HEINRICH VON KLEIST: MICHAEL KOHLHASS

La breve existencia de Heinrich von Kleist (Frankfurt del Order, 1777-Wannsee, 1811) reúne todos los elementos del Romanticismo alemán: una estricta exigencia estética, que lucha por trascender los límites de la Razón; una aguda megalomanía, que sitúa al yo en el centro de la creación artística; un saber intuitivo, que nace de una desordenada libertad interior; una pasión por la vida, sin fuerza para neutralizar el nihilismo, y el encuentro fatal con la Muerte, escenificado como una tragedia clásica, donde el hombre se inmola para desafiar al destino y afirmar su voluntad.

Cioran afirmaba que es imposible leer a
Kleist sin presentir que el suicidio precede a su obra. Su decisión de
quitarse la vida no puede atribuirse a una desesperación espontánea.
Tras abandonar la carrera militar y mantener un doloroso noviazgo,
Kleist comienza su carrera literaria con enormes dudas, que le empujan a
no firmar sus primeras obras (La familia Schroffenstein) o a destruir algún manuscrito para reconstruirlo más tarde (Roberto Guiscardo).
Sus inseguridades conviven el ansia de gloria y el aborrecimiento del
mundo. Su identificación con el ideal rousseauniano de regreso a la
naturaleza sólo es algo pasajero. Sus oscilaciones testimonian una
búsqueda intelectual y artística, pero también un desequilibrio mental.
Su encuentro con Goethe, que reconoce la inspiración de algunas
comedias, pero se muestra implacable con Pentesilea (1808), exaspera su inestabilidad. En 1811 aparece Michael Kohlhaas,
un elogio de la rebeldía frente a la arbitrariedad del poder. El
respeto a la norma es irrelevante cuando emperadores o príncipes
pisotean los derechos del individuo. Invirtiendo el axioma socrático,
Kleist opina que es preferible infringir la ley que soportar la
injusticia.


Con problemas materiales y sin el
reconocimiento que anhela, Kleist resuelve poner fin a una existencia
marcada por el fracaso y el sufrimiento psicológico. En una nota,
asegura que su dolor quedará compensado por “la más dulce de las
muertes”. Nueve días más tarde, un paseante se cruza con él y su amiga
Henriette Vogel. Ambos parece felices mientras bordean el lago Wannsee.
Hacia las cuatro, se escucha dos disparos. Una carta redactada la noche
anterior, anuncia “estamos muertos en el camino de Potsdam”. Cioran
afirma que los solitarios de espíritu sólo consiguen la paz definitiva
cuando conocen la perfecta soledad de la muerte. La prematura
desaparición de Kleist, que frustra cualquier expectativa vital o
artística con tan sólo treinta y cuatro años, desbarata cualquier
complacencia con el suicidio, evidenciando la ligereza de algunos
pensadores que confunden la aflicción con una figura literaria.


Michael Kohlhaas narra la historia de un tratante de caballos que organiza una insurrección para vengar un ultraje. El Junker
Wenzel von Tronka, un aristócrata de la antigua Prusia Oriental,
retiene dos de sus mejores caballos, aprovechando su paso por su
fortaleza. Kohlhaas confía el cuidado de los animales a un criado, pero a
su regreso descubre que su empleado ha sido apaleado y expulsado del
castillo y los caballos, dos magníficos ejemplares, entregados a labores
de campo, hasta la extenuación. Su aspecto es tan lamentable que
parecen carne de matadero. Kohlhaas recurre a la justicia, pero su
reclamación es desestimada. Humillado y escarnecido, decide desprenderse
de sus propiedades y elevar su protesta hasta el Príncipe Elector. Ante
la perplejidad de Lisbeth, su mujer, afirma que no desea vivir en un
país que no defienda sus derechos. Lisbeth intenta hablar con el
Príncipe, pero uno de sus soldados le propina un golpe en el pecho y,
pocos días más tarde, muere ante la impotencia de su marido, que
enloquece y decide tomarse la justicia por su mano. Tras formar un
pequeño ejército de forajidos, asalta la fortaleza del Junker y las ciudades en las que se refugia, huyendo de su venganza.


Kohlhaas es un personaje histórico, de
nombre Hans, pero al que Kleist prefirió llamar Michael para establecer
una analogía con el arcángel que venció a las legiones de Satanás.
Representado con armadura del general romano y con una lanza o espada,
la sensibilidad romántica de Kleist confirió sus poderes a un hombre
común, atribuyendo al pueblo el legítimo derecho de luchar contra la
tiranía. El relato es un grito de protesta contra el imperialismo
napoleónico, una invitación a la guerra para restituir la libertad. La
exaltación del heroísmo no oculta el lado terrible de la guerra. Las
huestes de Kohlhaas no respetan la vida de niños ni mujeres, incendian
las plazas conquistadas y se dedican al saqueo. Kohlhaas mantiene la
disciplina con castigos ejemplares, ahorcando a los que le desobedecen.
Saturada de rasgos de la estética romántica (profecías, gitanas,
sentimientos exaltados, nacionalismo), Michael Kohlhaas también
anticipa algunos aspectos de la novela moderna: la impotencia del hombre
ante un poder irracional, el conflicto entre instinto y civilización,
el furor exterminador, que se legitima en una burocracia absurda, la
aparición de las masas, que usurpan el lugar del individuo. La guerra de
Kohlhaas recuerda la vesania de Lope de Aguirre, pero su final no es
menos atroz que el de Josef K., aniquilado por una razón de Estado que
sólo se preocupa de evidenciar su poder. La prosa de Michael Kohlhaas
carece de retórica. Es una prosa de enorme precisión, que avanza sin
estancarse ni perder la inspiración. La entrevista de Kohlhaas con
Martin Lutero refleja la clarividencia de Kleist: la exclusión es tan
intolerable como la asimilación. En cualquier caso, el hombre está
perdido y la felicidad sólo es una precaria ilusión.


RAFAEL NARBONA






