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Saturday, July 14, 2012

Mexicanas fuera de serie

Nahui Ollin -María del Carmen Mondragón Valseca- (1893-1978)

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Mi nombre es como el de todas las cosas: sin principio ni fin, y sin embargo sin aislarme de la totalidad por mi evolución distinta en ese conjunto infinito, las palabras más cercanas a nombrarme son NAHUI-OLLIN. Nombre cosmogónico, la fuerza, el poder de movimiento que irradian luz, vida y fuerza. En azteca, el poder que tiene el sol de mover el conjunto que abarca su sistema, pero, sin embargo hace siglos que existe mi substancia sin nombre alguno va evolucionando y hace siglos y ahora mismo que no tengo nombre y voy marchando sin descanso alguno en un tiempo sin fin y soy en una faz distinta el sin principio ni fin de todas las cosas.
 y entonces renunció, para siempre, a ser María del Carmen Mondragón Valseca.
.
La mujer que dicen que fue la más bella de su época nació el 8 de julio de 1893 en México pero estudió en Francia, cuando Porfirio Díaz envió a su padre a Europa en una misión. A los 10 años, Carmen escribía rebelde: “Protesto a pesar de mi edad por estar bajo la tutela de mis padres”, cuando pensaba en que le arreglarían un matrimonio.
Carmen, hija del General Mondragón – quién resulto ser uno de los participantes de la Decena Trágica, motivo por el que fue desterrado del país – fue conocida desde siempre como una niña burguesa con un espíritu indomable, con una gran ansiedad por amar y ser amada – aún cuando yo diría idolatrada - .
En 1921, después de una larga estadía en Europa, regresa a México, donde es pionera en el uso de la minifalda – lo cual obviamente le acarrea la censura social – y se mezcla con los círculos culturales más importantes de la época, donde ella no sólo es musa sino también creadora: la poesía y la pintura son sus dos principales formas de expresión, aún cuando varios de sus textos hoy en día no han sido publicados.
A los 20 años se enamora de un cadete del regimiento de su padre, el después pintor Manuel Rodríguez Lozano quién resultaría un fiasco total para ella tanto en lo emocional como en lo intimo: un hombre homosexual que la acusaría durante mucho tiempo de haber asesinado a  su único hijo en uno de sus ataques de locura característicos y con quién en 1913 se casó; el matrimonio fue tormentoso , signado por peleas y la muerte de su único hijo cuando todavía era un bebé; la leyenda dice que la propia Carmen lo ahogó, pero la investigación histórica sostiene que el niño falleció mientras dormía. En 1921 el matrimonio volvió a México; Carmen quiso el divorcio, pero su familia no se lo permitió, no eran épocas de divorcios, pero a Carmen poco le importó.
Conoció a Gerardo Murillo, famoso artista y vulcanólogo mexicano que intervenía en política y juntos se mudaron al ex convento de La Merced, en Ciudad de México. Murillo se cambió su nombre por Dr. Atl (agua en náhuatl) cuando viajaba en barco de Nueva York a París y se desató una tremenda tempestad. Según esa costumbre, el Dr. rebautizó a su amante como Nahui Ollin, que es la fecha que en el calendario azteca significa el movimiento renovador de los ciclos del cosmos.
La relación fue apasionada y escandalosa para su época, incluso comparada con el no menos tempestuoso romance de Diego Rivera y Frida. Nahui era muy celosa y lo demostraba con escenas que el propio Atl se encargaba de difundir:
 “La vida se ha vuelto imposible. Los celos nos torturan. Yo, más dueño de mí mismo, me contengo, pero ella es un vendaval. Esta mañana dos pobres muchachas, que después de abandonar mi consultorio se atrevieron a subir a la azotea para contemplar el panorama de la ciudad, provocaron una furia terrible en Nahui, que ahí estaba. Apenas las vio, se les echó encima. Trató de empujarlas hacia el borde de la cornisa, con la intención de arrojarlas al patio. Me interpuse. Hubo escenas violentas… Cuando subí al gran salón encontré a Nahui dando vueltas como una fiera enjaulada, con los ojos iluminados por relámpagos de rabia. Esa primera tempestad anunciaba el tiempo de lluvias, los truenos y las tormentas y los rayos que habrían de fulminarme”.

Eran los años veinte, y el México macho se escandalizó ante un grupo de mujeres que, aún sin tener derecho a voto, rompían moldes y convenciones: Tina Modotti, Lupe Marín, Lupe Rivas Cacho, Nellie Campobello, María Dolores Asúnsolo, Dolores del Río, Frida Kahlo, Clementina Otero y Antonieta Rivas Mercado.  De todas ellas Nahui Ollin fue la más atrevida, la más libre y rebelde. Pero la sociedad de su época prefirió calificarla como descarada, libertina y perturbada. Nahui prodigó su cuerpo, se retrató desnuda, hablaba sin prejuicios, rompió esquemas. Y la “gente de moral y buenas costumbres”, incapaz de comprender, la consideraba loca.
Ser modelo para los más importantes pintores y fotógrafos de su época; escribir sobre asuntos que en aquellos años eran exclusivos para hombres; practicar con libertad su sexualidad, y deslumbrar constantemente con su belleza y retratos de desnudo causaron verdadero espanto en la sociedad de su época, pero nunca cambiaron su modo de pensar y de vivir.
En 1923, Nahui conoció a los fotógrafos Tina Modotti y Edward Weston; este último realizó los mejores retratos de su carrera con Nahui como modelo.  Nahui Olin compartía largas veladas bohemias junto a Dolores del Río, Guadalupe Marín, Antonieta Rivas Mercado, María Tereza Montoya, Frida Kahlo, Tina Modotti, Lupe Vélez y María Izquierdo,  Xavier Villaurrutia, José Vasconcelos Calderón, Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.
Ella, mientras tanto, se volvía a enamorar, ya separada del tremendo Atl; en pareja con el pintor y caricaturista Matías Santoyo, partió hacia Hollywood y decidió dejarse fotografiar desnuda. En 1927 escandalizó México con una muestra de sus desnudos para el fotógrafo Antonio Garduño. Pero dos años después, ya estaba fuera de México: se enamoró de un capitán de barco, Eugenio Agacino. Durante un viaje, en 1934, el capitán se intoxicó y falleció en Cuba.
Nahui Ollin fue una artista, por épocas pintora, por épocas escritora o compositora. Pero México la olvidó hasta que en 1992 se comenzó a hacer una catalogación de sus pinturas para una retrospectiva que se concretó en 1993 en el Estudio- Museo Diego Rivera, de la Ciudad de México.
Al igual que Frida se pinta a sí misma una y otra vez. Hay otros temas en sus pinturas, consideradas del estilo naïf , pero ella misma es su tema predilecto.
 “Nahui era de esas personas, como Frida, que se desconocen, que no se encuentran, que no saben quiénes son, que se fotografían y autorretratan para verse a sí mismas.”
Y yo me atrevo a agregar, que pintarse a sí mismas tal vez fue el único modo que encontraron de hacerse eternas…
Andrés Henestrosa

Después de la muerte de Eugenio Agacino, Nahui Olin no volvió a ser la misma. Dedicó menos tiempo a la pintura y más a escribir. Sin embargo, expuso por última vez en 1945.
En los últimos años de su vida, vivió con sus gatos en la casa de la calle General Cano que heredara de sus padres, desempeñándose como maestra de pintura en una escuela primaria y sostenida apenas por una beca que, mes con mes, le daba Bellas Artes. Andaba por la calle vestida con harapos, y decía que era la dueña del sol: cada mañana, lo hacía salir con su mirada, y cada noche lo devolvía al ocaso. Se convirtió en un personaje triste para todos, menos para ella, que seguía orgullosa de su cuerpo y su pasado. Nunca pudo olvidar a Eugenio: hasta su muerte, colgó en su casa una sábana donde había pintado a su amante capitán y dormía abrazada a ella.
Muy enferma pide a sus sobrinas que la trasladen a la recámara donde nació y el 23 de enero de 1978, Carmen Mondragón / Nahui Ollin, cierra por siempre sus bellos y enormes ojos verdes.
Los restos mortales de Carmen Mondragón descansan en el Panteón Español en la Ciudad de México.
“Mi cuerpo y mi espíritu tienen siempre loca sed de esos mundos nuevos que voy buscando sin cesar y de las cosas o los individuos que tienen siempre nuevos rostros bajo la influencia de mi espíritu, es una inquietud creadora que juega con esos mundos que voy creando”.
Nahui Ollin
Afortunadamente, al igual que con Frida Kahlo y Guadalupe Amor,  existe un reciente y renovado interés por su vida y su obra.
“De que Nahui Olin tenía el mar en los ojos no cabe la menor duda. El agua salada se movía dentro de las dos cuencas, y adquiría la placidez del lago o se encrespaba furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas del mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil”.
Elena Poniatowska







Para calzarme de Carmen Mondragón, Nahui Ollin

Para calzarme
los pies
tengo que
buscar
unos zapatos
rojos y negros
que besen
la tierra
con las puntas
que perfeccionen
los contornos
de mis piernas
con unos calzados
rojos y negros
que señalen
el peligro
de ver
mis piernas
salir
de mis faldas
que terminan
en las rodillas
Y
recojo
mis
faldas
con
grandes nudos
que
no desato
más que ante las
miradas de aquel
a quien
le gustan mis rodillas
mis
pies calzados
con
unos zapatos
Rojos y negros

En
mis pasos
que
son tan diferentes
  caminando
     he inventado
        una música
           moderna
              que
                 repite mis inquietudes
                   encarceladas
en mis pies
calzados
de rojo
de negro.
Colores
que se pueden ver
sin ver
que hay en mi vida
en mis pasos
en mis pies
algo
 Rojo y Negro

Monday, June 18, 2012

“Odio”, de Arthur C. Clarke





Sólo Joey estaba despierto sobre cubierta, en la fresca quietud antes del alba, cuando el meteoro cruzó el cielo de Nueva Guinea envuelto en llamas. Miró como subía por el firmamento hasta que pasó directamente por encima, siguiendo a las estrellas y arrojando sombras veloces sobre la atiborrada cubierta. La luz áspera delineó los desnudos aparejos, las arrolladas cuerdas y los tubos de aire, los cascos de cobre para bucear, prolijamente acomodados para la noche..., hasta la isla de pinos a media milla de distancia. Al alejarse hacia el sudoeste, sobre la vacuidad del Pacífico, comenzó a desintegrarse. Estalló en glóbulos incandescentes que ardieron dejando un rastro de fuego a través de un cuarto de cielo. Ya se apagaba cuando desapareció de la vista, pero Joey no vio el fin. Ardiendo furiosamente, el meteoro se hundió en el horizonte, como si quisiera lanzarse contra la cara del sol ya oculto.
Si la escena era espectacular, el silencio, en cambio, era enervante. Joey esperó y esperó y esperó, pero ningún sonido llegó desde el cielo. Cuando, minutos más tarde, escuchó un súbito chapoteo en el mar, cerca suyo, tuvo un involuntario sobresalto. Luego se maldijo por asustarse de un pez raya. (Un pez enorme, sin embargo, para hacer tanto ruido cuando saltaba.) No sintió más ruidos y pronto volvió a dormirse.
En la estrecha litera, a popa del compresor de aire, Tibor no escuchó nada. Dormía tan profundamente luego de la jornada de trabajo que casi no le quedaban energías para los sueños; y cuando los sueños venían no eran los que él desearía. En las horas de oscuridad su mente daba vueltas en el pasado, y nunca descansaba entre recuerdos del deseo. Tenía mujeres en Sydney y Brisbane y Darwin y la Isla Jueves, pero en sueños ninguna. Todo lo que recordaba al despertar, en la fétida quietud de la cabina, eran el polvo y el fuego y la sangre cuando los tanques rusos entraron a Budapest. Sus sueños no eran de amor, eran solamente de odio.
Cuando Nick lo sacudió para despertarlo, estaba esquivando a los guardias de la frontera austriaca. Tardó algunos segundos en recorrer dieciséis mil kilómetros hasta la Gran Barrera de Arrecifes; luego bostezó, apartó a patadas las cucarachas que le rozaban los pies y bajó de la litera.
El desayuno, por supuesto, era el mismo de siempre: arroz, huevos de tortuga y carne enlatada, todo bajado con té fuerte y dulzón. La única virtud de la cocina de Joey era la abundancia. Tibor estaba acostumbrado a la dieta monótona; cuando regresaba a tierra se resarcía de esa y de otras privaciones.
Apenas asomaba el sol por el horizonte cuando ya los platos estaban apilados en el pequeño fogón y el lugre se puso en movimiento. Nick parecía alegre cuando tomó el timón y se alejaron de la isla; el viejo pescador de perlas tenía todo el derecho a estarlo, pues la zona en que trabajaban era la más rica que Tibor hubiera visto. Con suerte llenarían la bodega en uno o dos días, y navegarían de regreso a Isla Jueves con media tonelada de valvas a bordo. Y luego, con un poco más de suerte, podría abandonar ese apestoso y peligroso trabajo para volver a la civilización. No es que se lamentara; el griego lo había tratado bien, y había encontrado algunas piedras buenas al abrir las valvas. Pero ahora comprendía, luego de nueve meses en los Arrecifes, por qué el número de buceadores blancos podía contarse con los dedos de una mano. Los japoneses, los hawaianos y los isleños, podían soportarlo; pero no así los europeos.
El motor diesel tosió, calló, y el Arafura se detuvo. Estaban a unas dos millas de la isla, que se extendía verde y chata sobre el agua, aunque bruscamente delimitada por la estrecha franja de playa deslumbrante. No constituía más que una anónima faja bordeada de un pequeño bosque, y sus únicos habitantes eran miríadas de estúpidos pajarracos, que horadaban el suelo blando y llenaban la noche de espanto con sus ruidos agoreros.
Se habló poco mientras los tres buceadores se vestían; cada hombre sabía lo que tenía que hacer, y no perdía tiempo. Mientras Tibor se abotonaba la gruesa chaqueta de sarga, Blanco, su ayudante, lavó la placa de revestimiento con vinagre, para que no se nublase. Luego Tibor trepó a la escalera de cuerda, mientras le colocaban la pesada escafandra y el corselete de plomo sobre la cabeza. Aparte de la chaqueta, cuyo relleno distribuía el peso en forma uniforme sobre sus hombros, llevaba las ropas de siempre. En esas aguas templadas no eran necesarios los trajes de goma, y la escafandra actuaba como una minúscula campana de buzo, mantenida en posición tan sólo por su peso. En una emergencia, el portador podía (si tenía suerte) zambullirse fuera de la misma y nadar de regreso hacia la superficie, sin estorbos. Tibor había visto como se hacía, y no tenía deseo alguno de llevar a cabo el experimento.
Cada vez que llegaba al último peldaño de la escalera, aferrando la bolsa de recolección con una mano y la línea de seguridad con la otra, el mismo pensamiento atravesaba la mente de Tibor. Dejaba el mundo que conocía, pero, ¿era por una hora o era para siempre? Allá abajo, en el fondo del mar, estaba la riqueza y la muerte, y no se podía estar seguro de ninguna. Era probable que éste fuese otro día fatigoso y sin peripecias, como casi todos los días en la vida rutinaria del buceador de perlas. Pero Tibor vio morir a uno de sus compañeros, cuando el tubo de aire se le enredó en la escora del Arafura, y presenció la agonía de otro cuyo cuerpo se retorció con calambres. En el mar, nada era jamás seguro o cierto. Se aceptaban los riesgos con ojos abiertos; si se perdía, ¿servía lamentarse?
Se apartó de la escala, y el mundo de sol y cielo dejó de existir. Desequilibrado por el peso de su escafandra, debía pedalear furiosamente hacia atrás, para mantener el cuerpo en posición vertical. Sólo veía una vaga bruma azul mientras se hundía, y esperó que Blanco no largara demasiado rápidamente la línea de seguridad. Tragando y resoplando, trató de aclararse los oídos al aumentar la presión; el derecho «chasqueó» pronto, pero un penetrante e intolerable dolor creció rápidamente en el izquierdo, que lo había molestado durante varios días. Trabajosamente llevó una de sus manos debajo del casco, se apretó la nariz y sopló con toda su fuerza. Hubo una súbita y silenciosa explosión en algún sitio dentro de su cabeza, y el dolor desapareció instantáneamente. No tendría más problemas durante esa inmersión.
Tibor sintió el fondo antes de verlo. Como no podía inclinarse, a menos que se arriesgara a inundar el casco abierto, su visión hacia abajo era muy limitada. Podía mirar alrededor, pero no abajo. Lo que vio era tranquilizador en su trillada monotonía: una llanura fangosa suavemente ondulada, que desaparecía de la vista a unos tres metros de distancia. Un metro a su izquierda, un pez diminuto mordisqueaba un trozo de coral del tamaño y la forma de un abanico de mujer. Eso era todo; allí no había belleza, ni país encantado submarino. Pero había dinero, y eso era todo lo que importaba.
La línea de seguridad dio un suave tirón y el lugre comenzó a deslizarse hacia abajo, moviéndose de costado sobre el terreno. Tibor caminó hacia adelante, con el paso saltarín y lento al que lo obligaban la ingravidez y la resistencia del agua. Como buceador Número Dos, trabajaba desde la proa; en medio del navío estaba Stephen, todavía comparativamente inexperimentado, mientras que en popa estaba el buceador principal, Billy. Los tres hombres rara vez se veían durante el trabajo; cada uno tenía su propia zona de búsqueda, mientras el Arafura se deslizaba silenciosamente frente al viento. Sólo en los extremos de sus zigzags podían alguna vez vislumbrarse unos a otros, formas borrosas que se asomaban en la bruma.
Se necesitaba un ojo entrenado para distinguir a las ostras bajo su camuflaje de algas y de hierbas, pero a menudo los moluscos se traicionaban. Cuando sentían las vibraciones del buceador que se aproximaba, se cerraban con un chasquido, y había un momentáneo y nacarino aleteo en la oscuridad. Pero aún así escapaban algunas veces, pues el barco, al moverse, arrastraba al buzo antes que éste pudiera recoger el premio, que se le escapaba por centímetros. En los primeros días de aprendizaje, Tibor se perdió varios de los grandes labios plateados y cualesquiera de ellos pudo contener alguna perla fabulosa. O se imaginó, antes que se desvaneciera el hechizo de la profesión, y comprendiera que las perlas eran tan raras que más valía olvidarlas. La piedra más valiosa que subió fue vendida por cincuenta y seis dólares, y las ostras que juntaba durante una buena mañana valían mucho más que eso. Si la industria dependiera de las gemas y no de las madreperlas, habría quebrado años atrás.
No había sentido del tiempo en ese mundo brumoso. Se caminaba bajo el invisible buque a la deriva, con el latido del compresor de aire golpeando en los oídos, la niebla verdosa moviéndose ante los ojos. A largos intervalos se encontraba una ostra, se la arrancaba del fondo marino y se la guardaba en el bolso. Con suerte se podía juntar un par de docenas en cada recorrido.
Se estaba alerta al peligro, pero no preocupado por él. Los riesgos reales eran cosas simples, nada espectaculares, como tubos de aire o líneas de seguridad enredados; no lo eran los tiburones, los meros, ni los pulpos. Los tiburones corrían al ver las burbujas de aire, y en todas sus horas de buceo Tibor vio sólo un pulpo. En cuanto a los meros, bueno, ésos sí eran de cuidado, pues podían tragar a un buceador de un bocado, si estaban hambrientos. Pero había pocas probabilidades de encontrarlos en esa planicie llana y desolada; no había cuevas de coral como las que acostumbraban habitar.
El susto no habría sido tan grande, por lo tanto, si esa grisácea uniformidad no lo hubiera adormecido en un sentimiento de tranquilidad. En cierto momento se vio caminando hacia una inalcanzable pared de niebla que retrocedía a medida que él se acercaba. Y entonces, sin aviso, su pesadilla privada lo envolvió.
Tibor odiaba las arañas, y había una criatura marina que parecía ingeniárselas deliberadamente para aprovecharse de esa fobia. Nunca había encontrado una, y su mente siempre apartó el pensamiento de un encuentro, pero Tibor sabía que el cangrejo marino japonés puede abarcar tres metros de punta a punta entre sus largas patas. Que fuera inofensivo no importaba en absoluto; una araña tan grande como un hombre no tenía derecho a existir.
Tan pronto como vio surgir la caja de finas patas articuladas desde el mundo grisáceo que lo rodeaba, Tibor comenzó a gritar con terror incontrolable. No recordaba haber tirado de la línea de seguridad, pero Blanco reaccionó con la instantánea percepción del ayudante ideal. Con sus gritos aún resonando en la escafandra, Tibor se sintió arrebatado del fondo del mar, levantado hacia la luz y el aire..., y la cordura. Al ascender, vio lo absurdo de su error, y recobró un poco el dominio de sí mismo. Pero cuando Blanco le levantó el casco, todavía temblaba tan violentamente que transcurrió algún tiempo antes que pudiera hablar.
—¿Qué demonios pasa allí abajo? —preguntó Nick—. ¿Todo el mundo abandona el trabajo temprano?
Entonces Tibor comprendió que no fue el primero en subir. Stephen estaba sentado en medio del barco, fumando un cigarrillo y con un aspecto de total indiferencia. El buceador de popa, indudablemente sin saber que sucedía, estaba siendo izado por su ayudante, pues el Arafura se detuvo y todas las operaciones fueron suspendidas hasta que se resolviera el problema.
—Hay algún tipo de naufragio allí abajo —dijo Tibor—. Tropecé con él. Todo lo que pude ver fue un montón de alambres y varillas.
Por su enojo y desagrado el recuerdo lo hizo estremecerse de nuevo.
—No veo por qué eso debería hacerte temblar —gruñó Nick. Tampoco lo veía Tibor; allí en la cubierta inundada de sol era imposible explicar como una forma inofensiva vislumbrada a través de la bruma podría aterrorizar la mente.
—Casi me enredé con él —mintió—. Blanco me izó justo a tiempo.
—Hum —dijo Nick, obviamente no convencido—. De todas formas no es un barco. —Hizo un gesto hacia el buceador del medio de la nave—. Steve se encontró con un lío de cuerdas y tela, como nylon grueso, dice. Suena como algún tipo de paracaídas. —El viejo griego miró con disgusto el empapado resto de su cigarro y luego lo tiró por la borda—. En cuanto Billy suba, bajaremos a ver. Puede valer algo; recuerda lo que le sucedió a Jo Chambers.
Tibor recordó. La historia era famosa a lo largo de toda la Gran Barrera de Arrecifes. Jo era un pescador solitario que en los últimos meses de la guerra encontró un DC-3 en aguas poco profundas, a pocas millas de la costa de Queensland. Luego de prodigios de salvataje, sin ayuda, logró romper el fuselaje, y comenzó a descargar cajas de herramientas y matrices, perfectamente protegidas por sus envolturas engrasadas. Durante un tiempo estuvo metido en un floreciente negocio de importación, pero cuando la policía lo atrapó, reveló de mala gana su fuente de aprovisionamiento. Los polizontes australianos pueden ser muy persuasivos.
Y fue entonces, luego de semanas y semanas de agotador trabajo submarino, cuando Jo descubrió lo que su DC-3 había transportado. Además de herramientas, que estuvo vendiendo por unos miserables cientos de dólares a garajes y talleres, las grandes cajas que nunca llegó a abrir contenían la paga de una semana para las fuerzas de los Estados Unidos en el Pacífico. La mayor parte en piezas de oro de veinte dólares.
Aquí no había tanta suerte, pensó Tibor al hundirse nuevamente; pero el avión —o lo que fuera— podía contener instrumentos valiosos, y podía existir una recompensa por su descubrimiento. Además, se lo debía a sí mismo; quería ver exactamente que fue lo que tanto lo asustó.
Diez minutos más tarde supo que no era un avión. Tenía otra forma, y era demasiado pequeño: sólo unos seis metros de largo y la mitad de ancho. Aquí y allá, en el cuerpo suavemente cónico, habían escotillas de acceso y diminutas troneras a través de las cuales instrumentos desconocidos espiaban al mundo. Parecía intacto, aunque un extremo se había fundido, probablemente a consecuencia de un terrible calor. Del otro, brotaba una maraña de antenas, todas quebradas o dobladas por el impacto con el agua. Aún ahora tenían una increíble semejanza con las patas de un insecto gigantesco.
Tibor no era tonto; inmediatamente adivinó lo que era. Sólo quedaba un problema, y lo resolvió con facilidad. Aunque parcialmente chamuscadas por el calor, todavía podían leerse algunas palabras marcadas en las escotillas. Las letras eran cirílicas y Tibor sabía suficiente ruso para comprender referencias a repuestos eléctricos y sistemas de presurización.
—De modo que han perdido un sputnik —se dijo con satisfacción. Podía imaginar lo sucedido; la cosa descendió con demasiada velocidad, y en el lugar equivocado. Alrededor de un extremo estaban los restos andrajosos de las bolsas de flotación; habían estallado con el impacto, y el vehículo se hundió como una piedra. La tripulación del Arafura debería disculparse con Joey; no había estado tomando grog. Lo que había visto llameando entre las estrellas tenía que haber sido el porta cohetes, separado de su carga y cayendo desenfrenadamente en la atmósfera terrestre.
Durante largo tiempo anduvo Tibor por el fondo, agazapado, las rodillas dobladas, mientras miraba esa criatura espacial atrapada ahora en un elemento extraño. Su mente estaba llena de planes a medio cristalizar. Ya no le importaba el dinero del salvamento; mucho más importante era el proyecto de venganza. Aquí estaba una de las más arrogantes creaciones de la tecnología soviética. Y Szabo Tibor, de Budapest, era el único hombre en el mundo que lo sabía.
Tenía que existir alguna forma de explotar la situación, de hacer daño al país y la causa que ahora odiaba con tan furiosa intensidad. En las horas de vigilia rara vez era consciente de ese odio, y menos aún se detenía para analizar la causa real. Aquí, en este solitario mundo de mar y cielo, de humeantes pantanos de mangles y deslumbradoras costas de coral, nada había que le recordara el pasado. Sin embargo, nunca podía escapar de él, y algunas veces los demonios de la mente despertaban y lo arrojaban a una viciosa, desenfrenada destructividad. Hasta ahora fue afortunado; no había matado a nadie. Pero algún día...
Un ansioso tirón de Blanco le interrumpió los sueños de venganza. Envió una tranquilizadora señal al ayudante, y comenzó un cuidadoso examen de la cápsula. ¿Cuánto pesaba? ¿Podría ser izada con facilidad? Había muchas cosas por descubrir, antes de decidirse por un plan definido.
Se apoyó contra la acanalada pared metálica, y empujó cautelosamente. Hubo un movimiento, y la cápsula se balanceó en el fondo marino. Quizás pudiese ser izada aun con los pocos aparejos del Arafura. Probablemente era más liviana de lo que parecía.
Tibor apretó el casco contra una parte plana de aquella superficie metálica y escuchó atentamente. Quizás esperaba oír algún ruido mecánico, como el zumbido de motores eléctricos. Sin embargo, el silencio era completo. Con la empuñadura del cuchillo golpeó vivamente el metal, tratando de calcular el espesor y localizar algún punto débil. Al tercer intento obtuvo resultados; pero no fue los que había previsto.
En una furiosa y desesperada retreta, de la cápsula salieron unos golpes en respuesta.
Hasta el momento, Tibor nunca soñó que pudiese haber alguien adentro; la cápsula parecía demasiado pequeña. Entonces comprendió que había estado pensando en términos de aviación convencional; aquí había suficiente espacio para una pequeña cabina de presión, en la cual un devoto astronauta podía pasar unas pocas horas apretado.
Como calidoscopio, que puede cambiar completamente los dibujos en un instante, así los planes a medio formar en la mente de Tibor se disolvieron y cristalizaron luego en una nueva figura. Detrás del grueso vidrio del casco se pasó la lengua por los labios. Si Nick hubiera podido verlo en ese momento se habría preguntado —como lo había hecho antes— si su buceador Número Dos estaba totalmente cuerdo. Todos los pensamientos de una venganza remota e impersonal contra algo tan abstracto como una nación o una máquina habían desaparecido; ahora sería hombre contra hombre.
—Te tomaste tu tiempo, ¿no es así? —dijo Nick—. ¿Qué encontraste?
—Es ruso —dijo Tibor—. Algún tipo de sputnik. Si pudiéramos pasar una cuerda alrededor de él, creo que lograríamos levantarlo del fondo. Pero es demasiado pesado para izarlo a bordo.
Nick mascó pensativo su eterno cigarro. El capitán estaba preocupado por algo que Tibor no había pensado. Si se realizaban operaciones de salvamento por allí, todo el mundo sabría donde estuvo navegando el Arafura. Cuando la noticia llegara a Isla Jueves, su zona privada de ostras sería limpiada inmediatamente.
Tendrían que callar el asunto, o transportar la maldita cosa ellos mismos y no decir dónde la habían encontrado. Sucediera lo que sucediese, parecía más una molestia que otra cosa. Nick, que compartía la desconfianza de todos los australianos hacia la autoridad, ya había decidido que todo lo que obtendría por sus trabajos sería una amable carta de agradecimiento.
—Los muchachos no quieren bajar —dijo—. Piensan que es una bomba. Quieren dejarla.
—Diles que no se preocupen —replicó Tibor—. Yo me ocuparé.
Trató que su voz pareciera normal y sin emoción; esto era demasiado bueno para ser cierto. Si los otros buceadores escuchaban el golpeteo de la cápsula sus planes fracasarían.
Hizo un gesto hacia la isla, verde y hermosa en el horizonte.
—Sólo podemos hacer una cosa. Si logramos alzarla medio metro desde el fondo, podremos ir hacia la costa. Una vez que estemos en aguas poco profundas no será demasiado difícil transportarla hasta la playa. Podemos utilizar los botes, y atar poleas y un soporte a uno de esos árboles.
Nick consideró la idea sin demasiado entusiasmo. Dudaba que pudieran pasar el sputnik a través de los arrecifes, aun en el lado a sotavento de la isla. Pero sí estaba a favor de halarlo fuera de la zona de ostras; siempre podrían arrojarlo a otra parte, abalizar el sitio y todavía obtener reconocimiento por ello.
—Muy bien —dijo—. Baja. Esa cuerda de cinco centímetros es la más fuerte que tenemos; será mejor que la lleves. No te quedes todo el maldito día; ya que hemos perdido demasiado tiempo.
Tibor no tenía intención de quedarse todo el día. Seis horas serían más que suficiente. Esa era una de las primeras cosas que supo gracias a las señales que escuchó a través de la pared.
Era una pena no escuchar la voz del ruso; pero el ruso podía oírlo, y eso era lo que realmente importaba. Cuando apoyaba el casco contra el metal y gritaba, casi todas sus palabras eran escuchadas. Hasta ahora había sido una conversación amistosa; Tibor no tenía intención de mostrar la mano hasta el momento psicológico adecuado.
El primer paso consistió en establecer un código; un golpe para «sí», dos para «no». Luego, era cuestión de idear las preguntas apropiadas; con tiempo, no existía hecho o idea que no pudieran ser comunicados mediante estas dos señales. Habría sido más arduo si Tibor hubiese tenido que utilizar su indiferente ruso; se alegró de encontrar que el piloto atrapado comprendía inglés a la perfección, aunque eso no lo sorprendió.
En la cápsula había aire para otras cinco horas; el ocupante no estaba herido; sí, los rusos sabían donde cayó la cápsula. Esta última respuesta hizo vacilar a Tibor. Quizás el piloto mentía, pero podía ser cierto. Aunque obviamente algo anduvo mal en el regreso a la Tierra, los buques rastreadores en el Pacífico debían haber localizado el punto de impacto; ¿con cuánta exactitud? Eso no podía adivinarlo y no importaba demasiado. Podrían tardar días en llegar allí, aun si iban directamente a aguas territoriales australianas, sin preocuparse de solicitar permiso a Camberra. Él era el dueño de la situación; todo el poderío de la URSS no podría interferir con sus planes..., hasta que fuera demasiado tarde.
La pesada cuerda cayó en rollos sobre el lecho marino, levantando una nube de cieno que se elevó como humo en la tranquila corriente. Ahora que el sol estaba más alto en el cielo, el mundo submarino no se hallaba ya envuelto en una bruma gris y crepuscular. El lecho marino era incoloro pero brillante, y el campo de visión abarcaba ahora casi cuatro metros. Por primera vez, Tibor pudo ver la cápsula espacial en su totalidad. Era un objeto tan singular (había sido diseñado para condiciones que estaban más allá de toda experiencia normal) que parecía burlarse de la vista. En vano se buscaba la parte delantera o trasera; era imposible adivinar hacia dónde apuntaba al volar en su órbita.
Tibor apoyó el casco contra el metal, y gritó:
—Estoy aquí otra vez. ¿Puedes oírme?
Toc.
—Tengo una cuerda, y voy a atarla a los cables del paracaídas. Estamos a unos tres kilómetros de una isla, y en cuanto te hayamos amarrado iremos para allá. No podemos izarte con el equipo del lugre, de modo que trataremos de arrastrarte fuera del agua en la playa. ¿Comprendes?
Toc.
En sólo unos momentos estuvo asegurada la cuerda; ahora convenía alejarse antes que el Arafura comenzara a levantar la cápsula. Pero primero debía hacer algo.
—¡Hola! —gritó—. Ya sujeté la cuerda. Te levantaremos en un minuto. ¿Me oyes?
Toc.
—Entonces puedes escuchar esto también. Nunca llegarás allá con vida. También arreglé eso.
Toc, toc.
—Tienes cinco horas para morir. Mi hermano tardó más, cuando tropezó con vuestro campo minado. ¿Comprendes? Soy de Budapest. Te odio a ti y a tu país y a todo lo que significan. Se apoderaron de mi hogar, de mi familia, esclavizaron a mi pueblo. Ojalá pudiera ver tu rostro ahora; ojalá pudiera verte morir, como tuve que ver a Theo. Cuando estemos a mitad de camino hacia la isla, esta cuerda se romperá donde yo la corté. Bajaré y colocaré otra..., que también se romperá. Puedes sentarte ahí y esperar los porrazos.
Tibor calló de pronto, agitado y exhausto por la violenta emoción. No existía lugar para la lógica o la razón en ese orgasmo de odio; no se detuvo a pensar, pues no se atrevía. Sin embargo, desde las profundidades de la mente, la verdad se abrió paso hacia la luz de la conciencia.
No eran los rusos a quienes odiaba, pese a todo lo que hicieron. Era a sí mismo, pues él hizo más. La sangre de Theo y de diez mil compatriotas le manchaban las manos. Nadie fue mejor comunista que él, ni creyó más supinamente la propaganda de Moscú. En la escuela, y en el colegio fue el primero en perseguir y denunciar a los «traidores». (¿Cuántos había enviado a los campos de trabajos forzados o a las cámaras de tortura?). Cuando vio la verdad era ya demasiado tarde; e incluso entonces no luchó: corrió.
Corrió a través del mundo, tratando de huir de esa culpa; y las dos drogas del peligro y del libertinaje lo ayudaron a olvidar el pasado. Los únicos placeres que le daba la vida ahora eran los abrazos sin amor que tan febrilmente buscaba cuando estaba en tierra, y su actual modo de existencia probaba que no bastaba con eso. Si ahora tenía el poder de dispensar la muerte era solamente porque él mismo vino aquí a buscarla.
De la cápsula no salía sonido alguno; el silencio parecía despreciativo, burlón. Furioso, Tibor la golpeó con el mango del cuchillo.
—¿Me oíste? —gritó—. ¿Me oíste?
No hubo respuesta.
—¡Maldito! ¡Sé que me estás escuchando! ¡Si no contestas perforaré la cápsula y dejaré entrar el agua!
Estaba seguro de poder hacerlo, con la afilada punta del cuchillo. Pero no quería; sería un fin demasiado rápido, demasiado fácil.
Seguía sin escuchar respuesta. Quizás el ruso se había desmayado. Tibor esperaba que no, pero no había razón para quedarse allí quieto. Dio un último golpe maligno a la cápsula, e hizo la señal a su ayudante.
Nick tenía noticias para él cuando llegó a la superficie.
—La radio de Isla Jueves ha estado protestando —dijo—. Los rusos piden a todo el mundo que busque uno de sus cohetes. Dicen que debería estar flotando en alguna parte, sobre la costa de Queensland. Parece que están muy interesados en recuperarla.
—¿Dijeron alguna otra cosa sobre ella? —preguntó Tibor ansiosamente.
—Oh, sí...; ha dado la vuelta a la Luna un par de veces.
—¿Eso es todo?
—Nada más que yo recuerde. Había mucha jerga científica que no comprendí.
Era muy de los rusos callar todo lo que podían acerca de un experimento que había fracasado.
—¿Avisó a Isla Jueves que la encontramos?
—¿Estás loco? De todas formas, el radio anda mal; no podríamos aunque quisiéramos. ¿Ajustaste bien esa cuerda?
—Sí; vea si puede levantarla desde el fondo.
Habían arrollado la punta de la cuerda alrededor del mástil principal, y en pocos segundos se puso tensa. Aunque el mar estaba calmo había una ligera marejada, y el lugre se inclinaba diez o quince grados. Con cada bamboleo las bordas se elevaban medio metro, y volvían a caer. Había fuerza para alzar varias toneladas, pero era necesario tener cuidado al utilizarla.
La cuerda vibraba, el maderamen gemía y crujía, y por un momento Tibor tuvo miedo que la debilitada línea se rompiera demasiado pronto. Pero resistió y levantaron la cápsula. En la segunda y tercera oleada la elevaron aún más. La cápsula estuvo entonces fuera del lecho marino, y el Arafura escoró ligeramente hacia el puerto.
—Vamos —dijo Nick, tomando el timón—. Deberíamos poder arrastrarla media milla antes que vuelva a chocar con el fondo.
El lugre comenzó a navegar lentamente hacia la isla, arrastrando su oculta carga. Al recostarse en las barandillas, dejando que el sol le secara la humedad de la empapada vestimenta, Tibor se sintió en paz por primera vez en..., ¿cuántos meses? Incluso su odio dejó de arder como un fuego en su cerebro. Quizá, como el amor, era una pasión que nunca podía satisfacerse; pero por el momento, al menos, estaba saciada.
Su resolución no se había debilitado; estaba implacablemente decidido a ejecutar la venganza que tan extrañamente —tan milagrosamente— se puso a su alcance. La sangre pedía sangre, y ahora los fantasmas que lo perseguían podían por fin descansar. Sin embargo sintió una extraña compasión, incluso piedad, por el desconocido gracias al cual ahora podía devolver el golpe a los enemigos que alguna vez fueron sus amigos. Les robaba mucho más que una simple vida pues, ¿qué era un hombre, aun un científico altamente entrenado, para los rusos? Lo que les sacaba era poder y prestigio y sabiduría, las cosas que valoraban más.
Comenzó a preocuparse cuando estuvieron a dos tercios del camino hacia la isla, y la cuerda aún no se rompía. Todavía quedaban cuatro horas, y eso era demasiado tiempo. Por primera vez se le ocurrió que todo su plan podría echarse a perder, y recaer incluso sobre su cabeza. ¿Qué pasaría si, a pesar de todo, Nick lograba llevar la cápsula hasta la playa antes del plazo?
Con una profunda vibración que conmovió toda la nave, la cuerda salió retorciéndose del agua, rociando espuma en todas direcciones.
—Debería haberlo previsto —murmuró Nick—. Justo comenzaba a chocar. ¿Te gustaría volver a bajar, o mando a alguno de los muchachos?
—Yo me haré cargo —respondió Tibor apresuradamente—. Puedo hacerlo más rápidamente que ellos.
Eso era cierto, pero tardó veinte minutos en localizar la cápsula. El Arafura se había deslizado bastante lejos antes que Nick lograra detener el motor, y por un momento Tibor se preguntó si alguna vez volvería a encontrarla. Revisó el lecho marino describiendo grandes arcos, y recién cuando se enredó accidentalmente en el paracaídas finalizó su búsqueda. Las jarcias ondulaban como un extraño y horrible monstruo marino. Pero a nada temía ya Tibor, excepto al fracaso, y su pulso apenas se aceleró al ver la masa blanca y reluciente.
La cápsula estaba arañada y cubierta de lodo, pero parecía intacta. Ahora descansaba sobre un costado, y hacía pensar en una gigantesca mantequera ladeada. Con seguridad, el pasajero había recibido algún golpe; pero si había caído desde la Luna tenía que estar bien protegido, y probablemente estuviera aún en buenas condiciones. Tibor así lo esperaba; sería una pena que se desperdiciaran las tres horas siguientes.
Nuevamente apoyó el cobre verdoso del casco contra el metal ya no tan reluciente de la cápsula.
—¡Hola! —gritó—. ¿Puedes oírme?
Quizás el ruso trataría de contrariarlo permaneciendo silencioso, pero eso, seguramente, era pedir demasiado del autocontrol de cualquier hombre. Tibor tenía razón; casi inmediatamente llegó el golpe agudo en respuesta.
—Me alegro que estés ahí —respondió—. Las cosas están saliendo exactamente como te dije, aunque me parece que tendré que cortar la cuerda más profundamente.
La cápsula no respondió. No volvió a contestar, aunque Tibor golpeó y golpeó en la siguiente inmersión..., y en la siguiente. Pero entonces ya no lo esperaba, pues tuvieron que detenerse un par de horas para enfrentar una borrasca, y el plazo expiró mucho antes que efectuara su descenso final. Estaba algo molesto por eso, pues había planeado un mensaje de despedida. Lo gritó igual, aunque sabía que estaba malgastando el aliento.
Temprano en la tarde, el Arafura estaba ya muy cerca de la isla. Sólo había unos metros de profundidad, y la marea estaba bajando. Con cada ola la cápsula quedaba descubierta; estaba firmemente encallada en un banco de arena. No había esperanzas de moverla más allá; estaba atascada, hasta que la marea alta la arrastrara.
Nick miró la situación con ojos expertos.
—Esta noche habrá una marea de dos metros —dijo—. Por la forma en que yace, deberá quedar sólo a medio metro de profundidad. Podremos llegar a ella con los botes.
Esperaron fuera del banco de arena, mientras bajaba el sol y la marea, y la radio transmitía informes intermitentes de una búsqueda que se acercaba, pero aún estaba lejana. Hacia el fin de la tarde, la cápsula estaba casi fuera del agua; la tripulación, de mala gana (una sensación que Tibor compartía, con disgusto), dirigió hacia ella el pequeño bote.
—Tiene una puerta al costado —dijo Nick súbitamente—. ¡Caramba! ¿Creen que haya alguien adentro?
—Podría ser —respondió Tibor, con voz no tan firme como pensaba. Nick lo miró con curiosidad. El buceador actuó en forma extraña durante todo el día, pero no pensaba preguntarle qué andaba mal. En esa parte del mundo, pronto se aprendía a no inmiscuirse en los asuntos de los demás.
El bote, balanceándose ligeramente en el mar picado, llegó al lado de la cápsula. Nick sacó la mano y tomó la punta de una antena torcida. Luego, con agilidad felina, trepó a la curva superficie metálica. Tibor no efectuó intento alguno por seguirlo; observó silenciosamente desde el bote mientras Nick examinaba la escotilla.
—A menos que esté trabada —murmuró Nick—, debe existir alguna forma de abrirla desde afuera. Quizás haya que utilizar herramientas especiales.
El temor de Nick no estaba justificado. La palabra «abrir» fue grabada en diez idiomas alrededor de la hundida cerradura y sólo fueron necesarios unos pocos segundos para deducir su funcionamiento. El aire salió siseando, y Nick dijo «Oh» y palideció súbitamente. Miró a Tibor como buscando ayuda, pero Tibor apartó la mirada. Entonces, de mala gana, Nick se metió en la cápsula.
Tardó un largo rato. Desde adentro llegaron primero unos golpes sordos, seguidos de una sarta de profanidades bilingües. Y luego un prolongado silencio.
Cuando la cabeza de Nick apareció por la escotilla, su rostro curtido y bronceado estaba gris y surcado de lágrimas. Tibor vio ese increíble espectáculo, y tuvo un horrible presentimiento. Algo había salido muy mal, pero su mente estaba demasiado embotada para anticipar la verdad. Luego, cuando Nick depositó su carga, no mayor que una muñeca, comprendió.
Blanco la tomó, mientras Tibor retrocedía hacia la popa del bote. Cuando miró el tranquilo rostro de cera sintió que unos dedos de hielo se le cerraban no sólo alrededor del corazón sino de la espalda. En ese mismo instante, al conocer el precio de su venganza, en él murieron para siempre el odio y el deseo.
La cosmonauta muerta era quizás más hermosa en la muerte que en la vida; aunque pequeña, debió ser fuerte y muy bien entrenada para esta misión. Tendida a los pies de Tibor no era ni rusa ni el primer ser humano que vio la cara oculta de la Luna; era simplemente la niña que él asesinó.
Nick estaba hablando, muy lejos.
—Ella llevaba esto —dijo, con voz insegura—. La tenía firmemente apretada en la mano; tardé un largo rato en poder sacársela.
Tibor apenas lo escuchó, ni miró la diminuta cinta grabada en la palma de Nick. No podía adivinar, en ese instante más allá de todo sentimiento, que las Furias se apoderarían aún de su alma, y que el mundo entero escucharía una acusadora voz de ultratumba, marcándolo más irrevocablemente que a hombre alguno desde Caín.
en Tales of ten worlds, 1961