Thursday, May 24, 2012

Heideggeriana sobre Hölderlin iv

«Como cuando en día de fiesta...»
MARTIN HEIDEGGER
Traducción de José María Valverde, en HEIDEGGER, M., Interpretaciones sobre la poesía de Hölderlin, Barcelona, Ariel, 1983, pp. 69-96.

Hölderlin

WIE WENN AM FEIERTAGE...
Wie wenn am Feiertage, das Feld zu sehn
Ein Landmann geht, des Morgens, wenn
Aus heisser Nacht die kühlenden Blize fielen
Die ganze Zeit und fern noch tönet der Donner,
In sein Gestade wieder tritt der Strom,
Und frisch der Boden grünt
Und von des Himmels erfreuendem Reegen
Der Weinstok trauft und glänzend
In stiller Sonne stehn die Bäume des Haines

So stehn sic unter günstiger Witterung
Sie die kein Meister allein, die wunderbar
Allgegenwärtig erziehet in leichtem Umfangen
Die mächtige, die göttlichschöne Natur.
Drum wenn zu schlafen sie scheint zu Zeiten des Jahrs
Am Himmel oder unter den Pflanzen oder den Völkern,
So trauert der Dichter Angesicht auch,
Sie scheinen allein zu seyn, doch ahnen sie immer.
Denn ahnend ruhet sie selbst auch.

Jezt aber tagts! Ich harrt und sah es kommen,
Und was ich sah, das Heilige se¡ mein Wort.

Denn sie, sie selbst, die älter denn die Zeiten 

Und über die Götter des Abends und Orients ist,
Die Natur ist jezt mit Waffenklang erwacht,
Und hoch vom Äther bis zum Abgrund nieder
Nach vestem Geseze, wie einst, aus heiligem Chaos gezeugt,
Fühtl neu die Begeisterung sich,
Die Allerschaffende wieder.

Und wie im Aug' ein Feuer dem Manne glänzt,
Wenn hohes er entwarf: so ist
Von neuem an den Zeichen, den Thaten der Welt jezt
Ein Feuer angezündet in Seelen der Dichter.
Und was zuvor geschah, doch kaum gefiihlt,
Ist offenbar erst jezt,
Und die uns lächelnd den Aker gebauet,
In Knechtsgestalt, sie sind bekannt, die
Die Allebendigen, die Kräfte der Götter.

Erfrägst du sie? im Liede wehet ihr Geist,
Wenn es von der Sonne des Tags und warmer Erd
Entwacht, und Wettern, die in der Luft, und andern
Die vorbereiteter in Tiefen der Zeit
Und deutungsvoller, und vernehmlicher uns
Hinwandeln zwischen Himmel und Erd und unter den Völkern.
Des gemeinsament Geistes Gedanken sind,
Still endend in der Seele des Dichters.

Dass schnellbetroffen sie, Unendlichem
Bekannt seit langer Zeit, von Erinnerung
Erbebt, und ihr, von heilgem Stral entzündet,
Die Frucht in Liebe geboren, der Götter und Menschen Werk
Der Gesang, damit er beiden zeuge, glükt.
So fiel, wie Dichter sagen, da sie sichtbar
Den Gott zu sehen begehrte, sein Bliz auf Semeles Haus
Und Asche tödtlich getroffne gebahr,
Die Frucht des Gewitters, den heiligen Bacchus.

Und daher trinken himmlisches Feuer jezt

Die Erdensöhne ohne Gefahr.

Doch uns gebührt es, unter Gottes Gewittern,
Ihr Dichter! mit entblösstem Haupte zu stehen,
Des Vaters Stral, ihn selbst, mit eigner Hand
Zu fassen und dem Volk ins Lied Gehüllt die himmlische Gaabe zu reichen,
Denn sind nur reinen Herzens
Wie Kinder, wir, sind schuldlos unsere Hände.

Des Vaters Stral, der reine versengt es nicht
Und tieferschüttert, eines Gottes Leiden
Mitleidend, bleibt das ewige Herz doch fest.
COMO CUANDO EN DÍA DE FIESTA...
Como cuando en día de fiesta, a ver el campo
va un labrador, por la mañana, después
que en la noche tibia los rayos helados cayeron
sin cesar, y a lo lejos aún suena el trueno,
entra el río de nuevo en sus márgenes,
y fresco el suelo verdea,
y de la lluvia alegre del cielo
gotea la viña, y brillando
en el tranquilo sol se alzan los árboles del bosque

así estáis bajo un propicio tempero
vosotros, los que no educa ningún maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en leve abrazo,
la potente Naturaleza de hermosura divina.
Por eso cuando ella parece dormir, en ciertos tiempos del año,
allá en el cielo o entre las plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro de los poetas;
parecen estar solos, pero la presienten siempre.
Pues presintiéndose reposa ella misma.

Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.
Pues ella, ella misma, que, más antigua que los tiempos,
está por encima de los dioses del occidente y del oriente,
ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas,
y desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo,
según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos,
se siente de nuevo la animación,
de nuevo, la creadora de todo.

Y como en los ojos le brilla un fuego al hombre
cuando proyecta lo elevado, así
de nuevo, ante los signos y los hechos del mundo,
ahora se ha encendido un fuego en las almas de los poetas.
Y lo que ocurrió antes, pero apenas fue sentido,
ahora por primera vez se hace manifiesto,
y los que nos labraban sonriendo el campo,
en apariencia de siervos, son reconocidos,
los vivificadores, las fuerzas de los dioses.

¿Les preguntas? En la canción sopla su espíritu,
si con el sol del día y la cálida tierra
despierta, y las tormentas que van por el aire y otras
que, más preparadas en las honduras del tiempo,
y más henchidas de numen, y más significativas para nosotros,
marchan entre cielo y tierra y por entre los pueblos.
Del Espíritu común pensamientos son,
que terminan en silencio en el alma del poeta.

Para que súbitamente tocada ésta, conocedora
de lo infinito ha largo tiempo, sacudida
por el recuerdo e inflamada por sagrado rayo,
se logre el fruto nacido en el amor, la obra de los dioses y los hombres,
el cántico, que de ambos dé testimonio.
Así cayó según cuentan los poetas, su rayo en la casa
de Semele cuando ella anheló ver realmente al dios,
y, ceniza mortalmente tocada, parió
al fruto de la tormenta, al sagrado Baco.

Y por eso ahora beben fuego celestial
sin peligro los hijos de la tierra.
Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios,
¡oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta,
captar el rayo del Padre, a él mismo, con nuestra propia mano,
y entregar al pueblo, velados
en la canción, los celestes dones.
Porque sólo nosotros somos de corazón limpio
como los niños, y nuestras manos, son inocentes.

El puro rayo del Padre no lo consume
y sacudido en lo más hondo, compartiendo las penas
de un dios, sin embargo, el corazón eterno permanece firme
 
Este poema surgió el año 1800. Sólo ciento diez años después lo conocieron los alemanes. Norbert von Hellingrath fue el primero en dar una forma al poema partiendo de los esbozos manuscritos, y lo publicó en 1910. Desde entonces ha vuelto a pasar una edad de hombre. En estas décadas ha empezado la abierta subversión de la historia universal moderna. Su transcurso obliga a tomar decisiones sobre el futuro acuñamiento de la soberanía del hombre, que ha llegado a ser incondicionada, sometiendo en su totalidad el globo terráqueo. Pero el poema de Hölderlin aguarda todavía la interpretación.
El texto aquí presentado descansa, una vez examinado de nuevo según los esbozos en los primeros manuscritos, en el siguiente intento de interpretación.
Al poema le falta el título. El conjunto se divide en siete estrofas. Cada estancia, con excepción de la quinta y la séptima, consiste en nueve versos. En la quinta estrofa falta el verso noveno. La séptima estrofa, según la edición de Von Hellingrath, comprende doce versos. La edición Zinkernagel añade fragmentos de un esbozo anterior como octava estrofa.
La primera estrofa nos sitúa ante la presencia de un campesino que sale a las tierras en la mañana del día de fiesta. Entonces descansa el trabajo. Y el dios está más cerca de los hombres. El campesino verá cómo están los frutos después de la tormenta que, surgiendo de una cálida noche, ha amenazado la cosecha. Todavía el trueno que se aleja recuerda el susto. Pero el campo no está amenazado por ninguna inundación. La viña se alegra en la bendición de la bebida celeste. El bosque está bajo la tranquila luz del sol. El labrador sabe la constante amenaza a su hacienda por parte del tiempo, y sin embargo encuentra en todas partes la paz de lo gozoso. Confiadamente aguarda el futuro don del campo y de la viña. Los frutos y el hombre están resguardados en la merced que penetra tierra y cielo con su poder y conserva lo duradero.
Eso es lo que nombra la primera estrofa, casi como quisiera describir una imagen. Su último verso, ciertamente, termina con dos puntos. La primera estrofa se abre a la segunda. Al «como cuando...» del principio de la primera estrofa corresponde el «así...» con que arranca la segunda. El «como cuando...» «así...» alude a una comparación que, como un abrazo, mantiene en unidad la estrofa inicial con la segunda e incluso con todas las siguientes.
Como un campesino en su marcha, alegre por la preservación de su mundo, demorado en la linde del campo, «así están bajo un propicio tempero» ... los poetas. ¿Y qué favor les concede presentir lo favorable? El favor de ser aquellos que
...no educa ningún maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en leve abrazo,
la potente Naturaleza de hermosura divina.
El movimiento interior de estos tres versos se esfuerza hacia la palabra «la Naturaleza» y toma impulso desde ella. Lo que llama aquí Hölderlin todavía «Naturaleza» determina el poema entero hasta su última palabra. La Naturaleza «educa» a los poetas. La maestría y la enseñanza pueden sólo «aportar» algo. Por sí solas no son capaces de nada. Otra cosa debe educar de otro modo que el celo humano para un hacer humano. La Naturaleza «educa» «maravillosamente omnipresente». Está presente en todo lo real. La Naturaleza consiste en obra humana y destino de pueblos, en las constelaciones y los dioses, pero también en las piedras, plantas y animales, pero también en los ríos y en las nubes y tormentas. «Maravillosa» es la omnipresencia de la Naturaleza. Nuca se deja tocar en ninguna parte dentro de lo real como algo real individualizado. Lo omnipresente nunca es el resultado de la yuxtaposición de lo real aislado. Esto escapa a toda explicación por lo real. Lo omnipresente no se deja tampoco indicar a través de algo real. Ya presente impide inadvertidamente todo acceso diferenciado a ello. Cuando la iniciativa humana emprende eso o el obrar divino se ordena a ello, no hacen sino destruir lo sencillo de lo prodigioso. Esto escapa a todo manejo y sin embargo penetra todo con su presencia. Por eso la Naturaleza educa «en leve abrazo». Lo omnipresente no conoce la unilateralidad y la pesadez de lo meramente real, que al hombre unas veces le encadena, otras veces le empuja adelante, otras veces sólo le deja quieto, pero en todo caso le abandona en lo forzado de todo lo azaroso. El «leve abrazo» de la Naturaleza, sin embargo, no alude a una incapacidad de lo débil. La «omnipresente» significa, en efecto, «la poderosa». Pero ¿de dónde saca el poder, si ella es, ante todo, lo presente en todo? La Naturaleza no ha recibido todavía de ninguna parte un poder en herencia. Ella misma es lo que da poderes. La esencia del poder se determina a partir de la omnipresencia de la Naturaleza, que Hölderlin llama «la potente ... de hermosura divina». Poderosa es la Naturaleza, porque es divinamente hermosa. Así ¿se parece la Naturaleza a un dios o a una diosa? Si así fuera, entonces «la Naturaleza» -a pesar de que está presente en todo, incluso en los dioses- llegaría a medirse otra vez y todavía en lo «divino» y ya no sería la «Naturaleza». Ésta se llama la «hermosa» por ser la «maravillosamente omnipresente». La totalidad de su presencia no quiere decir el completo abarcar en muchedumbre todo lo real, sino el modo de regir penetrando precisamente también lo real, que parece excluir lo que según su índole es contrario. La omnipresencia mantiene enfrentadas las extremas contraposiciones del cielo más alto y del abismo más hondo. De ese modo permanece en tensión de oposiciones lo que se mantiene en relación mutua dentro de su contrariedad. Sólo así puede emerger lo contrario en la extrema agudeza de su otredad. Lo que aparece de tal modo hasta el extremo es lo que más aparece. Lo que así aparece es lo que encanta. Pero a la vez las contraposiciones se escapan a la mirada por la omnipresencia en la unidad de su copertenencia. Esa unidad no las deja extinguirse en el incoloro igualamiento, sino que las retoma para esa calma que irradia como tranquilo fulgor del fuego de la lucha, para que lo Uno sitúe a lo otro ahí fuera en la presencia. Esa unidad de la omnipresencia es lo que encanta. La Naturaleza omnipresente encanta y escapa a la mirada. Pero el «sobre-todo» del encantamiento y el escapar a la mirada es la esencia de lo bello. La belleza hace presente lo contrario en lo contrario, su relación enfrentada, en su unidad, y deja así también estar presente todo en todo a partir de la solidez de lo bien distinto. La belleza es la omnipresencia. Y «divinamente hermosa» se llama la Naturaleza porque un dios o una diosa siguen despertando sobre todo en su aparecer la apariencia del encantamiento y el escapar a la mirada. Pero en verdad no dominan sin embargo lo puramente bello; pues su aparecer por separado sigue siendo una aparición, porque el mero encantamiento («epifanía») parece escape a la mirada y el mero escape a la mirada (en la sumersión mística) se da como encantamiento. Pero el dios es capaz de la suprema apariencia de lo bello y por eso se acerca al máximo al puro aparecer de la omnipresencia.
La Naturaleza, poderosa por divinamente hermosa, por maravillosamente omnipresente, circunda a los poetas. Están insertos en ese abrazo en torno. Esa inserción sitúa a los poetas en el rasgo básico de su esencia. Tal situación es la educación. Ésta acuña del destino de los poetas:
Por eso cuando ella parece dormir,
en ciertos tiempos del año, allá en el cielo o entre las plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro de los poetas;
parecen estar solos, pero la presienten siempre.

Dormir es un modo de estar aparte, de ausencia. Pero ¿cómo podría «la Naturaleza» tomar el aspecto de lo ausente, si no se hiciera presente en los celestiales, en la tierra y su vegetación, en los pueblos y su historia? «En ciertos tiempos del año» parece dormir la omnipresente. «El año» quiere decir aquí a la vez el año de «los tiempos del año» y «los años de los pueblos, las edades del mundo. La Naturaleza parece dormir pero no duerme. Está despierta, pero despierta en el modo de la tristeza. Ésta se retrotrae de todo hacia la conmemoración de lo uno. Pero la rememoración de la tristeza queda cercana de lo que se le ha quitado y parece estar lejos. La tristeza no se hunde en el arrebato hacia lo meramente perdido. Deja volver una vez y otra a lo ausente. Por eso sólo parece que los poetas tristes estuvieran limitados en su individualización y encerrados en ella. No están «solos». En verdad «presienten siempre». El presentimiento piensa adelantándose hacia lo lejano, que no se aleja, sino que está viniendo. Pero como lo mismo que viene todavía descansa y se queda atrás en su inicialidad, el presentir lo que viene es sobre todo un pensar hacia delante y hacia atrás. Presintiendo así persisten los poetas en la pertenencia a la «Naturaleza»:
Pues presintiéndose reposa ella misma.
La Naturaleza descansa. Su descanso no significa de ningún modo el cese del movimiento. Descanso es el concentrarse en el comienzo presente en todo movimiento y en su venir. Por eso también la Naturaleza descansa también presintiendo. Está en sí, en cuanto piensa por adelantado en su venir. Su venir es en lo que llega a ser la omnipresencia y por tanto la esencia de la «omnipresente».
Sólo en cuanto hay quienes presienten, hay también quienes pertenecen y corresponden a la Naturaleza. Los que corresponden a la maravillosamente omnipresente, a lo poderoso, a lo divinamente hermoso, son «los poetas». ¿Qué poetas quiere decir Hölderlin? Aquellos que están bajo un propicio tempero. Sólo ellos persisten en corresponder a la Naturaleza que descansa presintiendo. A partir de esa correspondencia se decide como por primera vez el ser del poeta. «Los poetas» no son todos los poetas en general, ni tampoco cualquiera arbitrariamente. «Los poetas» son los que han de venir, cuyo ser se mide según su adecuación al ser de la «Naturaleza». Y lo que indica aquí esa palabra hace tanto tiempo conocida y luego desgastada en la equivocidad, «Naturaleza», sólo se debe determinar por este único poema.
Por lo demás, se encuentra «la Naturaleza» en las distinciones corrientes de «Naturaleza y arte», «Naturaleza y espíritu», «Naturaleza e historia», «Naturaleza y sobrenaturalidad». Así «Naturaleza» significa en cada caso un dominio separado de lo que es. Pero si se quisiera suponer «idéntica» la «Naturaleza» nombrada en este poema, con el «espíritu» en sentido de la «identidad» que por aquella misma época pensaba Schelling, el amigo de Hölderlin, entonces también se la malinterpretaría. Incluso lo que el mismo Hölderlin dice hasta este himno, incluso en el Hyperion y en los primeros esbozos de Empédocles, con la palabra «Naturaleza», se queda detrás de lo que ahora se nombra así como lo «maravillosamente omnipresente». A la vez, «Naturaleza» se hace ahora una palabra inadecuada en referencia a lo que viene, que ella debe nombrar. Que esta palabra «Naturaleza» sin embargo se haya dejado como palabra conductora de este poema, es a lo que hay que agradecer al resón de una fuerza legendaria, cuyo origen se remonta muy atrás.
Naturaleza, natura, se dice en griego fæsiw. Esta palabra es la palabra básica de los pensadores en el comienzo del pensamiento occidental. Pero ya la traducción de fæsiw por natura traslada algo posterior a lo inicial y pone algo enajenado en lugar de lo que sólo es propio del origen.
Fæsiw, fæein significa el crecer. Pero ¿cómo entienden los griegos el crecer? No como adición en masa, tampoco como «desarrollo», tampoco como el sucederse de un «devenir». Fæsiw es el brotar y surgir, el abrirse, que al abrirse, al mismo tiempo, retrocede en el brotar y por tanto se encierra en lo que da en cada ocasión a algo presente su presencia. Fæsiw, pensada como palabra básica, significa el brotar en lo abierto, el encender esa iluminación dentro de la cual es como algo puede ocurrir en absoluto, situarse en su perfil, mostrarse en su «aspecto» (eädow, äd¡a) por tanto estar presente en esto o en aquello. Fæsiw es el entrar dentro de sí abriéndose, y nombra la presencia de aquello que demora en un amanecer tan esenciador, como lo abierto. La iluminación de lo abierto, sin embargo, es perceptible del modo más puro en el pasaje de la transparencia de la claridad, en la «luz». Fæsiw es el surgir de la iluminación de la luz y por tanto el hogar y la morada de la luz. El brillar de la «luz» corresponde al fuego, es el fuego. Éste es sobre todo la claridad y el ardor. La claridad alumbra y es lo que da a todo aparecer lo abierto y a todo lo que aparece su perceptibilidad. El ardor luce e inflama en el encenderse de todo lo que surge a su aparecer. Así es el fuego lo abierto en cuanto «luz» iluminadora y ardiente, lo que por adelantado ya desde antes está existiendo en todo lo que surge y desaparece dentro de lo abierto. La fæsiw es lo presente en todo. Pero ¿debe entonces «la Naturaleza», si es fæsiw, no ser a la vez la «omnipresente», la omniinflamadora? Hölderlin llama por eso a «la Naturaleza» en su poema también la «omnicreadora» y la «omnivitalizadora».
La palabra de Hölderlin «la Naturaleza» poetiza [y concreta = dichtet] su esencia, en esta poesía, según la escondida verdad de la palabra básica fæsiw. Pero Hölderlin no conoció la fuerza soportadora, aun hoy apenas medida, de la palabra básica inicial fæsiw. Igualmente, Hölderlin, con lo que llama «Naturaleza», no quiere limitarse a volver hacer vivir lo que se experimentó en la antigua época griega. Hölderlin concreta [poetiza = dichtet] en la palabra «la Naturaleza» otra cosa que está ciertamente en una relación oculta con aquello que antaño se llamó fæsiw.
La Naturaleza que, «en leve abrazo», sostiene todo en su apertura e iluminación, parece dormir en algunas épocas. Entonces la luz, con tristeza, ha vuelto a entrar en sí. La tristeza que se cierra es impenetrable y aparece como lo oscuro. Pero no es esa tristeza una mera tiniebla cualquiera, sino un descanso que presiente. Lo oscuro es la noche. La noche es el presentimiento en descanso del día.
Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.
La invocación que comienza con la tercera estrofa, nombra el brotar de la claridad inflamadora. El hacerse de día es la llegada de la Naturaleza que antes descansaba presintiendo. El alborear es la Naturaleza misma en la llegada. La exclamación «¡Pero ahora amanece!» resuena como una apelación de la Naturaleza. Sólo que la llamada llama en efecto a algo que llega. La palabra del poeta es el puro llamar de lo que esos poetas siempre presentidores aguardan y conjeturan. El nombrar poético dice lo que lo llamado mismo, por su esencia, obliga al poeta a decir. Así obligado, llama Hölderlin a la Naturaleza «lo sagrado». En el himno creado sólo poco después, A la fuente del Danubio, dice Hölderlin:
Te nombramos, sagradamente obligados, te nombramos
a ti ¡Naturaleza!, y nueva, como del baño surge
de ti lo divinamente nacido.
Pero incluso esos versos el poeta los tachó pronto en una corrección a lápiz, a lo que Von Hellingrath (IV2, p. 337 ss.) alude con la observación de que Hölderlin ya no se satisface con el nombre «Naturaleza». Sólo que el nombre «Naturaleza» ya está superado como palabra básica en el himno Como cuando en día de fiesta ... Esa superación es la consecuencia y el signo de un decir que arranca más al comienzo.
Hölderlin nombra el amanecer como el hacerse luminoso de esa iluminación presente en todo. El despertar de la luz iluminadora, sin embargo, es el más silencioso de todos los acontecimientos. Pero como se nombra, más aún, como incluso exige la denominación, el despertar de «la Naturaleza» viene en el resonar de la palabra poetizadora. En la palabra se desvela el ser de lo nombrado. Pues la palabra, en cuanto que nombra lo esencial, separa la esencia de la no-esencia. Y al separarlas, la palabra decide su lucha. La palabra es arma. Por eso Hölderlin habla en el mismo himno A la fuente del Danubio de las «armas de la palabra» como los «sagrarios» que preservan lo sagrado.
Porque ahora lo único que hay que decir ha llegado a ser lo que amanece, lo que abraza ligeramente y maravillosamente omnipresente, y por estar en la palabra, «ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas», la Naturaleza... Pero ¿por qué debe «lo sagrado» ser la palabra del poeta? Porque el que está «bajo un propicio tempero» sólo tiene, para nombrar, a aquella a la que presta oído con presentimiento: la Naturaleza. Ella, al despertar, desvela su propio ser como lo sagrado.
Pues ella, ella misma, que, más antigua que los tiempos
está por encima de los dioses del occidente y el oriente,
ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas...
La Naturaleza es más antigua que aquellos tiempos concedidos a los hombres y los pueblos y las cosas. Pero no es la Naturaleza más antigua que «el tiempo». ¿Cómo iba a ser la Naturaleza más antigua también que «el tiempo»? En tanto sigue siendo «más antigua que los tiempos», es, ciertamente, «más antigua», es decir, anterior, es decir, más a tiempo, es decir, precisamente, más con tiempo que «los tiempos» con que calculan los hijos de la tierra. «La Naturaleza» está más a tiempo que «los tiempos», porque, como la maravillosamente omnipresente, ya otorga a todo lo real la iluminación, entrando en cuya apertura es como todo puede aparecer, todo lo que es algo real. Antes que todo lo real y todo obrar está la Naturaleza, incluso antes que los dioses. Pues ella, «más antigua que los tiempos», está también «por encima de los dioses del occidente y del oriente». La Naturaleza no está, quizá, por encima de «los» dioses como una esfera separada de lo real «por encima» de ellos. La Naturaleza está sobre «los» dioses. Ella, «la poderosa», es capaz de algo diferente que los dioses: en ella, como la iluminación, es donde todo puede empezar a estar presente. A la Naturaleza llama Hölderlin lo sagrado, porque es «más antigua que los tiempos» y «está por encima de los dioses». Así, la «sacralidad» no es en absoluto la propiedad tomada en préstamo de un dios ya establecido en firme. Lo sagrado no es sagrado por ser divino, sino que lo divino es divino porque a su modo es «sagrado»; pues «sagrado» llama Hölderlin también en esta estrofa al «Caos». Lo sagrado es la esencia de la Naturaleza. Ésta, en cuanto lo que amanece, desvela su esencia en el despertar.
... y desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo,
según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos,
se siente de nuevo la animación,
de nuevo, la creadora de todo.
Ese «y», que sigue a «despertada», no desvía llevando hacia otra cosa, lo que tiene lugar fuera del despertar, quizá sólo como su consecuencia. El «y» introduce el desvelamiento esencial de lo que es la Naturaleza en cuanto la que despierta. En el despertar llega a sí misma. La animación se vuelve a sentir como nueva, «la creadora de todo». Así se llama ahora la Naturaleza omnipresente. Lo claro deja surgir todo en su aparecer y refulgir, en que todo lo real, encendido de sí mismo, se yergue en su propio perfil y medida. De tal forma diferenciado en su propia esencia, todo lo que se aparece está traspasado de la irradiación del espíritu: espiritualizado. La Naturaleza espiritualiza todo como la omnipresente y la creadora de todo. Ella misma es la «animación». Puede animar sólo porque es «ánimo», «espíritu». El espíritu tiene vigencia como la sobria pero osada contraposición, que establece todo lo consistente en las bien separadas fronteras y coyunturas de su consistencia. Tal contraponer es el pensamiento esencial. Lo más propio «del espíritu» son los «pensamiento», por lo que todo se copertenece al estar contrapuesto. El espíritu es la unidad unificadora. Hace aparecer la unión de todo lo real en su conjunción. El espíritu, por eso, es esencialmente en sus «pensamientos» el «espíritu común». Es el espíritu en la manera de la animación que incorpora todo lo que se manifiesta en la unidad de lo omnipresente. Esta misma tiene en la animación la índole de su consistencia, que es el surgir y despertar. En el despertar, la naturaleza, viniendo hacia sí misma, está traspasada por su propia determinación. Como la Naturaleza es lo inicial por delante de todo, cuando se vuelve a sentir, sólo puede sentir de modo inicial, esto es, como «nueva».
Lo abierto, en que todo tiene su consistencia y perduración, traspasa y descuella por delante del ámbito de todos los círculos. Por eso el despertar domina «desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo». «Éter» es el nombre dado al Padre de la Luz y del claro aire que todo lo vivifica. «Abismo» significa lo que lo encierra todo, lo que es sustentado por «la Madre Tierra». «Éter» y «abismo» designan sobre todo los ámbitos extremos de lo real, pero también las supremas divinidades. Ambos están animados por la animación. Ésta no yerra como un ciego vértigo en la arbitrariedad. Es
según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos.
La Naturaleza dispone todo lo real en los rasgos de su ser. Los rasgos básicos del todo se despliegan al aparecer el «Espíritu» en lo real y reflejarse lo espiritual en lo espiritual. Para eso deben encontrarse los inmortales y los mortales, y unos y otros, cada cual a su manera, relacionarse con lo real. Todo lo real individualizado en todas sus referencias sólo es posible si la Naturaleza otorga a todo por adelantado lo Abierto, en que se pueden encontrar los inmortales y mortales y cada cosa. Lo Abierto es mediador en las relaciones entre todo lo real. Esto se establece sólo a partir de tal mediación y es por ello algo mediado. Lo así mediable es sólo merced a la mediabilidad. Por tanto la mediabilidad debe estar presente en todo. Sin embargo lo Abierto mismo, que es lo que da a toda correlación y correspondencia el ámbito en que se pertenecen, no surgen de ninguna mediación. Lo Abierto mismo es lo inmediable, lo inmediato. Nada mediato, sea un dios o un hombre, puede por tanto alcanzar inmediatamente lo inmediato. Mirando en esa hondura esencial del todo, reconoce Hölderlin, a partir de su pensar, el significado de un fragmento de Píndaro (Schröder n. 169)
nñmow õ p‹ntvn basileçw
ynatÇn
te xai Žyan‹tvn
gei
dixaiÇn biaiñtaton
êpert‹ta
xeirÛ . . .
En la traducción de Hölderlin (V2, 276):
Das Gesez,
Von allem der König, Sterblichen und
Unsterblichen; das führt eben
Darum gewaltig
Das gerechteste Recht mit allerhöchster Hand.
(La ley,
rey de todos, mortales e
inmortales, es lo que rige,
pues, enérgicamente
el derecho más justo con mano suprema.)
Hölderlin titula este fragmento con la palabra Lo Supremo. En su propia meditación dice sobre él:
Tomado estrictamente lo inmediato, es imposible para los mortales como para los inmortales; el dios debe distinguir diversos mundos, conforme a su propia naturaleza, porque la bondad celeste, en atención a sí misma, debe ser sagrada, sin mezcla. Por eso lo inmediato, tomado estrictamente, es imposible para los mortales, como para los inmortales.
Pero la fuerte mediabilidad es la ley.
Lo presente por adelantado en todo congrega todo lo aislado en la única presencia y da medios a todo para su aparecer. La inmediata omnipresencia es la mediadora para todo lo mediatizado, esto es, para lo mediato. Lo inmediato mismo nunca es algo mediable; por el contrario, lo inmediato, estrictamente tomado, es la mediación, esto es, la mediabilidad de lo mediato, porque lo hace posible en su ser. La «Naturaleza» es la mediabilidad que todo lo mediatiza, es «la ley». Como la Naturaleza, por delante de todo, permanece siendo lo inicial, lo originalmente inconmovible, es la «firme ley». En cuanto que la Naturaleza despierta a sí misma, surge conforme a su esencia: «según firme ley».
Sólo que la Naturaleza, a su vez, está «engendrada en el sagrado Caos». ¿Cómo van juntos «Caos» y «Nomos» (ley)? «Caos» significa para nosotros, sin embargo, lo que no tiene ley, lo confuso. El mismo Hölderlin dice: «Y echa raíces, preparando mucho, la sagrada selva» (Los Titanes IV2, 208); habla de las «sagradas selvas» (IV2, 250, 341), también de la «selva sin amparo» (IV2, 216) y de la «confusión prístina» (El Rhin, IV2, 180). Pero x‹ow; significa ante todo lo que se entreabre, el abismo abierto, lo abierto que se abre en primer lugar, en que todo queda devorado. El abismo rehúsa toda base para algo diferenciado y fundamentado. Y por eso el Caos, para toda experiencia que conoce sólo lo mediato, parece lo que no tiene distinciones, siendo así lo meramente confuso. Lo «caótico» en tal sentido es, sin embargo, sólo el desvío de lo que quiere decir «Caos». Pensado a partir de la «Naturaleza» (fæsiw) , el Caos permanece siendo ese abrirse abismal, desde lo que se abre lo abierto, para deparar a todo lo diferenciado su presencia delimitada. Por eso Hölderlin llama el «sagrado» al «Caos» y a la «confusión». El Caos es lo sagrado mismo. Nada real va por delante de esa apertura, sino que siempre entra en ella. Todo lo que aparece ya está en cada ocasión dejado atrás por ella. La Naturaleza va por delante y por encima de todo «como otrora». Es la de otrora en un doble sentido. Es lo más antiguo respecto a todo lo anterior y lo más reciente respecto a lo posterior. Al despertar la Naturaleza, su llegada viene como más futuro desde lo que ha sido más antiguo, lo que nunca envejece, porque en cada ocasión es lo más reciente.
Lo que siempre es de otrora es lo sagrado; pues, como lo inicial, permanece en sí incólume y «sagrado». Pero lo originalmente salvo otorga por su omnipresencia a todo lo real la salvación de su demora. Pero lo sacro y lo que pone en sagrado encierra en sí como lo inmediato toda plenitud y toda coyuntura y así es precisamente inaproximable para todo lo individuado, sea un dios o una persona. Lo sagrado, como lo inaproximable, hace vano todo apremio inmediato de lo mediable. Lo sagrado expulsa toda experiencia fuera de su morada y le quita así su lugar de presencia. Así, desplazando (ent-setzend) es lo sagrado lo espantoso (Entsetzliche) mismo. Pero su espantosidad queda oculta en la suavidad de su leve abrazar. Sin embargo, como ésta educa a los poetas futuros, éstos saben lo Sagrado en cuanto incorporados a él. Su saber es el presentir. El presentir vale para lo que viene y surge, esto es, para el alborear. «¡Pero ahora amanece! » ¿Qué hay ahora, si viene lo Sagrado mismo?
Y como en los ojos le brilla un fuego al hombre
cuando proyecta lo elevado, así
de nuevo, ante los signos y los hechos del mundo,
ahora se ha encendido un fuego en las almas de los poetas.
Así como el alto proyecto del hombre que medita se refleja en su mirada, así resplandece, al desvelarse lo Sagrado viniendo, una luz «en las almas de los poetas». Una claridad se difunde a las almas aisladas de esos poetas que, abrazados por lo Sagrado, le pertenecen. Por entristecerse con la Naturaleza que presiente, deben también llegar a la luz en el despertar de la Naturaleza y ser ellos mismos una claridad. Esos poetas están entonces ellos mismos abiertos en lo Abierto, que se ilumina «desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo». La apertura de lo Abierto se conecta con lo que llamamos «un mundo». Por eso sólo entran en una luz para estos poetas los signos y los hechos del mundo; pues los poetas no están sin mundo. Por más que los poetas según su esencia pertenezcan a lo Sagrado y, pensando la realidad de todo lo real, eso es, «el espíritu», sean esencialmente «espirituales», sin embargo, deben también permanecer entregados y captados en lo real.
Los poetas deben también
ser los espirituales mundanamente.
             (El único, primera versión.)
Por eso los signos y los hechos del mundo deben llegar a ser una ocasión en que se encienda el lucir de la claridad que surge. Una ocasión sólo son las «sensaciones», «efectos» y «resultados» del «mundo»; pues en ningún momento puede algo mundano lograr por sí que llegue lo sagrado. También sólo los que ya ven venir lo que viene son los que pueden indicar en el mundo algo como signo de lo que llega y valorarlo como acción para lo que llega. Pero nunca son plenamente los signos y hechos del mundo lo que propiamente ha de surgir a lo Abierto. En la apertura, y por tanto también en el ámbito del percibir humano, llega sólo y «ahora por primera vez» lo que «ocurrió antes, pero apenas fue sentido ...». «Antes» significa aquí, por delante de todo lo demás real, aquél más antiguo de los tiempos, que previamente sólo se hizo perceptible en un primer fulgor: el prístino brotar de lo que en todo está presente desde entonces, pero también desde entonces revierte a la inversión y aun al olvido, la «Naturaleza» (fæsiw). Pero ¿cómo regía eso inicial antes del despertar y dar a conocerse que ahora se inicia «de nuevo»?
Y los que nos labraban sonriendo el campo,
en apariencia de siervos, son reconocidos,
los vivificadores, las fuerzas de los dioses
La «omnipresente» y la «omnicreadora» ahora se llama la Naturaleza «vivificadora de todo». Verdad es que esta palabra se dice sobre las fuerzas de los dioses. Y esas fuerzas con también aquello por lo que los dioses son capaces de lo suyo, y así son ellos mismos lo que son. Pero las fuerzas no proceden de los dioses, sino que los dioses son en virtud de esas fuerzas, que «vivificando» todo, mantienen todo en «vida», incluso a los dioses. La Naturaleza, «antes», ha labrado el campo de los hombres «sonriendo». La palabra «el campo» representa aquí, con una efímera ojeada atrás a la primera estrofa, todo aquello en que y de que viven los hombres. «Sonriendo» estaba antes lo sacro de lo sagrado presente en todo, sin esfuerzo y amistoso, y por tanto sin afectarse porque los hombres «apenas sintieran» lo que ahí ocurría. Los hombres han tomado esto, de lo otorgado por la Naturaleza divinamente hermosa, con apresuramiento hacia lo captable sólo para su utilidad y a su servicio, y así han hundido a la omnipresente en figura de sierva. Pero ella lo ha consentido «sonriendo» en la placidez del inicio y sobreponiéndose a todo resultado, y ha concedido a los hombres el desconocimiento de lo Sagrado. En tal desconocimiento de la «Naturaleza», «es» entonces cada cosa sólo lo que realiza, mientras que en verdad sólo realiza lo que es. Pero cada cosa, incluso cada entidad humana, «es» sólo según la «manera» como la Naturaleza que se establece por sí, lo Sagrado, permanece presente en ella.
Pero, si sólo los poetas están levemente abrazados por la Naturaleza omnipresente, ¿cómo va jamás «el pueblo» a situarse en la presencia de lo Sagrado? ¿Cómo «los hijos de la tierra» van a percibir las «fuerzas que todo lo vivifican», si el fuego queda sólo encerrado «en las almas» de los poetas? Incluso el poeta nunca puede alcanzar lo Sagrado por su propio pensar ni aun extraer su esencia y obligarla a llegar a él mediante preguntas.
¿Les preguntas? En la canción sopla su espíritu.
A partir del «cántico», y sólo en él se acomoda el «espíritu» a la ordenación memorable de lo Sagrado. Pero no en todo «cantar» sopla el espíritu. Esto tiene lugar sólo en la canción
si con el sol del día y la cálida tierra despierta ...
En la versión primitiva se encuentra inequívocamente entwatcht (despierta), no entwächst (crece, brota), como leen las ediciones hasta hoy. La canción debe proceder del despertar de la Naturaleza «desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo». Si despierta así juntamente con la «animación en despertar», sopla en ella el aliento de la llegada de lo sagrado. De otro modo que antaño es ahora el origen de la canción. Su despertar tiene lugar en las «tormentas» que «marchan entre cielo y tierra y por entre los pueblos». Es necesario el levantamiento de todo ese dominio en que antes parecía dormir la Naturaleza. Ese levantamiento del todo pone en marcha unas sacudidas, las «preparadas en las honduras del tiempo». El despertar se retrotrae al tiempo más antiguo, desde el cual ya está preparado todo lo que viene. Por eso también son las sacudidas del todo «más significativas para nosotros» - esto es, para los poetas que despiertan con ella. La riqueza de lo inicial otorga a su palabra el rebose de la significación que apenas cabe decir. Por eso se les pone en los hombros «una carga de leños». Por eso también para ellos hay «mucho que conservar» («Maduros están ...» IV2, 71) y «Mucho hay que decir» (IV2, 219, 221) «pues aún hay mucho que cantar» (A la fuente del Danubio, IV2, 161). Pero por provenir las sacudidas de las más antiguas profundidades de la Naturaleza que despierta, y estar sin embargo los poetas levemente abrazados por ella, también debe la animación estar más presente y por tanto «más perceptible».
Del Espíritu común pensamientos son,
que terminan en silencio en el alma del poeta.
Con deliberación ha puesto Hölderlin una coma después de «son». Como un invisible golpe de cincel del escultor concede a la imagen otro cariz, así esa coma pone un peso propio en el «son». La «naturaleza que despierta», la «animación» está presente. La índole de su presencia es el llegar. Lo Sagrado lo contiene todo junto reunido en la intacta inmediatez de su «firme ley». Contraponiéndolo todo permanece el «Espíritu», penetrándolo todo de estructura al pensar, cerrado a todo. En cuanto «el Espíritu», es siempre «espíritu común». ¿Y de qué índole es la presencia de la animación del Espíritu que todo lo penetra rigiéndolo y lo sustenta en unidad? «Terminan en silencio en el alma del poeta.» Aquélla no «termina» en el sentido de que desaparezca y cese. Al contrario: la animación es admitida y preservada, y por cierto «en silencio». La sacudida queda calmada y conservada en la suavización. Lo trastornador de lo Sagrado descansa en la suavidad del alma «del poeta». Lo Sagrado está tranquilamente presente como viniendo. Por eso no es tampoco nunca representado y captado como un objeto. Por todas partes, en el resto de este poema, habla Hölderlin en plural de los poetas (vv. 10/11, 16/17, 31, 56). Pero aquí se refiere a un poeta único, aquel que dice: «Yo esperé y lo vi venir». De su saber procede la certidumbre de la palabra: «Del Espíritu común pensamientos son, / que terminan en silencio en el alma del poeta».
En la quinta estrofa falta, según la cifra, un verso. Así hay que intercalar también algún pensamiento intermedio, para mantener un tránsito claro a la siguiente estrofa.
Ahora que amanece está también despierto «el poeta». Invadido por el estado de ánimo de la animación que despierta, ahora está atemperado un «espiritual» para ser el poeta único. Pues debe haber un poeta para que pueda llegar a haber una palabra de la canción. El único poeta cobija la calmada agitación de lo sagrado en la calma de su silencio. Puesto que un resón de la auténtica palabra sólo puede brotar del silencio, ahora está todo preparado:
Para que súbitamente tocada ésta, conocedora
de lo infinito ha largo tiempo, sacudida
por el recuerdo e inflamada por sagrado rayo,
se logre el fruto nacido en el amor, la obra de los dioses y los hombres,
el cántico, que de ambos dé testimonio.
La estructura pindárica de estos versos está atravesada en tensión por el único pensamiento: Por estar cobijado en calma lo Sagrado en el alma del poeta, tiene la suerte de que le salga bien el cántico, esto es, ahora, la palabra que sólo debe decir lo Sagrado. Pero esta suerte no consiste sólo en lograr una canción, sino en que a «ella», el alma del poeta, le sea benigna la suerte, en cuanto que no se le malogre el devenir de la obra. Esa expresión acentuada, que tenga la suerte de que le salga el cántico, quiere decir: Queda superada la amenaza de una desdicha esencial. Pero ¿desde dónde va a amenazar aquí una desdicha? ¿Desde dónde sino desde la posible falta de sustentación de la suerte? De la suerte, esto es, de esa concesión de suerte que es necesaria para el nacimiento de la canción. Pues por más que el alma del poeta cobije en sí la presencia de lo que viene, el poeta no es capaz de nombrar directamente lo Sagrado por sí mismo. El ardor de lo luminoso, abrigado en calma en el alma del poeta, requiere ser encendido .Sólo tiene fuerza para ello un rayo de luz, que a su vez es enviado por lo Sagrado mismo. Por eso debe haber alguien más alto, que esté más cerca de lo Sagrado y en cierto modo todavía siempre bajo él, un dios, para lanzar el rayo del encendimiento en el alma del poeta. Con eso el dios toma sobre sí aquello que está «por encima» de él, lo Sagrado, y lo lleva reunido en una sola acuidad y en el único golpe del único rayo, por el que es «encomendado» al hombre para obsequiarle.
Como ni los hombres ni los dioses pueden jamás cumplir la relación directa con lo Sagrado, los hombres necesitan a los dioses y los celestes necesitan a los mortales:
No lo pueden
todo los celestes. Pues lo alcanzan
los mortales antes, el abismo. (Mnemosyne)
Sólo así, porque los dioses deben ser dioses y los hombres, hombres, y por tanto no pueden estar nunca los unos sin los otros, hay amor entre ellos. Por la mediación de ese amor, sin embargo, no se pertenecen precisamente a sí mismos, sino a lo Sagrado, que para ellos es la «fuerte mediabilidad», «la ley». Entonces el sagrado rayo alcanza súbitamente al poeta. En un instante le llega la suerte de la plenitud divina. Así «alcanzado», querría él atreverse a seguir esa dicha y a perderse en la única posesión del dios. Pero eso sería la desdicha, porque eso significaría la pérdida de la esencia poética; pues la situación esencial del poeta no se basa en la recepción del dios, sino en el estar abrazado por lo Sagrado.
Sólo el poeta está ahora bajo el propicio tempero, de modo que permanece confiado a lo que ya previamente existe en todo lo finito, a lo «infinito». Y como la Naturaleza omnipresente es «más antigua que los tiempos», existe también la pertenencia a ella «desde hace mucho tiempo». Cuando ahora el rayo sagrado alcanza al poeta, éste no es arrebatado en el ardor del rayo, sino plenamente retornado a lo Sagrado. El alma del poeta, ciertamente, «tiembla» y se deja despertar en la agitación calmada; pero tiembla de recuerdo, esto es, por la expectación de lo que ocurrió antes; esto es el abrirse de lo Sagrado. El temblor rompe la tranquilidad del callar. La palabra llega a ser. La obra de palabra que así surge hace aparecer la copertenencia del dios y del hombre. La canción da testimonio del fundamento de su copertenencia, atestigua lo sagrado. «Sólo ahora», cuando los pensamientos del espíritu común están ya patentes, el alma del poeta tiene la suerte de que le salga el cántico. Pero no siempre que se logra una obra hay también suerte.
Así cayó, según cuentan los poetas, su rayo
en la casa de Semele cuando ella anheló ver realmente al dios,
y, ceniza mortalmente tocada, parió
al fruto de la tormenta, al sagrado Baco.
La avidez por ver al dios bajo índole humana, arrebató a Semele en el ardor único del rayo desencadenado. La que concebía olvidó lo Sagrado. Cierto que nació el fruto, Baco, el dios de la «vid», que
da testimonio de tierra y cielo, cuando, abrevada
del alto sol, surge del oscuro suelo ...
(último esbozo del Empédocles.)
Pero el fruto no le nació a ella, la que lo paría, que al surgir el fruto ardió en cenizas. El destino de Semele habla de la contraposición, revela cómo sólo la presencia de lo Sagrado permite que el cántico verdaderamente tenga la suerte de salir bien. El recuerdo del destino de Semele, contado por Eurípides (Bacantes) y por Ovidio (Metam. 111, 293), está incorporado en el poema sólo como contraste. Por eso también el comienzo de la siguiente estrofa (séptima) no arranca del final de la estrofa sexta, sino que asume su mitad:
Y por eso ahora beben fuego celestial
sin peligro los hijos de la tierra.
Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios,
¡ oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta.
Cierto que recuerda el «beber» al dios de la viña, pero se refiere a la aceptación del otro fruto, la percepción del espíritu que sopla en la canción que ha recibido la dicha, sopla a través de los hombres. Lo que perciben éstos en la canción es la animación que despierta, la claridad que enciende: «fuego celestial». Esta expresión, que retorna más adelante en los himnos (El Rhin, v. 100; Los Titanes, v. 271) no se refiere al rayo, sino a ese «fuego» que antes del nacimiento del cántico «ahora se ha encendido en las almas de los poetas», lo Sagrado. «Celestial» se llama ese fuego, porque está mediado por un «celeste». «Ahora», cuando «amanece», «ahora», cuando «la Naturaleza despierta con estrépito de armas», «ahora» cuando «se hace manifiesto lo que ocurrió antes», «ahora», lo Sagrado ha perdido la peligrosidad para los hijos de la tierra. La agitación del Caos, que no ofrece ningún apoyo, el espanto de lo inmediato, que malogra todo impulso, lo Sagrado, queda transformado en la benignidad de la palabra mediata y mediadora, a través de la calma del poeta puesto en cobijo.
Como el cántico ha salido bien por la venida de lo Sagrado, «los hijos de la tierra» y «los poetas» sobre todo, quedan trasladados a un nuevo modo de ser, pero de tal manera que el grado de ser de los hijos de la tierra y el de los poetas que se distancian aún más que antes. Mientras que ahora para los hijos de la tierra lo que ha perdido el peligro es sencillamente lo que les cae en suerte («Y por eso beben ...»), los poetas venideros («Pero a nosotros nos toca ...») quedan situados en el peligro más extremo. Ahora deben quedarse allí, donde se abre lo Sagrado mismo, más preparados y más empezando. Los poetas deben dejar su inmediatez a lo inmediato y sin embargo al mismo tiempo asumir su mediación como lo único. Por eso encuentran su dignidad y su deber en permanecer en relación con los más altos mediadores. Ahora que amanece, no disminuye la «carga de leños», sino que se aumenta hasta ser apenas soportable. Aunque tampoco lo inmediato ha de ser perceptible nunca como inmediato, sin embargo, cabe «captar con la propia mano» el rayo mediador y permanecer en la lluvia de lo inicial que surge. En la toma de conciencia de lo que les corresponde están en común los poetas. «Nosotros los poetas» - son esos únicos, venideros, el primero de los cuales el mismo Hölderlin, pre-dice todo lo que se ha de decir. Lo que les está encomendado a esos poetas, serán capaces de hacerlo si el agarrar y alcanzar de sus manos está traspasado por la vibración del «corazón puro». «Corazón» significa aquello en que se reúne el ser más propio de esos poetas: la calma de la copertenencia en el abrazo de los Sagrado. «Puro» dice para Hölderlin siempre tanto como «original», permaneciendo decisivamente en la determinación inicial. Esto es propio de los niños. El «corazón puro» no se dice aquí en sentido «moral». Esta palabra designa el modo de referencia y el modo de correspondencia a la Naturaleza «omnipresente». Si los poetas permanecen dentro de la omnipresencia de la «Naturaleza» poderosamente hermosa, se elimina toda posibilidad de insistir sólo en lo propio y de equivocarse en medir lo que es la ley. Sus manos son «inocentes». Su suprema decisión, el decir poetizador, parece entonces «la más inocente de todas las ocupaciones».
Con el verso 62 se cierra la séptima estrofa por lo que toca al contenido, pero también conforme al número de versos elegidos para las otras estrofas. La coma puesta por Hellingrath y Zinkernagel al final del verso 62, después de «manos», no está en el manuscrito original. Con el verso 63 empieza un pensamiento que regresa a decir lo Sagrado y que introduce el completamiento de la poesía. Por eso en el texto que tenemos aquí se puso un punto al final del verso 62, que en Hölderlin había quedado sin signo de puntuación. La séptima estrofa trata de algo doble: El don de la canción, transmitida por un «celeste», es alcanzado por los poetas a los hijos de la tierra; pero los poetas mismos están situados bajo «las tempestades de Dios». Con la designación de los hijos, de la tierra y de los poetas, sin embargo, esta poesía no puede cerrarse en su totalidad. Pues lo que le está encomendado propiamente a esta poesía para decir, y por tanto, a su completamiento, lo dice ella misma en la tercera estrofa, que todo lo sustenta:
¡Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.
A lo Sagrado debe volver la palabra conclusiva de esta poesía. De los poetas y del don de la canción dice también el poema, sólo porque lo Sagrado es el espanto del sacudimiento de todo y lo inmediato. Por eso los hijos de la tierra necesitan de la mediación de lo Sagrado en el don del cántico sin peligro. Sólo que precisamente esto, que lo Sagrado esté confiado a una mediación por el dios y los poetas, y que nazca en el cántico, amenaza transformar la esencia de lo sagrado en su contrario. Lo inmediato se hace así algo mediato. Como el cántico sólo despierta con el despertar de lo Sagrado, surge lo mediato de lo inmediato mismo. Ese origen del cántico, el «estrépito de armas», con que despierta la Naturaleza, es, con eso, el sacudimiento que desciende hasta alcanzar la propia hondura esencial de lo Sagrado. Al hacerse Palabra lo Sagrado, su íntimo ser llega a vacilar. La ley que queda amenazada. Lo sagrado amenaza hacerse poco firme. Sólo que
El puro rayo del Padre no lo consume
y sacudido en lo más hondo, compartiendo las penas
de un dios, sin embargo, el corazón eterno permanece firme.
La palabra «el corazón eterno» aparece una sola vez en toda la poesía de Hölderlin. Lo que significa esta palabra se dice también sólo en esta única poesía.
Lo Sagrado es en su origen la «firme ley», esa «estricta mediación», en que están mediadas todas las referencias de todo lo real. Todo es sólo porque está congregado en la omnipresencia de lo inviolable, compenetrado en éste:
Todo es entrañable.
Así empieza un esbozo posterior (IV2, 381). Todo es sólo en cuanto que sale a la luz desde la entrañabilidad de lo omnipresente. Lo Sagrado es la entrañabilidad misma, es ... «el corazón».
Pero lo sagrado, «por encima de los dioses» y los hombres, es «más antiguo que los tiempos». Lo que ocurrió antaño, lo primero por delante de todo y lo último después de todo, es lo que precede a todo y lo que conserva todo en sí: lo inicial y como tal, lo que permanece. Su permanecer es la eternidad de lo eterno. Lo Sagrado es la entrañabilidad de una vez para todas, es «el corazón eterno». Ese permanecer de lo Sagrado, sin embargo, está amenazado por la mediación, que surge de él mismo y es exigida por su venida, mediante la palabra del cántico. Sólo que no ante todo la palabra humana, sino más bien aún y ya más arrebatador amenaza el «rayo sagrado» del Padre, que, enviado en el encendimiento y génesis de la palabra, amenaza arrebatar a lo sagrado su inmediatez y abandonarlo por el traslado a lo mediato de la aniquilación del ser. Pues también en el «rayo del Padre» está lo Sagrado ya exteriorizado en lo mediato, si es que incluso los inmortales sólo son mediaciones a lo Sagrado. Pero
El puro rayo del Padre no lo consume;
«lo», el corazón eterno. «Quemar» (versengen) significa aquí lo que en la expresión sengen und brennen, tanto como «aniquilar»: en vez de «no lo quema» Hölderlin empezó por escribir «no lo mata». Con duros y excitados rasgos de escritura se encuentra la siguiente observación en el margen interior de los versos finales:
La / esfera / que está / más alta que /
la del hombre / ésa es la del dios.
La sugerencia que quiere establecer para sí el poeta en estas palabras, viene a decir en este lugar: las esferas más altas, el rayo sagrado, amenaza incluso a lo Sagrado, aún más hondo, con la pérdida de su ser. Pero esta esfera es sólo «más alta», no «lo más alto». Así lo originado del origen no puede nada contra el origen. Y por eso entonces permanece «el corazón eterno», aunque «hondamente sacudido», sin embargo, «firme». El sacudimiento, ciertamente, ,se funda en esa profundidad a partir de la cual lo sagrado «comparte las penas de un dios».
¿En qué medida sufre el dios que se envía como chispa en el sagrado rayo? El rayo, en añadidura expresa, se llama «el puro», porque mantiene la decisión de la pertenencia a lo sagrado; pues «bienes celestes, debéis, por atención a vosotros mismos, ser sagrados» (Al fragmento de Píndaro «Lo supremo» V2, 276). Ese pertenecer apremiante, no mero tolerar, es el sufrir. Pero cómo piensa Hölderlin la esencia del padecer, se desvela en una variación añadida a la versión posterior de ese himno que se titula El único, el cual himno, en efecto, dice que el Dios de los cristianos no es precisamente el Único. Aquí (IV2, 379) habla Hölderlin de un
... Desierto lleno de rostros,
de modo que permanecer en inocente
verdad es un sufrimiento.
Como la entrañabilidad de una vez por todas, el permanecer en «ley» inviolada, es un sufrimiento, por eso el corazón eterno sufre en su comienzo esencial. Por eso también «comparte el sufrimiento de un dios». En cuanto que lo Sagrado se otorga en la resolución del rayo, que es un sufrimiento, sin embargo, lo Sagrado permanece, irradiándose, en la verdad de su ser y sufre así inicialmente. Pero igual que este sufrimiento que procede del principio no es un tolerar renunciador, sino la entrañabilidad que todo lo congrega en sí, también el compartir el sufrimiento con el dios no tiene nada de compasión y lamento. El sufrimiento es el permanecer firme en el comienzo. Para el comienzo, el abrirse y otorgarse nunca es pérdida y fin, sino siempre sólo comienzo más espléndido, entrañabilidad más inicial. Lo Sagrado en su permanecer firme es decir. Pero su permanecer no significa nunca el vacío durar de algo existente, sino que es la venida del principio. Por delante de éste, como algo de una vez por todas, no se puede pensar nada más inicial. El permanecer como llegada es la inicialidad del comienzo, tal que no cabe pensar nada anterior.
Pero lo que permanece, lo fundan los poetas. (Recuerdo.)
El poema está incompleto, en múltiple perspectiva. La conformación del final, sobre todo, por la cual el mismo Hölderlin se habría decidido una vez, sigue siendo indeterminable. Pero la falta de completamiento es aquí sólo consecuencia del rebose que mana del íntimo comienzo del poema y requiere la palabra conclusiva que lo vincule todo. Todo intento de señalar con posterioridad la articulación de la estrofa conclusiva, puede sólo intentar despertar a aquellos que puedan oír lo que es «la palabra» de este poema.
Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.
«Ahora» - ¿cuándo es ese «ahora»? ¿Es el momento hacia 1800 cuando surgió esta poesía? El «ahora» sin embargo designa unívocamente el momento en que el mismo Hölderlin dice: «¡Pero ahora amanece!». Ciertamente, el «ahora» designa el tiempo de Hölderlin y ningún otro. Pero el tiempo de Hölderlin es, en efecto, el tiempo determinado por su palabra. El tiempo de Hölderlin es en todo caso, en sentido estricto, su tiempo. Pero ese tiempo suyo no es precisamente lo contemporáneo a ese tiempo sólo por ocurrir al mismo tiempo y ser habitual. El «ahora» designa la venida de lo sagrado. Ese venir sólo es lo que da al «tiempo» en que es «tiempo», que la historia se plantee decisiones esenciales. Tal «tiempo» no se deja nunca dar («datar») y no se puede mensurar con cifras de años ni divisiones de siglos. «Los números de la historia» son meramente el vínculo conductor producido para insertar los acontecimientos en la cuenta humana. Ocupan siempre solamente el primer plano de la historia, que permanece accesible únicamente a la información (ßstoreÝn). Pero lo «histórico» no es nunca el contenido de la historia (Geschichte) mismo. El contenido de la historia es raro. Sólo hay tal contenido cuando se decide de modo inicial el ser de la verdad.
Lo Sagrado «más antiguo que los tiempos» y «por encima de los dioses» funda en su venida otro comienzo de otra historia (Geschichte). Lo Sagrado decide inicialmente ante todo sobre los hombres y sobre los dioses, si son y quiénes son y cómo son y cuándo son. Lo que viene se dice en su venir por la llamada. La palabra de Hölderlin es ahora, arrancando con este poema, la palabra que llama. La palabra de Hölderlin es ahora «Hymnos» en un sentido único y acuñado de nuevo. Habitualmente traducimos la palabra griega êmneÝnv por «alabar» y «ensalzar». Con eso fácilmente indicamos un cantar y celebrar ebrio de palabras. Sólo que ahora la palabra poetizadora es el decir fundante. La palabra de este cántico no es ya un himno «a» algo, ni «himno a los poetas», ni tampoco, sin embargo, himno «a» a la Naturaleza, sino el himno «de» lo Sagrado. Lo Sagrado otorga la palabra y viene ello mismo en esta palabra. La palabra es el acontecer de lo Sagrado. La poesía de Hölderlin es ahora llamada inicial, que, llamada por lo mismo que viene, dice esto y sólo esto como lo Sagrado. La palabra hímnica está ahora «obligada por lo Sagrado», y, por «obligada», «sagradamente» también «sagradamente sobria». Así dice un fragmento que procede del año 1800, titulado Cántico del alemán:
... entonces se sienta en profunda sombra,
cuando sobre la cabeza zumba el chopo,
en el arroyo que exhala frescor, el poeta alemán,
y canta, cuando está bastante embriagado del agua
sagradamente sobria, atendiendo a lo lejos en la calma al cántico del alma.
(Fragmento n. 10, IV2, 244)
La «profunda sombra» salva la palabra poetizadora de la desmesurada claridad del «fuego celestial». El «arroyo que exhala frescor» protege a la palabra poetizadora del ardor excesivo del «fuego celestial». La frescura y umbrosidad de lo sobrio corresponde a lo Sagrado. Esa sobriedad no niega la animación. La sobriedad es la determinación básica, preparada en todo momento, de la disposición a lo Sagrado.
La palabra de Hölderlin dice lo Sagrado y nombra así el ámbito temporal, que tiene lugar una sola vez, de la decisión inicial por la articulación esencial de la futura historia de los dioses y las humanidades.
Esta palabra, aún no oída, está conservada en la lengua occidental de los alemanes.

Martin Heidegger

Wednesday, May 23, 2012

Heideggeriana sobre Hölderlin iii

EL CIELO Y LA TIERRA DE HÖLDERLIN
Martin Heidegger

Traducción de José María Valverde, en Interpretaciones de la poesía de Hölderlin, Barcelona, Ariel, 1983, pp. 163-192
 La "Torre de Hölderlein"
Conferencia pronunciada en la sesión de la Sociedad Hölderlin, en Munich, el 6 de junio de 1959, en e1 Teatro Cuvillié del Palacio.
Repetida e1 14 de julio de 1959 en la Sociedad de Bibliotecas de Stuttgart, en la Sala Azul del Liederhalle.
Repetida el 27 de noviembre de 1959 para el Studium Generale de la Universidad de Friburgo de Brisgovia, en el Aula Magna.
Repetida e1 18 de enero de 1960 en la Nueva Aula de la Universidad de Heidelberg.
OBSERVACIÓN PREVIA A LA CONFERENCIA EN MUNICH
Immanuel Kant observa no sé dónde algo en el siguiente sentido: es fácil descubrir algo después que le han indicado a uno hacia dónde hay que mirar.
Para mirar a Hölderlin, quien nos da una indicación de esa índole sigue siendo para todos nosotros Norbert von Hellingrath, cuya imagen se nos ha hecho presencia esta mañana gracias a un dibujo magistral.
OBSERVACIÓN PREVIA A LA CONFERENCIA EN STUTTGART
Mientras tanto, ha llegado a haber quien se pregunta abiertamente si Hölderlin pertenece a los filólogos o a los filósofos. No pertenece ni a unos ni a otros, ni aun a ambos. Ese dilema, como quiera que se decida, deja fuera de consideración la relación objetiva que da la medida.
¿Hasta qué punto? En cuanto que lo que requiere claridad no es saber a quién de nosotros nos pertenece Hölderlin, sino sólo esto, si, en la época presente del mundo, somos capaces de pertenecer [gehören] a la poesía escuchándola [alusión a hörend].
Esto es lo único que cuenta para nuestra reflexión. Es un intento de transformar nuestro modo habitual de representar para atemperarlo a una experiencia pensante, desacostumbrada por sencilla. (El cambio de atemperamiento en la experiencia pensante del centro de la relación infinita -; partiendo del dispositivo [Ge-Stell] como el presupuesto de la Cuaternidad que se disimula ella misma).
El único camino verdadero hacia la grandeza de la poesía hölderliniana no lo hay. Cada uno de los múltiples caminos, en cuanto mortal, es un desvío.
Si es verdad lo que ha dicho Paul Valéry del poema «El. poema: esa vacilación prolongada entre el sonido y el sentido» entonces el escuchar el poema, y más aún el pensamiento previo a la escucha, son aún más vacilantes que el poema mismo. Sin embargo, esa vacilación tiene su propia y elevada exactitud: no es un mero oscilar.
OBSERVACIÓN PREVIA A LA CONFERENCIA EN FRIBURGO DE B.
En este punto es necesaria una observación previa a lo que , se intentará decir en lo sucesivo. El título de la conferencia dice: La tierra y el cielo de Hölderlin. Además tienen ustedes delante un texto cuyo título dice: Grecia.
Así, podría tratarse de una exposición de este esbozo de poema, partiendo de la intención de presentar las ideas de Hölderlin sobre la tierra y el cielo. Sería un proceder justificado. Quizá resultaría una aportación a las investigaciones sobre Hölderlin.
Pero en comparación con eso, la inmediata conferencia pretende otra cosa, algo provisional: una cuestión del pensamiento. Queda abierto si, y cómo, de ese modo, acertamos entonces con la esencia de. la poesía de Hölderlin en cuanto poesía.
Es preciso arriesgarse a un intento de transformar nuestro modo acostumbrado de pensar en una experiencia de pensamiento, desacostumbrada por sencilla.
Pero el dominio en que se desarrolla esa transformación es el de un decir poético a partir de una poetización, que nosotros nunca podemos captar siguiendo el hilo. conductor de las categorías estéticas y literarias.
En qué sentido experimenta Hölderlin la condición poética -no sólo la suya-, podemos dejárselo decir a Bettina von Arnim. Sobre la base de las observaciones de Hölderlin, aparecidas en 1804, sobre sus traducciones de Sófocles, Bettina von Arnim (hacia el final de la primera parte de la Günderode) expone la delimitación hölderliniana de la poesía en las siguientes frases:
Y así el dios ha utilizado al poeta como flecha, para disparar su ritmo del arco, y quien no lo perciba y (no) se pliegue a ello nunca tendrá habilidad ni virtud atlética para ser poeta, y demasiado débil sería uno así para poderse captar, sea en la materia, sea en el modo de ver el mundo de los antiguos o en el posterior modo de representación de nuestras tendencias, y no se le manifestará ninguna forma poética. Los poetas que se meten en formas dadas a fuerza de estudiar, no podrían más que repetir el espíritu dado una vez, se posan como pájaros en una rama del árbol del lenguaje y se mecen en ella según el ritmo prístino que reside en sus raíces, pero un poeta así nunca volaría como el águila del espíritu, empollada por el espíritu vivo del lenguaje.
(Bettina von Arnim, Obras completas, ed. W. Oehlke, t. II, p. 345.)
GRIECHENLAND
 
O ihr Stimmen des Geschiks, ihr Wege des Wanderers
Denn an der [Augen] Schule Blau,
Fernher, am Tosen des Himmels
Tönt wie der Amsel Gesang
Der Wolken [sichere] heitere Stimmung gut
Gestimmt vom Daseyn Gottes, dem Gewitter.
Und Rufe, wie hinausschauen, zur
Unsterblichkeit und Helden;
Viel sind Erinnerungen. Wo darauf
Tönend, wie des Kalbs Haut
Die Erde, von Verwüstungen her Versuchungen der Heiligen
Denn anfangs bildet das Werk sich
Grossen Gesezen nachgehet, die Wissenschaft
Und Zärtlichkeit und den Himmel breit lauter Hülle nachher
Erscheinend singen Gesangeswolken.
Denn fest ist der Erde
Nabel. Gefangen nemlich in Ufern von Gras sind
Die Flammen und die allgemeinen
Elemente. Lauter Besinnung aber oben lebt der Aether. Aber silbern
An reinen Tagen
Ist das Licht. Als Zeichen der Liebe

Veilchenblau die Erde.
[Aber wie der Reigen

Zur Hochzeit,]
Zu Geringem auch kann kommen
Grosser Anfang.
Alltag aber wunderbar zu lieb den Menschen
Gott an hat ein Gewand.
Und Erkenntnissen verberget sich sein Angesicht
Und deket die Lüfte mit Kunst.
Und Luft und Zeit dekt
Den Schröklichen, dass zu sehr nicht eins
Ihn liebet mit Gebeten oder
Die Seele. Dein lange schon steht offen
Wie Blätter, zu lernen, oder Linien und Winkel

Die Natur
Und gelber die Sonasen und die Monde,
Zu Zeiten aber

Wenn ausgehn will die alte Bildung
Der Erde, bei Geschichten nemlich
Gewordnen, muthig fechtenden wie auf Höhen führet

Die Erde Gott.
Ungemessene Schritte
Begränzt er aber, aber wie Blüthen golden thun
Der Seele Kräfte dann der Seele Verwandtschaften sich zusammen,
Dass lieber auf Erden
Die Schönheit wohnt und irgend ein Geist
Gemeinschaftlicher sich zu Menschen gesellet.

Süss ists, dann unter hohen Schatten von Bäumen
Und Hügeln zu wohnen sonnig, wo der Weg ist
Gepflastert zur Kirche. Reisenden aber, wem,
Aus Lebensliebe, messend immerhin,
Die Füsse gehorchen, blühn
Schöner die Wege, wo das Land
 
GRECIA
 
Oh vosotras, voces del destino, oh caminos del viajero
pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes;
muchas son recuerdos. Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, desde asolaciones, tentaciones de los santos
pues inicialmente se ha configurado la obra
sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura y el cielo ancho, claro velo en seguida
apareciendo cantan nubes de cánticos.
Pues firme es el ombligo
de la tierra. Captadas en efecto en orillas de hierba están
las llamas y los universales
elementos. Pura meditación sin embargo arriba vive el éter. Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.
[Pero como el cortejo
a la boda,]
a lo escaso también puede llegar
un gran comienzo.
Pero todos los días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su rostro
y cubre los párpados con arte.
Y aire y tiempo cubren
lo espantable, para que ni uno demasiado
lo ame con oraciones o
el alma. Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu
con más comunidad se una a los hombres.

Dulce es, entonces, bajo altas sombras de árboles
y colinas habitar, soleados, donde está
pavimentado el camino a la iglesia. Pero a los viajeros, a quienes
por amor a la vida, midiendo, sin embargo,
obedecen los pies, florecen
más bellos los caminos, donde la tierra 
(Tercera versión, impresa según la edición de Stuttgart (StA), t. II, pp. 257 ss. Los dos versos entre corchetes están tomados de la segunda versión; las palabras también entre corchetes «de los ojos» y «segura» señaladas en las variantes.)
La tierra y el cielo - este giro expresa una relación. La , palabra de enlace «y» la expresa, ciertamente, pero no dice qué  es esa relación y cómo puede ser, si persiste por sí o si viene de lejos. En este último caso, debería ser parte de una más rica relación, de la que también reciban su primera determinación la tierra y el cielo.
Hölderlin nos dice de esto. Querríamos oírlo. Lo intentamos  en cuanto que meditamos un esbozo de poema titulado Grecia. Sin embargo, los hombres, en cuanto que somos los mortales, sólo podemos oír si decimos algo por adelantado a lo que se nos querría decir. Lo dicho por adelantado no necesita superar lo que se nos dice, pero debe salirle al encuentro. Por eso estamos atenidos a prestar atención al poema partiendo de lo que nos atañe en la presente edad del mundo. Precisamente entonces habla el poeta mismo, hacia nosotros, claramente distinto, a partir de lo suyo propio.
El esbozo de poema que tenemos delante, Grecia, procede de una época tardía, cuando la peregrinación de Hölderlin había llegado al reposo en lo propio de lo hespérico, esto es, de lo occidental. Pero ¿cómo, entonces todavía Grecia, que el mismo Hölderlin llamaba «lo oriental», lo del «país de la mañana»? Si Hölderlin, con más apremio que nunca hasta entonces, apela todavía a Grecia, es que debe haber llegado en definitiva a una extrema inclinación a ella.
Que esto ocurriera y cómo se preparó nos lo dice un poderoso testimonio. Es una carta. Hölderlin la escribió probablemente a fines del otoño de 1802 después que volvió a la patria, en primavera, desde el sur .de Francia. La escribió desde Nürtingen a su amigo Böhlendorff (Hell. V2, p. 327; StA VI, Nº 240; VI; p. 1086 ss.).
La carta dice así:
Querido mío:
Hace mucho que no te he escrito; mientras tanto, he estado en Francia y he visto la triste y solitaria tierra; los pastores del sur de Francia y algunas bellezas hombres y mujeres, que han crecido en la .angustia de la duda patriótica y del hambre.
El poderoso elemento, el fuego del cielo y la calma de las gentes, su vida en la Naturaleza, y su limitación y contento, me han impresionado constantemente y, como se cuenta de los héroes, bien puedo decir que me ha herido Apolo.
En los parajes que limitan con la Vendée, me ha interesado lo salvajemente guerrero, lo puramente viril, para lo cual la luz de la vida se hace inmediata en los ojos y los miembros y que se siente en el sentimiento de muerte como una virtuosidad, y sacia su sed de saber. Lo atlético de la gente del Sur, en las ruinas del espíritu de la Antigüedad, me hizo más familiar con el ser auténtico de los griegos; conocí su naturaleza y su sabiduría, sus cuerpos, el modo como crecían en su clima, y las reglas con que defendían el genio demasiado animoso frente a la violencia de los elementos.
Esto determinó su popularidad, su modo de aceptar las naturalezas extrañas y comunicarse con ellas; en eso tienen lo individual y peculiar suyo, que aparece vivo, en cuanto que el más alto entendimiento, en sentido griego, es fuerza de reflexión, y esto se nos hace comprensible si comprendemos los heroicos cuerpos de los griegos; ella [la popularidad de los griegos] es ternura, como nuestra popularidad.*
La vista de los antiguos [¿de lo antiguo?] me ha dado una impresión que no sólo me hace más comprensibles a los griegos sino en general lo supremo del arte, que, aun en la más alta movilidad y fenomenalización de los conceptos y de todo lo que tiene intención seria, sin embargo, lo mantiene todo en pie y lo conserva por sí mismo, de modo que la seguridad en ese sentido es la suprema forma del signo.
Me fue necesario, después de muchas agitaciones y sacudidas del alma, establecerme fijo, por algún tiempo, y vivo mientras tanto en mi ciudad paterna [Hölderlin supo la muerte de Diótima sólo después del regreso de Francia].
La naturaleza de la patria me invade con tanto más poder cuanto más la estudio. La tormenta, no sólo en su aparición más alta, sino precisamente bajo este aspecto, como potencia y como figura, en las restantes formas del cielo, la luz en su actuación, nacionalmente y formando como principio de modo de destino, para que algo se nos haga sagrado, su impulso en ir y venir, lo característico de los bosques y la coincidencia en un lugar de diversos caracteres de la Naturaleza, de modo que todos los lugares sagrados de la tierra están reunidos en un lugar y la luz filosófica en torno a mi ventana es ahora mi gozo; ¡ojalá pueda retener cómo he venido hasta aquí!
¡Querido mío! Pienso que nosotros no vamos a comentar a los poetas hasta nuestro tiempo, sino que el modo de cantar en general va a tomar otro carácter, y que nosotros no prevalecemos porque nosotros, desde los griegos [que «han desperdiciado lo patrio», Hell. IV, p. 264], empezamos otra vez, de modo ancestral y natural, a cantar propiamente con originalidad.
Pero escríbeme pronto. Necesito tus puros acentos. La psique entre amigos, el surgir del pensamiento en el diálogo es necesario a los artistas. Si no, no tenemos ninguno para nosotros mismos; por el contrario, pertenece a la imagen sagrada que formamos. Que te vaya bien.
Tu H.**
Muchos días y horas favorables harían falta para meditar esta carta de un modo adecuado. Ahora sólo atendemos, y con la brevedad necesaria, a tres cuestiones de hecho en relación mutua.
Ante todo consideremos el hecho de que, y cómo, Hölderlin llega a «hacerse más familiar con el ser auténtico de los griegos.
Por otra parte meditaremos el pasaje en que, llegado a él, el poeta guarda en la memoria los caminos de su andanza, y a la vez prestaremos atención a la luz en que se mueve tal recuerdo.
Finalmente consideraremos las palabras de Hölderlin sobre «lo supremo del arte».
Todo esto, sin embargo, a partir de la única intención de prepararnos para hacernos mejores oyentes de lo que dice el esbozo de poema Grecia sobre la tierra y el cielo y su relación. Con eso permanecemos en el peligro de oír mal. Es un peligro tan esencial y grande que no se evita con ninguna voluntad de querer saber mejor.
«Lo atlético de las gentes del Sur, en las ruinas del espíritu de la Antigüedad»: eso muestra más claramente a Hölderlin la auténtica esencia de los griegos. Hölderlin experimenta «lo atlético» no como algo aparte por sí mismo, sino en el elemento del espíritu de la Antigüedad. El verbo griego Žyl¡v significa luchar, combatir, coger y sostener. Pensado en griego, lo atlético hace surgir y reservarse alternativamente todo lo que está en lucha recíproca. Lo atlético es lo heroicamente «guerrero» en el sentido del pñlemow; de esa lucha que Heráclito piensa como el movimiento en el cual y para el cual dioses y hombres, libertad y servidumbre, salen afuera en la apariencia de su ser. Lo atlético del «cuerpo heroico» no es ni lo meramente sensible ni lo plástico. Es el refulgir del espíritu que se abre paso luchando en su medida corporal y se capta en ello.
«El más alto entendimiento en .sentido griego» es «fuerza de reflexión»; eso significa aquí: la capacidad de dejar .devolver reflejos todo lo que fulge en sí mismo puramente y consiste en ello. Pero lo que tiene su presencia en tal fulgor es lo bello. Ambas cosas, lo atlético y la capacidad de reflexión, son las maneras, en sí mismas unidas, de llevar la belleza a refulgir. Por eso puede escribir Hölderlin que lo uno sea comprensible sólo unido a lo otro. Están reunidos en lo que llama Hölderlin la «ternura». Ésta forma el rasgo básico de la «popularidad» de los griegos, es decir, de su manera de ser como pueblo en una patria. Volveremos a oír la palabra «ternura», junto con lo que quiere decir capacidad de reflexión, en el esbozo de poema Grecia.
La palabra «ternura» [Zärtlichkeit] tuvo hasta el siglo XVIII, o sea también para Hölderlin, un sentido elevado, de amplio alcance, nada sentimental.
En una versión tardía de Patmos (StA II, p. 180), Hölderlin llama a Grecia «la tierra juvenil de los ojos atléticos». Su mirada es, como toda auténtica mirada, espiritual, y brilla en lo corporal. Los ojos ven lo que irradia sólo en la medida en que estén antes iluminados y mirados por ello. Los «ojos atléticos» miran la belleza. Ella es la verdad percibida al modo griego, esto es el desvelamiento de lo se hace presente por sí, de la fæsiw de esa Naturaleza en que y de la que vivían los griegos. El más elevado conocimiento que tiene Hölderlin del ser auténtico de los griegos es de una situación objetiva, de que habla la carta.
La otra inseparable de la primera, la .contiene la indicación de Hölderlin sobre el pasaje por el que se nombra el conocimiento auténtico sólo ahora adquirido, del ser griego.
«El hecho de que todos los lugares sagrados de la tierra estén reunidos en torno de un lugar ... es ahora mi gozo.» Mediante el lugar que el poeta habita ahora, la tierra se le hace de nuevo tierra. Ella alberga y lleva, como edificación de los celestes, lo Sagrado, esto es, la esfera del dios. La tierra es sólo tierra en cuanto la tierra del cielo, que sólo es cielo en cuanto que hace descender a la tierra su influjo. Sus manifestaciones, desde la más alta, el rayo, hasta «las demás formas», están citadas en las frases anteriores de la carta. Rayo [Blitz] es la misma palabra que mirada [Blick]. En la mirada hay existencia. La tormenta se llama por eso la «existencia de Dios». Tierra y cielo, y los dioses escondidos en el cielo, todo está presente para el estado de ánimo del poeta, tranquilamente gozoso, en la totalidad de la Naturaleza brotando desde su origen. Ésta se le aparece en una luz especial.
«... y la luz filosófica en torno a mi ventana es ahora mi gozo.» Esta luz es aquella claridad que, en la potencia de dejar reflejar, en la fuerza de reflexión, dota todo lo presente con la claridad de la presencia. Lo especial de esa luz, el hecho de que sea «filosófica» procede de Grecia lo que ya revela su nombre filosofÛa. Aquí se ha encendido inicialmente la verdad del ser como el radiante desvelamiento de lo presente. Aquí la verdad ha sido la belleza misma.
En .conexión con esto se aclara la tercera relación objetiva que debe ponerse de relieve en la carta. La siguiente frase lo nombra:
La vista de los antiguos me ha dado una impresión que no sólo me hace más comprensibles a los griegos, sino en general lo supremo del arte, que, aun en la más alta movilidad y fenomenalización de los conceptos y de todo lo que tiene intención seria, sin embargo lo mantiene todo en pie y lo conserva por sí mismo, de modo que la seguridad en ese sentido es la suprema forma del signo.
El arte es la suprema forma del signo en cuanto que deja aparecer, señalándolo, lo invisible. Base y cima de tal signo, a su vez, se despliegan en el decir como el cántico poetizador.
Pero para los griegos lo que hay que señalar ahora, esto es, lo que se muestra e irradia por sí mismo, es también lo verdadero: la belleza. Por eso se necesita el arte, la esencia poetizadora del hombre. El hombre que habita poéticamente lleva todo lo que aparece, tierra y cielo y lo sagrado, a la apariencia estable por sí misma, y que lo preserva todo; lo lleva; en figura de la obra, a un seguro estar. «Mantener todo en pie y por sí mismo» significa: fundar.
Así la carta de Hölderlin no habla sólo sobre Grecia. La misma Grecia llega a él en el brillar de tierra y cielo, en lo sagrado, lo que vela al dios, en la esencia humana poetizadoramente pensante; llega a él en el único lugar donde su andanza poética ha encontrado el reposo, para preservarlo ahí todo en el recuerdo.
Aunque la unidad del todo de la tierra y el cielo, del dios y el hombre, quede sin expresar en la carta, ya vemos con más claridad esto: tierra y cielo, y su relación, forman parte de una pertenencia más rica. Ya no sorprende que, como se prepara en la carta, vaya seguido más tardíamente de un cántico que se llama Grecia, y que querría poner esa pertenencia más rica en la palabra fundante.
Presumiblemente, en la misma época que este esbozo, fue trazado otro. No tiene título. El título dado posteriormente, El Vaticano, es erróneo. Esta poesía se interrumpe en los siguientes versos (StA II, p. 253, v. 45 ss.):
Reposo pleno. Rojo de oro. Y la nervadura resuena
del arenoso globo terráqueo en la obra de Dios
arquitectura explícita, verde noche
y espíritu, la ordenación de las columnas, realmente
según la total pertenencia, junto con el centro,
y brillantes
Fijémonos ahora sólo en las palabras «realmente / según la total pertenencia, junto con el centro» y entendámoslas por vía de suposición como los nombres para esa totalidad de tierra y cielo, dios y hombre. Esa «pertenencia total», de que forman parte tierra y cielo y su relación, en conexión con los Fragmentos filosóficos de Hölderlin de su primera época .de Homburg, la podríamos llamar «pertenencia infinita más tierna». La determinación «in-finita» ha de pensarse aquí en sentido de la dialéctica especulativa de Schelling y Hegel.
In-finito quiere decir que los fines y lados, los lugares de la pertenencia, no están cortados, unilateralmente por sí mismos, sino que, liberados de la unilateralidad, se pertenecen mutuamente en la pertenencia que los mantiene unidos «de parte a parte» desde su centro. El centro, que se llama así porque centra, no es ni la tierra, ni el cielo, ni el dios, ni el hombre. Lo in-finito que hay que pensar aquí es abismalmente diverso de lo meramente sin fin, que por su uniformidad no consiente ningún crecimiento. Por el contrario la «pertenencia más tierna» de tierra y cielo, dios y hombre, puede llegar a ser más in-finita. Pues lo no-unilateral puede salir a luz más puramente a partir de la entrañabilidad en que los Cuatro nombrados se mantienen en relación mutua.
Si pensamos así lo dicho sobre la carta, entonces la carta de Hölderlin nos concede lo que necesitamos: «El surgir del pensamiento», de ese, pensamiento, esto es, que hemos de pensar previamente al cántico Grecia para escuchar de él cómo el poeta entona un canto a tierra y cielo, o sea, cómo los llama poetizando. El cántico Grecia arranca:
Oh vosotras, voces del destino, oh caminos del viajero ...
El primer esbozo empieza: «¡Caminos del viajero!» El espacio por delante, en la línea, queda todavía libre. Pues Hölderlin sabe por adelantado que los caminos están determinados en otro lugar y desde lejos. ¿Quién es el viajero? Presumiblemente el poeta mismo. Pero ahora ha llegado a su lugar. El viaje toca a su fin. Entonces la apelación «vosotras, caminos del viajero» queda como un recuerdo de los caminos recorridos del poetizar. Sólo que tales caminos no terminan al cesar. Los caminos terminan en cuanto que reposan, pero esto porque se reúnen en el cántico del reposo de la llegada a plenitud. El cántico, sin embargo, perdura en un constante andar y viajar, que siempre mide sus pasos con el metro de los pies del verso, en la medida del decir poetizador. Los caminos de tales viajeros son aún más bellos que los viajes emprendidos antes. Más bellos son los caminos poetizadores porque la tierra que cruzan -convirtiéndola en transitable- es el dominio de la belleza en que llega a hacerse presente la in-finita pertenencia al aparecer. El esbozo Grecia termina en los versos (48 ss.):
... Pero a los viajeros, a quienes,
por amor a la vida midiendo, sin embargo,
obedecen los pies, florecen
más bellos los caminos, donde la tierra
Aquí se interrumpe el esbozo bruscamente; ¿por casualidad o porque el paisaje de la pertenencia infinita se ha abierto más propiamente al poeta, abrumándole; porque Grecia ahora se acerca al poeta en su mayor autenticidad, y precisamente del modo como lo canta el esbozo de cántico así titulado?
Con todo no pasemos por alto el « pero» en el v. 48: «Pero a los viajeros .... El viajero, es decir, el poeta queda distinguido respecto a lo que dicen los versos inmediatamente precedentes (46 ss.):
Dulce es, entonces, bajo altas sombras de árboles
y colinas habitar, soleados, donde está
pavimentado el camino a la iglesia.
El poeta sabe la felicidad de aquellos a quienes se les permite ir y venir a la iglesia por el camino consolidado. Este camino no es el suyo. Pero Hölderlin tampoco reniega de la vecindad a la «torre de la iglesia» que «en amable azul florece con el tejado metálico.
De tal vecindad procede un cántico posterior. Sólo que también es todavía un viaje. Va hasta los «mirtos» que «hay en Grecia», hasta el «rey Edipo», que «quizá tiene un ojo de más», hasta el «hijo de Layo», «el pobre forastero en Grecia». Ese cántico acaba:
Vida es muerte, y la muerte es también un vivir.
Según eso, el «amor a la vida», nombrado en el v. 49, debe abrigar algo más profundo. Incluye la muerte. Al venir la muerte, desaparece. Los mortales mueren la muerte en la vida. En la muerte se hacen in-mortales los mortales.
«... vosotros caminos del viajero», por delante de ellos van las «voces del destino. ¿Qué significa aquí «destino»? Si cabe entenderlo, es sólo si tenemos en cuenta cómo se nombra al destino. «Oh vosotras, voces del destino ...» ¿Voces? Resuenan. La elegía Pan y vino pregunta en su cuarta estrofa: «¿y dónde resuena el gran destino?». Se piensa en la «bienaventurada Grecia», apelada al comienzo de esta estrofa, para la cual y en la cual resonaba el gran destino.
¿A través de qué resuenan las «voces del destino»? ¿Qué resuena? Los versos 2 ss. dicen:
pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.
Lo que resuena es el cielo. Su voz es la serena disposición de las nubes. Lo que determina las nubes en lo abierto es precisamente lo que albergan en ellas: la «suprema aparición de la tormenta» el rayo, el trueno, .la tempestad y las flechas de la lluvia. Ahí se esconde la presencia del dios. Aunque las nubes de tormenta velen el cielo, le pertenecen y muestran la alegría del dios. Por eso las nubes tienen «buena determinación», esto es, la disposición adecuada.
En el esbozo se encuentra ante todo «la segura disposición de las nubes». Lo seguro quiere decir aquí lo securum, el reposo libre de cura y cuidado. Por estar determinado en la propia disposición, esto es, el «claro velo» del cielo, a través del cual resuena, las nubes están tranquilas a pesar de todo tumulto.
El cielo resuena. Es una de las voces del destino. Otra voz es la tierra. También ella resuena (V, 9 ss.):
... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ...
Como el pellejo del tambor golpeado repercute tronando a su modo con los golpes de los palillos, así ante los golpes del rayo y de las «flechas de la lluvia», la tierra devuelve su sonido (Grecia, 1ª versión, StA II, p. 254, 6). El resonar de la tierra es el eco del cielo. En el resón, la tierra replica al cielo con su propia marcha.
Un fragmento posterior dice (StA II, p. 334):
Siempre, ¡ amada! va
la tierra y sostiene el cielo.
¿A dónde va la tierra y por qué caminos?
... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ... (V, 9 ss.)
... sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura ... (V, 13 ss.)
La tierra «sigue grandes leyes». Las «leyes» aquí nombradas son los nñmoi en sentido de indicaciones del gran destino, que indica y destina cada cosa a donde hace falta que se use según su esencia. No escritas; por imposibles de escribir, determinan la conexión infinita de toda la pertenencia. Son, como ya observa Hölderlin en los Fragmentos filosóficos de Homburg (Hell. III, p. 261), las leyes «de que habla Antígona».
g‹r ti nèn ge xŽxy¡w, Žll ŽeÛ pote
taèta, xoédeÜw oåden ¤j ÷tou ƒ f‹nh.
No de hoy, pues, y de ayer, sino durante siempre y siempre
se levanta (la indicación) y nadie ha mirado
allá de donde llegó a aparecer a la luz.
La tierra se destina a las grandes leyes. ¿Por qué caminos? Son nombrados (v, 13 s.): «la ciencia y ternura». «La ciencia», esta palabra, dicha sencillamente como aquí, está entendida en el sentido de la doctrina de su maestro Fichte y su amigo Hegel: «la ciencia» es el pensar del pensador, que ha recibido de Grecia su nombre y con él su esencia. La claridad del pensar determina «la luz en torno a la ventana» a través de la cual el poeta «mira fuera». «Y la ternura» -hemos oído esas palabras en la carta a Böhlendorff. La ternura señala la «popularidad» de los griegos. La popularitas es la capacidad de la más alta inclinación hacia aquello, y la suprema participación en aquello que, en cuanto extraño, alcanza conforme a su destino a un pueblo en lo que le es innato. La popularidad de los griegos es ternura. De ella forman parte lo atlético del cuerpo heroico y la capacidad de reflexión. La ternura, su esencia alegradora y ofrecedora -y a la vez recibiendo sencillamente- tiene, con la ciencia que hace devolver el reflejo pensando, la tierra abierta al cielo. Ambos forman la relación de la tierra con el cielo y por ello son a la vez celestes.
Uno de los Cantos nocturnos que, bajo el título Lágrimas, canta a Grecia y cuya época de origen se sitúa entre la carta a Böhlendorff y el esbozo Grecia, empieza:
Celeste amor! ¡ Tierno! ¡ si de ti
     me olvidara, si, oh vosotras, conformes al destino,
          oh fogosas, que estáis llenas de ceniza y
               baldías y solitarias además ya, 
oh vosotras, queridas islas, ojos del mundo de las maravillas!
     Pues de vosotras me importa ahora solamente ...
                                                  (StA II, p. 58, Hell. IV, p. 70)
La tierra resuena, dispuesta como «eco del cielo». Resuena a través de la «ciencia y ternura», que, terrenas ambas, corresponden al destino. ¿En qué lengua? Primero resuena el cielo. . Sobre él resuena la tierra. ¿Y después? Los versos 14 s. dicen:
... y el cielo, en lo ancho, claro velo, después
apareciendo cantan nubes de cánticos.
Las nubes de cánticos cantan «apareciendo después». ¿Dónde y cómo aparecen después, después de su resonar en el cielo, después de que la tierra devuelva su resonar? Después ese cantar, sólo puede ser el cántico que desde la tierra llama al cielo y así es a la vez celeste y terrestre. V. 7 y s.:
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes ...
La llamada de los cantores es un mirar afuera hacia la inmortalidad, esto es, a la divinidad que se alberga en lo sagrado. Las llamadas son como un mirar afuera, fuera de la tierra a lo ancho del cielo. Maravillosa mismidad de mirar y llamar en el cántico terrenal de los cantores. Pero corresponde sólo a la identidad de mirada y voz del cielo. Éste es, en cuanto resonante, «el azul escuela de los ojos». La llamada que, tras las voces del destino, mira hacia fuera, va a la escuela de la azulidad del cielo. En el esbozo Colón (StA II, p. 242) dice Hölderlin:
Y es menester
preguntar al cielo.
El azul escuela de los ojos es de donde los «ojos del mundo de las maravillas», las islas de Grecia, «sus héroes y santos» aprenden lo que es propio del destino al enfrentarse en contramirada. En la tercera estrofa del cántico nocturno Lágrimas canta Hölderlin:
Pues demasiado agradecidos los santos han
     servido allí en días de belleza y
          los irascibles héroes ...***
Las llamadas que miran hacia fuera a la inmortalidad son las llamadas de los llamados. Estos reciben en la «vocación de poetas» la determinación al cántico. Los que así llaman llegan a ser así ellos mismos una voz del destino. Su «amor de la inmortalidad», esto es, de la divinidad, «es de un dios» (¿Qué es dios?, StA II, p. 210, 6 s.). Tal amor pertenece al dios, pero sigue siendo algo extraño en lo cual se destina igual que en las nubes de cánticos. Pues también el dios está aún bajo el destino. El dios es una de las voces del destino. De Dios se dice en el poema ¿Qué es dios?
                                        Cuanto más es uno
invisible,                         se destina a lo extraño.
Se destina, esto es, se dispone y se sitúa en lo extraño. Por eso la llamada-mirada de los cantores no puede mirar ella misma el rostro del dios. E1 cantor es ciego. E1 dios sólo se hace presente al desaparecer escondiéndose. Por eso el modo como el poeta ciego dice al dios en el cántico, debe ser un arte que le cubra los párpados. El pensamiento que forma el poetizar del cantor, forma parte de la sagrada imagen, esto es, del aspecto de lo sagrado que oculta al dios. Pero el cántico que llama al cielo desde la tierra, no sería voz sin la voz del dios, que sin embargo protege a los hombres de lo «espantable» (v. 30). Que el dios, «diariamente» y «por todos los lados en torno, se muestre en cuanto que se destina en el ocultamiento para la mirada que llama, eso es lo maravilloso de esta voz del destino (v. 25 ss.):
Pero todos los .días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su, rostro
y cubre los párpados con arte.
Según el manuscrito y según el tema, en el v. 28 podría leerse «párpados» [Lider] en vez de «aires [Lüfte] o «imágenes» [Bilder] o incluso «Amor» [Liebe]. Hölderlin alude a los párpados de esos ojos cuya escuela es la azulidad del cielo.
Cuatro voces son las que resuenan: el cielo, la tierra, el hombre, el dios. En esas cuatro voces reúne el destino toda la infinita pertenencia. Pero ninguno .de los Cuatro se sostiene y marcha unilateralmente por sí. Ninguno es finito en este sentido. Ninguno es sin los demás. In-finitos se relacionan unos con otros; son lo que son a partir de la in-finita pertenencia; son esa totalidad misma.
Tierra y cielo y su relación según eso, forman parte de la más rica pertenencia de los Cuatro. Esa cifra no está pensada propiamente por Hölderlin ni dicha nunca por él. Sin embargo, los Cuatro están por todas partes en su decir, vistos a partir de la entrañabilidad de su copertenencia. Están ya contados en el sentido original .del contar el «viejo (apenas oído) dicho de su copertenencia». «Cuatro» no nombra ninguna suma calculada, sino la figura por sí única de la in-finita pertenencia de las voces del destino. ¿Y éste mismo? ¿Qué nos dicen del destino sus voces? Él envía a su destino a los Cuatro en relación mutua, al retenerles reunidos en sí, a toda la pertenencia. Entonces presumiblemente sería el destino «el centro», que centra en cuanto que media a los Cuatro ante todo en su mutua pertenencia, destinándolos a ésta. El destino retoma para sí a los Cuatro en su centro, los toma en sí, los capta en la entrañabilidad. Bajo el título Forma y espíritu dice Hölderlin: «Todo es entrañable» (StA II, p. 321; Von Hellingrath IV2, p. 381). Como centro de toda la pertenencia, el destino es el comienzo que lo reúne todo. El centro es el gran comienzo en cuanto gran destino que resuena.
Pero ¿de qué manera es un comienzo? Comienzo constituye presencia en cuanto que permanece en el venir. Pues el mediar, que reúne a los Cuatro en el centro de la entrañabilidad, es un primer venir. El comienzo permanece como llegada. El comienzo es tanto más permanecedor cuanto más cerca se mantiene en la posibilidad de que pueda venir y traiga y destine en su venir aquello que mantiene en sí: la infinita pertenencia. Pero entonces debe corresponder también algo grande a la venida del gran comienzo que sea capaz de tomarle con grandeza, esto es de esperarle grandemente por adelantado.
Pero Hölderlin lo dice de otro modo (v. 23/24):
  
A lo escaso también puede llegar
un gran comienzo.
¿Qué es lo escaso? Debemos buscarlo allí desde donde llama Hölderlin, mirando afuera a través de la ventana filosófica. Es el único lugar en que se reúnen para él todos los lugares sagrados.
En el esbozo de himno que empieza:
Pero cuando los celestiales han
edificado, está en paz
en la tierra, y bien conformadas se yerguen
las montañas alcanzadas.
                             (StA II, p. 222, 1 ss.)
dice Hölderlin:
Pero ahora florece
en pobre lugar.
Y maravillosamente grande quiere
erguirse. (v. 18 ss.)
Ahora que se ha apaciguado el gran tumulto del construir inicial, que «inicialmente se ha configurado la obra» (v. 12), ahora que se yergue ese edificio del que se dice (StA II, p. 723):
ahuecado desde lo hondo
edificado de arriba abajo.
Es la construcción de la pertenencia infinita. Ahora «florece en pobre lugar». Florecer es el preparar, aguardando con gozo, la maduración y el fruto. La pertenencia infinita aguarda saliendo al encuentro de que alguna vez eso se yerga en grande en el lugar pobre y corresponda así al gran comienzo. Otro esbozo de himno de la misma época recubre con sus líneas, como determinó Fr. Beissner, la «palabra germinal» del todo, que dice así: «un lugar secreto» (cf. la quinta estrofa de Germanía). El lugar «único» que ha encontrado el poeta en su país natal, ¿corresponde como lo pobre (y secreto) en eso Escaso, a lo que «también le puede llegar un gran principio»? Pero ¿cómo llega éste?
Los dos versos que preceden a las palabras de la llegada del gran comienzo, contienen la respuesta:
[Pero como el cortejo
a la boda,] #
Esto nos deja extrañados. ¿El cortejo va a ser lo grande y la boda va a ser lo escaso? ¡Se pensaría lo contrario! La extrañeza crece aún cuando pensamos que ese «Pero como...» no introduce una mera comparación, sino que dice él mismo el asunto claramente: a saber, el modo como puede llegar un gran principio también a lo escaso. Entonces sería la boda lo escaso. En cuanto que luego llegue a ella otra cosa, permanece remitida a lo que viene, también la boda pertenece al venir. Ella misma es lo que viene. Hölderlin dice de ella al comienzo de la 13.ª estrofa del Himno al Rhin (StA II, pp. 147, 180):
Entonces celebran la fiesta nupcial hombres y dioses
La novia es la tierra a la que llega la canción del cielo. Así dice el posterior esbozo (StA II, p. 253, 44):
Entonces viene el canto nupcial del cielo.
La boda es el todo de la entrañabilidad de tierra y cielo, hombres y dioses. Es fiesta y celebración de la pertenencia in-finita. La boda es «entonces» cuando viene: ¿Cuándo es el tiempo [Zeit] de ese «entonces»? ¿De qué índole es su tiempo? Escapa a todo cálculo. Semejante tiempo se temporaliza para el aguardar en la llamada que mira afuera. Tiempo quiere decir aquí .siempre el tiempo apropiado, cuando es tiempo: el momento histórico. Tiene su propio «entonces». ¿Cómo es entonces, cuando todo está en paz en la tierra, cuando ha llegado el gran comienzo a lo escaso? Hölderlin lo dice (v. 19 hasta 22):
... Pura meditación, empero, vive arriba el éter.
Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.
Entonces hay «Paz plena. Rojo de oro». Dorados están, abiertos, «los soles y lunas más amarillos». ¿Y «rojo»? ¿Es ese «rojo» por el cual el azul del cielo se hace violeta para la tierra? Ese rojo sería entonces, en la esfera de lo luminoso, el eco del azul escuela de los ojos.
Los días puros no tienen nada del tumulto amenazador de las nubes tormentosas. La existencia de dios no se vela en una oscuridad. Aún más veladora que ésta es la más clara claridad. En su serenidad medita arriba el dios el destino de la infinita pertenencia, en cuanto que «odia» el «crecimiento fuera de sazón». (StA II, p. 225, 93 ss.). Ya los griegos sabían que la claridad es aún más veladora que la oscuridad.
Pero ¿cómo puede llamarse lo Escaso esa paz de plenitud de la pertenencia infinita? Escaso [Gering] es el refuerzo de la palabra ring, que significa lo ligero, flexible, dócil: lo pequeño a distinción de lo grande. Pero pequeño [klein] significa originalmente [fein] fino y precioso, como expresa aún la palabra [Kleinod] [joya, la parte mejor]. Así Hölderlin entenderá la boda de tierra y cielo, que celebran los dioses y los hombres, no como lo escaso en sentido de lo poco valioso. Pues «grande» quiere erguirse lo que florece en pobre lugar. Lo escaso llegará a serlo, a ser lo que ha de gustarse al final, sólo con la venida del gran principio. Éste sin embargo llega al modo del cortejo.
Por lo mismo que no podemos representarnos como algo mezquino lo «escaso» expresado en el esbozo, igualmente debemos dejar a la palabra «cortejo» [Reigen] esa riqueza por la cual puede nombrar lo mismo que el hablar de «gran comienzo». El cortejo es el griego xorñw, la danza que canta festivamente festejando al dios: xoroÝw timn Diñnuson (Eurípides, Bacantes 220). Así habla Hölderlin en una variante a la oda Ánimo del poeta (StA II, p. 532, 33), de «cortejo menádico». Pero tal cortejo corresponde solamente al dios porque los celestes mismos están reunidos en coros, «un número sagrado (Fiesta de la paz, v. 105 ss.). El cortejo es el ebrio entremezclarse de los dioses mismos en el fuego celeste del gozo. Sólo así pueden las nubes ser la serena y segura disposición de la existencia de Dios, nubes de cánticos. El Himno a los Titanes canta (Hell. IV2, p. 209, 47 ss.; StA II, p. 850, 22 .ss.):
Pero cuando se ha encendido
el día ocupado
y pura la luz y ebrios
los celestiales están
de lo verdadero, de modo que cada cosa
sea como es,
Sólo como el cortejo de los celestes, que, a partir de su fuego, danzan su coro fundándolo en la tierra y los terrenales, es como puede el cortejo ser grande y, como grande, ser el comienzo surgente del gran destino. No podemos agotar la riqueza de la palabra «cortejo» [Reigen] dicha con sencillo temor. Pues nombra la riqueza misma, la riqueza de lo que querría venir. En el Himno a los Titanes se dice (v. 20 ss.):
Pues hace ya mucho obran
las nubes hacia abajo
y echa raíz, preparando mucho, santa selva.
Ardiente es la riqueza. Pues falta
el cántico, que desata el espíritu.
Consumiría
y estaría contra sí mismo,
pues nunca consiente
la cautividad del fuego celeste.
Cómo se entiende aquí «la riqueza», lo dice el poema que probablemente surgió en torno al tiempo de la carta citada a Böhlendorff, escrito en el reverso de una carta de Diótima, de 5 de marzo de 1800:
Qué es la vida de los hombres     una imagen de la divinidad.
Como bajo el cielo vagan los terrestres todos, ven
a éste. Pero leyendo casi como
en una escritura, imitan la infinitud y 1a riqueza los hombres. ¿Es pues rico
el sencillo cielo? Como flores son, en efecto,
las nubes plateadas. Pero de ellas llueve
el rocío y la humedad. Pero cuando
se extingue el azul, lo sencillo, parece
lo mate, semejante a la piedra de mármol, como mineral,
indicación de la riqueza.      (StA II, p. 209)
Llamado a través del cántico a la libertad en la tierra, este fuego debe llegar a lo escaso como el gran comienzo. «¡Ven ahora, Fuego!» así arranca el Himno al Ister. Pero lo que viene no es el dios tomado por sí. Lo que viene es la entera pertenencia in-finita, en la que van unidos la tierra y el cielo con el dios y con los hombres. La venida del gran comienzo es lo primero que lleva lo Escaso a serlo. Esto mismo es -en su manera transformada- la pertenencia in-finita y tiene su sitio en el lugar pobre y secreto en los campos donde el poeta está en su casa.
Lo Escaso es lo occidental. Pero Grecia, lo oriental, del país de la mañana, es el gran comienzo que viene posiblemente. Lo Escaso es sin embargo sólo en cuanto que llega a ser eso a lo que puede llegar un gran comienzo. ¿Puede venir todavía?
¿Está todavía lo occidental? Ha llegado a ser Europa. Su círculo de dominio técnico e industrial cubre ya toda la tierra. Ésta a su vez está tenida en cuenta como planeta en el espacio cósmico interestelar, que está considerado como ámbito de acción planeado para el hombre. La tierra y el cielo del poema han desaparecido. ¿Quién se atrevería a decir a dónde? La pertenencia in-finita de tierra y cielo, hombre y dios parece destruida. ¿O bien ha aparecido en cuanto tal pertenencia infinita todavía nunca puramente encajada en nuestra historia a partir de la reunión del destino determinados, y todavía no se ha hecho nunca presente, todavía no se ha fundado nunca como el todo en lo más alto del arte? Entonces tampoco podría ser destruida, sino, en caso extremo, sólo disimulada y rehusada en su aparición. Entonces nos tocaría a nosotros pensar ese rehusamiento de la pertenencia in-finita. Meditar siguiendo un asunto significa: dejar que éste se diga, prestarle oído donde .se hable de él, esto es, en el poema de Hölderlin, en la presente edad del mundo para nosotros. Inmediatamente después de la primera guerra mundial (1919) publicó Paul Valéry una carta titulada La crise de 1'esprit. En ella plantea dos preguntas:
¿Llegará Europa a ser lo que es en realidad, es decir, un pequeño cabo del continente asiático?
¿O bien Europa seguirá siendo lo que parece, es decir: la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de un vasto cuerpo?
Quizá Europa ha llegado ya a ser lo que es: un mero cabo, pero, en cuanto tal, al mismo tiempo, el cerebro de todo el cuerpo terráqueo, ese cerebro que computa el cálculo técnico e industrial, planetario e interestelar. Porque es así y porque lo que es así no puede durar, quizá podríamos añadir una tercera pregunta a las dos de Paul Valéry. No pregunta pasando por encima de Europa, sino retrocediendo a su principio. Podría decir así: Europa, como ese cabo y cerebro, debe llegar a ser tierra de un atardecer desde el cual otra mañana del destino universal prepara su comienzo? La pregunta suena presuntuosa y arbitraria. Pero tiene una base: ante todo en un hecho esencial, por otro lado en una conjetura esencial.
El hecho contiene esto: La presente situación planetario-interestelar es, en su comienzo esencial que no cabe perder, completamente europea-occidental-griega. Pero la conjetura piensa en esto: Lo que se transforma, puede hacerlo sólo a partir de la grandeza reservada de su comienzo. Conforme a esto la presente situación del mundo sólo puede recibir un cambio esencial o incluso su preparación, a partir de su comienzo, que determina como destino nuestra época universal. Es el gran comienzo. Cierto que no hay regreso a él. El gran comienzo sólo se hace presente como algo que nos sale al encuentro, sólo en su venir a lo Escaso. Pero eso Escaso tampoco puede permanecer ya en su aislamiento occidental. Se abre a los pocos otros grandes comienzos que, con lo que les es propio, tienen su lugar en la mismidad del comienzo de la pertenencia in-finita, donde está contenida la tierra.
Sin embargo nosotros los hombres de esta época del mundo, presumiblemente, no estamos siquiera en lo escaso y menesteroso de esa necesidad a partir del cual los Cuatro de la pertenencia infinita se llaman mutuamente. Apenas estamos en la menesterosidad. Su necesidad consiste en que los mortales no la echen de ver y no se den cuenta de cómo lo que viene posiblemente se hace más inminente cuanto más nos echamos atrás ante ellos. Pero ¿dónde podríamos echarnos atrás? A la reserva expectante. Ella es en sí a la vez el atreverse a pensar por adelantado. Tal reserva previene lo que viene por el hecho de intentar la prueba de lo que ahora es.
Si volvemos el oído hacia el esbozo de poema Grecia, entonces se muestra: La aparición de la pertenencia infinita como un todo unitario sigue estando negada. Por eso apenas podríamos oír la «voces del destino» a partir de su unidad.
Lo que se nos rehúsa, precisamente por eso se refiere a nosotros de una manera propia. Tal manera de venir toca a los hombres hoy y en todo lugar con un requerimiento aún raramente tenido en cuenta. En efecto el hombre de esta tierra está requerido por la incondicionada soberanía de la esencia de la técnica moderna, junto con ella misma, a establecer la totalidad del mundo como una sola situación uniforme, asegurada por una fórmula mundial definitiva y por ello mismo calculable. El requerimiento a tal organización lo articula todo en un solo empuje, cuya maquinación allana la disposición de la pertenencia infinita. Ya no resuena el eco mutuo de las cuatro «voces del destino». El requerimiento en la disposición calculadora de todo lo que es y lo que puede ser, disimula la pertenencia in-finita. Más aún: El requerimiento dominante en la soberanía de la esencia de la moderna técnica, tiene por delante de todo como inexperimentable aquello a partir de lo cual el poder de disposición del requerimiento recibe su decreto. ¿Qué es esto?
Es el centro de toda la pertenencia infinita. Es el puro destino él mismo. Lo inquietante [no en casa, Unheimliche] circunda el globo terráqueo, el hecho de que ahora el destino alcance directamente a los hombres de esta edad del mundo, no sólo por un resonar de sus voces. Sin sonido, el destino llega al hombre - una enigmática manera de silencio. El hombre presumiblemente pasará mucho tiempo sin prestarle oído aún. Así no puede todavía corresponder en nada al destino del rechazo. Más bien le esquiva con intentos cada vez más desesperados de querer dominar la técnica con su voluntad mortal. Tan pronto como nos esforzamos en seguir eso con la reflexión, surge una suposición de que en la fuerza de ese requerimiento, esto es, en la incondicionada dominación esencial de la técnica moderna, pudiera reinar el poder unidor de una coyuntura, a partir de la cual y por la cual, toda la pertenencia in-finita se articulara en su cuadriplicidad. La silenciosa voz de esa conjunción es lo que más nos cuesta oír. Pues para ello tendríamos, como preparación, que volver a aprender a oír un decir más antiguo en que antaño resonó el gran destino de Grecia. Deberíamos tomarla por delante de toda experiencia cotidiana e incorporar en ella lo que dice Heráclito en el fragmento 54:
ArmonÛh Žfan¯w faner°w xreÛssvn
Armonía que no se echa de ver es más alta que la patente.
En tanto que reflexionamos todo esto, podríamos considerar por delante del poema de Hölderlin, esto es de lo Escaso en que vive éste en su lugar, algo pequeño [Gering-Fügiges]. Templados en armonía con esos pensamientos, podríamos oír mejor el cántico que, bajo el título Grecia, llama al gran comienzo a su posible venida a lo Escaso.
Es la boda, de tierra y cielo, cuando los hombres y «algún espíritu», esto es, un dios, hacen vivir más en comunidad la belleza en la tierra. La belleza es el puro fulgir de la patencia de toda la pertenencia infinita, junto con el centro. Pero el centro lo es en cuanto lo que articula y dispone [Fügende und Verfügende] centrado. Es la conjunción [Fuge], que se reserva su aparición, de la pertenencia de los Cuatro.
Desde el levantarse del gran comienzo -levantarse es fæsiw, «la Naturaleza»- se ha preparado toda la pertenencia para venir. La belleza está llamada a la obra, para liberar y albergarlo todo en lo suyo propio, puesto a salvo. En los versos 32-45 canta el esbozo Grecia:
... Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
y más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma,
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu con más comunidad se una a los hombres.
Este pensar memorioso de la calma en plenitud es el pensamiento, que «pertenece a la sagrada imagen», que Hölderlin querría «formar» con los amigos poetizadores. Pero Hölderlin sabe también cómo .se relaciona lo escaso con lo grande (fragmento de una versión posterior de Patmos, StA II, p. 181, 146 ss.)
           Pero es difícil
en lo grande conservar lo grande.
Sin embargo quizá lo Escaso experimentado poéticamente por Hölderlin ya está determinado para lo grande, en que la posible venida del gran comienzo permanece preservada hasta el último instante del mirar llamando hacia fuera hacia el «azul escuela de los ojos».
En el año de su muerte, Hölderlin dice un poema en el ámbito silenciado de la pertenencia infinita. Es una de esas poesías cuyo son monótono, casi forzado, molesta a muchos oídos. Norbert von Hellingrath dice en su discurso, pronunciado en 1915, La locura de Hölderlin, sobre estas poesías, que serían «ya sólo las últimas vibraciones maravillosas de la eufonía de un alma de nuevo en reposo». El poema a que nos referimos ahora nombra al hombre en su referencia a la Naturaleza, que nosotros debemos pensar, en el sentido de Hölderlin, como aquello que está por encima de los dioses y los hombres, pero cuyo dominio los hombres a veces .son capaces de soportar.
El poema nombra «el antiguo Decir», el mostrarse del gran comienzo. Éste es. Su presencia se despliega «alrededor por todas partes» de ese único lugar; y ello «con espiritualidad, esto es, con divinidad que vive ella misma en lo sagrado. Todos los lugares sagrados están reunidos. El poema confía, en sus últimas líneas, en la «Humanidad». Según el uso lingüístico de entonces, esa palabra no quiere decir la totalidad de todos los hombres, sino que, como libertad dice la esencia de lo libre, humanidad es la esencia del hombre. Esa esencia se requiere en la «relación viva y el destino», esto es, en «la vida».
El poema lleva el título Grecia y lo firma «Scardanelli»; un nombre extranjero, como si el poeta también debiera destinarse a lo extraño a sí mismo y a lo suyo más propio, esto es, a llevarse y someterse. La fecha dice «un día de mayo» y un año que Hölderlin todavía no vivía (StA II, p. 306).
Grecia
Como son los hombres, así es espléndida la vida,
los hombres a menudo tienen poder sobre la Naturaleza,
la espléndida tierra no les está escondida a los hombres
con orgullo aparece al atardecer y por la mañana.
Los campos abiertos están como en los días de cosecha
con espiritualidad está alrededor por todas partes el antiguo decir,
y nueva vida viene otra vez de la humanidad
así se hunde el año como una calma.
24 de mayo de 1748
Con sumisión
« SCARDANELLI»

Martin Heidegger



*  Este pasaje, en que ya N. v. Hellingrath suponía un error de escritura, lo completa Ad. Beck (StA VI, p. 1089): a mi juicio de modo acertado: «es popularidad, como nuestra popularidad es la sobriedad». (Nota del Autor.)
**  Muchos de ustedes están enterados de cómo esta carta, y sobre todo la escrita un año antes al mismo amigo, inmediatamente antes del viaje al sur de Francia, suelen citarse en referencia para basar lo que se ha llamado «el giro occidental» de Hölderlin, y que Hölderlin mismo, aunque queriendo decir otra cosa, considera bajo el nombre «el giro a la tierra patria». El discurso de Hölderlin sobre lo «patrio» y lo «nacional» lo debemos oír, ciertamente, según el sentido de su pensamiento; esto es, liberándolo de nuestras corrientes ideas estrechas. Lo «patrio» quiere decir la referencia de la tierra al Padre como al supremo Dios, quiere decir esa «relación» que otorga vida, en que está el hombre en cuanto que tiene un «destino». Igualmente, lo «nacional» alude a la tierra del nacimiento (nasci, natura, nación), tal como lo determina como principio lo que permanece:

lo más en efecto
puede el nacimiento,
y el rayo de luz, que sale
al encuentro del recién nacido.

La cuarta estrofa del Himno al Rhin contiene una indicación anticipada sobre el sentido de las estrofas citadas. Pero la meditación de Hölderlin sobre el «giro a la tierra paterna» y lo «nacional» no entra aquí en consideración; de ningún modo sólo porque haya en ello muchas cosas difíciles de interpretar y lo total en su sentido no esté decidido de modo inequívoco, sino porque Hölderlin ha dejado aquí atrás ese mismo estadio de su camino que considera bajo el título «giro hacia la tierra paterna», en cuanto que lo ha asumido. Exactamente eso es lo que nos dice el hecho que exista ese poema tardío Grecia -aunque sólo en esbozos. (N. del A.)
***  (Observación al corregir.) El citar esta tercera estrofa y antes la primera de Lágrimas tenía la intención también (aunque no expresada) de dotar al v. 11 «de devastaciones, tentaciones de los santos. de una indicación a su posible explicación, que muchos oyentes de la conferencia echaron de menos. (N. del A.)
#  Hochzeit = boda, y literalmente, «tiempo alto». (N. del T.)