Friday, May 27, 2016

Kleist!!!

HEINRICH VON KLEIST: MICHAEL KOHLHASS


La breve existencia de Heinrich von Kleist (Frankfurt del Order, 1777-Wannsee, 1811) reúne todos los elementos del Romanticismo alemán: una estricta exigencia estética, que lucha por trascender los límites de la Razón; una aguda megalomanía, que sitúa al yo en el centro de la creación artística; un saber intuitivo, que nace de una desordenada libertad interior; una pasión por la vida, sin fuerza para neutralizar el nihilismo, y el encuentro fatal con la Muerte, escenificado como una tragedia clásica, donde el hombre se inmola para desafiar al destino y afirmar su voluntad.

Cioran afirmaba que es imposible leer a Kleist sin presentir que el suicidio precede a su obra. Su decisión de quitarse la vida no puede atribuirse a una desesperación espontánea. Tras abandonar la carrera militar y mantener un doloroso noviazgo, Kleist comienza su carrera literaria con enormes dudas, que le empujan a no firmar sus primeras obras (La familia Schroffenstein) o a destruir algún manuscrito para reconstruirlo más tarde (Roberto Guiscardo). Sus inseguridades conviven el ansia de gloria y el aborrecimiento del mundo. Su identificación con el ideal rousseauniano de regreso a la naturaleza sólo es algo pasajero. Sus oscilaciones testimonian una búsqueda intelectual y artística, pero también un desequilibrio mental. Su encuentro con Goethe, que reconoce la inspiración de algunas comedias, pero se muestra implacable con Pentesilea (1808), exaspera su inestabilidad. En 1811 aparece Michael Kohlhaas, un elogio de la rebeldía frente a la arbitrariedad del poder. El respeto a la norma es irrelevante cuando emperadores o príncipes pisotean los derechos del individuo. Invirtiendo el axioma socrático, Kleist opina que es preferible infringir la ley que soportar la injusticia.
Con problemas materiales y sin el reconocimiento que anhela, Kleist resuelve poner fin a una existencia marcada por el fracaso y el sufrimiento psicológico. En una nota, asegura que su dolor quedará compensado por “la más dulce de las muertes”. Nueve días más tarde, un paseante se cruza con él y su amiga Henriette Vogel. Ambos parece felices mientras bordean el lago Wannsee. Hacia las cuatro, se escucha dos disparos. Una carta redactada la noche anterior, anuncia “estamos muertos en el camino de Potsdam”. Cioran afirma que los solitarios de espíritu sólo consiguen la paz definitiva cuando conocen la perfecta soledad de la muerte. La prematura desaparición de Kleist, que frustra cualquier expectativa vital o artística con tan sólo treinta y cuatro años, desbarata cualquier complacencia con el suicidio, evidenciando la ligereza de algunos pensadores que confunden la aflicción con una figura literaria.
Michael Kohlhaas narra la historia de un tratante de caballos que organiza una insurrección para vengar un ultraje. El Junker Wenzel von Tronka, un aristócrata de la antigua Prusia Oriental, retiene dos de sus mejores caballos, aprovechando su paso por su fortaleza. Kohlhaas confía el cuidado de los animales a un criado, pero a su regreso descubre que su empleado ha sido apaleado y expulsado del castillo y los caballos, dos magníficos ejemplares, entregados a labores de campo, hasta la extenuación. Su aspecto es tan lamentable que parecen carne de matadero. Kohlhaas recurre a la justicia, pero su reclamación es desestimada. Humillado y escarnecido, decide desprenderse de sus propiedades y elevar su protesta hasta el Príncipe Elector. Ante la perplejidad de Lisbeth, su mujer, afirma que no desea vivir en un país que no defienda sus derechos. Lisbeth intenta hablar con el Príncipe, pero uno de sus soldados le propina un golpe en el pecho y, pocos días más tarde, muere ante la impotencia de su marido, que enloquece y decide tomarse la justicia por su mano. Tras formar un pequeño ejército de forajidos, asalta la fortaleza del Junker y las ciudades en las que se refugia, huyendo de su venganza.
Kohlhaas es un personaje histórico, de nombre Hans, pero al que Kleist prefirió llamar Michael para establecer una analogía con el arcángel que venció a las legiones de Satanás. Representado con armadura del general romano y con una lanza o espada, la sensibilidad romántica de Kleist confirió sus poderes a un hombre común, atribuyendo al pueblo el legítimo derecho de luchar contra la tiranía. El relato es un grito de protesta contra el imperialismo napoleónico, una invitación a la guerra para restituir la libertad. La exaltación del heroísmo no oculta el lado terrible de la guerra. Las huestes de Kohlhaas no respetan la vida de niños ni mujeres, incendian las plazas conquistadas y se dedican al saqueo. Kohlhaas mantiene la disciplina con castigos ejemplares, ahorcando a los que le desobedecen. Saturada de rasgos de la estética romántica (profecías, gitanas, sentimientos exaltados, nacionalismo), Michael Kohlhaas también anticipa algunos aspectos de la novela moderna: la impotencia del hombre ante un poder irracional, el conflicto entre instinto y civilización, el furor exterminador, que se legitima en una burocracia absurda, la aparición de las masas, que usurpan el lugar del individuo. La guerra de Kohlhaas recuerda la vesania de Lope de Aguirre, pero su final no es menos atroz que el de Josef K., aniquilado por una razón de Estado que sólo se preocupa de evidenciar su poder. La prosa de Michael Kohlhaas carece de retórica. Es una prosa de enorme precisión, que avanza sin estancarse ni perder la inspiración. La entrevista de Kohlhaas con Martin Lutero refleja la clarividencia de Kleist: la exclusión es tan intolerable como la asimilación. En cualquier caso, el hombre está perdido y la felicidad sólo es una precaria ilusión.
RAFAEL NARBONA

Acerca de Hölderlin

HOLDERLIN: POEMAS DE LA LOCURA


La poesía que se solidariza con el infortunio no puede conformarse con la perfección formal, sino que ha de tender hacia la verdad, interpretada no ya como Absoluto moral, sino como realidad en el mundo, con su carga de injusticia y fealdad. 
En este sentido, la fealdad no es una categoría estética, sino la posibilidad de superar el mal, asumiendo su lastre y ofreciendo a sus víctimas la palabra que se les negó, permitiendo que hablen desde su inconcebible dolor, mitigando el olvido al que están expuestas, combatiendo la ignominia de arrojar un manto de silencio sobre los que murieron injustamente. La poesía sólo puede conservar su tensión hacia el futuro, recogiendo la miseria del pasado. La desdicha del inocente nunca es hermosa, pero la poesía está comprometida con su recuperación.
En 1767, Lessing estudia en el Laocoonte la fealdad como categoría específica, pero reserva su manifestación al ámbito de la poesía, ya que entiende que la literatura, por su naturaleza temporal, diluye lo grotesco o repugnante, mientras que en las artes figurativas su presencia perdura en el espacio. En 1795, Friedrich Schlegel escribe Sobre el estudio de la poesía griega, donde apunta que la fealdad es uno de los rasgos definitorios del arte moderno. Ya no es la armonía, sino la intensidad, el dramatismo o la originalidad lo que inspira al artista. Schlegel cita a Shakespeare, cuyas obras no escatiman la violencia, lo trágico o lo grotesco. Sus personajes no conocen la armonía, sino que viven acosados por la desesperación, la impotencia o el fracaso.
 

Hölderlin afirma que sólo merecen el nombre de arte las obras capaces de expresar la experiencia del dolor. Pese a enloquecer, continúa escribiendo, reflejando en sus Poemas de la locura el anhelo de felicidad, maltratado por la incertidumbre y el sentimiento de indigencia que aflige al ser humano, cuando no se advierte la presencia utópica del otro, no ya como antagonista, sino como manifestación del Espíritu.
  


Visión es una expresión de este conflicto:
Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo
 Sin esperanza, lleno de dudas, el sentido de los hombres 
Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días 
Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.  
Es la época más dolorosa de su existencia, su largo viaje por la locura, pero el desorden mental no impide que se manifieste la esperanza de un mañana. En Primavera, las estaciones no aparecen como repetición, sino como tensión hacia el futuro. 
Nuestra vida desea al porvenir abrirse
Con flores, señal de alegres días 
cubrir parece la tierra y el gran valle 
Alejando la Primavera de todo signo doloroso.
 

La locura no es éxtasis, noche sagrada o inspiración divina, sino un estado de confusión y pérdida, un tiempo de destrucción acotado por la repetición, la angustia y el miedo. En sus últimos años, Hölderlin es un loco (a fin de cuentas, un hombre limitado por su experiencia o, más exactamente, desorganizado por su experiencia), pero en sus poemas, oponiendo al delirio la secreta perseverancia de la razón, se manifiesta el conflicto matricial entre un presente desdichado y un mañana que apenas se vislumbra, pero que en cierta medida ya acontece. Lo inmediato no puede ser la última palabra. Auschwitz no es la verdad, sino el fracaso del hombre en su devenir histórico. Hay otros fracasos, otros escándalos, donde -al menos temporalmente- triunfa la inhumanidad, lo monstruoso.

Lo esencial es que el mal carece de la fuerza necesaria para destruir el impulso teleológico de la conciencia. La esperanza no es una ilusión, sino la forma en que el hombre se enfrenta al tiempo y la injusticia. Es un estar en el tiempo, que se realiza en el tiempo y fuera del tiempo, en el “todavía no” (Ernst Bloch), cuya inminencia nunca cesa, pues si se hiciera presente, perdería su impulso. Hölderlin firma sus poemas con cien años de antelación o con doscientos de retraso. No es ofuscación, sino anticipación de la eternidad, de un más allá que extiende el presente hacia una perfección aplazada. Pese a su innegable prestigio, la incredulidad es más débil que la esperanza. Hay más audacia en la fe que en su negación, como nos recuerda Ionesco en sus Diarios.

 

En el borrador de una carta sin fecha, Hölderlin escribe: “Estoy maduro no para la paz muerta de la tumba, sino para una vida más feliz, más tranquila que ésta; incluso espero no estar largo tiempo ya sobre esta tierra, de la que ni siquiera las alegrías me atraen; espero que las tijeras fatales de la Parca vengan a cortar el hilo de mi vida, y en verdad puedo decir que espero el fin con tranquilidad, incluso con placer y alegría”. No hay en estas palabras resentimiento ni odio hacia la vida real, con su carga de finitud y servidumbre. No es “ilusión”, “resentimiento” ni “platonismo para el pueblo” (Nietzsche), sino experiencia del dolor transmutada en esperanza. Esperanza que celebra la vida, a pesar de su imperfección, a pesar del declive del cuerpo y del naufragio de la razón. 

Los Poemas de la locura son una iluminación, pero su luz no procede de lo irracional, sino de la insensatez de la esperanza, que contempla el dolor y no renuncia a la vida; que soporta la infamia y aún cree en la justicia; que aguanta el fracaso y no se cansa de celebrar la persistencia de lo posible. Sólo esta forma de arte puede contener la realización histórica del mal y al mismo tiempo contribuir a su superación moral y teleológica. RAFAEL NARBONA
Todas las colaboraciones de Rafael Narbona como crítico literario de El Cultural de El MUNDO en:
http://www.elcultural.es