De vez en cuando alguien le pide unos poemas. El señor Scardanelli improvisa alguna composición muy breve, casi siempre una variación paisajística sobre la armonía entre el hombre y el mundo visible en el curso de las estaciones del año, y firma: «Vuestro humilde servidor, Scardanelli.» Al entregar sus versos al visitante, Scardanelli lo mantiene a distancia mientras lo abruma con títulos hiperbólicos y exageradas muestras de ceremonioso respeto. Lo más impresionante, sin embargo, es el contraste entre la serenidad luminosa de los versos transparentes y seguros y la falta de continuidad —como una disolución interior de la conciencia— en los pensamientos de Scardanelli.
Antes, Scardanelli no se llamaba Scardanelli; se llamaba Hölderlin, y mientras vive encerrado en la torre del carpintero, se van publicando buena parte de las obras, escritas antes, que hacen de él uno de los más grandes poetas del Romanticismo. El precio que ha pagado es, sin embargo, muy alto. A los treinta y un años, Hölderlin escribía a un amigo: «Tengo miedo de que me ocurra como a Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podía digerir.» Es el primer aviso: cuatro años más tarde, un médico dirá que su locura se ha hecho frenética; cinco años más tarde habrá que internarlo. Morirá, dulcemente, a los setenta y tres, sin agonía.
El destino de Hölderlin es una inmolación. Como la locura de Schumann, la de Hölderlin parece la señal suprema de la posesión del hombre por un absoluto demasiado fuerte y que lo cuartea. El individuo extravagante, sometido y exageradamente educado, para quien el mundo se había reducido a las dimensiones de una habitación y al paisaje que le era visible desde la ventana, no desmiente quizá, sino que corrobora, el poeta amplio y visionario de los años de lucidez. Quizá lo que Hölderlin llegó a conocer, al convertirse en Scardanelli, no era sino la síntesis final de lo que buscó, convulsiva y patéticamente, mientras se mantuvo cuerdo. En la paz de la locura vio la otra cara del mundo.
(14 de noviembre)