: «Como en el pensamiento filosófico domina la más alta vinculación posible, por ello todos los grandes pensadores piensan lo mismo. Pero este “lo mismo” es tan fundamental y rico que nunca un individuo lo agota, sino que cada uno se vincula a los otros cada vez más rigurosamente». Sin embargo, precisamente este edificio filosófico parece, en su opinión, haber llegado a su fin.
HEIDEGGER: Ha llegado a su fin, pero no ha desaparecido, sino que se hace presente de nuevo en el diálogo. Todo mi trabajo en los cursos y seminarios de los últimos treinta años sólo ha sido, en lo fundamental, interpretación de la filosofía occidental. El retorno a las bases históricas del pensamiento, repensar las cuestiones todavía no cuestionadas desde la filosofía griega, no es disolver la tradición. Pero sí afirmo: el modo de pensar de la metafísica tradicional, que ha acabado con Nietzsche, no ofrece ya posibilidad alguna de experimentar con el pensamiento la era técnica que ahora comienza.
SPIEGELHace aproximadamente dos años, en una conversación con un monje budista, habló Vd. de «un método de pensamiento completamente nuevo, que sólo sería practicable por pocos hombres». ¿Quería Vd. dar a entender con ello que sólo muy poca gente puede tener las intuiciones que, a su modo de ver, son posibles y necesarias?
HEIDEGGER: «Tener» en el sentido absolutamente original de que pueden, de alguna forma, expresarlas.
SPIEGELSí, pero transmitirlas para su realización es algo que, en ese diálogo con el budista, no ha expuesto con claridad.
HEIDEGGER: No puedo hacerlo. No sé nada de cómo este pensar «actúa». Puede ser que hoy el camino del pensamiento conduzca al silencio, para preservarlo de que, al cabo de un año, sea malvendido. Puede que se necesiten trescientos años para que «actúe».
SPIEGELLo comprendemos muy bien. Pero como no vamos a vivir dentro de trescientos años, sino que vivimos aquí y ahora, el silencio nos está vedado. Nosotros, políticos, semipolíticos, ciudadanos, periodistas, etc., tenemos inexcusablemente que tomar decisiones. Con el sistema en el que vivimos tenemos que organizarnos, que intentar cambiarlo, tenemos que atisbar la angosta puerta de las reformas, la todavía más angosta puerta de la revolución. Esperamos ayuda de los filósofos, naturalmente una ayuda indirecta, mediante rodeos. Y entonces oímos: no puedo ayudaros.
HEIDEGGER: Yo tampoco.
SPIEGELLo cual tiene que descorazonar a los no filósofos.
HEIDEGGER: No puedo, porque las cuestiones son tan difíciles que iría contra el sentido que la tarea del pensamiento tiene presentarse inmediatamente en público a predicar y repartir censuras morales. Quizá haya que aventurarse a decir: al misterio del poder planetario de la esencia impensada de la técnica corresponde la provisionalidad y la modestia del pensamiento que intenta meditar sobre eso que permanece impensado.
SPIEGEL¿No se cuenta Vd. entre los que, si fueran oídos, indicarían un camino?
HEIDEGGER: ¡No! No conozco el camino de una transformación inmediata del actual estado de cosas del mundo, en el supuesto de que tal cosa sea humanamente posible. Pero me parece que el pensamiento que yo he intentado podría despertar la ya mencionada disposición, esclarecerla y fortalecerla.
SPIEGELUna respuesta clara. Pero, ¿puede un pensador lícitamente decir: esperad, que dentro de trescientos años se nos ocurrirá algo?
HEIDEGGER: No se trata sólo de esperar hasta que, pasados trescientos años, se le ocurra al hombre algo, sino de, sin pretensiones proféticas, pensar el futuro a partir de los rasgos decisivos de la época actual, apenas pensados. El pensar no es pasividad, sino, en sí mismo, la acción que está en diálogo con el destino del mundo. Me parece que la distinción entre teoría y praxis, surgida de la metafísica, y la idea de una transmisión entre ambas cierra el camino a la clara visión de lo que yo entiendo por pensar. Tal vez deba mencionar aquí mi curso titulado ¿Qué significa pensar?, que apareció en 1954. Es tal vez un signo de nuestra época que sea precisamente éste el escrito menos leído de todas mis publicaciones.
SPIEGELSiempre ha sido, claro está, un malentendido de la filosofía pensar que el filósofo debía producir directamente con su filosofía algún tipo de efecto. Volvamos al principio. ¿No cabría entender el nacionalsocialismo como la realización de ese «encuentro planetario», por un lado, y, por otro, como la última, peor, más fuerte y a la vez más importante protesta contra ese encuentro de la «técnica planetariamente establecida» y el hombre moderno? Manifiestamente hay en Vd. una tensión interna, pues muchos productos secundarios de su actividad no pueden verdaderamente explicarse más que porque Vd. se agarra con distintas partes de su ser, que no afectan al meollo filosófico, a muchas cosas que, como filósofo, sabe que no tienen consistencia, tales como los conceptos de «patria», «arraigo» o similares. ¿Cómo se armoniza esto, técnica planetaria y patria?
HEIDEGGER: Yo no diría eso. Me parece que Vd. toma la técnica como algo demasiado absoluto. Yo veo la situación del hombre en el mundo de la técnica planetaria no como un destino inextricable e inevitable, sino que, precisamente, veo la tarea del pensar en cooperar, dentro de sus límites, a que el hombre logre una relación satisfactoria con la esencia de la técnica. El nacionalsocialismo iba sin duda en esa dirección; pero esa gente era demasiado inexperta en el pensamiento como para lograr una relación realmente explícita con lo que hoy acontece y que está en marcha desde hace tres siglos.
SPIEGELEsa explícita relación, ¿la tienen hoy los norteamericanos?
HEIDEGGER: Tampoco la tienen. Están todavía enredados en un pensamiento que, como buen pragmatismo, ayuda sin duda al operar y manipular técnico, pero al mismo tiempo obstruye el camino de una reflexión sobre lo peculiar de la técnica moderna. Entretanto en los EE. UU. se suscitan aquí y allí intentos de liberarse del pensamiento pragmático-positivista. ¿Y quién de nosotros puede decidir si un día en Rusia y en China no resurgirán antiguas tradiciones del «pensamiento», que colaboren a hacer posible para el hombre una relación libre con el mundo técnico?
SPIEGELPero si nadie la tiene y si el filósofo no puede dársela…
HEIDEGGER: Hasta dónde podrá llegar mi pensamiento y en qué medida vaya a ser acogido y fructifique, es algo que no depende de mí. En 1957, en una conferencia titulada «El principio de identidad», que pronuncié con ocasión del jubileo de la Universidad de Friburgo, me atreví a mostrar en unos pocos pasos en qué medida, a una experiencia pensante de aquello en lo que descansa lo peculiar de la técnica moderna, se le abre la posibilidad de que el hombre experimente la relación con una exigencia, que no sólo puede oír, sino que él mismo pertenece a ella. Mi pensamiento está en una ineludible relación con la poesía de Hölderlin. Tengo a Hölderlin no por un poeta cualquiera cuya obra es, junto a otras muchas, tema de los historiadores de la literatura. Hölderlin es para mí el poeta que enseña el futuro, que espera al dios, y que, por tanto, no puede quedar como mero objeto de investigación histórico-literaria.
SPIEGEL: A propósito de Hölderlin -le pedimos disculpas porque, una vez más, tenemos que citar-: en su curso sobre Nietzsche decía Vd. que «el tan citado antagonismo entre lo dionisíaco y lo apolíneo, entre la pasión sagrada y la representación serena, es una oculta ley de estilo que determina históricamente lo alemán, y tenemos que prepararnos y estar dispuestos a que un día cobre forma. Esa oposición no es una fórmula con la que nos limitemos a describir “cultura”. Hölderlin y Nietzsche han colocado, con este antagonismo, un signo de interrogación ante la tarea que los alemanes tienen de encontrar su esencia histórica. ¿Entenderemos este signo? Una cosa es segura: si no lo entendemos, la historia nos lo hará pagar caro». No sabemos en qué año escribió Vd. esto, pero suponemos que en 1935.
HEIDEGGER: Presumiblemente la cita pertenece al curso sobre Nietzsche de 1936-1937 La voluntad de poder como artePero puede haber sido escrito en los años siguientes.
SPIEGELSí. ¿Podría Vd. explicar esto algo más? Pues es algo que nos lleva de un camino general a un destino concreto de los alemanes.
HEIDEGGER: Lo que esa cita dice podría también decirlo así: estoy convencido de que sólo partiendo del mismo lugar del que ha surgido la técnica moderna puede prepararse un cambio, que no puede producirse mediante la adopción del budismo zen o de cualquier otra experiencia oriental del mundo. Para una transformación del pensamiento necesitamos apoyarnos en la tradición europea y reapropiárnosla. El pensamiento sólo se transforma por un pensamiento que tenga su mismo origen y determinación.
SPIEGELPrecisamente en ese lugar, en el que ha surgido el mundo técnico, tiene él, cree Vd…
HEIDEGGER: …que ser superado en sentido hegeliano, no eliminado, sino superado, pero no únicamente por el hombre.
SPIEGEL¿Atribuye Vd. a los alemanes una tarea especial?
HEIDEGGER: Sí, en el sentido del diálogo con Hölderlin.
SPIEGEL¿Cree Vd. que los alemanes tienen una cualificación específica para ese cambio?
HEIDEGGER: Pienso en el particular e íntimo parentesco de la lengua alemana con la lengua de los griegos y con su pensamiento. Esto me lo confirman hoy una y otra vez los franceses. Cuando empiezan a pensar, hablan alemán; aseguran que no se las arreglan con su lengua.
SPIEGEL¿Se explica Vd. así que en los países románicos, sobre todo en Francia, haya Vd. tenido tan gran influencia?
HEIDEGGER: Porque ven que con toda su gran racionalidad no consiguen calar en el mundo actual, cuando se trata de comprender el origen de su esencia. El pensamiento se traduce tan escasamente como la poesía. Como mucho puede transcribirse. En cuanto se hace una traducción literal, todo resulta alterado.
SPIEGELUn pensamiento desazonante.
HEIDEGGER: Sería bueno que esta desazón trajese seriedad a gran escala y se considerase por fin qué decisiva transformación ha sufrido el pensamiento griego al ser traducido al latín, un acontecimiento que aún hoy nos impide una comprensión suficiente de las palabras clave del pensamiento griego.
SPIEGELProfesor, nosotros realmente siempre partiríamos de la posición optimista de que algo se comunica, de que algo se puede traducir, pues, cuando cesa el optimismo de que determinados pensamientos pueden comunicarse por encima de las fronteras lingüísticas, amenaza el provincianismo.
HEIDEGGER: ¿Calificaría Vd. de «provinciano» al pensamiento griego frente al modo de conceptuar del Imperio romano? Las cartas comerciales pueden traducirse a todos los idiomas. Las ciencias -que para nosotros hoy significan las ciencias de la naturaleza con la física matemática como ciencia fundamental- son traducibles a todas las lenguas, o, mejor dicho, no se traducen, sino que hablan el mismo lenguaje matemático. Estamos rozando aquí un campo amplio y difícil de recorrer.
SPIEGELQuizá esto entre también en este tema: en este momento, hay, sin exageración, una crisis del sistema democrático parlamentario. La hay desde hace mucho. Especialmente en Alemania, pero no sólo en Alemania. La hay también en los países clásicos de la democracia, Inglaterra y Norteamérica. En Francia ya no hay crisis. La pregunta es: ¿no pueden venir de los pensadores, si Vd. quiere como productos secundarios, indicaciones de que este sistema tiene que ser sustituido por otro y qué aspecto deba tener el nuevo, o indicaciones de que tiene que ser posible una reforma, y también de cómo podría hacerse? De lo contrario, seguimos en lo mismo: que el hombre no educado filosóficamente -que es normalmente quien tiene el control de la situación (aunque él no la haya dispuesto así) y quien está controlado por la situación- saque conclusiones falsas, y quizá incluso tome decisiones espantosas. Así pues, ¿no debería el filósofo estar dispuesto a pensar cómo pueden los hombres arreglar su convivencia en este mundo, que ellos mismos han tecnificado y que quizá les supera? ¿No se espera con razón del filósofo que dé indicaciones de cómo imagina él una vida posible? Y si no lo hace, ¿no falta el filósofo a una parte, que por mí puede ser pequeña, de su oficio y de su vocación?
HEIDEGGER: Por lo que yo veo, un individuo no está en condiciones de captar la totalidad de mundo con el pensamiento como para poder dar orientaciones prácticas; y esto es así incluso en lo que se refiere a la tarea de encontrar una nueva base para el propio pensamiento. En la medida en que, de cara a la gran tradición, se toma a sí mismo en serio, se le exige demasiado al pensamiento si tiene que aplicarse a dar orientaciones. ¿Con qué derecho podría hacerlo? En el ámbito del pensamiento no hay argumentos de autoridad. La única medida del pensamiento proviene de la cosa misma que ha de pensar. Pero ésta es ante todo problemática. Para hacer comprensible esta situación sería necesario ante todo una dilucidación de las relaciones entre la filosofía y las ciencias, cuyos resultados técnico-prácticos hacen que un pensamiento al estilo de la filosofía aparezca hoy cada vez más como algo superfluo. A la difícil situación en la que, respecto de su propia tarea, el pensamiento se encuentra, corresponde una extrañeza, nutrida precisamente de la posición preponderante de las ciencias, ante el pensamiento que tiene que rehusar responder a las cuestiones prácticas e ideológicas, que la actualidad exige.
SPIEGELProfesor, en el ámbito del pensamiento no hay argumentos de autoridad. Tampoco puede entonces sorprender que también al arte moderno le sea difícil proponer argumentos de autoridad. Sin embargo, Vd. lo llama «destructivo». El arte moderno se entiende a sí mismo con frecuencia como un arte experimental. Sus obras son intentos…
HEIDEGGER: Yo me dejo gustosamente enseñar.
SPIEGEL…intentos de salir de una situación de aislamiento del hombre y del artista, y entre cien intentos surge, de vez en cuando, el éxito.
HEIDEGGER: La gran pregunta es ésta: ¿dónde está el arte? ¿Cuál es su lugar?
SPIEGELBien, pero Vd. exige del arte algo que ya no exige al pensamiento.
HEIDEGGER: Yo no exijo nada del arte. Tan sólo digo que hay que preguntar qué lugar ocupa.
SPIEGELY si el arte no sabe cuál es su lugar, ¿por eso es destructivo?
HEIDEGGER: Bien, táchelo. Pero querría dejar claro que no veo en qué sentido el arte moderno puede dar una orientación, que, sobre todo, sigue siendo oscuro dónde ve él lo más propio del arte o por lo menos dónde lo busca.
SPIEGELTambién el artista carece de vínculos con la tradición. Podría perfectamente encontrarlos y decir: sí, así se pudo pintar hace seiscientos, trescientos o treinta años. Pero ahora él ya no puede pintar así. Aunque quisiera, no podría. Pues entonces el pintor más grande sería el genial falsificador Hans van Meegeren, que podía pintar «mejor» que los otros. Pero eso no puede ser. Así pues, el artista, el escritor, el poeta se encuentran en una situación similar a la del pensador. ¡Cuántas veces tenemos que decir: cierra los ojos!
HEIDEGGER: Si se toma como marco para la coordinación de arte, poesía y filosofía la «actividad cultural» entonces se tienen que poner al mismo nivel. Pero si se vuelve problemática no sólo la actividad, sino lo que se denomina «cultura», entonces la reflexión sobre esa problematicidad cae dentro del cometido del pensamiento, cuya crítica situación apenas puede dejar de pensarse. Pero la máxima penuria del pensamiento estriba en que hoy, por lo que puedo apreciar, no habla aún ningún pensador que sea lo suficientemente «grande» como para llevar al pensamiento, inmediatamente y de forma plástica, ante su tema y ponerlo así en su camino. Para nosotros, los hombres de hoy, la magnitud de lo por pensar es demasiado grande. Quizá podamos esforzarnos en construir la pasarela, angosta y que no lleva muy lejos, de un tránsito.
SPIEGELProfesor Heidegger, le damos gracias por esta conversación.