Tuesday, August 18, 2015

"Breve defensa de la poesía" por W.H. Auden



Traducción de Delia Juárez

Intervención de W. H. Auden en una mesa redonda que organizó el PEN Club en Budapest, octubre de 1967. The New York Review of Books lo rescató en una entrega de 1986 
Las discusiones sobre el papel del artista en la sociedad pocas veces dan fruto porque sus participantes no han definido qué quieren decir con los términos que usan. Mientras malinterpretemos lo que otros dicen, ni el acuerdo central ni la diferencia genuina de opinión son posibles. Empezaré, entonces, con algunas definiciones.
Individuo. En primer lugar, un término biológico: un árbol, un caballo, un hombre, una mujer. En segundo lugar, como el hombre es un animal social y nace sin formas instintivas de conducta, el término es sociopolítico: un americano, un doctor, un miembro de la familia Smith. Como individuos somos, se quiera o no, miembros de una sociedad o de varias sociedades, cuya naturaleza esta determinada por necesidades biológicas y económicas. Como individuos nos crean por reproducción sexual y condicionamientos sociales y sólo se nos puede identificar por las sociedades a las que pertenecemos. Como individuos, somos comparables, clasificables, contables, remplazables.
Persona. Como personas, cada uno de nosotros puede decir yo respondiendo al tú de otras personas. Como personas, cada uno de nosotros es único, miembro de una clase propia con una perspectiva única del mundo, alguien que no se parece a nadie que haya existido antes y que no lo será a nadie que exista después. El mito de la descendencia de toda la humanidad de un solo antepasado, Adán, es un modo de decir que se nos llama a la existencia personal, no por un proceso biológico sino por otras personas, nuestros padres, amigos, etcétera. De hecho cada uno de nosotros es Adán, una encarnación de toda la humanidad. Como personas no somos miembros de las sociedades pero, junto con otras personas, tenemos la libertad de formar comunidades por amor a algo mas que nosotros, por la música, la filatelia o por el estilo. Como personas somos incomparables, inclasificables, incontables, irremplazables.
Al parecer muchos animales cuentan con un código de señales para comunicarse entre individuos de la misma especie, con el fin de transmitir una información vital sobre sexo, territorio, alimento, enemigos. En los animales sociales como la abeja, este código puede volverse complejísimo pero sigue siendo un código, una herramienta impersonal de comunicación: no evoluciona hacia el lenguaje porque el lenguaje no es un código sino la palabra viva. Sólo las personas pueden crear el lenguaje porque solo ellas desean abrirse libremente a otros, dirigirse a otros y responder a otros en la primera o segunda personas, o por sus nombres: sin importar qué tan elaborados estén, todos los códigos se limitan a la tercera persona.
Como los hombres son a la vez individuos sociales y personas, necesitan un código y un lenguaje. Para ambos se emplean lo que llamamos palabras, pero entre nuestro uso de ellas como señales y nuestro uso de ellas como discurso personal hay un abismo; si no hacemos esta distinción no podremos entender un arte literario como la poesía ni comprender su función.
Los pronombres personales de la primera y segunda personas no tienen género; el de la tercera tiene género, y en realidad debería llamarse impersonal. Al hablar sobre alguien más a un tercero, la tercera persona es una necesidad gramatical, pero pensar en otros como él o ella es pensar en ellos no como personas sino como individuos.
Los nombres propios son intraducibles. Al traducir al inglés una novela alemana cuyo héroe se llama Heinrich, el traductor debe escribir Heinrich y no cambiarlo por Henry.
La poesía es lenguaje en el más personal, el más íntimo de los diálogos. Un poema sólo tiene vida cuando un lector responde a las palabras que el poeta escribió.
La propaganda es un monólogo que no busca una respuesta sino un eco. Hacer esta distinción no es condenar a toda propaganda como tal. La propaganda es una necesidad de la vida social humana. Pero no distinguir la diferencia entre poesía y propaganda les hace a las dos un daño indecible: la poesía pierde su valor y la propaganda su eficacia.
En formas más primitivas de organización social, por ejemplo en las sociedades tribales o campesinas, a la índole personal del lenguaje poético la oscurece el hecho de que la sociedad y la comunidad más o menos coinciden. Todos se ocupan del mismo tipo de actividad económica, todos conocen a los demás personalmente y más o menos comparten los mismos intereses. Más aún, en una sociedad primitiva, la poesía, el lenguaje de la revelación personal, no se ha separado de lo mágico, del intento por controlar las fuerzas naturales mediante la manipulación verbal. Por otra parte, hasta la invención de la escritura, el hecho de que el verso es mas fácil de recordar que la prosa da al primero un valor de utilidad social no poético, como mnemotecnia para transmitir conocimientos esenciales de una generación a otra.
Donde quiera que haya un mal social verdadero, la poesía, o cualquier arte para el caso, es inútil como arma. Aparte de la acción política directa, la única arma es el informe de hechos: fotografías, estadísticas, testimonios.
Las condiciones sociales que conozco personalmente y en las que tengo que escribir son las de una sociedad tecnológicamente avanzada, urbanizada y aglomerada. Estoy seguro de que en cualquier sociedad (no importa cuál sea su estructura-política) que alcance el mismo nivel de desarrollo tecnológico, urbanización y riqueza, el poeta se enfrentará a los mismos problemas.
Es difícil concebir una sociedad abundante que no sea una sociedad organizada para el consumo. El peligro en una sociedad así es el de no distinguir entre aquellos bienes que, como la comida, pueden consumirse y hacerse a un lado o, como la ropa y los automóviles, descartarse y reemplazarse por otros más nuevos, y los bienes espirituales como las obras de arte que sólo alimentan cuando no se consumen.
En una sociedad opulenta como Estados Unidos, las regalías dejan bien claro al poeta que la poesía no es popular entre los lectores. Para cualquiera que trabaje en este medio, creo que esto debía ser más un motivo de orgullo que de vergüenza. El público lector ha aprendido a consumir incluso la mejor narrativa como si fuera sopa. Ha aprendido a mal emplear incluso la mejor música, al usarla de fondo para el estudio o la conversación. Los ejecutivos empresariales pueden comprar buenos cuadros y colgarlos en sus paredes como trofeos de estatus. Los turistas pueden "hacer" la gran arquitectura en un tour guiado de una hora. Pero gracias a Dios la poesía aún es difícil de digerir para el público; todavía tiene que ser "leída", esto es, hay que llegar a ella por un encuentro personal, o ignorarla. Por penoso que sea tener un puñado de lectores, por lo menos el poeta sabe algo sobre ellos: que tienen una relación personal con su obra. Y esto es más de lo que cualquier novelista de bestsellers podría reclamar para sí.


EL ESCUDO DE AQUILES (1955)
Traducción Miguel de Asúa
Ella miró buscando por sobre su hombro
Viñas y olivos,
Bien gobernadas ciudades de mármol
Y barcos sobre mares indómitos,
Pero allí sobre el metal brillante
Sus manos habían puesto en cambio
Un yermo artificial
Y un cielo de plomo.
Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
Ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
Nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
Y aún, congregada sobre esa monotonía,
Se erguía una ininteligible multitud,
Un millón de ojos, un millón de botas en fila,
Sin expresión, esperando un signo.
Desde el aire una voz sin rostro
Demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
En tonos tan secos y planos como el lugar:
Nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
Columna tras columna en una nube de humo
Ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
Cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.
Ella miró buscando por sobre su hombro
Rituales piadosos,
Bueyes enguirnaldados de blancas flores,
Libación y sacrificio,
Pero allí sobre el metal brillante
Donde debía haber estado el altar,
Vio la luz vacilante de la forja
Una muy otra escena.
Alambre de púas cercaba un lugar cualquiera
Donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
Y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
Un grupo de buena gente común
Miraba desde afuera sin moverse ni hablar
Mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
A tres postes erigidos en la tierra.
La masa y la majestad de este mundo, todo
Lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
Estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
Y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
Lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
Fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
Y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.
Ella miró buscando por sobre su hombro
Los atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando
Moviendo sus dulces miembros
Veloces, veloces, según la música,
Pero allí en el escudo brillante,
Sus manos no habían puesto un piso de baile
Sino una campo asfixiado de cizaña.
Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
Vagaba sobre ese baldío, un pájaro
Voló escapando de su piedra certera.
Que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
Eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
De un mundo donde las promesas son cumplidas,
O uno puede llorar porque el otro llora.
El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
Clamó su desaliento
Por lo que el dios había forjado
Para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro
Quien no habría de vivir mucho más.

MUSÉE DES BEAUX-ARTS
Versión de José Emilio Pacheco [Mi versión JJGC]
Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
Su función en el mundo. Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.
No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.
Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
 
ASILO DE ANCIANOS
Versión de José Emilio Pacheco
Todos poseen un límite: cada uno
Tiene un matiz de daño muy distinto. La élite
Es capaz de arreglarse por sí misma,
Caminar apoyada en un bastón,
Leer completo un libro, interpretar
Movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
Es el veneno del espíritu:
Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
Abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
Que soporta la tele
Y guiado por amables terapeutas
Canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
Palabras en el limbo, y al final
Los que ya son del todo incompetentes
Y como una parodia de las plantas
(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
Todos aparecieron cuando el mundo,
A pesar de sus males,
Era más habitable y más vistoso
Y los viejos tenían auditorio
Y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
Podía refugiarse con la abuela para ser consolado
Y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
Mas su generación es la primera
Que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
Como se arrumban fardos indeseables.
Mientras voy en el Metro para estar
Media hora con una del asilo,
Recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
Y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
Un somnífero rápido, indoloro;
O bien para rogar, como ella ruega,
Que Dios o la naturaleza precipiten
Su función terrenal?.

El escudom de Aquiles por W. H. Auden

The Shield of Achilles

W. H. Auden, 1907 - 1973

    She looked over his shoulder
       For vines and olive trees,
     Marble well-governed cities
       And ships upon untamed seas,
     But there on the shining metal
       His hands had put instead
     An artificial wilderness
       And a sky like lead.

A plain without a feature, bare and brown,
   No blade of grass, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down, 
   Yet, congregated on its blankness, stood
   An unintelligible multitude,
A million eyes, a million boots in line, 
Without expression, waiting for a sign.

Out of the air a voice without a face
   Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
   No one was cheered and nothing was discussed;
   Column by column in a cloud of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, somewhere else, to grief.

     She looked over his shoulder
       For ritual pieties,
     White flower-garlanded heifers,
       Libation and sacrifice,
     But there on the shining metal
       Where the altar should have been,
     She saw by his flickering forge-light
       Quite another scene.

Barbed wire enclosed an arbitrary spot
   Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
   A crowd of ordinary decent folk
   Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of this world, all
   That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
   And could not hope for help and no help came:
   What their foes like to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died.

     She looked over his shoulder
       For athletes at their games,
     Men and women in a dance
       Moving their sweet limbs
     Quick, quick, to music,
       But there on the shining shield
     His hands had set no dancing-floor
       But a weed-choked field.

A ragged urchin, aimless and alone, 
   Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
   That girls are raped, that two boys knife a third,
   Were axioms to him, who’d never heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept.

     The thin-lipped armorer,
       Hephaestos, hobbled away,
     Thetis of the shining breasts
       Cried out in dismay
     At what the god had wrought
       To please her son, the strong
     Iron-hearted man-slaying Achilles
       Who would not live long.
 
 

"El escudo de Aquiles", Wystan Hugh Auden - ("The Shield of Achilles")




"El escudo de Aquiles"
Wystan Hugh Auden

(1952)




Wystan Hugh Auden
(1907-1973)
York,  Inglaterra




Ella miró buscando por sobre su hombro
viñas y olivos,
bien gobernadas ciudades de mármol
y barcos sobre mares indómitos,
pero allí sobre el metal brillante
sus manos habían puesto en cambio
un yermo artificial
y un cielo de plomo.

Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
y aún, congregada sobre esa monotonía,
se erguía una ininteligible multitud,
un millón de ojos, un millón de botas en fila,
sin expresión, esperando un signo.

Desde el aire una voz sin rostro
demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
en tonos tan secos y planos como el lugar:
nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
columna tras columna en una nube de humo
ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.

Ella miró buscando por sobre su hombro
rituales piadosos,
bueyes enguirnaldados de blancas flores,
libación y sacrificio,
pero allí sobre el metal brillante
donde debía haber estado el altar,
vio la luz vacilante de la forja
una muy otra escena.

Alambres de púas cercaba un lugar cualquiera
donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
un grupo de buena gente común
miraba desde afuera sin moverse ni hablar
mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
a tres postes erigidos en la tierra.

La masa y la majestad de este mundo, todo
lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.

Ella miró buscando por sobre su hombro
los atletas en sus juegos,
hombres y mujeres danzando
moviendo sus dulces miembros
veloces, veloces, según la música,
pero allí en el escudo brillante,
sus manos no habían puesto un piso de baile
sino una campo asfixiado de cizaña.

Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
vagaba sobre ese baldío, un pájaro
voló escapando de su piedra certera:
que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
de un mundo donde las promesas son cumplidas,
o uno puede llorar porque el otro llora.

El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
clamó su desaliento
por lo que el dios había forjado
para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro

quien no habría de vivir mucho más.


(Trad. Miguel de Azúa)

 

El escudo de Aquiles - W. H. Auden


Ella miró sobre su hombro
Buscando viñedos y olivos,
Urbes de mármol bien reinadas
Y naves en mares indómitos,
Pero allí en el metal brillante
Sus manos sólo habían puesto
Un triste yermo artificioso
Y un cielo semejante a plomo.

Un llano sin facciones, despojado y parduzco:
Ni una brizna de hierba, ningún signo de vida,
Si nada que comer ni sitio en que sentarse;
No obstante, congregada en su lienzo vacío,
Se alzaba, incomprensible, una gran multitud,
Un millón de miradas y de botas en fila,
Carentes de expresión, aguardando algún signo.

Salida de la nada, una voz incorpórea
Mostró con estadísticas que la causa era justa
En tonos tan adustos y chatos como el llano:
Nadie fue jaleado ni hubo discusión;
Columna tras columna en enjambres de polvo
Iniciaron su marcha soportando una fe
Cuya lógica llevaría sus pasos hasta la aflicción.

Ella miró sobre su hombro
Buscando piedades rituales,
Novillas con guirnaldas blancas,
Libaciones y sacrificios,
Pero allí en el metal brillante,
Donde el altar debiera hallarse,
Vio a la tenue luz de la forja
Una escena muy diferente.

Un terreno arbitrario con alambres de espino
Donde los oficiales holgaban aburridos (uno contaba un chiste)
Y los guardas sudaban, pues hacía calor:
Un grupo de personas normales y decentes
Miraba desde fuera sin moverse ni hablar
Mientras tres sombras pálidas eran encadenadas
A tres postes clavados de pie sobre la tierra.

La masa y majestad de nuestro mundo, todo
Lo que comporta un peso y no cambia al pesarse
Se hallaba en manos de otros; dado que no eran grandes
No cabía esperar ayuda y no la hubo:
Lo que sus enemigos pretendían hacerles se hizo, y los peores
Buscaron deshonrarles; si perdieron su orgullo,
Sus cuerpos perecieron después que ellos lo hicieran.

Ella miró sobre su hombro
Buscando atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando,
Desplegando sus dulces miembros
Al ritmo alerta de la música
Pero allí en el metal brillante
No había un patio para el baile,
Tan sólo un campo de hierbajos.

Un golfillo harapiento caminaba sin rumbo
Por aquella orfandad deshabitada; un pájaro
alzó el vuelo, esquivando el vuelo de su piedra:
Que hubiera violaciones, que dos niños rajaran a un tercero
Eran axiomas para él, que nunca oyera hablar
De un mundo donde las promesas se mantenían,
O en el que uno lloraba porque alguien más lloraba.

El forjador de labios finos,
Hefesto, se fue renqueando,
Y Tetis, la de bellos bucles,
Lanzó un grito de desconsuelo
Al ver lo que el dios concibiera
Para honrar a su hijo, el fuerte
Aquiles Corazón de Hierro
Que larga vida no tendría.

W. H. Auden, El escudo de Aquiles, en Los señores del límite, Galaxia Gutenberg
Traducción: Jordi Doce
 

German Verse: Anonymous, 18th century

Anonymous 18th German love song

“German costume of the Werther-Era,” featuring the latest fashions inspired by Goethe's novel. Published in Münchener Bilderbogen Nr. 401

 

Wenn ich ein Vöglein wär
und auch zwei Flüglein hätt,
flög ich zu dir.
Weils aber nicht kann sein,
bleib ich allhier.

Bin ich gleich weit von dir,
bin doch im Schlaf bei dir
und red mit dir.
Wenn ich erwachen tu,
bin ich allein.

Es vergeht kein Stund in der Nacht,
daß mein Herz nicht erwacht
und an dich denkt,
daß du mir vieltausendmal
dein Herz geschenkt.

If I were a bird and had two wings I would fly to you. As that cannot be, I have to stay here.

Even though I am far from you, in my sleep I am with you and speak to you. When I wake up I am alone.

Not an hour passes in the night but my heart wakes and thinks of you, and that you have given me your heart so many thousand times.

[from The Penguin Book of German Verse, ed. & trans. Leonard Forster]
  • Index of poems
  • W. H. Auden Poem: "Stop all the clocks"

    W. H. Auden

    Parad los relojes y desconectad el teléfono,
    dadle un hueso jugoso al perro para que no ladre,
    haced callar a los pianos, tocad tambores con sordina,
    sacad el ataúd y llamad a las plañideras.
     
    Que los aviones den vueltas en señal de luto
    y escriban en el cielo el mensaje “Él ha muerto”,
    ponedles crespones en el cuello a las palomas callejeras,
    que los agentes de tráfico lleven guantes negros de algodón.
     
    Él era mi norte y mi sur, mi este y mi oeste,
    mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
    mi día y mi noche, mi charla y mi música.
    Pensé que el amor era eterno; estaba equivocado.

    Ya no hacen falta estrellas: quitadlas todas,
    guardad la luna y desmontad el sol,
    tirad el mar por el desagüe y podad los bosques,
    porque ahora ya nada puede tener utilidad.
     
     
    (Wystan Hugh Auden. Parad los relojes y otros poemas. Selección y traducción de Javier Calvo. Madrid, Mondadori, 1999)
     

    W. H. Auden


    Stop all the clocks, cut off the telephone,
    Prevent the dog from barking with a juicy bone,
    Silence the pianos and with muffled drum
    Bring out the coffin, let the mourners come.

    Let aeroplanes circle moaning overhead
    Scribbling on the sky the message He Is Dead,
    Put crepe bows round the white necks of the public doves,
    Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

    He was my North, my South, my East and West,
    My working week and my Sunday rest,
    My noon, my midnight, my talk, my song;
    I thought that love would last for ever: I was wrong.

    The stars are not wanted now: put out every one;
    Pack up the moon and dismantle the sun;
    Pour away the ocean and sweep up the wood.
    For nothing now can ever come to any good.

    Sunday, August 16, 2015

    PHILOSOPHY - Spinoza [Espinoza un poema de Schiller]


    Spinoza [Friedrich v. Schiller 1759-1805]


    Hier liegt ein Eichbaum umgerissen,
    Sein Wipfel tät die Wolken küssen,
    Er liegt am Grund - warum ?
    Die Bauren hatten, hör ich reden,
    Sein schönes Holz zum Bau'n vonnöten
    Und rissen ihn deswegen um.


    Espinoza [Traducción de José Juan Góngorá Cortés]


    Aquí yace un roble derribado,
    Su copa besó las nubes,
    Yace en el suelo - ¿por qué?
    Los campesinos, he oído decir,
    Necesitaron su bella madera para construir,
    Y lo arrancaron por esta razón.


     
    Hier liegt ein Eichbaum umgerissen,
    Sein Wipfel tat die Wolken küssen
    Er liegt am Grund--warum?
    Die Bauern hatten, hör' ich reden,
    Sein schönes Hoz zum Bau'n vonnöten
    Und rissen ihn deswegen um.

    Pretty Literal and dictionary-less Translation:
    Here lies a sharply defined Oak Tree
    It's head could Kiss the clouds,
    It lies on the ground--Why?
    The Farmers have, I've heard said,
    Needed it's beautiful Wood to build
    And brought it down for this reason.

    The poem got my attention for a few reasons, first because I wasreading Mary Midgley's writing about how we're trying to live in a world where (and I'm going to kill this, but I imagined it quite vividly rather than remember it in philosophical terms) we accept absolute idealism, or at least objects of idealism, but no metaphysical system to get anywhere near it. But we also accept a lot of Spinoza passively, yet have no will to live our lives in the ascetic way he did. That particular criticism certainly applies to the many complicated ways Hegel appropriated Spinoza, and Schiller was of course living at the exact same time as Hegel when Spinoza was, along with Shakespeare, quite the popular philosophical commodity for young men in the German's Golden Age. The combination of influenced produced both Hegel and Goethe.


    The poem itself is shockingly short, and in my anthology looks oddlylike a twentieth century poems against Schiller's longer poems and Formal Odes to Nice Things that Everybody Likes. It almost reminds me of Paul Celan. In the last line, the "umrissen" means "to pull down" but because of the way German grammar works, the "rissen" comes first,meaning "to rip", and makes at least my brain think the verb is going to be "rips him"


    [–]SchwarzerRhobar 1 point  
    Iam a bit confused with the translation since the first line "Hier liegt ein Eichbaum umgerissen" can be read as defined but the context makes it sound wrong.


    Word for word it would be "Here LIES an oak tree pulleddown/defined". The "lies" and the next line is in the past "It's head did kiss the clouds" makes the pulled down far more likely.


    I am not sure if I am making an ass out of myself but a literal translation would be:
    Here lies an oak tree pulled down
    Its head did kiss the clouds,
    It lies on the ground--Why?
    The peasants had, I've heard said,
    Needed its beautiful wood to build,
    And brought it down for this reason.

    Saturday, August 8, 2015

    Lesbos by Sylvia Plath

    Lesbos by Sylvia Plath

    Viciousness in the kitchen!
    The potatoes hiss.
    It is all Hollywood, windowless,
    The fluorescent light wincing on and off like a terrible migraine,
    Coy paper strips for doors
    Stage curtains, a widow's frizz.
    And I, love, am a pathological liar,
    And my child look at her, face down on the floor,
    Little unstrung puppet, kicking to disappear
    Why she is schizophrenic,
    Her face is red and white, a panic,
    You have stuck her kittens outside your window
    In a sort of cement well
    Where they crap and puke and cry and she can't hear.
    You say you can't stand her,
    The bastard's a girl.
    You who have blown your tubes like a bad radio
    Clear of voices and history, the staticky
    Noise of the new.
    You say I should drown the kittens. Their smell!
    You say I should drown my girl.
    She'll cut her throat at ten if she's mad at two.
    The baby smiles, fat snail,
    From the polished lozenges of orange linoleum.
    You could eat him. He's a boy.
    You say your husband is just no good to you.
    His Jew-Mama guards his sweet sex like a pearl.
    You have one baby, I have two.
    I should sit on a rock off Cornwall and comb my hair.
    I should wear tiger pants, I should have an affair.
    We should meet in another life, we should meet in air,
    Me and you.

    Meanwhile there's a stink of fat and baby crap.
    I'm doped and thick from my last sleeping pill.
    The smog of cooking, the smog of hell
    Floats our heads, two venemous opposites,
    Our bones, our hair.
    I call you Orphan, orphan. You are ill.
    The sun gives you ulcers, the wind gives you T.B.
    Once you were beautiful.
    In New York, in Hollywood, the men said: "Through?
    Gee baby, you are rare."
    You acted, acted for the thrill.
    The impotent husband slumps out for a coffee.
    I try to keep him in,
    An old pole for the lightning,
    The acid baths, the skyfuls off of you.
    He lumps it down the plastic cobbled hill,
    Flogged trolley. The sparks are blue.
    The blue sparks spill,
    Splitting like quartz into a million bits.

    O jewel! O valuable!
    That night the moon
    Dragged its blood bag, sick
    Animal
    Up over the harbor lights.
    And then grew normal,
    Hard and apart and white.
    The scale-sheen on the sand scared me to death.
    We kept picking up handfuls, loving it,
    Working it like dough, a mulatto body,
    The silk grits.
    A dog picked up your doggy husband. He went on.

    Now I am silent, hate
    Up to my neck,
    Thick, thick.
    I do not speak.
    I am packing the hard potatoes like good clothes,
    I am packing the babies,
    I am packing the sick cats.
    O vase of acid,
    It is love you are full of. You know who you hate.
    He is hugging his ball and chain down by the gate
    That opens to the sea
    Where it drives in, white and black,
    Then spews it back.
    Every day you fill him with soul-stuff, like a pitcher.
    You are so exhausted.
    Your voice my ear-ring,
    Flapping and sucking, blood-loving bat.
    That is that. That is that.
    You peer from the door,
    Sad hag. "Every woman's a whore.
    I can't communicate."

    I see your cute decor
    Close on you like the fist of a baby
    Or an anemone, that sea
    Sweetheart, that kleptomaniac.
    I am still raw.
    I say I may be back.
    You know what lies are for.


    Even in your Zen heaven we shan't meet.


    Sylvia Plath - The Collected Poems


    Sunday, August 2, 2015

    PAN Y VINO de Friedrich Hölderlin




    1

    La ciudad reposa en torno; la calle, con luz, se aquieta
    y con antorchas ornados se deslizan los carruajes.
    Saciados vuelven los hombres al reposo en sus moradas,
    sopesa algún pensativo la pérdida y la ganancia
    satisfecho en el hogar; ya sin vides y sin flores
    descansa en sus tareas el afanoso mercado,
    de cuerdas, lejana música se oye desde los jardines,
    ¿son los sones de un amante o recuerda un solitario
    a los perdidos amigos y la juventud ya ida?
    Sobre sus lechos fragantes brotan frescos manantiales,
    en el aire de la tarde suaves tañen las campanas,
    atento al curso del tiempo un sereno da la hora.
    La suave brisa reciente las copas del soto agita.
    ¡Mirad! La sombra de nuestro planeta, la hermosa luna,
    viene también en secreto; la soñadora, la noche,
    llega grávida de estrellas sin cuidarse de nosotros,
    brillando, la sorprendida, entre el hombre forastera,
    con tristeza y esplendor sobre la altura del monte.


    2

    Maravillosa es la gracia de la sublime, y no existe
    quien conozca cuándo y qué por su causa le acontece.
    Así mueve el mundo y el alma esperanzada del hombre.
    Ni siquiera el sabio entiende sus designios, pues que así
    lo dispone el dios supremo que a ti, Heinze, te ama tanto,
    así, el día pensativo, cual la noche, te es preciado.
    A veces ama la sombra la vista clarividente
    y, antes que sea preciso, busca los goces del sueño,
    o un hombre que es devoto mira la plácida noche.
    Sí, oportuno es dedicarle dulces coronas y canto,
    pues sacra es para los muertos y para los errabundos
    aunque eterna permanezca dentro del más libre espíritu.
    Mas, para que en la tiniebla un asidero tengamos,
    deberá ella concedernos, al momento de la duda,
    la dádiva del olvido y la inspiración divina,
    darnos al ardiente palabra, cual los amantes insomne,
    una copa rebosante y una vida más osada
    y también sacra memoria para velar la noche.


    3

    Ocultamos vanamente el corazón en el pecho;
    en vano, maestros y alumnos, el ánimo controlamos,
    pues, ¿quién nos impedirá o prohibirá el contento?
    Partamos; un fuego sacro noche y día nos impulsa.
    ¡Ven, pues! Miremos lo abierto, indaguemos algo propio,
    no importa su lejanía, por los confines del mundo.
    Algo permanece estable: se trate del mediodía
    o sea la medianoche, hay un cannon compartido
    y a cada cual se le asigna su medida peculiar;
    hacia ella se llega y de ella se vuelve hasta lo posible.
    Que se burle de la burla un extravío dichoso.
    Cuando en la noche sagrada sobrevenga a los poetas.
    ¡Ven hasta el Itsmo!, allá, donde ruge el mar abierto,
    cabe el Parnaso y rodeado por délficas rocas níveas,
    en las tierras del Olimpo, del Citerón en las cumbres,
    allí bajo los pinares, bajo los dulces viñedos,
    donde el Tebas y el Ismeno cruzan la tierra de cadmo,
    de allí viene y hacia allí señala el dios venidero.


    4

    ¡Grecia bienaventurada! ¡Hogar de todos los dioses!
    ¿Es cierto lo que una vez, cuando jóvenes, oímos?
    ¡Gozoso aposento! El mar, cual suelo; los montes, mesas;
    antaño fuiste erigida para un único destino.
    Pero, ¿dónde están los tronos, los templos? ¿dónde los vasos?
    ¿dónde, colmados de néctar, para los dioses y el canto?
    ¿dónde alumbran los oráculos que descrifran lo remoto?
    ¿dónde resuena, si Delfos dormita, la voz del rápido
    destino? ¿dónde, jocundo, irrumpe sobre los ojos,
    pleno de lo omnipresente y tronado del aire?
    "¡Padre Eter!" era el clamor volando de boca en boca:
    sin fin. No existe quien haya sufrido la vida solo;
    dulce es tal bien compartido y, trocado con extraños,
    cambia en júbilo. La ardiente palabra despierta en sueños:
    resonando: "¡Padre! ¡alegre!" cual emblema milenario,
    es la herencia de los padres: signo creador y certero.
    Así vuelven los divinos: desde la sombra de su día
    adviene profundamente emotivo entre los hombres.


    5

    Advienen en el comienzo sin que les reconozca,
    y los hijos les porfían, con su luz ciega, la dicha,
    y el hombre de ellos recela. Apenas un semidiós
    nombrar a aquellos podría que con dones se le acercan.
    El ánimo de los dioses vasto es; el pecho del hombre
    insuflan con alegrías, bienes que usar sabe apenas;
    necio y dadivoso, crea, dilapida y, cuando toca
    con mano bendita, casi trueca en santo lo profano.
    Los divinos lo toleran; mas, luego, ellos mismos llegan,
    reales, y toma el hombre el hábito de la dicha,
    y el del día y del mirar a los dioses manifiestos,
    al rostro de los nombrados, largo tiempo, Uno y Todo,
    que insuflan el hondo pecho mudo con libre abundancia
    y aplacan, antes de nada, los inexhaustos deseos.
    Así es el hombre. Recibe suerte, y cuando un dios lo atiende
    con sus obras no le ve ni podría conocerlo.
    Mas si debió sufrir antes, nomina lo que más ama,
    y será en ese momento, tan solo en ese momento,
    que palabras como flores brotarán para nombrarlo.


    6

    A los bienaventurados piensa honrar con devoción,
    sí, todo debe anunciar ciertamente su alabanza,
    no surja nada a la luz que no agrade a los divinos;
    nada vaya al Padre Eter intentando con fatigas.
    A fin de estar dignamente en presencia de los dioses,
    entre sí van ordenándose gloriosamente los pueblos
    para construir ciudades y templos de maravilla
    alzados en las riberas de los mares y los ríos.
    ¿Dónde están? ¿dónde florecen las villas más renombradas,
    las coronas de la fiesta? Mustia está Tebas, y Atenas.
    ¿No se escuchan ya los ruidos de las armas en Olimpia?
    ¿tampoco el de las doradas carrozas para el combate?
    ¿Y no se coronan ya los bajeles de Corinto?
    ¿Por qué enmudecen los viejos anfiteatros sagrados?
    ¿por qué no alegran las danzas de rituales ofrecidos?
    ¿por qué no signa un divino la frente del favorito,
    cual una vez, señalando como antaño al elegido?
    O compareció en persona, tomando humana figura,
    culminando con consuelo la fiesta de los celestes.


    7

    ¡Tarde llegamos, amigo! Por cierto, los dioses viven,
    pero arriba, en otro mundo, por sobre nuestras cabezas.
    Sin descanso ahí trabajan y de nosotros parecen
    no cuidar; pero vivimos, tanto es lo que nos protegen.
    No podría un frágil vaso a menudo contenerlos,
    solo a veces tan divina plenitud resiste el hombre.
    La vida es un sueño de ellos. Pero el estravío ayuda
    cual sueño, y nos fortalecen la necesidad, la noche,
    hasta que en cunas de bronce crezcan héroes bastantes
    surgiendo con corazones fuertes cual de los celestes.
    Descenderán entre truenos. Mientras estoy a su espera,
    mejor me parece el sueño que vivir sin compañero;
    al persistir indolente no sé qué hacer o decir
    luego, ¿para qué poetas en un tiempo de penuria?
    Son, dices, cual oficiantes sagrados del dios del vino,
    errando por las comarcas bajo la noche sagrada.


    8

    Pero cuando en un momento, que creemos ya remoto,
    ascendieron a la altura los que la vida alegraban,
    y el Padre de los humanos su rostro apartó divino,
    y se inició con razón el duelo sobre la tierra,
    y adivinó apacible genio, celestial consolador,
    que anunció el fin de aquél día, desvaneciéndose luego.
    Dejó aquel coro celeste determinadas ofrendas
    cual signo de su presencia y retorno venidero,
    que como antaño nos causan un humano regocijo,
    pues la dicha en el espíritu insoportable sería 
    para el hombre: héroes no hay que soporten tales goces,
    sin embargo, en la quietud vive un reconocimiento.
    El pan fruto es de la tierra y es bendito por la luz,
    y del tonante proviene el regocijo del vino.
    Pues que nos recuerdan ambos a los celestes venidos 
    antaño, y que volverán cuando sea el tiempo justo,
    con devoción los poetas al dios del vino le cantan
    y loas que oye el anciano no pensadas en vano.


    9

    ¡Dícese, pues, que el anciano reconcilía día y noche!,
    que a las estrellas del cielo eternamente dirige,
    siempre alegre, cual follaje del verde pino que ama,
    o cual Corona de yedra que eligió, porque Dionisos
    permanece, y el vestigio trae dioses idos 
    a quienes, faltos de dioses, yacen bajo las tinieblas.
    Mira lo que el canto antiguo vaticina de los hijos 
    de dios, Heinze, somos nosotros: el fruto de las Hespérides,
    maravilloso y exacto, que maduró entre los hombres.
    ¡Afírmelo quien lo vio! Bastantes cosas suceden, 
    pero pocas dejan huella; sin corazón, sombra somos
    hasta que, reconociendo a cada uno, el Padre Eter
    sea de todos. En tanto, llega quien porta la antorcha 
    el sirio, hijo del altísimo, a las tinieblas bajando.
    Lo ven los sabios dichosos: sonreír ilumina
    al ánima prisionera y, al hombre que la guarece,
    al resplandor de la luz le abre súbito los ojos.
    Cuán plácido sueña y duerme el Titán sobre la Tierra
    e, incluso, el envidioso Cancerbero, bebe y duerme. 





    Separata de la revista «Oráculo» - N° 1, julio de 1980


    HÖLDERLIN: Tres poemas bucólicos

     

    MITAD DE LA VIDA

    Con peras amarillas
    y llena de flores silvestres
    la tierra pende sobre el lago.
    Vosotros, hermosos cisnes
    sumergís ebrios de besos la cabeza
    en la sagrada sobriedad del agua.

    ¡Ay de mí! ¿Dónde recogeré flores
    en invierno? ¿Dónde
    el espejo del sol
    y las sombras de la tierra?
    Los muros se alzan
    mudos y fríos. En el viento
    chirrían las veletas.



    DECLINA, BELLO SOL

    Declina, bello sol; poca atención te prestan
    —¡Oh sagrado!—, ni te han reconocido,
    porque silenciosamente y sin esfuerzo
    sobre todos ellos, tan ocupados, te levantas.

    Para mí eres luz amiga que sube y que baja
    y así mis ojos te saludan cada día ¡Oh esplendor!
    Pues aprendí a venerar en silencio a los dioses
    cuando Diótimia purificaba mis sentidos.

    ¡Oh mensajera del cielo, cómo te escuchaba!
    ¡Y mis ojos iluminados de reconocimiento
    se volvían hacia ti, Diótimia tan amada,
    mientras el día se llenaba de oro!

    Entonces, más vivo era el murmullo de la fuente,
    las flores de la sombría tierra
    exhalaron para mí su amoroso aliento,
    y sonriente, más allá de las nubes plateadas,
    el Éter se inclinaba para bendecirnos.



    FANTASÍA DE LA TARDE

    Ante su choza, el labriego descansa
    a la sombra, mientras humea su modesto fogón.
    Y el tañido de la campana del anochecer
    acoge, hospitalario, al caminante.

    También los lancheros vuelven al puerto.
    En lejanas ciudades se apaga, dichoso,
    el clamoreo del mercado. La comida
    está servida y luce bajo la enramada
    para los amigos reunidos.

    ¿Pero yo, adónde iré? Los mortales viven
    del salario y el trabajo, y son felices
    alternando labor y descanso.
    ¿Por qué sólo en mi pecho anida
    este aguijón que no descansa nunca?

    En el crepúsculo florece una primavera
    de innúmeras rosas, y el mundo
    se adormece en una paz dorada. ¡Oh, llevadme,
    nubes de púrpura, y que en lo alto puedan

    fundirse mi amor y mi pena en el aire y la luz!
    Pero como espantado por mi loca súplica
    el sortilegio se borra. Oscurece. Y yo,
    como siempre, solo bajo los cielos.

    ¡Ven, dulce sueño! Demasiado deseo hay
    en mi pecho. Mas tú terminarás por aplacarlo,
    juventud. ¡Oh inquieta, oh soñadora!
    ¡Tras la que viene, calma y serena, la vejez!


    Friedrich Hölderlin (1770 - 1843)


    "poemas" por Ingeborg Bachmann

    Ingeborg Bachmann nace en 1926 en Klagenfurt, Austria. En 1942 escribe la tragedia   Carmen Ruidera, desde allí narraciones, como en 1943, La Cruz de Honditsch; estudia filosofía tras el bachillerato y publica por primera vez,   Die Fähre: La barca 1946. Circunda por entonces el círculo literario de Hans Weigel, empezando a redactar la novela: La ciudad sin nombre; de 1948 data un primer encuentro con P. Celan. Sus primeras narraciones salen en el periódico Wiener Tageszeitung, en 1949. Termina su tesis doctoral sobre la recepción crítica de la filosofía existencial de Martin Heidegger. En 1950, se encuentra con Celan en Paris, viaja a Londres y se contacta con exiliados. Trabaja fuera de su país, escribe ensayos sobre Wittgenstein, Musil, publica el poemario El Tiempo Postergado, en Frankfurt; trabaja para radio Bremen, entrega de emisiones radiales, relatos en 1955. Se instala en Nápoles el 56 tras viaje a EEUU, en donde trabajará luego como directora de la televisión bávara. Publica su segundo libro lírico en 1956, Invocación a la osa mayor. En 1958 se trasladó a Zurcí. Encuentro con Max Frisch. Premio a relatos radiales de los ciegos de guerra en 1959. Discurso de agradecimiento: La verdad es exigible al ser humano [texto poetológico].Ópera de Hans Werner Henze con libreto suyo en 1960. Traduce a Ungaretti, aparece en Surkhamp, Frankfurt. Al año siguiente se publica tomo de narraciones suyo: El trigésimo año en Piper München. Ruptura con Frisch el 62. Es internada en hospital de Zurich. Empieza el proyecto   Todesarten, Tipos de muerte, proyecto narrativo de varias novelas... Franza [la primera]. En octubre del 64   Buechner Preis. El 65 otra opera de Henze: El joven lord lleva libreto suyo, se presenta en Berlin. Firma manifiesto en oposición a la guerra de Vietnam, encuentra en Roma a Anna Ajmatova, le dedica poema. Vuelve a Roma el 68 y recibe Gran Premio de Austria. Comienza Malina. Lovestory, novela película que la hace famosa en los noventa, bestseller en los setenta en Europa, 1971. El 72 publica otra serie de relatos llamada Simultan, por Piper en München. Presenta este trabajo diciendo del escribir que es compulsión, castigo, obsesión. Muere el 73 a raíz de secuelas de un incendio en el que sufre graves quemaduras. En español están traducidos Tiempo Postergado,   Madrid, Cátedra, 1991; Últimos Poemas, Hiperión, Madrid, 1999.

    VOSOTRAS, PALABRAS
    Para Nelly Sachs, la amiga, la poeta, en veneración

    ¡Vosotras, palabras, levantaos, seguidme!
    y aunque ya estemos lejos,
    demasiado lejos, nos alejaremos una vez
    más, hacia ningún final.
    No aclara.
    La palabra
    sólo arrastrará
    otras palabras,
    la frase otras frases.
    El mundo así quiere,
    definitivamente,
    imponerse,
    quiere estar dicho ya.
    No la digáis.
    Palabras, seguidme,
    ¡que no se vuelva definitiva
    –esta ansia del verbo
    y dicho y contradicho!
    Dejad ahora un rato
    que ninguno de los sentimientos hable,
    que el músculo corazón
    se ejercite de manera diferente.
    Dejad, digo, dejad.
    Nada, digo yo, susurrado
    al oído supremo,
    que sobre la muerte no se te ocurra nada,
    deja y sígueme, ni dulce
    ni amargo,
    ni consolador,
    no significativamente
    sin consuelo
    tampoco sin signos–
    Y sobre todo, no eso: la imagen
    en el tejido de polvo, el retumbar vacío
    de sílabas, palabras de agonía.
    ¡Sin decir nada,
    vosotras, palabras!

    Bajo la tormenta de rosas
    Adonde nos dirijamos bajo la tormenta de rosas,
    las espinas iluminan la noche, y el trueno
    de las hojas, antes tan silenciosas en los arbustos,
    nos sigue ahora muy de cerca.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada
    Despedida
    La carne, que envejeció muy bien conmigo,
    la mano rugosa, que sostuvo fresca la mía,
    ha de quedarse sobre el pálido muslo,
    rejuvenecerse la carne, por un instante,
    para que así venga más rápido el derrumbe en ella,
    rápido llegan las arrugas, casi sanas,
    y todo sobre la rígida musculatura.
    No ser amada. El dolor podría ser aún
    mayor, Se siente muy bien, toca a la puerta.
    Pero la carne, con su línea abierta en la rodilla,
    las arrugadas manos, todo ello sobrevino de noche,
    el curtido omóplato, donde ya no crece ningún verde,
    donde alguna vez se mantuvo oculto un rostro.
    Avejentada en cien años, en un solo día,
    El confiado animal fue llevado bajo latigazos
    a su armonía preestablecida.
    Niños de Julio
    Por nuestros propios medios nonatos,
    mis niños de julio, las monstruosidades
    que se mueven con el pie mutilado, no lo sabemos,
    que agitan el muñón, no lo sabemos,
    y la cabeza perdida.
    Por nuestros propios medios,
    perdiendo la cabeza,
    mis queridos niños
    nada les habría podido enseñar
    pero bien alimentados les habría hecho
    enamorarse de lo otro, del viento en el aire
    Unos miles de ellos en Julio
    habría sido siempre Julio
    monstruos alimentados
    desde mi ternura
    que es lo que buscáis vosotros, espectros etéreos
    Transformadores del mundo, vosotros me
    lo habríais cambiado el mundo
    y cambiármelo hasta la muerte por cariño
    hasta la muerte para algo otro
    Viento en el aire el papel jironeado
    que se desgarra, antes que alguno pueda
    leer lo que ha sucedido
    como se os ha arrancado
    de mí, se ha desgarrado el jirón de
    papel que no puede sin embargo leer aun nadie.


    La noche de los perdidos.
    El final del amor

    Una luna, un cielo
    y el mar obscuro.
    Tan sólo eso, y todo obscuro.
    Tan sólo eso, porque es de noche.
    Y nada humano
    entreteje además esa acción efectiva,
    Que me reprochas también tú
    y semejante amargura
    No lo hagas.
    Nada mejor hay que yo pudiera conocer
    sino amarte, nunca
    pensé,
    que a través del sudor de la piel
    se me haría presente
    el […] mundo.

    [Sin título]
    Observad, amigos ¡acaso no lo veis!
    que no lo he sobrevivido ni menos resistido, no lo veis,
    que voy hacia adentro, que
    para aquél de ahí yo voy hablando por dentro, que
    me repliego y desdeño
    mi cabello, que embolso mis manos
    retiro mi palabra, no lo veis,
    observad,
    que me marcho, que voy
    cayendo, que me entrego,
    y grito, porque los locos
    buscan tanteando a sus protectores, como
    yo a mi guarda.

    [Sin título]
    Qué difícil es perdonar,
    un trabajo muy lento y muy arduo,
    del que sola me he ocupado
    durante ya muchos años.
    El odio me ha enfermado,
    me siento deformada, estos abscesos
    me prohíben incluso mostrarme
    junto a los hombres.
    Sólo sé que yo
    no puedo odiar más de este modo
    ni desear tu muerte,
    la cual tampoco deseo,
    ni cumpliría yo por mi mano,
    He aprendido que la mía
    ha de amar a sus enemigos, y
    esto es tan simple, pues si no cómo
    podrían luego mis enemigos
    hacerme más de un mal.
    Si se extravía una bala,
    si alguien me escupe en a cara,
    como ayer, no me guardo pensamientos
    contra el amor que me ha sido dado.
    Tengo miedo ante el amor
    que me has infundido tú,
    con la intención más cruel.
    Totalmente ajada de cortantes ácidos,
    venenos de todo tipo, por el opio,
    aturdida por completo en mi destrucción.
    Puesto que ya no vivo más en ti,
    y muerta me encuentro ya, donde estoy.
    Lo que cuentan y persisten son las cúpulas
    comen dos veces al día, satisfacen
    luego sus necesidades, e
    imploran por los medicamentos,
    que me han de sumir en un largo sueño.


    Cantos durante la huida
    Dura legge d'Amor! ma, ben che obliqua,
    Servar convensi; però ch'ella aggiunge
    Di cielo in terra, universale, antiqua
    Petrarca, "I Ttriunfi"
    I
    La hoja de palma se parte con la nieve,
    las escaleras se derrumban,
    la ciudad yace tiesa y brilla
    en el extraño resplandor de invierno.
    Los niños gritan y suben
    a la colina del hambre,
    comen de la blanca harina
    y rezan al cielo.
    La rica quincalla invernal,
    el oro de las mandarinas,
    vuela en las ráfagas salvajes.
    Rueda la naranja sanguina.
    II
    Yo, sin embargo, yazgo solo
    encerrado en hielo, lleno de heridas.
    Todavía la nieve
    no me vendó los ojos.
    Los muertos, abrazados a mí,
    callan en todas las lenguas.
    ¡Nadie me ama ni ha agitado
    una lámpara para mí!
    X
    ¡Oh amor, que rompiste y tiraste
    nuestras cortezas, nuestro escudo,
    el cobijo y la herrumbre marrón de años!
    ¡Oh penas, que pisándolo apagaron nuestro amor,
    su fuego húmedo en las partes sensibles!
    Llena de humo, sucumbiendo en el humo, la llama se repliega.
    XII
    Boca que durmió en mi boca,
    ojo que vigiló mi ojo,
    mano-
    y los que me arrasaron, los ojos!
    ¡Boca que pronunció la sentencia,
    mano que me ejecutó!
    XV
    El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro,
    el tiempo y el tiempo de después.
    Nosotros no tenemos ninguno.
    A nuestro alrededor sólo hundirse de astros. Destellos y silencio.
    Mas la canción por encima del polvo después
    va a superarnos.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

    Currículum Vitae
    Larga es la noche,
    larga para el hombre
    que no puede morir, largamente
    se tambalea bajo farolas
    su ojo desnudo y su ojo
    cegado por el aliento de aguardiente, y el olor
    a carne mojada bajo sus uñas
    no siempre le aturde, oh dios,
    larga es la noche.
    Mi cabello no se encanece
    porque salí del vientre de las máquinas,
    Rosarroja* me untó de alquitrán la frente
    y los mechones, habían estrangulado
    a su hermana, blanca como la nieve. Pero yo,
    el jefe de la tribu, pasé por la ciudad
    de diez veces cien mil almas, y mi pie
    pisaba las cucarachas del alma bajo el cielo de cuero, del cual
    pendían diez veces cien mil pipas de la paz,
    frías. Una calma de ángeles
    deseé a menudo para mí
    y cotos de caza llenos
    de los gritos impotentes
    de mis amigos.
    Con las piernas y las alas abiertas
    subía la sabihonda juventud
    sobre mí, sobre el estiércol, sobre el jazmín,
    hacia las inmensas noches del secreto
    de la raíz cuadrada, la leyenda de la muerte
    empaña mi ventana cada hora,
    dadme euforbia y verted
    la risa en mi garganta
    de los viejos que nos antecedieron, cuando
    caiga yo sobre los infolios
    en el sueño vergonzoso,
    para que no pueda pensar,
    para que juegue con flecos
    de los que cuelgan serpientes.
    También nuestras madres
    soñaron con el futuro de sus maridos,
    los vieron poderosos,
    revolucionarios y solitarios,
    pero después del retiro los han visto encorvados en el huerto
    sobre las llameantes malas hierbas,
    mano a mano con el fruto charlatán
    de su amor. Triste padre mío,
    ¿por qué callasteis entonces
    y no habéis seguido pensando?
    Perdido en las cascadas de fuego,
    En una noche junto a un cañón
    que no dispara, condenadamente larga
    es la noche, bajo el esputo
    de una luna enfermiza, su luz
    biliosa, pasa volando sobre mí
    el trineo con la historia
    embellecida,
    en la vía del sueño de poder (lo cual no impido).
    No era que yo durmiese: estaba despierto,
    entre esqueletos de hielo buscaba el camino,
    volvía a casa, me ceñía el brazo
    y la pierna con hiedra y con restos
    de sol blanqueaba las ruinas.
    Respeté los días festivos,
    y sólo si mi pan estaba bendecido
    lo comía.
    En una época arrogante
    hay que pasar de prisa
    de una luz a otra, de un país
    a otro, bajo el arco iris,
    con la punta del compás en el corazón,
    tomando la noche por radio.
    Abierto de par en par. Desde las montañas
    se ven lagos, en los lagos
    montañas, y en el armazón de las nubes
    se balancean las campanas
    de un mundo. Saber de quién
    es ese mundo, me está prohibido.
    Ocurrió un viernes:
    -yo estaba ayunando por mi vida,
    el aire chorreaba del zumo de los limones
    y la espina estaba clavada en mi paladar¬
    entonces saqué del pez abierto
    un anillo que lanzado
    al nacer yo, cayó en el río
    de la noche y se hundió.
    Yo volví a lanzarlo a la noche.
    Oh ¡si no tuviera miedo a la muerte!
    Si tuviera la palabra
    (y no la errase)
    si no tuviera cardos en el corazón
    (y rechazara el sol),
    si no tuviera avidez en la boca
    (y no bebiera el agua salvaje),
    si no abriera el párpado
    (y no hubiera visto la cuerda).
    ¿Están tirando del cielo?
    Si no me sostuviera la tierra
    hace tiempo que yacería quieta,
    hace tiempo que yacería
    donde me quiere la noche,
    antes de que hinche las narices
    y levante su casco
    para nuevos golpes,
    siempre para golpear.
    Siempre la noche.
    Y nunca el día.
    *Rosarroja y Blancanieves son hermanas en el cuento.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

    El tiempo postergado
    Vienen días más duros.
    El tiempo postergado hasta nuevo aviso
    asoma por el horizonte.
    Pronto tendrás que atarte los zapatos
    y correr los perros de vuelta a las granjas marismeñas.
    Pues las vísceras de los peces
    se han enfriado al viento.
    Arde pobre la luz de los altramuces.
    Tu mirada rastrea la niebla:
    el tiempo postergado hasta nuevo aviso
    asoma por el horizonte.
    Allí se te hunde la amada en la arena,
    sube por su cabello ondeante,
    le quita la palabra,
    le ordena callarse,
    le parece mortal
    y dispuesta a la despedida
    tras cada abrazo.
    No mires hacia atrás.
    Átate los zapatos.
    Corre los perros de vuelta.
    Tira los peces al mar.
    ¡Apaga los altramuces!
    Vienen días más duros.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada

    En la penumbra
    De nuevo metemos los dos las manos en el fuego,
    tú, para el vino de la noche largamente embodegada,
    yo, para la fuente de la mañana, que desconoce los lagares.
    Aguarda el fuelle del maestro, en quien confiamos.
    Al sentir el calor de la preocupación, el soplador se acerca.
    Se va antes de que amanezca, viene antes de que llames, es viejo
    como la penumbra en nuestras tenues cejas.
    De nuevo, él prepara el plomo en caldera de lágrimas,
    a ti, para un vaso -se trata de celebrar lo desaprovechado-,
    a mí, para el pedazo lleno de humo -este se vacía sobre el fuego.
    Así avanzo hasta ti y hago sonar las sombras.
    Descubierto está quien ahora vacile,
    descubierto, quien haya olvidado el dicho.
    ¡Tú no puedes ni quieres saberlo,
    tú bebes del borde, donde está fresco,
    y como antaño, bebes y permaneces sobrio,
    a ti aún te crecen cejas, a ti aún te contemplan!
    Pero yo ya aguardo el momento
    en amor, a mí se me cae el pedazo
    en el fuego, a mí se me convierte en el plomo
    que era. Y detrás de la bala
    estoy yo, tuerta, segura del blanco, delgada,
    enviándola al encuentro de la mañana.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada



    Explícame, amor
    Tu sombrero se levanta despacio, saluda, y vuela al viento,
    tu cabeza desnuda enamora a las nubes,
    tu corazón tiene que hacer en otra parte,
    tu boca asimila lenguas nuevas,
    la hierba tembladera menudea por aquí,
    el verano apaga y enciende los ásteres con un soplo,
    ciego por los copos levantas el rostro,
    ríes y lloras y te hundes en ti,
    qué más ha de ocurrirte -
    ¡Explícame, amor!
    El pavo con solemne asombro hace la rueda,
    la paloma levanta su collar de plumas,
    el aire se dilata repleto de arrullos,
    grita el ánade, el país entero
    se sirve de la miel silvestre, también en el sereno parque
    los arriates están enmarcados con un polvo dorado.
    El pez se ruboriza, adelanta a la bandada
    y se precipita entre grutas al lecho de coral.
    Al son de la música de la arena plateada baila tímido el escorpión.
    El escarabajo huele de lejos a la más espléndida;
    ¡si yo tuviera sus sentidos, notaría también
    que brillan alas bajo el caparazón de ella,
    y tomaría el camino del fresal lejano!
    ¡Explícame, amor!
    El agua sabe hablar,
    la ola toma a la ola de la mano,
    en la viña el racimo se hincha, salta y cae.
    ¡Cuán confiado sale el caracol de su casa!
    ¡Una piedra sabe conmover a otra!
    Explícame amor, lo que no sé explicar:
    ¿trataré durante este tiempo corto y hostil
    únicamente con pensamientos y sólo yo
    no conoceré ni haré nada afectuoso?
    ¿Tiene uno que pensar? ¿No le echarán de menos?
    Dices: otro espíritu cuenta con él...
    No me expliques nada. Veo a la salamandra
    pasar por todos los fuegos.
    Ningún horror la persigue y nada le causa dolor.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
    Invocación a la Osa Mayor
    Osa Mayor, baja, hirsuta noche,
    animal de piel de nubes con ojos viejos,
    ojos de estrellas,
    por la espesura irrumpen relucientes
    tus patas con las garras,
    garras de estrellas,
    mantenemos despiertos los rebaños,
    pero encantados por ti, desconfiamos
    de tus flancos cansados y de tus dientes
    agudos y semidescubiertos,
    vieja osa.
    Una piña: vuestro mundo.
    Vosotros: sus escamas.
    Yo la muevo, la hago rodar
    desde los abetos del principio
    hasta los abetos del final,
    la resoplo, la pruebo en la boca
    y la agarro con las zarpas.
    Ya tengáis miedo o no lo tengáis,
    pagad en la limosnera y dadle
    al ciego una buena palabra,
    para que sostenga a la osa de la correa.
    Y sazonad bien los corderos.
    Podría ser que esta osa
    se soltara, no amenazara ya más
    y corriera tras todas las piñas caídas
    de los abetos grandes y alados
    que cayeron del paraíso.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
    Nueva
    Sale del atrio celestial templado de cadáveres el sol.
    No están allí los inmortales,
    sino los caídos en batalla, oímos.
    Y el esplendor no repara en la putrefacción. Nuestra deidad,
    la Historia, nos ha dispuesto una sepultura
    de la que no hay resurrección.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada



    Publicidad
    Pero adónde vamos
    no te preocupes no te preocupes
    cuando oscurece y cuando viene el frío
    no te preocupes
    pero
    con música
    qué debemos hacer
    alegre y con música
    y pensar
    alegre
    cara a un final
    con música
    y adónde llevamos
    mejor
    nuestras preguntas y el escalofrío de todos los años
    a la lavandería de sueños no te preocupes no te preocupes
    pero qué ocurre
    mejor
    cuando sobreviene
    un silencio de muerte.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

    Salmo
    1
    ¡Callad conmigo, como callan todas las campanas!
    En la placenta de los horrores
    buscan las sabandijas alimento nuevo.
    Públicamente, cuelga los Viernes Santo una mano
    en el firmamento, le faltan dos dedos,
    y no puede jurar que todo,
    todo, no haya sido y que nada
    será. Se hunde en las nubes pardas,
    arroba a los nuevos asesinos
    y sale absuelta.
    De noche, sobre esta tierra,
    forzar ventanas, darle para atrás a las sábanas,
    que quede al descubierto el embozo de los enfermos,
    una llaga llena de alimento, infinitos dolores
    para todos los gustos.
    Enguantados contienen los carniceros
    el aliento de los desembozados,
    la luna en la puerta cae al suelo,
    no recojas los fragmentos, la cinta de la que colgó...
    Todo estaba preparado para la extremaunción.
    (El sacramento no puede llevarse acabo).
    2
    Qué vanidad de vanidades.
    Arrastra una ciudad hasta ti,
    levántate del polvo de esa ciudad,
    toma posesión de un cargo
    y enmascárate
    para no ser desenmascarado.
    Cumple las promesas
    delante de un espejo ciego en el aire,
    delante de una puerta cerrada en el viento.
    Intransitados están los caminos sobre la pared a plomo del cielo.
    3
    Oh ojos, que la tierra, almacén solar, quemó,
    con la carga de lluvia de todos los ojos cargados,
    cubiertos ahora de hilos, de telas
    hiladas por las arañas trágicas
    del presente ...
    4
    En la cuenca de mi mudez
    pon una palabra
    y levanta grandes bosques a ambos lados,
    que mi boca
    entera quede en la sombra.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada




    Sombra rosas sombra
    Bajo un cielo extraño
    sombra rosas
    sombra
    sobre una tierra extraña
    entre rosas y sombra
    dentro de un agua extraña
    mi sombra
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
     
    Sólo cosas sombrías
    Como Orfeo, toco
    en las cuerdas de la vida la muerte,
    y ante la belleza de la tierra
    y de tus ojos, que administran el cielo,
    sólo sé decir cosas sombrías.
    No olvides que también tú, de pronto,
    aquella mañana, cuando tu lecho
    todavía estaba húmedo de rocío y el clavel
    dormía junto a tu corazón,
    viste el río oscuro
    pasar a tu lado.
    La cuerda del silencio,
    tensada sobre la ola de sangre,
    puso manos en tu corazón sonante.
    Transformado quedó tu rizo
    en la cabellera de sombras de la noche,
    los copos negros de las tinieblas
    nevaron tu semblante.
    Y mi lugar no está a tu lado.
    Ahora nos lamentamos los dos.
    Pero como Orfeo, sé
    junto a las cuerdas de la muerte la vida,
    y en mí reverbera el azulado
    de tu ojo por siempre cerrado.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada

    Temprano mediodía
    Silencioso verde a el tilo en el verano inaugurado,
    muy apartada de las ciudades tiembla
    el brillo opaco de la luna diurna. Ya es mediodía,
    ya se agita en la fuente el chorro,
    ya se alza bajo el destrozo
    el ala maltratada del pájaro de fábula,
    y la mano, desfigurada por tirar la piedra,
    cae en el despertar del trigo.
    Donde el cielo de Alemania ennegrece la tierra,
    busca su ángel decapitado una tumba para el odio
    y te entrega el cuenco del corazón.
    Un puñado de dolor se pierde sobre la colina.
    Siete años más tarde
    te acuerdas nuevamente,
    junto a la fuente, ante la puerta,
    no mires demasiado profundamente,
    se te saltarán los ojos.
    Siete años más tarde,
    en casa de amortajado,
    apuran los ayer verdugos
    el vaso dorado.
    Se te hundirían los ojos.
    Ya es mediodía, en las cenizas
    dobla el hierro, sobre el mandril
    está izada la bandera, y sobre la roca
    del sueño ancestral, queda de aquí en adelante
    forjada el águila.
    Solo la esperanza, aquejada de ceguera, está acurrucada bajo la luz.
    ¡Rompe sus cadenas, guíala
    ladera abajo, ponle
    la mano sobre los ojos, que no la
    abrase ninguna sombra!
    Donde la tierra de Alemania ennegrece el cielo,
    busca la nube palabras y llena el cráter de silencio
    antes de que el verano las perciba bajo la llovizna.
    Lo inexplicable recorre, en voz baja, el país:
    ya es mediodía.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada

    Todos los días
    Ya no se declara la guerra,
    se prosigue. Lo inconcebible
    se ha hecho cotidiano. El héroe
    permanece alejado de los combatientes. El débil
    ha avanzado hasta las zonas de fuego.
    El uniforme de diario es la paciencia,
    la condecoración, la mísera estrella
    de la esperanza sobre el corazón.
    Se concede
    cuando ya no pasa nada,
    cuando el fuego nutrido ha enmudecido,
    cuando el enemigo se ha hecho invisible,
    y la sombra del armamento eterno
    oscurece el cielo.
    Se concede
    por abandonar las banderas,
    por el valor ante el amigo,
    por revelar secretos indignos
    y desacatar
    toda orden.
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada

    Toma de tierra
    Llegué a las dehesas
    cuando ya era de noche,
    olfateando en los prados la hierba
    y el viento antes de levantarse.
    Ya no pastaba el amor,
    las campanas se habían extinguido
    y los haces de hierba endurecido.
    En el suelo había un cuerno clavado
    por el obstinado animal de guía
    hundido en la oscuridad.
    Lo saqué de la tierra,
    lo alcé al cielo
    con todas mis fuerzas.
    Para llenar este país
    del todo con sonidos
    toqué el cuerno,
    dispuesto a vivir en el viento venidero
    y bajo los tallos ondeantes
    de cualquier procedencia.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

    Una especie de pérdida
    Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
    Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una
    cama.
    Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados,
    gastados.
    Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y
    siempre alargada la mano.
    De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he
    enamorado.
    De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama.
    Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado
    irrevocables,
    he adornado un algo y he sido devota delante de una nada,
    (-de un periódico doblado, de las cenizas frías, del
    papel con un apunte)
    impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.
    De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.
    Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis
    vecinos.
    Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi
    cabello tenía su color más intenso.
    La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.
    No te he perdido a ti,
    sino al mundo.
    De "Invocación a la Osa Mayor" Ediciones Hiperión 2001
    Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
    Vuelo nocturno
    Nuestro campo es el cielo,
    arado con el sudor de los motores,
    frente a la noche,
    bajo la intervención del sueño.
    Soñado sobre calvarios y piras,
    bajo el tejado del mundo, cuyas tejas
    se ha llevado el viento -y ahora, lluvia, lluvia, lluvia
    en nuestra casa y en los molinos
    los ciegos vuelos de los murciélagos.
    ¿Quién vivía allí? ¿Quién tenía límpidas las manos?
    ¿Quién resplandecía en la noche,
    fantasma a los fantasmas?
    Al abrigo del plumaje de acero, interrogan
    instrumentos el espacio, relojes y escalas,
    la maleza de nubes, y roza el amor
    el lenguaje olvidado de nuestro corazón:
    corto y largo largo... Durante una hora
    bate granizo el tímpano del oído,
    que, desafecto a nosotros, escucha y distorsiona.
    No ha desaparecido el sol ni la tierra,
    solo se han movido como astros, irreconocibles.
    Nos hemos remontado de un puerto
    en que no cuenta el retorno,
    ni la carga ni la pesca.
    Las especias de la India y las sedas del Japón
    les pertenecen a los comerciantes,
    como los peces a las redes.
    Pero se percibe un olor
    que se anticipa a los cometas,
    y el tejido del aire
    desgarrado por el cometa caído.
    Llámalo estado de los solitarios
    en que se lleva a cabo el asombro.
    Nada más.
    Nos hemos remontado, y los conventos están vacíos
    desde que toleramos, una orden, que no salva ni enseña.
    Actuar no es asunto de los pilotos. Tienen la vista fija
    en las bases y extendido sobre las rodillas
    el mapa de un mundo al que nada hay que añadir.
    ¿Quién vive ahí abajo? ¿Quién llora...?
    ¿Quién pierde la llave de la casa?
    ¿Quién no encuentra su cama, quién duerme
    sobre los umbrales? ¿Quién, cuando llega la mañana,
    se atreve a interpretar la estela de plata: mirad, por encima de mí...?
    Cuando el agua impulsa de nuevo la rueda del molino,
    ¿quién se atreve a recordar la noche?
    De "El tiempo postergado" Ediciones Cátedra S. A. 1991
    Versión de Arturo Parada