La ofensiva israelí contra Günter Grass
POR Alfredo C. Villeda
La
respuesta de Tel Aviv fue por todos los flancos que le permite su
amplia población y terminó con la prohibición al autor a ingresar a su
territorio. La estrategia fue colgarle todos los epítetos del histórico
diccionario judío, incluidos “antisemita” y “demonizante”
(themunichtimes.com)
Hoy
más que nunca Günter Grass debe sentir eso que llaman “peso moral”, y
que negaba llevar sobre sus hombros aun cuando recibió el Premio Nobel
de Literatura.
“No,
qué va. Eso lo sentí más bien cuando murió Heinrich Böll. Aquí, en
Alemania, nos hemos repartido, por así decirlo, el trabajo en cuanto al
compromiso político, la acción pública. Por eso cuando él falleció,
sentí ese peso depositarse sobre mí y me tomó un buen tiempo habituarme.
Eso sí, me era imposible retomar ciertas cosas que Böll había dicho
adoptando su actitud moral y su cristianismo, porque era una forma
distinta de hablar. Así que intenté prolongar ese trabajo, porque los
intelectuales jóvenes no están interesados en retomar esta tradición
europea, alemana”.
Así explicaba Grass a Magazine Littéraire
su posición ante la sociedad alemana apenas después de haber ganado el
premio literario (noviembre de 1999), y apuntaba que el Nobel no está
ligado a una nación. “Soy un escritor de lengua alemana, con
nacionalidad alemana (...) Evolucioné en el seno de la literatura
germana y es así como concibo el premio. No está ligado a una
pertenencia nacional, sino a un dominio lingüístico más vasto”.
Ese
peso sobre sus hombros reapareció hace días con un poema que publicó al
mismo tiempo en varias publicaciones internacionales, y varias lenguas,
para cuestionar la política exterior de Israel. Grass, después de todo,
es en palabras del novelista Tahar Ben Jelloun “un agitador, no
necesariamente provocador, sino alguien que no se pliega a las consignas
generales, esas que predisponen a la anestesia local o total”. En este
sentido, agrega el marroquí, “es un escritor del Tercer Mundo, eso que
hoy llaman el Sur”.
(svd.se)
La
respuesta furiosa de Tel Aviv fue por todos los flancos que le permite
su amplia población y terminó con la prohibición al autor a ingresar a
su territorio. La estrategia fue colgarle todos los epítetos del
histórico diccionario judío, incluidos “antisemita” y “demonizante”. La
tradición se impone. Parece que ningún alemán está en libertad de opinar
nada sobre Israel so pena de recibir cascadas de reproches con la
memoria del Holocausto de fondo.
¿Qué
tiene que ver la crítica a la política exterior de Netanyahu con la
solución final, con el racismo, con Auschwitz? Nada, pero esa bandera
siempre será un recurso de defensa. Ya antes se habían oído voces contra
Grass cuando se difundió su pertenencia, como joven cadete, a alguna de
las fuerzas represoras al servicio del genocida régimen hitleriano.
Voces de quienes jamás habían leído al Nobel, quien, mediante un
personaje, un fotógrafo, ya se había retratado en esa época en un cuento
recopilado en el libro Mi siglo (Alfaguara 1999). Cero sorpresas.
Por
supuesto, para la ortodoxia y el fanatismo, la fórmula Tercer Mundo a
la que alude Ben Jelloun significa en sentido automático “pro palestino”
y “pro terrorista”. Es el lío con los dogmas. Salman Rushdie ha
padecido similar persecución, desde el otro lado, con sentencia de
muerte, y con el agravante de que su obra, provocadora, pertenece al
género de la ficción: su novela Los versos satánicos.
Ahora
Grass es sometido a una condena general convocada desde el gobierno
israelí para azuzar al mundo judío por un poema. El Nobel, que abjura de
nacionalismos y habla desde su espacio de voz de la lengua alemana, es
descalificado, principalmente, por ser alemán. Porque en esa lógica
propagandística, las páginas de Mi lucha obligan a callar a las
próximas generaciones de alemanes sobre todo lo que tenga que ver con
Israel, como si todos fueran responsables del Holocausto o clones de
Eichmann.
Caray. Grass sólo publicó un poema.

