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Tuesday, May 31, 2016

La poesía de Julio Cortázar

Escribir pájaros. La poesía de Julio Cortázar/ Andrés García Cerdán




Ahora escribo pájaros.
No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
una bandada de palabras
posándose
una
a
una
en los alambres de la página,
chirriando, picoteando, lluvia de alas
y yo sin pan que darles, solamente
dejándolos venir. Tal vez
sea eso un árbol

o tal vez
el amor.[1]

Las palabras son pájaros que libremente acuden a los alambres de la página, al árbol de la vida. La escritura no se elige, se escucha, se asume distraídamente. El asombro y la distracción ofrecen al poeta oportunidades inéditas de crear –y ser creado– desde una libertad insospechada, y así rebasar los márgenes que sociedad, cultura, ideología o tradición le imponen. La distracción permite al poeta participar de profundis en la realidad. Podríamos decir que distracción y palabra poética son revolucionarias en tanto entrañan la posibilidad de escapar a cualquier forma de premeditación o censura. Frente a las restricciones del pensamiento convencional, la poesía apuesta por la autenticidad implícita en las excepciones, las irregularidades y los sueños, eso que nos salva de la Gran Costumbre y que nos da una perspectiva inesperada de lo real. El lenguaje al que Cortázar aspira, morellianamente adánico y matinal, se desenvuelve siempre en un proceso incesante de entusiasmo y consumación.
La poesía cortazariana lleva inscrita genéticamente la necesidad de ser más, de ir más allá de cualquier poética impuesta y de conciliar las respiraciones de la vida y el arte en la construcción de un texto que crezca por encima de todo discurso previsto. La negación de lo metódico y lo discursivo, que aherrojan el hecho creativo, hace posible el asalto de los otros territorios. Desde esa voluntad distraída, Cortázar nos lleva a contemplar el “verdadero día onírico” y la inmensidad del juego. Será la palabra poética el hálito en que se consolide nuestra vocación humana original: el encuentro a deshoras con un nuevo tiempo y un nuevo espacio, el hallazgo de un lenguaje en expansión y el descubrimiento del hombre nuevo.

“Discurso del no método, método del no discurso, y así vamos.
Lo mejor: no empezar, arrimarse por donde se pueda. Ninguna cronología, baraja tan mezclada que no vale la pena. Cuando haya fechas al pie, las pondré. O no. Lugares, nombres. O no. De todas maneras vos también decidirás lo que te dé la gana. La vida: hacer dedo, auto-stop, hitchhiking: se da o no se da, igual los libros que las carreteras.
Ahí viene uno. ¿Nos lleva, nos deja plantados?”

Este breve y sugestivo escolio es el atrio de Salvo el crepúsculo (1984), el lugar desde donde Cortázar articula su poética ya muy al final de su vida. Por ello y por la densidad de lo implicado, este texto es un punto de partida. El juego de palabras, “discurso del no método, método del no discurso”, quiasmo conceptual y sintáctico, círculo lírico, onírico, que no acaba de cerrar, que “se arrima”, palíndromo, aleph teórico, se sustenta en una aparente paradoja. A conciencia se ha adueñado el argentino del adagio cartesiano, para subvertirlo, para convertirlo en rebeldía. En realidad, en su negación del método y el discurso hallamos una afirmación poética y vital. Salvo el crepúsculo, como el resto de su obra, no obedecerá más que a los órdenes de la rara baraja de la memoria y a un impulso solar. Un libro –nos dice- es un viaje. El lector también decide. El poeta se deja arrastrar por el poema.
Este no método supone, en principio, un alejamiento de lo teleológico o lo prescriptivo. Cortázar rehúsa cualquier tipo de sumisión ideológica o estética. Si el método guarda un orden directivo, una lógica o una estructura, en Cortázar lo que prima es una no-lógica, acaso una “metodología afectiva”. De otro lado, la proximidad de “discurso” a lo formativo o lo sistémico sitúan este concepto en las antípodas de la idea alquímica y desbordada que Cortázar tiene del poema. A nuestro poeta el discurso le recuerda inevitablemente el tablón del entomólogo, abarrotado de mariposas disecadas, ordenado, científico y, a la postre, muerto.
La ausencia de partitura del jazz, por el contrario, le fascinará. Ya entre los primeros textos de Presencia nos encontramos con una dedicatoria a esa “liturgia ronca”, entre lo sagrado y lo bohemio, “fuera del molde y de la escuela”[2]. En el jazz se juega en esencia con una improvisación sobre la base de una estructura musical, un leitmotiv que sirve de guía. La improvisación -take- provoca que una misma pieza, al ser ejecutada cada vez, si bien es la misma, siempre es otra. Se abren, pues, los caminos de una textura poética en que la intuición, la mutabilidad y el instante son componentes fundacionales.
Como en el jazz, el orden del poema, su estructura, su estilo serán resultados naturales de un proceso humano, una insistente búsqueda de raíz ontológica, que no ha de ceder a las regularidades de lo “estéticamente” correcto. La poesía, como quería John Keats, ha de surgir con la naturalidad con que le brotan las hojas al árbol, con que se acerca el gorrión a su ventana. Contra la artificiosidad, los “orientalismos” y la retórica, Cortázar esgrime un argumento tan clásico y tan absolutamente moderno como la “naturalidad”[3]. Frente al profesional, el argentino defiende la autarquía, la escritura amateur y marginal, el defecto por el que se escapa al aburrimiento, la improvisación, la ausencia de esquemas... Es responsabilidad del poeta establecer un orden de ruptura, un orden más alto en el mundo.

“Hablo de la responsabilidad del poeta, ese irresponsable por derecho propio, ese anarquista enamorado de un orden solar y jamás del nuevo orden o del slogan que hace marcar el paso a cinco o a setecientos millones de hombres en una parodia de orden.”

Es obvio que las raíces de ese “orden solar” lo hacen heredero de la metafísica nietzscheana, del horizonte visionario de Rimbaud, de la excepcionalidad de Alfred Jarry, de los hilos patafísicos de Marcel Duchamp, de la lógica afectiva de Julien Benda, del inconsciente freudiano, del maremágnum surreal, de la provocación lúdica de Oulipo, de la crisis de los géneros que se opera con rotundidad en la “movediza modernidad”. El orden desde el que se comunica y se recibe el mundo es un orden existencial. Es, por ende, un orden órfico. Podríamos concluir que ese orden es el de una realidad mítica que necesita ser convocada mediante el exorcismo y el ensalmo de la poesía. Desde la distracción, desde el intersticio, la amenaza “paralela” que el poeta supone para la sociedad es una amenaza onírica.

“El Minotauro es el poeta, el ser diferente de los demás, completamente libre. Por eso lo han encerrado, porque representa un peligro para el orden establecido.”

Al arte de la totalidad al que aspira Cortázar sólo se accede desde “la trascendencia de los límites”. El suyo es un ejercicio natural de transgresión de las normas, insumisión en la que el lenguaje cumple un papel esencial: cesa de ser un mero vehículo expresivo para ser todo él “presencia de lo expresado”. Cortázar describe la experiencia de forma muy gráfica:

“Se asiste allí a la oneness, al encuentro en lo hondo, a la instancia última donde ya no hay poeta, no hay hacedor, él es la boca donde la poesía se hace beso, la carne donde la herida da ser a la espada.”

Con Octavio Paz diremos que Cortázar busca “un arte de la totalidad” y que “su camino para arribar a él es lo fragmentario”. Para Saúl Yurkievich, Cortázar “patrocina una poética antropológica o una antropología poética que haga de la palabra la manifestadora de la totalidad del hombre”[4]. En su obra, nuestro poeta se entregará a la conquista del conocimiento que le rinda el hallazgo del hombre total: el aparencial y el profundo, el lógico y el intuitivo, el racional y el sensual.
Descreyendo de los métodos racionalistas y los grandes paradigmas del pensamiento, sus poemas proponen siempre una aventura individual de conocimiento. “Todo poema es –como quería José Ángel Valente- un conocimiento haciéndose.” Sus críticas a la cultura, a la sociedad, al lenguaje van siempre en esa dirección: la irrupción en algo más real, la unidad del hombre, la visión del sí mismo como paso a una visión social nueva. En ocasiones enarbola la necesidad del pensamiento mítico. Otras veces defiende la emergencia de una racionalidad antropofánica que deje paso a las fuerzas de adentro y de afuera y a esa otra vida que alienta en el lenguaje.

En cuanto a los contextos desde los que hemos de contemplar su poesía, diremos que Cortázar pertenece al grupo de poetas del 40, definido como “neorromántico” o bajo el marchamo de “Orfeos argentinos”. Su evolución, sin embargo, le conferirá esa aura especial que lo hace único, con énfasis desde el exilio a París, su contacto con las nuevas oleadas de vanguardia y su toma de conciencia en cuestiones sociopolíticas. Cronológicamente, la obra poética cortazariana se encuadra en el período que va del martinfierrismo argentino de los años cuarenta a las variadas propuestas posmodernas de la segunda mitad del siglo. Coincide en el tiempo con escritores de la solidez y la trascendencia de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal u Oliverio Girondo, que representan en conjunto una cosmovisión poética hispanoamericana con rasgos propios.
Para el público lector Cortázar es ese argentino que escribió Rayuela en París. Es muy conocido y recordado como cuentista y como padre de los cronopios, como cronopio él mismo. En principio, cualquier lector avisado percibe las corrientes, los impulsos poéticos que atraviesan su obra narrativa y ensayística. En su caso, ser escritor es una categoría que trasciende los usuales límites artísticos y las casillas genéricas.

porque ser escritor poeta/novelista/narrador
es decir ficcionante, imaginante, delirante,
mitopoyético, oráculo o llámale equis,
quiere decir en primerísimo lugar
que el lenguaje es un medio, como siempre,
pero este medio es más que medio,
es como mínimo tres cuartos. […]
y hay otra cosa, simple y grave:
no se conocen límites a la imaginación
como no sean los del verbo,
lenguaje e invención son enemigos fraternales
y de esa lucha nace la literatura,
el dialéctico encuentro de musa con escriba,
lo indecible buscando su palabra,
la palabra negándose a decirlo
hasta que le torcemos el pescuezo
y el escriba y la musa se concilian
en ese raro instante que más tarde
llamaremos Vallejo o Maiakovski.

En este estudio sentamos la innegable condición de poeta de Cortázar. Por un lado, la cantidad de poesía que escribió es inmensa. En la edición de Poesía y poética de Galaxia Gutenberg el volumen ocupa más de setecientas páginas. De otra parte, quien llega a la poesía de Cortázar acaba de entrar en un mundo efervescente, variado, entusiasta, poliédrico y feraz. La obra completa del argentino apenas se puede concebir sin la inestimable contrapartida poética. Aduciríamos finalmente que poeta es quien escribe poemas, y no sólo aquel que los publica de forma concienzuda.
Julio Cortázar (1914-1984) escribió poesía durante toda su vida. En líneas generales, es posible decir que la fue guardando para sí por razones diversas. Se trata en su caso del “oficio ensimismado”, de una “manera de estar solo”, del “decirse a sí mismo”. Sus poemas son hojas secretas de un gran cuaderno de bitácora en el que trabaja con constancia.
Los títulos de poemarios son, en principio, los siguientes: Presencia (1938), Pameos y meopas (1971), Le ragioni della collera (1982, en italiano; 1995, bilingüe), Un elogio del 3 (póstumo, 1990), Negro el 10 (1983) y Salvo el crepúsculo (póstumo, 1984). Habría que hacer referencia a los libros de todo tipo en los que incluye poemas: Dos juegos de palabras I, Divertimento (1988), Dos juegos de palabras II: Tiempos de Barrilete (1950), El examen (1986), Diario de Andrés Fava (1995), Historias de cronopios y de famas (1962), Rayuela (1963), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), Buenos Aires, Buenos Aires (1968), 62/Modelo para armar (1968), Último round (1969), Libro de Manuel (1973), Territorios (1984), Un tal Lucas (1979) y Nicaragua tan violentamente dulce (1983). Por último, muchos de sus poemas, por no decir la mayoría, quedaron inéditos, desaparecieron o acaso alcanzaron una divulgación privada. Otros durmieron en cuadernos, manuscritos o ejemplares mimeografiados hasta la edición global. Otros 15 poemas acaban de ser encontrados entre los Papeles inesperados de París.

La fragua de la escritura cortazariana ocurre entre 1938 y 1951. Por su parte, críticos como Daniel Mesa Gancedo o Francisco Urondo conceden una importancia notable para la configuración generacional al Concurso Martín Fierro de 1940, al que Cortázar concurrió y que tuvo como ganador a Juan Rodolfo Wilcock. Este podría ser el acontecimiento generacional, en tanto da la pauta del clima poético del momento. Si el criterio es estético, a estos jóvenes de la generación del ’40 se los llama esteticistas[5], “melancólicos”[6] o “elegíaco-sentimentales”[7]. La nómina “nebulosa” del grupo incluye a escritores nacidos en torno a los años 10. Los poetas más representativos son Enrique Molina, Olga Orozco, Vicente Barbieri, Juan Rodolfo Wilcock, Eduardo José Bosco, Ana María Chouhy Aguirre, María Granata, Eduardo Jonquières, Juan G. Ferreira Basso, entre otros. Es especial el lugar que ocupan Aldo Pellegrini, César Fernández Moreno, Edgar Bayley o Alberto Girri, en quienes se aprecian pronto las influencias de invencionismo y surrealismo y una depuración de lo neorromántico.[8]Especial es, asimismo, el lugar de Cortázar, que apenas aparece en ninguna antología, en ningún elenco y que, sin embargo, publica en 1941 lo que para Jaime Alazraki es el manifiesto de esta generación: “Rimbaud”[9]. La década de los 40 es para nuestro poeta una época preñada de hallazgos y estímulos, pero será el viaje a París lo que suponga su inmersión plena en la “tradición de la ruptura”. En el Altazor de Vicente Huidobro halla Cortázar “Un buen programa” para sí mismo:

Poeta
Antipoeta
Culto
Anticulto
Animal metafísico cargado de congojas
Animal espontáneo sangrando sus problemas[10]

Cortázar ha ido virando desde mediados de los años 40 hacia las aventuras de la vanguardia, la reflexión metafísica, la inquisición existencial y el decidido compromiso social. El exilio lo convierte en una “esponja” de novedades y tendencias y al mismo tiempo en una voz sólida en la defensa de las aspiraciones de la literatura hispánica, con un innegable sesgo de denuncia e innovación.

“Poemas que como casi siempre indignarán a muchos; poco me importa a la hora de escribirlos o de darlos, para mí la poesía es una piedra de afilar, prepara siempre alguna cosa para el combate de adentro o de afuera (6 de mayo de 1974).”[11]

Los años 60 han presenciado la madurez poética de un autor que no ceja en su aspiración de cambio y autenticidad y que, sin embargo, se sabe escritor entre dos aguas del siglo, testigo de un cambio radical de perspectivas en el arte, entre la modernidad y la posmodernidad. 1968 será en muchos sentidos un año clave. El encuentro con la revolución cubana y el mayo francés significarán en su obra otra vuelta de tuerca.
En lo que respecta a la poética, he procurado establecer los grandes pilares que vertebran y definen su obra. Cortázar hizo de la poesía, como César Vallejo, Federico García Lorca, Fernando Pessoa o Louis Aragon, el secreto de su vida, un secreto a voces. El poema cortazariano es, ante todo, expresión de lo posible: el otro yo, la otra realidad, el otro lenguaje. Desde esa consciencia y esa esperanza escribe el argentino. Más allá del discurso, la escuela, el canon, hay una baudeleriana intención “irregular” que convierte el hecho poético en una aventura que no cesa. Esa bizarría sorprendente, esa excepcionalidad vital y literaria (él se preguntaría si acaso existe alguna diferencia entre vivir y escribir) ha de ser leída desde el registro de lo inmarcesible y lo inacotable y desde los criterios fecundos de la intuición y el utopismo crítico.
Así, hablamos para su creación poética de un sostenido entronque mítico. Como Roland Barthes apunta, hay “una mitología del arte de escribir que […] tendrá por objeto las obras atravesadas por el gran escritor mítico en el que la humanidad pone a prueba sus significaciones, esto es, sus deseos.”[12] El poeta se acoge a las inmensas posibilidades de la paravisión mítica y el pensamiento analógico-metafórico. Se ha convertido de nuevo en un médium ambicioso, capaz de manifestar alquímicamente la otra realidad. La magia del verbo dará la pauta de la posesión mitopoyética. El de Cortázar es un esfuerzo por regresar al estadio naturalmente mítico del hombre y del arte. En “In memoriam Gieseking”, reconoce ese sonido primordial al que el canto nos retrae:

Música, flecha de aire; un pájaro ya herido
canta, y es lo que oímos. El canto nos devuelve
apenas al sonido primordial, a lo que atisba
el cazador, arriba, en lo más alto,
solo, víctima de su víctima, desterrado.[13]

El canto cortazariano será un regreso a una originalidad sagrada:

y poco a poco retrocedo al canto original, a la pureza extrema,
al oprobio de la infancia, a la saliva dulce de la leche,
al existir en aire y fábula, al modo en que se accede y se conoce,
para conmigo hacerte pan, para en eterno desleírte.[14]

Percy Bysshe Shelley y Octavio Paz defienden que el poeta ha de pertenecer, en puridad, a un orden mítico, primitivo, no marcado por la civilización.[15] En su órbita celeste bullen las más ancestrales y originales señas de lo humano. El suyo es el reino de la analogía, presciente y prelógico, mágico y rabdomántico. El poeta es el símbolo hecho carne y pertenece a los órdenes del éxtasis, el asombro, la entrega, el arrebato. La erótica poética le acerca a un clímax emocional e intelectual que nada ni nadie más podrían darle.

Desde ese substrato mítico, iremos a buscar en Cortázar al poeta órfico, aquel que no ve en la poesía una techné en que juegan el verso y la construcción poemática, sino fundamentalmente una mousiqué: “Orfeo es la música, no el poema” –dice en Salvo el crepúsculo. El poeta es oráculo, demiurgo, dueño del delirio. Un delirante, clama Un tal Lucas. En la música de Orfeo, pulso herido, encuentra Cortázar una apertura que trasciende los esquemas retóricos, los elementos formales, las estructuras aparentes del poema. Esa huella órfica ha sido vislumbrada exhaustivamente por Mesa Gancedo y por V. G. Zonana. Como explica Herbert Marcuse, Orfeo, poeta primordial, es el arquetipo de poeta como creador y libertador, el que establece un orden más alto en el mundo, un orden sin represión. El lenguaje que ha de traducir su visión puede mostrarse insuficiente y “generar experimentos verbales alejados del discurso común”. Orfeo, por fin, es un buscador y un buscador metapoético. El sitio al que mira es siempre la otra orilla.

De igual forma se constata en la poesía de Cortázar una estimulante deuda clásica, con origen en el mundo grecolatino y los clasicismos europeos del siglo XVI. Innegables, además, se presumen las raíces románticas de su arte y de su posición como artista. En John Keats, Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire halla Cortázar al poeta indómito, al buscador de fusiones, al frecuentador del límite, al hijo de la orgía de las palabras y la vida. Un afán rebelde e insatisfecho lo acompaña siempre y el suyo es, por tanto, un designio poético de sustancias confusas, impulsivo y nunca relegado a una clasificación. El ansia inflamable de innovación y una valoración especial del mundo de las sensaciones, las emociones y los sueños hacen de la obra poética de Cortázar un continuo universo romántico, como en este homenaje a Hölderlin.

Hölderlin

Criaturas de agua y césped son las nubes
Que ascienden sin violencia por las gradas
Del monte prodigioso, y salvan leves
El exceso temible del espacio,
Su dura resistencia imprevisible.
La liviana leticia las impulsa
Como faldas o anémonas o géiseres,
Y se ciernen más altas que el topacio
Durísimo del tiempo.
Los sauces desde el suelo las repiten;
Cabalgadas de pájaros discurren
Como profundas solitarias cosas.

De Les Fleurs du Mal (1857) de Charles Baudelaire, que liquida el romanticismo, han partido dos itinerarios paralelos plenamente reconocibles en nuestro poeta. La primera ruta, visionaria, vital y humanizada, nos conduce, a través de Rimbaud, hasta las experiencias surrealistas, irracionalistas y existenciales. La segunda ruta tiene a Stéphane Mallarmé como insignia de la poesía pura, intelectual y artística La huella mallarmeana se consigna claramente en los sonetos de Presencia: la deshumanización del poema, la traición a lo vital, su búsqueda del texto absoluto, su rigor formal, su arquitecturada perfección, su condición de juego de espejos y su esteticismo hermético.[16] Cortázar abjura de la poética mallarmeana desde los años 40 en tanto en su evolución personal encuentra razones para una oposición “ética”.
Las presencias revolucionarias del Conde de Lautréamont y Arthur Rimbaud ocurrirán en la certeza del poema como transporte y transformación vital y existencial y como revolución del lenguaje. En el autor de las Iluminaciones confirma que “órdenes inconscientes, categorías abisales del ser, rigen y condicionan la Poesía”[17]. La Poesía se ofrece como la apuesta más alta en su “lucha contra la realidad odiosa”[18]. Nuestro poeta ha aprendido en Rimbaud que la poesía es, en su inocencia necesaria, la “historia de una sangre”, una sinfonía que se remueve en las profundidades, una ola de vida.

El poeta no necesita héroes
El poeta no necesita poetas
Como siempre, querellas de palabras:
Héroe y poeta son lo mismo, el Che o Rimbaud,
Su tarea es la ola de la vida en el instante
En que rompe contra el dique del tiempo
Y lo destroza.[19]

Por lo demás, el discurso poético cortazariano, ya libre por sí, será engrandecido por las mareas exploratorias del surrealismo. Cortázar se apunta sin concesiones a esa cosmovisión, comprendiendo que un cielo futuro ha emergido. Desde mediados de los años 30 ha ido leyendo literatura surrealista: de Cocteau a Breton, de Éluard a Crevel[20]. De ese contacto surgirán muchos de los rasgos que lo han hecho especial: el juego, la insatisfacción, la indistinción fantasía-realidad, la revolución lingüística, la inconsciencia o el automatismo imaginario.

“Para una visión surrealista, la determinación del grado de realidad del caballo y del unicornio es una cuestión superflua, que a lo sumo tiene importancia pragmática, sin contar que en ciertas circunstancias un caballo puede ser más fantástico que un unicornio.”[21]

Muy dueño ya de su estética, en diciembre de 1960, escribe un “Homenaje a e. e. cummings”. Ruptura del orden lógico de los elementos, negación de lo discursivo, innovaciones tipográficas, estructuración dispersa del poema, torbellino de imágenes, resonancias crítico-culturales, pertenecen naturalmente a su “repertorio”.

Homenaje a e. e. cummings

alado) creciendo sobre el fuego
pero no de ceniza: piedra dura
donde el tiempo se ensaña y rompe el pico,
piedra de gas (pasar a través el nadador, no sabe)
piedra palabra: SOY.
En Estados Unidos crece el hongo
en el sitial. Man bites a dog. Los signos
de la confianza nacen en la niebla,
hay un poeta, hay duración ganada a la babosa.
A la vez todo suave (casi

Para Cortázar, el tránsito que se efectúa de lo estético a lo poético tiene en el surrealismo su máxima expresión. La imaginación, por supuesto, es un arma de transformación social. Lo soñado tiene una consistencia indeleble. El surrealismo es un humanismo mágico y heroico.
Si el surrealismo sugiere, indudablemente, un compromiso con la realidad, Cortázar será recordado como uno de esos escritores que tomó partido. No es, sin embargo, un escritor político; hizo de su independencia creativa su última frontera. Su obra poética luchará en contra de la violencia, el fascismo, el imperialismo, la falta de igualdad social, el capitalismo caníbal, el estado somnoliento del intelectual latinoamericano y otros aspectos.
Quizá no haya ejemplo más elocuente de su intolerancia ante la injusticia que este poema, en el que se cuestiona el lugar del arte y el artista ante realidades sociales absolutamente vergonzantes.

CON qué derecho contemplarte,
bello niño de mármol
envuelto en esa luz y ese temblor que Rossellini
dejó en los bucles de tu pelo,
si detrás estoy viendo a un niño negro muerto de hambre,
un niño vietnamita destripado
bajo ese cielo imperturbablemente luminoso
de Florencia y Hanoi.[22]

Para Octavio Paz como Cortázar, en nuestro tiempo la defensa de la poesía es inseparable de la defensa de la libertad. Responden así a una preocupación que hunde sus raíces hispanoamericanas en los escritos “combativos” de Esteban Echevarría, José Martí, José Enrique Rodó, el Rubén Darío o Pablo Neruda.
Finalmente, hemos de consignar los lazos potenciales que en la poesía de Cortázar se aprecian en su asimilación del existencialismo y, posteriormente, la fundación de la posmodernidad. Lo existencial es un ingrediente básico en su personalidad poética. En toda su obra palpita, además de la rebelión de lo irracional, un diálogo ontológico con el mundo. Asistimos, sin duda, a la necesidad de liberación del yo y al cuestionamiento radical del determinismo histórico, “que condena al individuo a un curso no elegido y, por tanto, no libre”[23].
Blackout
Si ves un perro cerca de una tumba
huye del helicóptero: ya nieva
la delicada muerte por trituración, asalto
del vacío, los ojos reventando porque así
es el cobalto, es el hidrógeno.
Soldadito de plomo, de chocolate, corre
a buscar un refugio: quién te dice
que el perro no te cede su casilla, son tan tontos los perros.
Y si no, está la tumba: echa a patadas a ese muerto, abrígate
con lo que quede, trapos, tierra, huesos.
(No olvides nunca el Reader´s Digest,
hace pasar el rato, es instructivo.)

Se puede decir que la literatura de excepción es el ámbito natural de Cortázar. Parte de esa excepcionalidad y esa revisión continua de los dogmas literarios podría leerse desde los dictados de la posmodernidad. Nunca, sin embargo, usó Cortázar este concepto. Su posmodernidad procedería de una antigua actitud inconforme, que lo obliga a constantemente negarse y negar las tradiciones en que se instala. Algunos elementos lo acercan a esta nueva ola: la autorreflexividad creativa, la transgresión de los límites entre géneros, la negación del discurso tipificado y la propensión a las estructuras escriturales polimórficas, la negación de la obra entendida tradicionalmente y la fusión de vida y arte. Linda Hutcheon[24], entre otros críticos, sitúa al argentino en los itinerarios de la posmodernidad por su fuerte compromiso con la historia, su retorno a los valores ético-sociales y la prosecución de los procesos de experimentación iniciados por la vanguardia. Su posmodernidad, al fin, queda más realzada si entendemos que simultáneamente Cortázar escribe un pequeño poema de amor, una milonguita, un jardín zen para Octavio Paz, un poema rabiosamente político, unos sonetos permutantes o estos

Fragmentos para una oda a los dioses del siglo

Tarjetas para alimentar una IBM.
Al borde de las rutas
deténgase
salúdelos
ofrezca libaciones
(traveler’s cheque are welcome)
AZUR
SHELL MEX
TOTAL
ESSO BP YPF
ROYAL DUTCH SUPERCOTEMAGGIORE*
Su potencia es el estrépito, el vuelo, la blitzkrieg. Se les ofrenda sangre, mujeres desnudas,
estilográficas, Diner’s Club cards, placeres de weekend, adolescentes ojerosos, poetas
becados (), giras de conferencias, planes Camelot; cada senador
comprado vale por un año de indulgencia, etc.
Los términos al borde de las rutas
santuarios
snack-bars y mingitorios
sus lingam fláccidos que el sacerdote de uniforme azul y gorra con visera levanta y pone en el orificio
de su AUTO y usted mirón que encima paga
VEINTE LITROS LAS GOMAS EL AGUA EL PARABRISAS
Venite adoremus
hoc signo vinces
SUPER: el más seguro
PONGA UN TIGRE EN SU MOTOR
PONGA EL LINGAM DE DIOS
Su templo huele a fuego
TOTAL AZUR BP SHELL MEX
Su templo huele a sangre
ELF ESSO ROYAL DUTCH* […]

Son posmodernos poemas como “Aumenta la criminalidad infantil en los Estados Unidos”[25], “Charting the Universe”[26], “Les Progrès de la technique” (escrito en francés)[27], “Vol de nuit Londres-Paris” (en español, francés e inglés)[28], etc.
Por lo demás, la experimentación y el juego llevan a Cortázar a cultivar las más variadas formas de creación poética: poesía permutante, poesía visual y poema-objeto, poesía en comunión con xilografías o serigrafías, poesía manuscrita y una suerte abundante de procedimientos de muy distinto tipo y tono que hablan de esa predisposición a las novedades.
Para acabar, no olvidamos la intensa relación que Cortázar mantiene en su poesía con la obra de los grandes poetas del siglo: Rainer María Rilke, Paul Valéry, Ezra Pound, T. S. Eliot, Federico García Lorca o Pedro Salinas. El taller flotante cortazariano es fecundo en sus afluentes e igualmente fecundo en sus vasos comunicantes. En su postura filosófica, hay vínculos sustanciales con Friedrich W. Nietzsche, Martin Heidegger, Jean Paul Sartre, Jacques Lacan, Herbert Marcuse, Jacques Derrida o François Lyotard. En lo que se refiere a la pérdida de valor del lenguaje, Cortázar coincide significativamente con George Steiner. A la barbarie Cortázar impone figuras “poéticas” como la de Johnny, en quienes se concreta lo que Juan Carlos Curutchet llama con amplitud crítica de la razón pragmática.
Su visceral rebelión ha comenzado por una rebelión frente a las limitaciones del lenguaje heredado[29], la esterilidad de nuestra conducta lingüística y la afasia semántica en que las “perras palabras” están ancladas. Así, las palabras han de ser pájaros. La palabra que cuenta para Cortázar, que se siente anti-poeta como Nicanor Parra o Vicente Huidobro, es aquella “habitada por el fuego interno”.

Otro gran apartado de este estudio es el que llamamos ITINERARIOS. LOS PASOS UBICUOS DEL POETA. En él busco una lectura y una exégesis diacrónica de los textos y los rasgos más sobresalientes de sus libros. Paralelamente ensayo la hermenéutica concreta de poemas representativos, para completar el estudio exhaustivo de su evolución así como de sus estilos, mundos y modos.
Así pues, parto de Presencia y de los albores de su escritura, desde poemas como “Bruma” (1935), y recojo las marcas que han de acompañarle hasta el final y que ya son patentes en estas primeras producciones. El libro que escribe en Mendoza este maestro de provincias de 23 ó 24 años es un libro en consonancia general con las tendencias estéticas del momento, anclado aún en una poesía que podríamos llamar “decimonónica”, pero con ínfulas distintivas. La estela del clasicismo español y europeo, el modernismo y el posmodernismo, la escuela neorromántica del 40, la poesía española del novecentismo y el 27, los ecos de un Neruda también inicial se perciben en las raíces de esta obra. “Cortázar –dice Saúl Yurkievich- parte de la hiperliteratura, de la literatura que se sabe y se quiere exclusivamente literaria.”[30] El soneto, por ejemplo, no dejará de ser cultivado por el argentino.


Sangre, sangre morada, sangre fría,
cómo sangra mi sangre, y cómo duele
saber que en vano vela aquel que vele
detrás de una falaz sabiduría.

Sangre, sangre de noche, de porfía,
sangre de estupro, de pasión –anhele
menos, aquel que pise y desnivele
mi sombra- sangre de la sangre mía.

Te lloro en ríos de abortada espuma,
te lloro en selvas de inefables hieles,
te lloro en cintas de siete colores;

¡amor, amor, candor de esta mi pluma,
plenilunios de sangre, andariveles
por donde siguen ruta mis errores![31]

En 1971, Cortázar publicará, espoleado por José Agustín Goytisolo y Joaquín Marco, otro libro de poemas, un pameario-meopario. A excepción de unos pocos textos de los años 40 y 60, todos los poemas de Pameos y meopas son de entre 1950 y 1958. Este libro recoge los años de transición entre la vida porteña y la aclimatación a los climas intelectuales y vitales del París de los años 60, feroces en su inspección de las posibilidades culturales y artísticas. En los textos se observa cómo del esteticismo de los 40 se ha pasado a una actitud intelectualista, imbuida de las novedades surreales y existenciales, con multitud de matices. Visionario, apocalíptico, intrépido, desgajado, ebrio, desarraigado, cáustico, antiburgués, amargo, elegíaco, tierno, expresionista, el Cortázar de Pameos y meopas es el germen de Le ragioni della collera y Salvo el crepúsculo.

A quién le duele el ojo del potro
que le claven al potro en el ojo una escarapela
mientras el avioncito escribe Safac en el azul
mientras las escupidas suben al cielo
y aquí atajó un penal con gran coraje el promisor arquero.[32]

Un tiempo hay también para cantarles a “Masaccio”[33] y a “Los vitrales de Bourges” o para vosear en la nostalgia de su Eurídice Argentina, desde un tono mucho más apacible.

La mufa

Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano con su olor a duraznos,
y caminás de noche
mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.[34]

Como es previsible, algunos de los poemas de Le ragioni della collera (1982, 1995) han aparecido ya o aparecerán en Salvo el crepúsculo. Otros –dice- han sido “escritos en rápida sucesión al término de mi primer viaje a Europa en el 49 y el regreso a la Argentina a bordo del vivaz motoscafo Anna C”[35]. La amalgama, la cohabitación y la dispersión editorial se dan cita otra vez en este libro, que recoge un centenar de textos. La poesía ha ido evolucionando hacia la canción del otro, hacia la acción, hacia la vanguardia, apoyada en las voces dispares de escritores como César Vallejo, T.S. Eliot o Albert Camus. El yo ya no tiene sentido como yo, sino más bien como recogida de lo otro y los otros que finalmente somos.
“El iconoclasta” viene a destruir, desde su cólera, las representaciones “sacras”; vive –y escribe- a contracorriente; su comportamiento está claramente en contra de los ideales, las normas o los modelos de la sociedad y, en general, contra la autoridad. Su “pobre esperanza” es destruir para construir, derrocar para restituir, desbaratar los ídolos para lograr humildemente la salvación.
Desde la autonomía y la heterodoxia que lo caracterizan, Cortázar juega en Salvo el crepúsculo (1984) al hedonismo, el compromiso y la celebración del entendimiento. En las páginas de este libro de libros recoge poemas de Pameos y meopas, Le ragioni della collera, poemas aparecidos en revistas, periódicos o en sus libros—collage y, finalmente, poemas inéditos. El sincretismo le confiere un tono aglutinador en el que, sin embargo, no se pierden las grandes líneas de referencia. Destacamos en Salvo el crepúsculo los escolios y las interpolaciones en prosa por su valor contextual y metapoético. En esas prosas se exponen muy bien el momento de espera y el proceso de alumbramiento poético, la importancia que concede al mandala. Cortázar aprovecha la ocasión para reconocer los itinerarios a que se ha entregado a lo largo de su vida. Uno de los mejores ejemplos de esta sensibilidad madura lo ofrece el poema “Los dioses”:

Los dioses van por entre cosas pisoteadas, sosteniendo
los bordes de sus mantos con el gesto del asco.
Entre podridos gatos, entre larvas abiertas y acordeones,
sintiendo en las sandalias la humedad de los trapos
[corrompidos,
los vómitos del tiempo.

En su desnudo cielo ya no moran, lanzados
fuera de sí por un dolor, un sueño turbio,
andan heridos de pesadilla y légamos, parándose
a recontar sus muertos, las nubes boca abajo,
los perros con la lengua rota,
a atisbar envidiosos el abismo
donde ratas erectas se disputan chillando
pedazos de banderas.[36]

Esa lengua rota es la lengua desbocada del caballo picassiano del “Guernica”.

Un elogio del tres y Negro el diez vienen a cerrar un verdadero viaje iniciático por los arrabales, los laberintos, las periferias, las avenidas principales y los callejones de la poesía.
Para terminar, defendemos el lugar frontal que Cortázar merece en la poesía hispánica, de la que es un representante genuino y a la que ha aportado una frescura, un compromiso con la palabra y una voluntad de intervención en la realidad desconocidos. Su libertad y su absoluta independencia expresivas lo convierten en altavoz de una poesía que ha de olvidarse de todo aquello que no sea su esencia: la restitución de la originalidad y la naturalidad.
Diremos, además, que las razones de la cólera poética cortazariana se han de entender desde una perspectiva plural, que convierte en inútil cualquier intento de solución discursiva o metódica. A la inicial cólera esteticista e hiperliteraria hemos de añadir la cólera surreal-existencial de su madurez como poeta. Cortázar se ha aventurado en las posibilidades más radicales del lenguaje y la expresión y ha atendido a las propuestas más innovadoras, que en último término pretenden traducir un estado de excitación existencial en que se reflejan la muerte del Libro y el ocaso las estéticas tradicionalistas. La cólera social, por su parte, se entenderá en la entrega de la obra al otro, en la cercanía a los asuntos a la realidad inmediata y en una intención comunitaria y unitiva de los intentos poéticos, en donde siempre asoma el hombre.
De su poesía surge la faz auténtica de un hombre nuevo, en una suerte antropofánica desde la que se persigue una transformación social de hondo calado. El poeta es, al fin, un mago moderno, un mago metafísico y un mago social. Para explorar lo real y apoderarse de ello, nuestro poeta ha puesto en funcionamiento una empresa total de trascendencia de los límites, que ha de rendir la totalidad, el cielo en la tierra, el mundo nuevo. Cortázar creció en esta idea y la defendió con la seriedad con que juegan los niños.



[1] Salvo el crepúsculo, “Cinco últimos poemas para Cris, I”, op. cit., pág. 156
[2] Poesía y poética, op. cit., pág. 54
[3] Poesía y poética, “Imagen de John Keats”, op. cit., pág. 1217
[4] Cortázar, Julio, Obra crítica/1, “Teoría del túnel”, “Prólogo” de Saúl Yurkievich.
[5] Zonana, V.G., op. cit., pág. 15.
[6] Ghiano, Juan Carlos, “A manera de epílogo. La poética de Vicente Barbieri”, en Vicente Barbieri, Obra poética, Emecé, Buenos Aires, 1961, págs. 392-392.
[7] Kovacci, Ofelia, “Tres notas sobre la poesía argentina contemporánea”, Revista de Literatura Argentina e Iberoamericana, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1961, pág. 31
[8] Urondo, Francisco, op. cit., pág.15
[9] Alazraki, Jaime, Hacia Cortázar: aproximaciones a su obra. “Cortázar antes de Cortázar. , 1941”, págs. 13-29
[10] Poesía y poética, op. cit., pág. 120
[11] Poesía y poética, op. cit., pág. 680
[12] Alazraki, Jaime y otros, Julio Cortázar: La isla final. op. cit., Pág. 202.
[13] Poesía y poética, op. cit., pág. 658
[14] Poesía y poética, “Salvo el crepúsculo”, op. cit., pág. 302
[15] Vid. Paz, Octavio, El arco y la lira y Shelley, Percy Bysshe A Defence of Poetry.
[16] Alazraki, Jaime, Hacia Cortázar: aproximaciones a su obra, op. cit., pág, 22
[17] Ibidem, pág. 19
[18] En “Bottom” de Iluminaciones le oímos decir a Rimbaud: “Siendo la realidad demasiado espinosa para mi gran carácter...”.
[19] Poesía y poética, op. cit., pág. 694
[20] En Rayuela –recuerda Langowski (op. cit., pág. 135)- la nómina surrealista es abrumadora: Paul Klee, Alfred Jarry, Lautréamont, Raymond Queneau, Picasso, René Crevel, Antonin Artaud, Wilfredo Lam, Max Ernst, Luis Buñuel, Jacques Vaché y Apollinaire.
[21] Simo, Ana María y otros, Cinco miradas sobre Cortázar, Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1968, págs. 84-85
[22] Poesía y poética, op.cit., pág. 683
[23] Alazraki, op.cit., pág. 357
[24] Ibidem, pág. 362
[25] Poesía y poética, op. cit., pág. 468
[26] Ibidem, pág. 685
[27] Ibidem, pág. 730
[28] Ibidem, pág. 737
[29] Ibidem, págs. 75-76
[30] Yurkievich, Saúl, Julio Cortázar: mundos y modos. “Salir a lo abierto”, op. cit., pág. 20
[31] Ibidem, pág. 88
[32] Ibidem, pág. 44. Consignemos unas palabnras de Salvo el crepúsculo a propósito de estos poemas: “Hoy siento además en algunos de ellos [los meopas] el tremendo choque de la poesía de César Vallejo; que el cholo me perdone la insolencia puesto que en ese choque él quedaa más parado que nunca y yo esperando la cuenta de diez y la esponja mojada.” (Poesía y poética, op. cit., pág. 315)
[33] Ibidem, págs. 100-105
[34] Ibidem, pág. 139
[35] Ibidem, pág. 315
[36] Ibidem, págs. 143-144

Wednesday, September 10, 2014

Julio Cortázar, Hölderlin

Hölderlin

Criaturas de agua y césped son las nubes
Que ascienden sin violencia por las gradas
Del monte prodigioso, y salvan leves
El exceso temible del espacio,
Su dura resistencia imprevisible.
La liviana leticia las impulsa
Como faldas y anémonas o géyseres,
Y se ciernen más altas que el topacio
Durísimo del tiempo.
Los sauces desde el suelo las repiten;
Cabalgadas de pájaros discurren
Como profundas solitarias cosas.

Monday, September 1, 2014

Robert Schumann según Julio Cortazar

El sábado 5 de noviembre de 1938 el doctor Luis Gagliardi ofreció en la Intendencia Municipal de Bolívar (Pcia. de Buenos Aires) un recital Schumann-Chopin a beneficio del comedor escolar, con "comentarios prelimiares a cargo del Profesor Julio Florencio Cortázar". Reproducimos aquí el comentario de la primera parte, "Para las Kinderszenen de Roberto Schumann"




por Julio Cortázar (1914-1984)
*escrito en el a
ño 1938
(extraído del libro "Papeles inesperados", Editorial Alfaguara, 2009)



Asomarse a la música de Roberto Schumann es como asomarse a su alma. Esto, que resulta válido para con la mayoría de los románticos, adquiere en el caso del músico alemán una dolorosa profundidad. Dolorosa sí, pero cuán dulce y bella. Música escrita en momentos inefables, esos momentos que sólo los santos y los artistas viven. Esos momentos de total comprensión del universo cuando, ante la majestad de todo lo creado se descubre, asimismo, la lastimosa pequeñez de la vida humana. Schumann, obsesionado por la angustia de una existencia falta de equilibrio, presintiendo acaso la locura que habría de asirlo, como a Nietzsche, en sus últimos años, se vuelca hacia el mundo interior, un mundo que su espíritu y su arte crean, un mundo distinto del triste mundo que le revelan sus sentidos. Porque la música es como un cosmos que nos abarca a todos; esfera dentro de otra, contenida, sí, pero no confundida. Esfera que, por obra de genios como Schumann, nos llega ahora, brotando de un teclado, para acercarnos a su drama, a su belleza. Si existe un don divino del artista, ese don no es su arte, conquista humana; ese don es la entrega generosa que el artista hace de su cosmos, para que el resto de los hombres pueda inclinarse sobre él, y maravillarse, y sentirse un poco por encima del panorama cotidiano. Schumann confía a la música todos sus tesoros interiores. La música nos lo trae ahora, como un hondo legado de belleza. Estas Escenas infantiles que vais a escuchar dentro de un momento, son quizá la obra más pura de Schumann. Escenas infantiles. Su nombre es ya un enunciado cristalino. Resulta casi increíble saber que fueron compuestas en momentos de intensa depresión sentimental, cuando Schumann se sentía al borde de la angustia, y se aferraba a su piano y a las ideas que cantaban en su corazón para no dejarse arrastrar por un torbellino, uno de esos torbellinos que, en una sensibilidad hipertrofiada como la suya, lo conducían hacia el espejismo engañoso del suicidio. Para huir de eso, para rechazar los primeros aletazos de la locura, Schumann escribe la música, y brotan los Conciertos, el Carnaval, Manfredo, Las mariposas, y estas infinitamente claras Escenas infantiles que son un rayo de sol en la atormentada atmósfera de su arte. Habéis leído los nombres de los trozos cuya pequeñez tiene la perfección de las piedras talladas, y que nada ganarían con mayor longitud. Nombre que hablan claro en el espíritu del oyente: asomo de la intención que guiaba a Schumann al crearlas. Porque estas Escenas infantiles significan un inclinarse sobre ese mundo tan particular y tan delicado que es el mundo de los niños. Mundo donde las proporciones no son la que nosotros aceptamos,; donde el miedo al cuco representa mucho más que la filosofía de Kant, y donde un juguete es más codiciable que un alto puesto o una mina de carbón. Mundo al que sólo podemos entrar llevando el amor por llave; el amor hacia el niño, hacia sus dimensionas tan suyas. Mundo que Schumann, con esa magia tan propia del músico, nos revela y nos aclara. Ved esos nombres: De países y hombres extraños , que encierra quizá ese sentido de lo remoto, de lo desconocido, tan penetrante en los niños, y que explica su gusto por los relatos fantásticos; Curiosa historia , Jugando al gallo ciego juegos, relatos, eso es la esencia infantil, ése es su pequeño paraíso de breves años, que pierde luego por otros menos dulces-, niño implorando , Alegría perfecta , Un gran acontecimiento , menciones que iluminan momentos de toda vida infantil; el deseo de ir al circo, la dicha de un postre ambicionado, el nacimiento de un hermanito... Todo esto late, todo esto se agita en las escenas que intento definir; ved estos otros títulos: Ensueño, Junto al fuego, Cabalgando el caballito de palo... Y, como interrumpiendo la juguetona serie de esbozos, una evocación recogida: Casi demasiado serio... Ah, pero no es más que el título; los niños están siempre allí, fingiendo una gravedad que pronto se romperá con regreso a su ingenua condición. ¿Por qué? Pues vedlo: Viene el cuco. Asistimos al diálogo delicioso entre la ternura y el miedo, entre una madre que debe corregir y un niño que, a pesar de su miedo momentáneo, reincide en la travesura... El paseo está concluyendo. Cansado de jugar, El niño se duerme. Tal es el nombre del último trozo dedicado a ese universo de juguetes y risas de poesías. El músico –el poeta- cierra las puertas del mundo de los niños. Lo hace dulcemente, con palabras que os llegarán al corazón porque han nacido de un corazón que amó mucho, y sufrió mucho, y tuvo el destino desgraciado de aquellos que son demasiado grandes para vivir nuestra pequeña vida humana. Pero que no se van sin dejarnos, a manera de un mensaje lleno de belleza, obras como la que vais a escuchar, interpretada por un artista que ama a Schumann, lo comprende, y quisiera que todos lo amarais y comprendierais como él.

Sunday, May 13, 2012

La prosa del observatorio de Julio Cortázar


Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda hora, agujero en la red del tiempo, esa manera de estar entre, no por encima o detrás sino entre, esa hora orificio a la que se accede al socaire de las otras horas, de la incontable vida con sus horas de frente y de lado, su tiempo para cada cosa, sus cosas en el preciso tiempo, estar en una pieza de hotel o de un andén, estar mirando una vitrina, un perro, acaso teniéndote en los brazos, amor de siesta o duermevela, entreviendo en esa mancha clara la puerta que se abre a la terraza, en una ráfaga verde la blusa que te quitaste para darme la leve sal que tiembla en tus senos, y sin aviso, sin innecesarias advertencias de pasaje, en un café del barrio latino o en la última secuencia de una película de Pabst, un arrimo a lo que ya no se ordena como dios manda, acceso entre dos ocupaciones instaladas en el nicho de sus horas, en la colmena día, así o de otra manera (en la ducha, en plena calle, en una sonata, en un telegrama) tocar con algo que no se apoya en los sentidos esa brecha en la sucesión, y tan así, tan resbalando, las anguilas, por ejemplo, la región de los sargazos, las anguilas y también las máquinas de mármol, la noche de Jai Singh bebiendo un flujo de estrellas, los observatorios bajo la luna de Jaipur y de Delhi, la negra cinta de las migraciones, las anguilas en plena calle o en la platea de un teatro, dándose para el que las sigue desde las máquinas de mármol, ese que ya no mira el reloj en la noche de París; tan simplemente anillo de Moebius y de anguila y de máquinas de mármol, esto que fluye ya en una palabra desatinada, desarrimada, que busca por sí misma, que también se pone en marcha desde sargazos de tiempo y semánticas aleatorias, la migración de un verbo: discurso, decurso, las anguilas atlánticas y las palabras anguilas, los relámpagos de mármol de las máquinas de Jai Singh, el que mira los astros y las anguilas, el anillo de Moebius circulando en sí mismo, en el océano, en Jaipur, cumpliéndose otra vez sin otras veces, siendo como lo es el mármol, como lo es la anguila: comprenderás que nada de eso puede decirse desde aceras o sillas o tablados de la ciudad; comprenderás que sólo así, cediéndose anguila o mármol, dejándose anillo, entonces ya no se está entre los sargazos, ..hay decurso, eso pasa: intentarlo, como ellas en la noche atlántica, como el que busca las mensuras estelares, no para saber, no para nada; algo como un golpe de ala, un descorrerse, un quejido de amor y entonces ya, entonces tal vez, entonces por eso sí.
Desde luego inevitable metáfora, anguila o estrella, desde luego perchas de la imagen, desde luego ficción, ergo tranquilidad en bibliotecas y butacas; como quieras, no hay otra manera aquí de ser un sultán de Jaipur, un banco de anguilas, un hombre que levanta la cara hacia lo abierto en la noche pelirroja. Ah, pero no ceder al reclamo de esa inteligencia habituada a otros envites: entrarle a palabras, a saco de vómito de estrellas o de anguilas; que lo dicho sea, la lenta curva de las máquinas de mármol o la cinta negra hirviente nocturna al asalto de los estuarios, y que no sea por solamente dicho, que eso que fluye o converge o busca sea lo que es -y no lo que se dice: perra aristotélica, que lo binario que te afila los colmillos sepa de alguna manera su innecesidad cuando otra esclusa empieza a abrirse en mármol y en peces, cuando Jai Singh con un cristal entre los dedos es ese pescador que extrae de la red, estremecida de dientes y de rabia, una anguila que es una estrella que es una anguila que es una estrella que es una anguila.
   Así la galaxia negra corre en la noche como la otra dorada allá arriba en la noche corre inmóvilmente: para que buscar más nombres, más ciclos cuando hay estrellas, hay anguilas que nacen en las profundidades atlánticas y empiezan, porque de alguna manera hay que empezar a seguirlas, a crecer, larvas translúcidas notando entre dos aguas, anfiteatro hialino de medusas y plancton, bocas que resbalan en una succión interminable, los cuerpos ligados en la ya serpiente multiforme que alguna noche cuya hora nadie puede saber ascenderá leviatán, surgirá kraken inofensivo y pavoroso para iniciar la migración a ras de océano mientras la otra galaxia desnuda su bisutería para el marino de guardia que a través del gollete de una botella de ron o de cerveza entreve su indiferente monotonía y maldice a cada trago un destino de singladuras, un salario de hambre, una mujer que estará haciendo el amor con algún otro en los puertos de la vida.
   Es así: Johannes Schmidt, danés, supo que en las terrazas de un Elsinor moviente, entre los 22 y los 30 grados de latitud norte y entre los 48 y los 65 de longitud oeste, el recurrente súcubo del mar de los sargazos era más que él fantasma de un rey envenenado y que allí, inseminada al término de un ciclo de lentas mutaciones, las anguilas que tantos años vivieron al borde de los filos del agua vuelven a sumergirse en la tiniebla de cuatrocientos metros de profundidad, ocultas por medio kilómetro de lenta espesura silenciosa ponen sus huevos y se disuelven en una muerte por millones de millones, moléculas del plancton que ya las primeras larvas sorben en la palpitación de la vida incorruptible. Nadie puede ver esa última danza de muerte y de renacimiento de la galaxia negra, instrumentos guiados desde lejos habrán dado a Schmidt un acceso precario a esa matriz del océano, pero Pitón ya ha nacido, las larvas diminutas y aceitadas, «Anguilla anguilla», perforan lentamente el muro verde, un caleidoscopio gigantesco las combina entre cristales y medusas y bruscas sombras de escualos o cetáceos. Y también ellas entrarán en una lengua muerta, se llamarán leptocéfalos, ya es primavera en las espaldas del océano y la pulsión estacional ha despertado en lo más hondo el enderezarse de las miriadas microscópicas, su ascenso hacia aguas más tibias y más azules, el arribo al fabuloso nivel desde donde la serpiente va a lanzarse hacia nosotros, va a venir con billones de ojos dientes lomos colas bocas, inconcebible por demasiado, absurda por cómo, por por qué, pobre Schmidt.
   Todo se responde, pensaron con un siglo de intervalo Jai Singh y Baudelaire, desde el mirador de la más alta torre del observatorio el sultán debió buscar el sistema, la red cifrada que le diera las claves del contacto. Cómo hubiera podido ignorar que el animal Tierra se asfixiaría en una lenta inmovilidad si no estuviera desde siempre en el pulmón de acero astral, la tracción sigilosa de la luna y del sol atrayendo y rechazando el pecho verde de las aguas. Inspirado, expirado por una potencia ajena, por la gracia de un vaivén que desde resortes fuera de toda imaginación se vuelve mensurable y como al alcance de una torre de mármol y unos ojos de insomnio, el océano alienta y dilata sus alvéolos, pone en marcha su sangre renovada que rompe rabiosa en los farallones, dibuja sus espirales de materia fusiforme, concentra y dispersa los oleajes, las anguilas, ríos en el mar, venas en el pulmón índigo, las corrientes profundas batallan por el frío o por el calor, a cincuenta metros de la superficie los leptocéfalos son embarcados por el vehículo hialino, durante más de tres años surcarán la tubería de precisos calibres térmicos, treinta y seis meses la serpiente de incontables ojos resbalará bajo las quillas y las espumas hasta las costas europeas. Cada signo de mensura en las rampas de mármol de Jaipur recibió (recibe siempre, ya para nadie, para monos y turistas) los signos morse, el alfabeto sideral que en otra dimensión de lo sensible se vuelve plancton, viento alisio, naufragio del petrolero californiano «Norman» (8 de mayo de 1957), eclosión de los cerezos de Naga o de Sivergues, lavas del Osomo, anguilas llegando a puerto, leptocéfalos que después de alcanzar ocho centímetros en tres años no sabrán que su ingreso en aguas más dulces acciona algún mecanismo de la tiroides, ignorarán que ya empiezan a llamarse angulas, que nuevas palabras tranquilizadoras acompañan el asalto de la serpiente a los arrecifes, el avance a los estuarios, la incontenible invasión de los ríos; todo eso que no tiene nombre se llama ya de tantas maneras, como Jai Singh permutaba destellos por fórmulas, órbitas insondables por concebibles tiempos.
   «Marzo e pazzo», dice el proverbio italiano; «en abril, aguas mil», agrega la sentencia española. De locura y de aguas mil está hecho el asalto a los ríos y a los torrentes, en marzo y en abril millones de angulas ritmadas por el doble instinto de la oscuridad y la lejanía aguardan la noche para encauzar el pitón de agua dulce, la columna flexible que se desliza en la tiniebla de los estuarios, tendiendo a lo largo de kilómetros una lenta cintura desceñida; imposible prever dónde, a qué alta hora la informe cabeza toda ojos y bocas y cabellos abrirá el deslizamiento río arriba, pero los últimos corales han sido salvados, el agua dulce lucha contra una desfloración implacable que la toma entre légamos y espumas, las angulas vibrantes contra la corriente se sueldan en su fuerza común, en su ciega voluntad de subir, ya nada las detendrá, ni ríos ni hombres ni esclusas ni cascadas, las múltiples serpientes al asalto de los ríos europeos dejarán miriadas de cadáveres en cada obstáculo, se segmentarán y retorcerán en las redes y los meandros, yacerán de día en un sopor profundo, invisibles para otros ojos, y cada noche reharán el hirviente tenso cable negro y como guiadas por una fórmula de estrellas, que Jai Singh pudo medir con cintas de mármol y compases de bronce, se desplazarán hacia las fuentes fluviales, buscando en incontables etapas un arribo del que nada saben, del que nada pueden esperar; su fuerza no nace de ellas, su razón palpita en otras madejas de energía que el sultán consultó a su manera, desde presagios y esperanzas y el pavor primordial de la bóveda llena de ojos y de pulsos.
   El profesor Maurice Fontaine, de la Academia de Ciencias de Francia, piensa que el imán del agua dulce que desesperadamente atrae a las angulas obligándolas a suicidarse por millones en las esclusas y las redes para que el resto pase y llegue, nace de una reacción de su sistema neurendocrino frente al adelgazamiento y a la deshidratación que acompaña la metamórfosis de los leptocéfalos en angulas. Bella es la ciencia, dulces las palabras que siguen el decurso de las angulas y nos explican su saga, bellas y dulces e hipnóticas como las terrazas plateadas de Jaipur donde un astrónomo manejó en su día un vocabulario igualmente bello y dulce para conjurar lo innominable y verterlo en pergaminos tranquilizadores, herencia para la especie, lección de escuela, barbitúrico de insomnios esenciales, y llega el día en que las angulas se han adentrado en lo más hondo de su cópula hidrográfica, espermatozoides planetarios ya en el huevo de las altas lagunas, de los estanques donde sueñan y se reposan los ríos y los tortuosos falos de la noche vital se acalman, se acaman, las columnas negras pierden su flexible erección de avance y búsqueda, los individuos nacen a sí mismos, se separan de la serpiente común, tantean por su cuenta y riesgo los peligrosos bordes de las pozas, de la vida; empieza, sin que nadie pueda conocer la hora, el tiempo de la anguila amarilla, la juventud de la raza en su territorio conquistado, el agua al fin amiga ciñendo sin combate los cuerpos que reposan.
   Y crecen. Durante dieciocho años, plácidas en sus huecos, en sus nichos, aletargadas en el limo, rozándose en una lenta ceremonia para nadie, salpicando el aire con un aletazo y un cabrilleo, devorando incesantes los jugos de la profundidad, repitiendo durante dieciocho años el deslizamiento solapado que las lleva en una fracción de segundo, durante dieciocho años, al fragmento comestible, a la materia orgánica en suspensión, solitarias soñolientas o violentamente concertadas para despedazar una presa y rechazarse en un frenético desbande, las anguilas crecen y cambian de color, la pubertad las asalta como un latigazo y las transforma cromáticamente, el mimético amarillo de los légamos cede poco a poco al mercurio, en algún momento la anguila plateada prismará el primer sol del día con un rápido giro de su espalda, el agua turbia de los fondos deja entrever los espejos fusiformes que se replican y desdoblan en una lenta danza: ha llegado la hora en que cesarán de comer, prontas para el ciclo final, la anguila plateada espera inmóvil la llamada de algo que la señorita Callamand considera, al igual que el profesor Fontaine, un fenómeno de interacción neuroendocrina: de pronto, de noche, al mismo tiempo, todo río es río abajo, de toda fuente hay que huir, tensas aletas rasgan furiosamente el filo del agua: Nietzsche, Nietzsche.
   Primero hay una fase de excitación, una como noticia o santo y seña que alborota: dejar los juncos, las pozas, dejar dieciocho años de hueco entre roca, volver. Alguna remota ecuación química guarda la memoria velada de los orígenes, una constelación ondulante de sargazos, la sal en las fauces, el calor atlántico, los monstruos al acecho, las medusas teléfono o paracaídas, el guante atontado del octopus. Retomar al fragor silencioso de las corrientes submarinas, sus venas sin escape; también el cielo es así en las noches despejadas cuando las estrellas se amalgaman en una misma presión, conjuradas y hostiles, negándose al recuento, a las nomenclaturas, oponiendo una aterciopelada inalcanzabilidad a la lente que las circunda y abstrae, metiéndose de a diez, de a cien en un mismo campo visual, obligando a Jai Singh a bañarse los párpados con el bálsamo que su médico extrae de hierbas enraizadas en los mitos del cielo, en los crueles, alegres juegos de las deidades hartas de inmortalidad.
Después, según estima la señorita Callamand, sigue una fase de desmineralización, las anguilas se vuelven amorfas, se abandonan a las corrientes, el verano se acaba, las hojas secas flotan con ellas río abajo, a veces una metralla de lluvia las alcanza y despierta, las anguilas resbalan con el río, se protegen de la lluvia y el perfil amenazante de las nubes, desmineralizadas y amorfas ceden a la imperceptible pendiente que las acerca a los estuarios y a la avidez de quienes esperan en las curvas del río, el hombre está ahí, codicioso de la anguila plateada, la mejor de las anguilas, atrapando sin lucha las anguilas desmineralizadas y amorfas abandonadas a la corriente, sin reflejos, basadas en el número, en que nada importa si el pescador las atrapa y las devora innúmeras pues muchas más pasarán lejos de redes y anzuelos, llegarán a las desembocaduras, despertarán a la sal, a los golpes de un oleaje que también golpea en una oscura memoria recurrente; es el otoño, las pescas milagrosas, las cestas repletas de anguilas que tardan en morir porque sus estrechas branquias guardan una reserva de agua, de vida, y duran, horas y horas se retuercen en las cestas, todos los peces están muertos y ellas siguen una salvaje batalla con la asfixia, hay que despedazarlas, hundirlas en el aceite hirviendo, y las viejas en los puertos mueven la cabeza y las miran y rememoran una oscura sapiencia, los bestiarios remotos donde anguilas astutas salen del agua e invaden los huertos y los vergeles (son las palabras que se emplean en los bestiarios) para cazar caracoles y gusanos, para comerse los guisantes de los huertos como dice la enciclopedia Espasa que sabe tanto sobre las anguilas. Y es verdad que si un río se agosta, si aguas arriba una represa o una cascada les veda la carrera hacia las fuentes, las jóvenes anguilas saltan fuera del cauce y franquean el obstáculo sin morir, resistiendo el ahogo, resbalando obstinadas por el musgo y los helechos; pero ahora las que bajan están desmineralizadas y amorfas, se dejan pescar y sólo tienen fuerzas para luchar contra una muerte que no han evitado, que las tortura delicadamente durante horas como si se vengara de las otras, de las que siguen río abajo en multitudes incontables, buscando los corales y la sal del regreso.

De Jai Singh se presume que hizo construir los observatorios con el elegante desencanto de una decadencia que nada podía esperar ya de las conquistas militares, ni siquiera tal vez de los serrallos donde sus mayores habían preferido un cielo de estrellas tibias en un tiempo de aromas y de músicas; serrallo del alto aire, un espacio inconquistable tendía el deseo del sultán en el límite de las rampas de mármol; sus noches de pavorreales blancos y de lejanas llamaradas en las aldeas, su mirada y sus máquinas organizando el frío caos violeta y verde y tigre: medir, computar, entender, ser parte, entrar, morir menos pobre, oponerse pecho a pecho a esa incomprensibilidad tachonada, arrancarle un jirón de clave, hundirle en el peor de los casos la flecha de la hipótesis, la anticipación del eclipse, reunir en un puño mental las riendas de esa multitud de caballos centelleantes y hostiles. También la señorita Callamand y el profesor Fontaine ahíncan las teorías de nombres y de fases, embalsaman las anguilas en una nomenclatura, una genética, un proceso neurendocrino, del amarillo al plateado, de los estanques a los estuarios, y las estrellas huyen de los ojos de Jai Singh como las anguilas de las palabras de la ciencia, hay ese momento prodigioso en que desaparecen para siempre, en que más allá de la desembocadura de los ríos nada ni nadie, red o parámetro o bioquímica pueden alcanzar eso que vuelve a su origen sin que se sepa cómo, eso que es otra vez la serpiente atlántica, inmensa cinta plateada con bocas de agudos dientes y ojos vigilantes, deslizándose en lo hondo, no ya movida pasivamente por una corriente, hija de una voluntad para la que no se conocen palabras de este lado del delirio, retornando al útero inicial, a los sargazos donde las hembras inseminadas buscarán otra vez la profundidad para desovar, para incorporarse a la tiniebla y morir en lo más hondo del vientre de leyendas y pavores. ¿Por qué, se pregunta la señorita Callamand, un retomo que condenará a las larvas a reiniciar el interminable remonte hacia los ríos europeos? Pero qué sentido puede tener ese por qué cuando lo que se busca en la respuesta no es más que cegar un agujero, poner la tapa a una olla escandalosa que hierve y hierve para nadie? Anguilas, sultán, estrellas, profesor de la Academia de Ciencias: de otra manera, desde otro punto de partida, hacia otra cosa hay que emplumar y lanzar la flecha de la pregunta.
   Las máquinas de mármol, un helado erotismo en la noche de Jaipur, coagulación de luz en el recinto que guardan los hombres de Jai Singh, mercurio de rampas y hélices, grumos de luna entre tensores y placas de bronce; pero el hombre ahí, el inversor, el que da vuelta las suertes, el volatinero de la realidad: contra lo petrificado de una matemática ancestral, contra los husos de la altura destilando sus hebras para una inteligencia cómplice, telaraña de telarañas, un sultán herido de diferencia yergue su voluntad enamorada, desafía un cielo que una vez más propone las cartas transmisibles, entabla una lenta, interminable cópula con un cielo que exige obediencia y orden y que él violará noche tras noche en cada lecho de piedra, el frío vuelto brasa, la postura canónica desdeñada por caricias que desnudan de otra manera los ritmos de la luz en el mármol, que ciñen esas formas donde se deposita el tiempo de los astros y las alzan a sexo, a pezón y a murmullo. Erotismo de Jai Singh al término de una raza y una historia, rampas de los observatorios donde las vastas curvas de senos y de muslos ceden sus derroteros de delicia a una mirada que posee por transgresión y reto y que salta a lo innominable desde sus catapultas de tembloroso silencio mineral. Como en las pinturas de Remedios Varo, como en las noches más altas de Novalis, los engranajes inmóviles de la piedra agazapada esperan la materia astral para molerla en una operación de caliente halconeria. Jaulas de luz, gineceo de estrellas poseídas una a una, desnudadas por un álgebra de aceitadas falanges, por una alquimia de húmedas rodillas, desquite maniático y cadencioso de un Endirnión que vuelve las suertes y lanza contra Selene una red de espasmos de mármol, un enjambre de parámetros que la desceñirán hasta entregarla a ese amante que la espera en lo más alto del laberinto matemático, hombre de piel de cielo, sultán de estremecidas favoritas que se rinden desde una interminable lluvia de abejas de medianoche.
   De la misma manera, señorita Callamand, algo que el diccionario llama anguila está esperando acaso la serpiente simétrica de un deseo diferente, el asalto desmesurado de otra cosa que la neuroendocrinología para alzarse de las aguas primordiales, desnudar su cintura de milenios de sargazos y darse a un encuentro que jamás sospecharía Johannes Schmidt. Sabemos de sobra que el profesor Fontaine preguntará por la finalidad de semejante búsqueda, a la hora en que uno de sus ayudantes cumple la delicada tarea de fijar un minúsculo emisor de radiaciones en el cuerpo de una anguila plateada, devolverla al océano y seguir así la pista de un itinerario mal cartografiado. Pero no hablamos de buscar, señorita Callamand, no se trata de satisfacciones mentales ni de someter a otra vuelta de tuerca una naturaleza todavía mal colonizada. Aquí se pregunta por el hombre aunque se hable de anguilas y de estrellas; algo que viene de la música, del combate amoroso y de los ritmos estacionales, algo que la analogía tantea en la esponja, en el pulmón y el sístole, balbucea sin vocabulario tabulable una dirección hacia otro entendimiento. Por lo demás, ¿cómo no respetar las valiosas actividades de la señora M. L. Bauchot, por ejemplo, que brega por la más correcta identificación de las larvas de los diferentes peces ápodos (anguilas, congrios, etc.)? Solamente que antes y después está lo abierto, lo que el águila estúpidamente alcanza a ver, lo que el negro río de las anguilas dibuja en la masa elemental atlántica, abierto a otro sentido que a su vez nos abre, águilas y anguilas de la gran metáfora quemante. (Y como por casualidad descubrir que sólo una consonante diferencia esos dos nombres; y decirse una vez más que la casualidad, esa palabra tranquilizadora, ese otro umbral de la apertura...).
Así yo -una vez más el Occidente odioso, la obstinada partícula que subtiende todos sus discursos- quisiera asomar a un campo de contacto que el sistema que ha hecho de mí esto que soy niega entre vociferaciones y teoremas. Digamos entonces ese yo que es siempre alguno de nosotros, desde la inevitable plaza fuerte saltemos muralla abajo: no es tan difícil perder la razón, los celadores de la torre no se darán demasiada cuenta, qué saben de anguilas o de esas interminables teorías de peldaños que Jai Singh escalaba en una lenta caída hacia el cielo; porque el no estaba de parte de los astros como algún poeta de nuestras tierras sureñas, no se aliaba a la señora M. L. Bauchot para la más correcta identificación de los congrios o de las magnitudes estelares. Sin otra prueba que las máquinas de mármol sé que Jai Singh estaba con nosotros, del lado de la anguila trazando su ideograma planetario en la tiniebla que desconsuela a la ciencia de mesados cabellos, a la señorita Callamand que cuenta y cuenta el paso de los leptocéfalos y marca cada unidad con una meritoria lágrima cibernética. Así en el centro de la tortuga índica, vano y olvidable déspota, Jai Singh asciende los peldaños de mármol y hace frente al huracán de los astros; algo más fuerte que sus lanceros y más sutil que sus eunucos lo urge en lo hondo de la noche a interrogar el cielo como quien sume la cara en un hormiguero de metódica rabia: maldito si le importa la respuesta, Jai Singh quiere ser eso que pregunta, Jai Singh sabe que la sed que se sacia con el agua volverá a atormentarlo, Jai Singh sabe que solamente siendo el agua dejará de tener sed.
   Así, profesor Fontaine, no es de difuso panteismo que hablamos, ni de disolución en el misterio: los astros son mensurables, las rampas de Jaipur guardan todavía la huella de los buriles matemáticos, jaulas de abstracción y entendimiento. Lo que rechazo mientras usted me llena de informaciones sobre el decurso de los leptocéfalos es la sórdida paradoja de un empobrecimiento correlativo con la multiplicación de bibliotecas, microfilms y ediciones de bolsillo, una culturización a lo jíbaro, señorita Callamand. Que Dama Ciencia en su jardín pasee, cante y borde, bella es su figura y necesaria su rueca teleguiada y su laúd electrónico, no somos los beocios del siglo, un brontosaurio bien muerto está. Pero entonces se sale a vagar de noche, como sin duda también tantos servidores de Dama Ciencia, y si se vive de veras, si la noche y la respiración y el pensar enlazan esas mallas que tanta definición separa, puede ocurrir que entremos en los parques de Jaipur o de Delhi, o que en el corazón de Saint Germain des Prés alcancemos a rozar otro posible perfil del hombre; pueden pasarnos cosas irrisorias o terribles, acceder a ciclos que comienzan en la puerta de un café y desembocan en una horca sobre la plaza mayor de Bagdad, o pisar una anguila en la rue du Dragon, o ver de lejos como en un tango a esa mujer que nos llenó la vida de espejos rotos y de nostalgias estructuralistas (ella no terminó de peinarse, ni nosotros nuestra tesis de doctorado); porque no se trata de ahuecar la voz, esas cosas ocurren como los gatos de golpe o el desbordarse de la bañadera mientras atendemos el teléfono, pero solamente les ocurren a los que llevan el gato en el bolsillo, la noche es pelirroja y húmeda, alguien silba bajo un portal, la zona franca empieza; cómo decirlo de otra manera más inteligible, profesor Fontaine, escribirle a la señora M. L. Bauchot,
   estimada señora Bauchot,
   esta noche he visto el río de las anguilas
   he estado en Jaipur y en Delhi
   he visto las anguilas en la rue du Dragon en
   París,
   y mientras cosas así me ocurran (hablo de mi por fuerza, pero estoy hablando de todos los que salen a lo abierto) o mientras me habite la certeza de que pueden ocurrirme,
   no todo está perdido porque
   señora Bauchot, estimada señora Bauchot, le estoy escribiendo sobre una raza que puebla el planeta y que la ciencia quiere servir, pero mire usted, señora Bauchot, su abuela fajaba a su bebé,
   lo volvía una pequeña momia sollozante
   porque el bebé quería moverse, jugar, tocarse el sexo, ser feliz con su piel y sus olores y la cosquilla del aire,
   y mire hoy, señora Bauchot, ya usted creció más libre, y acaso su bebé desnudo juega ahora mismo sobre el cobertor y el pediatra lo aprueba satisfecho, todo va bien, señora Bauchot, sólo que el bebé sigue siendo el padre de ese adulto que usted y la señorita Callamand definen homo sapiens, y lo que la ciencia le quitó al bebé la misma ciencia lo anuda en ese hombre que lee el diario y compra libros y quiere saber, entonces la enumeración la clasificación de las anguilas
y el fichero de estrellas nebulosas galaxias, vendaje de la ciencia: quieto ahí, veinticuatro, sudoeste, proteína, isótopos marcados. Libre el bebé y fajado el hombre, la pediatra de adultos, Dama Ciencia abre su consultorio, hay que evitar que el hombre se deforme por exceso de sueños, fajarle la visión, manearle el sexo, enseñarle a contar para que todo tenga un número. A la par la moral y la ciencia (no se asombre, señora,
es tan frecuente) y por supuesto
la sociedad que sólo sobrevive
si sus células cumplen el programa. Atentamente la saludo.
   Esta carta infundirá en la señora Bauchot la horrenda sospecha de que los brontosaurios saben escribir, por eso una postdata gentil, no me entienda mal, querida señora, qué haríamos sin usted, sin Dama Ciencia, hablo en serio, muy en serio, pero además está lo abierto, la noche pelirroja, las unidades de la desmedida, la calidad de payaso y de volatinero y de sonámbulo del ciudadano medio, el hecho de que nadie lo convencerá de que sus limites precisos son el ritmo de la ciudad más feliz o del campo más amable; la escuela hará lo suyo, y el ejército y los curas, pero eso que yo llamo anguila o Vía láctea pernocta en una memoria racial, en un programa genético que no sospecha el profesor Fontaine, y por eso la revolución en su momento, el arremeter contra lo objetivamente enemigo o abyecto, el manotazo delirante para echar abajo una ciudad podrida, por eso las primeras etapas del reencuentro con el hombre entero. Y sin embargo ahí se emboscan otra vez Dama Ciencia y su séquito, la moral, la ciudad, la sociedad: se ha ganado apenas la piel, la hermosa superficie de la cara y los pechos y los muslos, la revolución es un mar de trigo en el viento, un salto a la garrocha sobre la historia comprada y vendida, pero el hombre que sale a lo abierto empieza a sospechar lo viejo en lo nuevo, se tropieza con los que siguen viendo los fines en los medios, se da cuenta de que en ese punto ciego del ojo del toro humano se agazapa una falsa definición de la especie, que los ídolos perviven bajo otras identidades, trabajo y disciplina, fervor y obediencia, amor legislado, educación para A, B y C, gratuita y obligatoria; debajo, adentro, en la matriz de la noche pelirroja, otra revolución deberá esperar su tiempo como las anguilas bajo los sargazos. Llegar a ella es también serpiente negra de ida; lentos peldaños hacia la plataforma que reta el musgo astral, serpiente plateada de regreso, fecundación, desove y muerte para otra vez serpiente negra, marcha hacia las cabeceras y las fuentes, retorno dialéctico donde se cumple el ritmo cósmico; empleo a sabiendas las palabras más mancilladas por la retórica, de muchas maneras me he ganado el derecho a que brillen aquí como brilla el mercurio de las anguilas y el girasol vertiginoso en las máquinas de Jai Singh. Todavía es tiempo de sargazos, de guerrillas parciales que despejan el monte sin que el combatiente alcance a ver una totalidad de cielo y mar y tierra. En cada árbol de sangre circulan sigilosas las claves de la alianza con lo abierto, pero el hombre da y toma la sangre, bebe y vierte la sangre entre gritos de presente y recidivas de pasado, y pocos sentirán pasar por sus pulsos la llamada de la noche pelirroja; los pocos que se asomen a ella perecerán en tanta picota, con sus pieles se harán lámparas y de sus lenguas se arrancarán confesiones; uno que otro podrá dar testimonio de anguilas y de estrellas, de encuentros fuera de la ley de la ciudad, de arrimo a las encrucijadas donde nacen las sendas tiempo arriba. Pero si el hombre es Acteón acosado por los perros del pasado y los simétricos perros del futuro, pelele deshecho a mordiscones que lucha contra la doble jauría, lacerado y chorreando vida, solo contra un diluvio de colmillos, Acteón sobrevivirá y volverá a la caza hasta el día en que encuentre a Diana y la posea bajo las frondas, le arrebate una virginidad que ya ningún clamor defiende, Diana la historia del hombre relegado y derogado, Diana la historia enemiga con sus perros de tradición y mandamiento, con su espejo de ideas recibidas que proyecta en el futuro los mismos colmillos y las mismas babas, y que el cazador trizará como triza su doncellez despótica para alzarse desnudo y libre y asomarse a lo abierto, al lugar del hombre a la hora de su verdadera revolución de dentro afuera y de fuera adentro. Todavía no hemos aprendido a hacer el amor, a respirar el polen de la vida, a despojar a la muerte de su traje de culpas y de deudas; todavía hay muchas guerras por delante, Acteón, los colmillos volverán a clavarse en tus muslos, en tu sexo, en tu garganta; todavía no hemos hallado el ritmo de la serpiente negra, estamos en la mera piel del mundo y del hombre. Ahí, no lejos, las anguilas laten su inmenso pulso, su planetario giro, todo espera el ingreso en una danza que ninguna Isadora danzó nunca de este lado del mundo, tercer mundo global del hombre sin orillas, chapoteador de historia, víspera de sí mismo.

   Que la noche pelirroja nos vea andar de cara al aire, favorecer la aparición de las figuras del sueño y del insomnio, que una mano baje lentamente por espaldas desnudas hasta arrancar ese quejido de amor que viene del fuego y la caverna, primera dulce tregua del miedo de la especie, que por la rue du Dragon, por la Vuelta de Rocha, por King's Road, por la Rampa, por la Schulerstrasse marche ese hombre que no se acepta cotidiano, clasificado obrero o pensador, que no se acepta ni parcela ni víspera ni ingrediente geopolítico, que no quiere el presente revisado que algún partido y alguna bibliografía le prometen como futuro; ese hombre que acaso se hará matar en un frente justo, en una emboscada necesaria, que chacales y babosas torturarán y envilecerán, que jefes alzarán al puesto de confianza, que en tanto rincón del mundo tendrá razón o culpa en el molino de las vísperas; para ése, para tantos como ése, un dibujo de la realidad trepa por las escaleras de Jaipur, ondula sobre sí mismo en el anillo de Moebius de las anguilas, anverso y reverso conciliados, cinta de la concordia en la noche pelirroja de hombres y astros y peces. Imagen de imágenes, salto que deje atrás una ciencia y una política a nivel de caspa, de bandera, de lenguaje, de sexo encadenado, desde lo abierto acabaremos con la prisión del hombre y la injusticia y el enajenamiento y la colonización y los dividendos y Reuter y lo que sigue; no es delirio lo que aquí llamo anguila o estrella, nada más material y dialéctico y tangible que la pura imagen que no se ata a la víspera, que busca más allá para entender mejor, para batirse contra la materia rampante de lo cerrado, de naciones contra naciones y bloques contra bloques. Señora Bauchot, alguna vez Thomas Mann dijo que las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin; pero vea usted, señora, yo creo con Lukacs que también hubiera sido necesario que Holderlin leyera a Marx; note usted qué frío es mi delirio aunque le parezca anacrónicamente romántico porque Jai Singh, porque la serpiente de mercurio, porque la noche pelirroja. Salga a la calle, respire aire de hombres que viven y no el de la teoría de los hombres en una sociedad mejor; dígase alguna vez que en la felicidad hay tanto más que una cuota de proteínas o de tiempo libre o de soberanía (pero Holderlin debe leer a Marx, en ningún momento ha de olvidar a Marx, las proteínas son una de tantas facetas de la imagen, vaya si lo son, señora Bauchot, pero entonces la imagen toda, el hombre en su jardín de veras, no un esquema del hombre salvado de la desnutrición o la injusticia). Vea usted, en el parque de Jaipur se alzan las máquinas de un sultán del siglo dieciocho, y cualquier manual científico o guía de turismo las describe como aparatos destinados a la observación de los astros, cosa cierta y evidente y de mármol, pero también hay la imagen del mundo como pudo sentirla Jai Singh, como la siente el que respira lentamente la noche pelirroja donde se desplazan las anguilas; esas máquinas no sólo fueron erigidas para medir derroteros astrales, domesticar tanta distancia insolente; otra cosa debió soñar Jai Singh alzado como un guerrillero de absoluto contra la fatalidad astrológica que guiaba su estirpe, que decidía los nacimientos y las desfloraciones y las guerras; sus máquinas hicieron frente a un destino impuesto desde fuera, al Pentágono de galaxias y constelaciones colonizando al hombre libre, sus artificios de piedra y bronce fueron las ametralladoras de la verdadera ciencia, la gran respuesta de una imagen total frente a la tiranía de planetas y conjunciones y ascendentes; el hombre Jai Singh, pequeño sultán de un vago reino declinante, hizo frente al dragón de tantos ojos, contestó a la fatalidad inhumana con la provocación del mortal al toro cósmico, decidió encauzar la luz astral, atraparla en retortas y hélices y rampas, cortarle las uñas que sangraban a su raza; y todo lo que midió y clasificó y nombró, toda su astronomía en pergaminos iluminados era una astronomía de la imagen, una ciencia de la imagen total, salto de la víspera al presente, del esclavo astrológico al hombre que de pie dialoga con los astros. Tal vez los gobernantes de la avanzada por la que damos todo lo que somos y tenemos, tal vez la señorita Callamand o el profesor Fontaine, tal vez los jefes y los hombres de ciencia acabarán por salir a lo abierto, acceder a la imagen donde todo está esperando; en este mismo instante las jóvenes anguilas llegan a las bocas de los ríos europeos, van a comenzar su asalto fluvial; acaso ya es de noche en Delhi y en Jaipur y las estrellas picotean las rampas del sueño de Jai Singh; los ciclos se fusionan, se responden vertiginosamente; basta entrar en la noche pelirroja aspirar profundamente un aire que es puente y caricia de la vida; habrá que seguir luchando por lo inmediato, compañero, porque Holderlin ha leído a Marx y no lo olvida; pero lo abierto sigue ahí, pulso de astros y anguilas, anillo de Moebius de una figura del mundo donde la conciliación es posible, donde anverso y reverso cesarán de desgarrarse, donde el hombre podrá ocupar su puesto en esa jubilosa danza que alguna vez llamaremos realidad.