Martin Heidegger
Traducción de José María Valverde, en Interpretaciones de la poesía de Hölderlin, Barcelona, Ariel, 1983, pp. 163-192
Conferencia pronunciada en la sesión de la
Sociedad Hölderlin, en Munich, el 6 de junio de 1959, en e1 Teatro Cuvillié
del Palacio.
Repetida e1 14 de julio de 1959 en la
Sociedad de Bibliotecas de Stuttgart, en la Sala Azul del Liederhalle.
Repetida el 27 de noviembre de 1959 para el
Studium Generale de la Universidad de Friburgo de Brisgovia, en el Aula Magna.
Repetida e1 18 de enero de 1960 en la Nueva
Aula de la Universidad de Heidelberg.
OBSERVACIÓN PREVIA A LA CONFERENCIA EN MUNICH
Immanuel Kant observa no sé dónde algo en el siguiente sentido: es fácil
descubrir algo después que le han indicado a uno hacia dónde hay que mirar.
Para mirar a Hölderlin, quien nos da una indicación de esa índole
sigue siendo para todos nosotros Norbert von Hellingrath, cuya imagen se nos ha
hecho presencia esta mañana gracias a un dibujo magistral.
OBSERVACIÓN PREVIA A LA CONFERENCIA EN STUTTGART
Mientras tanto, ha llegado a haber quien se pregunta abiertamente si Hölderlin
pertenece a los filólogos o a los filósofos. No pertenece ni a unos ni a
otros, ni aun a ambos. Ese dilema, como quiera que se decida, deja fuera de
consideración la relación objetiva que da la medida.
¿Hasta qué punto? En cuanto que lo que requiere claridad no es saber
a quién de nosotros nos pertenece Hölderlin, sino sólo esto, si, en la época
presente del mundo, somos capaces de pertenecer [gehören]
a la poesía escuchándola [alusión a hörend].
Esto es lo único que cuenta para nuestra reflexión. Es un intento de
transformar nuestro modo habitual de representar para atemperarlo a una
experiencia pensante, desacostumbrada por sencilla. (El cambio de atemperamiento
en la experiencia pensante del centro de la relación infinita -; partiendo del
dispositivo [Ge-Stell] como el presupuesto
de la Cuaternidad que se disimula ella misma).
El único camino verdadero hacia la grandeza de la poesía hölderliniana
no lo hay. Cada uno de los múltiples caminos, en cuanto mortal, es un desvío.
Si es verdad lo que ha dicho Paul Valéry del poema «El. poema: esa
vacilación prolongada entre el sonido y el sentido» entonces el escuchar el
poema, y más aún el pensamiento previo a la escucha, son aún más vacilantes
que el poema mismo. Sin embargo, esa vacilación tiene su propia y elevada
exactitud: no es un mero oscilar.
OBSERVACIÓN PREVIA A LA CONFERENCIA EN FRIBURGO DE
B.
En este punto es necesaria una observación previa a lo que , se
intentará decir en lo sucesivo. El título de la conferencia dice: La
tierra y el cielo de Hölderlin. Además
tienen ustedes delante un texto cuyo título dice: Grecia.
Así, podría tratarse de una exposición de este esbozo de poema,
partiendo de la intención de presentar las ideas de Hölderlin sobre la tierra
y el cielo. Sería un proceder justificado. Quizá resultaría una aportación a
las investigaciones sobre Hölderlin.
Pero en comparación con eso, la inmediata conferencia pretende otra
cosa, algo provisional: una cuestión
del pensamiento. Queda abierto
si, y cómo, de ese modo, acertamos entonces con la esencia de. la poesía de Hölderlin
en cuanto poesía.
Es preciso arriesgarse a un intento de transformar nuestro modo
acostumbrado de pensar en una experiencia de pensamiento, desacostumbrada por
sencilla.
Pero el dominio en que se desarrolla esa transformación es el de un
decir poético a partir de una poetización, que nosotros nunca podemos captar
siguiendo el hilo. conductor de las categorías estéticas y literarias.
En qué sentido experimenta Hölderlin la condición poética -no sólo
la suya-, podemos dejárselo decir a Bettina von Arnim. Sobre la base de las
observaciones de Hölderlin, aparecidas en 1804, sobre sus traducciones de Sófocles,
Bettina von Arnim (hacia el final de la primera parte de la Günderode) expone la delimitación hölderliniana de la poesía en las
siguientes frases:
Y así el dios ha utilizado al poeta como flecha, para disparar su
ritmo del arco, y quien no lo perciba y (no) se pliegue a ello nunca tendrá
habilidad ni virtud atlética para ser poeta, y demasiado débil sería uno así
para poderse captar, sea en la materia, sea en el modo de ver el mundo de los
antiguos o en el posterior modo de representación de nuestras tendencias, y no
se le manifestará ninguna forma poética. Los poetas que se meten en formas
dadas a fuerza de estudiar, no podrían más que repetir el espíritu dado una
vez, se posan como pájaros en una rama del árbol del lenguaje y se mecen en
ella según el ritmo prístino que reside en sus raíces, pero un poeta así
nunca volaría como el águila del espíritu, empollada por el espíritu vivo
del lenguaje.
(Bettina von Arnim, Obras completas, ed.
W.
Oehlke, t. II, p. 345.)
GRIECHENLAND
O
ihr
Stimmen des Geschiks, ihr Wege des Wanderers
Denn an der [Augen] Schule Blau, Fernher, am Tosen des Himmels Tönt wie der Amsel Gesang Der Wolken [sichere] heitere Stimmung gut Gestimmt vom Daseyn Gottes, dem Gewitter. Und Rufe, wie hinausschauen, zur Unsterblichkeit und Helden; Viel sind Erinnerungen. Wo darauf Tönend, wie des Kalbs Haut Die Erde, von Verwüstungen her Versuchungen der Heiligen Denn anfangs bildet das Werk sich Grossen Gesezen nachgehet, die Wissenschaft Und Zärtlichkeit und den Himmel breit lauter Hülle nachher Erscheinend singen Gesangeswolken. Denn fest ist der Erde Nabel. Gefangen nemlich in Ufern von Gras sind Die Flammen und die allgemeinen Elemente. Lauter Besinnung aber oben lebt der Aether. Aber silbern An reinen Tagen Ist das Licht. Als Zeichen der Liebe Veilchenblau die Erde. [Aber wie der Reigen Zur Hochzeit,] Zu Geringem auch kann kommen Grosser Anfang. Alltag aber wunderbar zu lieb den Menschen Gott an hat ein Gewand. Und Erkenntnissen verberget sich sein Angesicht Und deket die Lüfte mit Kunst. Und Luft und Zeit dekt Den Schröklichen, dass zu sehr nicht eins Ihn liebet mit Gebeten oder Die Seele. Dein lange schon steht offen Wie Blätter, zu lernen, oder Linien und Winkel Die Natur Und gelber die Sonasen und die Monde, Zu Zeiten aber Wenn ausgehn will die alte Bildung Der Erde, bei Geschichten nemlich Gewordnen, muthig fechtenden wie auf Höhen führet Die Erde Gott. Ungemessene Schritte Begränzt er aber, aber wie Blüthen golden thun Der Seele Kräfte dann der Seele Verwandtschaften sich zusammen, Dass lieber auf Erden Die Schönheit wohnt und irgend ein Geist Gemeinschaftlicher sich zu Menschen gesellet. Süss ists, dann unter hohen Schatten von Bäumen Und Hügeln zu wohnen sonnig, wo der Weg ist Gepflastert zur Kirche. Reisenden aber, wem, Aus Lebensliebe, messend immerhin, Die Füsse gehorchen, blühn Schöner die Wege, wo das Land |
GRECIA
Oh
vosotras, voces del destino, oh caminos del viajero
pues en el azul, escuela [de los ojos] de lejos, en el tumulto del cielo resuena como el canto del mirlo la [segura] serena disposición de las nubes bien dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta. Y llamadas, como mirar afuera, hacia la inmortalidad y los héroes; muchas son recuerdos. Donde allá arriba resonando, como piel de ternera la tierra, desde asolaciones, tentaciones de los santos pues inicialmente se ha configurado la obra sigue grandes leyes, la ciencia y la ternura y el cielo ancho, claro velo en seguida apareciendo cantan nubes de cánticos. Pues firme es el ombligo de la tierra. Captadas en efecto en orillas de hierba están las llamas y los universales elementos. Pura meditación sin embargo arriba vive el éter. Pero plateada en días puros es la luz. Como signo del amor violeta la tierra. [Pero como el cortejo a la boda,] a lo escaso también puede llegar un gran comienzo. Pero todos los días maravillosamente por amor a los hombres Dios lleva una vestidura. Y a los conocimientos se oculta su rostro y cubre los párpados con arte. Y aire y tiempo cubren lo espantable, para que ni uno demasiado lo ame con oraciones o el alma. Pues hace mucho ya que está abierta como hojas, para aprender, o líneas y ángulos la Naturaleza más amarillos los soles y las lunas, pero a veces cuando quiere surgir la vieja formación de la tierra, esto es, en historias, convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva Dios la tierra. Pasos desmesurados sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma para que mejor en la tierra habite la belleza y algún espíritu con más comunidad se una a los hombres. Dulce es, entonces, bajo altas sombras de árboles y colinas habitar, soleados, donde está pavimentado el camino a la iglesia. Pero a los viajeros, a quienes por amor a la vida, midiendo, sin embargo, obedecen los pies, florecen más bellos los caminos, donde la tierra |
(Tercera
versión, impresa según la edición de Stuttgart (StA), t. II, pp. 257 ss. Los
dos versos entre corchetes están tomados de la segunda versión; las palabras
también entre corchetes «de los ojos» y «segura» señaladas en las
variantes.)
La tierra y el cielo - este giro expresa una
relación. La , palabra de
enlace «y» la expresa, ciertamente, pero no
dice qué es esa relación y cómo
puede ser, si persiste por
sí o si viene de lejos. En este último caso, debería ser parte
de una más rica relación, de la que también reciban su primera determinación la
tierra y el cielo.
Hölderlin nos dice de esto. Querríamos oírlo. Lo intentamos
en cuanto que meditamos un esbozo de poema titulado Grecia.
Sin embargo, los hombres, en cuanto que somos los mortales, sólo podemos oír
si decimos algo por adelantado a lo que se nos querría decir. Lo dicho por
adelantado no necesita superar lo que se nos dice, pero debe salirle al
encuentro. Por eso estamos atenidos a prestar atención al poema partiendo de lo
que nos atañe en la presente edad del mundo. Precisamente entonces habla el
poeta mismo, hacia nosotros, claramente distinto, a partir de lo suyo propio.
El esbozo de poema que tenemos delante, Grecia, procede
de una época tardía, cuando la peregrinación de Hölderlin había llegado al
reposo en lo propio de lo hespérico, esto es, de lo occidental. Pero ¿cómo,
entonces todavía Grecia, que el mismo Hölderlin llamaba «lo oriental», lo
del «país de la mañana»? Si Hölderlin, con más apremio que nunca hasta
entonces, apela todavía a Grecia, es que debe haber llegado en definitiva a una
extrema inclinación a ella.
Que esto ocurriera y cómo se preparó nos lo dice un
poderoso testimonio. Es una carta. Hölderlin la escribió probablemente a fines
del otoño de 1802 después que volvió a la patria, en primavera, desde el sur
.de Francia. La escribió desde Nürtingen a su amigo Böhlendorff (Hell. V2,
p. 327; StA VI, Nº 240; VI; p. 1086 ss.).
La carta dice así:
Querido mío:
Hace mucho que no te he escrito; mientras tanto, he estado en Francia y
he visto la triste y solitaria tierra; los pastores del sur de Francia y algunas
bellezas hombres y mujeres, que han crecido en la .angustia de la duda patriótica
y del hambre.
El poderoso elemento, el fuego del cielo y la calma de las gentes, su
vida en la Naturaleza, y su limitación y contento, me han impresionado
constantemente y, como se cuenta de los héroes, bien puedo decir que me ha
herido Apolo.
En los
parajes que limitan con la Vendée, me ha interesado lo salvajemente guerrero,
lo puramente viril, para lo cual la luz de la vida se hace inmediata en los ojos
y los miembros y que se siente en el sentimiento de muerte como una virtuosidad,
y sacia su sed de saber. Lo atlético de la gente del Sur, en las ruinas del espíritu
de la Antigüedad, me hizo más familiar con el ser auténtico de los griegos;
conocí su naturaleza y su sabiduría, sus cuerpos, el modo como crecían en su
clima, y las reglas con que defendían el genio demasiado animoso frente a la
violencia de los elementos.
Esto
determinó su popularidad, su modo de aceptar las naturalezas extrañas y
comunicarse con ellas; en eso tienen lo individual y peculiar suyo, que aparece
vivo, en cuanto que el más alto entendimiento, en sentido griego, es fuerza de
reflexión, y esto se nos hace comprensible si comprendemos los heroicos cuerpos
de los griegos; ella [la popularidad de los griegos] es ternura, como nuestra
popularidad.*
La vista de
los antiguos [¿de lo antiguo?] me ha dado una impresión que no sólo me hace más
comprensibles a los griegos sino en general lo supremo del arte, que, aun en la
más alta movilidad y fenomenalización de los conceptos y de todo lo que tiene
intención seria, sin embargo, lo mantiene todo en pie y lo conserva por sí
mismo, de modo que la seguridad en ese sentido es la suprema forma del signo.
Me fue necesario, después de muchas agitaciones y sacudidas del alma,
establecerme fijo, por algún tiempo, y vivo mientras tanto en mi ciudad paterna
[Hölderlin supo la muerte de Diótima sólo después del regreso de Francia].
La
naturaleza de la patria me invade con tanto más poder cuanto más la estudio.
La tormenta, no sólo en su aparición más alta, sino precisamente bajo este
aspecto, como potencia y como figura, en las restantes formas del cielo, la luz
en su actuación, nacionalmente y formando como principio de modo de destino,
para que algo se nos haga sagrado, su impulso en ir y venir, lo característico
de los bosques y la coincidencia en un lugar de diversos caracteres de la
Naturaleza, de modo que todos los lugares sagrados de la tierra están reunidos
en un lugar y la luz filosófica en torno a mi ventana es ahora mi gozo; ¡ojalá
pueda retener cómo he venido hasta aquí!
¡Querido mío!
Pienso que nosotros no vamos a comentar a los poetas hasta nuestro tiempo, sino
que el modo de cantar en general va a tomar otro carácter, y que nosotros no
prevalecemos porque nosotros, desde los griegos [que «han desperdiciado lo
patrio», Hell. IV, p. 264], empezamos otra vez, de modo ancestral y natural, a
cantar propiamente con originalidad.
Pero escríbeme
pronto. Necesito tus puros acentos. La psique entre amigos, el surgir del
pensamiento en el diálogo es necesario a los artistas. Si no, no tenemos
ninguno para nosotros mismos; por el contrario, pertenece a la imagen sagrada
que formamos. Que te vaya bien.
Tu
H.**
Muchos días y horas favorables harían falta para meditar esta carta
de un modo adecuado. Ahora sólo atendemos, y con la brevedad necesaria, a tres
cuestiones de hecho en relación mutua.
Ante todo consideremos el hecho de que, y cómo, Hölderlin llega a «hacerse
más familiar con el ser auténtico de los griegos.
Por otra parte meditaremos el pasaje en que, llegado a él, el poeta
guarda en la memoria los caminos de su andanza, y a la vez prestaremos atención
a la luz en que se mueve tal recuerdo.
Finalmente consideraremos las palabras de Hölderlin sobre «lo supremo
del arte».
Todo esto, sin embargo, a partir de la única intención de prepararnos
para hacernos mejores oyentes de lo que dice el esbozo de poema Grecia sobre la tierra y el cielo y su relación. Con eso permanecemos en
el peligro de oír mal. Es un peligro tan esencial y grande que no se evita con
ninguna voluntad de querer saber mejor.
«Lo atlético de las gentes del Sur, en las ruinas del espíritu de la
Antigüedad»: eso muestra más claramente a Hölderlin la auténtica esencia de
los griegos. Hölderlin experimenta «lo atlético» no como algo aparte por sí
mismo, sino en el elemento del espíritu de la Antigüedad. El verbo griego
Žyl¡v significa luchar, combatir, coger y sostener. Pensado en griego, lo
atlético hace surgir y reservarse alternativamente todo lo que está en lucha
recíproca. Lo atlético es lo heroicamente «guerrero» en el sentido del
pñlemow; de esa lucha que Heráclito piensa como el movimiento en el cual y
para el cual dioses y hombres, libertad y servidumbre, salen afuera en la
apariencia de su ser. Lo atlético del «cuerpo heroico» no es ni lo meramente
sensible ni lo plástico. Es el refulgir del espíritu que se abre paso luchando
en su medida corporal y se capta en ello.
«El más alto entendimiento en .sentido griego» es «fuerza de
reflexión»; eso significa aquí: la capacidad de dejar .devolver reflejos todo
lo que fulge en sí mismo puramente y consiste en ello. Pero lo que tiene su
presencia en tal fulgor es lo bello. Ambas cosas, lo atlético y la capacidad de
reflexión, son las maneras, en sí mismas unidas, de llevar la belleza a
refulgir. Por eso puede escribir Hölderlin que lo uno sea comprensible sólo
unido a lo otro. Están reunidos en lo que llama Hölderlin la «ternura». Ésta
forma el rasgo básico de la «popularidad» de los griegos, es decir, de su
manera de ser como pueblo en una patria. Volveremos a oír la palabra «ternura»,
junto con lo que quiere decir capacidad de reflexión, en el esbozo de poema Grecia.
La palabra «ternura» [Zärtlichkeit] tuvo hasta el siglo
XVIII, o sea también para Hölderlin, un sentido elevado, de amplio alcance,
nada sentimental.
En una versión tardía de Patmos (StA II, p. 180), Hölderlin llama a
Grecia «la tierra juvenil de los ojos atléticos». Su mirada es, como toda auténtica
mirada, espiritual, y brilla en lo corporal. Los ojos ven lo que irradia sólo
en la medida en que estén antes iluminados y mirados por ello. Los «ojos atléticos»
miran la belleza. Ella es la verdad percibida al modo griego, esto es el
desvelamiento de lo se hace presente por sí, de la
fæsiw de esa Naturaleza en que y de la que vivían los griegos. El más
elevado conocimiento que tiene Hölderlin del ser auténtico de los griegos es
de una situación objetiva, de que habla la carta.
La otra inseparable de la primera, la .contiene la indicación de Hölderlin
sobre el pasaje por el que se nombra el conocimiento auténtico sólo ahora
adquirido, del ser griego.
«El hecho de que todos los lugares sagrados de la tierra estén
reunidos en torno de un lugar ... es ahora mi gozo.» Mediante el lugar que el
poeta habita ahora, la tierra se le hace de nuevo tierra. Ella alberga y lleva,
como edificación de los celestes, lo Sagrado, esto es, la esfera del dios. La
tierra es sólo tierra en cuanto la tierra del cielo, que sólo es cielo en
cuanto que hace descender a la tierra su influjo. Sus manifestaciones, desde la
más alta, el rayo, hasta «las demás formas», están citadas en las frases
anteriores de la carta. Rayo [Blitz] es la misma palabra
que mirada [Blick]. En la mirada hay
existencia. La tormenta se llama por eso la «existencia de Dios». Tierra y
cielo, y los dioses escondidos en el cielo, todo está presente para el estado
de ánimo del poeta, tranquilamente gozoso, en la totalidad de la Naturaleza
brotando desde su origen. Ésta se le aparece en una luz especial.
«... y la luz filosófica en torno a mi ventana es ahora mi gozo.»
Esta luz es aquella claridad que, en la potencia de dejar reflejar, en la fuerza
de reflexión, dota todo lo presente con la claridad de la presencia. Lo
especial de esa luz, el hecho de que sea «filosófica» procede de Grecia lo
que ya revela su nombre
filosofÛa. Aquí se ha encendido inicialmente la verdad del ser como el radiante
desvelamiento de lo presente. Aquí la verdad ha sido la belleza misma.
En .conexión con esto se aclara la tercera relación objetiva que debe
ponerse de relieve en la carta. La siguiente frase lo nombra:
La vista de
los antiguos me ha dado una impresión que no sólo me hace más comprensibles a
los griegos, sino en general lo supremo del arte, que, aun en la más alta
movilidad y fenomenalización de los conceptos y de todo lo que tiene intención
seria, sin embargo lo mantiene todo en pie y lo conserva por sí mismo, de modo
que la seguridad en ese sentido es la suprema forma del signo.
El arte es la suprema forma del signo en cuanto que deja aparecer, señalándolo,
lo invisible. Base y cima de tal signo, a su vez, se despliegan en el decir como
el cántico poetizador.
Pero para los griegos lo que hay que señalar ahora, esto es, lo que se
muestra e irradia por sí mismo, es también lo verdadero: la belleza. Por eso
se necesita el arte, la esencia poetizadora del hombre. El hombre que habita poéticamente
lleva todo lo que aparece, tierra y cielo y lo sagrado, a la apariencia estable
por sí misma, y que lo preserva todo; lo lleva; en figura de la obra, a un
seguro estar. «Mantener todo en pie y por sí mismo» significa: fundar.
Así la carta de Hölderlin no habla sólo sobre Grecia. La misma
Grecia llega a él en el brillar de tierra y cielo, en lo sagrado, lo que vela
al dios, en la esencia humana poetizadoramente pensante; llega a él en el único
lugar donde su andanza poética ha encontrado el reposo, para preservarlo ahí
todo en el recuerdo.
Aunque la unidad del todo de la tierra y el cielo, del dios y el
hombre, quede sin expresar en la carta, ya vemos con más claridad esto: tierra
y cielo, y su relación, forman parte de una pertenencia más rica. Ya no
sorprende que, como se prepara en la carta, vaya seguido más tardíamente de un
cántico que se llama Grecia,
y que querría poner esa pertenencia más rica en la palabra fundante.
Presumiblemente, en la misma época que este esbozo, fue trazado otro.
No tiene título. El título dado posteriormente, El Vaticano, es
erróneo. Esta poesía se interrumpe en los siguientes versos (StA II, p. 253,
v. 45 ss.):
Reposo pleno. Rojo de oro. Y la nervadura resuena
del arenoso globo terráqueo en la obra de Dios
arquitectura explícita, verde noche
y espíritu, la ordenación de las columnas, realmente
según la total pertenencia, junto con el centro,
y brillantes
Fijémonos ahora sólo en las palabras «realmente / según la total
pertenencia, junto con el centro» y entendámoslas por vía de suposición
como los nombres para esa totalidad de
tierra y cielo, dios y hombre.
Esa «pertenencia total», de que forman parte tierra y cielo y su relación, en
conexión con los Fragmentos filosóficos
de
Hölderlin de su primera época .de Homburg, la podríamos llamar «pertenencia
infinita más tierna». La determinación «in-finita» ha de pensarse aquí en
sentido de la dialéctica especulativa de Schelling y Hegel.
In-finito quiere decir que los fines y lados, los lugares de la
pertenencia, no están cortados, unilateralmente por sí mismos, sino que,
liberados de la unilateralidad, se pertenecen mutuamente en la pertenencia que
los mantiene unidos «de parte a parte» desde su centro. El centro, que se
llama así porque centra, no es ni la tierra, ni el cielo, ni el dios, ni el
hombre. Lo in-finito que hay que pensar aquí es abismalmente diverso de lo
meramente sin fin, que por su uniformidad no consiente ningún crecimiento. Por
el contrario la «pertenencia más tierna» de tierra y cielo, dios y hombre,
puede llegar a ser más in-finita. Pues lo no-unilateral puede salir a luz más
puramente a partir de la entrañabilidad en que los Cuatro nombrados se
mantienen en relación mutua.
Si pensamos así lo dicho sobre la carta, entonces la carta de Hölderlin
nos concede lo que necesitamos: «El surgir del pensamiento», de ese,
pensamiento, esto es, que hemos de pensar previamente al cántico Grecia para escuchar de él cómo el poeta entona un canto a tierra y
cielo, o sea, cómo los llama poetizando. El cántico Grecia arranca:
Oh vosotras, voces del destino, oh caminos del viajero ...
El primer esbozo empieza: «¡Caminos del viajero!» El espacio por
delante, en la línea, queda todavía libre. Pues Hölderlin sabe por adelantado
que los caminos están determinados en otro lugar y desde lejos. ¿Quién es el
viajero? Presumiblemente el poeta mismo. Pero ahora ha llegado a su lugar. El
viaje toca a su fin. Entonces la apelación «vosotras, caminos del viajero»
queda como un recuerdo de los caminos recorridos del poetizar. Sólo que tales
caminos no terminan al cesar. Los caminos terminan en cuanto que reposan, pero
esto porque se reúnen en el cántico del reposo de la llegada a plenitud. El cántico,
sin embargo, perdura en un constante andar y viajar, que siempre mide sus pasos
con el metro de los pies del verso, en la medida del decir poetizador. Los
caminos de tales viajeros son aún más bellos que los viajes emprendidos antes.
Más bellos son los caminos poetizadores porque la tierra que cruzan -convirtiéndola
en transitable- es el dominio de la belleza en que llega a hacerse presente la
in-finita pertenencia al aparecer. El esbozo Grecia termina en los versos (48 ss.):
... Pero a los viajeros, a quienes,
por amor a la vida midiendo, sin embargo,
obedecen los pies, florecen
más bellos los caminos, donde la tierra
Aquí se interrumpe el esbozo bruscamente; ¿por casualidad o porque el
paisaje de la pertenencia infinita se ha abierto más propiamente al poeta,
abrumándole; porque Grecia ahora se acerca al poeta en su mayor autenticidad, y
precisamente del modo como lo canta el esbozo de cántico así titulado?
Con todo no pasemos por alto el « pero» en el v. 48: «Pero a los
viajeros .... El viajero, es decir, el poeta queda distinguido respecto a lo que
dicen los versos inmediatamente precedentes (46 ss.):
Dulce es, entonces, bajo altas sombras de árboles
y colinas habitar, soleados, donde está
pavimentado el camino a la iglesia.
El poeta sabe la felicidad de aquellos a quienes se les permite ir y
venir a la iglesia por el camino consolidado. Este camino no es el suyo. Pero Hölderlin
tampoco reniega de la vecindad a la «torre de la iglesia» que «en amable azul
florece con el tejado metálico.
De tal vecindad procede un cántico posterior. Sólo que también es
todavía un viaje. Va hasta los «mirtos» que «hay en Grecia», hasta el «rey
Edipo», que «quizá tiene un ojo de más», hasta el «hijo de Layo», «el
pobre forastero en Grecia». Ese cántico acaba:
Vida es muerte, y la
muerte es también un vivir.
Según eso, el «amor a la vida», nombrado en el v. 49, debe abrigar
algo más profundo. Incluye la muerte. Al venir la muerte, desaparece. Los
mortales mueren la muerte en la vida. En la muerte se hacen in-mortales los
mortales.
«... vosotros caminos del viajero», por delante de ellos van las «voces
del destino. ¿Qué significa aquí «destino»? Si cabe entenderlo, es sólo si
tenemos en cuenta cómo se nombra al destino. «Oh vosotras, voces del destino
...» ¿Voces? Resuenan. La elegía Pan y vino pregunta en su cuarta
estrofa: «¿y dónde resuena el gran destino?». Se piensa en la «bienaventurada
Grecia», apelada al comienzo de esta estrofa, para la cual y en la cual
resonaba el gran destino.
¿A través de qué resuenan las «voces del destino»? ¿Qué resuena?
Los versos 2 ss. dicen:
pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.
Lo que resuena es el cielo. Su voz es la serena disposición de las
nubes. Lo que determina las nubes en lo abierto es precisamente lo que albergan
en ellas: la «suprema aparición de la tormenta» el rayo, el trueno, .la
tempestad y las flechas de la lluvia. Ahí se esconde la presencia del dios.
Aunque las nubes de tormenta velen el cielo, le pertenecen y muestran la alegría
del dios. Por eso las nubes tienen «buena determinación», esto es, la
disposición adecuada.
En el esbozo se encuentra ante todo «la segura disposición de las
nubes». Lo seguro quiere decir aquí lo securum,
el reposo libre de cura y cuidado. Por estar determinado en la propia
disposición, esto es, el «claro velo» del cielo, a través del cual resuena,
las nubes están tranquilas a pesar de todo tumulto.
El cielo resuena. Es una de las voces del destino. Otra voz es la
tierra. También ella resuena (V, 9 ss.):
... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ...
Como el pellejo del tambor golpeado repercute tronando a su modo con
los golpes de los palillos, así ante los golpes del rayo y de las «flechas de
la lluvia», la tierra devuelve su sonido (Grecia,
1ª versión, StA
II, p. 254, 6). El resonar de la tierra es el eco del cielo. En el resón,
la tierra replica al cielo con su propia marcha.
Un fragmento posterior dice (StA II, p. 334):
Siempre, ¡ amada! va
la tierra y sostiene el cielo.
¿A dónde va la tierra y por qué caminos?
... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ... (V, 9 ss.)
... sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura ... (V, 13 ss.)
La tierra «sigue grandes leyes». Las «leyes» aquí nombradas son
los
nñmoi en sentido de indicaciones del gran destino, que indica y destina cada
cosa a donde hace falta que se use según su esencia. No escritas; por
imposibles de escribir, determinan la conexión infinita de toda la pertenencia.
Son, como ya observa Hölderlin en los Fragmentos
filosóficos de Homburg (Hell.
III, p. 261), las leyes «de que habla Antígona».
oé g‹r ti nèn ge xŽxy¡w, Žll ŽeÛ pote
z° taèta, xoédeÜw oåden ¤j ÷tou ƒ f‹nh.
No de hoy, pues, y de ayer, sino durante siempre y siempre
se levanta (la indicación) y nadie ha mirado
allá de donde llegó a aparecer a la luz.
La tierra se destina a las grandes leyes. ¿Por qué caminos? Son
nombrados (v, 13 s.): «la ciencia y ternura». «La ciencia», esta palabra,
dicha sencillamente como aquí, está entendida en el sentido de la doctrina de
su maestro Fichte y su amigo Hegel: «la ciencia» es el pensar del pensador,
que ha recibido de Grecia su nombre y con él su esencia. La claridad del pensar
determina «la luz en torno a la ventana» a través de la cual el poeta «mira
fuera». «Y la ternura» -hemos oído esas palabras en la carta a Böhlendorff.
La ternura señala la «popularidad» de los griegos. La popularitas
es la capacidad de la más alta inclinación hacia aquello, y la suprema
participación en aquello que, en cuanto extraño, alcanza conforme a su destino
a un pueblo en lo que le es innato. La popularidad de los griegos es ternura. De
ella forman parte lo atlético del cuerpo heroico y la capacidad de reflexión.
La ternura, su esencia alegradora y ofrecedora -y a la vez recibiendo
sencillamente- tiene, con la ciencia que hace devolver el reflejo pensando, la
tierra abierta al cielo. Ambos forman la relación de la tierra con el cielo y
por ello son a la vez celestes.
Uno de los Cantos nocturnos
que, bajo el título Lágrimas, canta a Grecia y cuya época de origen se sitúa entre la carta a
Böhlendorff y el esbozo Grecia,
empieza:
Celeste amor! ¡ Tierno! ¡ si de ti
me olvidara, si, oh vosotras, conformes al destino,
oh fogosas, que estáis llenas de ceniza y
baldías y solitarias además ya,oh vosotras, queridas islas, ojos del mundo de las maravillas!
Pues de vosotras me importa ahora solamente ...(StA II, p. 58, Hell. IV, p. 70)
La tierra resuena, dispuesta como «eco del cielo». Resuena a través
de la «ciencia y ternura», que, terrenas ambas, corresponden al destino. ¿En
qué lengua? Primero resuena el cielo. . Sobre él resuena la tierra. ¿Y después?
Los versos 14 s. dicen:
... y el cielo, en lo ancho, claro velo, después
apareciendo cantan nubes de cánticos.
Las nubes de cánticos cantan «apareciendo después». ¿Dónde y cómo
aparecen después, después de su resonar en el cielo, después de que la tierra
devuelva su resonar? Después ese cantar, sólo puede ser el cántico que desde
la tierra llama al cielo y así es a la vez celeste y terrestre. V. 7 y s.:
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes ...
La llamada de los cantores es un mirar afuera hacia la inmortalidad,
esto es, a la divinidad que se alberga en lo sagrado. Las llamadas son como un
mirar afuera, fuera de la tierra a lo ancho del cielo. Maravillosa mismidad de
mirar y llamar en el cántico terrenal de los cantores. Pero corresponde sólo a
la identidad de mirada y voz del cielo. Éste es, en cuanto resonante, «el azul
escuela de los ojos». La llamada que, tras las voces del destino, mira hacia
fuera, va a la escuela de la azulidad del cielo. En el esbozo Colón
(StA II, p. 242) dice Hölderlin:
Y es menester
preguntar al cielo.
El azul escuela de los ojos es de donde los «ojos del mundo de las
maravillas», las islas de Grecia, «sus héroes y santos» aprenden lo que es
propio del destino al enfrentarse en contramirada. En la tercera estrofa del cántico
nocturno Lágrimas
canta Hölderlin:
Pues demasiado agradecidos los santos han
servido allí en días de belleza y
los irascibles héroes ...***
Las llamadas que miran hacia fuera a la inmortalidad son las llamadas
de los llamados. Estos reciben en la «vocación de poetas» la determinación
al cántico. Los que así llaman llegan
a ser así ellos mismos una voz del destino. Su «amor de la inmortalidad»,
esto es, de la divinidad, «es de un dios» (¿Qué es
dios?, StA II, p. 210, 6 s.). Tal amor pertenece al dios, pero sigue siendo algo extraño en
lo cual se destina igual que en las nubes de cánticos. Pues también el dios
está aún bajo el destino. El dios es una de las voces del destino. De Dios se
dice en el poema ¿Qué es dios?
Cuanto más es uno
invisible, se destina a lo extraño.
Se destina, esto es, se dispone y se sitúa en lo extraño. Por eso la
llamada-mirada de los cantores no puede mirar ella misma el rostro del dios. E1
cantor es ciego. E1 dios sólo se hace presente al desaparecer escondiéndose.
Por eso el modo como el poeta ciego dice al dios en el cántico, debe ser un
arte que le cubra los párpados. El pensamiento que forma el poetizar del
cantor, forma parte de la sagrada imagen, esto es, del aspecto de lo sagrado que
oculta al dios. Pero el cántico que llama al cielo desde la tierra, no sería
voz sin la voz del dios, que sin embargo protege a los hombres de lo «espantable»
(v. 30). Que el dios, «diariamente» y «por todos los lados en torno, se
muestre en cuanto que se destina en el ocultamiento para la mirada que llama,
eso es lo maravilloso de esta
voz
del destino (v. 25 ss.):
Pero todos los .días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su, rostro
y cubre los párpados con arte.
Según el manuscrito y según el tema, en el v. 28 podría leerse «párpados»
[Lider] en vez de «aires [Lüfte] o
«imágenes» [Bilder]
o incluso «Amor» [Liebe]. Hölderlin alude a
los párpados de esos ojos cuya escuela es la azulidad del cielo.
Cuatro voces son las que resuenan: el cielo, la tierra, el hombre, el
dios. En esas cuatro voces reúne el destino toda la infinita pertenencia. Pero
ninguno .de los Cuatro se sostiene y marcha unilateralmente por sí. Ninguno es
finito en este sentido. Ninguno es sin los demás. In-finitos se
relacionan unos con otros; son lo que son a partir de la in-finita
pertenencia; son esa totalidad misma.
Tierra y cielo y su relación según eso, forman parte de la más rica
pertenencia de los Cuatro. Esa cifra no está pensada propiamente por Hölderlin
ni dicha nunca por él. Sin embargo, los Cuatro están por todas partes en su
decir, vistos a partir
de la entrañabilidad de su copertenencia. Están ya contados en el sentido
original .del contar el «viejo (apenas oído) dicho de su copertenencia». «Cuatro»
no nombra ninguna suma calculada, sino la figura por sí única de la in-finita
pertenencia de las voces del destino. ¿Y éste mismo? ¿Qué nos dicen del
destino sus voces? Él envía a su destino a los Cuatro en relación mutua, al
retenerles reunidos en sí, a toda la pertenencia. Entonces presumiblemente sería
el destino «el centro», que centra en cuanto que media a los Cuatro ante todo
en su mutua pertenencia, destinándolos a ésta. El destino retoma para sí a
los Cuatro en su centro, los toma en sí, los capta en la entrañabilidad. Bajo
el título Forma y espíritu dice Hölderlin: «Todo es entrañable» (StA II, p. 321; Von
Hellingrath IV2, p. 381). Como centro de toda la pertenencia, el
destino es el comienzo que lo reúne todo. El centro es el gran comienzo en
cuanto gran destino que resuena.
Pero ¿de qué manera es
un comienzo? Comienzo constituye presencia en cuanto que permanece en el
venir. Pues el mediar, que reúne a los Cuatro en el centro de la entrañabilidad,
es un primer venir. El comienzo permanece como llegada. El comienzo es tanto más
permanecedor cuanto más cerca se mantiene en la posibilidad de que pueda venir
y traiga y destine en su venir aquello que mantiene en sí: la infinita
pertenencia. Pero entonces debe corresponder también algo grande a la venida
del gran comienzo que sea capaz de tomarle con grandeza, esto es de esperarle
grandemente por adelantado.
Pero Hölderlin lo dice de otro modo (v. 23/24):
A lo escaso también puede llegar
un gran comienzo.
¿Qué es lo escaso? Debemos buscarlo allí desde donde llama Hölderlin,
mirando afuera a través de la ventana filosófica. Es el único lugar en que se
reúnen para él todos los lugares sagrados.
En el esbozo de himno que empieza:
Pero cuando los celestiales han
edificado, está en paz
en la tierra, y bien conformadas se yerguen
las montañas alcanzadas.
(StA II, p. 222, 1 ss.)
dice Hölderlin:
Pero ahora florece
en pobre lugar.
Y maravillosamente grande quiere
erguirse. (v. 18 ss.)
Ahora que se ha apaciguado el gran tumulto del construir inicial, que
«inicialmente se ha configurado la obra» (v. 12), ahora que se yergue ese
edificio del que se dice (StA II, p.
723):
ahuecado desde lo hondo
edificado de arriba abajo.
Es la construcción de la pertenencia infinita. Ahora «florece en
pobre lugar». Florecer es el preparar, aguardando con gozo, la maduración y el
fruto. La pertenencia infinita aguarda saliendo al encuentro de que alguna vez
eso se yerga en grande en el lugar pobre y corresponda así al gran comienzo.
Otro esbozo de himno de la misma época recubre con sus líneas, como determinó
Fr. Beissner, la «palabra germinal» del todo, que dice así: «un lugar
secreto» (cf. la quinta estrofa de Germanía).
El lugar «único» que ha encontrado el poeta en su país natal, ¿corresponde
como lo pobre (y secreto) en eso Escaso, a lo que «también le puede llegar un
gran principio»? Pero ¿cómo llega éste?
Los dos versos que preceden a las palabras de la llegada del gran
comienzo, contienen la respuesta:
[Pero como el cortejo
a la boda,] #
Esto nos deja extrañados. ¿El cortejo va a ser lo grande y la boda va
a ser lo escaso? ¡Se pensaría lo contrario! La extrañeza crece aún cuando
pensamos que ese «Pero como...» no introduce una mera comparación, sino que
dice él mismo el asunto claramente: a saber, el modo como puede llegar un gran
principio también a lo escaso. Entonces sería la boda lo escaso. En cuanto que
luego llegue a ella otra cosa, permanece remitida a lo que viene, también la
boda pertenece al venir. Ella misma es lo que viene. Hölderlin dice de ella al
comienzo de la 13.ª estrofa del Himno
al Rhin (StA
II, pp. 147, 180):
Entonces celebran la
fiesta nupcial hombres y dioses
La novia es la tierra a la que llega la canción del cielo. Así dice
el posterior esbozo (StA II, p. 253, 44):
Entonces viene el canto nupcial del cielo.
La boda es el todo de la entrañabilidad de tierra y cielo, hombres y
dioses. Es fiesta y celebración de la pertenencia in-finita. La boda es «entonces»
cuando viene: ¿Cuándo es el tiempo [Zeit]
de ese «entonces»? ¿De qué índole es su tiempo? Escapa a todo cálculo.
Semejante tiempo se temporaliza para el aguardar en la llamada que mira afuera.
Tiempo quiere decir aquí .siempre el tiempo apropiado, cuando es tiempo: el
momento histórico. Tiene su propio «entonces». ¿Cómo es entonces, cuando
todo está en paz en la tierra, cuando ha llegado el gran comienzo a lo escaso?
Hölderlin lo dice (v. 19 hasta 22):
... Pura meditación, empero, vive arriba el éter.
Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.
Entonces hay «Paz plena. Rojo de oro». Dorados están, abiertos, «los
soles y lunas más amarillos». ¿Y «rojo»? ¿Es ese «rojo» por el cual el
azul del cielo se hace violeta para la tierra? Ese rojo sería entonces, en la
esfera de lo luminoso, el eco del azul escuela de los ojos.
Los días puros no tienen nada del tumulto amenazador de las nubes
tormentosas. La existencia de dios no se vela en una oscuridad. Aún más
veladora que ésta es la más clara claridad. En su serenidad medita arriba el
dios el destino de la infinita pertenencia, en cuanto que «odia» el «crecimiento
fuera de sazón». (StA II, p. 225, 93 ss.). Ya los griegos sabían que la
claridad es aún más veladora que la oscuridad.
Pero ¿cómo puede llamarse lo Escaso esa paz de plenitud de la
pertenencia infinita? Escaso [Gering] es el refuerzo de la
palabra ring,
que significa lo ligero, flexible, dócil: lo pequeño a distinción de lo
grande. Pero pequeño [klein]
significa originalmente [fein] fino y precioso, como expresa aún la palabra [Kleinod]
[joya, la parte mejor]. Así Hölderlin entenderá la boda de tierra y
cielo, que celebran los dioses y los hombres, no como lo escaso en sentido de lo
poco valioso. Pues «grande» quiere erguirse lo que florece en pobre lugar. Lo
escaso llegará a serlo, a ser lo que ha de gustarse al final, sólo con la
venida del gran principio. Éste sin embargo llega al modo del cortejo.
Por lo
mismo que no podemos
representarnos como algo mezquino lo «escaso» expresado en el esbozo,
igualmente debemos dejar a la palabra «cortejo» [Reigen]
esa riqueza por la cual puede nombrar lo mismo que el hablar de «gran
comienzo». El cortejo es el griego
xorñw, la danza que canta festivamente festejando al dios:
xoroÝw
timn
Diñnuson (Eurípides, Bacantes
220). Así habla Hölderlin en una variante a la oda Ánimo
del poeta (StA II, p. 532,
33), de «cortejo menádico». Pero tal cortejo corresponde solamente al dios
porque los celestes mismos están reunidos en coros, «un número sagrado (Fiesta de la paz, v. 105 ss.). El cortejo es el ebrio
entremezclarse de los dioses mismos en el fuego celeste del gozo. Sólo así
pueden las nubes ser la serena y segura disposición de la existencia de Dios,
nubes de cánticos. El Himno a los
Titanes canta (Hell.
IV2,
p. 209, 47 ss.; StA II, p. 850, 22 .ss.):
Pero cuando se ha encendido
el día ocupado
y pura la luz y ebrios
los celestiales están
de lo verdadero, de modo que cada cosa
sea como es,
Sólo como el cortejo de los celestes, que, a partir de su fuego,
danzan su coro fundándolo en la tierra y los terrenales, es como puede el
cortejo ser grande y, como grande, ser el comienzo surgente del gran destino. No
podemos agotar la riqueza de la palabra «cortejo» [Reigen]
dicha con sencillo temor. Pues nombra la riqueza misma, la riqueza de lo que
querría venir. En el Himno a los
Titanes se dice (v. 20 ss.):
Pues hace ya mucho obran
las nubes hacia abajo
y echa raíz, preparando mucho, santa selva.
Ardiente es la riqueza. Pues falta
el cántico, que desata el espíritu.
Consumiría
y estaría contra sí mismo,
pues nunca consiente
la cautividad del fuego celeste.
Cómo se entiende aquí «la riqueza», lo dice el poema que
probablemente surgió en torno al tiempo de la carta citada a Böhlendorff,
escrito en el reverso de una carta de Diótima, de 5 de marzo de 1800:
Qué es la vida de los hombres una imagen de la divinidad.
Como bajo el cielo vagan los terrestres todos, ven
a éste. Pero leyendo casi como
en una escritura, imitan la infinitud y 1a riqueza los hombres. ¿Es pues rico
el sencillo cielo? Como flores son, en efecto,
las nubes plateadas. Pero de ellas llueve
el rocío y la humedad. Pero cuando
se extingue el azul, lo sencillo, parece
lo mate, semejante a la piedra de mármol, como mineral,
indicación de la riqueza. (StA II, p. 209)
Llamado a través del cántico a la libertad en la tierra, este fuego
debe llegar a lo escaso como el gran comienzo. «¡Ven ahora, Fuego!» así
arranca el Himno al Ister. Pero
lo que viene no es el dios tomado por sí. Lo que viene es la entera pertenencia
in-finita, en la que van unidos la tierra y el cielo con el dios y con los
hombres. La venida del gran comienzo es lo primero que lleva lo Escaso a serlo.
Esto mismo es -en su manera transformada- la pertenencia in-finita y tiene su
sitio en el lugar pobre y secreto en los campos donde el poeta está en su casa.
Lo Escaso es lo occidental. Pero Grecia, lo oriental, del país de la
mañana, es el gran comienzo que viene posiblemente. Lo Escaso es sin embargo sólo en cuanto que llega a ser eso a
lo que puede llegar un gran comienzo. ¿Puede venir todavía?
¿Está todavía lo occidental? Ha llegado a ser Europa. Su círculo de
dominio técnico e industrial cubre ya toda la tierra. Ésta a su vez está
tenida en cuenta como planeta en el espacio cósmico interestelar, que está
considerado como ámbito de acción planeado para el hombre. La tierra y el
cielo del poema han desaparecido. ¿Quién se atrevería a decir a dónde? La
pertenencia in-finita de tierra y cielo, hombre y dios parece destruida. ¿O
bien ha aparecido en cuanto tal pertenencia infinita todavía nunca puramente
encajada en nuestra historia a partir de la reunión del destino determinados, y
todavía no se ha hecho nunca presente, todavía no se ha fundado nunca como el
todo en lo más alto del arte? Entonces tampoco podría ser destruida, sino, en
caso extremo, sólo disimulada y rehusada en su aparición. Entonces nos tocaría
a nosotros pensar ese rehusamiento de la pertenencia in-finita. Meditar
siguiendo un asunto significa: dejar que éste se diga, prestarle oído donde
.se hable de él, esto es, en el poema de Hölderlin, en la presente edad del
mundo para nosotros. Inmediatamente después de la primera guerra mundial (1919)
publicó Paul Valéry una carta titulada La crise de 1'esprit.
En ella plantea dos preguntas:
¿Llegará
Europa a ser lo que es en realidad,
es decir, un pequeño cabo del continente asiático?
¿O bien Europa seguirá
siendo lo que parece, es decir: la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la
esfera, el cerebro de un vasto cuerpo?
Quizá Europa ha llegado ya a ser lo que es: un mero cabo, pero, en
cuanto tal, al mismo tiempo, el cerebro de todo el cuerpo terráqueo, ese
cerebro que computa el cálculo técnico e industrial, planetario e
interestelar. Porque es así y porque lo que es así no puede durar, quizá podríamos
añadir una tercera pregunta a las dos de Paul Valéry. No pregunta pasando por
encima de Europa, sino retrocediendo a su principio. Podría decir así: Europa,
como ese cabo y cerebro, debe llegar a ser tierra de un atardecer desde el cual
otra mañana del destino universal prepara su comienzo? La pregunta suena
presuntuosa y arbitraria. Pero tiene una base: ante todo en un hecho esencial,
por otro lado en una conjetura esencial.
El hecho contiene esto: La presente situación planetario-interestelar
es, en su comienzo esencial que no cabe perder, completamente
europea-occidental-griega. Pero la conjetura piensa en esto: Lo que se
transforma, puede hacerlo sólo a partir de la grandeza reservada de su
comienzo. Conforme a esto la presente situación del mundo sólo puede recibir
un cambio esencial o incluso su preparación, a partir de su comienzo, que
determina como destino nuestra época universal. Es el gran comienzo. Cierto que
no hay regreso a él. El gran comienzo sólo se hace presente como algo que nos
sale al encuentro, sólo en su venir a lo Escaso. Pero eso Escaso tampoco puede
permanecer ya en su aislamiento occidental. Se abre a los pocos otros grandes
comienzos que, con lo que les es propio, tienen su lugar en la mismidad del
comienzo de la pertenencia in-finita, donde está contenida la tierra.
Sin embargo nosotros los hombres de esta época del mundo,
presumiblemente, no estamos siquiera en lo escaso y menesteroso de esa necesidad
a partir del cual los Cuatro de la pertenencia infinita se llaman mutuamente.
Apenas estamos en la menesterosidad. Su necesidad consiste en que los mortales
no la echen de ver y no se den cuenta de cómo lo que viene posiblemente se hace
más inminente cuanto más nos echamos atrás ante ellos. Pero ¿dónde podríamos
echarnos atrás? A la reserva expectante. Ella es en sí a la vez el atreverse a
pensar por adelantado. Tal reserva previene lo que viene por el hecho de
intentar la prueba de lo que ahora es.
Si volvemos el oído hacia el esbozo de poema Grecia, entonces se
muestra: La aparición de la pertenencia infinita como un todo unitario sigue
estando negada. Por eso apenas podríamos oír la «voces del destino» a partir
de su unidad.
Lo que se nos rehúsa, precisamente por eso se refiere a nosotros de
una manera propia. Tal manera de venir toca a los hombres hoy y en todo lugar
con un requerimiento aún raramente tenido en cuenta. En efecto el hombre de
esta tierra está requerido por la incondicionada soberanía de la esencia de la
técnica moderna, junto con ella misma, a establecer la totalidad del mundo como
una sola situación uniforme, asegurada por una fórmula mundial definitiva y
por ello mismo calculable. El requerimiento a tal organización lo articula todo
en un solo empuje, cuya maquinación allana la disposición de la pertenencia
infinita. Ya no resuena el eco mutuo de las cuatro «voces del destino». El
requerimiento en la disposición calculadora de todo lo que es y lo que puede
ser, disimula
la pertenencia in-finita. Más aún: El requerimiento dominante en la
soberanía de la esencia de la moderna técnica, tiene por delante de todo como
inexperimentable aquello a partir de lo cual el poder de disposición del
requerimiento recibe su decreto. ¿Qué es esto?
Es el centro de toda la pertenencia infinita. Es el puro destino él
mismo. Lo inquietante [no
en casa, Unheimliche]
circunda el globo terráqueo, el hecho de que ahora el destino alcance directamente a los hombres de esta edad del mundo, no sólo por un resonar de
sus voces. Sin sonido, el destino llega al hombre - una enigmática manera de
silencio. El hombre presumiblemente pasará mucho tiempo sin prestarle oído aún.
Así no puede todavía corresponder en nada al destino del rechazo. Más bien le
esquiva con intentos cada vez más desesperados de querer dominar la técnica
con su voluntad mortal. Tan pronto como nos esforzamos en seguir eso con la
reflexión, surge una suposición de que en la fuerza de ese requerimiento, esto
es, en la incondicionada dominación esencial de la técnica moderna, pudiera
reinar el poder unidor de una coyuntura, a partir de la cual y por la cual, toda
la pertenencia in-finita se articulara en su cuadriplicidad. La silenciosa voz
de esa conjunción es lo que más nos cuesta oír. Pues para ello tendríamos,
como preparación, que volver a aprender a oír un decir más antiguo en que
antaño resonó el gran destino de Grecia. Deberíamos tomarla por delante de
toda experiencia cotidiana e incorporar en ella lo que dice Heráclito en el
fragmento 54:
ArmonÛh
Žfan¯w
faner°w
xreÛssvn
Armonía que no se echa
de ver es más alta que la patente.
En tanto que reflexionamos todo esto, podríamos considerar por delante
del poema de Hölderlin, esto es de lo Escaso en que vive éste en su lugar,
algo pequeño [Gering-Fügiges].
Templados en armonía con esos pensamientos, podríamos oír mejor el cántico
que, bajo el título Grecia,
llama al gran comienzo a su posible venida a lo Escaso.
Es la boda, de tierra y cielo, cuando los hombres y «algún espíritu»,
esto es, un dios, hacen vivir más en comunidad la belleza en la tierra. La
belleza es el puro fulgir de la patencia de toda la pertenencia infinita, junto
con el centro. Pero el centro lo es en cuanto lo que articula y dispone [Fügende und Verfügende]
centrado. Es la conjunción [Fuge],
que se reserva su aparición, de la pertenencia de los Cuatro.
Desde el levantarse del gran comienzo -levantarse es
fæsiw, «la Naturaleza»- se ha preparado toda la pertenencia para venir. La
belleza está llamada a la obra, para liberar y albergarlo todo en lo suyo
propio, puesto a salvo. En los versos 32-45 canta el esbozo Grecia:
... Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
y más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma,
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu con más comunidad se una a los hombres.
Este pensar memorioso de la calma en plenitud es el pensamiento, que «pertenece
a la sagrada imagen», que Hölderlin querría «formar» con los amigos
poetizadores. Pero Hölderlin sabe también cómo .se relaciona lo escaso con lo
grande (fragmento de una versión posterior de Patmos, StA II, p.
181, 146 ss.)
Pero es difícil
en lo grande conservar lo grande.
Sin embargo quizá lo Escaso experimentado poéticamente por Hölderlin
ya está determinado para lo grande, en que la posible venida del gran comienzo
permanece preservada hasta el último instante del mirar llamando hacia fuera
hacia el «azul escuela de los ojos».
En el año de su muerte, Hölderlin dice un poema en el ámbito
silenciado de la pertenencia infinita. Es una de esas poesías cuyo son monótono,
casi forzado, molesta a muchos oídos. Norbert von Hellingrath dice en su
discurso, pronunciado en 1915,
La locura de Hölderlin, sobre estas poesías, que serían «ya sólo
las últimas vibraciones maravillosas de la eufonía de un alma de nuevo en
reposo». El poema a que nos referimos ahora nombra al hombre en su referencia a
la Naturaleza, que nosotros debemos pensar, en el sentido de Hölderlin, como
aquello que está por encima de los dioses y los hombres, pero cuyo dominio los
hombres a veces .son capaces de soportar.
El poema nombra «el antiguo Decir», el mostrarse del gran comienzo.
Éste es. Su presencia se despliega «alrededor por todas partes» de ese único
lugar; y ello «con espiritualidad, esto es, con divinidad que vive ella misma
en lo sagrado. Todos los lugares sagrados están reunidos. El poema confía, en
sus últimas líneas, en la «Humanidad». Según el uso lingüístico de
entonces, esa palabra no quiere decir la totalidad de todos los hombres, sino
que, como libertad dice la esencia de lo libre, humanidad es la esencia del
hombre. Esa esencia se requiere en la «relación viva y el destino», esto es,
en «la vida».
El poema lleva el título Grecia
y lo
firma «Scardanelli»; un nombre extranjero, como si el poeta también
debiera destinarse a lo extraño a sí mismo y a lo suyo más propio, esto es, a
llevarse y someterse. La fecha dice «un día de mayo» y un año que Hölderlin
todavía no vivía (StA II, p. 306).
Grecia
Como son los hombres, así es espléndida la vida,
los hombres a menudo tienen poder sobre la Naturaleza,
la espléndida tierra no les está escondida a los hombres
con orgullo aparece al atardecer y por la mañana.
Los campos abiertos están como en los días de cosecha
con espiritualidad está alrededor por todas partes el antiguo decir,
y nueva vida viene otra vez de la humanidad
así se hunde el año como una calma.
24 de mayo de 1748
Con sumisión
« SCARDANELLI»
*
Este pasaje, en que ya N. v. Hellingrath suponía un error de
escritura, lo completa Ad. Beck (StA VI, p. 1089): a mi juicio de modo
acertado: «es popularidad, como nuestra popularidad es la sobriedad». (Nota
del Autor.)
** Muchos de ustedes están enterados de cómo esta carta, y
sobre todo la escrita un año antes al mismo amigo, inmediatamente antes del
viaje al sur de Francia, suelen citarse en referencia para basar lo que se ha llamado «el
giro occidental» de Hölderlin, y que Hölderlin mismo, aunque queriendo
decir otra cosa, considera bajo el nombre «el giro a la tierra patria». El
discurso de Hölderlin sobre lo
«patrio» y lo «nacional» lo debemos oír, ciertamente, según el
sentido de su pensamiento; esto es, liberándolo de nuestras corrientes
ideas estrechas. Lo «patrio» quiere decir la referencia de la tierra al
Padre como al supremo Dios, quiere decir esa «relación» que otorga vida,
en que está el hombre en cuanto que tiene un «destino». Igualmente, lo «nacional»
alude a la tierra del nacimiento (nasci,
natura, nación), tal como lo determina como principio lo que
permanece:
lo
más en efecto
puede el nacimiento,
y el rayo de luz, que sale
al encuentro del recién nacido.
puede el nacimiento,
y el rayo de luz, que sale
al encuentro del recién nacido.
La
cuarta estrofa del Himno al Rhin
contiene una indicación anticipada sobre el sentido de las estrofas
citadas. Pero la meditación de Hölderlin sobre el «giro a la tierra
paterna» y lo «nacional» no entra aquí en consideración; de ningún
modo sólo porque haya en ello muchas cosas difíciles de interpretar y lo
total en su sentido no esté decidido de modo inequívoco, sino porque Hölderlin
ha dejado aquí atrás ese mismo estadio de su camino que considera
bajo el título «giro hacia la tierra paterna», en cuanto que lo
ha asumido. Exactamente eso es lo que nos dice el hecho que exista ese
poema tardío Grecia -aunque
sólo en esbozos. (N. del A.)
***
(Observación al corregir.) El citar esta tercera estrofa y antes la
primera de Lágrimas tenía la intención también (aunque no expresada) de
dotar al v. 11 «de devastaciones, tentaciones de los santos. de una
indicación a su posible explicación, que muchos oyentes de la conferencia
echaron de menos. (N. del A.)
#
Hochzeit
= boda, y literalmente,
«tiempo alto». (N. del T.)