Tuesday, May 31, 2016

Poemas de John Keats

  1. John Keats

    .
      Información biográfica

    1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
    2. A un amigo que me envió rosas
    3. Al sueño
    4. Ante los mármoles Elgin por primera vez
    5. Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
    6. ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
    7. ¿Dónde hallar al poeta?
    8. Escrito antes de releer "El rey Lear"
    9. Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
    10. Esta viva mano
    11. Estrella brillante, si fuera constante como tú
    12. Feliz es Inglaterra
    13. Meg Merrilies
    14. Oda a la melancolía
    15. Oda a un ruiseñor
    16. Oda a una urna griega
    17. Oda al otoño
    18. Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
    19. ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
    20. Sobre la cigarra y el grillo




      Información biográfica
        Nombre: John Keats
        Lugar y fecha nacimiento: Londres (Inglaterra), 31 de octubre de 1795
        Lugar y fecha defunción: Roma (Italia), 23 de febrero de 1821 (25 años)
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      1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
          A quien en la ciudad estuvo largo tiempo
          Confinado, le es dulce contemplar la serena
          Y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria
          Hacia la gran sonrisa del azul.
          ¿Quién más feliz entonces si, con el alma alegre,
          Se hunde fatigado en la blanda yacija
          De la hierba ondulante y lee una acabada,
          Una gentil historia de amor y languidez?
          Si, atardecido, vuelve al hogar, ya en su oído
          La voz de Filomela, y acechando sus ojos
          La fúlgida carrera de una pequeña nube,
          Lamenta el deslizarse del presuroso día,
          Desvanecido como la lágrima de un ángel
          Que cae por el éter claro, calladamente.
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        A un amigo que me envió rosas
          Cuando ya tarde paseaba por los campos felices
          A la hora en que la alondra sacude el trémulo rocío
          De su exuberante escondite de trébol, cuando de nuevo
          Los bravos caballeros cogen sus abollados escudos:
          Vi la flor más linda que haya ofrecido la naturaleza silvestre,
          Una rosa almizcleña recién mecida por el viento; la primera en desprender
          Su fragancia al verano: crecía encantadora,
          Como si fuera el cetro que empuñara la reina Titania.
          Y mientras me regalaba con su aroma,
          Pensé en la rosa de jardín, con mucho superada:
          Pero cuando, ¡oh Wells!, tus rosas llegaron a mí,
          Mi sentido con su exquisitez quedó presagiado:
          Dulces voces tenían, que con tierna súplica,
          Me susurraban sobre paz, verdad e invencible cordialidad.
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        Al sueño
          Suave embalsamador de la alta noche en calma,
          Que cierras con benignos y cuidadosos dedos
          Nuestros ojos que gustan de ocultarse a la luz,
          Envueltos en la sombra de un celestial olvido;
          Oh dulcísimo sueño, si así te place, cierra,
          En medio de tu canto, mis ojos deseantes,
          O espera el "Así sea", hasta que tu amapola
          Eche sobre mi cama los dones de tu arrullo.
          Líbrame pues, o el día que se fue volverá
          A alumbrar mi almohada, engendrando aflicciones;
          De la conciencia líbrame, que impone, inquisitiva,
          Su voluntad en lo oscuro, hurgando como un topo;
          Gira bien, con la llave, los cierres engrasados,
          Y sella así la urna callada de mi espíritu.
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        Ante los mármoles Elgin por primera vez
          Mi espíritu es muy débil: la condición mortal
          Me abruma con su peso de sueño no querido
          Y toda imaginada profundidad o cima
          De angustia de los dioses me dice: "Has de morir"
          Como un águila enferma que mira hacia los cielos.
          Lujo reconfortante es lamentar, aún,
          Que yo no tenga el viento de nubes que guardar
          Fresco cuando aparece el ojo de la aurora.
          Esas glorias mentales, apenas concebidas,
          Llevan al corazón indescriptible pugna;
          Y aquellas maravillas, un voluble dolor
          Que funde la grandeza helena con la burda
          Quiebra del tiempo antiguo, con un mar ondulante,
          Con un sol, una sombra de lo inmenso.
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        Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
          Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
          Antes de que mi pluma haya espigado mi atestado cerebro,
          Antes de que altas pilas de libros, en caracteres,
          Guarden como ricos graneros el grano totalmente maduro;
          Cuando contemplo, sobre el rostro estrellado de la noche,
          Símbolos inmensamente confusos de un gran romance,
          Y pienso que puede que no viva para trazar
          Sus sombras, con la mano mágica del azar;
          Y cuando siento, ¡encantadora criatura de una hora!
          Que nunca más podré pensarte
          Nunca gustar del poder idílico
          Del amor irreflexivo; así, en la orilla
          Del ancho mundo quedo solo y pienso,
          Hasta que amor y gloria en la nada se hunden.
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        ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
          ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
          Algunos de ellos fueron siempre el alimento
          De mi deleitada fantasía: podría meditar tristemente
          Sobre sus bondades, terrenas o sublimes:
          Y a menudo, cuando me siento a rimar,
          Se entrometerán en tropel delante de mi mente:
          Pero sin confusión ni rudo trastorno
          Por su función; es un grato repique.
          Igual que los innumerables sonidos que guarda la tarde:
          El canto de los pájaros, el murmullo de las hojas,
          El rumor de los arroyos, la gran campana que se esfuerza por levantarse
          Con sonido solemne, y otros miles más,
          Que la distancia priva de reconocimiento,
          Hacen grata música, y no salvaje algarabía.
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        ¿Dónde hallar al poeta?
          ¿Dónde hallar al poeta? Nueve Musas,
          Mostrádmelo, que pueda conocerlo.
          Es aquel hombre que ante cualquier hombre
          Como un igual se siente, aunque fuere el monarca
          O el más pobre de toda la tropa de mendigos;
          O es tal vez una cosa de maravilla: un hombre
          Entre el simio y Platón;
          Es quien, a una con el pájaro,
          Reyezuelo o bien águila, el camino descubre
          Que a todos sus instintos conduce; el que ha escuchado
          El rugir del león, y nos diría
          Lo que expresa aquella áspera garganta;
          Y el bramido del tigre
          Le llega articulado y se le adentra,
          Como lengua materna, en el oído.
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        Escrito antes de releer "El rey Lear"
          ¡Romance de dorada lengua y laúd suave!
          ¡Oh sirena de bellas plumas, lejana Reina!
          Deja tus melodías en este día crudo,
          Cierra tu libro añoso y quédate callada.
          ¡Adiós! Pues que de nuevo la ya enconada pugna
          Entre dolor de Infierno y apasionado limo,
          Ha de abrasarme todo; y probaré de nuevo
          Esa dulzura amarga del fruto shakespeariano.
          ¡Poeta Rey! Y nubes vosotras, las de Albión,
          Creadores de nuestro profundo, eterno tema:
          Cuando cruzado hubiere el robledal antiguo,
          No dejéis que divague por algún sueño inútil,
          Y, consumido ya del Fuego, dadme nuevas
          Alas de Fénix para mi vuelo deseado.
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        Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
          Las campanas repican melancólicamente
          Convocando a los fieles a nuevas oraciones,
          A nuevas lobregueces, a espantosas angustias,
          A escuchar el horrible sonido del sermón.
          Sin duda que la mente del hombre está encerrada
          En un oscuro hechizo, pues todos se separan
          Del gozo junto al fuego, de los aires de la Lidia,
          Del elevado diálogo con los que en gloria reinan.
          Aún, aún repican, y sentiría un frío
          Y una humedad de tumba si no fuera consciente
          De que están extinguiéndose cual vela consumida,
          De que son los gemidos que exhalan al perderse.
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        Esta viva mano
          Esta viva mano hoy cálida y capaz
          De ansioso estrechamiento, si estuviera fría
          Y en el helado silencio de la tumba,
          Tanto perseguiría tus días y helaría tus noches soñadas,
          Que desearías que en tu propio corazón se secase la sangre
          Para que en mis venas volviese a correr la roja vida,
          Y así calmases la consciencia. Mírala, aquí está:
          Hacia ti la extiendo.
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        Estrella brillante, si fuera constante como tú
          Estrella brillante, si fuera constante como tú,
          No en solitario esplendor colgada de lo alto de la noche
          Y mirando, con eternos párpados abiertos,
          Como de naturaleza paciente, un insomne eremita,
          Las móviles aguas en su religiosa tarea
          De pura ablución alrededor de tierra de humanas riberas,
          O de contemplación de la recién suavemente caída máscara
          De nieve de las montañas y páramos.
          No, aún todavía constante, todavía inamovible,
          Recostada sobre el maduro corazón de mi bello amor,
          Para sentir para siempre su suave henchirse y caer,
          Despierto por siempre en una dulce inquietud,
          Silencioso, silencioso para escuchar su tierno respirar,
          Y así vivir por siempre o si no, desvanecerme en la muerte.
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        Feliz es Inglaterra
          ¡Feliz es Inglaterra!
          Ya me contentaría
          No viendo más verdores que los suyos,
          No sintiendo más brisas que las que soplan entre
          Sus frondas confundidas con las leyendas grandes;
          Pero nostalgia siento a veces; languidezco
          Por los cielos de Italia; íntimamente gimo
          Por no hallarme en el trono de los Alpes sentado,
          Para olvidar un poco el mundo y lo mundano.
          Feliz es Inglaterra y dulces son sus hijas,
          Sin artificio: bástame su encanto tan sencillo,
          Sus blanquísimos brazos que ciñen en silencio;
          Pero en deseos ardo a menudo de ver
          Bellezas de mirada más honda, y de sus cantos,
          Y de vagar con ellas por aguas del estío.
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        Meg Merrilies
          La vieja Meg era gitana
          Y vivía en el monte:
          Era el brezo rojizo su lecho
          Y al aire libre tuvo su morada.
          Negras moras de zarza por manzanas tenía,
          Por grosellas, simiente de retama;
          Su vino era el rocío de blancas zarzarrosas,
          Tumbas del camposanto eran sus libros.

          Las ásperas quebradas por hermanas tenía
          Y por hermanos los alerces:
          Y sólo en compañía de su familia vasta,
          Vivió como le plació.
          Pasó sin desayuno más de alguna mañana
          Y sin almuerzo más de un mediodía,
          Y en vez de cenar, fijamente
          Contemplaba la luna.

          Mas todas las mañanas, con tierna madreselva
          Sus guirnaldas tejía,
          Y cada noche, el tejo de la hondonada oscura,
          Cantando, entrelazaba.
          Y con sus dedos viejos y morenos
          Tejía esteras de junco,
          Que daba a los labriegos
          Al pasar por el monte.

          Fue Meg bizarra como la reina Margarita,
          Y como de amazona era su talla:
          Llevó por capa el trozo de alguna manta roja,
          Tocóse con un mísero sombrero.
          Que a sus huesos de vieja conceda Dios descanso,
          Pues murió ya hace tiempo.
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        Oda a la melancolía
          No vayas al Leteo ni exprimas el morado
          Acónito buscando su vino embriagador;
          No dejes que tu pálida frente sea besada
          Por la noche, violácea uva de Proserpina.
          No hagas tu rosario con los frutos del tejo
          Ni dejes que polilla o escarabajo sean
          Tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
          Contemple los misterios de tu honda tristeza.
          Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
          Y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

          Pero cuando el acceso de atroz melancolía
          Se cierna repentino, cual nube desde el cielo
          Que cuida de las flores combadas por el sol
          Y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
          Enjuga tu tristeza en una rosa temprana
          O en el salino arco iris de la ola marina
          O en la hermosura esférica de las peonías;
          O, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
          Toma firme su mano, deja que en tanto truene
          Y contempla, constante, sus ojos sin igual.

          Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
          También con la alegría, cuya mano en sus labios
          Siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
          Que en tanto la abeja liba se torna veneno.
          Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
          Tiene su soberano numen Melancolía,
          Aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
          Boca muerde la uva fatal de la alegría.
          Esa alma probará su tristísimo poder
          Y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.
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        Oda a un ruiseñor
          1

          Me duele el corazón y un pesado letargo
          Aflige a mis sentidos, como si hubiera bebido
          Cicuta o apurado un opiato hace sólo
          Un instante y me hubiera sumido en el Leteo:
          Y esto no es porque tenga envidia de tu suerte,
          Sino porque feliz me siento con tu dicha
          Cuando, ligera dríade alada de los árboles,
          En algún melodioso lugar de verdes hayas
          E innumerables sombras
          Brota en el estío tu canto enajenado.

          2

          ¡Oh, si un trago de vino largo tiempo enfriado
          En las profundas cuevas de la tierra
          Que supiera a Flora y a la verde campiña,
          Canciones provenzales, sol, danza y regocijo;
          Oh, si una copa de caliente sur,
          Llena de la mismísima, ruborosa Hipocrene,
          Ensartadas burbujas titilando en los bordes,
          Purpúrea la boca: si pudiera beber
          Y abandonar el mundo inadvertido
          Y junto a ti perderme por el oscuro bosque!

          3

          Perderme a lo lejos, deshacerme, olvidar
          Que entre las hojas tú nunca has conocido
          La inquietud, el cansancio y la fiebre
          Aquí, donde los hombres tan sólo se lamentan
          Y tiemblan de parálisis postreras, tristes canas,
          Donde crecen los jóvenes como espectros y mueren,
          Donde aún el pensamiento se llena de tristeza
          Y de desesperanzas, donde ni la Belleza
          Puede salvaguardar sus luminosos ojos
          Por los que el nuevo amor perece sin mañana.

          4

          ¡Lejos! ¡Muy lejos! He de volar hacia ti.
          No me conducirán leopardos de Baco
          Sino unas invisibles y poéticas alas;
          Aunque torpe y confusa se retrase mi mente:
          ¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
          Y tal vez en su trono aparezca la luna
          Circundada de mágicas estrellas.
          Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
          Desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
          El oscuro verdor y veredas de musgo.

          5

          No puedo ver qué flores hay a mis pies
          Ni el blando incienso suspendido en las ramas,
          Pero en la embalsamada oscuridad presiento
          Cada uno de los dones con los que la estación
          Dota a la hierba, los árboles silvestres, la espesura:
          Pastoril eglantina y blanco espino,
          Violetas marcesibles recubiertas de hojas
          Y el primer nuevo brote de mediados de mayo,
          La rosa del almizcle rociada de vino,
          Morada rumorosa de moscas en verano.

          6

          A oscuras escucho. Y en más de una ocasión
          He amado el alivio que depara la muerte
          Invocándola con ternura en versos meditados
          Para que disipara en el aire mi aliento.
          Ahora más que nunca morir parece dulce,
          Dejar de existir sin pena a medianoche
          ¡Mientras se te derrama afuera el alma
          En semejante éxtasis! Seguiría tu canto
          Y te habría escuchado yo en vano:
          A tu réquiem conviene un pedazo de tierra.

          7

          ¡No conoces la muerte, Pájaro inmortal!
          No te hollará caído generación hambrienta.
          La voz que ahora escucho mientras pasa la noche
          Fue oída en otros tiempos por reyes y bufones;
          Tal vez fuera este mismo canto el que una senda
          Encontró en el triste corazón de Ruth, cuando
          Enferma de añoranza, se sumía en el llanto
          Rodeada de trigos extranjeros,
          La misma que otras veces ha encantado mágicas
          Ventanas que se abren a peligrosos mares
          En prodigiosas tierras ya olvidadas.

          8

          ¡Olvidadas! El mismo tañer de esta palabra
          Me devuelve, ya lejos de ti, a mi soledad.
          ¡Adiós! La Fantasía no consigue engañarnos
          Tanto, duende falaz, como dice la fama.
          ¡Adiós! Tu lastimero himno se desvanece
          Al pasar por los prados vecinos, el tranquilo
          Arroyo y la colina; ahora es enterrado
          En los calveros del cercano valle.
          ¿He soñado despierto o ha sido una visión?
          Ha volado la música. ¿Estoy despierto o duermo?
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        Oda a una urna griega

          Tú, todavía virgen esposa de la calma,
          Criatura nutrida de silencio y de tiempo,
          Narradora del bosque que nos cuentas
          Una florida historia más suave que estos versos.
          En el foliado friso, ¿qué leyenda te ronda
          De dioses o mortales, o de ambos quizá,
          Que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
          ¿Qué deidades son ésas o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
          ¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
          ¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?

          Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
          Sonad por eso, tiernas zampoñas,
          No para los sentidos, sino más exquisitas,
          Tocad para el espíritu canciones silenciosas.
          Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
          Ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
          Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
          Aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
          Marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
          ¡Serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

          ¡Dichosas, ah dichosas ramas de hojas perennes
          Que no despedirán jamás la primavera!
          Y tú, dichoso músico, que infatigable
          Modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
          ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aún más dichoso!
          Por siempre ardiente y jamás saciado,
          Anhelante por siempre y para siempre joven;
          Cuán superior a la pasión del hombre
          Que en pena deja el corazón hastiado,
          La garganta y la frente abrasadas de ardores.

          Estos, ¿quiénes serán que al sacrificio acuden?
          ¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
          Llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
          Los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
          ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
          Alzada en la montaña su clama ciudadela
          Vacía está de gentes esta sacra mañana?
          Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
          Tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
          Por qué estás desolado podrá nunca volver.

          ¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
          De hombres y de doncellas cincelada,
          Con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
          ¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
          Como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
          Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
          Tú permanecerás, entre penas distintas
          De las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
          "La belleza es verdad y la verdad belleza". Nada más
          Se sabe en esta tierra y no más hace falta.
        Arriba

        Oda al otoño
          Estación de las nieblas y fecundas sazones,
          Colaboradora íntima de un sol que ya madura,
          Conspirando con él cómo llenar de fruto
          Y bendecir las viñas que corren por las bardas,
          Encorvar con manzanas los árboles del huerto
          Y colmar todo fruto de madurez profunda;
          La calabaza hinchas y engordas avellanas
          Con un dulce interior; haces brotar tardías
          Y numerosas flores hasta que las abejas
          Los días calurosos creen interminables
          Pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

          ¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?
          Quienquiera que te busque ha de encontrarte
          Sentada con descuido en un granero
          Aventado el cabello dulcemente,
          O en surco no segado sumida en hondo sueño
          Aspirando amapolas, mientras tu hoz
          Respeta la próxima gavilla de entrelazadas flores;
          O te mantienes firme como una espigadora
          Cargada la cabeza al cruzar un arroyo,
          O al lado de un lagar con paciente mirada
          Ves rezumar la última sidra hora tras hora.

          ¿En dónde con sus cantos está la primavera?
          No pienses más en ellos sino en tu propia música.
          Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo
          Y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,
          Cual lastimero coro los mosquitos se quejan
          En los sauces del río, alzados, descendiendo
          Conforme el leve viento se reaviva o muere;
          Y los corderos balan allá por las colinas,
          Los grillos en el seto cantan, y el petirrojo
          Con dulce voz de tiple silba en alguna huerta
          Y trinan por los cielos bandos de golondrinas.
        Arriba

        Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
          Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno,
          Y que has visto las nubes de nieve entre la niebla
          Y copas de olmos negros entre estrellas heladas,
          Será la primavera un tiempo de cosecha.
          Para ti, que has tenido como libro la luz
          De la sombra suprema con la que te nutrías
          Una noche tras otra cuando no estaba Febo,
          Será la primavera una triple mañana.
          Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
          Y sin embargo el canto me brota con pasión.
          Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
          Pero la tarde escucha. Aquél que se entristece
          Pensando en la indolencia no puede estar ocioso,
          Y despierto se encuentra quien se crea dormido.
        Arriba

        ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
          ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá:
          Ni Dios ni Demonio de severa respuesta,
          Se dignan a contestar desde Cielo o Infierno.
          Así, a mi humano corazón me vuelvo enseguida:
          -¡Corazón! Tú y yo estamos aquí tristes y solos;
          ¡Díme, por qué me reí! ¡Oh, dolor mortal!
          ¡Oh, Oscuridad! ¡Oscuridad! Siempre he de quejarme,
          Para preguntar al Cielo, y al Infierno,y al Corazón en vano.
          ¿Por qué me reí? Conozco ese lado del ser,
          Mi fantasía hasta su máxima felicidad se extiende;
          Ahora podría cesar en esta auténtica media noche,
          Y las llamativas insignias del mundo, ver en añicos.
          Poesía, Fama y Belleza, son de hecho intensas,
          Pero la Muerte lo es más: La Muerte es el mayor premio de la Vida.
        Arriba

        Sobre la cigarra y el grillo
          Jamás la poesía de la tierra se extingue:
          Cuando a todos los pájaros abate el sol ardiente
          Y ocúltanse en árboles de umbría, una voz corre
          De seto en seto, por prados recién segados.
          En la de la cigarra. El concierto dirige
          De la pompa estival y no se sacia nunca
          De sus delicias, pues si le cansan sus juegos,
          Se tumba a reposar bajo algún junco amable.
          En la tierra jamás la poesía cesa:
          Cuando, en la solitaria tarde invernal, el hielo
          Ha labrado el silencio, en el hogar ya vibra
          El cántico del grillo, que aumenta sus ardores,
          Y parece, al sumido en somnolencia dulce,
          La voz de la cigarra, entre colinas verdes.
        Arriba


Saturday, May 28, 2016

Excelente Poema de Rui Pires Cabral

Rui Pires Cabral - La edición inglesa





LA EDICIÓN INGLESA
para Mariana Pinto dos Santos

En la primavera de 1476
el joven Leonardo da Vinci
escribió en el  reverso de una carta
desesperada: If there is no love,
what then? Lo escribió, entiéndase
bien, en su vernáculo
original. Es que yo solo tengo
la edición inglesa.

¿De cuántas cosas
en esta vida, Dios mío, solo tengo
la edición inglesa – es decir,
la precaria, aproximada
traducción? ¿Y qué hacer
con estas noches de junio,
si el amor, justamente,
es una de ellas?













Rui Pires Cabral 
(Traducido por El transcriptor)


A EDIÇÃO INGLESA

para a Mariana Pinto dos Santos

Na primavera de 1476
o jovem Leonardo da Vinci
escreveu no verso de uma carta
desesperada: If there is no love,
what then? Escreveu-o, bem
entendido, no seu vernáculo
nativo – eu é que só tenho
a edição inglesa.

De quantas coisas
nesta vida, meu Deus, só tenho
a edição inglesa – quer dizer,
a precária, aproximativa
tradução? E que fazer
com estas noites de Junho,
se o amor, justamente,
é uma delas?


Leído en Hospedaria Camões

My possible transaltion into English:


English Edition by Rui Pires Cabral

In the spring of 1476
a young Leonardo da Vinci
wrote on the back of a desperate
letter: If there is no love,
what then? He wrote it, catch it on
well, in his vernacular
originality. It’s that I just have
the English edition.

Of how many things
In this life, oh my God, I only have
The English edition – namely,
a precarious, approximate
Translation? And what to do
With these June’s nights,
If love, precisely
Is one of them?

Friday, May 27, 2016

Kleist!!!

HEINRICH VON KLEIST: MICHAEL KOHLHASS


La breve existencia de Heinrich von Kleist (Frankfurt del Order, 1777-Wannsee, 1811) reúne todos los elementos del Romanticismo alemán: una estricta exigencia estética, que lucha por trascender los límites de la Razón; una aguda megalomanía, que sitúa al yo en el centro de la creación artística; un saber intuitivo, que nace de una desordenada libertad interior; una pasión por la vida, sin fuerza para neutralizar el nihilismo, y el encuentro fatal con la Muerte, escenificado como una tragedia clásica, donde el hombre se inmola para desafiar al destino y afirmar su voluntad.

Cioran afirmaba que es imposible leer a Kleist sin presentir que el suicidio precede a su obra. Su decisión de quitarse la vida no puede atribuirse a una desesperación espontánea. Tras abandonar la carrera militar y mantener un doloroso noviazgo, Kleist comienza su carrera literaria con enormes dudas, que le empujan a no firmar sus primeras obras (La familia Schroffenstein) o a destruir algún manuscrito para reconstruirlo más tarde (Roberto Guiscardo). Sus inseguridades conviven el ansia de gloria y el aborrecimiento del mundo. Su identificación con el ideal rousseauniano de regreso a la naturaleza sólo es algo pasajero. Sus oscilaciones testimonian una búsqueda intelectual y artística, pero también un desequilibrio mental. Su encuentro con Goethe, que reconoce la inspiración de algunas comedias, pero se muestra implacable con Pentesilea (1808), exaspera su inestabilidad. En 1811 aparece Michael Kohlhaas, un elogio de la rebeldía frente a la arbitrariedad del poder. El respeto a la norma es irrelevante cuando emperadores o príncipes pisotean los derechos del individuo. Invirtiendo el axioma socrático, Kleist opina que es preferible infringir la ley que soportar la injusticia.
Con problemas materiales y sin el reconocimiento que anhela, Kleist resuelve poner fin a una existencia marcada por el fracaso y el sufrimiento psicológico. En una nota, asegura que su dolor quedará compensado por “la más dulce de las muertes”. Nueve días más tarde, un paseante se cruza con él y su amiga Henriette Vogel. Ambos parece felices mientras bordean el lago Wannsee. Hacia las cuatro, se escucha dos disparos. Una carta redactada la noche anterior, anuncia “estamos muertos en el camino de Potsdam”. Cioran afirma que los solitarios de espíritu sólo consiguen la paz definitiva cuando conocen la perfecta soledad de la muerte. La prematura desaparición de Kleist, que frustra cualquier expectativa vital o artística con tan sólo treinta y cuatro años, desbarata cualquier complacencia con el suicidio, evidenciando la ligereza de algunos pensadores que confunden la aflicción con una figura literaria.
Michael Kohlhaas narra la historia de un tratante de caballos que organiza una insurrección para vengar un ultraje. El Junker Wenzel von Tronka, un aristócrata de la antigua Prusia Oriental, retiene dos de sus mejores caballos, aprovechando su paso por su fortaleza. Kohlhaas confía el cuidado de los animales a un criado, pero a su regreso descubre que su empleado ha sido apaleado y expulsado del castillo y los caballos, dos magníficos ejemplares, entregados a labores de campo, hasta la extenuación. Su aspecto es tan lamentable que parecen carne de matadero. Kohlhaas recurre a la justicia, pero su reclamación es desestimada. Humillado y escarnecido, decide desprenderse de sus propiedades y elevar su protesta hasta el Príncipe Elector. Ante la perplejidad de Lisbeth, su mujer, afirma que no desea vivir en un país que no defienda sus derechos. Lisbeth intenta hablar con el Príncipe, pero uno de sus soldados le propina un golpe en el pecho y, pocos días más tarde, muere ante la impotencia de su marido, que enloquece y decide tomarse la justicia por su mano. Tras formar un pequeño ejército de forajidos, asalta la fortaleza del Junker y las ciudades en las que se refugia, huyendo de su venganza.
Kohlhaas es un personaje histórico, de nombre Hans, pero al que Kleist prefirió llamar Michael para establecer una analogía con el arcángel que venció a las legiones de Satanás. Representado con armadura del general romano y con una lanza o espada, la sensibilidad romántica de Kleist confirió sus poderes a un hombre común, atribuyendo al pueblo el legítimo derecho de luchar contra la tiranía. El relato es un grito de protesta contra el imperialismo napoleónico, una invitación a la guerra para restituir la libertad. La exaltación del heroísmo no oculta el lado terrible de la guerra. Las huestes de Kohlhaas no respetan la vida de niños ni mujeres, incendian las plazas conquistadas y se dedican al saqueo. Kohlhaas mantiene la disciplina con castigos ejemplares, ahorcando a los que le desobedecen. Saturada de rasgos de la estética romántica (profecías, gitanas, sentimientos exaltados, nacionalismo), Michael Kohlhaas también anticipa algunos aspectos de la novela moderna: la impotencia del hombre ante un poder irracional, el conflicto entre instinto y civilización, el furor exterminador, que se legitima en una burocracia absurda, la aparición de las masas, que usurpan el lugar del individuo. La guerra de Kohlhaas recuerda la vesania de Lope de Aguirre, pero su final no es menos atroz que el de Josef K., aniquilado por una razón de Estado que sólo se preocupa de evidenciar su poder. La prosa de Michael Kohlhaas carece de retórica. Es una prosa de enorme precisión, que avanza sin estancarse ni perder la inspiración. La entrevista de Kohlhaas con Martin Lutero refleja la clarividencia de Kleist: la exclusión es tan intolerable como la asimilación. En cualquier caso, el hombre está perdido y la felicidad sólo es una precaria ilusión.
RAFAEL NARBONA

Acerca de Hölderlin

HOLDERLIN: POEMAS DE LA LOCURA


La poesía que se solidariza con el infortunio no puede conformarse con la perfección formal, sino que ha de tender hacia la verdad, interpretada no ya como Absoluto moral, sino como realidad en el mundo, con su carga de injusticia y fealdad. 
En este sentido, la fealdad no es una categoría estética, sino la posibilidad de superar el mal, asumiendo su lastre y ofreciendo a sus víctimas la palabra que se les negó, permitiendo que hablen desde su inconcebible dolor, mitigando el olvido al que están expuestas, combatiendo la ignominia de arrojar un manto de silencio sobre los que murieron injustamente. La poesía sólo puede conservar su tensión hacia el futuro, recogiendo la miseria del pasado. La desdicha del inocente nunca es hermosa, pero la poesía está comprometida con su recuperación.
En 1767, Lessing estudia en el Laocoonte la fealdad como categoría específica, pero reserva su manifestación al ámbito de la poesía, ya que entiende que la literatura, por su naturaleza temporal, diluye lo grotesco o repugnante, mientras que en las artes figurativas su presencia perdura en el espacio. En 1795, Friedrich Schlegel escribe Sobre el estudio de la poesía griega, donde apunta que la fealdad es uno de los rasgos definitorios del arte moderno. Ya no es la armonía, sino la intensidad, el dramatismo o la originalidad lo que inspira al artista. Schlegel cita a Shakespeare, cuyas obras no escatiman la violencia, lo trágico o lo grotesco. Sus personajes no conocen la armonía, sino que viven acosados por la desesperación, la impotencia o el fracaso.
 

Hölderlin afirma que sólo merecen el nombre de arte las obras capaces de expresar la experiencia del dolor. Pese a enloquecer, continúa escribiendo, reflejando en sus Poemas de la locura el anhelo de felicidad, maltratado por la incertidumbre y el sentimiento de indigencia que aflige al ser humano, cuando no se advierte la presencia utópica del otro, no ya como antagonista, sino como manifestación del Espíritu.
  


Visión es una expresión de este conflicto:
Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo
 Sin esperanza, lleno de dudas, el sentido de los hombres 
Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días 
Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.  
Es la época más dolorosa de su existencia, su largo viaje por la locura, pero el desorden mental no impide que se manifieste la esperanza de un mañana. En Primavera, las estaciones no aparecen como repetición, sino como tensión hacia el futuro. 
Nuestra vida desea al porvenir abrirse
Con flores, señal de alegres días 
cubrir parece la tierra y el gran valle 
Alejando la Primavera de todo signo doloroso.
 

La locura no es éxtasis, noche sagrada o inspiración divina, sino un estado de confusión y pérdida, un tiempo de destrucción acotado por la repetición, la angustia y el miedo. En sus últimos años, Hölderlin es un loco (a fin de cuentas, un hombre limitado por su experiencia o, más exactamente, desorganizado por su experiencia), pero en sus poemas, oponiendo al delirio la secreta perseverancia de la razón, se manifiesta el conflicto matricial entre un presente desdichado y un mañana que apenas se vislumbra, pero que en cierta medida ya acontece. Lo inmediato no puede ser la última palabra. Auschwitz no es la verdad, sino el fracaso del hombre en su devenir histórico. Hay otros fracasos, otros escándalos, donde -al menos temporalmente- triunfa la inhumanidad, lo monstruoso.

Lo esencial es que el mal carece de la fuerza necesaria para destruir el impulso teleológico de la conciencia. La esperanza no es una ilusión, sino la forma en que el hombre se enfrenta al tiempo y la injusticia. Es un estar en el tiempo, que se realiza en el tiempo y fuera del tiempo, en el “todavía no” (Ernst Bloch), cuya inminencia nunca cesa, pues si se hiciera presente, perdería su impulso. Hölderlin firma sus poemas con cien años de antelación o con doscientos de retraso. No es ofuscación, sino anticipación de la eternidad, de un más allá que extiende el presente hacia una perfección aplazada. Pese a su innegable prestigio, la incredulidad es más débil que la esperanza. Hay más audacia en la fe que en su negación, como nos recuerda Ionesco en sus Diarios.

 

En el borrador de una carta sin fecha, Hölderlin escribe: “Estoy maduro no para la paz muerta de la tumba, sino para una vida más feliz, más tranquila que ésta; incluso espero no estar largo tiempo ya sobre esta tierra, de la que ni siquiera las alegrías me atraen; espero que las tijeras fatales de la Parca vengan a cortar el hilo de mi vida, y en verdad puedo decir que espero el fin con tranquilidad, incluso con placer y alegría”. No hay en estas palabras resentimiento ni odio hacia la vida real, con su carga de finitud y servidumbre. No es “ilusión”, “resentimiento” ni “platonismo para el pueblo” (Nietzsche), sino experiencia del dolor transmutada en esperanza. Esperanza que celebra la vida, a pesar de su imperfección, a pesar del declive del cuerpo y del naufragio de la razón. 

Los Poemas de la locura son una iluminación, pero su luz no procede de lo irracional, sino de la insensatez de la esperanza, que contempla el dolor y no renuncia a la vida; que soporta la infamia y aún cree en la justicia; que aguanta el fracaso y no se cansa de celebrar la persistencia de lo posible. Sólo esta forma de arte puede contener la realización histórica del mal y al mismo tiempo contribuir a su superación moral y teleológica. RAFAEL NARBONA
Todas las colaboraciones de Rafael Narbona como crítico literario de El Cultural de El MUNDO en:
http://www.elcultural.es