Saturday, February 7, 2015

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Wednesday, January 14, 2015

Rüdiger Safranski

En el interior del arte hay un rumor de misterio que lo amenaza a él mismo. El misterio procede de la imaginación, que es una creación de la nada, cosa que ella sabe en los momentos de orgullo. Y en consecuencia, está amenazada por esta nada, por esta nulidad propia. Si, por ejemplo, en virtud de problemas externos de legitimación, se llega a una crisis de la imaginación, ésta cae de nuevo en la nada, en aquella nada a partir de la cual había hecho su obra. Penélope deshacía cada noche lo que había tejido durante el día. Y ése puede ser también el destino de la imaginación.
Esto es el mal para el arte en un sentido totalmente distinto de aquel mal que la creación artística puede tematizar y captar en imágenes y copias. En el arte, el mal se da como tema y como condición interna de su producción. Tenemos aquí un nuevo aspecto, pues se trata del riesgo de la imaginación, de la tribulación del arte por causa de sí mismo, en tanto su ser está bajo la amenaza de que se lo trague el no ser inherente a él.
Volvamos por un instante a Agustín, quien, a pesar de lo que hay de nada y, por tanto, de malo en el hombre, concede, sin embargo, un derecho de existencia al arte.
El mundo entero ha salido de las manos de Dios, por eso es «bello» en conjunto. Ahora bien, hay que poder conocer y experimentar, y esto solamente se consigue si el hombre se convierte a Dios en el propio interior. Sólo esto le confiere la capacidad de descubrir también la belleza del orden exterior. La unión con Dios permite la confianza en el mundo, que puede crecer hasta la celebración de la vida. Las bellezas del arte son la correspondiente respuesta a la belleza de la creación. No obstante, la relación con el mundo sigue siendo ambigua. Pues, según Agustín, si nos acercamos a las cosas guiados por el deseo, se nos escapa la belleza. Para el deseo, el mundo se transforma en un oscuro objeto, y el objeto oscuro del deseo ya no permite una actitud estética. El deseo devora, y el mismo que desea es devorado por el objeto de su deseo. Pero el arte conserva la dignidad del mundo y hace que las cosas sean. La belleza es un fundamental carácter cosmológico, y el mundo merece considerarse como una obra de arte de Dios, a la que el hombre responde con sus obras de arte. La obra de arte no pesca en lo turbio, sino que atraviesa el hormigueo del mundo y deja que se haga transparente el orden fundamental allí subyacente.
Merece resaltarse en nuestro contexto que el hombre no es entendido desde el posible paralelismo con Dios, a saber, desde su actividad creadora, sino desde la creación, a la que él imita. El artista como creador supondría un acto de pretensión desmedida (hibris). Dios ha creado el mundo de la nada, algo que no está al alcance del hombre: Por eso, lo que determina la concepción medieval del arte es la idea de imitación o simbolización, no la de la producción creativa. De ahí también que los artistas de la temprana Edad Media por lo regular no sean mencionados por su nombre, y que toda innovación espiritual se considere como una restitutio, como el restablecimiento o la repetición de una tradición.
Esto cambia de forma dramática en el Renacimiento. Ya con anterioridad, los sujetos creadores eran los artistas, pero ahora lo son con una conciencia de sí eminentemente crecida. Es cierto que continúa la reflexión sobre Dios y el gran universo. Pero ahora no se acentúa tanto el mundo de la creación; más bien, lo que es acogido explícitamente en la orgullosa conciencia de sí es el acto de la creación y la libertad que late en él. El artista quiere equipararse a Dios de algún modo en la creatio ex nihilo. Crea lo nuevo, lo nunca acontecido. Miguel Ángel afirma hacer visible la figura escondida en la piedra. El arte no es un simple reflejo de un mundo existente, sino que despierta un nuevo mundo, que descansa oculto en el antiguo, a la manera como la plástica consumada está contenida en la piedra ruda y el artista la saca de allí. Es éste el programa que el romántico Eichendorff formuló así algunos siglos después: «Y el mundo se alza para cantar; por doquier encuentras la palaba mágica».
Un creacionismo tan preciado de sí mismo no podía menos de caer bajo la sospecha de herejía. Giordano Bruno fue quemado por haber celebrado en exceso la fuerza creadora del hombre, la natura naturans. A finales del siglo xv Savonarola, en lucha con la estirpe de los Médicis en Florencia, orgullosos de su nobleza y amantes del arte, hace quemar los cuadros de Botticelli. Denuncia la creación artística como desmesurada y viciosa.
El arte, que se experimenta como un poder creador autónomo y presume conscientemente de este poder, se considera como el «mal», valoración que no es exclusiva de los ortodoxos. El arte no sólo es denunciado como «malo» desde fuera, sino que descubre también en sí mismo una negatividad peculiar, que va implicada en su libertad creadora. Pues la creación a partir de la nada puede significar en primer lugar que un ser es sacado, producido de la nada. Y ésa es la versión triunfal de la acción creadora, la conciencia de la creación. Pero se da además el «de la nada», con la cual a la vez se indica en cada acto de creación también la experiencia de la nada y de lo aniquilante. Todo escritor que siente como un horror la hoja en blanco está familiarizado con esta experiencia. El hombre creador se siente profundamente amenazado por esta nada en el interior cuando no se le ocurre nada más, o bien cuando la propia producción se le presenta de pronto como nula.
El sentimiento de la amenaza por el vacío y la nulidad en el impulso creador fue expresado con particular énfasis por el romanticismo.  Esta corriente estaba íntimamente familiarizada con los abismos interiores de la imaginación. El romanticismo representa los fuegos artificiales de una subjetividad triunfante. Con la mirada puesta en el propio misterio, los románticos creen alcanzar el misterio del mundo. Nunca se ha descendido a suficiente profundidad. Tales descensos son los verdaderos impulsos, la inmersión conduce al centro de la creación. Aquí la razón empieza a tambalearse. La conciencia se convierte en fantasía y la fantasía en torrente arrebatador. El lenguaje apenas puede seguir, por eso el romanticismo ama la música, lo inefable.
Por tanto, el acceso a lo inefable, a la riqueza interior, lo abre en primera línea el arte y, lo mismo que antes, la religión. Pero es una religión tan parecida al arte, que se confunde con él. Pues ambos, arte y religión, son productos de la imaginación. Ésta se tiene por divina. Por así decirlo, es una divinidad desde abajo. Jacobi, un filósofo de la época, no comulgaba con la dirección general de la época y formuló con agudeza la alternativa: «Dios está fuera de mí, es una esencia viva, existente por sí misma, o, en caso contrario, yo soy Dios». Por regla general los románticos se deciden a favor de la propia divinidad. Schleiermacher dice: «No tiene religión el que cree en una escritura sagrada, sino el que no necesita ninguna y es capaz de componer una».
Esta religiosidad orgiástica, que brota del poder de la propia sensibilidad, fascina a la nueva generación en torno a 1800, porque no es ningún cuerpo paternal de revelaciones y normas morales, sino que representa una modalidad de experiencia del yo y del mundo, una manera que puede disfrutarse estéticamente.
De entrada, esta simbiosis de arte y religión es ventajosa para ambas partes. La religión como arte se emancipa del dogma y se convierte en revelación del corazón, y el arte como religión confiere una consagración supraterrestre a estas «revelaciones». La religión del arte nos permite «flotar con audacia sobre el abismo desértico entre el cielo y la tierra». La conciencia de dicha posición intermedia proviene de que los románticos no pueden saber exactamente si pasan a un celeste mundo superior, o bien a un mímico mundo inferior. Si la que lleva la dirección es la imaginación, este dilema no puede distinguirse con precisión. En la fe tradicional la trascendencia del mundo era un haber fundamentalmente sólido. Por el contrario, la religión romántica del arte, también en su propia comprensión, presenta el cariz de una empresa arriesgada. El joven Tieck escribe en su novela William Lovell: «Cuando semejante ser nota de una vez cómo se extenúan las plumas de sus alas [...], se deja caer a ciegas, sus alas se destrozan, y luego tiene que arrastrarse eternamente».
En el entusiasmo romántico hay una corriente oculta de angustia. Es la angustia ante el desencanto, ante el final de la seguridad sonámbula. En sus instantes despiadados, el romanticismo sabe que el espacio de resonancia de su música celestial está angustiosamente vacío. Heinrich Wackenroder escribe: «De pronto el arte musical es para mí enteramente una imagen de nuestra vida, una alegría conmovedoramente corta, que surge de la nada y pasa a la nada, que se eleva y se hunde, sin saber por qué razón; es una pequeña y agradable isla verde, que flota en el oscuro e insondable océano».
Los románticos, que tras el gran crepúsculo de los dioses quieren producir sus dioses por fuerza propia, se hallan ante el siguiente dilema: tienen que creer en lo que ellos mismos han producido, y se ven forzados a experimentar lo producido como algo recibido. Quieren admirar ante el proscenio del gran juego, y a la vez están como maquinadores entre bastidores. Son directores que quieren hechizarse a sí mismos.
La fe romántica en el arte pretende lo imposible. En forma refinada quiere volver a lo ingenuo, pero se encuentra con el resultado de que en lugar de las antiguas sustancias entra en juego el salón de los espejos de las duplicaciones: el sentimiento del sentimiento, la fe en la fe, el pensamiento del pensamiento. Cada movimiento se contempla a sí mismo. Según el temple de ánimo, resulta el disfrute de un algo con infinitas configuraciones, o bien el tormento de la nada. Jean Paul escribe: «¡Vaya!, si cada yo es su propio padre y creador, ¿por qué no puede ser también su propio ángel exterminador?».
Por tanto, el romanticismo deja libre el poder destructor y autodestructor de la imaginación. Esto lo distingue del multisicular paradigma clásico del arte como lo bueno. Según hemos dicho, el concepto tradicional se funda en la idea de la mimesis, de la imitación de una realidad previamente dada, bien sea ensalzándola, o bien con actitud crítica. Pero en el romanticismo culmina, por segunda vez después del Renacimiento, la idea de poiesis. La capacidad de creación artística, la libertad creadora, pasa a ocupar el centro de la atención y de la orgullosa conciencia de sí. Y en medio de esto se llega a la conciencia de la negatividad. En la medida en que ya no imita una creación terminada, sino que quiere convertirse en cómplice del proceso de la creación, es decir, cuando se desliga del concepto de mimesis y se entrega a la poiesis, el artista se enreda en el problema de la creación de la nada. Se abre para la experiencia de la nada, de lo aniquilante. Por eso el Fausto de Goethe, antes de producir la imagen de Helena, tiene que descender al «reino de las madres», a este infierno interior, al mundo de las sombras sin esencia, donde la figura oscila indecisa todavía entre el ser y la nada. Y la nada y lo aniquilante se infiltran en la obra, como sospecha, como duda de sí mismo, como angustia. El artista, a través de sus tonos, frases y ficciones, oye en cierto modo el vacío susurro del fundamento. El arte, que procede de la nada de la imaginación libre, puede hundirse de nuevo en esta nada. En el interior del arte se forma un potencial de destrucción y autodestrucción. Entonces se habla de la crisis de la narración, del fragmento sin intención, de la disolución de las formas, etcétera. La sospecha de nulidad, de que las configuraciones del arte son quimeras y, por ello, quizá carecen de sentido, la sospecha de que en medio de la «creación de la nada» emerja la «nada», sin duda es algo malo para el arte, es el mal inmanente al arte, por lo cual éste se hace impugnable en sí mismo y pierde la confianza en sí mismo. Ahí tenemos el destino de la literatura moderna. (...)
 La dimensión del oficio eleva la propensión interna del acto de escribir a ser perturbado por la cuestión del sentido. Quien en el acto de escribir se contempla a sí mismo desde la perspectiva del oficio no puede menos de preguntarse: ¿todo esto para qué? Y si se plantea esta pregunta puede ser que se hunda todo en sí mismo, como un soufflé sacado del horno antes de tiempo.
El mal, para el arte, viene de su misterio creador. Como creación a partir de la nada, tiene como dote la nada. No le sucede lo mismo a ningún empleado de banco, a ningún científico y a ningún cocinero. Todos ellos actúan con elementos relativamente firmes. El arte, en cambio, tiene que habérselas con el sentido, que no se entiende por sí mismo como una cosa obvia. Y por eso precisamente está amenazado de manera especial por la nada de la carencia de sentido. El sentido que no se entiende por sí mismo es frágil. Puede derrumbarse fácilmente con la pregunta: ¿para qué todo esto?

E.T.A. Hoffmann narra la anécdota de alguien que, hondamente estremecido ante la obertura del Don Giovanni de Mozart, le da un golpecito a su vecino y luego le pregunta: ¿para qué sirve todo esto...?
Ojalá el «convidado de piedra», al final de la obra, se llevara también al infierno a ese vecino.

Rüdiger Safranski, El Mal o el drama de la libertad, traducción de Raúl Gabás, Tusquets, Fabula, Barcelona, 2005, págs. 193-200.

Novalis is here!

"Una cosa sólo ha buscado el hombre...", de Novalis

Una cosa sólo ha buscado el hombre en todo tiempo,
y lo ha hecho en todas partes, en las cimas y en las simas del mundo.
Bajo nombres distintos –en vano– se ocultaba siempre,
y siempre, aun creyéndola cerca, se le iba de las manos.
Hubo hace tiempo un hombre que en amables mitos infantiles
revelaba a sus hijos las llaves y el camino de un castillo escondido.
Pocos lograban conocer la sencilla clave del enigma,
pero esos pocos se convertían entonces en maestros del destino.
Discurrió largo tiempo –el error nos aguzó el ingenio–
y el mito dejó ya de ocultarnos la verdad.
Feliz quien se ha hecho sabio y ha dejado su obsesión por el mundo,
quien por sí mismo anhela la piedra de la sabiduría eterna.
El hombre razonable se convierte entonces en discípulo auténtico,
todo lo transforma en vida y en oro, no necesita ya los elixires.
Bulle dentro de él el sagrado alambique, está el rey en él,
y también Delfos, y al final comprende lo que significa:  
            conócete a ti mismo.
Traducción de Antonio Pau
en Poemas tardíos, 2011
 

«En el habla y en la escritura sucede algo loco: la verdadera conversación es un puro juego de palabras. Sólo podemos sorprendernos del hecho de que la gente, en virtud de un risible error, crea que habla por las cosas mismas. Aquello que, precisamente, el lenguaje tiene de particular, es decir el preocuparse sólo de sí mismo, es lo que todos ignoran. Por eso es un misterio tan admirable y fecundo, hasta el punto de que si uno habla sólo por hablar, expresa la verdad más esplendorosa, más original. Pero si ese mismo quiere hablar de algo determinado, el lenguaje caprichoso lo obliga a decir las cosas más risibles e incoherentes. De aquí surge también el odio que cierta gente seria siente por el lenguaje. Si tan sólo se pudiera hacerle entender a la gente que las cosas tienen con el lenguaje la misma relación que con las fórmulas matemáticas, las cuales constituyen un mundo aparte, juegan sólo con sí mismas, no expresan otra cosa que su naturaleza prodigiosa, y precisamente por ello son tan expresivas, precisamente por ello se refleja en ellas el extraño juego de las relaciones de las cosas. Su libertad es lo que les permite convertirse en articulaciones de la naturaleza, y sólo en sus libres movimientos se manifiesta el alma del mundo y hacen de sí una delicada medida y una arquitectura de las cosas. Lo mismo vale para el lenguaje: quien tenga un sentido sutil de su digitación, de su cadencia, de su espíritu musical, quien advierte en sí el delicado obrar de su naturaleza íntima, y lo sigue moviendo su lengua o su mano, ése será un profeta; por el contrario, quien sabe esto pero no tiene suficiente oído ni capacidad, escribirá verdades semejantes, pero será burlado por el lenguaje mismo y los hombres se mofarán de él, como le sucedió a Casandra entre los troyanos. Con esto creo haber indicado del modo más claro la esencia y el oficio de la poesía, pero sé también que ningún hombre será capaz de comprenderlo y habré dicho algo bastante idiota, precisamente porque he querido decirlo, y de este modo no hago surgir poesía alguna. ¿Y si en cambio me sintiera obligado a hablar? ¿Y si este impulso lingüístico a hablar fuera la contraseña de la inspiración del lenguaje, del obrar del lenguaje en mí? ¿Y si mi voluntad quisiera sólo aquello a lo que estoy obligado, no podría acaso esto, al fin, sin que lo supiera o creyera, ser poesía y hacer comprensible un misterio del lenguaje? ¿Sería entonces un escritor por vocación, puesto que un escritor es sólo aquel que se ha dejado entusiasmar por el lenguaje?»

Novalis [Friedrich von Hardenberg], Monolog [1798], en Schriften, vol II, 1981, pp. 203-204, versión y cita de Roberto Calasso, La literatura y los dioses, trad. Edgardo Dobry, Anagrama, Barcelona, 2002, págs. 172-173.
 

Monday, January 12, 2015

Friedrich Hölderlin - Articles

Articles:

Hölderlin, Friedrich. [Gedichte 1784-1800]. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. [Gedichte 1800-1804]. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Das Werden im Vergehen. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Der Tod des Empedokles. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Fragment von Hyperion. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Hyperion oder der Eremit in Griechenland. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Hyperions Jugend. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Über den Unterschied der Dichtarten. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Über die Verfahrungsweise des poetischen Geistes. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Über die verschiednen Arten, zu dichten. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Urteil und Sein. January 01, 1970. Language German.

Hölderlin, Friedrich. Wechsel der Töne. January 01, 1970. Language German.

Wednesday, December 24, 2014

Some consideration about his poetry and his philosophy

Hölderlin: some consideration about his poetry and his philosophy

Friedrich Holderlin has long been recognized as one of the greatest poets of the German language, but little recognition of his achievements dignified Holderlin's lifetime. Only his epistolary novel, 'Hyperion', and a handful of his poems received recognition during his life. He discovered his own poetic voice in the years between 1796 and 1800 and in the relatively short period of stability that remained to him- the later six years until insanity overwhelmed him in 1806- he produced some of the most intense and beautiful lyric poems ever written not only in the German language but in the history of poetry. Unlike many of his friends and peers, Holderlin never enjoyed the economic and emotional security connected with a university position or a position in government- the fact we have to understand is that his aspiration to become a poet only grew stronger as his failures in the "business" world accumulated. The growing determination to be a poet is a decisive factor in Holderlin's poetry, and 'determination' is meant here not only as the human act of volition but the ontic event of one coming into one's own.
The poetry of Holderlin exerts an influence like the pull of a giant wayward star; so strong has been its allure that one feels compelled to ask why Holderlin's work captivate to this day so many major poets and philosophers...what is it about this poet that speaks with such tremendous force to us today? The answer, I think, lies in Holderlin's experience of modernity. As he wrote in "The poet's calling", we live in a world in which "everything divine" has been "utilized" for too long, and "all the heavenly powers...thrown away." We think we can grasp the world, that we can "name all the stars in heaven", but we have lost our way to the divine. This absence, this deep sense of loss that underlies the unease of modern Western culture, is the basis of Holderlin's work and power.

The Poet and the Beauty

The years of his writings, roughly 1795- 1803, saw the blossoming of early German romanticism through the writings of Novalis, Schelling, Friedrich and August Schlegel, Tieck and others; building on the eighteenth century contributions of Herder and Goethe, this generation of thinkers held enormous faith in "the word", in the medium of language, and never tired of exploring the connection between what Germans call 'Dichtung' (the creative writing) and the search for a level of atmosphere of culture that might suggest in the present that cultural unity that moderns have ascribed to the ancient Greeks. But unlike the proponents of romanticism who came to be known as the Jena school, Holderlin's explorations were conducted on his own, since neither Schiller nor Goethe nor anyone else has much to do with the direction taken by him in the practice of the poet's vocation. He insisted greatly also on the divinity of poetry because his faith could not allow that poetry is a closed, singularly mortal act: so the precondition for poetry is the receptive, pious soul, which is given inspiration in the tenuous, ever- threatened relation between men and their Gods.
The poet's interest in the remote past, in this case ancient Greece, is not academic: though he shared with academics an interest in learning from and about the past, here he went beyond the norm and addressed the issue of ancient culture's preconditions as the preconditions of all culture. This poet's motivation in going back to the ancients were more in the nature of approaching what he called "the source", than longing for a golden age.
A basic attitude of faith is the prerequisite for poetry, in the sense that the poet must acknowledge the existence of something higher than man. "To the Fates" is one of Holderlin's most widely known poems; even the title suggests the necessity of faith, for the poet is addressing the fates as deities who are capable of governing the world.
So, remembrance of the divine is perhaps the key theme in Holderlin's work. And, whether manifest in a memory of the sun gone down, or of childhood or the homeland, or of the poet's song or of ancient Greece, it is always accompanied by the acute consciousness that we- as individuals and a community- are not in armony with the Gods: for only through remembrance can we recognize what we lack in the present.
Holderlin's sense of loss and destitution was not simply due to a personal predilection for suffering, but was a part of a larger cultural phenomenon that arose from powerful currents seething under the Enlightenment- an increasing alienation from nature and a growing sense of disenchantment in the face of a triumphant rationality and waning traditions and values. Schiller described modern human beings as "stunted plants that show only a feeble vestige of their nature." Holderlin, for his part, reacted to these currents with an almost overwhelming longing for lost wholeness.
Finally, instead of simply longing for fullness as in his early poetry, Holderlin's final poetry acts as a mediator between the Gods, who seem to have the power to grant us finally wholeness, and human beings. For although we may long for complete union with the Gods and nature, we could not bear their intensity- the heavenly fire of this union would obliterate us as individual men. Thus the Gods, that we not perish form divine fullness and might "long enjoy the light", also give us "divine sorrow". But we only know deep sorrow because the poets have brought their "suitable hands" to "interpret the holy lore" and sing us traces of the fled Gods: so, the poet's song reminds us of the wholeness we have lost.
Holderlin used his poetry to work out a complex conception of the way in which we imaginatively and creatively respond to the conflicting tendencies in our self-conscious lives that arise out of this elemental nature of self- consciousness: since all consciousness require a judgemental articulation of this pre-reflective unity of "being"- again, a primordial division of that which is originally undivided- we are, as it were, intuitively aware of this unity of "being" in our consciousness of the world, and it remains a presence in our conscious lives, holding out the promise of a restored unity of the divisions that occur as necessary conditions of our leading self-conscious lives at all. And, in apprehension of beauty we get an inkling of what that unity might be like as the "supersensible" ground of both nature and freedom, and such apprehension of beauty prompt us to take an interest in matters to which we might otherwise be blind. The apprehension of beauty, best mediated by the poet, unites that would otherwise be only fragmented pieces of nature or our temporally extended lives and, as he put in the final line of his poem 'Remembrance': "But what is lasting the poets provide."

Nature and mankind

He also developed a distinctive viewpoint on the relationship between humankind and the rest of nature. His ideas are of particular interest because he yearned for an end to human suffering, but was also firmly convinced that humankind was inevitably destined to be separated from nature, and thereby destined to endure suffering. Holderlin envisioned a positive role for humanity in cosmic evolution, a role which has significant implications for both human nature and cultural evolution. Holderlin’s conception of the human-nature relationship as part of an unfolding process of cosmological change seems to be of great relevance today, an age that is characterized by belief in the meaninglessness of human existence, and by concern about the way that we have altered the pre-human conditions of the Earth. Holderlin’s views provide a unique perspective on modernity that is worthy of serious consideration.
The starting point of Holderlin’s philosophy is that there must be a basic unknowable reality which precedes self-consciousness wherein subjects and objects are not in existence but are both part of a ‘blessed unity of being’. He describes this unity as: “Where subject and object simply are, and not just partially, united…only there and nowhere else can there be talk of being.” He argues that the ‘blessed unity of being’ (which he also refers to as ‘nature’) is responsible for the coming into existence of humanity through using its power to initiate a division of itself into subjects and objects. This division of being causes the emergence of judgement. Holderlin states that, “ ‘I am I’ is the most fitting example of this concept of judgement…[as] it sets itself in opposition to the not-I, not in opposition to itself.”
The division means that human beings are not capable of actions that are independent of nature; Holderlin states that, “all the streams of human activity have their source in nature.” It is revealing to compare this claim with the words of Holderlin’s character Hyperion, “What is man? – so I might begin; how does it happen that the world contains such a thing, which ferments like a chaos or moulders like a rotten tree, and never grows to ripeness? How can Nature tolerate this sour grape among her sweet clusters?”
For Holderlin, man is the ‘violent’ being, whose coming into existence in opposition to the rest of nature was initiated by nature. Holderlin sees this opposition between man and the rest of nature as culminating in modernity – an era that he claims is characterised by the absence of the Gods. In 'Bread and wine' Holderlin writes: “Though the Gods are living, over our heads they live, up in a different world…Little they seem to care whether we live or do not.”
Holderlin’s position is that as nature created the separation, only nature can bring the separation to an end. He sees this process of separation and reconnection as part of a broader cosmic picture wherein nature is an unfolding organism rather than a huge mechanism. This organismic view enables him to envision teleological processes in nature and a hope for human destiny, a possibility of return into the nature's arms to regain the primeval wholeness.

The Poet and the Philosophers

His philosophical importance has only surfaced more recently; although Schelling and Hegel acknowledged him early as their equal, for a long time Holderlin's philosophical position remained unknown outside the small circle of his friends even if, for Holderlin, there was no separation of poetry from truth and, therefore, no essential difference between poetry and philosophy. However, it was a philosopher who set the stage for the Holderlin renaissance in our century: when Friedrich Nietzsche, in his 'Untimely Meditations', launched a scathing attack on German philistine culture, he presented the "glorious Holderlin" as an antidote to the prevalent burgeois values. Holderlin had in fact felt deeply the modern crisis of values and had been filled with longing for a cultural and religious renewal. Nietzsche saw Holderlin as a kindred spirit who had, however, been crushed by the adversity of his own time. Holderlinean themes reverbrated in Nietzsche's writings and seemed to point to deep affinities between their thoughts and lives that found a resonance with his readers: "Holderlin's work was more understandable after being illustrated by Nietzsche."
Moreover, inspired by Nietzsche's diagnosis of European culture, the Stefan George circle aimed at cultural renewal through the formation of a "new league" of spiritual aristocracy that would function as the germ cell of a new mythologic- aesthetic culture. Through an aesthetics modeled on French Symbolism, George intended to elevate art once again on a sacred level. After the turn of century, Holderlin rapidly became the exemplary prophet of George's aesthetic utopianism.
Finally, Heidegger's reception of Holderlin is perhaps unique. Beginning with his lecture course on the hymns "Germania" and "The Rhine", Heidegger entered into a dialogue with the poet that continued throughouth his life: "My thinking stands in an unavoidable relationship to the poetry of Holderlin." More specifically, after the attempt in 'Being and Time' to elucidate the meaning of "being" through recourse to the implicit understanding of being that characterizes human existence, Heidegger turned away from the language of philosophy and assigned to art, and to poetry in particular, the role of bringing us into proximity with being. Heidegger's theory of language, in particular in his interpretation of this poet, has brought so the poetry to the forefront of philosophical thought after more than two millenia of nearly unanimous, but also highly problematic, philosophical ejection of poetry from the realm of knowledge and truth. Then, in his subsequent writings, Heidegger interpretated the history of metaphisic from Plato to Hegel as the history of the forgetting of being and saw Holderlin's hymns as marking the advent of another history: he interpreted Holderlin's lament of the absence of the Gods in the light of this forgetfulness and Holderlin's call for the Gods' return as a readiness for a new thinking in the nearness of being. In their writings the ancients dealt with the question of being on manifold levels, with conception of Nature and Gods that modern man has abandoned. "The historical destination of philosophy culminates in the recognition of the necessity of gaining a hearing for Holderlin's word."
Indeed, Peacock argues that Holderlin thinks that: “a godless age is part of a divine mystery, it is as necessary as day, ordained by a higher power.” Furthermore, Heidegger claims that the Gods are still present, despite their absence: “man who, even with his most exulted thought could hardly penetrate to their Being, even though, with the same grandeur as at all time, they were somehow there."
 Last updated on July 7, 2010
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Friedrich Hölderlin: El cementerio

 
“…en la umbría donde pacen los corzos,
extrañas se me hacen y muertas
las almas venturosas.”

FH

“El cementerio”

Silencioso lugar verdeante de hierba joven,
Donde yacen hombre y mujer y se yerguen las cruces,
Adonde van acompañados los amigos,
Donde fulguran en claro vidrio las ventanas.
Cuando en ti fulge la alta llama del cielo
A mediodía, cuando la primavera te frecuenta y se demora
Y va la espiritual nube húmeda y gris,
Con hermosura el día escapa dulcemente.
Qué tranquilidad hay cerca del muro grisáceo
Encima del cual pende un árbol con frutos;
Negror mojado de rocío, follaje todo duelo;
Pero los frutos son densos preciosamente.
Hay en la iglesia una tranquilidad oscura
Y también el altar en esa noche se recoge;
Aún allá quedan varias cosas hermosas,
Mas en verano canta alguna cigarra en el campo.
Allí, cuando las oraciones del pastor se escuchan
En tanto al lado está el grupo de amigos
Que con el muerto van, qué vida singular
Y qué espíritu, devotamente descuidado.

Friedrich Hörderlin: Traducción de Luis Cernuda

Poema original en alemán:

“Der Kirchhof”
Du stiller Ort, der grünt mit jungem Grase,
Da liegen Mann und Frau, und Kreuze stehn,
Wohin hinaus geleitet Freunde gehn,
Wo Fenster sind glänzend mit hellem Glase.
Wenn glänzt an dir des Himmels hohe Leuchte
Des Mittags, wann der Frühling dort oft weilt,
Wenn geistige Wolke dort, die graue, feuchte,
Wenn sanft der Tag vorbei mit Schönheit eilt!
Wie still ists nicht an jener grauen Mauer,
Wo drüber her ein Baum mit Früchten hängt;
Mit schwarzen tauigen, und Laub voll Trauer,
Die Früchte aber sind sehr schön gedrängt.
Dort in der Kirch’ ist eine dunkle Stille
Und der Altar ist auch in dieser Nacht geringe,
Noch sind darin einige schöne Dinge,
Im Sommer aber singt auf Feldern manche Grille.
Wenn einer dort Reden des Pfarrherrn hört,
Indes die Schar der Freunde steht daneben,
Die mit dem Toten sind, welch eignes Leben
Und welcher Geist, und fromm sein ungestört.

Friedrich Hölderlin
Johann Christian Friedrich Hölderlin, uno de los más grandes poetas líricos alemanes, nació en Lauffen am Neckar , Wurtemberg, el 20 de marzo de 1770.
Murió tras pasar los casi cuarenta últimos años de su vida, víctima de una grave demencia, el 7 de junio de 1843.

También de Friedrich Hölderlin en este blog:
“Friedrich Hölderlin: El joven a sus juiciosos consejeros”: AQUÍ
“Recordando a Friedrich Hölderlin: A las parcas”: AQUÍ
“Friedrich Hölderlin: Himno a la Libertad”: AQUÍ
“Friedrich Hölderlin: El invierno”: AQUÍ
“Recordando a Friedrich Hölderlin: La despedida”: AQUÍ 
“Friedrich Hölderlin: A Hércules”: AQUÍ
“Recordando a Friedrich Hölderlin: Grecia”: AQUÍ 
*La fotografía es del cementerio de Comillas, en Cantabria.

HOLDERLIN: POEMAS DE LA LOCURA


La poesía que se solidariza con el infortunio no puede conformarse con la perfección formal, sino que ha de tender hacia la verdad, interpretada no ya como Absoluto moral, sino como realidad en el mundo, con su carga de injusticia y fealdad. 
En este sentido, la fealdad no es una categoría estética, sino la posibilidad de superar el mal, asumiendo su lastre y ofreciendo a sus víctimas la palabra que se les negó, permitiendo que hablen desde su inconcebible dolor, mitigando el olvido al que están expuestas, combatiendo la ignominia de arrojar un manto de silencio sobre los que murieron injustamente. La poesía sólo puede conservar su tensión hacia el futuro, recogiendo la miseria del pasado. La desdicha del inocente nunca es hermosa, pero la poesía está comprometida con su recuperación.
En 1767, Lessing estudia en el Laocoonte la fealdad como categoría específica, pero reserva su manifestación al ámbito de la poesía, ya que entiende que la literatura, por su naturaleza temporal, diluye lo grotesco o repugnante, mientras que en las artes figurativas su presencia perdura en el espacio. En 1795, Friedrich Schlegel escribe Sobre el estudio de la poesía griega, donde apunta que la fealdad es uno de los rasgos definitorios del arte moderno. Ya no es la armonía, sino la intensidad, el dramatismo o la originalidad lo que inspira al artista. Schlegel cita a Shakespeare, cuyas obras no escatiman la violencia, lo trágico o lo grotesco. Sus personajes no conocen la armonía, sino que viven acosados por la desesperación, la impotencia o el fracaso.
Hölderlin afirma que sólo merecen el nombre de arte las obras capaces de expresar la experiencia del dolor. Pese a enloquecer, continúa escribiendo, reflejando en sus Poemas de la locura el anhelo de felicidad, maltratado por la incertidumbre y el sentimiento de indigencia que aflige al ser humano, cuando no se advierte la presencia utópica del otro, no ya como antagonista, sino como manifestación del Espíritu. 
Visión es una expresión de este conflicto: 
 
Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo
 Sin esperanza, lleno de dudas, el sentido de los hombres 
Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días 
Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.  
 
Es la época más dolorosa de su existencia, su largo viaje por la locura, pero el desorden mental no impide que se manifieste la esperanza de un mañana. En Primavera, las estaciones no aparecen como repetición, sino como tensión hacia el futuro. 
 
Nuestra vida desea al porvenir abrirse
Con flores, señal de alegres días 
cubrir parece la tierra y el gran valle 
Alejando la Primavera de todo signo doloroso.
La locura no es éxtasis, noche sagrada o inspiración divina, sino un estado de confusión y pérdida, un tiempo de destrucción acotado por la repetición, la angustia y el miedo. En sus últimos años, Hölderlin es un loco (a fin de cuentas, un hombre limitado por su experiencia o, más exactamente, desorganizado por su experiencia), pero en sus poemas, oponiendo al delirio la secreta perseverancia de la razón, se manifiesta el conflicto matricial entre un presente desdichado y un mañana que apenas se vislumbra, pero que en cierta medida ya acontece. Lo inmediato no puede ser la última palabra. Auschwitz no es la verdad, sino el fracaso del hombre en su devenir histórico. Hay otros fracasos, otros escándalos, donde -al menos temporalmente- triunfa la inhumanidad, lo monstruoso.
Lo esencial es que el mal carece de la fuerza necesaria para destruir el impulso teleológico de la conciencia. La esperanza no es una ilusión, sino la forma en que el hombre se enfrenta al tiempo y la injusticia. Es un estar en el tiempo, que se realiza en el tiempo y fuera del tiempo, en el “todavía no” (Ernst Bloch), cuya inminencia nunca cesa, pues si se hiciera presente, perdería su impulso. Hölderlin firma sus poemas con cien años de antelación o con doscientos de retraso. No es ofuscación, sino anticipación de la eternidad, de un más allá que extiende el presente hacia una perfección aplazada. Pese a su innegable prestigio, la incredulidad es más débil que la esperanza. Hay más audacia en la fe que en su negación, como nos recuerda Ionesco en sus Diarios.
En el borrador de una carta sin fecha, Hölderlin escribe: “Estoy maduro no para la paz muerta de la tumba, sino para una vida más feliz, más tranquila que ésta; incluso espero no estar largo tiempo ya sobre esta tierra, de la que ni siquiera las alegrías me atraen; espero que las tijeras fatales de la Parca vengan a cortar el hilo de mi vida, y en verdad puedo decir que espero el fin con tranquilidad, incluso con placer y alegría”. No hay en estas palabras resentimiento ni odio hacia la vida real, con su carga de finitud y servidumbre. No es “ilusión”, “resentimiento” ni “platonismo para el pueblo” (Nietzsche), sino experiencia del dolor transmutada en esperanza. Esperanza que celebra la vida, a pesar de su imperfección, a pesar del declive del cuerpo y del naufragio de la razón. 
Los Poemas de la locura son una iluminación, pero su luz no procede de lo irracional, sino de la insensatez de la esperanza, que contempla el dolor y no renuncia a la vida; que soporta la infamia y aún cree en la justicia; que aguanta el fracaso y no se cansa de celebrar la persistencia de lo posible. Sólo esta forma de arte puede contener la realización histórica del mal y al mismo tiempo contribuir a su superación moral y teleológica. RAFAEL NARBONA
Todas las colaboraciones de Rafael Narbona como crítico literario de El Cultural de El MUNDO en:
http://www.elcultural.es

Thursday, December 4, 2014

Michel Onfray: Filósofo aquí y ahora

Documental del canal Arte, realizado en 2008 sobre la vida del filósofo.
En esta primera parte habla de Spinoza, de su infancia, sus padres y sus años en el orfelinato. Es el primero de la serie de 5 que subí hace ya algunos días, el que tuve que borrar porque tenía un error de traducción demasiado pesado de llevar en la conciencia, sobre todo cuando hay gente en Bután (si, por supuesto) revisando mis traducciones.
El comercial siguiente es para que se apiaden de mí y no me metan a la cárcel por editar videos que están a la venta y cuyos derechos de autor no poseo: Para comprar el DVD: http://www.fremeaux.com
Documental del canal Arte, realizado en 2008 sobre la vida del filósofo. En esta segunda parte habla de Nietzsche y la música, de su intento de ser chofer de tranvía en lugar de filósofo, de la librería Hervier y de su primera publicación entre otras cosas. Para comprar el DVD http://www.fremeaux.com/

 Documental del canal Arte, realizado en 2008 sobre la vida del filósofo. Aquí habla de hedonismo, de la libertad, de Montaigne de Nietzsche y Demócrito. Para comprar el DVD http://www.fremeaux.com/

Documental del canal Arte, realizado en 2008 sobre la vida del filósofo. En esta parte habla de su rebeldía, de la Universidad Popular de Caen, de su método de trabajo.
Para comprar el DVD http://www.fremeaux.com/
Documental del canal Arte, realizado en 2008 sobre la vida del filósofo. En esta última pequeña parte, habla de la felicidad que le proporciona el trabajo y de la gente que ha sido importante en su vida. DVD disponible en http://www.fremeaux.com/

Michel Onfray - Wikipedia, the free encyclopedia