Saturday, October 11, 2014

Manuel Acuña

  1. A Asunción
  2. A CH
  3. A la patria
  4. A Rosario
  5. A un arroyo
  6. A una flor
  7. Adiós
  8. Adiós a México
  9. Al ruiseñor mexicano
  10. Amor
  11. Ante un cadáver
  12. El giro
  13. El reo a muerte
  14. Historia del pensamiento
  15. Hojas secas
  16. Inscripción en un cráneo
  17. La ausencia del olvido
  18. La brisa
  19. La felicidad
  20. Lágrimas
  21. Mentiras de la existencia
  22. Misterio
  23. Nada sobre nada
  24. Nocturno a Rosario
  25. Oda
  26. Pobre flor
  27. Por eso
  28. Resignación
  29. Soneto
  30. Un sueño
  31. Una limosna
  32. Ya sé por qué es
  33. Ya verás

WEBMASTER Nuri de la Cabada.

Manuel Acuña Narro
(1849 - 1873)

Médico y poeta, nació en la ciudad de Saltillo, Coahuila, el 27 de agosto de 1849. Vivió en una época en que la sociedad mexicana era dominada por una intelectualidad filosófico-positivista, además de una tendencia romántica en la poesía. Hijo de Francisco Acuña y Refugio Narro. Recibió de sus padres las primeras letras. Estudia posteriormente en el Colegio Josefino de la ciudad de Saltillo y alrededor de 1865 se trasladó a la México, donde ingresó en calidad de alumno interno al Colegio de San Ildefonso, donde estudia Matemáticas, Latín, Francés y Filosofía. Posteriormente, en enero de 1868 inicia sus estudios en la Escuela de Medicina. Fue un estudiante  distinguido aunque inconstante. Cuando muere, en 1873 sólo había concluido el cuarto año de su carrera. En los primeros meses de sus estudios médicos vivía en un humilde cuarto del ex-convento de Santa Brígida, de donde se trasladó al cuarto número 13 de corredor bajo del segundo patio de la Escuela de Medicina, el mismo, que años antes habitara otro infortunado poeta mexicano, Juan Díaz Covarrubias.

Allí se reunían muchos de los escritores jóvenes de la época, Juan de Dios Peza, Manuel M. Flores, Agustín F. cuenca, Gerardo M. Silva, Javier Santamaría, Juan B. Garza, Miguel Portilla, Vicente Morales y otros. Allí fue donde, una tarde de julio de 1872, algunos de los poetas del grupo inscribieron sobre un cráneo, como sobre un álbum, pensamientos y estrofas.

En 1868 inició Acuña su breve carrera literaria. Dióse a conocer con una elegía a la muerte de su compañero y amigo Eduardo Alzúa. En el mismo año, impulsado por el renacimiento cultural que siguió al triunfo de la República, participó, junto con Agustín F. Cuenca y Gerardo Silva, entre otros intelectuales, fundando la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl, en el seno de la cual dio a conocer sus primeros versos. Los trabajos presentados en la sociedad publicáronse en la revista "El Anáhuac" (México 1869) y en un folletín del periódico La Iberia intitulado Ensayos literarios de la Sociedad Nezahualcóyotl. Este folleto puede considerarse como una de las obras de Acuña, ya que contiene, además de trabajos de otros escritores, once poemas y un artículo en prosa suyos.

Tenía 24 años y había probado ya la miel de la gloria el 9 de mayo de 1871... En esa fecha se estrenó "El Pasado", drama de su inspiración que recibió una buena acogida por parte del público. Además la crítica ya le había reconocido un sitio destacado como poeta. Rosario de la Peña fue la mujer que estuvo más íntimamente ligada a sus últimos años, fue el gran amor de su vida y según parece, pesó tanto en su ánimo que mucho tuvo que ver con su trágica muerte. De hecho, el atractivo de esta mujer queda reservado como uno de los misterios de la historia, pues fue ella la misma Rosario que despertó por igual la desesperada pasión de Acuña, el deseo de Flores, la senil adoración de Ramírez y el cariño devoto de Martí.

Los extremos poéticos de estos cuatro hombres de letras eran motivo de satisfacción y halago para ella, cuya casa era frecuentemente convertida en tertulia donde cada uno exponía sus nuevos versos, se hablaba y debatía de filosofía o de bibliografía. Manuel Acuña fue un apasionado de Rosario de la Peña. Su inmenso y desenfrenado amor por ella fue la causa, o al menos la razón mejor fundamentada, de que quedara trunca su existencia cuando ya en los círculos intelectuales era reconocido su genio, su calidad como escritor y nadie dudaba de su exitoso futuro.

¿Qué era lo que pasaba por su mente o por su atribulado corazón aquel 6 de diciembre de 1873? Es un secreto que se llevó a la tumba luego de ingerir cianuro de potasio para cortar su existencia. El cadáver del poeta, de cuyos cerrados ojos, se dice, estuvieron brotando lágrimas según él mismo lo había anticipado:

"como deben llorar en la última hora
los inmóviles párpados de un muerto"

Fue velado por sus amigos en la Escuela de Medicina, fue sepultado el día 10 de diciembre en el Cementerio del Campo Florido, con la asistencia de representaciones de las sociedades literarias y científicas, además de "un inmenso gentío" Las elegías y oraciones fúnebres con que se honró su memoria fueron nutridísimas destacándose las de Justo Sierra, que expresó con singular fortuna, en la primera estrofa de su poema, el sentimiento de dolorosa pérdida que experimentaba la concurrencia:

Palmas, triunfos, laureles, dulce aurora
de un porvenir feliz, todo en una hora
de soledad y hastío
cambiaste por el triste
derecho de morir, hermano mío.

Hablaron también Juan de Dios Peza, su gran amigo, Gustavo Baz y Eduardo F. Zárate, entre otros.
Posteriormente sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres del Cementerio de Dolores, donde se le erigió un monumento. En octubre de 1917, el estado de Coahuila reclamó las cenizas de Acuña que, tras de haber sido honradas con una ceremonia en la Biblioteca Nacional, fueron trasladadas a Saltillo, su ciudad natal, donde el escultor Jesús E. Contreras había realizado un notable grupo escultórico a la memoria del poeta.

De entre los versos de Manuel Acuña es bien conocido el "Nocturno" (dedicado justamente a su amada Rosario, que ha pasado de generación en generación como un canto al amor y al desengaño), o "Ante un Cadáver", que representa toda una reflexión acerca de la vida y la muerte desde el punto de vista de la materia misma y su transformación.
Manuel Acuña destacó durante su juventud, pero privó a los amantes de la poesía de ver su evolución y comprobar que estaba destinado a ser uno de los grandes en las letras mexicanas.

Prólogo de Juan de Dios Peza a las obras de Acuña:

Todo se va, todo se muere. A medida que se avanza en el camino del mundo, se van dejando pedazos del corazón sobre la fosa de cada uno de de los seres queridos que nos abandonan para siempre. Hoy es un triste aniversario para las letras nacionales: hace veinticuatro años—¡parece que fue ayer!—que el poeta más inspirado de la generación de entonces, puso fin a sus días cegado por no sabemos qué internas y pavorosas sombras. Vivíamos él y yo tan ligados, fuimos tan íntimos amigos, que puedo asegurar, sin jactancia, que pocos le estudiaron como yo tan de cerca, por lo cual juzgo un deber narrarlo sobre su vida y sobre su muerte, en esta tristísima fecha, no sólo porque a través de los años se ha adulado su historia, sino también porque muchos se interesan cuando leen sus versos en saber con toda la verdad posible cómo era, cómo vivió y cómo murió el infortunado poeta. Así es que refundiendo antiguos apuntamientos, enlazando recuerdos que todavía están frescos en mi memoria, y juzgando con mayor experiencia lo que en aquella época no pude apreciar, si encuentro ocasión oportuna para escribir un artículo en que han de campear la verdad y la justicia.

* *

Manuel Acuña nació en el Saltillo, capital del Estado de Coahuila, el año 1849, y vino de catorce años, o poco menos, a esta ciudad de México, entrando como alumno interno en el colegio de S. Ildefonso. Hace él tiernísima referencia a su salida de la tierra de su padre; «Sus brazos me estrecharon Y después a los pálidos reflejos Del sol que en el crepúsculo se hundía, Sólo vi una ciudad que se perdía Con mi cuna y mis padres a lo lejos» Cursó con notorio talento los años de latinidad, matemáticas y filosofía y pasó a esa histórica Escuela de Medicina de donde han salido tantas lumbreras de las letras y de las ciencias. Lo recuerdo como si lo viera en la víspera de su fin trágico. Delgado de contextura, con la frente limpia y tersa sobre la cual se alzaba rebelde el obscuro cabello echado hacia atrás y que parecía no tener otro peine que la mano indolente que solía mesarlo; cejas arqueadas, espesas y negras, ojos grandes y salientes como si se escaparan de las órbitas; nariz pequeña y afilada; boca chica, de labio inferior grueso y caído, ornada por un bigote recortado en los extremos; barba aguzada y con hoyuelos; siempre vestido con levita obscura de largos faldones, rápido en el andar y algo dificultoso en su palabra.

Triste en el fondo pero jovial y punzante en sus frases, sensible como un niño y leal como un caballero antiguo; le atormentaban los dolores ajenos y nadie era más activo que él para visitar y atender al amigo enfermo y pobre. Vivía en el corredor bajo del segundo patio de la Escuela de Medicina, en el cuarto número 13, el mismo cuarto que ocupó Juan Díaz Covarrubias y del cual salió para ser infamemente fusilado en Tacubaya el 11 de Abril de 1859.—Acuña tenía siempre en su derredor un cortejo de amigos que lo amábamos sin doblez, sin rencillas, sin envidia de su genio, sin censurar sus extravagancias, evitándole todos los disgustos y siendo los primeros en aplaudir sus obras. De ese cortejo han muerto Agustín F. Cuenca, Gerardo M. Silva, y viven, Javier Santa María, Juan B. Garza, Gregorio Oribe, Francisco Ortiz, Miguel Portillo, Antonio Coellar y Argomaniz, Juan de Dios Villalón y Vicente Morales que ha sido Secretario de nuestras Legaciones en Washington y en Italia. Nosotros habíamos presenciado de cerca los trabajos de aquel adolescente sublime; con las lágrimas en los ojos le vimos salir a la escena en medio de aplausos atronadores, conducido por el eminente José Valero y por Salvadora Cairón, en la noche del estreno de su drama El Pasado; temblando de gozo le admiramos cuando hizo en unos funerales estremecerse a los viejos y sabios maestros diciendo:

«La muerte no es la nada
Sino para la chispa transitoria
Cuya Luz ignorada
Pasa sin alcanzar una mirada
De la pupila augusta de la historia.»

O cuando con su brindis titulado «Un rasgo de buen humor» hizo que lo miraran sonriendo aquellos sabios severos que se llamaron Río de la
Loza, Vertiz y Barreda. Nosotros recogíamos con cuidado fraternal cada periódico en que aparecían sus versos, guardábamos los párrafos en que lo elogiaban y nos sentíamos felices con mirarle recibir cartas de su hogar lejano, y después de leerlas, besar la firma de su madre diciendo: «¡Hace muchos años que no la veo! ¡Pobrecita! Ya sólo me conoce en retrato.» Esa ausencia lo mataba. Leed su poesía «Entonces y hoy,» escrita con las lágrimas más tiernas del fondo de su pecho y veréis que es una verdad la que os digo. El viernes 5 de Diciembre de 1873, anduvimos juntos desde la mañana y nos fuimos por la tarde a la Alameda. El viento arrancaba las hojas
amarillentas de los fresnos y de los chopos que al caer bajo los pies del poeta atraían sus miradas de mayor tristeza. «Mira—me dijo mostrándome una de esas hojas que aún guardo seca por haber señalado con ella un capítulo del libro que leíamos aquella tarde;—Les feuilles d' Au- tomne» de Víctor Hugo—mira: ¡una ráfaga helada la arrebató del tronco antes de tiempo! Allí me recitó la poesía «El Génesis de mi vida» que alguien extrajo de sus papeles el día de su muerte. Era una poesía lindísima de la cual vagamente recuerdo uno que otro verso. Ya sentados en una banca de piedra me dijo: «Escribe* y me dictó el soneto «A un arroyo» poniéndome después de su puño y letra una cariñosa dedicatoria. Este soneto es el último que escribió; muchos creen que el «Nocturno» es su obra postrera, pero sus amigos nos sabíamos de memoria esos versos desde tres meses antes de aquel día a que me refiero. A propósito del «Nocturno» haré una digresión interesante. Una mañana estando en Saltillo, salimos muy temprano Jesús M. Eábago y yo, pues íbamos de expedición fuera de la ciudad. La parroquia da su espalda al Oriente, así es que el sol se alzaba detrás de la torre y enfrente, rumbo al Ocaso, se extiende una calle en que Acuña vivió cuando era niño. Al fijarse en esto me dijo Rábago: Vea V. cómo es verdad aquello de:

«El sol de la mañana
detrás del campanario, y abierta allá á lo lejos
la puerta del hogar.»

Pero reanudemos el hilo de los acontecimientos. Abandonamos la Alameda a la hora del crepúsculo, lo dejé en la puerta de una casa de la calle de Santa Isabel y me dijo al despedirnos:

—Mañana a la una en punto te espero sin falta.
—¿En punto?—le pregunté.
—Si tardas un minuto más...
—¿Qué sucederá?
—Que me iré sin verte.
—¿Te irás adónde?
—Estoy de viaje... sí... de viaje... lo sabrás después.

Estas últimas palabras cayeron sobre mi alma como gotas de fuego. Quise preguntarle más; pero él se metió en aquella casa y yo me fui triste y malhumorado como si hubiera recibido una noticia infausta. Yo sólo sabía que aquel gigantesco espíritu estaba enfermo y temía una crisis. Acuña llegó algo tarde a la Escuela en aquella noche; rompió y quemó muchos papeles que tenía guardados; escribió varias cartas listadas de negro, una para su ausente madre, otra para Antonio Coellar, otra para Gerardo Silva, dos para unas amigas íntimas. Dicen que al día siguiente se levantó tarde, arregló su habitación, se fue después a dar un baño, volvió a su cuarto a las doce, y sin duda en esos momentos, con mano segura y firme escribió las siguientes líneas:  «Lo de menos será entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable— Diciembre 6 de 1873.—Manuel Acuña»

Salió después á los corredores, estuvo conversando de asuntos indiferentes, y cerca de las doce y media volvió a meterse a su cuarto. Fácil es presumir lo que sucedió entonces. Yo llegué a visitarlo a la una y minutos, porque un amigo me detuvo en la puerta de la Escuela. Encontré sobre la mesa de noche una bujía encendida y a Acuña tendido en su cama con la expresión natural del que duerme. Toqué su frente guiado por extraño presentimiento y la encontré tibia; alcé en uno de sus ojos un párpado y la expresión de la pupila me aterró; volví entonces con sobresalto el rostro hacia la mesa de noche y me encontré en ella, junto a la vela, un vaso en que se apoyaba el papel que antes he copiado. Me incliné para leerlo y un acre olor de almendras amargas me descorrió el velo de aquel misterio. Aturdido, loco, llamé a los entonces estudiantes y hoy médicos Vargas, Villamil y Oribe, que vivían en el cuarto de junto. Oribe se precipitó sobre el cadáver queriendo volverlo a la vida y le hizo una insuflación de boca a boca, a tiempo que Vargas movía el tórax para producir la respiración artificial. Todo fue en vano. Oribe cayó presa de un vértigo intoxicado por el olor del cianuro, pues Acuña había apurado cerca de dos dracmas de esta substancia. La fatal noticia circuló instantáneamente en la Escuela. El prefecto del establecimiento, Dr. Manuel Domínguez, los médicos y los alumnos que a esa hora estaban allí, acudieron al lugar del siniestro y rivalizaron en empeño y actividad para tratar de devolverle la vida ¡la vida que una hora antes le había abandonado! Llegó a pocos momentos mi amigo Francisco Sosa, y a las cuatro de la tarde el Sr. Gaxiola, Juez en turno, que dictó las medidas oportunas, concediendo que fuera en la Escuela de Medicina y no en el Hospital de San Pablo donde se hiciera la autopsia del cadáver.

Los miembros todos de la «Bohemia literaria» visitaron por la tarde al poeta muerto, que al anochecer fue colocado en la ex capilla de la Escuela. Alejandro Casarin acompañado del inolvidable Alamilla, sacó en yeso blando la mascarilla del rostro, para hacer un busto y trazó a lápiz un magnifico retrato. El cadáver estuvo constantemente velado por los alumnos de la Escuela, quienes lo inyectaron a todo costo y con todas las reglas de la ciencia. El miércoles, diez, fue el entierro, que tuvo una pompa y una majestad inusitadas. A las nueve de la mañana un inmenso gentío llenaba la plazuela de Santo Domingo, en tanto que en el interior de la Escuela de Medicina se agrupaban los representantes de las sociedades científicas, literarias y de obreros. Los hombres más notables, los profesores más distinguidos, estaban allí dispuestos a acompañar al infortunado soñador de veinticuatro años. El gran Ignacio Ramírez había dicho al saber la muerte de Acuña: «Es una estrella que se apaga.» Altamirano que lo distinguía y mimaba como a un hijo, habíase sentido enfermo de pesar con la triste noticia, y el sabio Río de la Loza a pesar de sus arraigadas convicciones religiosas, ordenó como director de la Escuela, que no se omitieran gastos para enterrar a Acuña como lo exigía su talento. Para no mutilar aquel cadáver querido, se extrajo del estómago el veneno con una bomba exofagiana, y después lo inyectaron cuidadosamente los más inteligentes alumnos. Durante el tiempo que estuvo tendido y expuesto al público en la ex capilla de la Escuela, se recibieron multitud de coronas y de ramilletes remitidos por corporaciones y admiradores particulares. Sea por el efecto del embalsamiento, sea porque los tejidos se estrecharon por la rigidez, el hecho es que de los cerrados ojos del poeta estuvieron brotando lágrimas constantemente: lloraba, como lo había dicho en una estrofa:

«¡Cómo deben llorar en la última hora
Los inmóviles párpados de un muerto!»


A las diez los amigos íntimos de Acuña cargamos en hombros su cadáver y salimos de la Escuela en medio de un silencio y de una consternación profunda. Detrás de nosotros iban los comisionados de las Sociedades Literarias presidiendo las del «Liceo Hidalgo,» la «Concordia» y el «Porvenir;» de las científicas presididas por la de Geografía y Estadística y la Filoiátrica, una diputación del Gran Círculo de Obreros y después todos los invitados. Por detrás iba el carro fúnebre más elegante de la capital llevando en su remate una lira de oro con las cuerdas rotas y sobre ella la corona alcanzada por el poeta en el estreno de su drama. En pos del carro fúnebre iban más de cien carruajes particulares. El cortejo recorrió las calles de la Cerca de Santo Domingo, Esclavo, Manrique, San José el Real, San Francisco, San Juan de Letrán y Hospital Real, continuando en línea recta hasta el cementerio del Campo Florido. Allí, bajo un cobertizo de madera en donde se puso una tribuna se le tributaron los últimos honores. Los alumnos Manuel Rocha, Porfirio Parra y Francisco Frías y Camacho hablaron en nombre de la Sociedad Filoiátrica y Gustavo Baz en nombre del Liceo Hidalgo. En seguida ocupó la tribuna Justo Sierra.—Acuña quería con profunda ternura a Justo, le miraba como a hermano sabio y erudito y la aparición de éste en aquellos instantes causó inmensa sensación en todos los presentes. Dice Franz Cosmes en una crónica de entonces, al hablar de Justo Sierra, lo siguiente: «Sólo los que hayan oído alguna vez esa palabra poderosa, hija de un cerebro de luz y de un corazón de fuego, podrán concebir hasta donde se remontó esa imaginación audaz, llorando sobre el cadáver de su hermano. No era un dolor común el que expresaba, era el grito de desesperación de la humanidad por la pérdida de uno de sus apóstoles, el sollozo trémulo de la poesía por la muerte de uno de sus hijos.»

«El sólo pudo comprender esas aspiraciones sin límites del poeta que en un mundo raquítico se ahogaba.»
En efecto, sólo Sierra condensó la vida del poeta en admirables versos captándose la respetuosa veneración del auditorio desde que comenzó
diciendo:

«Palmas, triunfos, laureles, dulce aurora
De un porvenir feliz, todo en una hora
De soledad y hastío,
Cambiaste por el triste
Derecho de morir, hermano mío!»

Hablaron después en nombre de la sociedad «El Porvenir» los señores Ramírez de Arellano y Francisco de A. Lerdo; luego el inspirado José Rosas Moreno leyó una poesía hermosísima; ocuparon la tribuna Eduardo E. Zarate y José Rafael Alvarez por la Sociedad Literaria «La Concordia;» Pedro Porrez, Vicente Fuentes, Alberto del Frago que leyó unos versos de José María Valenzuela y Becerril, José Carrillo, Julián Montiel y el último el que estas líneas escribe. Hablé en nombre de los amigos íntimos de Manuel: tenía yo entonces veintiún años y hablé llorando... A las doce del día el primer puñado de tierra cayó sobre el ataúd, la piqueta del sepulturero resonó huecamente en aquel sitio y todos nos separamos conmovidos.

«¡Ay! de aquella mañana a esta mañana,
de aquel sol a este sol.»

Como dice el poeta, han corrido fugaces veinticuatro años.
    Debajo de la tierra en que ya han brotado flores nuevas, ocultos por un manto de fresco césped sobre el cual arrastra el viento las hojas secas, durmiendo están para no despertar nunca, muchos de los maestros, de los amigos y de los compañeros del poeta: Ignacio Ramírez, Ignacio M. Altamirano, Vicente Riva Palacio, Flores, Rosas, Moreno, Francisco Lerdo, Plaza, Alamilla, Manuel Oca Ranza, pero sería larga e interminable la lista de los que han bajado a la eterna sombra.

Los versos de Acuña han recorrido todos los dominios de la lengua castellana y en todas partes los admiran y los repiten, pues entre ellos hay muchos que bastan para revelar su genio. Acuña fue victima del hastío, de la nostalgia moral, de esa enfermedad sin nombre que marchita las flores del alma cuando apenas están en capullo. En sus últimos días vivía de una manera extraña: sus vigilias eran constantes; leía y escribía hasta el amanecer; gustaba de tomar un café espeso, al que llamaba Manuel Flores «el néctar negro de los sueños blancos» y aparentaba una jovialidad que servía de antifaz a su secreta tristeza. Su trágica muerte es el resultado de un extravío cerebral: nadie aparece como causa de ella y son consejas triviales las que corren en boca del vulgo. En el Saltillo han honrado su memoria construyendo un precioso teatro que lleva su nombre y que tiene el patio en forma de lira. En México, debido al constante empeño de algunos de sus amigos especialmente de Luis A. Escandón y de Agapito Silva, se le construyó un monumento qne en esta fecha está concluído ya en el cementerio de Dolores, a donde han sido con orden de la Autoridad trasladados sus restos. Dicen que al exhumar los restos en la mañana del veintinueve de Noviembre, encontraron intacta la ropa, cubriendo los huesos; tenía todo el cabello que cayó del cráneo al primer impulso del aire, y el Dr. Abel F. González le encontró en la bolsa del chaleco una peseta del año de 1830. Acuña «si tan prematuramente no se roba a su propia gloria» como me dice hablando de él el inspirado Núñez de Arce, sería hoy una de las más altas personalidades literarias de México. Las composiciones que dejó escritas revelan todo lo que pudo llegar a ser: el destino apagó la llama de su vida, pero no logrará extinguir su imperecedera memoria.

Juan de Dios Peza

México, 1897

Salvador Novo

La historia

    ¡Mueran los gachupines!
    Mi padre es gachupín,
    El profesor me mira con odio
    Y nos cuenta la Guerra de Independencia
    Y cómo los españoles eran malos y crueles
    Con los indios —él es indio—,
    Y todos los muchachos gritan que mueran los gachupines.

    Pero yo me rebelo
    Y pienso que son muy estúpidos:
    Eso dice la historia
    Pero, ¿cómo lo vamos a saber nosotros?

Monday, October 6, 2014

Heym's quote

Unsere Krankheit ist Mißtrauen gegen uns, gegen andere, gegen das Wissen, gegen die Kunst.
=
Nuestra enfermedad es la desconfianza de nosotros, contra los demás, contra el conocimiento, contra el arte.


Saturday, October 4, 2014

Novalis: Spiritual Songs

Title:     Translations From Novalis: Spiritual Songs
Author: George MacDonald [More Titles by MacDonald]

I.
Without thee, what were life or being!
Without thee, what had I not grown!
From fear and anguish vainly fleeing,
I in the world had stood alone;
For all I loved could trust no shelter;
The future a dim gulf had lain;
And when my heart in tears did welter,
To whom had I poured out my pain?
Consumed in love and longing lonely
Each day had worn the night's dull face
With hot tears I had followed only
Afar life's wildly rushing race.
No rest for me, tumultuous driven!
A hopeless sorrow by the hearth!--
Who, that had not a friend in heaven,
Could to the end hold out on earth?
But if his heart once Jesus bareth,
And I of him right sure can be,
How soon a living glory scareth
The bottomless obscurity!
Manhood in him first man attaineth;
His fate in Him transfigured glows;
On freezing Iceland India gaineth,
And round the loved one blooms and blows.
Life grows a twilight softly stealing;
The world speaks all of love and glee;
For every wound grows herb of healing,
And every heart beats full and free.
I, his ten thousand gifts receiving,
Humble like him, his knees embrace;
Sure that we share his presence living
When two are gathered in one place.
Forth, forth to all highways and hedges!
Compel the wanderers to come in;
Stretch out the hand that good will pledges,
And gladly call them to their kin.
See heaven high over earth up-dawning!
In faith we see it rise and spread:
To all with us one spirit owning--
To them with us 'tis opened.
An ancient, heavy guilt-illusion
Haunted our hearts, a changeless doom;
Blindly we strayed in night's confusion;
Gladness and grief alike consume.
Whate'er we did, some law was broken!
Mankind appeared God's enemy;
And if we thought the heavens had spoken,
They spoke but death and misery.
The heart, of life the fountain swelling--
An evil creature lay therein;
If more light shone into our dwelling,
More unrest only did we win.
Down to the earth an iron fetter
Fast held us, trembling captive crew;
Fear of Law's sword, grim Death the whetter,
Did swallow up hope's residue.
Then came a saviour to deliver--
A Son of Man, in love and might!
A holy fire, of life all-giver,
He in our hearts has fanned alight.
Then first heaven opened--and, no fable,
Our own old fatherland we trod!
To hope and trust we straight were able,
And knew ourselves akin to God.
Then vanished Sin's old spectre dismal;
Our every step grew glad and brave.
Best natal gift, in rite baptismal,
Their own faith men their children gave.
Holy in him, Life since hath floated,
A happy dream, through every heart;
We, to his love and joy devoted,
Scarce know the moment we depart.
Still standeth, in his wondrous glory,
The holy loved one with his own;
His crown of thorns, his faithful story
Still move our hearts, still make us groan.
Whoso from deadly sleep will waken,
And grasp his hand of sacrifice,
Into his heart with us is taken,
To ripen a fruit of Paradise.

II.
Dawn, far eastward, on the mountain!
Gray old times are growing young:
From the flashing colour-fountain
I will quaff it deep and long!--
Granted boon to Longing's long privation!
Sweet love in divine transfiguration!
Comes at last, our old Earth's native,
All-Heaven's one child, simple, kind!
Blows again, in song creative,
Round the earth a living wind;
Blows to clear new flames that rush together
Sparks extinguished long by earthly weather.
Everywhere, from graves upspringing,
Rises new-born life, new blood!
Endless peace up to us bringing,
Dives he underneath life's flood;
Stands in midst, with full hands, eyes caressing--
Hardly waits the prayer to grant the blessing.
Let his mild looks of invading
Deep into thy spirit go;
By his blessedness unfading
Thou thy heart possessed shalt know.
Hearts of all men, spirits all, and senses
Mingle, and a new glad dance commences.
Grasp his hands with boldness yearning;
Stamp his face thy heart upon;
Turning toward him, ever turning,
Thou, the flower, must face thy sun.
Who to him his heart's last fold unfoldeth,
True as wife's his heart for ever holdeth.
Ours is now that Godhead's splendour
At whose name we used to quake!
South and north, its breathings tender
Heavenly germs at once awake!
Let us then in God's full garden labour,
And to every bud and bloom be neighbour!

III.
Who in his chamber sitteth lonely,
And weepeth heavy, bitter tears;
To whom in doleful colours, only
Of want and woe, the world appears;
Who of the Past, gulf-like receding,
Would search with questing eyes the core,
Down into which a sweet woe, pleading,
Wiles him from all sides evermore--
As if a treasure past believing
Lay there below, for him high-piled,
After whose lock, with bosom heaving,
He breathless grasps in longing wild:
He sees the Future, waste and arid,
In hideous length before him stretch;
About he roams, alone and harried,
And seeks himself, poor restless wretch!--
I fall upon his bosom, tearful:
I once, like thee, with woe was wan;
But I grew well, am strong and cheerful,
And know the eternal rest of man.
Thou too must find the one consoler
Who inly loved, endured, and died--
Even for them that wrought his dolour
With thousand-fold rejoicing died.
He died--and yet, fresh each to-morrow,
His love and him thy heart doth hold;
Thou mayst, consoled for every sorrow,
Him in thy arms with ardour fold.
New blood shall from his heart be driven
Through thy dead bones like living wine;
And once thy heart to him is given,
Then is his heart for ever thine.
What thou didst lose, he keeps it for thee;
With him thy lost love thou shalt find;
And what his hand doth once restore thee,
That hand to thee will changeless bind.

IV.
Of the thousand hours me meeting,
And with gladsome promise greeting,
One alone hath kept its faith--
One wherein--ah, sorely grieved!--
In my heart I first perceived
Who for us did die the death.
All to dust my world was beaten;
As a worm had through them eaten
Withered in me bud and flower;
All my life had sought or cherished
In the grave had sunk and perished;
Pain sat in my ruined bower.
While I thus, in silence sighing,
Ever wept, on Death still crying,
Still to sad delusions tied,
All at once the night was cloven,
From my grave the stone was hoven,
And my inner doors thrown wide.
Whom I saw, and who the other,
Ask me not, or friend or brother!--
Sight seen once, and evermore!
Lone in all life's eves and morrows,
This hour only, like my sorrows,
Ever shines my eyes before.

V.
If I him but have,[1]
If he be but mine,
If my heart, hence to the grave,
Ne'er forgets his love divine--
Know I nought of sadness,
Feel I nought but worship, love, and gladness.
[Footnote 1: Here I found the double or feminine rhyme impossible without the loss of the far more precious simplicity of the original, which could be retained only by a literal translation.]
If I him but have,
Pleased from all I part;
Follow, on my pilgrim staff,
None but him, with honest heart;
Leave the rest, nought saying,
On broad, bright, and crowded highways straying.
If I him but have,
Glad to sleep I sink;
From his heart the flood he gave
Shall to mine be food and drink;
And, with sweet compelling,
Mine shall soften, deep throughout it welling.
If I him but have,
Mine the world I hail;
Happy, like a cherub grave
Holding back the Virgin's veil:
I, deep sunk in gazing,
Hear no more the Earth or its poor praising.
Where I have but him
Is my fatherland;
Every gift a precious gem
Come to me from his own hand!
Brothers long deplored,
Lo, in his disciples, all restored!

VI.
My faith to thee I break not,
If all should faithless be,
That gratitude forsake not
The world eternally.
For my sake Death did sting thee
With anguish keen and sore;
Therefore with joy I bring thee
This heart for evermore.
Oft weep I like a river
That thou art dead, and yet
So many of thine thee, Giver
Of life, life-long forget!
By love alone possessed,
Such great things thou hast done!
But thou art dead, O Blessed,
And no one thinks thereon!
Thou stand'st with love unshaken
Ever by every man;
And if by all forsaken,
Art still the faithful one.
Such love must win the wrestle;
At last thy love they'll see,
Weep bitterly, and nestle
Like children to thy knee.
Thou with thy love hast found me!
O do not let me go!
Keep me where thou hast bound me
Till one with thee I grow.
My brothers yet will waken,
One look to heaven will dart--
Then sink down, love-o'ertaken,
And fall upon thy heart.

VII.
HYMN.
Few understand
The mystery of Love,
Know insatiableness,
And thirst eternal.
Of the Last Supper
The divine meaning
Is to the earthly senses a riddle;
But he that ever
From warm, beloved lips,
Drew breath of life;
In whom the holy glow
Ever melted the heart in trembling waves;
Whose eye ever opened so
As to fathom
The bottomless deeps of heaven--
Will eat of his body
And drink of his blood
Everlastingly.
Who of the earthly body
Has divined the lofty sense?
Who can say
That he understands the blood?
One day all is body,
_One_ body:
In heavenly blood
Swims the blissful two.
Oh that the ocean
Were even now flushing!
And in odorous flesh
The rock were upswelling!
Never endeth the sweet repast;
Never doth Love satisfy itself;
Never close enough, never enough its own,
Can it _have_ the beloved!
By ever tenderer lips
Transformed, the Partaken
Goes deeper, grows nearer.
Pleasure more ardent
Thrills through the soul;
Thirstier and hungrier
Becomes the heart;
And so endureth Love's delight
From everlasting to everlasting.
Had the refraining
Tasted but once,
All had they left
To set themselves down with us
To the table of longing
Which will never be bare;
Then had they known Love's
Infinite fullness,
And commended the sustenance
Of body and blood.

VIII.
Weep I must--my heart runs over:
Would he once himself discover--
If but once, from far away!
Holy sorrow! still prevailing
Is my weeping, is my wailing:
Would that I were turned to clay!
Evermore I hear him crying
To his Father, see him dying:
Will this heart for ever beat!
Will my eyes in death close never?
Weeping all into a river
Were a bliss for me too sweet!
Hear I none but me bewailing?
Dies his name an echo failing?
Is the world at once struck dead?
Shall I from his eyes, ah! never
More drink love and life for ever?
Is he now for always dead?
_Dead?_ What means that sound of dolour?
Tell me, tell me thou, a scholar,
What it means, that word so grim.
He is silent; all turn from me!
No one on the earth will show me
Where my heart may look for him!
Earth no more, whate'er befall me,
Can to any gladness call me!
She is but one dream of woe!
I too am with him departed:
Would I lay with him, still-hearted,
In the region down below!
Hear, me, hear, his and my father!
My dead bones, I pray thee, gather
Unto his--and soon, I pray!
Grass his hillock soon will cover,
Soon the wind will wander over,
Soon his form will fade away.
If his love they once perceived,
Soon, soon all men had believed,
Letting all things else go by!
Lord of love him only owning,
All would weep with me bemoaning,
And in bitter woe would die!

IX.
He lives! he's risen from the dead!
To every man I shout;
His presence over us is spread,
Goes with us in and out.
To each I say it; each apace
His comrades telleth too--
That straight will dawn in every place
The heavenly kingdom new.
Now, to the new mind, first appears
The world a fatherland;
A new life men receive, with tears
Of rapture, from his hand.
Down into deepest gulfs of sea
Grim Death hath sunk away;
And now each man with holy glee,
Can face his coming day.
The darksome road that he hath gone
Leads out on heaven's floor:
Who heeds the counsel of the Son
Enters the Father's door.
Down here weeps no one any more
For friend that shuts his eyes;
For, soon or late, the parting sore
Will change to glad surprise.
And now to every friendly deed
Each heart will warmer glow;
For many a fold the fresh-sown seed
In lovelier fields will blow.
He lives--will sit beside our hearths,
The greatest with the least;
Therefore this day shall be our Earth's
Glad Renovation-feast.

X.
The times are all so wretched!
The heart so full of cares!
The future, far outstretched,
A spectral horror wears.
Wild terrors creep and hover
With foot so ghastly soft!
Our souls black midnights cover
With mountains piled aloft.
Firm props like reeds are waving;
For trust is left no stay;
Our thoughts, like whirlpool raving,
No more the will obey!
Frenzy, with eye resistless,
Decoys from Truth's defence;
Life's pulse is flagging listless,
And dull is every sense.
Who hath the cross upheaved
To shelter every soul?
Who lives, on high received,
To make the wounded whole?
Go to the tree of wonder;
Give silent longing room;
Issuing flames asunder
Thy bad dream will consume.
Draws thee an angel tender
In saftey to the strand:
Lo, at thy feet in splendour
Lies spread the Promised Land!

XI.
I know not what were left to draw me,
Had I but him who is my bliss;
If still his eye with pleasure saw me,
And, dwelling with me, me would miss.
So many search, round all ways going,
With face distorted, anxious eye,
Who call themselves the wise and knowing,
Yet ever pass this treasure by!
One man believes that he has found it,
And what he has is nought but gold;
One takes the world by sailing round it:
The deed recorded, all is told!
One man runs well to gain the laurel;
Another, in Victory's fane a niche:
By different Shows in bright apparel
All are befooled, not one made rich!
Hath He not then to you appeared?
Have ye forgot Him turning wan
Whose side for love of us was speared--
The scorned, rejected Son of Man?
Of Him have you not read the story--
Heard one poor word upon the wind?
What heavenly goodness was his glory,
Or what a gift he left behind?
How he descended from the Father,
Of loveliest mother infant grand?
What Word the nations from him gather?
How many bless his healing hand?
How, thereto urged by mere love, wholly
He gave himself to us away,
And down in earth, foundation lowly,
First stone of God's new city, lay?
Can such news fail to touch us mortals?
Is not to know the man pure bliss?
Will you not open all your portals
To him who closed for you the abyss?
Will you not let the world go faring?
For Him your dearest wish deny?
To him alone your heart keep baring,
Who you has shown such favour high?
Hero of love, oh, take me, take me!
Thou art my life! my world! my gold!
Should every earthly thing forsake me,
I know who will me scatheless hold!
I see Thee my lost loves restoring!
True evermore to me thou art!
Low at thy feet heaven sinks adoring,
And yet thou dwellest in my heart!

XII.
Earth's Consolation, why so slow?
Thy inn is ready long ago;
Each lifts to thee his hungering eyes,
And open to thy blessing lies.
O Father, pour him forth with might;
Out of thine arms, oh yield him quite!
Shyness alone, sweet shame, I know,
Kept him from coming long ago!
Haste him from thine into our arm
To take him with thy breath yet warm;
Thick clouds around the baby wrap,
And let him down into our lap.
In the cool streams send him to us;
In flames let him glow tremulous;
In air and oil, in sound and dew,
Let him pierce all Earth's structure through.
So shall the holy fight be fought,
So come the rage of hell to nought;
And, ever blooming, dawn again
The ancient Paradise of men.
Earth stirs once more, grows green and live;
Full of the Spirit, all things strive
To clasp with love the Saviour-guest,
And offer him the mother-breast.
Winter gives way; a year new-born
Stands at the manger's alter-horn;
'Tis the first year of that new Earth
Claimed by the child in right of birth.
Our eyes they see the Saviour well,
Yet in them doth the Saviour dwell;
With flowers his head is wreathed about;
From every flower himself smiles out.
He is the star; he is the sun;
Life's well that evermore will run;
From herb, stone, sea, and light's expanse
Glimmers his childish countenance.
His childlike labour things to mend,
His ardent love will never end;
He nestles, with unconscious art,
Divinely fast to every heart.
To us a God, to himself a child,
He loves us all, self un-defiled;
Becomes our drink, becomes our food--
His dearest thanks, a heart that's good.
The misery grows yet more and more;
A gloomy grief afflicts us sore:
Keep him no longer, Father, thus;
He will come home again with us!

XIII.
When in hours of fear and failing,
All but quite our heart despairs;
When, with sickness driven to wailing.
Anguish at our bosom tears;
Then our loved ones we remember;
All their grief and trouble rue;
Clouds close in on our December
And no beam of hope shines through!
Oh but then God bends him o'er us!
Then his love comes very near!
Long we heavenward then--before us
Lo, his angel standing clear!
Life's cup fresh to us he reaches;
Whispers comfort, courage new;
Nor in vain our prayer beseeches
Rest for our beloved ones too.

XIV.
Who once hath seen thee, Mother fair,
Destruction him shall never snare;
His fear is, from thee to be parted;
He loves thee evermore, true-hearted;
Thy grace remembered is the source
Whereout springs hence his spirit's highest force.
My heart is very true to thee;
My ever failing thou dost see:
Let me, sweet mother, yet essay thee--
Give me one happy sign, I pray thee.
My whole existence rests in thee:
One moment, only one, be thou with me.
I used to see thee in my dreams,
So fair, so full of tenderest beams!
The little God in thine arms lying
Took pity on his playmate crying:
But thou with high look me didst awe,
And into clouds of glory didst withdraw.
What have I done to thee, poor wretch?
To thee my longing arms I stretch!
Are not thy holy chapels ever
My resting-spots in life's endeavour?
O Queen, of saints and angels blest,
This heart and life take up into thy rest!
Thou know'st that I, beloved Queen,
All thine and only thine have been!
Have I not now, years of long measure,
In silence learned thy grace to treasure?
While to myself yet scarce confest,
Even then I drew milk from thy holy breast.
Oh, countless times thou stood'st by me!
I, merry child, looked up to thee!
His hands thy little infant gave me
In sign that one day he would save me;
Thou smiledst, full of tenderness,
And then didst kiss me: oh the heavenly bliss!
Afar stands now that gladness brief;
Long have I companied with grief;
Restless I stray outside the garden!
Have I then sinned beyond thy pardon?
Childlike thy garment's hem I pull:
Oh wake me from this dream so weariful!
If only children see thy face,
And, confident, may trust thy grace,
From age's bonds, oh, me deliver,
And make me thine own child for ever!
The love and truth of childhood's prime
Dwell in me yet from that same golden time.

XV.
In countless pictures I behold thee,
O Mary, lovelily expressed,
But of them all none can unfold thee
As I have seen thee in my breast!
I only know the world's loud splendour
Since then is like a dream o'erblown;
And that a heaven, for words too tender,
My quieted spirit fills alone.


[The end]
George MacDonald's poem: Translations From Novalis: Spiritual Songs

Friday, October 3, 2014

Biografías


Johann Gottlieb Fichte
Filósofo y pedagogo
1762/05/19 - 1814/01/29
Johann Wolfgang von Goethe
Poeta, novelista y dramaturgo alemán
1749/08/28 - 1832/03/22
Friedrich von Schelling - Friedrich Schelling
Filósofo alemán
1775/01/27 - 1854/08/20
Ludwig Tieck
Escritor alemán
1773/05/31 - 1853/04/28
Johann Gottfried von Herder
Filósofo y crítico literario alemán
1744/08/25 - 1803/12/18
August Wilhelm von Schlegel
Crítico y traductor alemán
1767/09/05 - 1845/05/12
Friedrich Hölderlin - Friedrich Holderlin
Poeta aleman
1770/03/20 - 1843/06/07
Friedrich Schlegel - Friedrich von Schlegel
Crítico y filósofo alemán
1772/03/10 - 1829/01/12
Caspar David Friedrich
Pintor alemán
1774/09/05 - 1840/05/07
Friedrich Schiller - Friedrich von Schiller
Poeta, dramaturgo y filósofo alemán
1759/11/10 - 1805/05/09
Bertolt Brecht
Poeta y dramaturgo alemán
1898/02/10 - 1956/08/14
Georg Wilhelm Friedrich Hegel
Filósofo alemán
1770/08/27 - 1831/11/14
Novalis - Friedrich Leopold von Hardenberg
Poeta alemán
1772/05/02 - 1801/03/25

Poesía alemana: Novalis

Himnos a la noche

(Poesía)

de


Filigrana2.png
Índice

I - II - III - IV - V - VI



paper, with all ten etchings hand-signed by the artist.

Felix Meseck, Hymnen an die Nacht I
Etching, 1919


Felix Meseck, Hymnen an die Nacht II
Etching, 1919

Felix Meseck, Hymnen an die Nacht IV
Etching, 1919

Felix Meseck, Hymnen an die Nacht V
Etching, 1919

Felix Meseck, Hymnen an die Nacht VI
Etching, 1919

Felix Meseck, Hymnen an die Nacht VII
Etching, 1919

Felix Meseck, Hymnen an die Nacht IX
Etching, 1919

2011  Dark night of the soul: the art of Felix Meseck

 

 

Friedrich Leopold von Hardenberg, Novalis, es uno de los poetas alemanes que inauguran el romanticismo desde una sentimentalidad atravesada por una religiosidad cristiana casi pagana y una aspiración de trascendencia todavía no ahogada por el yo. Es más, estos poemas son un canto a la conciliación entre el yo y el no-yo, entre las dimensiones visibles e invisibles; son expresión del deseo de superar las dualidades que tensan la realidad del mundo recurriendo al poder armonizador del amor.
Organizados siguiendo las etapas finales de la vida del poeta - Poemas de Freiberg,, Poemas del regreso y Poemas de la novela Heinrich von Ofterdingen- estos «poemas tardíos» parten de la conmoción espiritual que le provoca la muerte de Sofía von Kühn, su novia adolescente, y evolucionan hacia la configuración de una idea del mundo y de su realidad en la que, sorprendentemente para un espíritu romántico, el yo se diluye en comunión con la naturaleza. Esta comunión resultará clave para  hallar el conocimiento y constatar que «los tiempos desdichados» que se viven son una etapa intermedia entre las edades doradas del pasado y del futuro. En dicha etapa el hombre en general y el poeta en particular sienten la extrañeza del mundo, pero éste perfila su extranjeridad con los mismos trazos que, más de un siglo más tarde, la definirán los existencialistas [pienso ahora en Camus]. No en vano sus maestros Fichte y Schiller lo habían introducido en la filosofía kantiana a través de la cual había entrevisto que en la disociación entre el sujeto y el objeto estaba el origen de la angustia.  Una angustia que intuyó podía salvarse mediante la fuerza generadora del amor inspirado por Dios y que se manifiesta a través de ese «signo misterioso», la palabra poética [Y en esa sola ola / entramos con misterio / en el mar de la vida, / en la hondura de Dios. / Y de su seno fluimos / de nuevo a nuestro círculo, / y la pasión más alta / se hunde en nuestro propio torbellino (...) Desde el húmedo fondo del abismo, / desde tumbas y ruinas, / ascender hacia el mundo de color de la fábula, / con las rosas del cielo brillando en las mejillas.
Para Novalis, como apunta Antonio Pau, el poeta es el encargado de «desenmascarar las discordias y dualidades del mundo» y quien puede restaurar la armonía, pues una sola palabra secreta / desterrará las discordancias de la tierra entera y hará que se fundan entre sí los elementos, los corazones y las ondas de la vida. Este posicionamiento poético de Novalis es uno de los elementos más notables de un romanticismo que exalta el orden de la vida y el gozo de vivirlo a pesar de los tiempos desdichados, que no teme ni se regodea en la muerte, de la que dice irónicamente que de ella ninguno hay que se queje, ni en la angustia, a la que tiene por mensaje del mal. Un romanticismo cuyo yo poético trasciende el yo autobiográfico en aras de una poesía significativa y universal. [...] Vuestros hilos, en mi rueca, / se convertirán en uno. / Ha terminado el rencor: / vuestras vidas serán una. // Cada cual vivirá en todos, / y todos vivirán en uno. / Porque un mismo corazón / latirá en sólo una vida. // Ahora sois tan sólo alma, / ensoñamiento y hechizo. / Id corriendo hacia las Parcas, / ya podéis burlaros de ellas.
Novalis es, junto a Rimbaud, un ejemplo de breve e intenso fulgor poético. Ambos murieron muy jóvenes. El francés, quien a los veinte años ya había escrito su obra, murió a los treinta y siete víctima de la gangrena que le produjo el dinero que llevaba en la cintura producto de la trata de esclavos, y el alemán a los veintinueve, a causa de la turberculosis prometiendo en su lecho de muerte: «cuando mejore, os vais a dar cuenta por primera vez de lo que es la poesía». Palabras que explican en cierto modo la madurez de estos poemas que Antonio Pau llama «tardíos» por corresponder a los años finales de la vida del poeta. Ellos, como bien dice Pau en la introducción de estas magníficas edición y traducción, son «los más valiosos y originales; los que revelan con toda nitidez la visión -personalísima dentro del movimiento romántico- que Novalis tenía del mundo».

 


Thursday, October 2, 2014

VOCACIÓN DE POETA



Las orillas del Ganges oyeron el triunfo
del dios de la alegría, cuando vino del Indo
conquistándolo todo, despertando a los pueblos
de su sueño, con vino sagrado, el joven Baco.

Y tú, ángel del día, ¿no vas a despertar
a quienes aún duermen? De leyes, danos vida,
maestro, sé vencedor, porque sólo tú tienes
derecho de conquista, como Baco.

No es el destino o la preocupación del hombre,
en las casas o a cielo abierto,
cuando, aunque el hombre es más noble que el animal,
se defiende y se nutre, ¡se trata de otra cosa,

el afán y cuidado del poeta encomendada!
Se trata del Supremo, a quien pertenecemos,
para que lo perciba, con canto siempre nuevo,
más cerca el amistoso corazón.

Y sin embargo, oh todos vosotros, Celestiales,
oh fuentes y riberas, oh montañas y sotos,
donde llegó a nosotros, prodigioso, al principio,
e inolvidable, como tirando del cabello,

el genio inesperado, el creador y divino;
de modo tal, que nos quedamos mudos
y nuestros huesos retemblaron
como tocados por un rayo;

¡oh incesantes sucesos de este mundo tan amplio!
Oh, días del destino, irresistibles, cuando
el dios ensimismado se dirige hacia donde,
ebrios de ira, le llevan gigantescos corceles;

¿vamos a silenciaros? Y cuando la armonía
del año silencioso en nosotros resuena,
¿ha de sonar igual que, atrevido, un niño,
Jugueteando, tocara la sagrada,

la pura lira del maestro?
¿Para eso has escuchado, poeta, a los profetas
del Oriente y los cantos de los griegos
y al trueno, últimamente, para usar al espíritu

en tu servicio, despreciando
la presencia del bueno, ignorando al sencillo
con burlas, sin piedad y, como en juego,
aprovecharte de él como bestia cautiva?

Hasta que, exasperado por furioso aguijón
se acuerde de su origen, y llame para que
el mismo maestro acuda y exánime te deje
con mortíferas flores ardorosas.

Hace ya demasiado que se usa a lo divino
y se ridiculiza las fuerzas celestes,
y utiliza a los buenos por placer, sin dar gracias,
una estirpe taimada; se jacta de saber

el tiempo en que el Supremo les cultiva los campos,
cuando hay luz, y el autor del trueno, y va acechando
a todos con su catalejo y cuenta y da nombre
a los astros del cielo.

Mas el Padre nos cubre los ojos con sagrada
noche, y así podemos permanecer. No ama
la inocencia. Pues nunca ha doblegado
al cielo lo violento.

Aunque tampoco es bueno ser demasiado sabio.
La gratitud le reconoce, mas no puede
retenerlo ella sola, y es bueno que un poeta
se reúna con otros que a comprender le ayuden.

Mas permanece el hombre, como debe, sin miedo,
a solas ante Dios, su candor le protege
y no precisa armas ni argucias, en tanto
que la ausencia de Dios no acude en su socorro.


Antología poética. Ed. Cátedra.



Notas sobre VOCACIÓN DEL POETA

A propósito de cierta contemporaneidad de Hölderlin



Toda reflexión o creación sobre lo sagrado tiene una parte de profanación, una gran parte. No se puede entrar al terreno de lo absoluto, de lo inconmensurable, de lo terrible, de lo innombrable, para hacerlo accesible, sin  limitarlo, sin empobrecerlo, sin profanarlo. El arte o el pensamiento juegan con esta aporía. Por eso pecan de pretenciosos. Por eso, también, a veces llegan al silencio, al límite, a la reverencia. Andrzej Rubleiev, el personaje de Tarkovsky, decide callar, decide silenciar su arte. En parte, es la imposibilidad de expresar lo divino, en parte es la duda sobre el sentido de hacerlo en tiempos de barbarie. El silencio del anacoreta, un hombre del siglo XV recreado en el XX, nos recuerda la locura silenciosa de Hölderlin, un hombre del tránsito del XVIII al XIX. En el trasfondo de su arte y de su silencio, la dialéctica entre lo sagrado y lo profano, el esfuerzo de aprehensión y de transmisión de lo divino. 

VOCACIÓN DEL POETA nos ofrece una síntesis de las líneas generales de la poética hölderliniana. La polisemia alemana de “vocación” nos permite considerar varios sentidos: el de misión, el de oficio, el de llamada o vocación. En sí misma, la palabra encierra esa dialéctica de la que hablamos. El poeta es un artesano, un elegido, un profeta, una voz que ha oído. El canto parte del vibrar de una armonía en el poeta, de una revelación. La poética hölderliniana es primordialmente teológica, una poética que se halla a mitad de camino de la de William Blake –el sujeto que se enfrenta a una visión, que encuentra al Objeto en su camino- y de la de Rainer María Rilke –el sujeto que siente la necesidad de una plegaria, que crea su propio Objeto-. Hölderlin es llamado a un mundo al que intentará expresar, dar forma, en su obra, y al cual acabará entregándose definitivamente. El solipsismo como un premio o un castigo.

La dialéctica entre lo sagrado y lo profano es consustancial con una visión trascendente de lo divino. Dentro del universo cristiano, que es el del cual parte Hölderlin, es una cuestión central en su reflexión teológica, especialmente cuando haya que marcar los límites de esa dialéctica con el avance de la secularización. Para San Agustín, con una visión teocéntrica  de la realidad, la dialéctica no era tal sino una lucha entre dos ciudades. Santo Tomás de Aquino opta por precisar los límites, reconociendo la relativa autonomía de lo profano, de lo secular. Hay un juego de equilibrios con una subordinación evidente, una línea que mantiene la Iglesia Católica hasta la actualidad, al menos en su discurso oficial. La Reforma protestante significa una vuelta a San Agustín en parte, a una visión de lo profano como un reflejo de la voluntad divina –pensamos en la predestinación calvinista o en la salvación por la fe luterana-. La crítica racionalista del siglo XVIII pone el acento en las dificultades para acceder a lo divino, manifiesto en el carácter de “versión” que se le asigna a las Sagradas Escrituras. El irracionalismo teológico –el pietismo, por ejemplo-, aunque pueda parecer lo contrario, completa esta actitud, decantándonse por el sentimiento como base de la práctica religiosa. En cualquier caso, hay una dialéctica que se mantiene. La modernidad intenta varias respuestas frente a esta cuestión: el mantenimiento de la dialéctica –clave para entender y aceptar la secularización y la presencia de lo sagrado y de sus instituciones-, el arrinconamiento de lo sagrado en la esfera individual –la respuesta de un liberalismo agnóstico-, o la negación de lo sagrado –que sería el caso del materialismo-, que por sí mismo supone la eliminación de la dialéctica.

La crítica teológica del siglo XVIII abre varios caminos. Por un lado, confirma la secularización. Por otro, pone de manifiesto el proceso de descristianización en importantes círculos intelectuales –la descristianización masiva es obra del siglo XIX pero sobre todo del XX-. Este proceso deja a la vista un vacío en cuanto a la percepción de lo sagrado. Los parámetros cristianos parecen revelarse insuficientes o agotados o no acordes con la nueva sensibilidad que se está desarrollando, lo que implica una búsqueda de nuevos parámetros, de nuevas creencias. El resultado: un creciente pluralismo y eclecticismo religiosos.

La poética de Hölderlin nace en este contexto, y  no rehuye un posicionamiento frente a la dialéctica entre lo sagrado y lo profano, al menos como se venía entendiendo en el marco del cristianismo. Supone un rechazo de la misma, distinto del reaccionario –que se ampara en la tradición para negar la mayor autonomía del mundo profano-, y también del progresista –más conectado con el agnosticismo, para el cual la dialéctica tiene un sentido mínimo-. La búsqueda de Hölderlin se orienta a superar la dialéctica por la superación de los marcos en que se ha desenvuelto, por la revelación de una nueva forma de lo sagrado, donde la dialéctica no es posible porque ambos términos se hacen innecesarios, y la realidad, toda la realidad –la empírica y la intangible- es parte de un proceso único, unificador. El poema nos permite aproximarnos a las líneas generales de la búsqueda del poeta.



 
El adormecimiento y la manipulación parecen ser la actitud más frecuente de los hombres frente a lo divino. Ya lo dice al comenzar el poema:

Las riberas del Ganges oyeron el triunfo
del dios de la alegría, del joven Baco, cuando
desde el Indus vino conquistándolo todo,
trayendo el sagrado vino, despertando
a todos los pueblos de su adormecimiento.

¡Tú, ángel del día, no despertarás
a los que todavía dormitan!

El adormecimiento de los pueblos que encuentra el dios venido de Oriente es comparable al de los tiempos actuales. Hölderlin salta rápidamente al tiempo presente. Hay una somnolencia, un dejarse dominar por los “afanes habituales”:


Poco importan la suerte y los afanes habituales

de los mortales en casa o bajo el cielo,
aunque el hombre se alimente y defienda
con más dignidad que el animal.

 Esos “afanes habituales” pueden aludir a la moral de la productividad, a la trampa del día a día dominado por la idea de subsistencia y de comodidad –aunque con esto estamos haciendo una lectura de Hölderlin desde la era del confort-, o al mero dejarse atrapar por el mecánico devenir de los días.

La manipulación es más peligrosa, conlleva una maldición, y Hölderlin no duda en proferirla:

Hace ya demasiado tiempo que usa a lo divino
para toda cosa; una ingrata y taimada raza
abusa de las fuerzas bienhechoras del cielo
y cree saber la hora

en que el Altísimo predispone el suelo
y la luz de los días y el dios tonante.
Y con sus catalejos espían y numeran
Y ponen  nombres a las estrellas del cielo.

Dos críticas a la vez: a la racionalidad puramente instrumental, la del mundo industrial que se desarrolla ante sus ojos; y a la gestión de lo divino por parte de la institución sacerdotal.  El “poner nombre a las estrellas del cielo”, que es un don de Dios al primer hombre, se ha convertido en una reducción de dichas estrellas a eso: a meras estrellas, a un despojamiento del espíritu, a una visión estrictamente empírica y matemática de la realidad. La ciencia moderna, con todo lo que supone de racionalidad instrumental, se convierte en un punto neurálgico de la crítica a la sociedad de su tiempo. La de la casta sacerdotal nos recuerda a la de Empédocles, de su  LA MUERTE DE EMPÉDOCLES:

/.../ sentí sin duda, en mi temor,
que pretendíais reducir a un vulgar culto
el libre amor del corazón a Dios,
y que yo había de entrar en vuestros manejos.
¡Fuera! No puedo ver ante mí al hombre
que ejerce lo sagrado como industria.
Su rostro es falso, y frío, y muerto,
como lo son sus dioses.

Se vislumbra la “muerte de Dios”, proclamada por Niezsche al final del siglo que Hölderlin abre.

La “industria”, vista como la autosuficiencia y la pretensión de absoluta soberanía del hombre, el entregarse a una actividad que se satisface en sí misma, que niega a la naturaleza y que anula al cosmos como tal para reducirlo a maquinaria, ya de los objetos, ya de las ideas. La reivindicación del cosmocentrismo por parte de Hölderlin lo pone totalmente en oposición al antropocentrismo  moderno.

Ante este diagnóstico, la misión del poeta es la evocación-invocación de lo divino, el canto que lo celebra:

/.../Se trata

de otra cosa, que fuera confiada a los poetas.
Solamente del Supremo dependemos;
y es menester que le cantemos siempre nuevos himnos
para que el pecho amante lo sienta más cercano.

La recuperación del poeta como mediador entre los hombres y los dioses, la figura del vate, que nos remite a la Grecia arcaica. La otra fuente, sin duda secundaria,  de la misión del poeta es la profética del mundo oriental, pero aquí Hölderlin se aleja del paradigma veterotestamentario a favor del celebrante báquico, pero sobre todo del profeta de las religiones arcaicas. A Nietzsche le tocará llevar a pleno la reivindicación de Baco-Dionisos.

 El impulso de esa misión es su propia experiencia de la revelación, la dada por la misma naturaleza, también una fuente:

/.../de vosotras, fuentes, riberas, bosques y alturas,
donde por vez primera, en días de inolvidable
maravilla, apresándonos por los cabellos

se apoderó de nosotros imprevistamente
el Genio creador y divino; instantes
en que nos quedamos anonadados y nuestros huesos
estremeciéronse como tocados por el rayo /.../

La obra hölderliniana es una permanente vuelta al momento de la revelación, al mundo originario al que intenta mantenerse fiel, del cual se hace celebrante y anunciante. La religiosidad que exalta el poeta parte de esa deificación del mundo natural, del sagrado vino de Baco, muy diferente del vino del sacrificio cristiano, un vino que es fiesta, celebración, embriaguez. La idea de armonía, de integración es clave en este sentido.

A la imagen del “sagrado vino”, que es la de la integración, podemos agregar otra, que  nos lleva a otro tipo de experiencia mítica, que conecta de alguna manera con la tradición mística occidental,  la de la “sagrada noche”:

Mas, para que podamos mantenernos, el Padre

cubre nuestros ojos con la sagrada noche.

Odia la insolencia. Nunca con la violencia

se ha  conquistado el cielo.

Tampoco conviene ser demasiado juicioso.
La gratitud llega hasta Dios.

La pretensión hegemónica del intelecto termina siendo una violencia, una negación de una realidad más amplia que la de las categorías mentales, la trampa del juicio. Abandonar el juicio, que es la audacia para enfrentar la noche del alma. La gratitud que supone una entrega, una donación, un estado de disponibilidad del hombre que se corresponde con el de la naturaleza. La “sagrada noche”, donde cuentan la visión o la audición, no el logos instrumental. El abandono tras los cabellos apresados por el Genio creador y divino.

Inicialmente una responsabilidad de cara a la revelación recibida:

¿Para eso has escuchado, oh poeta,
a los profetas de Oriente, los himnos griegos
y, más recientemente, los truenos?

¿Para esclavizar al Espíritu, para desdeñar, presuroso,
los bienes del siglo? ¿Para que lo reniegues,
lo afrentes y trates de loco? ¿Para imponerle
mercenarios jugueteos e incitarlo al baile
como si fuera un animal de circo?

El riesgo de caer en la propia manipulación del Espíritu o de preferir dejarlo sólo como un don para sí mismo. En este punto, es donde entra la responsabilidad social del poeta, un tema que Hölderlin trabaja a lo largo de toda su obra. Nos dice en VOCACIÓN DEL POETA:

La gratitud llega hasta Dios. Pero no puede
por sí misma retener su imagen. Para entenderlo,
es bueno que un poeta con la gente se asocie.


 
Aquí el poeta, un extranjero entre sus contemporáneos, un exiliado, vuelve hacia los hombres para mostrarles lo divino. La pretensión de “asociarse con la gente” es un conflicto de casi imposible solución. El poeta hölderliniano, ya sea Hiperión o Empédocles o la voz narrativa de los poemas, debe enfrentarse con la indiferencia, la oposición frontal o el fracaso. En VOCACIÓN DEL POETA, basta la “asociación”, un estar atento entre los otros hombres, más que la misión pedagógica o política. La obra de Hölderlin va desde el extrañamiento hasta la fallida empresa de actuar en lo social y desde allí hacia un encerramiento mucho  más marcado en su propio mundo, un mundo en el que parece haber encontrado finalmente su “patria”. La locura quizás haya sido la fachada de esa patria.

El poema cierra, precisamente, con la soledad:

Pero el hombre puede quedarse, cuando es preciso,
solo frente a Dios. Su candor lo protege.
Y  no necesita armas ni argucias, hasta el momento
en que la ausencia de Dios lo ayude.

Con esta estrofa, entramos al terreno de la religiosidad personal, que es donde la contemporaneidad de Hölderlin se hace evidente. La “soledad frente a Dios”, ese cara a cara - distinto del cara a cara de un profeta, de Moisés frente a la zarza ardiente, que es una preparación o un llamado para su misión-, que es el de un hombre en su intimidad, en su interioridad, fuera del marco de la religiosidad pública, fuera de cualquier gestión de lo divino, fuera del ritual o la liturgia, fuera de cualquier lectura, fuera de cualquier forma de feligresía, un cara a cara que es mirarse el propio rostro y descubrir lo divino, un quedarse ante la presencia de lo terrible y de lo inmensamente consolador con las propias armas, que no son otras que las del despojamiento del yo y la inmersión en un Todo, idéntico y diferente a la vez. El “candor”, la inocencia, la postura de niño, de asombro, de sorpresa, de unión de lo emocional y lo intelectual, es la condición sine qua non de esa experiencia. Aquí no hay Dios terrible ni Dios misericorde encarnado, hay una presencia en la que el hombre se integra. Hay una conexión con religiosidades orientales, con una visión mística inmanente de lo divino y lo humano, mediada siempre por la idea de naturaleza y con un yo que no se anula del todo. No hay nirvana, hay fusión. Hay despojamiento pero no llega a la idea de vacuidad del budismo, por ejemplo. Tampoco hay un voluntarismo al estilo Schopenhauer. El mundo no es una representación, sino una realidad.

Hölderlin, invocando los dioses de la Grecia arcaica –dioses que son más fuerzas que personajes antropomórficos- está reflejando una religiosidad de nuevo cuño. Precisamente, en este final-comienzo de siglo en que vivimos, en medio del entrecruzamiento de la renovación de los discursos religiosos tradicionales como respuesta a la hegemonía del capitalismo hedonista neoliberal, con la exploración de discursos religiosos alternativos menos “duros” como una especie de salida personal o de grupo, una visión como la de Hölderlin, sin duda excéntrica en sus tiempos, tiene mayor cabida.

Otro punto que no podemos pasar por alto es el de la “ausencia de Dios”, donde también conecta con la religiosidad contemporánea pero en uno de sus aspectos más trágicos. La “ausencia de Dios” es un tema clave de la experiencia mística, de ese abandono que es la condición previa para el encuentro, para la unión con lo divino. En este tema, los elementos cristianos de la poética hölderliniana están presentes con más claridad. Podríamos pensar en el “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?” del Cristo del Calvario, o en la “noche del alma” de San Juan de la Cruz. Se nos hace imposible ignorar la teología después –o mientras- el horror de Auschwitz. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer se pregunta por la “muerte de Dios”, no en la visión nietzscheana de una cosmovisión falaz y agotada, sino en la angustia por el “silencio” de Dios ante las atrocidades del totalitarismo. El existencialismo cristiano también juega un poco en esa dirección. Hay una percepción del agotamiento de la forma tradicional de representar lo divino y la necesidad de buscar nuevas posibilidades, con la consiguiente influencia en la praxis de los militantes cristianos. Los sesenta y setenta del siglo XX están repletos de indagaciones en este sentido. La búsqueda de una nueva religiosidad, incluso dentro de los parámetros, cada vez más amplios eso sí -y menos institucionalizados-, del cristianismo conduce directamente a la teología de la liberación y a otras líneas del llamado progresismo cristiano, e incluso a un acercamiento con formas de misticismo correspondientes a otras tradiciones. Pensamos en Thomas Merton o en Teilhard de Chardin. La “agonía” del cristianismo contemporáneo se alimenta de una visión trágica, de una desconfianza por lo institucional, del diálogo interreligioso. Pero nos hemos alejado algo de Hölderlin.

No vamos a considerarlo una especie de “progresista cristiano” avant la léttre. Sería absurdo. Hölderlin salta los parámetros del cristianismo, los disuelve en beneficio de una nueva visión del mundo, la propia, ambiciosa sin duda, pero reducida a su propia experiencia vital. Tras el abandono de la pretensión profética o misionaria, que nunca pasó por cierto de un constructo intelectual, queda la soledad y la propia mitología.

Mencionamos a Rilke antes. En 1910, le escribe a Adelmira Romanelli:

Rezar... ¿a quién? No sabría decírselo. La plegaria es una irradiación de nuestro ser súbitamente incendiado, un rumbo infinito, sin meta, un paralelismo brutal de todas nuestras aspiraciones, que atraviesan el universo sin llegar a ninguna parte. Oh, qué lejos me sé esta mañana de esos avaros que antes de rezar preguntan si Dios existe. ¿Qué importa si ya ha dejado de existir o no existe todavía? Mi plegaria lo hará posible, pues es toda creación hasta el punto de lanzarse hacia los cielos. Y si el Dios que ella proyecta no trasciende: mucho mejor: habrá que crearlo de nuevo, por lo que estará menos usado para la eternidad.

Hölderlin responde a la pregunta con su propia mitología, con su Grecia rediviva. Todavía necesita a los dioses. Estar solo y sin dioses, es la muerte, había dicho en el EMPÉDOCLES. Por eso pueden ausentarse, pero ocasionalmente. Su presencia envuelve  a los hombres.

El Andrzej Rubleiev de Tarkovsky y Hölderlin concluyen en el silencio. Abdican de cualquier posible traducción. Nos dejan a nosotros con nuestra propia experiencia de lo inefable. Donde acaban las palabras. Donde empieza el misterio.





Bibliografía

Baumer, Franklin, EL PENSAMIENTO EUROPEO MODERNO. CONTINUIDAD Y CAMBIO EN LAS IDEAS, 1600-1950. México, FCE, 1985.
Bonhoeffer, Dietrich, RESISTENCIA Y SUMISIÓN. Salamanca, Sígueme, 1983.
Heer, Friedrich, EUROPA, MADRE DE REVOLUCIONES. Madrid, Alianza, 1980.
Hölderlin, Friedrich, HIPERIÓN O EL EREMITA EN GRECIA. Madrid, Hiperión, 2003.
------------------------, LA MUERTE DE EMPÉDOCLES. Barcelona, El Acantilado, 2001.
------------------------, POESÍA COMPLETA. Barcelona, Ediciones 29, 1982.
Rilke, Rainer María, CARTAS A UNA AMIGA VENECIANA. Madrid, Hiperión, 1993.
Toynbee, Arnold, EL HISTORIADOR Y LA RELIGIÓN. Buenos Aires, Emecé, 1958.
---------------------, EL CRISTIANISMO ENTRE LAS RELIGIONES DEL MUNDO. Buenos Aires, Emecé, 1960.
Vattimo, Gianni, CREER QUE SE CREE. Barcelona, Paidós, 1996.


Anexo:
VOCACIÓN DEL POETA (traducción de Ediciones 29)

Las riberas del Ganges oyeron el triunfo
del dios de la alegría, del joven Baco, cuando
desde el Indus vino conquistándolo todo,
trayendo el sagrado vino, despertando
a todos los pueblos de su adormecimiento.

¡Tú, ángel del día, no despertarás
a los que todavía dormitan! Danos leyes
y danos vida, oh Maestro, tú
que como Baco tienes derecho a la conquista.

Poco importan la suerte y los afanes habituales
de los mortales en casa o bajo el cielo,
aunque el hombre se alimente y defienda
con más dignidad que el animal. Se trata

de otra cosa, que fuera confiada a los poetas.
Solamente del Supremo dependemos;
y es menester que le cantemos siempre nuevos himnos
para que el pecho amante lo sienta más cercano.

Y, sin embargo, de todos vosotros los celestiales,
de vosotras, fuentes, riberas, bosques y alturas,
donde por vez primera, en días de inolvidable
maravilla, apresándonos por los cabellos

se apoderó de nosotros imprevistamente
el Genio creador y divino; instantes
en que nos quedamos anonadados y nuestros huesos
estremeciéronse como tocados por el rayo,

de vosotros, los hechos incesantes del vasto mundo,
días irresistibles del destino, cuando el dios
ensimismado en sus pensamientos conduce a la meta
a sus gigantescos corceles ebrios de furor,

¿de todos vosotros, pues, nada debemos decir?
Y cuando en nosotros vibra la armonía
de un  año monótono y tranquilo, ¿sólo este canto
nos es permitido, cual ocioso y presumido niño

que toca por juego la sagrada lira de su maestro?
¿Para eso has escuchado, oh poeta,
a los profetas de Oriente, los himnos griegos
y, más recientemente, los truenos?

¿Para esclavizar al Espíritu, para desdeñar, presuroso,
los bienes del siglo? ¿Para que lo reniegues,
lo afrentes y trates de loco? ¿Para imponerle
mercenarios jugueteos e incitarlo al baile
como si fuera un animal de circo?

Hasta que lo exasperen los dardos de la furia
y recordando entonces su origen, lance un grito
y el Maestro acuda, exánime te deje
bajo el fuego de las flechas mortales.

Hace ya demasiado tiempo que usa a lo divino

para toda cosa; una ingrata y taimada raza
abusa de las fuerzas bienhechoras del cielo
y cree saber la hora

en que el Altísimo predispone el suelo
y la luz de los días y el dios tonante.
Y con sus catalejos espían y numeran
Y ponen  nombres a las estrellas del cielo.

Mas, para que podamos mantenernos, el Padre
cubre nuestros ojos con la sagrada noche.
Odia la insolencia. Nunca con la violencia
se ha  conquistado el cielo.

Tampoco conviene ser demasiado juicioso.
La gratitud llega hasta Dios. Pero no puede
por sí misma retener su imagen. Para entenderlo,
es bueno que un poeta con la gente se asocie.

Pero el hombre puede quedarse, cuando es preciso,
solo frente a Dios. Su candor lo protege.
Y  no necesita armas ni argucias, hasta el momento
en que la ausencia de Dios lo ayude.