Sunday, December 13, 2020

Poemas de Heym en español varios traductores

POEMAS DE GEORG HEYM


(30 de octubre de 1887, Jelenia Góra, Polonia - 16 de enero de 1912, Berlín, Alemania)

Después de la batalla


En los sembrados yacen apretados cadáveres,
en el verde lindero, sobre flores, sus lechos.
Armas perdidas, ruedas sin varillas
y armazones de acero vueltos del revés.

Muchos charcos humean con vapores de sangre
que cubren de negro y rojo el pardo campo de batalla.
Y se hincha blanquecino el vientre de caballos
muertos, sus patas extendidas en el amanecer.

En el viento frío aún se congela el llanto
de los moribundos, y por la puerta este
una luz pálida aparece, un verde resplandor,
la cinta diluida de una aurora fugaz.
Versión de Jenaro Talens
"Tres poetas expresionistas alemanes" Ediciones Hiperión 1998
  

Duermevela


La tiniebla cruje como un vestido,
los árboles vacilan en el horizonte.

Refúgiate en el corazón de la noche,
excava dentro de la oscuridad un escondrijo
como la abeja en el panal. Hazte pequeño,
baja de tu yacija.

Algo desea atravesar los puentes,
piafa curvando las pezuñas,
descarriadas, empalidecen las estrellas .

Como una anciana la luna se mueve
de un lado para otro
con el lomo encorvado.
Versión de Jenaro Talens

Ofelia


I
Ratas de agua anidan en su pelo,
y anillos en sus manos, que como aletas son
sobre las olas; nada en la sombría
selva grande que en el agua reposa.

El sol postrero que va errante y a oscuras
se hunde profundamente en su cabeza.
¿Por qué murió? ¿Por qué tan sola nada
sobre el agua que enreda los helechos?

El viento acecha en los espesos juncos
como mano que espanta los murciélagos.
Húmedos por el agua, con sus alas sombrías
en el oscuro río se alzan como humo,

como nocturnas aves. Largas anguilas blanquecinas
sobre el pecho resbalan. Una luciérnaga aparece
en su frente. Sus hojas llora un sauce
sobre ella y su pena silenciosa.
II
Granos. Sembrados. Y el rojo sudor en la mitad del día.
Los amarillos vientos de los campos duermen silenciosos.
Ofelia quiere dormir, un pájaro, se acerca.
Le abrigan, blancas, las alas de los cisnes.

Los párpados azules sombrean dulcemente
y entre el aire que brilla en las guadañas
sueña en el carmesí de algún abrazo
sueño eterno en su eterna sepultura.

Pasa, vuelve a pasar. Donde la orilla sueña
con el bullicio de la ciudad, y el río blanco
rompe diques y el eco largamente
retumba. Donde se oye, río abajo,

el son de llenas calles. Repique de campanas.
El silbido de un tren. Lucha. Cae al oeste
sobre cristales empañados una sorda luz crepuscular
en que con brazos gigantescos una grúa amenaza,

tirano poderoso, la frente ennegrecida,
Moloc al que rodean sus siervos de rodillas.
Carga de puentes que atraviesan con pesadez el río
tal si lo encadenaran, dura condenación.

Nada invisible que acompañan las olas.
Pero allí donde cruza ahuyenta multitudes,
con grandes alas, un pesar profundo
que ambas orillas ensombrece a lo ancho.

Pasa, vuelve a pasar. Cuando se entrega tarde a la tiniebla
el alto día oeste del verano,
donde en el verde oscuro de los prados reposa
el cansancio sutil de la tarde lejana.

Lejos la arrastra el río, mientras se hunde
en luctuosos puertos invernales.
Tiempo abajo. Por entre eternidades
cuyo horizonte humea como fuego.
Versión de Ernst Edmund Keil
"Tres poetas expresionistas alemanes" Ediciones Hiperión 1998


Última vigilia


Qué oscuras son tus sienes,
tus manos, qué pesadas.
¿Tan lejos ya de mí
que no me escuchas?

Bajo las llamaradas de la luz
estás tan triste y tan envejecida.
Tus labios cruelmente
crispados en eterna rigidez.

Mañana será ya todo silencio,
y quizá esté en el aire
todavía el crujir de las coronas,
y un olor a podrido.

Pero las noches cada año
se vacían aún más.
Aquí, donde yacía tu cabeza
y ligera fue siempre tu respiración.
Versión de Ernst Edmund Keil
"Tres poetas expresionistas alemanes" Ediciones Hiperión 1998


Umbra Vitae


Adelante se inclinan los hombres por las calles,
contemplando los signos de los cielos,
en donde los cometas, con narices de fuego,
amenazantes se deslizan en torno de las torres.

Los astrólogos llenan los tejados
y clavan en el cielo largos tubos,
y hay hechiceros: brotan de desvanes
retorcidos, a oscuras, conjurando los astros.

Los suicidas andan en grandes hordas
buscando entre la noche su existencia perdida,
encorvados sobre los puntos cardinales,
barriendo el polvo con escobas como brazos pobres.

Polvo que apenas dura,
perdiendo en el camino sus cabellos,
brincan, aprisa mueren
y yacen en el campo con la cabeza rota,

pataleando, a veces, todavía. Y las bestias del campo
alrededor transitan ciegamente y les clavan
los cuernos en el vientre. Se enfrían sepultados
bajo salvias y espinos.

Pero los mares se detienen. Los barcos,
suspendidos en olas, con aflicción se pudren,
dispersos, y no hay corriente móvil
y los patios celestes están todos cerrados.

Los árboles no cambian estaciones,
eternamente muertos en su fin
y abren sus largas manos, sus dedos de madera
por caminos ruinosos.

Quien va a morir se sienta para levantarse
y acaba de decir sus últimas palabras.
Se desvanece de pronto. ¿En dónde está su vida?
Sus ojos se quiebran como el cristal.

Muchos son sombras. Escondidas y turbias.
Sueños que rozan sobre puertas mudas.
Quien despierta agobiado por otras madrugadas
debe quitar la pesadez del sueño de sus párpados grises.
Versión de Ernst Edmund Keil
"Tres poetas expresionistas alemanes" Ediciones Hiperión 1998

 

LOS DEMONIOS DE LAS CIUDADES


(1910)

Recorren la noche de las ciudades,
Que negras se doblegan bajo su pie.
Como barbas de marinero en torno a su mentón
Están negras las nubes por el humo y el hollín.

Su larga sombra se balancea en el mar de casas
Y apaga las hileras luminosas de las calles.
Ella se desliza con dificultad como niebla sobre pavimento
Y lenta anda a tientas casa por casa.

Sobre una plaza ha colocado un pie,
Y arrodillado apoya el otro sobre una torre,
Así se alzan, donde cae negra la lluvia,
Tocando las flautas de Pan en la tormenta de nubes.

En torno a sus pies gira el ritornello
Del mar de las ciudades con música triste,
Un gran canto fúnebre. Ya sordo, ya estridente
Cambia el tono, que se eleva en lo oscuro.

Caminan junto al río, que negro y ancho
Como un reptil, su espalda manchada de amarillo
Por las farolas, se retuerce triste
En la oscuridad, que cubre de negro el cielo.

Se apoyan con dificultad sobre un muro de un puente
Y hunden sus manos en el enjambre
De hombres, como faunos que al borde
De los pantanos hurgan con su brazo en el fango.

Uno se levanta. Cuelga ante la luna blanca
Una máscara negra. La noche, que cae
Como plomo del cielo sombrío, profundamente
Empuja las casas al pozo de lo oscuro.

Crujen los hombros de las ciudades. Y estalla
Un tejado, del que brota un fuego rojo.
Se sientan despatarrados en su cima
Y como gatos maúllan al firmamento.

En un cuarto cubierto de tinieblas
Grita una parturienta con dolores.
Su cuerpo fuerte sobresale enorme de las almohadas,
Y en torno a él, de pie, los grandes diablos.

Se aferra temblando al potro del dolor.
En torno a ella, la habitación oscila por su grito.
Llega el feto. Se abren sus entrañas, rojas y largas,
Y sangrantes las desgarra el feto.

Los cuellos de los diablos se alargan como jirafas.
El niño, sin cabeza. La madre lo tiende
Ante sí. Cae hacia atrás, en su espalda,
Hendidos, los dedos de rana del espanto.

Pero los demonios se hacen enormes.
El cuerno de su sien desgarra rojo el cielo.
En torno a su pezuña, el terremoto truena
Por el seno de las ciudades, propaga el fuego.


EL DIOS DE LA CIUDAD

(1910)

Se sienta despatarrado sobre un bloque de casas.
Los vientos se acumulan sombríos en torno a su frente.
Lleno de furia mira a lo lejos, adonde
En soledad se pierden las últimas casas en el campo.

Desde el atardecer le brilla a Baal su panza roja,
Las grandes ciudades se arrodillan en torno a él.
Las innumerables campanas de las iglesias
Se alzan hacia él desde un mar de negros campanarios.

Como danza de coribantes brama la música
De multitudes por las calles.
El humo de las chimeneas, las nubes de la fábrica
Hacia él se elevan, igual que azulea el aroma de incienso.

La tormenta se inflama en sus cejas.
El oscuro atardecer se adormece en la noche.
Las tempestades revolotean, y como buitres miran
Desde su cabellera que se eriza de cólera.

Él levanta en la oscuridad su puño carnicero.
Lo agita. Un mar de fuego, veloz, recorre
Una calle. Y el vapor ardiente ruge
Y la devora, hasta que tarde despunta la mañana.


LAS CIUDADES

(1911)

Accidentadas calles de ciudades
Que se oscurecen agazapadas en la tarde,
Multitud de perros ladrando en el vacío.
Y sobre los puentes, vimos grandes coches,

Voces temblorosas, traídas por el soplo del viento.
Y ojos redondos nos observaban tristes
Y grandes rostros, sobre los que fluía
La remota carcajada de maliciosas frentes.

Dos pasaron por delante con abrigos amarillos,
Llevaban nuestras cabezas ante sí
Cubiertas de sangre, y en sus mejillas hundidas
Todavía por secarse un último rojo.

Huimos por miedo. Pero un río de blancas ondas
Nos impedía el paso con dientes regañados.
Y tras nosotros, el inflamado sol poniente
Ahuyentaba calles muertas con espada feroz.

Robespierre


Emite unos balidos. Los ojos, fijos
en la paja del carro. Masca unas blancas
flemas que absorbe y traga por los carrillos.
El pie desnudo le cuelga entre dos trancas.

Se sacude el carro. A lo alto lo lanza.
Las cadenas en sus brazos: sonajero.
Unos críos chillan sus risas en chanza;
los alzan sus madres entre el hervidero.

Las cosquillas en la pierna, ni las nota.
El carro para. Y él ve al alzar los ojos,
negro, un cadalso donde la calle acaba.

La frente, ceniza, de sudor rociada.
Una mueca horrible el rostro le deforma.
Se espera un grito. Mas no se escucha nada.


¿Por qué vienes, polillas blancas ...


? ¿Por qué vienes, polillas blancas, tan a menudo para mí?
Las almas de los dea, ¿por qué revoloteas tanto
sobre mi mano? su aleteo a menudo
Leaven luego un pequeño rastro de cenizas.

Tú que
moras cerca de las urnas, en un lugar donde reposan los sueños,
encorvado en sombras eternas, en la tenue extensión
Como en las bóvedas de las tumbas, los murciélagos se
alejan en el tumulto todas las noches.

A menudo no escucho en sueños los ladridos de los vampiros;
Suenan como si la luna sombría se estuviera riendo.
Y veo profundamente en las cavernas vacías
Las velas de las sombras sin hogar.

¿Qué es toda la vida? El breve estallido de las antorchas
rodeadas de sustos distorsionados en la negrura oscura
Y algunos de ellos ya se acercan
y con manos delgadas alcanzan las llamas.

¿Qué es toda la vida? Pequeño recipiente en los abismos
del mar olvidado. Terribles cielos rígidos.
O como en la noche, a través de los campos desnudos, la luz de la luna se
apaga hasta que desaparece.

Ay de aquel que una vez vio a alguien morir,
Cuando en la calma de la fría muerte de otoño
Inadvertidamente se acercó al lecho húmedo del enfermo
y le ordenó que pasara, mientras que como el silbido

y el traqueteo de una tubería de órgano oxidado,
su garganta exhalaba su último aliento con un silbido.
¡Ay de tales testigos! Llevan para siempre
La flor pálida de un horror de plomo.

¿Quién abrirá las tierras más allá de nuestra muerte?
Y quién será la puerta de la gigantesca runa.
¿Qué ven los moribundos que les hace rodar
El blanco ciego de sus ojos tan terriblemente?

Traducido por Reinhold Grimm

Saturday, November 28, 2020

POESÍA Y NATURALEZA - FRIEDRICH HÖLDERLIN

 

POESÍA Y NATURALEZA - FRIEDRICH HÖLDERLIN


Traducción y texto introductorio: David Alvarado Archila
                                            
Johan Christian Friedrich Hölderlin nació el 20 de marzo de 1770 en Lauffen am Neckar, una ciudad ubicada al sur de Alemania. En 1788, Hölderlin ingresó al Tübinger Stift, el seminario de Tubinga fundado por el duque de Ulrich en 1536 y cuya enseñanza está a cargo de la iglesia protestante. Allí, el poeta entabló amistad con Hegel y, posteriormente, con Schelling, compañeros con los que debatió sobre los textos de Spinoza, Kant y Fichte. Por su parte, durante la década de 1790, Hölderlin se graduó como magister del seminario de Tubinga; publicó sus poemas en varias revistas y, a través de la intercesión de Friedrich Schiller, logró obtener el puesto de preceptor en Walterhausen, así como publicar, en 1794, un fragmento de la novela Hyperion en la revista Thalia.
Durante la segunda mitad de esta década, Hölderlin viajó a Jena y trabajó como preceptor de la familia Gontard desde 1795. Allí, el poeta conoció a Susette Gontard, de la que se enamoró profundamente. Los años con la familia Gontard fueron productivos para Hölderlin: en 1797, apareció el primer tomo del Hyperion. Además, Hölderlin conjugó el trabajo en el segundo tomo de la novela (que apareció en 1799) con el plan de elaboración de una tragedia: La muerte de Empédocles.  En 1798, y a raíz de la relación con Susette Gontard, Hölderlin abandonó su trabajo como preceptor y emprendió algunos viajes por Fráncfort, Homburg, Stuttgart y Suiza, a los que acompañaron los trabajos en las versiones de su tentativa de tragedia y algunas traducciones, específicamente, de Píndaro y de Sófocles.
Entre 1800 y 1802, Hölderlin estuvo en Stuttgart y, luego, en Homburg. En esta época comenzaron a aparecer los síntomas de su enfermedad, mientras trabajaba en las traducciones de  Edipo rey Antígona.  Dichas traducciones aparecieron en 1804, pero la reacción a esta publicación no fue la mejor. Por ejemplo, Goethe y Schiller se rieron a carcajadas al oír los coros de Antígona, mientras Hegel y Schelling, sus viejos amigos, vieron las traducciones como la evidencia de la locura del poeta.
En 1806, Hölderlin fue ingresado a una clínica psiquiátrica de Tubinga. Una vez allí, fue declarado enfermo mental incurable y fue recluido en una habitación de la torre del carpintero Zimmer. Durante este periodo de su vida, el poeta  continuó escribiendo, a pesar de que se le daba poco papel, pues se creía que escribir podría alterar su estado mental. Además, daba largas caminatas y tocaba el piano que estaba en su habitación. El poeta murió el siente de junio de 1843, tras 37 años en la torre.
Ahora bien, para hablar de la naturaleza en la obra de Hölderlin, es necesario tener en cuenta otro concepto: el arte. De manera similar a lo planteado por Schiller en las Cartas sobre la educación estética (1795), Hölderlin considera que existe una contraposición entre el arte (die Kunst) y la naturaleza (die Natur). Para el poeta, la naturaleza se asocia con lo que él denomina como lo aórgico (aorgisch) en el Fundamento para el Empédocles (1794-1804), esto es, “d[a]s Unbegreiflichen, d[a]s Unfühlbaren, d[a]s Unbegrenzten” [lo incomprensible, lo no sensible, lo ilimitado] (StA, 4,1, 153, L. 4-5). Por su parte, el arte se relaciona con la capacidad de reflexión y con la actividad autónoma.
Entre estos dos extremos se encuentra el hombre, a quien el poeta concibe como un ser orgánico, artístico (künstlich) y, por tanto, reflexionante. Según Hölderlin, al enfrentarse a la naturaleza, el hombre puede relacionarse con ella mediante la sensación o mediante el conocimiento. A través de la primera vía, el hombre le otorga el sentimiento de perfección (das Gefühl der Vollendung) a la naturaleza, al concebirla en la vida como lo meramente aórgico.
No obstante, el hombre puede conocer la naturaleza cuando transgrede sus propios límites y desequilibra la relación entre la consciencia (Bewustsein), la reflexión (Nachdenken) y lo que el poeta denomina como la sensibilidad física (physische Synnlichkeit). Con esta trasgresión, se presenta una unión entre la naturaleza y el arte en el hombre. Además, esta unión de los opuestos en el hombre implica la muerte de la individuación debido a que, según Hölderlin, la naturaleza se hace más orgánica a través de la acción del hombre, mientras que el ser humano adquiere algo de lo aórgico de la naturaleza.
Para esta traducción, he escogido once poemas de todas las etapas poéticas de Hölderlin. En los primeros, se puede encontrar una idealización de la naturaleza, contrapuesta a los sentimientos de la voz poética. Considero que estos primeros poemas pueden contribuir a ampliar o a ejemplificar la noción de lo aórgico que Hölderlin formuló en el Fundamento para el Empédocles. A estos, los suceden tres poemas en los que se evidencia la relación entre la figura del poeta y la naturaleza. El primer poema presenta una crítica a los poetas hipócritas, mientras que el segundo se puede denominar como prescriptivo, en tanto que la voz poética se dirige a los jóvenes poetas. El tercer poema tiene como figura central a Empédocles, poeta y filósofo. A éste, Hölderlin lo concibe como héroe de su tragedia y como el resultado de “gewaltige[n] Entgegensezungen von Natur und Kunst” [violentas oposiciones entre la naturaleza y el arte]  (StA, 4,1, 154, L. 26- 27).
Por lo demás, incluyo cuatro poemas de la época en la que Hölderlin estuvo recluido en la torre de Tubinga. Estos poemas suelen ser considerados por los críticos como estampas o poemas de estación y, usualmente, van acompañados de fechas que no necesariamente corresponden a la fecha de composición, así como del nombre Scardanelli (nombre que adoptó el poeta en algunos poemas de esta época). Finalmente, para esta traducción utilicé la Grosse Stutgarter Ausgabe, la edición de Stuttgart, que apareció en Alemania entre  1943 y 1985.

Referencia bibliográfica
Höldelrin, F. (1943-1985). Sämtliche Werke. Friedrich Beißner, Adolf Beck y Ute Oelmann (eds.). Alemania: Grosse Stuttgarter Ausgabe.

A LA NATURALEZA

Cuando aún jugaba alrededor de tu velo,
aún estaba adherido a ti como una flor,
aún sentía tu corazón en cada sonido,
el corazón que rodeaba mi corazón tierno y tembloroso.

Cuando rico, como tú, me erguía ante tu imagen
aún con fe y añoranza, aún encontraba un lugar
para mis lágrimas, un mundo para mi amor.
Cuando mi corazón se encaminaba hacia el sol,
como si él percibiera sus tonos,
y cuando llamaba a las estrellas sus hermanas
y, en la primavera, la melodía del dios.

Cuando en el aire, que mueve el soto,
tu espíritu, tú espíritu de la alegría,
aún hacía surgir tranquilas olas  en el corazón,
los días dorados me rodeaban.

Cuando en el valle, donde la fuente me refrescaba,
donde los arbustos proporcionaban el verde
a la tranquila pared rocosa
y el éter aparecía a través de las ramas.
Cuando allí, en el valle, rociado por flores,
yo tomaba su aliento tranquilo y ebrio
y descendía hacia mí la dorada nube desde las alturas,
rebosante de luz y de brillo-

Cuando iba lejos entre los brezos desnudos,
donde resuena el titánico canto de las corrientes,
provenientes del regazo de desfiladeros oscuros,
cuando me rodeaba la noche nublada
y me conducía a lo largo de las montañas,
y en torno a mí volaban las flamas del cielo,
¡allí aparecías tú, alma de la naturaleza!

Con frecuencia, con ebrias lágrimas y ebrio amor,
me perdía en tu abundancia, ¡bello mundo!,
como anhelan perderse las corrientes en el océano,
tras un largo trasegar.
¡Ah!, cuando me precipitaba desde la soledad del tiempo
hacia los brazos del infinito, junto con todos los seres,
como un peregrino se precipita a la casa paterna.

Sed bendecidos, dorados sueños de la niñez.
Vosotros me ocultasteis la pobreza de la vida,
criasteis el buen germen del corazón;
lo que nunca conseguí, ¡vosotros lo proveíais!

¡Oh, naturaleza!, en la luz de tu belleza se revelan,
sin esfuerzo ni violencia, los reales frutos del amor,
como las cosechas en la Arcadia.

Ahora, está muerta la que me amamantó y me educó.
Ahora, está muerto el mundo juvenil,
este pecho, que una vez sentía un cielo,
muerto y mísero, como un campo de rastrojos.
¡Ah!, aún canta la primavera de mis penas,
como antaño, una canción alegre y consoladora,
pero rota está la mañana de mi vida,
la primavera de mi corazón se marchitó.

Eternamente, debe vivir en la miseria el amor más querido,
lo que amamos es solo una sombra.
Cuando los sueños dorados de la juventud murieron,
murió para mí la naturaleza amigable.
Pobre corazón, en los días alegres no  experimentaste
estar lejos de la patria. Pobre corazón, nunca podrás encontrarla,

si un sueño de ella  no te basta.

NATURALEZA Y ARTE O SATURNO Y JÚPITER

Reinas sobre el día y tu ley florece,
¡tú sostienes la balanza, hijo de Saturno!
Distribuyes la suerte y descansas en la fama
de las inmortales artes soberanas.

Pero, se dicen los cantores, expulsaste
al viejo padre, al tuyo, hacia el abismo
y se lamenta en las profundidades,
donde están los salvajes por tu justicia,

el inocente que hace tiempo fue dios del
tiempo dorado: alguna vez sin esfuerzo y tan grande como tú,
aun cuando ya no pronunciaba ninguna ley
y ningún mortal lo invocaba por su nombre.

¡Baja o no te avergüences de agradecer!
Y si quieres permanecer, ¡sirve al anciano
y no lo envidies cuando el cantor lo nombre
ante todos, hombres y dioses!

Pues así como tu relámpago surge de las nubes,
de él proviene lo que es tuyo, ¡mira!, de  él proviene
lo que tú repartes, y de la paz de Saturno
ha crecido todo el poder.

Y en solo mi corazón sentí y entreví
lo vivo a lo que dabas forma
y creía dormido de manera placentera
al tiempo cambiante:

¡luego te conocí, Cronión! Luego, te oí,
oí al sabio maestro; un hijo del tiempo,
como nosotros, que dicta leyes
y promulga lo que alberga
el sagrado crepúsculo.

CANTANDO BAJO LOS ALPES 

¡Sagrada inocencia familiar y amada
por los hombres y los dioses! Te gusta
estar en casa o afuera, sentada
                                      a los pies de los ancianos,

siempre llena de alegre sabiduría; pues el
hombre conoce lo bueno, pero se asombra
ante el cielo como un animal. ¡Mas cuán puro es todo
                                      para ti, que eres pura!

¡Mira! El tosco animal del campo te sirve con gusto
y confía en ti; el bosque mudo te dice
sus sentencias como antaño;
                                     las montañas te instruyen

mandamientos sagrados, y las innumerables experiencias
que aún el gran padre no nos quiere revelar, solo a ti te está
permitido predecírnoslas con claridad.

No deseo ni conozco nada más feliz que
estar así, a solas con los celestiales, con la mirada
fija en ellos, mientras fluye la luz, la corriente y el viento,
y mientras el tiempo pasa,

hasta que me arrastre fuera la marea,
como al sauce, levantado y dormido
                                    entre las olas.

Mas en casa permanece con gusto quien mantiene
lo divino en su pecho fiel. Y en tanto me sea permitido,
quiero interpretaros y cantaros a todos vosotros libremente,
                                                         ¡lenguajes del cielo!

LOS ROBLES 

Vengo desde el jardín hacia vosotros, ¡hijos de las montañas!
Del jardín, donde vive la naturaleza familiar y paciente,
cuidadora y vuelta a cuidar junto a los hombres laboriosos.
Mas vosotros, ¡grandiosos!, estáis como un pueblo de titanes
en el mundo domesticado y sólo os pertenecéis a vosotros, al cielo,
que os alimenta y os educa, y a la tierra de la que nacisteis.
Ninguno de vosotros ha asistido a la escuela de los hombres
y crecéis  alegres y libres desde vuestras fuertes raíces hacia arriba,
no debajo del otro;  agarráis el espacio  con brazos violentos,
como el águila a su botín, y vuestra copa soleada
se orienta alegre y grandiosa hacia las nubes.
Cada uno de vosotros es un mundo. Vivís como las estrellas del cielo;
cada uno un dios, juntos en una libre alianza.
Si yo pudiese soportar la servidumbre, nunca envidiaría
este bosque y me ajustaría a la vida en sociedad.
Y si el corazón, que no se aparta del amor,
no me atara a la vida en sociedad,
¡con cuánto gusto viviría entre vosotros!

POETAS HIPÓCRITAS 

¡Vosotros, fríos hipócritas, no habléis de los dioses!
¡Vosotros tenéis entendimiento! No creéis en Helios,
ni en el dios del trueno, ni en el de los mares.
La tierra está muerta, ¿a quién le gustaría agradecerle?-

¡Tranquilizaos, dioses! Vosotros aún adornáis la canción,
aunque el alma haya desaparecido de vuestros nombres,
y cuando se necesita una palabra significativa,
¡madre naturaleza!, uno recuerda tu nombre.

A LOS JÓVENES POETAS 

¡Queridos hermanos! Quizá nuestro arte madure,
tras una larga fermentación similar a la de la juventud,
y pronto llegará a la calma de la belleza.
¡Sed piadosos, como lo eran los griegos!

¡Amad a los dioses y pensad amablemente en los mortales!
¡Odiad la ebriedad tanto como la frialdad! ¡No describáis,
ni aleccionéis! Si os atemoriza el maestro,
pedid consejo a la gran naturaleza.

EMPÉDOCLES 

Tú buscas la vida, la buscas, y brota y arde
un fuego divino para ti desde lo profundo de la tierra.
Tú te arrojas hacia abajo, a las llamas del Etna,
con ansía estremecedora.

Así, la arrogancia de la reina mezcla perlas
en el vino, y ¡cómo le gustaría que tú , poeta,
no hubieras sacrificado tu riqueza
aquí, en el cáliz hirviente!

Pero eres sagrado para mí, como el poder de la /tierra
que te arrebató, ¡muerto osado!
Y yo quisiera seguir al héroe en la profundidad,
si el amor no me detuviera.

LA PRIMAVERA 

Cuando se ve nuevamente la luz de la tierra,
el verde valle alumbra por la lluvia de la primavera y, alegre,
desciende el blanco de las flores sobre la corriente clara
después de que un día sereno declina para los hombres.

La visibilidad se beneficia de claras distinciones,
el cielo de la primavera está con su paz
para que el hombre pueda observar el encanto del año sin ser molestado
y atienda la perfección de la vida.
Con humildad
Scardanelli

15 de marzo de 1842

EL VERANO 

Cuando desaparecen las floraciones de la primavera,
allí está el verano que se desliza por el año.
Y como el arroyo desciende por el valle,
así irradia el esplendor de las montañas.

Que casi siempre el campo se muestre con esplendor,
es como el día que tiende hacia la tarde;
así como  el año permanece, así son las horas del verano
y, con frecuencia, las imágenes de la naturaleza
desaparecen para los hombres.

24 de mayo de 1778
Scardanelli

EL OTOÑO

Las leyendas del espíritu que fue y ha vuelto,
las que se han alejado de la tierra,
vuelven a la humanidad y mucho aprendemos
del tiempo que se apresuraba y se consumía.

Las imágenes del pasado no han sido abandonadas
por la naturaleza. Así como se desvanecen los días
en el cenit del verano, retorna el otoño a la tierra. Una vez más,
el espíritu de los aguaceros se encuentra en el cielo.

En poco tiempo, mucho ha terminado.
El campesino, que araba,
ve cómo el año tiende hacia un final feliz.
En tales imágenes, se completa el día del hombre.

La redondez de la tierra, adornada con rocas, no es
como la nube que se pierde en la tarde,
sino que se muestra con un día dorado
y la perfección es sin tacha.

24 de mayo 1778
Scardanelli

INVIERNO 

Cuando se ha perdido el follaje de las llanuras,
cae el blanco sobre el valle,
pero el día resplandece por agudos rayos solares,
la fiesta de los estados resplandece desde las puertas.

Es la calma de la naturaleza, el silencio del campo
es como la espiritualidad del hombre y las diferencias
se muestran tan grandes, que conforman la gran imagen
que muestra la naturaleza, en vez de la clemencia de la primavera.

25 de diciembre de 1841

El humilde Scardanelli
Noticia biográfica
David Alvarado Archila (1989) es profesional en Literatura con énfasis en Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana, máster en Literatura de la Universidad de los Andes y traductor. Ha sido librero, profesor y, actualmente, trabaja como gestor de evaluación en el Centro de Español de la Universidad de los Andes.