“El camino de Occidente y el camino a la ciencia son
los que nos han impuesto la separación y la unidad nunca del todo disoluble de poesía
y pensamiento. Heidegger habló en repetidas ocasiones, con Hölderlin, de las
«montañas más separadas» sobre las que el poetizar y el pensar están uno frente
al otro. Es bastante sugerente que precisamente esta lejanía también crea
proximidad...
Para mi
contribución tenía en mente por un lado el encuentro de Heidegger con
Hölderlin, pero también la pregunta más general de si se puede esperar una
verdad de la palabra. El que una palabra posea verdad no quiere decir,
evidentemente, que una palabra singular como tal, la palabra al lado de otras
palabras, pueda ser verdadera...
Es cierto que la poesía refleja casi siempre una realidad que también puede ser
objeto de conocimiento científico. Mas el hecho de que la palabra se confirme a
sí misma y no necesite ser reafirmada desde otro lugar, y que incluso ni
siquiera lo admita, esto constituye la aletheia (que
Heidegger tradujo por ‘desocultamiento’), lo que significa más que calificar
como correcto cualquier tipo de conocimiento. Más bien puede tratarse de una
palabra que se dice a nosotros; y de una tal palabra se trata cuando sale a
nuestro encuentro como poética...
Lo propiamente
misterioso del lenguaje es el dejar ver de tal modo que algo está ahí. Esto se
acerca a lo que llamé la ‘verdad de la palabra’. Me parece que en el
pensamiento griego lo encontramos por primera vez en Parménides. Él emplea para
esto las expresión es noein y nous y explica desde ellas la aletheia, el auténtico
desocultamiento. Noein significa ‘percibir’: ‘ahí es
algo’...
Quiero dejar de lado aquí la cuestión del mito y la forma narrativa del lenguaje
que posee el epos, o la configuración dramática que
realiza el drama. Porque está claro que es en el poema lírico donde más
claramente se expresa la pregunta inquietante de la proximidad y lejanía entre
poema y pensamiento y que parece encontrarse en las obras de Hölderlin y los
caminos de Heidegger...
En el mismo sentido
se comprende que también el poeta, que funda lo duradero, funda en la memoria
lo recordado en muchos caminos y rodeos. Estoy aludiendo aquí al poema de
Hölderlin «Andenken» [Recuerdo]. Para el pensamiento de Heidegger, en el centro
siempre está Hölderlin.
Casi no hace falta recordar en qué medida y por qué
circunstancias la obra poética de Hölderlin llegó a ser coetánea de nosotros en
la primera mitad del siglo xx. El nuevo acceso a la obra tardía de
Hölderlin, que hemos de agradecer a Norbert von Hellingrath, produjo un verdadero impulso que
llevó sobre todo a un distanciamiento del culto a la formación erudita del
clasicismo alemán y de su continuación cada vez mas pálida. Esto puede verse en
los dos ejemplos siguientes. Uno era el libro de Romano Guardini [Weltbild und Frömmigkeit, 1939], que era un fino intérprete de la poesía…
Según él, Hölderlin era el único entre los grandes poetas alemanes en cuyos
dioses había que creer. Guardini habla aquí inconfundiblemente desde el
distanciamiento respecto del culto a la formación erudita clásica de Schiller o
también de la sabiduría lúdica barroca del Fausto II. Con Hölderlin le
parece que ha entrado una nueva seriedad en la pregunta por lo divino. Algo
parecido se puede decir del filólogo clásico Walter E Otto, quien «creía» en Dionisos o Apolo, en una
extraña forma de autoalienación.”
Tomado
de Hans-Georg Gadamer, Pensamiento y poesía en Heidegger y Hölderlin,
conferencia impartida en 1987 (se han eliminado las notas
bibliográficas).
♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦
El decir poético
Por
Sergio Albano
“Mito,
símbolo, poesía, otorgan el ser a las cosas a partir de las cuales se
manifiesta aquel mundo. Dirá Heidegger junto a Hölderlin, que la poesía funda
las inmediaciones del ser, y es la eficaz mediadora entre los dioses y los
mortales, instaurándose por medio de aquel ‘entre’ [zwischen] los
alrededores propios del ser. Así, la proposición ‘entre’ se transforma en la
preposición ontológica por excelencia en tanto es la que permite desplegar el
ser y la verdad, del mismo modo en que son ontológicos los verbos ‘consistir’,
‘estar’, ‘ser’, ‘provenir’, etc. La preposición ontológica funda, según
Hölderlin, el espacio sagrado donde los dioses y los hombres se reúnen. Pero no
se trata de los dioses vulgares de la religión ni de los dioses creadores, sino
de aquellos dioses portadores de la verdad del ser que el hombre debe preparar
para su advenimiento. Por ello, estos dioses no crean sino que ‘revelan’,
‘desocultan’, ‘muestran’ y ‘fundan’ aquel espacio donde el ser despliega su
acontecimiento esencial.
Mundo,
hombre, acontecimiento, según la tematización vulgar que se hace de ellos, uno
es ‘causa’ del otro; sin embargo, para Heidegger, a partir de la lectura ontológica
de Hölderlin, uno se entrelaza al otro en una concomitancia que no puede ser
explicada por el principio de causalidad ni por la temporalidad homogénea.
Mundo, hombre, acontecimiento, son recíprocos; uno prepara y desencadena al
otro pero no ya al modo que lo hace la causalidad, sino al modo de una
sincronicidad donde cada uno deviene simultáneo del otro. Si algo adviene como
acontecimiento es porque hay hombre y si hay hombre es porque hay mundo. La
comprensión vulgar deshace la simultaneidad que vincula a estos términos, y tan
pronto como se desprenden de su reciprocidad, el acontecimiento se hace
fenómeno, el mundo se transforma en una noción totalizadora, y el hombre se
vuelve un concepto universal y vacío. De este modo, el entrelazamiento ontológico
y sus implicaciones significativas y recíprocas se degradan hasta volverse una
insípida e inerte correlación de términos ordenada según el principio de
causalidad.
Y
será precisamente en aquel entrelazamiento ontológico donde se despliega la
poesía de Hölderlin. El ‘acontecimiento’, si bien ocurre en el tiempo, no se
trata de la temporalidad homogénea concebida como una sucesión de unidades
cronológicas, sino que el ‘acontecimiento’, tal como el ser lo manifiesta,
ocurre según la medida de la temporalidad ontológica propia del Dasein y
a partir de la cual se funda el acontecer original.
De
ahí que Heidegger dirá que el tiempo fundacional que abre la poesía de
Hölderlin, es el tiempo que ‘se da’ [es Wird Zeit], y por cuyo
intermedio se alcanza la realización del tiempo verdadero y propio del ser.
Pero el tiempo del ser no es el tiempo apacible que transcurre sin más, sino el
tiempo convulsionado por la conmoción, el tiempo como acontecimiento, el tiempo
que irrumpe transido de las marcas que deja a su paso el acontecimiento del
ser. Y es precisamente desde esta cumbre que habla la poesía de Hölderlin. El
ser es el que se despliega en ese tiempo y así se entrega a la existencia. La
poesía, por medio de la palabra y en la palabra, ‘funda’ ‘lo
permanente’ [Cfr. Andenken].
Heidegger
elige a Hölderlin en razón de ser ‘el poeta del poeta’ y porque su poesía ha
‘poetizado la esencia de la poesía’, siendo que bajo tales condiciones puede
dar testimonio consumado del ser aun más de lo que podría hacerlo el pensar
pensante. Y mientras la poesía ‘muestra’ al ser, el pensar metafísico, dada su
indigencia, debe ‘demostrarlo’ sin que su más esmerado esfuerzo pueda
sustraerlo jamás del círculo de la composición, o acaso alcance a sobrepasar el
umbral de un ‘decir sobre el ser’. El poetizar genuino, hijo de la exhortación
del lenguaje, puede ‘escuchar’ y transmitir el ‘decir del ser’ según lo que en
él ‘habla’. Y es entre la indigencia del pensar y el origen sagrado de la
poesía que el hombre, dirá Hölderlin en el Hyperion, ‘es un dios
cuando sueña y un mendigo cuando piensa’, alcanzando así aquella sentencia
su mayor cumbre y significación.
[…]
Y
como muy bien se preguntaba Breno Onetto: ‘¿Acaso no está perdida ya la fuerza
necesaria para experimentar algo tal? […] ¿Es posible oír / leer nuestra poesía
o la de Hölderlin, si otras ‘realidades’ determinan con mucha más fuerza la
existencia del hombre de hoy?’ (Inflexiones preparatorias al pensamiento del
inicio. Poetizar y pensar en el pensamiento heideggeriano, 1999).
En
efecto, tanto la poesía como el budismo Zen han sido apropiados por aquella
máquina anónima en la que se ha convertido la comunidad civilzadora cuyos
movimientos maquínicos han vaciado a la poesía de su poder sagrado para ‘gozar
de ella’ como un bien de consumo. Idéntica suerte ha corrido el budismo Zen,
transformado por aquella máquina en un vulgar manual de autoayuda al que se
recurre como un recetario para la existencia.
Y
en esto consiste, pues, la decadencia anticipada por Nietzsche y en cuya cumbre
Heidegger hará residir la morada final de los últimos dioses que huyeron de la
tierra. Y tal vez, ya se haya extinguido la fuerza necesaria para experimentar
el poder de lo poético como palabra reveladora, o bien, la práctica Zen como
una vía de apertura a una experiencia no metafísica del ser. Su recuperación,
si acaso cabe este término, implicará transitar un camino que desande el olvido
por el mismo sendero en el que se ha acumulado como memoria oscura donde el ser
se llenó de nombre y tinieblas. ¿Será éste el nuevo inicio del ser y del
pensar, y el augurio de los dioses venideros? En aquello que hunde al ser
también está lo que lo salva”
En
Sergio Albano, Heidegger, Hölderlin y el Zen, 1.3., Bs. As.,
Quadrata, 2007.
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ANDENKEN, el poema
(1803)
Andenken, Erinnerung, Gedächtnis
[Recuerdo, Recolección, Memoria]
Por
Dieter
Henrich
“En
el trabajo poético maduro de Hölderlin, se les otorga un significado refinado a
tres palabras asociadas a Andenken:
- Angedenken (‘remembranza’, ‘recuerdo’),
- Erinnerung (‘recolección’), y
- Gedächtnis (‘memoria’).
Angedenken, que es ‘sagrada’, preserva lo que era
‘querido’ para nosotros en el pasado, permite que el corazón repose en medio de
la agitación de la vida y es ella misma preservada en las ‘cuerdas de la lira’
de la canción poética. El permanecer cerca de lo amado con devoción permite a
los que son queridos el uno para el otro ‘pensar’ uno ‘en’ el otro. Así, hay
más para Andenken que el meramente ‘no haberse olvidado’.
Pensamos en aquellos cuya memoria preservamos, o como si fuese ‘llevar en
nuestros corazones’, pensamos gratamente en cómo son y en quiénes son. Erinnerung,
en contraste, puede resultar una carga, la recolección de sufrimientos …
[…]
Erinnerung y Gedächtnis deben también
estar dirigidas a algo fijo en el pasado, en que pensamos como si siempre
hubiese sido lo que es ahora. En contraste, Andenken parece
estar libre de una definitud semejante. Aun siendo incluso una forma de Gedenken,
es por sobre todo un proceso en el cual se transforma primero emerge en su
plena determinación. Mientras los pensamientos involucrados en Angedenken encierran
meramente lo amado, Andenken representa de pronto una
emergencia renovada de la persona recordada en la mente del atraído a él.
Es
este aspecto de Andenken el que – más aun que Gedenken o Angedenken –
lo vuelve más próximo a Denken (‘acto de pensar’). Ambos,
pensamiento y recuerdo, constituyen eventos, o los productos de eventos, y como
procesos que son con resultados, el pensamiento resulta determinado por esos
mismos procesos. El pensar no meramente comprende pensamientos, los desarrolla,
desplegando sus contenidos e implicancias – y así también lo hace el recuerdo.
Pero, en el recuerdo esos pensamientos no se pueden tomar libremente como
entretenimiento ni para el propio placer. El pensamiento, por el contrario,
establece un curso de sí mismo y es establecido basándose en aquello a lo que
está dirigido, ‘esquivo’ al estar cara a cara con ello. Sin embargo, al igual
que el acto de pensar, sigue un curso dirigido, está subordinado al curso que
toma. Podría decirse, entonces, que se corresponde a cada paso a ese curso
solo. Su curso, entonces, lleva al surgimiento de lo que se ha representado en
el acto de pensar, y a aquello de lo cual el pensar adquiere sus pensamientos.
Es, de todos modos, algo puesto en vigor, que ha de ser completado, de forma
tal que en su terminación lo que vio la luz en el pensamiento, aquello que uno
recuerda (ihm wohl denket = ‘probablemente lo piensa’), es asimismo
transformado, no mediante un acto mental libre, sino de manera tal que es
aprehendido en el recuerdo en su forma y significación puras, y, así,
‘entendido’. Sucede con estos muchos recuerdos como con la memoria, que es
capaz de comprender más de lo que ha sido experimentado en el evento mismo.
Puede, luego, argüirse que las Formas de Platón son en realidad primero
capturadas y entendidas en la anamnesis misma, de modo que
ninguna intuición original podría nunca brindar un conocimiento completamente
adecuado de ellas.
 |
| Fragmento de manuscrito del poema Empédocles |
Aunque
el recuerdo procede de algo pasado, puede además apuntar a lo que estuvo ‘ya
siempre’ y a lo que es inherente o subyacente a él, a lo que está así como a lo
que estaba, y así también a lo que ha de llegar. De esta manera, el recuerdo
capa a través de la representación que yace en el pasado y del orden de eventos
alrededor de lo representado, pudiendo, así, revelar en el proceso de
representación algo totalmente general y, por fin, omniabarcador.
Ese
recuerdo está subordinado a lo que refleja; no obstante, significa más que el
hecho de que proceda de lo que yace en el pasado para preservarlo y
transformarlo. El recuerdo está consagrado espiritualmente a lo que refleja, lo
espiritual como característico también de la memoria en su devoción por lo
‘mejor’ y lo ‘más elevado’. El recuerdo está, en este sentido, muy próximo a lo
que en la práctica religiosa se llama ‘devoción’ (Andacht). El
pensamiento envuelto en recuerdos podría, entonces, llamarse ‘devocional’ – dedicado
a aquello en lo que se piensa, y elevado así de inmediato a través de él y
hacia él. Pero la poesía de Hölderlin rehuye la palabra. Para él está demasiado
asociada a la religiosidad impuesta y reprimida, y muy poco al libre curso del
pensamiento. Con todo, el recuerdo tiene mucho en común con la devoción, en
contraste con el pensamiento entendido como discurso o reflexión. Puesto que
estos últimos no involucran lo espiritual. Como lo puntualizó Platón, ellos no
permiten al alma total alcanzar el conocimiento. Ya que no orientan el torrente
de humores y emociones hacia aquello con lo que se trata en el recuerdo, y por
lo tanto no requiere ni ‘serenidad’ ni ‘recogimiento’, ni lo sentido como
‘edificante’ en la devoción. El recuerdo, por otra parte, consiste en una
sintonización con lo que se representa en su curso. Así, su curso es además un
curso a través de una serie de humores que pertenecen a las esferas y formas de
vida que se revelan a sí mismas en el recuerdo. Y esto es exactamente decir que
el proceso del recuerdo se lleva a cabo a través de una ‘modulación de tonos’,
que por su parte se desprende de un principio que concierne a la esencia de la
poesía. Pero dado que la modulación es reflexiva, y dado que cada uno de sus
pasos preserva aquello de lo que emergió, la modulación es perspicua, con
creciente claridad, y por tanto recoge la vida consciente como un todo y abarca
sus ‘emociones’ y tendencias. Esta modulación tiende a reunir todo aquello a
partir de lo cual y en lo cual esta vida encuentra su orientación y, en ella,
claridad. El Recuerdo [Andenken] de Hölderlin
logra precisamente este recogimiento en la tríada de los versos finales.
Recuerdo
es, consecuentemente, real y verdaderamente una forma de pensar: Andenken es
un tipo de Denken. Ya que es un proceso ordenado que aspira a la
claridad y la autoconciencia. Al mismo tiempo, lo espiritual pertenece
exactamente en la misma medida al recuerdo que a los otros modos del pensar. Y
porque constituye un proceso espiritual, el recordar sirve de guía a la vida
consciente a través de una serie de humores en los que se recoge a sí mismo,
como en la devoción, pero con la anticipación del tipo de recogida claridad que
proviene de una revelación interior [insight] y una
perspectiva últimas.
Si
uno quisiera ensayar algún tipo de legado teórico investigando y arrojando luz
a cuanto aquí sólo se ha presentado esquemáticamente, se adentraría en un campo
de problemas hasta ahora no cultivado ni relevado. Sólo se pueden tratar aquí
unos pocos de tales problemas. Por ejemplo, cuando Hölderlin habla de recuerdo,
quiere significar la unificación consciente de lo que en lenguaje teórico
llamamos discurso y meditación [bastardillas
mías]. Discurso involucra el ordenamiento transparente y
autónomo de los pensamientos; meditación, el recogimiento y la
claridad de la vida consciente. Pero el proceso del recuerdo nos lleva a través
de una representación de esferas, sus humores, y las experiencias de la vida
consciente que resuenan gracias a los sentimientos y son mantenidas por ellos.
El recuerdo debe ganar acceso íntimo también a éstos. Debe, por consiguiente,
extenderse más allá de la mera unidad del pensamiento ordenado y la
concentración meditativa, lo que es de por sí difícil de captar. Si hemos de
explicar cómo es posible el recuerdo, tendríamos que ser capaces de concebir el
discurso, la concentración de la conciencia, y la experiencia cargada
emocionalmente, todo como una unidad y todo como constituyendo un tipo del acto
de pensamiento. Pero entonces también tendríamos que ser capaces de decir más
acerca de lo que el pensar es en general, y acerca de lo que el pensar, en la
forma de recuerdo, es en particular. Porque tal acto de pensamiento no puede
ser mera cognición o la aplicación reflexiva de reglas, debiendo ser, sin
embargo, una ordenada secuencia controlada de pasos, a los que podríamos
también llamar estratos o etapas. No puede tratarse de mera disciplina o
reflexión porque su curso se aferre rápidamente sólo a lo que él mismo
representa – y además, y sobre todo, porque siga sólo la progresión interna de
humor que emerge dentro de la representación. La ley que guía el recordar no es
sino la ley que gobierna la el propio progreso interno, no la ley de la
indagación crítica.

El
recuerdo se relaciona con el acto de recogimiento en otro nivel de sentido,
entonces, en la medida en que no surge de la mera suscitación de un
recogimiento. Ya que el recogimiento sigue sus propias reglas de representación
al proceder de imagen a imagen, de pensamiento a pensamiento, y de una
perspectiva a otra. Hay, no obstante, un tipo de acto de pensamiento que sigue
el modo de progresión y, sin embargo, no puede, con propiedad, ser denominado
‘asociativo’. Porque constituye la forma constructiva de la racionalidad, en
contraste con lo crítico. Semejante proceso de pensar abre y trae a la
conciencia nuevos dominios de investigación, y hace que su significación sea
sentida, punto en el cual el razonamiento crítico puede entonces aplicarse él
mismo. Una vez que tales problemas hayan surgido, es de nuevo en virtud de este
tipo de proceso de pensar que ellos se dividen en constelaciones sustantivas,
de modo que puedan – de nuevo según lo dijo Platón – oponerse unos a otros.
Pero por encima de todo, con frecuencia de repente, aun cuando después de larga
contemplación, tal proceso de pensamiento abre nuevos senderos de revelación
interior que parecen claros e irresistibles, no importa lo pobremente que
puedan haber avanzado en el largo trayecto. Este tipo de proceso de pensamiento
pone inmediatamente en claro lo que de lo contrario parecería ser más que una
deducción infundada, esto es, el pensamiento y la conciencia constituyen una
unidad, no con un sentido trivial sino enfático. Más aun, ambos desplegados con
igual rapidez, la conciencia como un despertar repentino y el espontáneo pensar
de un modo de creciente desvelarse, más allá de la comprensión reflexiva.
Y
dado que la conciencia y el pensar espontáneo producen o mantienen la
revelación interior, no es accidental que una revelación tal fuera alguna vez
entendida como algo emergiendo en un destello (έξαίφης).
Esto
brinda una ocasión, finalmente, para notar que esta suerte de acto de
pensamiento, en la medida en que toma un curso y configura un sendero a pesar
de su propio rápido avance, debe mantenerse en alguna relación con lo que se
conoce como ‘transformaciones de la conciencia’. La conciencia es esencialmente
modificable, y por otro lado estando ya sintonizada, nunca simplemente
gobernada por humores impuestos sobre ella que le dan forma con antelación. Si
el raudo curso del espontáneo proceso de pensar se mueve a través de distintas etapas
hacia la claridad y la revelación interior, estas etapas irán dejando huellas
de diferentes formas del despertar, las cuales, siendo embebidas en el proceso
del pensar con su peculiar desvelamiento, jamás se quedan en una sola posición
fija. Si estas diferentes etapas del proceso de pensamiento no tuviesen impacto
alguno sobre el acto de recogimiento de la propia conciencia, tampoco lo
tendría la revelación interior ofrecida por el acto de pensar, es decir, la
revelación interior que eleva la vida consciente hacia un estado de
recogimiento y le permite emerger transformada.
Que
Hölderlin debe de haber tenido en mente todo esto queda claro a partir del
hecho de que vio el recuerdo como ligado a la esencia de la poesía, la cual,
por su parte, no se mantiene en oposición al proceso de pensar sino que, de
hecho, lo libera para alcanzar sus propias posibilidades últimas. Estamos
todavía muy lejos de ver cómo la poesía, por medio del recuerdo, es capaz de
combinar las formas de representación espontánea, todas las cuales, no obstante
su red de interrelaciones, siguen senderos separados – primero, recogiéndose,
en cuyas esferas del mundo, una vez familiares pero hoy distantes, salen a la
luz; segundo, lo espiritual de penetrar dentro de los humores de esas esferas;
tercero, el proceso de su manifestación, que de pronto aspira a algo universal
en el entendimiento; y finalmente, la transformación de la conciencia en un
recogido estado de claridad y revelación interior última. Sin embargo, no
puede caber duda de que Hölderlin verdaderamente aunó todas estas corrientes al
componer su poesía, en particular uno de sus más grandes poemas, Recuerdo
[Andenken]. Sólo resta como una pequeña duda si su consumación poética
descansa en un manejo magistral de las reglas de la composición, que él
consideraba una ‘regla calculable’. Con esta fórmula, reflejada al comienzo de
sus notas a las traducciones de Sófocles, acaso le concedió demasiado al factor
oficio en la composición poética. Pues su teoría precede enteramente de la convicción
de que en la poesía los modos espontáneos de entendimiento consciente logran su
más alto potencial sólo en la expresividad y la unidad. Qué tipo de ‘calculus’
podría formar la base de la poesía es una cuestión que debe ella misma ser
resuelta en el contexto de este trabajo.”
Tomado de DIETER
HENRICH, The Course of Remembrance and Other Essays on
Hölderlin, Edited by Eckhart Förster, II. The Course of
Remembrance, 3. Reflections. Standford, California, Standford
University Press, 1997. Edición
original en alemán: Der Gang des Andenkens: Beobachtungen und
Gedanken zu Hölderlins Gedicht, Klett-Cota Verlag, 1986. (Traducción
del inglés de este fragmento: G. Aritto)
♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦
Anotaciones sueltas a Andenken
(exilio
como creación / creación como exilio)
“Un
poema es tanto más nuestro contemporáneo cuando más claramente reconocemos lo
lejos que está de nosotros en ciertas ideas y creencias. Cuando identificamos
en el poema sentimientos e ideas que son nuestros, envueltos en expresiones y
convicciones que ya no pueden ser nuestras, nos sentimos interpretados desde un
punto de vista ajeno y lejano; el pasado nos interpreta, tanto como nosotros lo
interpretamos a él, y así es como alcanza a iluminar nuestro presente.”
David
Jiménez Panesso, “El Romanticismo inglés frente a la
Crítica contemporánea”
Un
día del verano de 1796, retenido en Berna por un empleo de tutor privado, W. F.
Hegel escribió un poema, hoy desconocido por pocos, que tituló Eleusis y
dedicó a su amigo F. Hölderlin. Del poeta amigo y de la “madre” Tierra hablan
apasionadamente sus versos excesivos y desiguales. Tal vez dos pasajes de ese
extenso texto despidan algún destello afín al impulso natural de estas líneas.
Los copio:
“…
Mis ojos se elevan hasta el arco del cielo eterno,
Hacia
ti, ¡oh brillante astro de la noche!
Y
todos los deseos, todas las esperanzas
olvidadas
emanan en torrente de tu eternidad;
(El
sentido se pierde en lo aparente,
lo
que llamé ‘yo’ desaparece,
me
entrego a lo inconmensurable,
yo
soy eso, soy todo, soy sólo eso…)
[…]
Ya
el pensamiento no atrapa el alma,
El
alma que, sumida en el castigo de la infinitud
Fuera
del espacio y del tiempo, se olvida y recobra, despierta, de nuevo
La
consciencia. Quien quisiera hablar a otros de esto,
Hablaría
en la lengua de los ángeles, sentiría la pobreza de las palabras…”
Leo
y releo. Pienso y despienso. Dejo caer todos mis disfraces y, quedándome a
solas conmigo, puedo por fin oír mi silencio, extraviarme sin miedo de mi
propio centro, entregarlo todo al Universo, sin para qué ni porqué, y conocer
el vacío por primera vez y por primera vez descubrirme creador. La agonía de
causas y efectos ha llegado a su fin: el tiempo se ha extinguido. Hasta un
antirromántico acérrimo, como J. Krishnamurti, tendría que admitir que también
a él le fue dada la misma revelación que al “pensador” (nunca tan contrastante el
tratamiento) alemán: “Lo que llamamos felicidad o éxtasis es, para mí, el
pensar creativo. Y el pensar creativo es el movimiento infinito del
pensamiento, emoción y acción… no está compelido o influido o circunscripto por
una idea y no procede a partir del fondo común de la tradición o el hábito,
entonces ese movimiento es creativo… este movimiento de pensar creativo no
persigue en su expresión un resultado, un logro; sus resultados y expresiones
no son su culminación. No tiene culminación o meta algunas, porque está
eternamente en movimiento.” [1]
Y más aun: “Pero cuando hay entendimiento de ‘lo que es’, lo cual es
vacuidad, menesterosidad interior, cuando vive con esa menesterosidad y la
entiende plenamente, sobreviene ahí la realidad creativa, la inteligencia
creativa, que por sí solas traen felicidad” [2] Hay creación, entonces, no bien la mente deja de
crear, es decir, de suscitar pensamiento, tenaz deudor de la memoria, cuyo
reino es el pasado lo petrificado por la experiencia, lo envejecido y muerto).
Sin embargo, pasado y memoria son acaso la sustancia misma de la
colosal composición de Hölderlin a la que devotamente se aboca esta larga
entrada. Sin pasado y memoria en el sustrato simbólico del poema
no hay poema. ¿Entonces?
Hay lecturas que creen poder defender cierta forma
general de estrofas “encajadas” en Andenken [3]: presuntos paralelismos dados por Estr. I / Estr. V;
Estr. II / Estr. V; y, como “núcleo”, Estr. III. Esquema que nos invita a una
visión de zonas “concéntricas”, ensambladas según se configuran las ondas de
agua al arrojar una piedra en el espejo de un lago. El “centro” coincidiría con
la imagen dominante del reposo: “Damit ich ruhen möge ; denn süß / Wär unter Schatten der Schlummer” (“para
que desee el reposo; pues dulce / sería bajo la sombra de un sueño”, en la
opinable versión de Valverde) [III, 4-5]. Una zona preparatoria de
“transición”, cuyo signo más poderoso podría ser el del equinoccio de marzo (“Zur
Märzenzeit, / Wenn gleich ist Nacht und Tag” = “en el tiempo de marzo,
cuando son iguales noche y día”) [II, 8-9], umbral al que parece estar
asociado el curso de la memoria y el material del recuerdo (“Noch denket das
mir wohl” = “Todavía bien lo recuerdo” – II, 1; “Wo aber sind die
Freunde?” = “ ¿Dónde están mis amigos?” – IV, 1). El movimiento
interno del texto se sella, entonces, con su dinámica apertura, lugar de
invocación de las fuerzas naturales (“Der Nordost wehet, / Der liebste unter
den Winden / Mir, weil er feurigen Geist” = “Sopla el Nordeste, el más
querido de los vientos / para mí…” – I, 1-3), y una suerte de entrega final de
las diversas aguas planetarias al seno del agua primordial (“Und zusammen
mit der prächtgen / Garonne meerbreit / Ausgehet der Strom. Es
nehmet aber /

Und gibt Gedächtnis die
See…” = “baja el Dordoña / y junto con el
espléndido / Garona, de anchura marina, / desemboca la corriente…” – V,
5-8). Sin embargo, la drástica sentencia que cierra el poema (“Was bleibet
aber, stiften die Dichter” = “Pero lo que permanece, lo fundan los
poetas” – V, 11) surge sin anunciarse, igual que una torre incólume en
medio de una devastadora inundación.
¿Será
todo cuestión de descubrir la unidad que oculta la antigua contienda entre el
cambio y la permanencia? Un fragmento de Heráclito, filósofo caro al Heidegger
que nos legó un Hölderlin igualado a la esencia (y, curiosamente,
no al ser) de la poesía, resuena en el proteico pasado presocrático
de Occidente: "Cambiando se descansa", dice, traducido
por C. Eggers Lan (Berk 84a). Otro: “Entramos y no entramos en los mismos
ríos. Somos y no somos” (Diels 49ª – trd. R. Verneaux). Y otro más: “Lo
que está en nosotros es siempre uno y lo mismo: vida y muerte, vigilia y sueño,
juventud y vejez; ya que, por el cambio, esto es aquello, y de nuevo, por el
cambio, aquello es esto” (Diels 88 – trad. R. V.). El Fuego y el Logos
son, en la poética e incesante cosmogonía de Heráclito, los garantes de la
creación, la renovación, la medida armoniosa y el apagamiento de todo lo
existente. A nosotros, humanos desahuciados en medio del vértigo y la
incertidumbre congéneres del siglo XXI, nos es más fácil reacomodar nuestra
mente largamente manipulada a la hospitalaria exploración psíquica de J.
Krishnamurti: el cambio presupone alguna forma de “movimiento”, el movimiento,
la intervención del tiempo (asociado inexorablemente a la dimensión espacial).
No importa cuánto de metafísica aristotélica subyazga a esto; tampoco, el hecho
de que para el indio genial - de nuevo, afín al pedagogo de Alejandro Magno -,
nada hay en la mente que no haya pasado antes por los sentidos. Y obviamente,
esto último es inconciliable con el idealismo extremo que impregnó la cultura
de la Alemania romántica (y clásica). Como leíamos recién, nada creativo puede
producir la mente que persevera en someterse al yugo del pensamiento, cuyo
origen es el cadáver psicológico de la memoria. Pero, según lo muestra y
demuestra el devoto trabajo de Dieter Henrich del que ofrecemos arriba un
mínimo pero intenso pasaje, nada más extraño a la concepción romántica del
recordar y el recuerdo que un confuso objeto muerto. ¿Entonces?
Para
Hölderlin, el poeta no meramente escribe o compone un poema; el
poeta es el poema, ámbito convertido en verdadero temenos de
virtudes oraculares, autorreveladoras y salvíficas. Y no es un artefacto
lingüístico, un producto de manufactura sobre "el más peligroso de los
bienes"; ni ha de homologarse a una mercancía más de una cultura. Como
presagiando algunas implicancias de la moderna “teoría de la recepción” del
texto literario, su creación vive, ya a los ojos del siglo XIX, de y en la
dialéctica de los dioses y los hombres.
Ahora bien; a mi modesto entender, existen dos vías conducentes a la vivencia y
la convivencia de lo cambiante y lo in-/atemporal, lo múltiple y lo absorbido
por lo Uno primordial, lo emergido en el orden de la Naturaleza y lo imbuido de
Espíritu y Deidad. Una de esas salidas es la de los procesos cíclicos, modos de
reorganizarse interminablemente los elementos y sus configuraciones (materiales
o no) en fenómenos que responden a la circularidad que nunca se repite a sí
misma (“En un círculo – declara otro fragmento de Heráclito – se
confunden el principio y el fin”, Diels 103). Su manifestación más acabada
es la espiral que funde a su propio crecimiento lo vectorial y lo curvo. Así,
nunca fueron ni serán iguales (ni mucho menos idénticas) dos primaveras, las
gestaciones de dos semillas, los inmemoriales solsticios en Stonehenge… La otra
vía que creo entrever afronta más directamente una posible colisión de
realidades en principio incompatibles. Se trata del “momentum” crucial
en que la siempre refutable ilusión de sucesión, su drama de causas y
efectos y sus necesarias divisiones y medidas, sufren esa
“transmutación cósmica” que los vuelve visibles, digamos, sub specie
aeternitatis. Y fue seguramente alguna experiencia de cualidades profundamente
esotéricas lo que llevó a los griegos amados por Hölderlin a reactivar el
oscuro asunto de la naturaleza del tiempo concibiendo en un mismo nudo mítico a
tres entidades capaces de anular el horroroso vacío intolerable. Sus
denominaciones siguen siendo hoy Khronos, Aión y Kairós.
No voy a detenerme en la exposición de sus magnitudes en el plano
mítico-cosmológico. Lo imprescindible es repetir que Khronos, a quien los
romanos identificaron con Saturno, es un viejo conocido del género humano en
Occidente; y viejo doblemente, ya que el anteceder a cualquier hecho, la
lentitud y el desgaste les son peculiares. Su función mítica es la de explicar
(y justificar) la implantación de la experiencia de lo sucesivo y de la
causalidad en el ámbito de la realidad tridimensional. Representa la ley
material que rige el porvenir de todo lo gestado, el límite y la demarcación
del umbral donde cualquier cosa se origina, evoluciona y desaparece. Además de
habérsele reconocido un lugar de privilegio en los mitos cosmogónicos como Falo
celestial fecundador de la Tierra y ordenador del Khaos inicial, su asociación
a un titán de nombre parecido lo ha identificado con el filo de la hoz y las
cosechas. Lo suyo propio es la dimensión temporal de los fenómenos físicos, el
transcurrir objetivo que sufrimos inexorablemente entre los términos de nuestra
vida. Lo ensombrece la imagen astrológica que remite a la pesadez, la
limitación y la tardanza. El tumultuoso acontecer histórico, con sus tramposas
imágenes sobre el pasado y el futuro, le debe su dramatismo tatuado de
desesperanza, de inútil repetición, de malograda inocencia de quienes, llamados
a vivir en la inocencia del mito, pagaron con la maldición del miedo y el deseo
la obtención del tan mal comprendido libre albedrío planetario.
 |
| Kairós |
En
drástico contraste, pero ajeno a toda oposición singular con Khronos, la
misteriosa deidad llamada Aión (o Eón) sintetiza, en su personificación de puer
aeternus junguiano, un concepto mucho más arduo de captar. Es verdad que
uno de sus atributos es la representación del trayecto material de cualquier
vida humana individual. Pero ese aspecto suyo se ve tremendamente desafiado en
nuestra imaginación esquiva a las contradicciones y las incompatibilidades por
su don de volver experimentable lo eterno. Aión es la vivencia de lo atemporal
en un instante cualquiera de la existencia. Su facultad esencial es la de
liberarnos de la cuestionable sucesión "khronológica" a la que
estamos condenados como "descendientes" de Khronos y la instauración
de la muerte. Desde siempre y hasta nunca, entre nuestro incausado
"comienzo" y nuestra eventual continuidad cíclica se extienden sus
extraños dominios divinos. Origen y Destino, nacer y morir, avanzar y
retroceder... pierden significación bajo su influencia sutil y misteriosa.
Hallarse en Aión es disolver la propia individualidad, fruto de la
"degradación" de lo múltiple, en lo Uno ilimitado y
ubicuo.
Quizás una de las mentalidades modernas que más afinidad guarda con la visión
conjuntiva de Khronos y Aión es la de Henri Bergson, cuyo esquema de
temporalidad como un cono invertido sobre un punto infinitesimal capaz de
encerrar, igual que un chip cósmico, la totalidad de experiencia y
memoria latentes en cada ente como duración: "Un solo Tiempo, Uno,
universal, impersonal...", será su conclusión. Sólo gracias a la
intervención de Khronos y de Aión juntos pudo formular el filósofo un
sistema tan coherente de "simultaneidades" y "sucesiones"
fraguadas por los sentidos.
En
este marco mítico (que es también metafísico y estético), cobra ahora mayor
sentido la confluencia copiosa de los versos extáticos de Hegel, las
incursiones holísticas de Krishnamurti en el territorio de la creatividad y la
belleza, y los enigmas del oscuro Heráclito. El recordar en Hölderlin
(su traer de vuelta al corazón), ajeno a cualquier forma de acumulación
mecanicista, no parece sino la activación de los poderes creadores más
profundos y, a la vez, "normales" del hombre. Existen leyes
superiores a las conocidas y aceptadas dentro del orden de lo que dura en la
multiplicidad del universo. El vate germano no nos invita a un encuentro
metafísico: su trabajo sólo admite sustancia concreta y, si trata con las
ideas, éstas perviven, a lo sumo, como la huella de una pisada en el suelo. De
ahí, acaso, la distancia abismal y cualitativa con las poéticas que, desde los
simbolistas franceses, se aplicaron con denuedo a distanciarse del
romanticismo. Así, si el gran asunto que absorbe los Four Quartets
de T. S. Eliot es el tiempo, su perspectiva y su relación con el lenguaje
priorizan la expresión impersonal y la reflexión especular (valga la
redundancia). Esto leemos, por ejemplo, en Burnt Norton, II:
"Time
past and time future / Allow but a little consciousness. / To be conscious
is not to be in time / But only in time can the moment in the rose-garden,
/ The moment in the arbour where the rain beat, / The moment in the
draughty church at smokefall / Be remembered; involved with past and
future. / Only through time time is conquered." ("Tiempo pasado y tiempo futuro / No permiten sino un poco de
conciencia. / Ser consciente no es estar en el tiempo / Pero sólo en el
tiempo puede el momento de la rosaleda, / El momento en el pabellón donde golpea
la lluvia / El momento en la iglesia ventosa al caer el humo / Ser
recordado; imbricado con pasado y futuro. / Sólo a través del tiempo el tiempo
es conquistado.” – trad.: J. Placencia). La
poesía, esa "consagración del instante", como genialmente la intuyó
Octavio Paz, es una operación de signos sagrados, invocados y combinados por
dioses que se rehúsan (y tienen que rehusarse) a dar la cara, pero que sólo
cobran poderes cuando el poeta (o el lector / oyente, su prolongación hermana
en el misterio) se despoja de su "centro", de su ego abatido y
ansioso, engañoso y engañado por la propia miseria de su fragmentación y su
separativismo. El poema es, entonces, la consagración del "tiempo de los
dioses" (ese "tiempo de Dios" de que hablan el Antiguo y el
Nuevo Testamentos judeo-cristianos. Otra versión helénica de la temporalidad
sale a nuestro encuentro: es la de Kairós, el trillado "momento
crítico", "momento oportuno", deificado en la figura de un dios
menor, muy próximo a un daimon, energía intercesora que vincula y
comunica (igual que Hermes) mundos y planos dentro de mundos. Acaso por ser
hijo de Tyché, que lo concibió con el rebelde Zeus, sus artes y su ciencia lo
vuelven un factor decisivo frente al accionar de Moira (según cómo se la
considere, gemela mítica de Aión), la porción que nos toca a humanos y dioses
por igual. La alétheia, verdad des-ocultada, es la condición sine qua
non de la eleutheria (libertad) espiritual. Un torrentoso
"río" de símbolos y música hasta entonces inaudible, el poema, se
convierte en ese instante decisivo y celebratorio cuando la Naturaleza sin
reposo y el terrón de deseo y temor que es la historia - de un ser, de todo un
pueblo - son superados por la creatividad de un sujeto que ha sabido
extinguirse para dar lugar al vacío y el silencio. Por eso, el lacónico
dictamen del último verso de Andenken, "Was bleibet aber,
stiften die Dichter" ("Pero lo que permanece, lo fundan los
poetas"), oculta la síntesis de esa consagración liberadora: ahí, lo
estable y afirmado (en la tierra); ahí, el Hacedor olvidado de sí como ofrenda
a los dioses y la humanidad; ahí, ese "pájaro más rápido que la
mirada", como Martin Heidegger definió la poesía. El Verbo profético hecho
poema: superación de la Historia, de las miserias personales, nacionales,
planetarias. Verbo liberador como liberadores son los ciclos de la Naturaleza,
de la cual nos "redime" reintegrándonos, transformados, a un orden
olvidado y superior. El poema de la Gran Amnesia y como Diálogo universal que
extrae un nuevo mundo del Khaos. El kairós fugaz que nos entreabre el portal
imperceptible del infinito, gira, se mueve, en una quietud perfecta. En su
fuego innombrable lo recordaremos todo, hechos uno con la locura de Dios. Un
poeta se dejó entretejer con su trama cambiante de palabras. Dejó su
respiración y su pulso. Para que despertemos. Y para que no se acabe el sueño
donde amábamos y éramos amados. Para negociar, otra vez, un día, sólo un día
más con la muerte.
GUSTAVO
ARITTO
2013
[1] “What
we call happiness or ecstasy is, to me, creative thinking.
And creative thinking is the infinite movement of thought, emotion,
and action... is not compelled or influenced or bound by an idea and does not
proceed from the background of tradition or habit, then that movement
is creative... this movement of creative thinking does not seek
in its expression a result, an achievement; its results and expressions are not
its culmination. It has no culmination or goal, for it is eternally in
movement” (Diálogos públicos, Ojai, 1934).
[2] “But
when there is understanding of what is, which is emptiness, inward
insufficiency, when one lives with that insufficiency and understands it fully,
there comes creative reality, creative intelligence, which alone
brings happiness.” (J. K., First and Last Freedom, 7. Effort)
[3] Por
ejemplo, la monográfica de Adriana Renero (ITAM): “Recuerdo y permanencia: Una
lectura sobre el poema Andenken de F. Hölderlin”, localizable
en Internet.