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Monday, July 30, 2012

Justo Sierra presencia el cuchi cuchi

Vimos luego el cuchi cuchi, la famosa danza del vientre, bailada o expresada, diremos, por una egipcia de grandes ojos urentes, negros como la hoguera del pecado, de gran boca roja, a manera de herida abierta, y espantosamente sensual sobre la dentadura de marfil africano. A compás de un rítmico movimiento de caderas, el vientre desnudo comienza por plegarse en ondas concéntricas y acaba por verdaderas gesticulaciones convulsivas que le dan un siniestro aspecto de mascarón de fauno epiléptico; no he visto nada ni más curioso ni más horrible. A seguida una blondina y enjuta americana se presentó a hacer lo mismo, y a pesar de sus abominables contosrsiones, no logró sino hacer reír; era la caricatura odiosa y repugnante del cuchi cuchi. No, los cabellos rubios no casan sino con el sensualismo inconsciente de Ofelia o con el pecado sentimental de Gretchen, no con este animalismo erótico de las regiones que el desierto lame con su lengua de fuego.
 
Justo Sierra, En tierra yankee. En el tomo 6 de las Obras completas, UNAM, 1948, p. 174

Justo Sierra presencia el cuchi cuchi [de aquí lo tomé]

Monday, June 11, 2012

Tristeza por Juan Bautista Villaseca

(Fragmento tomado de la revista México en Guardia No. 267 [Respuesta del poeta al 2 de octubre de 1968: Matanza de Tlatelolco])

Las semanas no eran así,
Con un olor a huesos
Dormidos en la pólvora,
Con calles orinadas por el miedo,
Con tanques militares de veneno,
No parecían esquirlas
Que las musas dejaron
Sobre el tiempo,
Ni había un río de sangre
En cada calle,
Ni había tantos ojos
En las cárceles.

No sé si se ha exiliado el corazón
Ni por qué duelen tanto
Las letras de mi Patria.

Juan Bautista Villaseca

Diurno para un perro sin sitio
Como las penas vuelven
a la comida muerta,
al rincón
que bien puede hospedar
la lágrima y la pulga,
como el perro noctámbulo que ha perdido el reloj de los ojos
y el sol se le aparece
como un recuerdo de la luz,
así regreso a ti.

Hay un mosaico que me enfría en tu pecho.
Yo soy el perro que regresa.
No sé vuelvo a ti para morir.
Diurno a las piedras
Quiéreme siempre, piedra, a ti te hablo.
A ti te toco y eres como el viento.
Yo no quiero romperte, yo presiento
que eres como un silencio en el establo.

Yo te acaricio como Cristo a Pablo.
Eres dureza en mi arrepentimiento,
eres cuerpo secreto que caliento.
El ángel quiere conocer al diablo.

Eres un beso seco de dureza.
Ojos nocturnos en la sed del campo.
Eres rostro del tiempo y mi tristeza.

Selva deshabitada, tierra dura.
Explorador del sueño, en ti me acampo.
Quédate como almohada de ternura.

Diurno en la frente
Llevo en la espalda un pájaro sangrado.
No me duele la sangre, sangre en vano.
Mi herida ya le perdonó a la mano.
Pistola de odio se volvió el pasado.

De atrás venimos al futuro alado
—música perseguida por un piano—,
de atrás el escritorio va hasta el llano,
toca la tierra, siembra y se hace prado.

Ácido funeral quema mis dedos.
Están pidiendo tempestad al río,
mi espalda tiene pétalos muy quedos.

Me voy, pero no voy indiferente.
No soy puñal de la melancolía,
mi espalda sangra, mas yo voy de frente.

Diurno para el adiós y un soneto
El día me lastima las dos manos;
son como dos cubetas ya vacías
cansadas de cargar días y días
el agua ahorcada junto a los pantanos.

Y tú vienes conmigo hasta esos vanos
pies de tierra, fríos, adonde huías,
descalza al fin como las alegrías
que siguen los amores hortelanos.

Me he acostumbrado a siempre despedirme,
llevo un fusil tatuado en la palabra.
Te amo amando para no morirme;

deja quedarme ciego y florecerte
para que no te mire el lecho que abra
no mirarte en un niño y detenerte.


Diurno y poesía
Leve es la cicatriz, pero honda la tortura.
El trigo se hace voz del pan eterno.
Siempre llevamos un oculto invierno
en la ceniza que dejó la albura.

Es la ventana a veces tan oscura
que se parece a Dios en el infierno,
pero la vida tiene un vientre tierno,
la eternidad no tiene sepultura.

Me está vistiendo el frío y aún me quemo.
Como una espera la piedad me mira.
Sin la alegría pateo y me blasfemo.

No sé si el día me carga o cargo al día.
Ya no sé quién se asfixia o quién respira.
Se va el amor, mas no la poesía.
♦

Retrato de Juan Bautista Villaseca

  
Diurno para un soneto a México

Este México triste que me duele
en su alegría y en su desventura,
este nopal oscuro que verdura
y hace pájaro al sol para que vuele.

Esta mi Patria mía a que me impele
el ombligo, el maíz, y la tortura;
este verme en un mapa que fulgura
rico y pobre en la vela que me vele.

Este México triste de su suegra,
páramo y tornasol en mesa abierta,
se hace el árbol amargo que me alegra.

México mío, águila que advierte
la puerta siempre de la siempre puerta,
no me dejes afuera de mi muerte.


Diurno para un poema enlutado

Hay poemas que se parecen a la muerte,
son tan silvestres
que nos traen de pronto la ceniza,
bajan de una vida que no pesa,
que se recarga entre los sucios huesos,
rascan la piel,
golpean la serpiente del intestino hambriento;
hay poemas que se parecen a los ríos desnudos,
a una cama sin rosas,
a un niño paralítico en medio de su infancia;
hay poemas como este que yo quiero escribir,
versos tiesos de llanto,
versos que pisan una tarima herida
de esta casa inundada de trampas por el mundo.

Hay poemas que se parecen a la muerte,
poemas rojos de agonía
donde la vida cae como un ganado estéril
cansado de pastar su desventura,
versos que fácilmente olvidarían
el magistrado,
el ingeniero turbio de los dólares,
y alguno que otro estúpido condecorado en la política,
porque esto es necesario,
hay que hablar de los cines,
del prostíbulo verde que sonrió alguna noche,
de cómo nos fue ayer y nos irá mañana,
de cómo nos hacemos pendejos con la flor en las manos,
mientras los hospitales,
los mercados enfermos de pobreza,
los niños que se arrastran en los años,
están afuera de la tierra,
afuera de la luz,
lamiendo los orines
que de limosna dejan caer los millonarios,
mientras afuera del campo
se ha olvidado otra vez de Quetzalcóatl.

Hay poemas que se parecen a la muerte.
Uno se busca en medio del cadáver.
Cuando saca las manos a la vida
se encuentra caminando con un hermano muerto
colgándonos del hombro.

Diurno como un cuento

Érase un campo de concentración
pero de golondrinas,
las jóvenes ardillas te ocultaban
y un recinto de invierno
te cerraba los ojos
con un sueño de brizna
desde las madrugadas…

Érase que era una cárcel
pero toda en el huerto de la espuma,
toda como una rosa en sus vocales
coronada de niños,
toda como una biblioteca de amor
en la lumbre olvidada;
toda como el rocío cercado por la lluvia.

Érase que se eran las cárceles
pero de libertad
en ramos matutinos.

Érase que se eran cuatro paredes solas
pero sólo de amor,
sólo del alba
cuando caminaba a la intemperie.


Este malogrado y casi desconocido poeta nació en México DF en 1932 y murió en 1969, a pesar de su muerte prematura, dejó poemas que muestran su enorme talento.

Cercanía de la ausencia

Nunca pude comprender
por qué le llamaba Dios
y Él me llamaba Juan.

En el agua de mi infancia
se quitaba el antifaz,
a Él le lloraba un huerto
de nardos en tempestad,
nunca me dijo por qué
también le quemaba el pan.

A las basuras del tiempo
se fue mudando esa edad.

Mi traje cambió de pena,
mi zapato de orfandad.

Ya ni el recuerdo recuerda
lo que quiero recordar,
la tierra de mi cadáver
lleva un poco de su cal,
y si algún día lo encuentro
ya Dios no lo llamaría,
ni él me llamaría Juan.


(Al poeta Luis Alvelais Pozos) 



Diurno del bar

El bar
es el exilio de un sonámbulo
que llega hasta la barra y se suicida.
El bar es el obrero,
es el agricultor y es el poeta,
que tristes ya de hablarle al sindicato,
al campo,
y a la vida,
se van a oír cómo les suena el alma
entre los vasos.
El bar es un puñal de doble sueño.
En la puerta,
como en esas películas en donde el olvido dice pan o muerte
dejamos un caballo con un fardo de angustia.
Cuando olvidamos de la boca el vaso,
cuando nos vamos otra vez al tiempo,
cuando el alcohol sonrió frente al hambre,
nos salimos del bar a ver el viento.
...Y el caballo allí está.
Le montamos de nuevo la tristeza
y nos vamos cansados a la noche
con un galope lento
que despertando el polvo
vuelve otra vez hacia la lejanía.

Diurno para un reloj perdido

Hoy he empeñado
Como otras tantas veces mi reloj.
Se adelantaba tanto a mi pobreza
que al hotel estrellado de la noche
le despertaba el sol.
El tiempo no goteaba,
era un río,
quería todas las estaciones
para vivir un día.
Las horas se salían de su jaula
saludando una vida anticipada.
Mi reloj no servía,
era como una hora que se escapa
para decir al árbol que llegó la aurora,
mi reloj no servía,
pedía que llorara más aprisa,
y así me amontonaba la hora del melón
que sangra la sandía desde lejos.
Pero estaba inservible,
me adelantaba hasta los cobradores
a interrumpirme siempre en la paz,
y era como toda ilusión
un inexacto.

Diurno a mi soledad

Soledad,
seca manzana
que acaricio en la última bolsa de mi saco,
qué extraña muerte tengo
para guardarte junto de mi vida.
Es cierto, llega un beso,
el coágulo de sangre de la tierra,
llega un amigo con el plato roto,
apenas llega un pétalo a mis versos
y busca pasaporte hacia algún huerto,
llegan las estaciones vendedoras del sol,
y llega alguna noche
y me pide un sarape para el frío,
llega a verme mi madre
que nunca me visita,
llega el mismo traje,
y el llanto de madera de esta silla cansada de mi sombra
y llego yo otra vez a verme de espejo a espejo
con la piel encima.
Ay soledad
qué suerte tengo que tú me esperes
en la última bolsa de mi saco.

Pañuelo para un poeta distante

Era como la tierra, una argamasa
sin picaportes para la alegría,
alquilaba sus huesos, se dormía
como un limón soltero que se casa.
Yo lo miraba herirse en esa gasa
que cobijó en un beso la agonía,
venía obrero del dolor, venía
capitán de una lágrima a mi casa.
Una tarde abandonó su equipaje
de distancias. Se fue silbando el viaje
como los ferroviarios que se van...
Un vaso entre los bares quedó ausente.
Y le decía el océano lejanamente:
"te olvidaron los puertos, capitán"

Elogio de tu oído

Se te perdió,
se te perdió la oreja
pero no el corazón.
¿A dónde fue mi voz,
entre qué calles,
en qué trenes se fue trapecista del viento hacia la vida?
Te olvidaste que sonaban los pájaros a río triste,
a soledad de hojas,
a niños florecidos en las rocas,
a pastores aéreos
cayéndose de pronto hacia el paisaje.
Se te perdió,
se te perdió la oreja
pero no el corazón.
Porque no sólo somos de metal y miedo,
la luz no va como una piedra al pecho.
Yo te toco los senos y me escuchas,
yo me hundo en tus ojos y me escuchas,
yo me hiero en tu boca
y tú me escuchas,
yo me apago en tu cuerpo
y tú me escuchas.
Como el mundo está sordo
te quejas como el mundo.
Ahora golpeo los muebles,
los libros,
las palabras,
para que tú nunca sepas que estás sorda.

Réquiem

La ciudad de una lágrima
se me hizo hueso y mejilla,
ciudad de panal sombrío,
música inmóvil de luto
con noche de anteojos ciegos,
arcilla de lenta paja
con funerales de espuma,
qué lástima de la lástima
que no deja abrir la boca,
qué lástima tantos duelos.
En la ciudad de una lágrima
cabe mi propio cadáver.


Monday, April 30, 2012

Sor Juana Inés de la Cruz

Si los riesgos del mar considerara,
ninguno se embarcara; si antes viera
bien su peligro, nadie se atreviera
ni al bravo toro osado provocara.


Si del fogoso bruto ponderara
la furia desbocada en la carrera
el jinete prudente, nunca hubiera
quien con discreta mano lo enfrentara.


Pero si hubiera alguno tan osado
que, no obstante el peligro, al mismo Apolo
quisiese gobernar con atrevida
mano el rápido carro en luz bañado,
todo lo hiciera, y no tomara sólo
estado que ha de ser toda la vida.




Wednesday, February 8, 2012

Juan Miguel Zunzunegui

JUAN DIEGUITO: EL MEXICANO CHIQUITO y su Virgencita de Guadalupe

Juan Miguel Zunzunegui
Por siglos le han dicho al mexicano que es el resultado de una humillante derrota y dolorosa conquista; de la destrucción del que llamamos “nuestro” pasado prehispánico en manos de los españoles. El mexicano vive desde entonces con la eterna esperanza de que algún día su futuro mejore, aunque no hace nada para provocar dicha situación, y contrario a eso; vive encerrado en el mítico, romántico e hipotético pasado que se ha construido.
Parte de ese pasado, eternamente presente, es la virgencita de Guadalupe; que es, aunque no se quiera ver, entender o aceptar, parte fundamental de dicha conquista. México no existía cuando Cortés piso este suelo, habitado más bien por una amalgama de culturas diversas, con distintos idiomas y religiones, sin un poder central, sin territorios definidos. Esto no era un país.
Y Cortés apareció trayendo con él, no sólo a sus soldados, sino a sus ideas, y desde luego, su religión. La península Ibérica se había unido gracias al catolicismo y era don Hernán un ferviente católico, y además, un fiel devoto a la Virgen de su tierra extremeña: la Virgen de Guadalupe, con la que sustituyó a la Tonantzin madrecita de los indios.
Hoy cuenta la leyenda que la Virgen se apareció a Juan Diego para ofrecerle consuelo, no a él únicamente, sino a todo su pueblo: a los conquistados; consuelo por haber sido conquistados. Pero al mismo tiempo es obvio que la aparición de la madre del Dios católico, reitera que la fe de los conquistadores es la verdadera…, en el fondo, esa virgencita piadosa le dice a los conquistados que está bien que los conquisten..., por la salvación de su alma.
No fue Cortés, sino su Virgen, quien conquistó a los indígenas de Mesoamérica; fue su Virgen la que embelesó a los indios, fue ella quien los acogió dentro del seno del catolicismo, la fe de los conquistadores, fue ella, la madre celestial quien terminó de llevar a cabo esa conquista…, pero eso sí, dando consuelo.
Pero ese consuelo es a Juandieguito, siempre así, en chiquito, el más pequeño de sus hijos, el humilde, el pobre, el indio conquistado. ¿El mexicano es Juandieguito?, ¿somos o queremos ser eso: el chiquito, el pequeño, el humilde? Juan Diego, santo o no, existente o no en la vida real, es el símbolo del conquistado…, el pequeño indio humilde que requiere consuelo de la Virgen.
En México hablamos bonito y nos encantan los diminutivos…, como Juandieguito. Pero puede uno analizar que, en muchas ocasiones nos referimos en diminutivo, sobre todo en ciertas clases sociales, a lo que vemos pequeño, a lo que observamos por arriba del hombro, a lo que ninguneamos. Esa es por ejemplo nuestra forma muy particular de discriminar y ser racistas, aunque sea de forma inconsciente. Mucha gente dice, siempre con tono de ternura: “el indito”, el prietito”, “el negrito”…, precisamente porque los ve así como a Juandieguito; así, poquita cosa.
¿Qué México queremos ser en el siglo XXI? Basta de ser los pequeños, los chiquitos, los humildes, los derrotados, los descendientes de una capitulación…, los que requieren consuelo, y además que éste venga desde el cielo. Ese México será siempre pequeño y jamás llegará a nada.
Pero además ya tendríamos que decir que no somos Juandieguito.¿Vamos a seguir siglos y siglos pretendiendo que somos conquistados, usando ese pretexto para justificar lo que sea?, ¿vamos a esperar eternamente el consuelo de una madre amorosa?, ¿vamos a ser eternamente pequeños, a ser eternamente niños?
Si Juandieguito es el indio conquistado que requiere consuelo, pues muy bien; pero el mexicano de hoy no es hijo de Juan Diego, ni es descendiente del azteca, ni es el indígena conquistado. El mexicano es un mestizo, es la fusión de lo indígena con el español; México ni el mexicano existirían sin el español, por lo que no somos hijos de una derrota.
La virgencita consuela a los conquistados, la madre celestial domó y sometió a los conquistados, los entregó a los brazos de la Iglesia de los españoles y por lo tanto a su dominio; la virgencita consumó la conquista espiritual. La Virgen de Guadalupe, la imagen traída por el mismísimo Cortés, el culto impuesto por el llamado conquistador se convirtió en el máximo culto de los mexicanos.
Desde entonces y hasta el siglo XXI, sin saberlo, muchas cosas se esconden tras la guadalupana: la Tonantzin de los indios, la conquista espiritual, el culto de Hernán Cortés, fraudes y engaños con los que la Iglesia ha sometido, somete y someterá a los más pobres. Con el pretexto de la virgen consoladora de los conquistados, la Iglesia los exprime más y más.
Con el guadalupanismo el pueblo mexicano exalta la humildad y la pobreza como virtudes, mientras el clero guadalupano es todo menos pobre y humilde. Esas supuestas virtudes, por cierto, no han catapultado jamás a un país hacia al futuro, y no lo harán con nosotros.
Ninguna divinidad ha sacado a un país adelante; es evidente que la Virgen no ha logrado sacar a México hacia el progreso, y tal vez sea porque esa no es su chamba. Pero México a veces parece que pretende dejarle toda la chamba a la guadalupana. La Virgen de Guadalupe formó este país en sus diversas etapas, pero la Iglesia y las elites se apoderan de ese culto y de la ignorancia para mantener el sometimiento. ¡México, la pobreza no es una virtud!
Podemos seguir el ejemplo de Juandieguito: ser humildes y chiquitos, ser pequeños y simples, así, poquita cosa. Ahora que es santo incluso podemos arrodillarnos ante él y alabar esas supuestas cualidades, venerar su pequeñez, su derrota, su ser conquistado.
También podemos cambiar de virtudes y querer ser grandes y orgullosos, ser nobles altivos y encumbrados…, podríamos venerar eso y aspirar a ello.
Han pasado siglos desde la llamada conquista, desde que el español sometió al indígena, y éste último jamás se ha liberado. No fue parte de la independencia ni le hizo justicia la revolución, y sin embargo encuentra consuelo en la virgencita que hace 500 años le impuso el llamado conquistador. Su madre amorosa que no lo deja salir de su regazo, y lo hace, por lo tanto, inútil.
Eso significa Juandieguito y eso se venera en su supuesta santidad. Ese mexicano es pequeño y se conforma con lo que es y con lo que tiene, sin aspirar, sin anhelar…, con la esperanza de la “otra vida” en la que todo será recompensa; y desde luego, donde se reunirá de nuevo con su eterna madrecita.
El mexicanito confía siempre en su madre celestial, que además lo quiere por ser pobre y humilde…, por ser conquistado. Así, con los ojos puestos en la Virgen de Guadalupe, el mexicano sigue inmóvil, reza, agradece lo que sea que reciba; agacha la cabeza, se somete. El mexicano espera, siempre espera; en México no pasa el tiempo. Ahí sigue la morenita del Tepeyac, observando nuestra eterna conquista; tal vez como la madre eterna, agradecida de que sus retoños nunca dejen el nido…, o tal vez ahí, muda desde su altar, desesperada de ver como sus hijos dependen eternamente de ella, que no se alejan, no maduran, no crecen, son eternamente niños y perpetuamente conquistados.
MÁS REFLEXIONES E INFORMACIÓN AL RESPECTO DEL GUADALUPANISMO EN MI LIBRO “El Mito Guadalupano, símbolo de eterna conquista”

"El Llano en Llamas" de Juan Rulfo

¿Qué hay detrás del "llano en llamas" de Juan Rulfo? Un espectacular folclorismo autocomplaciente o sencillamente una profunda autocrítica a nuestra idiosincrasia. Cuando se lee: “-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.” Se descubre un Rulfo festivo y engreído con nuestra idiosincrasia o es, quizás, ¿el grito apagado de un colonialismo lerdo que no deja a nuestra mexicanidad modernizarse? O, qué decir de Anacleto Morones cuando exclama: “¡VIEJAS, HIJAS DEL demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión.” ¿Es este un Rulfo categórico y macho?; o, tal vez, ¿es la expresión fina de una denuncia: credulidad y modernidad no encajan? Leer “El Llano en Llamas” de Juan Rulfo permite imaginar un México posible desde la mazmorra de una idiosincrasia maravillosamente opresora donde incluso sonreímos.........

Juan Rulfo - Wikipedia, the free encyclopedia


 

¡Diles que no me maten! - Juan Rulfo - Ciudad Seva

Anacleto Morones, Juan Rulfo (1918-1986)