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Tuesday, May 31, 2016

Poemas de John Keats

  1. John Keats

    .
      Información biográfica

    1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
    2. A un amigo que me envió rosas
    3. Al sueño
    4. Ante los mármoles Elgin por primera vez
    5. Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
    6. ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
    7. ¿Dónde hallar al poeta?
    8. Escrito antes de releer "El rey Lear"
    9. Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
    10. Esta viva mano
    11. Estrella brillante, si fuera constante como tú
    12. Feliz es Inglaterra
    13. Meg Merrilies
    14. Oda a la melancolía
    15. Oda a un ruiseñor
    16. Oda a una urna griega
    17. Oda al otoño
    18. Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
    19. ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
    20. Sobre la cigarra y el grillo




      Información biográfica
        Nombre: John Keats
        Lugar y fecha nacimiento: Londres (Inglaterra), 31 de octubre de 1795
        Lugar y fecha defunción: Roma (Italia), 23 de febrero de 1821 (25 años)
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      1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
          A quien en la ciudad estuvo largo tiempo
          Confinado, le es dulce contemplar la serena
          Y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria
          Hacia la gran sonrisa del azul.
          ¿Quién más feliz entonces si, con el alma alegre,
          Se hunde fatigado en la blanda yacija
          De la hierba ondulante y lee una acabada,
          Una gentil historia de amor y languidez?
          Si, atardecido, vuelve al hogar, ya en su oído
          La voz de Filomela, y acechando sus ojos
          La fúlgida carrera de una pequeña nube,
          Lamenta el deslizarse del presuroso día,
          Desvanecido como la lágrima de un ángel
          Que cae por el éter claro, calladamente.
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        A un amigo que me envió rosas
          Cuando ya tarde paseaba por los campos felices
          A la hora en que la alondra sacude el trémulo rocío
          De su exuberante escondite de trébol, cuando de nuevo
          Los bravos caballeros cogen sus abollados escudos:
          Vi la flor más linda que haya ofrecido la naturaleza silvestre,
          Una rosa almizcleña recién mecida por el viento; la primera en desprender
          Su fragancia al verano: crecía encantadora,
          Como si fuera el cetro que empuñara la reina Titania.
          Y mientras me regalaba con su aroma,
          Pensé en la rosa de jardín, con mucho superada:
          Pero cuando, ¡oh Wells!, tus rosas llegaron a mí,
          Mi sentido con su exquisitez quedó presagiado:
          Dulces voces tenían, que con tierna súplica,
          Me susurraban sobre paz, verdad e invencible cordialidad.
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        Al sueño
          Suave embalsamador de la alta noche en calma,
          Que cierras con benignos y cuidadosos dedos
          Nuestros ojos que gustan de ocultarse a la luz,
          Envueltos en la sombra de un celestial olvido;
          Oh dulcísimo sueño, si así te place, cierra,
          En medio de tu canto, mis ojos deseantes,
          O espera el "Así sea", hasta que tu amapola
          Eche sobre mi cama los dones de tu arrullo.
          Líbrame pues, o el día que se fue volverá
          A alumbrar mi almohada, engendrando aflicciones;
          De la conciencia líbrame, que impone, inquisitiva,
          Su voluntad en lo oscuro, hurgando como un topo;
          Gira bien, con la llave, los cierres engrasados,
          Y sella así la urna callada de mi espíritu.
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        Ante los mármoles Elgin por primera vez
          Mi espíritu es muy débil: la condición mortal
          Me abruma con su peso de sueño no querido
          Y toda imaginada profundidad o cima
          De angustia de los dioses me dice: "Has de morir"
          Como un águila enferma que mira hacia los cielos.
          Lujo reconfortante es lamentar, aún,
          Que yo no tenga el viento de nubes que guardar
          Fresco cuando aparece el ojo de la aurora.
          Esas glorias mentales, apenas concebidas,
          Llevan al corazón indescriptible pugna;
          Y aquellas maravillas, un voluble dolor
          Que funde la grandeza helena con la burda
          Quiebra del tiempo antiguo, con un mar ondulante,
          Con un sol, una sombra de lo inmenso.
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        Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
          Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
          Antes de que mi pluma haya espigado mi atestado cerebro,
          Antes de que altas pilas de libros, en caracteres,
          Guarden como ricos graneros el grano totalmente maduro;
          Cuando contemplo, sobre el rostro estrellado de la noche,
          Símbolos inmensamente confusos de un gran romance,
          Y pienso que puede que no viva para trazar
          Sus sombras, con la mano mágica del azar;
          Y cuando siento, ¡encantadora criatura de una hora!
          Que nunca más podré pensarte
          Nunca gustar del poder idílico
          Del amor irreflexivo; así, en la orilla
          Del ancho mundo quedo solo y pienso,
          Hasta que amor y gloria en la nada se hunden.
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        ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
          ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
          Algunos de ellos fueron siempre el alimento
          De mi deleitada fantasía: podría meditar tristemente
          Sobre sus bondades, terrenas o sublimes:
          Y a menudo, cuando me siento a rimar,
          Se entrometerán en tropel delante de mi mente:
          Pero sin confusión ni rudo trastorno
          Por su función; es un grato repique.
          Igual que los innumerables sonidos que guarda la tarde:
          El canto de los pájaros, el murmullo de las hojas,
          El rumor de los arroyos, la gran campana que se esfuerza por levantarse
          Con sonido solemne, y otros miles más,
          Que la distancia priva de reconocimiento,
          Hacen grata música, y no salvaje algarabía.
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        ¿Dónde hallar al poeta?
          ¿Dónde hallar al poeta? Nueve Musas,
          Mostrádmelo, que pueda conocerlo.
          Es aquel hombre que ante cualquier hombre
          Como un igual se siente, aunque fuere el monarca
          O el más pobre de toda la tropa de mendigos;
          O es tal vez una cosa de maravilla: un hombre
          Entre el simio y Platón;
          Es quien, a una con el pájaro,
          Reyezuelo o bien águila, el camino descubre
          Que a todos sus instintos conduce; el que ha escuchado
          El rugir del león, y nos diría
          Lo que expresa aquella áspera garganta;
          Y el bramido del tigre
          Le llega articulado y se le adentra,
          Como lengua materna, en el oído.
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        Escrito antes de releer "El rey Lear"
          ¡Romance de dorada lengua y laúd suave!
          ¡Oh sirena de bellas plumas, lejana Reina!
          Deja tus melodías en este día crudo,
          Cierra tu libro añoso y quédate callada.
          ¡Adiós! Pues que de nuevo la ya enconada pugna
          Entre dolor de Infierno y apasionado limo,
          Ha de abrasarme todo; y probaré de nuevo
          Esa dulzura amarga del fruto shakespeariano.
          ¡Poeta Rey! Y nubes vosotras, las de Albión,
          Creadores de nuestro profundo, eterno tema:
          Cuando cruzado hubiere el robledal antiguo,
          No dejéis que divague por algún sueño inútil,
          Y, consumido ya del Fuego, dadme nuevas
          Alas de Fénix para mi vuelo deseado.
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        Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
          Las campanas repican melancólicamente
          Convocando a los fieles a nuevas oraciones,
          A nuevas lobregueces, a espantosas angustias,
          A escuchar el horrible sonido del sermón.
          Sin duda que la mente del hombre está encerrada
          En un oscuro hechizo, pues todos se separan
          Del gozo junto al fuego, de los aires de la Lidia,
          Del elevado diálogo con los que en gloria reinan.
          Aún, aún repican, y sentiría un frío
          Y una humedad de tumba si no fuera consciente
          De que están extinguiéndose cual vela consumida,
          De que son los gemidos que exhalan al perderse.
        Arriba

        Esta viva mano
          Esta viva mano hoy cálida y capaz
          De ansioso estrechamiento, si estuviera fría
          Y en el helado silencio de la tumba,
          Tanto perseguiría tus días y helaría tus noches soñadas,
          Que desearías que en tu propio corazón se secase la sangre
          Para que en mis venas volviese a correr la roja vida,
          Y así calmases la consciencia. Mírala, aquí está:
          Hacia ti la extiendo.
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        Estrella brillante, si fuera constante como tú
          Estrella brillante, si fuera constante como tú,
          No en solitario esplendor colgada de lo alto de la noche
          Y mirando, con eternos párpados abiertos,
          Como de naturaleza paciente, un insomne eremita,
          Las móviles aguas en su religiosa tarea
          De pura ablución alrededor de tierra de humanas riberas,
          O de contemplación de la recién suavemente caída máscara
          De nieve de las montañas y páramos.
          No, aún todavía constante, todavía inamovible,
          Recostada sobre el maduro corazón de mi bello amor,
          Para sentir para siempre su suave henchirse y caer,
          Despierto por siempre en una dulce inquietud,
          Silencioso, silencioso para escuchar su tierno respirar,
          Y así vivir por siempre o si no, desvanecerme en la muerte.
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        Feliz es Inglaterra
          ¡Feliz es Inglaterra!
          Ya me contentaría
          No viendo más verdores que los suyos,
          No sintiendo más brisas que las que soplan entre
          Sus frondas confundidas con las leyendas grandes;
          Pero nostalgia siento a veces; languidezco
          Por los cielos de Italia; íntimamente gimo
          Por no hallarme en el trono de los Alpes sentado,
          Para olvidar un poco el mundo y lo mundano.
          Feliz es Inglaterra y dulces son sus hijas,
          Sin artificio: bástame su encanto tan sencillo,
          Sus blanquísimos brazos que ciñen en silencio;
          Pero en deseos ardo a menudo de ver
          Bellezas de mirada más honda, y de sus cantos,
          Y de vagar con ellas por aguas del estío.
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        Meg Merrilies
          La vieja Meg era gitana
          Y vivía en el monte:
          Era el brezo rojizo su lecho
          Y al aire libre tuvo su morada.
          Negras moras de zarza por manzanas tenía,
          Por grosellas, simiente de retama;
          Su vino era el rocío de blancas zarzarrosas,
          Tumbas del camposanto eran sus libros.

          Las ásperas quebradas por hermanas tenía
          Y por hermanos los alerces:
          Y sólo en compañía de su familia vasta,
          Vivió como le plació.
          Pasó sin desayuno más de alguna mañana
          Y sin almuerzo más de un mediodía,
          Y en vez de cenar, fijamente
          Contemplaba la luna.

          Mas todas las mañanas, con tierna madreselva
          Sus guirnaldas tejía,
          Y cada noche, el tejo de la hondonada oscura,
          Cantando, entrelazaba.
          Y con sus dedos viejos y morenos
          Tejía esteras de junco,
          Que daba a los labriegos
          Al pasar por el monte.

          Fue Meg bizarra como la reina Margarita,
          Y como de amazona era su talla:
          Llevó por capa el trozo de alguna manta roja,
          Tocóse con un mísero sombrero.
          Que a sus huesos de vieja conceda Dios descanso,
          Pues murió ya hace tiempo.
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        Oda a la melancolía
          No vayas al Leteo ni exprimas el morado
          Acónito buscando su vino embriagador;
          No dejes que tu pálida frente sea besada
          Por la noche, violácea uva de Proserpina.
          No hagas tu rosario con los frutos del tejo
          Ni dejes que polilla o escarabajo sean
          Tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
          Contemple los misterios de tu honda tristeza.
          Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
          Y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

          Pero cuando el acceso de atroz melancolía
          Se cierna repentino, cual nube desde el cielo
          Que cuida de las flores combadas por el sol
          Y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
          Enjuga tu tristeza en una rosa temprana
          O en el salino arco iris de la ola marina
          O en la hermosura esférica de las peonías;
          O, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
          Toma firme su mano, deja que en tanto truene
          Y contempla, constante, sus ojos sin igual.

          Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
          También con la alegría, cuya mano en sus labios
          Siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
          Que en tanto la abeja liba se torna veneno.
          Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
          Tiene su soberano numen Melancolía,
          Aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
          Boca muerde la uva fatal de la alegría.
          Esa alma probará su tristísimo poder
          Y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.
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        Oda a un ruiseñor
          1

          Me duele el corazón y un pesado letargo
          Aflige a mis sentidos, como si hubiera bebido
          Cicuta o apurado un opiato hace sólo
          Un instante y me hubiera sumido en el Leteo:
          Y esto no es porque tenga envidia de tu suerte,
          Sino porque feliz me siento con tu dicha
          Cuando, ligera dríade alada de los árboles,
          En algún melodioso lugar de verdes hayas
          E innumerables sombras
          Brota en el estío tu canto enajenado.

          2

          ¡Oh, si un trago de vino largo tiempo enfriado
          En las profundas cuevas de la tierra
          Que supiera a Flora y a la verde campiña,
          Canciones provenzales, sol, danza y regocijo;
          Oh, si una copa de caliente sur,
          Llena de la mismísima, ruborosa Hipocrene,
          Ensartadas burbujas titilando en los bordes,
          Purpúrea la boca: si pudiera beber
          Y abandonar el mundo inadvertido
          Y junto a ti perderme por el oscuro bosque!

          3

          Perderme a lo lejos, deshacerme, olvidar
          Que entre las hojas tú nunca has conocido
          La inquietud, el cansancio y la fiebre
          Aquí, donde los hombres tan sólo se lamentan
          Y tiemblan de parálisis postreras, tristes canas,
          Donde crecen los jóvenes como espectros y mueren,
          Donde aún el pensamiento se llena de tristeza
          Y de desesperanzas, donde ni la Belleza
          Puede salvaguardar sus luminosos ojos
          Por los que el nuevo amor perece sin mañana.

          4

          ¡Lejos! ¡Muy lejos! He de volar hacia ti.
          No me conducirán leopardos de Baco
          Sino unas invisibles y poéticas alas;
          Aunque torpe y confusa se retrase mi mente:
          ¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
          Y tal vez en su trono aparezca la luna
          Circundada de mágicas estrellas.
          Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
          Desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
          El oscuro verdor y veredas de musgo.

          5

          No puedo ver qué flores hay a mis pies
          Ni el blando incienso suspendido en las ramas,
          Pero en la embalsamada oscuridad presiento
          Cada uno de los dones con los que la estación
          Dota a la hierba, los árboles silvestres, la espesura:
          Pastoril eglantina y blanco espino,
          Violetas marcesibles recubiertas de hojas
          Y el primer nuevo brote de mediados de mayo,
          La rosa del almizcle rociada de vino,
          Morada rumorosa de moscas en verano.

          6

          A oscuras escucho. Y en más de una ocasión
          He amado el alivio que depara la muerte
          Invocándola con ternura en versos meditados
          Para que disipara en el aire mi aliento.
          Ahora más que nunca morir parece dulce,
          Dejar de existir sin pena a medianoche
          ¡Mientras se te derrama afuera el alma
          En semejante éxtasis! Seguiría tu canto
          Y te habría escuchado yo en vano:
          A tu réquiem conviene un pedazo de tierra.

          7

          ¡No conoces la muerte, Pájaro inmortal!
          No te hollará caído generación hambrienta.
          La voz que ahora escucho mientras pasa la noche
          Fue oída en otros tiempos por reyes y bufones;
          Tal vez fuera este mismo canto el que una senda
          Encontró en el triste corazón de Ruth, cuando
          Enferma de añoranza, se sumía en el llanto
          Rodeada de trigos extranjeros,
          La misma que otras veces ha encantado mágicas
          Ventanas que se abren a peligrosos mares
          En prodigiosas tierras ya olvidadas.

          8

          ¡Olvidadas! El mismo tañer de esta palabra
          Me devuelve, ya lejos de ti, a mi soledad.
          ¡Adiós! La Fantasía no consigue engañarnos
          Tanto, duende falaz, como dice la fama.
          ¡Adiós! Tu lastimero himno se desvanece
          Al pasar por los prados vecinos, el tranquilo
          Arroyo y la colina; ahora es enterrado
          En los calveros del cercano valle.
          ¿He soñado despierto o ha sido una visión?
          Ha volado la música. ¿Estoy despierto o duermo?
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        Oda a una urna griega

          Tú, todavía virgen esposa de la calma,
          Criatura nutrida de silencio y de tiempo,
          Narradora del bosque que nos cuentas
          Una florida historia más suave que estos versos.
          En el foliado friso, ¿qué leyenda te ronda
          De dioses o mortales, o de ambos quizá,
          Que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
          ¿Qué deidades son ésas o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
          ¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
          ¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?

          Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
          Sonad por eso, tiernas zampoñas,
          No para los sentidos, sino más exquisitas,
          Tocad para el espíritu canciones silenciosas.
          Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
          Ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
          Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
          Aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
          Marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
          ¡Serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

          ¡Dichosas, ah dichosas ramas de hojas perennes
          Que no despedirán jamás la primavera!
          Y tú, dichoso músico, que infatigable
          Modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
          ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aún más dichoso!
          Por siempre ardiente y jamás saciado,
          Anhelante por siempre y para siempre joven;
          Cuán superior a la pasión del hombre
          Que en pena deja el corazón hastiado,
          La garganta y la frente abrasadas de ardores.

          Estos, ¿quiénes serán que al sacrificio acuden?
          ¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
          Llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
          Los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
          ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
          Alzada en la montaña su clama ciudadela
          Vacía está de gentes esta sacra mañana?
          Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
          Tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
          Por qué estás desolado podrá nunca volver.

          ¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
          De hombres y de doncellas cincelada,
          Con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
          ¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
          Como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
          Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
          Tú permanecerás, entre penas distintas
          De las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
          "La belleza es verdad y la verdad belleza". Nada más
          Se sabe en esta tierra y no más hace falta.
        Arriba

        Oda al otoño
          Estación de las nieblas y fecundas sazones,
          Colaboradora íntima de un sol que ya madura,
          Conspirando con él cómo llenar de fruto
          Y bendecir las viñas que corren por las bardas,
          Encorvar con manzanas los árboles del huerto
          Y colmar todo fruto de madurez profunda;
          La calabaza hinchas y engordas avellanas
          Con un dulce interior; haces brotar tardías
          Y numerosas flores hasta que las abejas
          Los días calurosos creen interminables
          Pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

          ¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?
          Quienquiera que te busque ha de encontrarte
          Sentada con descuido en un granero
          Aventado el cabello dulcemente,
          O en surco no segado sumida en hondo sueño
          Aspirando amapolas, mientras tu hoz
          Respeta la próxima gavilla de entrelazadas flores;
          O te mantienes firme como una espigadora
          Cargada la cabeza al cruzar un arroyo,
          O al lado de un lagar con paciente mirada
          Ves rezumar la última sidra hora tras hora.

          ¿En dónde con sus cantos está la primavera?
          No pienses más en ellos sino en tu propia música.
          Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo
          Y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,
          Cual lastimero coro los mosquitos se quejan
          En los sauces del río, alzados, descendiendo
          Conforme el leve viento se reaviva o muere;
          Y los corderos balan allá por las colinas,
          Los grillos en el seto cantan, y el petirrojo
          Con dulce voz de tiple silba en alguna huerta
          Y trinan por los cielos bandos de golondrinas.
        Arriba

        Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
          Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno,
          Y que has visto las nubes de nieve entre la niebla
          Y copas de olmos negros entre estrellas heladas,
          Será la primavera un tiempo de cosecha.
          Para ti, que has tenido como libro la luz
          De la sombra suprema con la que te nutrías
          Una noche tras otra cuando no estaba Febo,
          Será la primavera una triple mañana.
          Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
          Y sin embargo el canto me brota con pasión.
          Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
          Pero la tarde escucha. Aquél que se entristece
          Pensando en la indolencia no puede estar ocioso,
          Y despierto se encuentra quien se crea dormido.
        Arriba

        ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
          ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá:
          Ni Dios ni Demonio de severa respuesta,
          Se dignan a contestar desde Cielo o Infierno.
          Así, a mi humano corazón me vuelvo enseguida:
          -¡Corazón! Tú y yo estamos aquí tristes y solos;
          ¡Díme, por qué me reí! ¡Oh, dolor mortal!
          ¡Oh, Oscuridad! ¡Oscuridad! Siempre he de quejarme,
          Para preguntar al Cielo, y al Infierno,y al Corazón en vano.
          ¿Por qué me reí? Conozco ese lado del ser,
          Mi fantasía hasta su máxima felicidad se extiende;
          Ahora podría cesar en esta auténtica media noche,
          Y las llamativas insignias del mundo, ver en añicos.
          Poesía, Fama y Belleza, son de hecho intensas,
          Pero la Muerte lo es más: La Muerte es el mayor premio de la Vida.
        Arriba

        Sobre la cigarra y el grillo
          Jamás la poesía de la tierra se extingue:
          Cuando a todos los pájaros abate el sol ardiente
          Y ocúltanse en árboles de umbría, una voz corre
          De seto en seto, por prados recién segados.
          En la de la cigarra. El concierto dirige
          De la pompa estival y no se sacia nunca
          De sus delicias, pues si le cansan sus juegos,
          Se tumba a reposar bajo algún junco amable.
          En la tierra jamás la poesía cesa:
          Cuando, en la solitaria tarde invernal, el hielo
          Ha labrado el silencio, en el hogar ya vibra
          El cántico del grillo, que aumenta sus ardores,
          Y parece, al sumido en somnolencia dulce,
          La voz de la cigarra, entre colinas verdes.
        Arriba


Monday, May 23, 2016

‘Europe Is Lost’ by Kate Tempest




With ‘Europe Is Lost’, there can be little doubt that Kate Tempest is now the UK’s greatest working lyricist. If we were released in the '70s it would have stood right up alongside ‘Gangsters’ by The Specials and PiL’s ‘Public Image’, and would have probably arrived fully-formed in the pages of NME via a double page advertisement of the the striking sleeve art (above).

As it is, we get a streamable sermon of disgust that’s both crushed and mad sounding, an ultimately empty lament delivered from Tempest both in character and out to the “BoredOfItAll generation” (her words) at the fag end of a culture vortex which now, through her eyes, simmers at breaking point.

It’s the most thrillingly reactive single to come out of England since Ben Watt and Estelle made their London-centric ‘Pop A Cap In Yo Ass’ back in 2005. It bests anything Plan B’s ever done, seriously raises the game for Skepta and takes the blueprint laid down by all those doomed ‘indie poets’ of the past 15 years like Mike Skinner, Pete Doherty and Dizzie Rascal, completing what they started before fame sent them down vastly different paths.

Word is it wasn’t even due for release until next year, but Tempest and producer Dan Carey felt they couldn’t hold it back any longer. You can literally feel that in her delivery too; childlike, almost drunk sounding but always, always eagle-eyed.



Sure, people will be drawn in by the cheap thrill lines (“Live porn streamed to your pre-teens bedrooms”, “Caught sniffing lines off a prostitutes prosthetic tits”), but I think there’s wordplay as nifty as anything 'the greats' (here's looking at you Moz and MIA) have done any time here too. “Top down violence, structural viciousness” is evil Jarvis, while “Massacres massacres massacres/new shoes” is where the courageous and banal meet, which is the exact reason art pop was ever invented. And that's before we even get to the utterly perfect line about Cameron’s pig, which I won’t spoil for you.

It’s the overall message that hits home hardest. You wait ages for a decent protest song, and then this - one of the greatest ever, possibly – comes along roaring. It’s the sound of pure defeat in 2015, of drowning and not waving. And it has rarely ever sounded so sweet.


Stream the track above and read the lyrics below:

Europe is lost, America lost, London is lost,
Still we are clamouring victory.
All that is meaningless rules,
And we have learned nothing from history.

People are dead in their lifetimes,
Dazed in the shine of the streets.
But look how the traffic keeps moving.
The system’s too slick to stop working.
Business is good. And there’s bands every night in the pubs,
And there’s two for one drinks in the clubs.

We scrubbed up well
We washed off the work and the stress
Now all we want’s some excess
Better yet; A night to remember that we’ll soon forget.

All of the blood that was shed for these cities to grow,
All of the bodies that fell.
The roots that were dug from the ground
So these games could be played
I see it tonight in the stains on my hands.

The buildings are screaming
I cant ask for help though, nobody knows me,
Hostile and worried and lonely.
We move in our packs and these are the rights we were born to
Working and working so we can be all that want
Then dancing the drudgery off
But even the drugs have got boring.
Well, sex is still good when you get it.

To sleep, to dream, to keep the dream in reach
To each a dream,
Don’t weep, don’t scream,
Just keep it in,
Keep sleeping in
What am I gonna do to wake up?

I feel the cost of it pushing my body
Like I push my hands into pockets
And softly I walk and I see it, it’s all we deserve
The wrongs of our past have resurfaced
Despite all we did to vanquish the traces
My very language is tainted
With all that we stole to replace it with this,
I am quiet,
Feeling the onset of riot.
But riots are tiny though,
Systems are huge,
The traffic keeps moving, proving there’s nothing to do.

It’s big business baby and its smile is hideous.
Top down violence, structural viciousness.
Your kids are doped up on medical sedatives.
But don’t worry bout that. Worry bout terrorists.

The water levels rising! The water levels rising!
The animals, the polarbears, the elephants are dying!
Stop crying. Start buying.
But what about the oil spill?
Shh. No one likes a party pooping spoil sport.

Massacres massacres massacres/new shoes
Ghettoised children murdered in broad daylight by those employed to protect them.
Live porn streamed to your pre-teens bedrooms.
Glass ceiling, no headroom. Half a generation live beneath the breadline.

Oh but it's happy hour on the high street,
Friday night at last lads, my treat!
All went fine till that kid got glassed in the last bar,
Place went nuts, you can ask our Lou,
It was madness, the road ran red, pure claret.
And about them immigrants? I cant stand them.
Mostly, I mind my own business.
But they’re only coming over here to get rich.
It’s a sickness.
England! England!
Patriotism!

And you wonder why kids want to die for religion?

Work all your life for a pittance,
Maybe you’ll make it to manager,
Pray for a raise
Cross the beige days off on your beach babe calendar.

Anarchists desperate for something to smash
Scandalous pictures of glamorous rappers in fashionable magazines
Who’s dating who?
Politico cash in an envelope
Caught sniffing lines off a prostitutes prosthetic tits,
And it's back to the house of lords with slapped wrists
They abduct kids and fuck the heads of dead pigs
But him in a hoodie with a couple of spliffs –
Jail him, he’s the criminal

It's the BoredOfItAll generation
The product of product placement and manipulation,
Shoot em up, brutal, duty of care,
Come on, new shoes.
Beautiful hair.

Bullshit saccharine ballads
And selfies
And selfies

And selfies
And here’s me outside the palace of ME!

Construct a self and psyhcosis
And meanwhile the people are dead in their droves
But nobody noticed,
Well actually, some of them noticed,
You could tell by the emoji they posted.

Sleep like a gloved hand covers our eyes
The lights are so nice and bright and lets dream
But some of us are stuck like stones in a slipstream
What am I gonna do wake up?

We are lost
We are lost
We are lost
And still nothing
Will stop
Nothing pauses

We have ambitions and friends and our courtships to think of
Divorces to drink off the thought of

The money
The money
The oil

The planet is shaking and spoiled
Life is a plaything
A garment to soil
The toil the toil.
I cant see an ending at all.
Only the end.

How is this something to cherish?
When the tribesmen are dead in their deserts
To make room for alien structures,
Develop
Develop

Kill what you find if it threatens you.

No trace of love in the hunt for the bigger buck,

Here in the land where nobody gives a fuck.

Read more at http://www.nme.com/blogs/nme-blogs/kate-tempests-europe-is-lost-is-the-protest-song-the-world-has-been-waiting-for#MBHv2YlW8RF63Yzm.99

Wednesday, January 13, 2016

Amazing Keats in English & Spanish

Ode to Autumn.

JOHN KEATS.


ODE TO AUTUMN.
1.
Season of mists and mellow fruitfulness,
Close bosom-friend of the maturing sun;
Conspiring with him how to load and bless
With fruit the vines that round the thatch-eves run;
To bend with apples the moss’d cottage-trees,
And fill all fruit with ripeness to the core;
To swell the gourd, and plump the hazel shells
With a sweet kernel; to set budding more,
And still more, later flowers for the bees,
Until they think warm days will never cease,
For Summer has o’er-brimm’d their clammy cells.
2.
Who hath not seen thee oft amid thy store?
Sometimes whoever seeks abroad may find
Thee sitting careless on a granary floor,
Thy hair soft-lifted by the winnowing wind;
Or on a half-reap’d furrow sound asleep,
Drows’d with the fume of poppies, while thy hook
Spares the next swath and all its twined flowers:
And sometimes like a gleaner thou dost keep
Steady thy laden head across a brook;
Or by a cyder-press, with patient look,
Thou watchest the last oozings hours by hours.
3.
Where are the songs of Spring? Ay, where are they?
Think not of them, thou hast thy music too,—
While barred clouds bloom the soft-dying day,
And touch the stubble-plains with rosy hue;
Then in a wailful choir the small gnats mourn
Among the river sallows, borne aloft
Or sinking as the light wind lives or dies;
And full-grown lambs loud bleat from hilly bourn;
Hedge-crickets sing; and now with treble soft
The red-breast whistles from a garden-croft;
And gathering swallows twitter in the skies.
John Keats (Londres, Inglaterra, 1795 – Roma, Italia, 1821).

ODA AL OTOÑO.
1.
Estación de las nieblas y fecundas sazones,
colaboradora íntima de un sol que ya madura,
conspirando con él cómo llenar de fruto
y bendecir las viñas que corren por las bardas,
encorvar con manzanas los árboles del huerto
y colmar todo fruto de madurez profunda;
la calabaza hinchas y engordas avellanas
con un dulce interior; haces brotar tardías
y numerosas flores hasta que las abejas
los días calurosos creen interminables
pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.
2.
¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?
Quienquiera que te busque ha de encontrarte
sentada con descuido en un granero
aventado el cabello dulcemente,
o en surco no segado sumida en hondo sueño
aspirando amapolas, mientras tu hoz respeta
la próxima gavilla de entrelazadas flores;
o te mantienes firme como una espigadora
cargada la cabeza al cruzar un arroyo,
o al lado de un lagar con paciente mirada
ves rezumar la última sidra hora tras hora.
3.
¿En dónde con sus cantos está la primavera?
No pienses más en ellos sino en tu propia música.
Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo
y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,
cual lastimero coro los mosquitos se quejan
en los sauces del río, alzados, descendiendo
conforme el leve viento se reaviva o muere;
y los corderos balan allá por las colinas,
los grillos en el seto cantan, y el petirrojo
con dulce voz de tiple silba en alguna huerta
y trinan por los cielos bandos de golondrinas.

Monday, November 23, 2015

“There Is No God” by Percy Bysshe Shelley


[This essay is a redaction of Shelley's first pamphlet, The Necessity of Atheism (1811) to serve as a note to the line in Queen Mab, "There is no God" (1813). The Necessity of Atheism is greatly expanded and considerably modified in thought and style. A careful study of the two essays will throw some light on Shelley's developing mind during the two crowded years between them. Locke's influence dominates The Necessity while Hume and Holbach are the important sources of the Note.]
This negation must be understood solely to affect a creative Deity. The hypothesis of a pervading Spirit co‑eternal with the universe remains unshaken.


A close examination of the validity of the proofs adduced to support any proposition is the only secure way of attaining truth, on the advantages of which it is unnecessary to descant; our knowledge of the existence of a Deity is a subject of such importance that it cannot be too minutely investigated; in consequence of this conviction we proceed briefly and impartially to examine the proofs which have been adduced. It is necessary first to consider the nature of belief.
When a proposition is offered to the mind, it perceives the agreement or disagreement of the ideas of which it is composed. A perception of their agreement is termed belief. Many obstacles frequently prevent this perception from being immediate; these the mind attempts to remove in order that the perception may be distinct. The mind is active in the investigation in order to perfect the state of perception of the relation which the component ideas of the proposition bear to each, which is passive. The investigation being confused with the perception has induced many falsely to imagine that the mind is active in belief—that belief is an act of volition—in consequence of which it may be regulated by the mind. Pursuing, continuing this mistake, they have attached a degree of criminality to disbelief; of which, in its nature, it is incapable; it is equally incapable of merit.
Belief, then, is a passion the strength of which, like every other passion, is in precise proportion to the degrees of excitement.
The degrees of excitement are three:
The senses are the sources of all knowledge to the mind; consequently their evidence claims the strongest assent.
The decision of the mind, founded upon our own experience, derived from these sources, claims the next degree.
The experience of others, which addresses itself to the former one, occupies the lowest degree.
(A graduated scale, on which should be marked the capabilities of propositions to approach to the test of the senses, would be a just barometer of the belief which ought to be attached to them.)
Consequently no testimony can be admitted which is contrary to reason; reason is founded on the evidence of our senses.
Every proof may be referred to one of these three divisions: it is to be considered what arguments we receive from each of them, which should convince us of the existence of a Deity.
lst. The evidence of the senses. If the Deity should appear to us, if He should convince our senses of His existence, this revelation would necessarily command belief. Those to whom the Deity has thus appeared have the strongest possible conviction of His existence. But the God of theologians is incapable of local visibility.
2nd. Reason. It is urged that man knows that whatever is must either have had a beginning, or have existed from all eternity; he also knows that whatever is not eternal must have had a cause. When this reasoning is applied to the universe, it is necessary to prove that it was created—until that is clearly demonstrated we may reasonably suppose that it has endured from all eternity. We must prove design before we can infer a designer. The only idea which we can form of causation is derivable from the constant conjunction of objects, and the consequent inference of one from the other. In a case where two propositions are diametrically opposite, the mind believes that which is least incomprehensible; it is easier to suppose that the universe has existed from all eternity than to conceive a being beyond its limits capable of creating it; if the mind sinks beneath the weight of one, is it an alleviation to increase the intolerability of the burden? [1]
The other argument, which is founded on a man's knowledge of his own existence, stands thus: A man knows not only that he now is, but that once he was not; consequently there must have been a cause. But our idea of causation is alone derivable from the constant conjunction of objects and the consequent inference of one from the other; and, reasoning experimentally, we can only infer from effects causes exactly adequate to those effects. But there certainly is a generative power which is effected by certain instruments; we cannot prove that it is inherent in these instruments; nor is the contrary hypothesis capable of demonstration. We admit that the generative power is incomprehensible; but to suppose that the same effect is produced by an eternal, omniscient, omnipotent being leaves the cause in the same obscurity, but renders it more incomprehensible.
3rd. Testimony. It is required that testimony should not be contrary to reason. The testimony that the Deity convinces the senses of men of His existence can only be admitted by us if our mind considers it less probable that these men should have been deceived than that the Deity should have appeared to them. Our reason can never admit the testimony of men who not only declare that they were eye‑witnesses of miracles but that the Deity was irrational; for He commanded that He should be believed; He proposed the highest rewards for faith, eternal punishments for disbelief. We can only command voluntary actions; belief is not an act of volition; the mind is even passive, or involuntarily active; from this it is evident that we have no sufficient testimony, or rather that testimony is insufficient, to prove the being of a God. It has been before shown that it cannot be deduced from reason. They alone, then, who have been convinced by the evidence of the senses can believe it.
Hence it is evident that, having no proofs from either of the three sources of conviction, the mind cannot believe the existence of a creative God; it is also evident, that, as belief is a passion of the mind, no degree of criminality is attachable to disbelief; and that they only are reprehensible who neglect to remove the false medium through which their mind views any subject of discussion. Every reflecting mind must acknowledge that there is no proof of the existence of a Deity.
God is an hypothesis and, as such, stands in need of proof: the onus probandi rests on the theist. Sir Isaac Newton says: Hypotheses non fingo, quicquid enim ex phaenomenis non deducitur hypothesis vocanda est , et hypothesis vel metaphysicae, vel physicae, vel qualitatum occultarum, son mechanicae, in philosophia locum non habent. [2] To all proofs of the existence of a creative God apply this valuable rule. We see a variety of bodies possessing a variety of powers; we merely know their effects; we are in a state of ignorance with respect to their essences and causes. These Newton calls the phenomena of things; but the pride of philosophy is unwilling to admit its ignorance of their causes. From the phenomena, which are the objects of our senses, we attempt to infer a cause, which we call God, and gratuitously endow it with all negative and contradictory qualities. From this hypothesis we invent this general name to conceal our ignorance of causes and essences. The being called God by no means answers with the conditions prescribed by Newton; it bears every mark of a veil woven by philosophical conceit to hide the ignorance of philosophers even from themselves. They borrow the threads of its texture from the anthropomorphism of the vulgar. Words have been used by sophists for the same purposes, from the occult qualities of the peripatetics to the effluvium of Boyle and crinities or nebulae of Herschel. God is represented as infinite, eternal, incomprehensible; He is contained under every predicate in non that the logic of ignorance could fabricate. Even His worshippers allow that it is impossible to form any idea of Him; they exclaim with the French poet,
Pour dire ce qu'il est, il faut être lui‑même. [3]
Lord Bacon says that atheism leaves to man reason, philosophy, natural piety, laws, reputation, and everything that can serve to conduct him to virtue; but superstition destroys all these, and erects itself into a tyranny over the understandings of men; hence atheism never disturbs the government, but renders man more clear‑sighted, since he sees nothing beyond the boundaries of the present life.
Bacon's Moral Essays [A paraphrase from "Of Superstition."]
La première théologie de l'homme lui fit d'abord craindre et adorer les élémens même, des objets matériels et grossiers; il rendit ensuite ses hommages a des agens présidens aux elémens, à des génies inférieurs, à des héros, ou à des hommes doués de grands qualités. A force de réfléchir il crut simplifier les choses en soumettant la nature entière à un seul agent, a un esprit, à une âme universelle, qui mettoit cette nature et ses parties en mouvement. En remontant des causes en causes, les mortels ont fini par ne rien voir; et c'est dans cette obscurité qu'ils ont place leur Dieu; c'est dans cette obscurité qu'ils ont placé leur Dieu; c'est dans cette abîme ténébreux que leur imagination inquiète travaille toujours à se fabriquer des chimères, qui les affligeront jusqu'à ce que la connoissance de la nature les détrompe des fantômes qu'ils ont toujours si vainement adorés.
Si nous voulons nous rendre compte de nos idées sur la Divinité, nous serons obligés de convenir que, par le mot Dieu, les hommes n'ont jamais pu désigner que la cause la plus cachée, la plus éloignée, la plus inconnue des effets qu'ils voyoient: ils ne font usage de ce mot, que lorsque le jeu des causes naturelles et connues cesse d'être visible pour eux; dès qu'ils perdent le fil de ces causes, ou dès que leur esprit ne peut plus en suivre le chaîne, ils tranchent leur difficulté, et terminent leur recherches en appellant Dieu la dernière des causes, c'est‑à‑dire celle qui est audelà de toutes les causes qu'ils connoissent; ainsi ils ne font qu'assigner une dénomination vague à une cause ignorée, à laquelle leur paresse ou les bornes de leurs connoissances les forcent de s'arrêter. Toutes les fois qu'on nous dit que Dieu est l'auteur de quelque phénomène, cela signifie qu'on ignore comment un tel phénomène a pu s'opérer par le sécours des forces ou des causes que nous connoissons dans la nature. C'est ainsi que le commun des hommes, dont l'ignorance est le partage, attribue à la Divinité non seulement les effets inusités qui les frappent, mais encore les événemens les plus simples, dont les causes sont les plus faciles à connôitre pour quiconque a pu les méditer. En un mot, l'homme a toujours respecté les causes inconnues des effets surprenans, que son ignorance l'empêchoit de démêler. Ce fut sur les débris de la nature que les hommes élevèrent le colosse imaginaire de la Divinité.
Si l'ignorance de la nature donna la naissance aux dieux, la connoissance de la nature est faite pour les detruire. A mésure que l'homme s'instruit, ses forces et ses ressources augmentent avec ses lumières; les sciences, les arts conservateurs, l'industrie, lui fournissent des secours; l'expérience le rassûre, ou lui procure des moyens de résister aux efforts de bien des causes qui cessent de l'alarmer dès qu'il les a connues. En un mot, ses terreurs se dissipent dans la même proportion que son esprit s'éclaire. L'homme instruit cesse d'être superstitieux.
Ce n'est jamais que sur parole que des peuples entiers adorent le Dieu de leurs pères et de leurs prêtres: l'autorité, la confiance, la soumission, et l'habitude leur tiennent lieu de conviction et de preuves; ils se prosternent et prient, parce que leurs pères leur ont appris àse prosterner et à prier: mais pourquoi ceux‑ci se sont‑ils mis à genoux? C'est que dans les temps éloignés leurs legislateurs et leurs guides leur en ont fait un devoir. "Adorez et croyez," ont‑ils dit, "des dieux que vous ne pouvez comprendre; rapportez‑vous en a notre sagesse profonde; nous en savons plus que vous sur la divinité." "Mais pourquoi m'en rapporterai‑je àvous?" "C'est que Dieu le veut ainsi; c'est que Dieu vous punira si vous osez résister:" "Mais ce Dieu n'est‑il donc pas la chose en question?" Cependant les hommes se sont toujours payés de ce cercle vicieux; la paresse de leur esprit leur fit trouver plus court de s'en rapporter au jugement des autres. Toutes les notions religieuses sont fondées uniquement sur l'autorite; toutes les religions du monde défendent l'examen et ne veulent pas que l'on raisonne; c'est l'autorité qui veut qu'on croie en Dieu; ce Dieu n'est lui­même fondé que sur l'autorité de quelques hommes qui prétendent le connoître, et venir de sa part pour l'annoncer à la terre. Un Dieu fait par les hommes a sans doute besoin des hommes pour se faire connoître au monde.
Ne seroit‑ce donc que pour des prêtres, des inspirés, des métaphysiciens que seroit reservée la conviction de l'existence d'un Dieu, que l'on dit neanmoins si necessaire à toute le genre humain? Mais trouvons‑nous de l'harmonie entre les opinions théologiques des différens inspirés, ou des penseurs répandus sur la terre? Ceux même qui font profession d'adorer le même Dieu, sont‑ils d'accord sur son compte? sont'ils contents des preuves que leurs collègues apportent de son existence? Souscrivent‑ils unanimement aux idées qu'ils présentent sur sa nature, sur sa conduite, sur la façon d'entendre ses prétendus oracles? Est‑il une contrée sur la terre où la science de Dieu se soit réellement perfectionnée? A‑t‑elle pris quelque part la consistance et l'uniformité que nous voyons prendre aux connoissances humaines, aux arts les plus futiles, aux métiers les plus meprisés? les mots d'esprit, d'immatérialité, de création, de prédestination, de grace; cette foule de distinctions subtiles dont la théologie s'est partout remplie; dans quelques pays, ces inventions si ingénieuses, imaginées par des penseurs qui se sont succédés depuis tant de siècles, n'ont fait, helas! qu'embrouiller les choses, et jamais la science la plus nécessaire aux hommes n'a jusqu' ici pu acquérir la moindre fixité. Depuis des milliers d'années des rêveurs oisifs se sont perpétuellement relayés pour méditer la Divinité, pour deviner ses voies cachées, pour inventer des hypothèses propres à développer cette énigme importante. Leur peu de succès n'a point découragé la vanité théologique; toujours on a parlé de Dieu: on s'est disputé, l'on s'est égorgé pour lui, et cet être sublime demeure toujours le plus ignoré et le plus discuté.
Les hommes auroient été trop heureux, si se bornant aux objets visibles qui les intéressent, ils eussent employé à perfectionner leurs sciences réelles, leurs lois, leur morale, leur éducation, la moitié des efforts qu'ils ont mis dans leurs recherches sur la Divinité. Ils auroient été bien plus sages encore, et plus fortunés, s'ils eussent pu consentir à laisser leurs guides désoeuvres se quereller entre eux, et sonder des profondeurs capables de les étourdir, sans se mêler de leurs disputes insensées. Mais il est de l'essence de l'ignorance d'attacher de l'importance à ce qu'elle ne comprend pas. La vanité humaine fait que l'esprit se roidit contre les difficultés. Plus un objet se dérobe à nos yeux, plus nous faisons d'efforts pour le saisir, parce que dès‑lors il aiguillone notre orgueil, il irrite notre curiosite, il nous paroît intéressant. En combattant pour son Dieu, chacun ne combattit en effet que pour les intérêts de sa propre vanité, qui de toutes les passions humaines est la plus prompte a s'alarmer, et la plus propre à produire de très grandes folies.
Si, écartant pour un moment les idées fâcheuses que la théologie nous donne d'un Dieu capricieux, dont les décrets partiaux et despotiques décident du sort des humains, nous ne voulons fixer nos yeux que sur la bonté prétendue, que tous les hommes, même en tremblant devant ce Dieu, s'accordent à lui donner; si nous lui supposons le project qu'on lui prête, de n'avoir travaillé que pour sa propre gloire, d'exiger les hommages des êtres intelligens; de ne chercher dans ses oeuvres que le bien‑être du genre humain; comment concilier ces vues et ces dispositions avec l'ignorance vraiment invincible dans laquelle ce Dieu, si glorieux et si bon, laisse la plupart des hommes sur son compte? Si Dieu veut être connu, chéri, remercié, que ne se montre‑t‑il sous des traits favorables à tous ces êtres intelligens dont il veut être aimé et adoré? Pourquoi ne point se manifester à toute la terre d'une façon non équivoque, bien plus capable de nous convaincre, que ces révélations particulières qui semblent accuser la Divinité d'une partialité fâcheuse pour quelques‑unes de ses créatures? Le toutpuissant n'auroit‑il pas donc des moyens plus convaincans de se montrer aux hommes, que ces métamorphoses ridicules, ces incarnations prétendues, qui nous sont attestées par des écrivains si peu d'accord entre eux dans les récits qu'ils en font? Au lieu de tant de miracles, inventés pour prouver la mission divine de tant de législateurs, revérés par les différens peuples du monde, le souverain des esprits ne pouvoit‑il pas convaincre tout d'un coup l'esprit humain des choses qu'il vouloit lui faire connôitre? Au lieu de suspendre un soleil dans la voùte du firmament; au lieu de répandre sans ordre les étoiles, et les constellations qui remplissent l'espace, n'eut‑il pas été plus conforme aux vues d'un Dieu si jaloux de sa gloire et si bien intentionné pour l'homme; d'écrire d'une façon non sujette à dispute, son nom, ses attributs, ses volontés permanentes, en caractères ineffaçables, et lisibles également pour tous les habitants de la terre? Personne alors n'auroit pu douter de l'existence d'un Dieu, de ses volontés claires, de ses intentions visibles. Sous les yeux de ce Dieu si sensible, personne n'auroit eu l'audace de violer ses ordonnances; nul mortel n'eût osé se mettre dans le cas d'attirer sa colère: enfin nul homme n'eût eu le front d'en imposer en son nom, ou d'interpréter ses volontés suivant ses propres fantaisies.
En effet, quand même on supposeroit l'existence du Dieu théologique, et la réalité des attributs si discordans qu'on lui donne, l'on ne peut en rien conclure, pour autoriser la conduite ou les cultes qu'on prescrit de lui rendre. La théologie est vraiment le tonneau des Danaïdes. A force de qualités contradictoires et d'assertions hazardées, elle a, pour ainsi dire, tellement garroté son Dieu qu'elle l'a mis dans l'impossibilité d'agir. S'il est infiniment bon, quelle raison aurions‑nous de le craindre? S'il est infiniment sage, de quoi nous inquiéter sur notre sort? S'il sait tout, pourquoi l'avertir de nos besoins, et le fatiguer de nos prières? S'il est partout, pourquoi lui élever des temples? S'il est le maître de tout, pourquoi lui faire des sacrifices et des offrandes? S'il est juste, comment croire qu'il punisse des créatures qu'il a remplies de foiblesses? Si la grace fait tout en elles, quelle raison auroit‑il de les récompenser? S'il est tout‑puissant, comment l'offenser, comment lui résister? S'il est raisonnable, comment se mettroit‑il en colère contre des aveugles, à qui il a laissé la liberté de déraisonner? S'il est immuable, de quel droit prétendrions­nous faire changer ses décrets? S'il est inconcevable, pourquoi nous en occuper? S'IL A PARLÉ, POURQUOI L'UNIVERS N'EST‑IL PAS CONVAINCU? Si la connoissance d'un Dieu est la plus nécessaire, pourquoi n'est‑elle pas la plus évidente, et la plus claire. —Système de la Nature, London, 1781. [4] [Shelley quotes verbatim, errors and all, scattered paragraphs from Volume Two, London edition (1771), principally from pages 16‑18, 27, 319‑326, as though they were consecutive. ]
The enlightened and benevolent Pliny thus publicly professes himself an atheist: Quapropter effigiem Dei formamque quaerere inbecillitatis humanae reor. Quisquis est Deus (si modo est alius) et qua cunque in parte, totus est sensus, totus est visus, totus auditus, totus animae, totus animi, totus sui. . . . Imperfectae vero in homine naturae praecipua solatia ne deum quidem posse omnia. Namque nec sibi potest mortent consciscere, si velit, quod homini dedit optimum in tantis vitae poenis: nec mortales aeternitate donare, aut revocare defunctos; nec facere ut qui vixit non vixerit, qui honores gessit non gesserit, nullumque habere in praete­riturn ius, praeterquarn oblivionis, atque (ut facetis quoque argumentis societas haec cum deo copuletur) ut his dena viginti non Sint, et multa similiter efficere non posse. Per quae declaratur haud dubie naturae potentiam id quoque esse quod Deum vocamus. [5]
            Plin. Nat. Hist., cap. de Deo.
The consistent Newtonian is necessarily an atheist. See Sir Mr. Drummond's Academical Questions, Chapter iii.
Sir W. seems to consider the atheism to which it leads as a sufficient presumption of the falsehood of the system of gravitation; but surely it is more consistent with the good faith of philosophy to admit a deduction from facts than an hypothesis incapable of proof, although it might militate with the obstinate preconceptions of the mob. Had this author, instead of inveighing against the guilt and absurdity of atheism, demonstrated its falsehood, his conduct would have been more suited to the modesty of the sceptic and the toleration of the philosopher.
Omnia enim per Dei potentiam facta sunt: imo quia naturae potentia nulla est nisi ipsa Dei potentia. Certurn est nos eatenus Dei potentiam non intelligere, quatenus causas naturales ignoramus; adeoque stulte ad eandem Dei potentiam recurritur, quando rei alicuius causam naturalem, sive est, ipsam Dei potentiam ignoramus. [6] Spinoza, Tract. Theologico‑Pol. chap. i, p. 14. [Shelley's Note.]
Notes
1.  See Holbach's Système, 1.31‑39, for a similar argument.
2.  "I do not invent hypotheses, for whatever is not deduced from phenomena should be called an hypothesis; and a hypothesis, whether of metaphysics, or physics, or occult qualities, or mechanics, have [sic] no place in philosophy.
3. "To say what he is, one would have to be he."
4. For a translation of this quotation see Appendix D(a).
5. For the translation of the quotation see Appendix D(b). Shelley's text differs slightly from the Loeb. This quotation, lacking the first sentence, is given in A Refutation of Deism.
6. For a collation of Shelley's text with that of Spinoza and translation see Appendix D(c).

SOURCE: Shelley, Percy Bysshe. “There Is No God” (1813), in: Shelley's Prose, edited by David Lee Clark (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1954), pp. 97-102.

On Polytheism (1819?) by Percy Bysshe Shelley
“I Will Beget a Son” by Percy Bysshe Shelley
A Fragment of A Refutation of Deism by Percy Bysshe Shelley
[A Refutation of the Christian Religion] (1814?) by Percy Bysshe Shelley
A Fragment on Miracles (1813-1815) by Percy Bysshe Shelley
Essay on the Devil and Devils by Percy Bysshe Shelley
Kanto por la angloj
[Song to the Men of England] de Percy Bysshe Shelley
Al—
[To—, 1821] de Percy Bysshe Shelley
Odo al la Okcidenta Vento
[Ode to the West Wind] de Percy Bysshe Shelley
Offsite:
The Necessity of Atheism by Percy Bysshe Shelley
A Defence of Poetry and Other Essays by Percy Bysshe Shelley

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Tuesday, August 18, 2015

"Breve defensa de la poesía" por W.H. Auden



Traducción de Delia Juárez

Intervención de W. H. Auden en una mesa redonda que organizó el PEN Club en Budapest, octubre de 1967. The New York Review of Books lo rescató en una entrega de 1986 
Las discusiones sobre el papel del artista en la sociedad pocas veces dan fruto porque sus participantes no han definido qué quieren decir con los términos que usan. Mientras malinterpretemos lo que otros dicen, ni el acuerdo central ni la diferencia genuina de opinión son posibles. Empezaré, entonces, con algunas definiciones.
Individuo. En primer lugar, un término biológico: un árbol, un caballo, un hombre, una mujer. En segundo lugar, como el hombre es un animal social y nace sin formas instintivas de conducta, el término es sociopolítico: un americano, un doctor, un miembro de la familia Smith. Como individuos somos, se quiera o no, miembros de una sociedad o de varias sociedades, cuya naturaleza esta determinada por necesidades biológicas y económicas. Como individuos nos crean por reproducción sexual y condicionamientos sociales y sólo se nos puede identificar por las sociedades a las que pertenecemos. Como individuos, somos comparables, clasificables, contables, remplazables.
Persona. Como personas, cada uno de nosotros puede decir yo respondiendo al tú de otras personas. Como personas, cada uno de nosotros es único, miembro de una clase propia con una perspectiva única del mundo, alguien que no se parece a nadie que haya existido antes y que no lo será a nadie que exista después. El mito de la descendencia de toda la humanidad de un solo antepasado, Adán, es un modo de decir que se nos llama a la existencia personal, no por un proceso biológico sino por otras personas, nuestros padres, amigos, etcétera. De hecho cada uno de nosotros es Adán, una encarnación de toda la humanidad. Como personas no somos miembros de las sociedades pero, junto con otras personas, tenemos la libertad de formar comunidades por amor a algo mas que nosotros, por la música, la filatelia o por el estilo. Como personas somos incomparables, inclasificables, incontables, irremplazables.
Al parecer muchos animales cuentan con un código de señales para comunicarse entre individuos de la misma especie, con el fin de transmitir una información vital sobre sexo, territorio, alimento, enemigos. En los animales sociales como la abeja, este código puede volverse complejísimo pero sigue siendo un código, una herramienta impersonal de comunicación: no evoluciona hacia el lenguaje porque el lenguaje no es un código sino la palabra viva. Sólo las personas pueden crear el lenguaje porque solo ellas desean abrirse libremente a otros, dirigirse a otros y responder a otros en la primera o segunda personas, o por sus nombres: sin importar qué tan elaborados estén, todos los códigos se limitan a la tercera persona.
Como los hombres son a la vez individuos sociales y personas, necesitan un código y un lenguaje. Para ambos se emplean lo que llamamos palabras, pero entre nuestro uso de ellas como señales y nuestro uso de ellas como discurso personal hay un abismo; si no hacemos esta distinción no podremos entender un arte literario como la poesía ni comprender su función.
Los pronombres personales de la primera y segunda personas no tienen género; el de la tercera tiene género, y en realidad debería llamarse impersonal. Al hablar sobre alguien más a un tercero, la tercera persona es una necesidad gramatical, pero pensar en otros como él o ella es pensar en ellos no como personas sino como individuos.
Los nombres propios son intraducibles. Al traducir al inglés una novela alemana cuyo héroe se llama Heinrich, el traductor debe escribir Heinrich y no cambiarlo por Henry.
La poesía es lenguaje en el más personal, el más íntimo de los diálogos. Un poema sólo tiene vida cuando un lector responde a las palabras que el poeta escribió.
La propaganda es un monólogo que no busca una respuesta sino un eco. Hacer esta distinción no es condenar a toda propaganda como tal. La propaganda es una necesidad de la vida social humana. Pero no distinguir la diferencia entre poesía y propaganda les hace a las dos un daño indecible: la poesía pierde su valor y la propaganda su eficacia.
En formas más primitivas de organización social, por ejemplo en las sociedades tribales o campesinas, a la índole personal del lenguaje poético la oscurece el hecho de que la sociedad y la comunidad más o menos coinciden. Todos se ocupan del mismo tipo de actividad económica, todos conocen a los demás personalmente y más o menos comparten los mismos intereses. Más aún, en una sociedad primitiva, la poesía, el lenguaje de la revelación personal, no se ha separado de lo mágico, del intento por controlar las fuerzas naturales mediante la manipulación verbal. Por otra parte, hasta la invención de la escritura, el hecho de que el verso es mas fácil de recordar que la prosa da al primero un valor de utilidad social no poético, como mnemotecnia para transmitir conocimientos esenciales de una generación a otra.
Donde quiera que haya un mal social verdadero, la poesía, o cualquier arte para el caso, es inútil como arma. Aparte de la acción política directa, la única arma es el informe de hechos: fotografías, estadísticas, testimonios.
Las condiciones sociales que conozco personalmente y en las que tengo que escribir son las de una sociedad tecnológicamente avanzada, urbanizada y aglomerada. Estoy seguro de que en cualquier sociedad (no importa cuál sea su estructura-política) que alcance el mismo nivel de desarrollo tecnológico, urbanización y riqueza, el poeta se enfrentará a los mismos problemas.
Es difícil concebir una sociedad abundante que no sea una sociedad organizada para el consumo. El peligro en una sociedad así es el de no distinguir entre aquellos bienes que, como la comida, pueden consumirse y hacerse a un lado o, como la ropa y los automóviles, descartarse y reemplazarse por otros más nuevos, y los bienes espirituales como las obras de arte que sólo alimentan cuando no se consumen.
En una sociedad opulenta como Estados Unidos, las regalías dejan bien claro al poeta que la poesía no es popular entre los lectores. Para cualquiera que trabaje en este medio, creo que esto debía ser más un motivo de orgullo que de vergüenza. El público lector ha aprendido a consumir incluso la mejor narrativa como si fuera sopa. Ha aprendido a mal emplear incluso la mejor música, al usarla de fondo para el estudio o la conversación. Los ejecutivos empresariales pueden comprar buenos cuadros y colgarlos en sus paredes como trofeos de estatus. Los turistas pueden "hacer" la gran arquitectura en un tour guiado de una hora. Pero gracias a Dios la poesía aún es difícil de digerir para el público; todavía tiene que ser "leída", esto es, hay que llegar a ella por un encuentro personal, o ignorarla. Por penoso que sea tener un puñado de lectores, por lo menos el poeta sabe algo sobre ellos: que tienen una relación personal con su obra. Y esto es más de lo que cualquier novelista de bestsellers podría reclamar para sí.


EL ESCUDO DE AQUILES (1955)
Traducción Miguel de Asúa
Ella miró buscando por sobre su hombro
Viñas y olivos,
Bien gobernadas ciudades de mármol
Y barcos sobre mares indómitos,
Pero allí sobre el metal brillante
Sus manos habían puesto en cambio
Un yermo artificial
Y un cielo de plomo.
Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
Ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
Nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
Y aún, congregada sobre esa monotonía,
Se erguía una ininteligible multitud,
Un millón de ojos, un millón de botas en fila,
Sin expresión, esperando un signo.
Desde el aire una voz sin rostro
Demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
En tonos tan secos y planos como el lugar:
Nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
Columna tras columna en una nube de humo
Ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
Cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.
Ella miró buscando por sobre su hombro
Rituales piadosos,
Bueyes enguirnaldados de blancas flores,
Libación y sacrificio,
Pero allí sobre el metal brillante
Donde debía haber estado el altar,
Vio la luz vacilante de la forja
Una muy otra escena.
Alambre de púas cercaba un lugar cualquiera
Donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
Y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
Un grupo de buena gente común
Miraba desde afuera sin moverse ni hablar
Mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
A tres postes erigidos en la tierra.
La masa y la majestad de este mundo, todo
Lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
Estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
Y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
Lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
Fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
Y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.
Ella miró buscando por sobre su hombro
Los atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando
Moviendo sus dulces miembros
Veloces, veloces, según la música,
Pero allí en el escudo brillante,
Sus manos no habían puesto un piso de baile
Sino una campo asfixiado de cizaña.
Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
Vagaba sobre ese baldío, un pájaro
Voló escapando de su piedra certera.
Que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
Eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
De un mundo donde las promesas son cumplidas,
O uno puede llorar porque el otro llora.
El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
Clamó su desaliento
Por lo que el dios había forjado
Para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro
Quien no habría de vivir mucho más.

MUSÉE DES BEAUX-ARTS
Versión de José Emilio Pacheco [Mi versión JJGC]
Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
Su función en el mundo. Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.
No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.
Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
 
ASILO DE ANCIANOS
Versión de José Emilio Pacheco
Todos poseen un límite: cada uno
Tiene un matiz de daño muy distinto. La élite
Es capaz de arreglarse por sí misma,
Caminar apoyada en un bastón,
Leer completo un libro, interpretar
Movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
Es el veneno del espíritu:
Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
Abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
Que soporta la tele
Y guiado por amables terapeutas
Canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
Palabras en el limbo, y al final
Los que ya son del todo incompetentes
Y como una parodia de las plantas
(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
Todos aparecieron cuando el mundo,
A pesar de sus males,
Era más habitable y más vistoso
Y los viejos tenían auditorio
Y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
Podía refugiarse con la abuela para ser consolado
Y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
Mas su generación es la primera
Que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
Como se arrumban fardos indeseables.
Mientras voy en el Metro para estar
Media hora con una del asilo,
Recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
Y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
Un somnífero rápido, indoloro;
O bien para rogar, como ella ruega,
Que Dios o la naturaleza precipiten
Su función terrenal?.

El escudom de Aquiles por W. H. Auden

The Shield of Achilles

W. H. Auden, 1907 - 1973

    She looked over his shoulder
       For vines and olive trees,
     Marble well-governed cities
       And ships upon untamed seas,
     But there on the shining metal
       His hands had put instead
     An artificial wilderness
       And a sky like lead.

A plain without a feature, bare and brown,
   No blade of grass, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down, 
   Yet, congregated on its blankness, stood
   An unintelligible multitude,
A million eyes, a million boots in line, 
Without expression, waiting for a sign.

Out of the air a voice without a face
   Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
   No one was cheered and nothing was discussed;
   Column by column in a cloud of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, somewhere else, to grief.

     She looked over his shoulder
       For ritual pieties,
     White flower-garlanded heifers,
       Libation and sacrifice,
     But there on the shining metal
       Where the altar should have been,
     She saw by his flickering forge-light
       Quite another scene.

Barbed wire enclosed an arbitrary spot
   Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
   A crowd of ordinary decent folk
   Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of this world, all
   That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
   And could not hope for help and no help came:
   What their foes like to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died.

     She looked over his shoulder
       For athletes at their games,
     Men and women in a dance
       Moving their sweet limbs
     Quick, quick, to music,
       But there on the shining shield
     His hands had set no dancing-floor
       But a weed-choked field.

A ragged urchin, aimless and alone, 
   Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
   That girls are raped, that two boys knife a third,
   Were axioms to him, who’d never heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept.

     The thin-lipped armorer,
       Hephaestos, hobbled away,
     Thetis of the shining breasts
       Cried out in dismay
     At what the god had wrought
       To please her son, the strong
     Iron-hearted man-slaying Achilles
       Who would not live long.
 
 

"El escudo de Aquiles", Wystan Hugh Auden - ("The Shield of Achilles")




"El escudo de Aquiles"
Wystan Hugh Auden

(1952)




Wystan Hugh Auden
(1907-1973)
York,  Inglaterra




Ella miró buscando por sobre su hombro
viñas y olivos,
bien gobernadas ciudades de mármol
y barcos sobre mares indómitos,
pero allí sobre el metal brillante
sus manos habían puesto en cambio
un yermo artificial
y un cielo de plomo.

Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
y aún, congregada sobre esa monotonía,
se erguía una ininteligible multitud,
un millón de ojos, un millón de botas en fila,
sin expresión, esperando un signo.

Desde el aire una voz sin rostro
demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
en tonos tan secos y planos como el lugar:
nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
columna tras columna en una nube de humo
ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.

Ella miró buscando por sobre su hombro
rituales piadosos,
bueyes enguirnaldados de blancas flores,
libación y sacrificio,
pero allí sobre el metal brillante
donde debía haber estado el altar,
vio la luz vacilante de la forja
una muy otra escena.

Alambres de púas cercaba un lugar cualquiera
donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
un grupo de buena gente común
miraba desde afuera sin moverse ni hablar
mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
a tres postes erigidos en la tierra.

La masa y la majestad de este mundo, todo
lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.

Ella miró buscando por sobre su hombro
los atletas en sus juegos,
hombres y mujeres danzando
moviendo sus dulces miembros
veloces, veloces, según la música,
pero allí en el escudo brillante,
sus manos no habían puesto un piso de baile
sino una campo asfixiado de cizaña.

Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
vagaba sobre ese baldío, un pájaro
voló escapando de su piedra certera:
que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
de un mundo donde las promesas son cumplidas,
o uno puede llorar porque el otro llora.

El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
clamó su desaliento
por lo que el dios había forjado
para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro

quien no habría de vivir mucho más.


(Trad. Miguel de Azúa)

 

El escudo de Aquiles - W. H. Auden


Ella miró sobre su hombro
Buscando viñedos y olivos,
Urbes de mármol bien reinadas
Y naves en mares indómitos,
Pero allí en el metal brillante
Sus manos sólo habían puesto
Un triste yermo artificioso
Y un cielo semejante a plomo.

Un llano sin facciones, despojado y parduzco:
Ni una brizna de hierba, ningún signo de vida,
Si nada que comer ni sitio en que sentarse;
No obstante, congregada en su lienzo vacío,
Se alzaba, incomprensible, una gran multitud,
Un millón de miradas y de botas en fila,
Carentes de expresión, aguardando algún signo.

Salida de la nada, una voz incorpórea
Mostró con estadísticas que la causa era justa
En tonos tan adustos y chatos como el llano:
Nadie fue jaleado ni hubo discusión;
Columna tras columna en enjambres de polvo
Iniciaron su marcha soportando una fe
Cuya lógica llevaría sus pasos hasta la aflicción.

Ella miró sobre su hombro
Buscando piedades rituales,
Novillas con guirnaldas blancas,
Libaciones y sacrificios,
Pero allí en el metal brillante,
Donde el altar debiera hallarse,
Vio a la tenue luz de la forja
Una escena muy diferente.

Un terreno arbitrario con alambres de espino
Donde los oficiales holgaban aburridos (uno contaba un chiste)
Y los guardas sudaban, pues hacía calor:
Un grupo de personas normales y decentes
Miraba desde fuera sin moverse ni hablar
Mientras tres sombras pálidas eran encadenadas
A tres postes clavados de pie sobre la tierra.

La masa y majestad de nuestro mundo, todo
Lo que comporta un peso y no cambia al pesarse
Se hallaba en manos de otros; dado que no eran grandes
No cabía esperar ayuda y no la hubo:
Lo que sus enemigos pretendían hacerles se hizo, y los peores
Buscaron deshonrarles; si perdieron su orgullo,
Sus cuerpos perecieron después que ellos lo hicieran.

Ella miró sobre su hombro
Buscando atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando,
Desplegando sus dulces miembros
Al ritmo alerta de la música
Pero allí en el metal brillante
No había un patio para el baile,
Tan sólo un campo de hierbajos.

Un golfillo harapiento caminaba sin rumbo
Por aquella orfandad deshabitada; un pájaro
alzó el vuelo, esquivando el vuelo de su piedra:
Que hubiera violaciones, que dos niños rajaran a un tercero
Eran axiomas para él, que nunca oyera hablar
De un mundo donde las promesas se mantenían,
O en el que uno lloraba porque alguien más lloraba.

El forjador de labios finos,
Hefesto, se fue renqueando,
Y Tetis, la de bellos bucles,
Lanzó un grito de desconsuelo
Al ver lo que el dios concibiera
Para honrar a su hijo, el fuerte
Aquiles Corazón de Hierro
Que larga vida no tendría.

W. H. Auden, El escudo de Aquiles, en Los señores del límite, Galaxia Gutenberg
Traducción: Jordi Doce