Cuando Nietzsche descubrió, escandalosamente, que Dios había muerto... asesinado por sus propias criaturas; en realidad desnudaba una milenaria coartada que sojuzgó por muchos años al ser humano.
A su vez, dejaba a la intemperie tantas teologías engreídas que se habían asentado poderosamente, como anclas, en la mente humana.
Pero también se destapaba una caja de Pandora que, a diferencia de aquella del mito griego, derramaba una plétora de posibilidades impresionantemente angustiantes de autonomía y libertad.
Ahora sí, parafraseando a Sartre, lo humano estaba condenado a ser libre: “El universo no juega a los dados… pero, ¿qué tal al ajedrez?”
A su vez, dejaba a la intemperie tantas teologías engreídas que se habían asentado poderosamente, como anclas, en la mente humana.
Pero también se destapaba una caja de Pandora que, a diferencia de aquella del mito griego, derramaba una plétora de posibilidades impresionantemente angustiantes de autonomía y libertad.
Ahora sí, parafraseando a Sartre, lo humano estaba condenado a ser libre: “El universo no juega a los dados… pero, ¿qué tal al ajedrez?”
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