lunes, julio 14, 2014
"La grandeza de Arafat", de Gilles Deleuze
La causa palestina es ante
todo el conjunto de las injusticias que este pueblo ha padecido y sigue
padeciendo. Estas injusticias son los actos de violencia pero también
las sinrazones, los falsos razonamientos, las falsas garantías con que
se les pretende compensar y justificar. Arafat no ha usado más que una
palabra para hablar de las promesas incumplidas, de los compromisos
violados, tras las masacres de Sabra y Chatila: shame, shame.
Se dice que no es un genocidio. Sin embargo, es una historia que, desde
el principio, tiene mucho de Oradour. El terrorismo sionista no se
dirigía únicamente contra los ingleses, sino contra los pueblos árabes
que tenían que desaparecer; el Irgún fue muy activo en este sentido
(Deir Yassine). En todos los casos se trata de hacer como si el pueblo
palestino no solamente no debiera existir, sino que no hubiera existido
nunca.
Los conquistadores eran quienes habían padecido ellos mismos el mayor
genocidio de la historia. Los sionistas hicieron de este genocidio un
mal absoluto. Pero transformar el mayor genocidio de la historia en mal
absoluto es una visión religiosa y mística, no una visión histórica.
Esta visión no detiene el mal; al contrario, lo propaga, lo hace recaer
sobre otros inocentes, exige una reparación que hace sufrir a otros una
parte de lo que los judíos han sufrido (expulsión, asilamiento en el
gueto, desaparición como pueblo). Con medios más “fríos” que los del
genocidio, se trata de llegar al mismo resultado.
EE.UU. y Europa les debían a los judíos una reparación. Y esta
reparación se la hicieron pagar a un pueblo del cual lo menos que puede
decirse es que no tenía nada que ver con ella, que era singularmente
inocente de todo holocausto y que ni siquiera había oído hablar de él.
El sionismo, y después el Estado de Israel, exigieron a los palestinos
reconocimiento jurídico. Pero él mismo, el Estado de Israel, no ha
dejado de negar el hecho mismo de la existencia del pueblo palestino.
Nunca se habla de palestinos, sino de árabes de Palestina, como si
hubiesen estado allí por casualidad o por error. Luego se hará como si
los palestinos expulsados viniesen de otro lugar, nunca se mencionará la
primera guerra de resistencia que llevaron a cabo completamente solos.
Se hará de ellos los descendientes de Hitler, puesto que no reconocen a
Israel su derecho. Pero Israel se reserva el derecho de negar su
existencia de hecho. Aquí comienza una ficción que cada vez se extenderá
más, y que pesará sobre todos los defensores de la causa palestina.
Esta ficción, que es una apuesta de Israel, consistía en hacer pasar por
antisemitas a cuantos pusieran objeciones a los hechos y a las acciones
del Estado sionista. La fuente de esta operación fue la fría política
de Israel con respecto a los palestinos.
Desde el comienzo, Israel no ha ocultado su propósito: vaciar el
territorio palestino. Aún más: hacer como si el territorio palestino
estuviera vacío, destinado desde siempre a los sionistas. Se trataba de
una colonización, pero no en el sentido europeo del siglo XIX: no se
quería explotar a los nativos, se les quería expulsar. Quienes se
resistieran a ello no se convertirían en una mano de obra dependiente
del territorio, sino en una mano de obra volante y desarraigada, como si
se tratase de inmigrantes reunidos en un gueto. Desde el principio se
trató de ocupar las tierras como si estuviesen desiertas o pudiesen
vaciarse. Es un genocidio, pero el exterminio físico está subordinado en
este caso a la evacuación geográfica: al no ser más que árabes en
general, los palestinos supervivientes deben fundirse con el resto de
los árabes. El exterminio físico, aunque se confíe a mercenarios, no
deja de estar presente. Pero se alega que no es un genocidio, ya que no
se trata de la “solución final”: en efecto, es un medio entre otros. La
complicidad de los EE.UU. con Israel no procede únicamente del poder de
un lobby sionista. Elias Sanbar ha mostrado perfectamente que EE.UU. ha
encontrado en Israel un aspecto de su historia: el exterminio de los
indios que, también en este caso, sólo en parte fue directamente físico.
Se trataba de vaciar, de hacer como si nunca hubiese habido indios más
que en guetos, lo que hacía de ellos otros inmigrantes interiores más.
En muchos aspectos, los palestinos son los nuevos indios, los indios de
Israel. El análisis marxista indica estos dos movimientos
complementarios del capitalismo: imponerse constantemente límites en
cuyo interior despliega y explota su propio sistema; desplazar cada vez
más lejos estos límites, rebasarlos para volver a emprender a mayor
escala o con mayor intensidad su propia fundación. Desplazar los
límites: ésta fue la acción del capitalismo americano, del sueño
americano, que ha sido recuperado por Israel y por el sueño del Gran
Israel en territorio árabe y a costa de los árabes.
¿Cómo ha podido el pueblo palestino resistir, cómo resiste aún? ¿Cómo ha
pasado de ser una sociedad de linajes a convertirse en una nación
armada? ¿Cómo se ha dado a sí mismo un organismo que no simplemente le
representa sino que lo encarna, aún sin territorio y sin Estado? Hacía
falta un personaje histórico que, desde el punto de vista occidental, se
diría salido de Shakespeare, y ése fue Arafat. No es la primera vez en
la historia (los franceses pueden pensar en la Francia libre, con la
diferencia de que al principio contaba con menos base popular). Y lo que
tampoco ha ocurrido por primera vez en la historia es que en cada
ocasión en que ha sido posible una solución o un elemento para la
solución los israelíes la han destruido deliberada y sistemáticamente.
Apelaban a su posición religiosa para negar, no ya el derecho, sino
incluso el hecho palestino. Se desentendían de su propio terrorismo
tratando a los palestinos como terroristas llegados del exterior. Y,
precisamente porque los palestinos no eran tal cosa, sino un pueblo
específico, tan diferente del resto de los árabes como pueden serlo
entre sí los pueblos de Europa, no podían esperar de los propios Estados
árabes más que una ayuda ambigua, que a veces se convertía en
hostilidad y exterminio, cuando el modelo palestino se volvía peligroso
para ellos. Los palestinos han recorrido todos los círculos infernales
de la historia: el abandono de las soluciones cada vez que eran
posibles, las peores inversiones de las alianzas en las que habían
puesto su confianza, el incumplimiento de las promesas más solemnes... Y
su resistencia ha tenido que alimentarse de todo ello.
Puede que uno de los objetivos de las masacres de Sabra y Chatila haya
sido el de desprestigiar a Arafat. No había dado su consentimiento a la
partida de los combatientes, cuya fuerza seguía intacta, más que a
cambio de que la seguridad de sus familias quedase absolutamente
garantizada por EE.UU. e incluso por Israel. Después de las masacres, no
quedaba más palabra que “shame”. Si la crisis de la OLP que se
va a producir tuviera como resultado a plazo medio, ya fuera la
integración en un Estado árabe, ya la disolución en el integrismo
musulmán, entonces podría decirse que el pueblo palestino ha
desaparecido efectivamente. Pero ello ocurriría con tales condiciones
que el mundo, EE.UU. y hasta Israel no dejarían de lamentar las
ocasiones perdidas, incluyendo las que aún son posibles en este momento.
A la fórmula orgullosa de Israel (“Nosotros no somos un pueblo como los
demás”) ha respondido siempre el grito palestino, invocado en el primer
número de la Revue d’études palestiniennes: somos un pueblo como los
demás, no queremos ser otra cosa...
Al emprender la guerra terrorista del Líbano, Israel ha intentado
suprimir a la OLP y privar al pueblo palestino de su soporte, tras
haberle privado de su tierra. Y puede que lo haya conseguido, porque en
la Trípoli sitiada sólo quedaba la presencia física de Arafat entre los
suyos, todos sumidos en una especie de grandeza solitaria. Pero el
pueblo palestino no perderá su identidad más que provocando en su lugar
un doble terrorismo, de Estado y de religión, que se beneficiará de su
desaparición y que hará imposible todo acuerdo de paz con Israel. De la
guerra del Líbano Israel no saldrá sólo moralmente desunido y
económicamente desorganizado, sino que se enfrentará a la imagen
invertida de su propia intolerancia. Una solución política, un
compromiso pacífico sólo es posible con una OLP independiente, que no
haya desaparecido en uno de los Estados existentes y que no se disuelva
en los distintos movimientos islámicos. La desaparición de la OLP sólo
sería una victoria de las fuerzas ciegas de la guerra, indiferentes a la
supervivencia del pueblo palestino.
Septiembre, 1983
en Revue d’études palestiniennes, nº 10, invierno, 1984
