febrero 22, 2010
“¡Ven amigo, salgamos a lo abierto! Verdad que la luz
es mezquina todavía y que el cielo nos oprime demasiado”
Friedrich Hölderlin (Excursión al campo)
es mezquina todavía y que el cielo nos oprime demasiado”
Friedrich Hölderlin (Excursión al campo)
El hondo silencio necesario en el ocaso del lenguaje
De acuerdo, se puede esgrimir: a qué diablos regirse por un concepto “restringido” de cualquier cosa que sea. Lo que ocurre en este caso es que sin aquellas particularidades rigurosas que el concepto de filósofo supone, la categoría misma puede significar cualquier cosa. Aclaro: no se trata de una cuestión de méritos; ser un “filósofo” en el sentido duro del término no representa ninguna superioridad frente a un pensador más versátil o inclasificable. No al menos para mí.
Concediendo la idiosincrasia propia del filósofo (pensamiento especulativo, argumentación maquinal, preocupación por el todo, etc.) Heidegger es el último. Cualquier “filósofo” posterior – casi sin excepción – debe algo a Heidegger, cuando no hasta el último plato de comida costeado por las arcas académicas.
Así
las cosas, es por lo menos sugerente que el hombre haya acabado su obra
– y su vida – repitiendo a quien quisiese oírlo que la única verdad
podía manifestarse en la palabra poética. Quiero decir, tal vez en este
punto (y en su riquísimo legado) cobre sentido aquello de “último
filósofo”.
Se habla comúnmente de dos etapas en el pensamiento heideggeriano; la primera supone su inclemente aprendizaje con Husserl
(acaso el único filósofo que podría disputarle el trono en el siglo XX,
dicho sea de paso) y también su distanciamiento con el padre de la
fenomenología, a quien – insidiosamente tal vez – está dedicado Ser y Tiempo, de 1927, búnker indiscutible de esta etapa inicial.
La segunda etapa es la que aquí interesa más; en ella Heidegger se desdice de muchos de sus postulados ya clásicos (aunque no de tantos ni en forma tan violenta como algunos de sus detractores mascullan) y se orienta hacia el ereignis – algo así como “acontecimiento expropiador-transpropiador” –, a la búsqueda de otra-forma-de-pensar, a la poesía como expresión de la verdad.
Podríamos avanzar sin más remilgos sobre esta segunda etapa y quedarnos en todo caso con los dos polos bien marcados de su producción. Pero existe la Khere (“vuelta” o “giro” del pensamiento de Heidegger), existe el “entre”, y ese “entre” pesa, no sólo por el morbo biográfico sino por la gravitación que el propio “entre” tiene en la filosofía heideggeriana. Se sabe: Heidegger asumió el rectorado de una Universidad en 1933, bajo el régimen nacionalsocialista y se mostró muy entusiasmado con él. También se sabe que luego se sumió en un silencio que duró varios años y cuya irradiación lo marcó hasta la muerte. Por último, se sabe también que no hay una sola conexión entre su obra y el nazismo como pseudo-doctrina.
La segunda etapa es la que aquí interesa más; en ella Heidegger se desdice de muchos de sus postulados ya clásicos (aunque no de tantos ni en forma tan violenta como algunos de sus detractores mascullan) y se orienta hacia el ereignis – algo así como “acontecimiento expropiador-transpropiador” –, a la búsqueda de otra-forma-de-pensar, a la poesía como expresión de la verdad.
Podríamos avanzar sin más remilgos sobre esta segunda etapa y quedarnos en todo caso con los dos polos bien marcados de su producción. Pero existe la Khere (“vuelta” o “giro” del pensamiento de Heidegger), existe el “entre”, y ese “entre” pesa, no sólo por el morbo biográfico sino por la gravitación que el propio “entre” tiene en la filosofía heideggeriana. Se sabe: Heidegger asumió el rectorado de una Universidad en 1933, bajo el régimen nacionalsocialista y se mostró muy entusiasmado con él. También se sabe que luego se sumió en un silencio que duró varios años y cuya irradiación lo marcó hasta la muerte. Por último, se sabe también que no hay una sola conexión entre su obra y el nazismo como pseudo-doctrina.
¿Por
qué calló Heidegger; únicamente por la vergüenza de no haber
vislumbrado – justo él – en la figura de Hitler el monstruo que luego
emergió? ¿O calló a causa del estupor y la desilusión? ¿Calló en todo
caso porque el silencio cobraba en su pensamiento un status filosófico
imprescindible? ¿O simplemente porque tenía poco y nada que decir en
tanto filósofo, en tanto “último-filósofo-especulativo?
El
silencio, como quedó insinuado, juega en la figura de Heidegger varios
significados; no tiene demasiada relevancia para este escrito el
silencio biográfico, el de Martin Heidegger hombre, pero sí el que se
relaciona especulativamente con el decir de la filosofía y la poesía.
Gianni Vattimo en Más allá del Sujeto, recuerda las siguientes palabras de Heidegger a propósito de la obra de Hölderlin: “Un resonar de la palabra auténtica sólo puede brotar del silencio”. La palabra y el silencio, hasta allí podemos admitir la familiaridad, pero ¿qué diablos es eso de “auténtica”? ¿En dónde o en qué reside dicha autenticidad?
Gianni Vattimo en Más allá del Sujeto, recuerda las siguientes palabras de Heidegger a propósito de la obra de Hölderlin: “Un resonar de la palabra auténtica sólo puede brotar del silencio”. La palabra y el silencio, hasta allí podemos admitir la familiaridad, pero ¿qué diablos es eso de “auténtica”? ¿En dónde o en qué reside dicha autenticidad?
Heidegger
respondería, si fuese de resumir: en la poesía, en la verdadera poesía,
en la poesía de la poesía. O, más lacónicamente, respondería: en Hölderlin.
Existe
una frase de Hölderlin* en una misiva personal en la que habla de la
filosofía como un “hospital” para el “poeta fracasado” que se
consideraba a sí mismo. Heidegger, de alguna manera, está invirtiendo la
frase: la poesía es efectivamente para Heidegger el “hospital” de la
“filosofía fracasada” que se estrelló contra el mundo de la técnica y el
olvido del ser. Ahora bien: ¿por qué la poesía, por qué Hölderlin en
particular?
La
poesía tiene para Heidegger respecto a cualquiera de las demás
expresiones artísticas o filosóficas una ventaja expresiva en relación
con la verdad. En este punto es vital tener en cuenta que para Heidegger
la verdad no es una cuestión de correspondencia entre lo que digo y la
realidad (como se piensa desde Aristóteles) sino que es la aletheia,
entendida como desocultamiento o “descubrimiento del ser (…) como la
visión de la forma o perfil de lo que es verdaderamente, pero que se
halla oculto por el velo de la apariencia”**. La poesía es la
privilegiada en este caso porque, a causa de su espiritual relación con
el habla, dice la verdad al decirse; porque la propia palabra poética es
la verdad, la instauración de la verdad. Como dice Vázquez en el artículo citado: “el
poema dice la aletheia, la verdad; no lo que se muestra y ofrece, sino
el arrancar al ocultamiento, previo al mostrarse y ofrecerse de algo
como algo”.
Pero
aún nos queda el silencio, el status del silencio; ¿la palabra
auténtica puede brotar de cualquier silencio? ¿O se requiere también un
silencio auténtico? Y antes de eso: ¿desde “dónde” llega ese silencio,
que lo produjo?
Escribe Váttimo al respecto, muy lúcidamente: “La
palabra auténtica es la palabra inaugural, la que hace acaecer
verdades, es decir, nuevas aperturas de horizontes históricos. Ella no
está en relación con el silencio sólo porque lo necesite como fondo del
que separarse. Hablar auténticamente, en cambio, quiere decir estar en
relación con lo otros del significante, con lo otro del lenguaje: por
eso Heidegger escribirá, en otra parte, que el decir auténtico no puede
más que ser un callar simplemente del silencio”.
El silencio tiene el mismo peso – por decirlo de algún modo – que la palabra auténtica; y esto en una doble connotación: debe por un lado ser el abismo desde el cual la palabra inaugural se alza para nombrar y originar la verdad. Pero, por otro lado, también debe ser ese horizonte que se tiende hacia adelante y en el cual la palabra auténtica se pierde; horizonte al que Heidegger llama lo Sagrado o el Caos. Otra vez Váttimo, perspicaz siempre en los parangones: “El silencio funciona en relación con el lenguaje como la muerte en relación con la existencia”.
El silencio tiene el mismo peso – por decirlo de algún modo – que la palabra auténtica; y esto en una doble connotación: debe por un lado ser el abismo desde el cual la palabra inaugural se alza para nombrar y originar la verdad. Pero, por otro lado, también debe ser ese horizonte que se tiende hacia adelante y en el cual la palabra auténtica se pierde; horizonte al que Heidegger llama lo Sagrado o el Caos. Otra vez Váttimo, perspicaz siempre en los parangones: “El silencio funciona en relación con el lenguaje como la muerte en relación con la existencia”.
Es
el silencio el principio y el fin de la palabra auténtica; silencio que
sin demasiada osadía puede identificarse con el silencio filosófico de
Heidegger y con el silencio pavoroso de toda una civilización, tan
creída ella de sus palabras explicativas o hermenéuticas. De alguna
manera el hombre occidental – ilustrado, racionalista, binario,
cientificista, eminentemente calculador – calló en el período de
entreguerras ante las derivas y resultas de su propio discurso. Un día
observó a las palabras caer irremediablemente, desfiguradas, como quien
ve caer muerto su propio cuerpo. Es el propio lenguaje el que se pasmó
ante sí mismo.
Y allí, en ese “ocaso del lenguaje” (el término es de Vátttimo), la poesía. Allí, donde según el propio Váttimo “no
hay más lenguaje, sino el continuo y siempre renovado embestir del
lenguaje contra sus propios límites extremos, donde naufraga en el
silencio”, allí, precisamente allí, la poesía, la palabra
auténtica, la palabra que más se acerca al silencio y que de allí toma
su autenticidad.
Hölderlin: los relámpagos de Dios en el nacimiento del lenguaje
“¡Poetas, despertad de su letargo
a todos los que duermen todavía. Dadnos leyes
y dadnos la vida, oh héroes. ¡Y venced!
Pues como Baco tenéis derecho a la victoria”
Hölderlin (A nuestros grandes poetas)
a todos los que duermen todavía. Dadnos leyes
y dadnos la vida, oh héroes. ¡Y venced!
Pues como Baco tenéis derecho a la victoria”
Hölderlin (A nuestros grandes poetas)
Heidegger considera a Hölderlin el poeta del poeta; la palabra poética auténtica, que desde ya no era el simple lenguaje sino mejor su “ocaso”, tampoco es un don repartido al azar y masivamente en el mundo. Por empezar, poetizar no es una posibilidad con que todos los períodos históricos cuenten; Heidegger lo aclara explícitamente en Poéticamente habita el hombre…: “El poetizar es la capacidad fundamental del habitar humano. Pero el hombre únicamente es capaz de poetizar según la medida en la que su esencia está apropiada a aquello que por sí mismo tiene poder sobre el hombre y que por esto necesita y pone en uso su esencia. Según la medida de esta apropiación, el poetizar es propio o impropio. Es por esto por lo que el poetizar propio no acaece en todas las épocas”. Hölderlin es uno de los faros históricos al respecto, y esta condición se da principalmente porque su poesía “está cargada con la determinación poética de poetizar la propia esencia de la poesía” según Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía.
Hölderlin hace poesía de la propia poesía y con ese gesto se aleja de cualquier habilidad retórica, de cualquier estratagema de talento lingüístico; es decir, se aleja de cualquier poeta “bueno” o incluso de los “brillantes”. Hölderlin llega a la esencia de la poesía y en ese llegar se juega su valor, su descubrimiento capital: la poesía es el habitar del hombre en el mundo, es el origen más originario, el fundamento más fundamental de la existencia humana. Escribe Hölderlin en un poema tardío:
“Pleno de méritos, pero es poéticamente
como el hombre habita esta tierra”
como el hombre habita esta tierra”
La
poesía, o mejor dicho eso que arde y vuela a lo que llamamos con
términos tan ridículos como “actitud poética” o “rasgo poético” o
cualquier otra nadería, es la forma elemental en la que el hombre habita
el mundo, el modo esencial de la vida humana. Por eso la palabra
auténtica, la verdad, sólo puede ser dicha en la poesía. O aún más: el
propio “decir”, el lenguaje mismo, está supeditado a la poesía. En
palabras de Heidegger (en Hölderlin y la esencia de la poesía): “…se
puso en claro que la poesía, el nombrar que instaura el ser y la esencia
de las cosas, no es un decir caprichoso, sino aquel por el que se hace
público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje
cotidiano. Por lo tanto, la poesía no toma el lenguaje como un material
ya existente, sino que la poesía misma hace posible al lenguaje”
He
leído y escuchado teorías mucho más rigurosas y complejas sobre el
origen del lenguaje. Jamás conocí una más cierta que la que Heidegger
garabatea en el párrafo anterior.
El
poeta, de este modo, sufre una clara alteración de su status, tal vez
la restauración de su puesto pre-platónico. En este sentido, puede
interpretarse la conducta de Heidegger respecto a la poesía como un
claro “cierre” de la parábola que la filosofía, desde Platón, había
realizado en su relación con la palabra poética y su pretensión de
verdad. Un regreso al punto inicial, que a su vez representa el regreso
del poeta a la “ciudad”, al saber, a un puesto legítimo en el
descubrimiento de la verdad o – lo que es lo mismo – en la verdad como
descubrimiento. Heidegger es más radical incluso: para él la poesía “no
es un adorno que compaña la existencia humana, ni sólo una pasajera
exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento
que soporta la historia” (en Hölderlin y la esencia de la poesía).
Hölderlin, en su poema Bonaparte: “Los poetas son ánforas sagradas / que guardan el vino de la vida, / el alma de los héroes”
La
poesía – la auténtica únicamente, vale insistir en esto – es la
condición de posibilidad del lenguaje y el fundamento de la historia.
Pero, ante tamaña responsabilidad ¿quién es el poeta? ¿Quién puede
atreverse a tanto? ¿Quién es digno de ese don? Y sobre todo: ¿cuánto le
cuesta ser digno de él, cuál es el precio de ese don?
Heidegger
encuentra en Hölderlin, como ya se dijo, la respuesta a casi todas las
preguntas anteriores. El momento histórico que alumbra la poesía de
Hölderlin es un tiempo indigente para Heidegger (el propio Hölderlin
escribe en el soberbio poema El espíritu del siglo: “Por donde se mire, todo es violencia y angustia / todo se tambalea y se desmorona“;
un tiempo en que los dioses han huido y el nuevo dios, ningún nuevo
dios, ha venido aún a reemplazarlos. Por eso mismo, por la indigencia y
orfandad de los tiempos, la obra del poeta es imprescindible, vital,
necesaria.
No es inusitado preguntarse por la utilidad de los poetas en los tiempos áridos; el poeta puede aparecer como un “lujo” en épocas desangeladas. Dicho en términos más hoscos: cuando la comida escasea para muchos o cuando las pautas morales que una sociedad tenía por ciertas se corrompen hasta la decrepitud, las palabras del poeta pueden aparecer tan groseras como un automóvil cero kilómetro, un jarrón chino o un cetro original del siglo XV a la vista de niños famélicos. Pero esta es una suposición infundada, inserta de algún modo en la misma lógica despiadada de quien hambrea o corrompe; para Heidegger (y en esto es difícil no estar de acuerdo con él), por el contrario, la indigencia del tiempo histórico es lo que enriquece al poeta, a Hölderlin en este caso, lo que lo transforma en esencial. En tiempos de indigencia el poeta está entre los atribulados dioses y el pueblo, y en ese “entre” fundamental instaura un tiempo nuevo y una verdad también nueva.
No es inusitado preguntarse por la utilidad de los poetas en los tiempos áridos; el poeta puede aparecer como un “lujo” en épocas desangeladas. Dicho en términos más hoscos: cuando la comida escasea para muchos o cuando las pautas morales que una sociedad tenía por ciertas se corrompen hasta la decrepitud, las palabras del poeta pueden aparecer tan groseras como un automóvil cero kilómetro, un jarrón chino o un cetro original del siglo XV a la vista de niños famélicos. Pero esta es una suposición infundada, inserta de algún modo en la misma lógica despiadada de quien hambrea o corrompe; para Heidegger (y en esto es difícil no estar de acuerdo con él), por el contrario, la indigencia del tiempo histórico es lo que enriquece al poeta, a Hölderlin en este caso, lo que lo transforma en esencial. En tiempos de indigencia el poeta está entre los atribulados dioses y el pueblo, y en ese “entre” fundamental instaura un tiempo nuevo y una verdad también nueva.
El
poeta de este modo está comprometido en una misión sumamente compleja y
decisiva, el poeta es un intermediario entre los signos de los dioses y
el pueblo, y en tanto tal “está expuesto a los relámpagos de Dios”. Lo
dice el propio Hölderlin en el poema Como cuando en día de fiesta…:
“Es derecho de nosotros, los poetas,
estar en pie ante las tormentas de Dios.
con la cabeza desnuda
para apresar con nuestras propias manos el rayo de luz del Padre, a él mismo.
Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos
el don celeste”
estar en pie ante las tormentas de Dios.
con la cabeza desnuda
para apresar con nuestras propias manos el rayo de luz del Padre, a él mismo.
Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos
el don celeste”
Todos
conocemos, quien más quien menos, el macabro destino de Hölderlin; se
podría decir, de forma tal vez apresurada, que los relámpagos de algún
Dios lo fulminaron hasta matarlo. El propio Hölderlin escribe en una
carta citada por Heidegger que, le parece, Apolo lo hirió. No obstante,
las líneas citadas más arriba son claras: es un “derecho” del poeta
exponerse a Dios – a todos los dioses, a cualquier dios -, exponerse a
su sabiduría y a su poder sin ninguna triquiñuela ni analgésico alguno. A
la vez que un deber, es un “derecho” de los poetas exponerse a los
dioses, sea cuál sea el precio, aunque ese precio sea la locura o el
abismo eterno para el poeta en cuestión.
Dice Heidegger, siempre en el mismo ensayo, que “la excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas”. Si algo ha enseñado la filosofía medieval es que las tinieblas no son únicamente tales a partir de la oscuridad; el exceso de luz, la claridad llevada hasta su colmo tampoco dejan ver. Prueben mirar fijamente al sol y comprenderán exactamente qué estoy tratando de decir. Quizás sea ese el precio a pagar por el poeta cuando se ofrece temerariamente al relámpago divino. La recompensa – que también es grande: el lenguaje, el nuevo tiempo, la historia misma – difícilmente le llegue al poeta mismo. La recompensa para el poeta siempre es de los otros. Puede esto convertirlo en mártir o en ingenuo; el propio Hölderlin tiene la idea de que la poesía es la más “inocente” de las ocupaciones. Pero, fuera como fuese, de una cosa no se puede dudar: el poeta es la verdad del lenguaje y el lenguaje de la verdad.
Dice Heidegger, siempre en el mismo ensayo, que “la excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas”. Si algo ha enseñado la filosofía medieval es que las tinieblas no son únicamente tales a partir de la oscuridad; el exceso de luz, la claridad llevada hasta su colmo tampoco dejan ver. Prueben mirar fijamente al sol y comprenderán exactamente qué estoy tratando de decir. Quizás sea ese el precio a pagar por el poeta cuando se ofrece temerariamente al relámpago divino. La recompensa – que también es grande: el lenguaje, el nuevo tiempo, la historia misma – difícilmente le llegue al poeta mismo. La recompensa para el poeta siempre es de los otros. Puede esto convertirlo en mártir o en ingenuo; el propio Hölderlin tiene la idea de que la poesía es la más “inocente” de las ocupaciones. Pero, fuera como fuese, de una cosa no se puede dudar: el poeta es la verdad del lenguaje y el lenguaje de la verdad.
El
poeta es él mismo la verdad. De todos los cachetazos que se le han
intentado acertar al insigne Platón, ninguno tan sonoro como este de
Heidegger. Ninguno.
Mome
* Citada por Manuel Vásquez en un artículo llamado “Heidegger-Hölderlin / Filosofía-poesía”
** Ferrater Mora, “Verdad” en su Diccionario de Filosofía.
** Ferrater Mora, “Verdad” en su Diccionario de Filosofía.