Monday, June 11, 2012

Hölderliniana ii: Una elegía

Traducción de Wera y Ludwig Zeller ©1951


¿Tornan las grullas hacia ti, y hacia tus costas
Dirigen de nuevo su rumbo las naves? ¿Acarician brisas Deseadas tus
olas tranquilas, y el delfín atraído
Desde la profundidad asolea sus lomos en la nueva luz? ¿Florece Jonia,
es éste el tiempo?; pues siempre en primavera,
Cuando a los vivientes se les renueva el corazón, y el primer Amor y el
recuerdo de los tiempos dorados despierta en los hombres,
Vengo hacia ti, ¡Anciano!, y te saludo en tu silencio.
Siempre, ¡oh poderoso!, vives tú y reposas a la sombra
De tus montañas, como antaño; con brazos de adolescente estrechas
Todavía a tu país encantador, y de tus hijas, ¡oh Padre!
De tus islas, las florecientes, ninguna aún se ha perdido.
Creta se alza y Salamina verdea; sombreada de laureles,
Ceñida de rayos, yergue Delos a la hora del amanecer
Su cabeza inspirada; y Tenos y Chíos
Abundan en frutas purpúreas; de las colinas embriagadas
Mana el vino de Chipre; y desde las alturas de Calauria, como antaño,
Se precipitan arroyos plateados en las viejas aguas del Padre.
Todas ellas viven aún, las madres de los héroes, las islas,
Floreciendo año tras año, y cuando a veces, desprendida del abismo,
La llama de la noche, la tempestad subterránea,
Se apoderó de alguna de las encantadoras que moribunda se sumergía
en tu regazo,
Tú, Divino, perdurabas, porque encima de tus obscuras profundidades
Tantas auroras y crepúsculos se han sucedido.
También las celestes, ellas, las fuerzas de la altura, las silenciosas,
Que desde lejos, de la plenitud del poder, traen
Sobre la cabeza de los hombres sensibles la alegría del día,
El dulce sueño y los presentimientos; también ellas, las antiguas
compañeras de juego,
Viven, como antes, junto a ti, y a menudo al atardecer,
Cuando desde las montañas de Asia surge la luz sagrada
De la luna, y las estrellas se reflejan en tus olas,
Tú resplandeces con fulgor divino, y así como ellas pasan,
Así cambian tus aguas, y la melodía de los hermanos
En las alturas, su canto nocturno, de nuevo resuena en tu pecho amante.
Luego, cuando se acerca el sol del día, el que todo lo transfigura,
La criatura del Oriente, el milagroso, entonces
Comienza para los vivientes el sueño dorado,
Que el astro-creador cada mañana les prepara,
Y a ti, dios entristecido, te envía un encanto más alegre,
Y su misma luz amable no es tan hermosa
Como el símbolo del amor, la corona, que siempre, como antaño,
Pensando en ti, ciñe tus bucles grises.
¿No te envuelve el éter, y no regresan de él las nubes,
Tus mensajeras, con el don de los dioses,
El rayo de la altura? Entonces las envías sobre la tierra,
Para que en las cálidas riberas los bosques ebrios de tempestad
Rumoreen y se agiten contigo, para que pronto, semejante al hijo peregrino
Cuando el padre lo llama, el Meandro, junto con miles de arroyos,
Abandona su ruta errante y, lleno de júbilo, desde el valle de Caystor
Se precipita hacia ti, y el primogénito, el viejo,
Quien durante tanto tiempo se ha escondido, tu majestuoso Nilo,
Avanza victorioso, como bajo el sonido de las armas, descendiendo
Desde la montaña lejana, abriendo ansioso sus brazos hacia ti.
No obstante te sientes solitario; en el silencio de la noche la roca
Oye tu queja y a menudo furiosas huyen
Lejos de los mortales, hacia los cielos, tus olas aladas.
Pues ya no viven contigo tus nobles predilectos,
Aquellos que te veneraban, y que antaño coronaban tus riberas
Con las ciudades y los templos hermosos; y siempre buscan y requieren,
Porque siempre, así como los héroes la corona, los elementos
Sagrados precisan para su gloria el corazón de los hombres sensibles.
Di, ¿dónde está Atenas, tu ciudad, la más amada?
¡Dios entristecido! ¿Es que en las riberas sagradas, sobre las urnas de
los maestros,
Ella se ha derrumbado convertida en cenizas?
¿O quedan aún vestigios de ella, para que el navegante,
Al pasar, quizás la nombre y la recuerde?
¿No se alzaban allí las columnas y desde lo alto de la fortaleza
No brillaban otrora las estatuas de los dioses?
¿La voz del pueblo, acaso, no se levantaba tumultuosa desde el Ágora,
Y desde las puertas alegres no se precipitaban
Tus callejuelas hacia abajo, en dirección al puerto bendecido?
¡Mira! Allí el comerciante, pensando en la lejanía, soltaba las amarras
de su barco,
Alegre, porque también para él soplaba la brisa alada, y los dioses,
Tanto como al poeta, también a él le amaban, pues repartía
Los buenos dones de la tierra y unía lo distante y lo cercano.
Lejos, hacia Chipre y hacia Tiro, dirige su rumbo,
Se remonta hacia la Cólquida y desciende al viejo Egipto,
Por ganar púrpura, y vino, y trigo, y vellón
Para la ciudad natal, y a menudo más allá de las columnas
Del audaz Hércules, hacia nuevas islas dichosas,
Le llevan las esperanzas y las alas de su barco; mientras que,
Movido por pensamientos diversos, a orillas de la ciudad permanece
un joven solitario
Escuchando a las olas, y algo grande presiente el grave adolescente
Cuando a los pies del maestro que sacude la tierra
Se sienta y escucha, pues no en vano lo educó el dios del mar.
Porque el enemigo del genio, el persa todopoderoso,
Ya desde hace años cuenta la multitud de armas y de esclavos,
Burlándose de Grecia y de sus pocas islas,
Y un juguete parecíale al soberano, y vago aún como un sueño
Érale aquel pueblo devoto, armado del espíritu de los dioses.
A la ligera da la orden de combate, y rápida, como el flamígero manantial
del monte,
Cuando, terriblemente expulsado por el Etna en hervor,
Sepulta ciudades y floridos jardines bajo su torrente de púrpura,
Hasta que en el mar sagrado se enfría el río ardiente,
Así desde el Ecbatana, incendiando y arrasando ciudades,
Se precipitan ahora junto al rey sus huestes pomposas;
¡Ay!, y Atenas, la espléndida, sucumbe; ancianos fugitivos
Se desesperan y miran en vano desde la montaña, donde el venado oye
sus gritos,
Hacia las viviendas y templos humeantes que dejaron atrás;
Empero, la plegaria de los hijos ya nunca más despierta
Las cenizas sagradas; en el valle reina la muerte; la nube del incendio
Desaparece en el firmamento, y para cosechar más, al interior del país,
Ebrio del crimen, marcha el persa arrastrando su botín.
Pero en las costas de Salamina, ¡oh día!, en las costas de Salamina,
Aguardando el fin se hallan las atenienses, las vírgenes,
Y las madres, meciendo en sus brazos al hijito salvado;
Mas para las que escuchan, desde las profundidades resuena la voz del
dios del mar
Prediciéndoles su salvación; y los dioses del cielo contemplan
Desde lo alto la tierra, pesando y juzgando, porque allí en las riberas
agitadas
Vacila la batalla desde el amanecer, como una tempestad que avanza
lentamente
Sobre las aguas coronadas de espuma, e inadvertido en el furor
Ya arde el mediodía por encima de las cabezas de los combatientes.
Pero los hombres del pueblo, los nietos de los héroes, acometen
Ahora con más clara visión, y los hijos de Atenas, los predilectos de los
dioses,
Piensan en la gloria que les es asignada,
Y no dominan ya su genio, que desprecia la muerte.
Porque así como la bestia del desierto, que una vez más se alza desde
la sangre humeante,
Transfigurada al fin, semejante a la fuerza más noble,
Y atemoriza al cazador, así regresa ahora bajo el resplandor de las armas,
Una vez más, en medio del ocaso, el alma agotada
De los feroces combatientes, espantosamente reunidos por la orden de los
soberanos.
Y más encarnizada recomienza la batalla. Semejantes a parejas de
luchadores
Se abordan las naves; tambaleante se sumerge el timón;
Quiébrase el puente bajo los combatientes, y naves y tripulantes se hunden
en las olas.
Empero, sumido en un sueño vertiginoso, arrullado por el canto del día,
Rueda la mirada del rey, sonriendo equivocado por el triunfo;
Él amenaza, implora y se regocija, y envía como rayos a los mensajeros;
Mas, en vano los envía, pues ninguno retorna.
Mensajeros sangrantes, restos de tropas e incontables naves
Destrozadas le arroja la vengativa, la ola rugiente,
A los pies del trono, donde él, el mísero, está sentado al borde de las
riberas estremecidas,
Contemplando la huída, y lejos arranca, arrastrado por la turba en retirada.
Lo empuja el dios y acosa su escuadra errante,
Dispersa sobre las aguas, hasta que al fin con burla le destroza
Sus pompas vanas, y alcanza al débil en su armadura amenazante.
Mas, amorosamente, vuelven los atenienses
Hacia las aguas que aguardan solitarias, y desde los montes de la patria
Desciende la brillante multitud ondulando en alegre confusión
Al valle abandonado. Semejante, ¡ay!, a la madre envejecida,
Cuando tras largos años el hijo a quien creía perdido torna
De nuevo, convertido ya en hombre, a su seno materno;
Empero demasiado tarde llega la alegría para quien ya perdió toda
esperanza:
El dolor ha marchitado su alma, y apenas puede percibir
Lo que en su gratitud le dice el hijo amante;
Así aparece a los que retornan el suelo de la patria.
Porque en vano preguntan los devotos por sus bosques sagrados,
Y la puerta amable ya no recibe a los vencedores,
Así como antes recibiera al peregrino, cuando pleno de alegría regresaba
De las islas, y resplandeciendo en la lejanía frente a sus ojos anhelantes
Se alzaba la fortaleza gloriosa de la madre Atenea.
Bien conocidas empero les son las calles desiertas,
Y los entristecidos jardines en torno, y en el Ágora,
Donde derrumbadas yacen las columnas del Pórtico y las imágenes divinas,
Allí, conmovido hasta el alma y regocijado por la fidelidad,
El pueblo amante vuelve de nuevo ahora a estrecharse las manos en señal
de alianza.
Pronto también busca y descubre el hombre entre las ruinas
El lugar de su propia casa; abrazada a su cuello, recordando
Las amadas estancias de su hogar, llora su mujer, y preguntan
Los niños por la mesa en donde otrora en filas encantadoras se sentaban
Bajo la mirada de los padres, los sonrientes dioses de la casa.
Pero el pueblo levanta tiendas y los antiguos vecinos
Júntanse de nuevo, y obedeciendo al deseo de su corazón,
Se agrupan las aireadas viviendas sobre las colinas.
Así viven ellos ahora, como los libres, los Antiguos,
Aquellos que seguros de su fuerza y confiados en el día venidero,
Semejantes a aves migratorias, antaño iban cantando de monte en monte,
Príncipes del bosque y del río errabundo.
Mas, aún como entonces, la madre tierra fielmente abraza
A su noble pueblo, y bajo el cielo sagrado ellos descansan dulcemente,
Mientras que, suaves como antes, las brisas de la juventud
Soplan en torno a los durmientes y desde los plátanos les llega el murmullo
Del Ilisos, y anunciándoles días nuevos, invitándoles
A nuevas hazañas, resuena a lo lejos en la noche la ola del dios del mar,
Enviando alegres sueños a sus predilectos.
Lentamente también ya brotan y crecen en el pisoteado campo
Las flores, las doradas; cuidado por manos piadosas
Verdea el olivo, y en las praderas de Colonos pastan
De nuevo, tranquilamente como antes, los caballos atenienses.
Pero en honor de la madre tierra y del dios de las olas
Ya florece la ciudad, creación soberana, fundada tan sólidamente
Como los astros, la obra del genio, que con lazos de amor
Forjados por él mismo, así gusta afirmarse en las formas grandiosas,
Que él construye en actividad eterna.
¡Mira!, y al creador sirve el bosque, y junto con los otros montes
El Pentélico le ofrece, al alcance de su mano, mármol y metales.
Mas, viviente como él, gozosa y magnífica surge
De sus manos, y fácil como la del sol prospera su obra.
Fuentes se alzan, y encauzado en límpidos acueductos,
Desde las colinas el manantial se precipita hacia el estanque resplandeciente,
Y relucen en torno, semejantes a héroes festivos reunidos
Alrededor del cáliz común, la serie de viviendas. Por encima de todas
Yérguese la estancia de los Pritaneos, ábrense gimnasios,
Elévanse templos a los dioses, y un pensamiento sagrado, audaz,
El Olimpeón álzase hacia el éter, cerca de los Inmortales,
Desde el bosque glorioso ¡ y así otros muchos de los pórticos divinos.
Madre Atenea, también para ti creció más orgullosa desde la tristeza
Tu espléndida colina y floreció largo tiempo todavía
En honor tuyo y del dios de las olas; y alegremente reunidos sobre el
promontorio,
Muchas veces aún tus predilectos te expresaron en cantos su gratitud.
¡Ay de los hijos de la dicha, los devotos! ¿Vagan ellos acaso ahora por la
lejana
Tierra de los padres, olvidados de los días del destino,
Más allá del Leteo, y anhelo alguno puede hacerlos retornar?
¿Nunca los verán mis ojos? ¡Ay! ¿Por los mil senderos
De la tierra verdeante, nunca os encontrará el que os busca?
¡Figuras semejantes a los dioses!, y ¿acaso tan solo para eso escuché
vuestro lenguaje
Y vuestras leyendas, para que mi alma, siempre triste,
Huyera antes de tiempo hacia abajo, hacia vuestras sombras?
Mas quiero acercarme a vosotros, allá donde crecen aún vuestros bosques,
Donde entre nubes esconde su cumbre solitaria el monte sagrado;
Al Parnaso quiero ir, y cuando, resplandeciendo entre las sombras de las
encinas,
En mi errante camino encuentre la fuente de Castalia,
Verteré el agua de la copa perfumada de flores y mezclada con lágrimas
Sobre el prado germinante, para que recibáis aún
Todos vosotros, ¡oh durmientes!, una ofrenda funeraria.
Allá en el valle silencioso, junto a las rocas colgantes de Tempes,
Con vosotros quiero vivir, e invocaros a menudo durante la noche,
¡Nombres espléndidos!, y cuando aparezcáis enfadados
Porque el arado profana las tumbas, con la voz del corazón,
Con cantos piadosos, os aplacaré, ¡sombras sagradas!,
Hasta que mi alma se acostumbre del todo a vivir con vosotras.
Y cuando esté más iniciado, muchas preguntas os haré entonces, ¡oh
muertos!
Y también a vosotras, ¡vivientes fuerzas supremas de la altura!,
Cuando sobre las ruinas hacéis girar el cielo de los años,
¡Vosotras, las de las rutas seguras!, porque a menudo el desvarío
Que reina bajo las estrellas, como un aire siniestro me estremece el corazón,
Y ansioso busco consejo; mas desde hace mucho tiempo ya no hablan,
Para consuelo de los necesitados, los proféticos bosques de Dodona;
El dios délfico ha enmudecido, y solitarios y desiertos desde hace tiempo
Yacen los senderos por donde otrora, suavemente guiado por las esperanzas,
Anhelante ascendía el hombre a la ciudad del veraz profeta.
Mas la luz, desde las alturas, todavía hoy les habla a los hombres,
Plena de presagios hermosos, y la voz del gran dios tonante
Clama: "¿Pensáis en mi?"; y la ola entristecida del dios del mar
Repite el eco: "¿Nunca ya, como antes, os acordáis de mí?"
Pues los divinos gustosamente reposan en el corazón sensible,
Y siempre aún, como entonces, ellas, las fuerzas inspiradoras, acompañan
Al hombre esforzado, y por encima de las montañas de la patria
Descansa, reina y siempre presente vive el éter,
Para que un pueblo amante, acogido en los brazos del Padre,
Humanamente esté alegre, como entonces, y que un mismo espíritu les sea
común a todos.
Mas, ¡ay!, nuestro linaje, despojado de lo divino, vaga en la noche,
Vive como en el Orco. Encadenados solamente a sus propios afanes
Y cada cual se oye a sí mismo no más
En el taller turbulento, y mucho trabajan los bárbaros
Con brazo poderoso, sin descanso; mas, infructuoso
Como el de las Furias, queda el esfuerzo de los míseros.
Hasta que, despertada del sueño angustioso, surge el alma
De los hombres con juvenil alegría, y el hálito bendito del amor,
Tantas veces como antes, entre los hijos florecientes de la Hélade
Sople en una nueva época, y el espíritu de la naturaleza,
El dios que viene desde lejos, se nos aparece entre nubes doradas
Y permanece en paz sobre la frente más libre.
¡Ay! ¿No vienes todavía?, y aquéllos, los hijos de los dioses,
Continúan viviendo, ¡oh día!, solitarios allá abajo
En las profundidades de la tierra, mientras que una primavera eterna
Despunta sobre las cabezas de los durmientes sin que nadie la cante.
¡Pero no por más tiempo! Ya oigo a lo lejos el canto coral del día de fiesta
Sobre la verde montaña y el eco de los bosques,
Donde se conmueve el pecho de los adolescentes, donde tranquilamente
Se une el alma del pueblo en un canto más libre, en honor del dios,
Al que corresponde la altura, mas para quien también los valles son
sagrados;
Porque allá donde alegre se desliza el río en juventud creciente
Entre las flores del campo, y donde maduran en llanuras soleadas
El noble trigo y los árboles frutales, gustosamente también
Los devotos se coronan para la fiesta, y sobre la colina de la ciudad
resplandece,
Cual vivienda humana, el pórtico celeste de la alegría.
Pues toda vida se ha tornado plena de sentido divino,
Y, perfeccionándolo todo, como entonces, vuelves a aparecer ante
tus hijos,
¡Oh naturaleza!, y como desde la montaña rica en manantiales,
De aquí y allá fluyen bendiciones sobre el alma germinante del pueblo.
Luego, luego, ¡oh vosotras, alegrías de Atenas!, ¡vosotras, hazañas de
Esparta!,
¡Deliciosa época de primavera en el país de los griegos! Cuando se acerque
Nuestro otoño, cuando maduros retornéis todos vosotros, espíritus del
pasado,
—¡Pues he aquí que el cumplimiento del año está cerca!—
Que entonces la fiesta también os alcance a vosotros, ¡días del pasado !
Que mire el pueblo hacia la Hélade y que, llorando y agradeciendo,
Se apacigüe en recuerdos el orgulloso día del triunfo.
Mas, floreced entretanto, hasta que maduren nuestros frutos,
Floreced, vosotros, ¡jardines de Jonia! ¡Vosotros, encantadores, que
cubrís de verde
Las ruinas de Atenas, ocultad la tristeza al día que os contempla!
¡Vosotros, bosques de laureles!, coronad con follaje eterno las colinas
De vuestros muertos, allá junto a Maratón, donde los jóvenes
Murieron victoriosos, ¡ay!, allí en los campos de Queronea,
Hacia donde con sus armas huyeron los últimos atenienses
Eludiendo el día de la ignominia; allá, allá donde desde las montañas
Bajan todos los días los lamentos al valle del combate; de allá, desde la
cima del Oetas,
Descendéis vosotras, aguas errabundas, entonando el canto del destino.
Mas tú, inmortal, aun cuando ya no te festejen, como entonces,
Los himnos de los griegos, ¡oh dios del mar!, resuena a menudo con tus olas
En mi alma, para que intrépido se yerga el espíritu
Sobre las aguas, y semejante al nadador, se ejercite
En la fresca dicha de los fuertes, y comprenda el lenguaje de los dioses,
El cambio y el acontecer. Y si el tiempo impetuoso
Conmueve con demasiada violencia mi cabeza, y la miseria y el desvarío
De los hombres estremecen mi vida mortal,
¡Déjame recordar el silencio que reina en tus profundidades! 


 
 
Lauffen, Alemania, 20 de marzo de 1770 - 7 de junio de 1843
Aquiles
Lamentaciones de Menón por Diótima
 

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