Wednesday, October 16, 2013

HÖLDERLIN Y LOS GRIEGOS

Lacoue-Labarthe, P., Hölderlin y los griegos.

En: La imitación de los modernos (Tipografías 2). Buenos Aires: Ediciones La cebra, 2010, pp. 279-94

HÖLDERLIN Y LOS GRIEGOS*


Para que algo ocurra, algo debe partir. La primera figura de la esperanza es el miedo, la primera aparición de lo nuevo es el espanto.

Heiner Müller


I

Cuando Hölderlin empieza a escribir, un espectro todavía atormenta a Europa: la imitación.
En todo caso, el siglo que nació bajo el signo de la querella entre Antiguos y Modernos bien puede terminarse con la Revolución Francesa. El estilo de esta revolución, su gestus y su ethos, es el mismo neoclásico. Es imitado de Roma o de Esparta.
Y en Alemania pensante de la época, en esa Alemania que piensa porque está o se cree en “época” en la historia, pese a todo –pese, confusa e incompletamente, a la Dramaturgia de Hamburgo y al “Sturm und Drang”, a la perspicacia de Diderot y a la filosofía de la historia de Herder, al cosmopolitismo y a la estética de  Moritz– y sobre todo pese a ( o quizá más bien a la causa de) la Crisis abierta de Kant, ese desgarrón o esquizo que nada ni nadie consigue suturar, es en realidad Winckelmann quien todavía domina. Y esta frase de Winckelmann que resume la agonística general donde se consume toda la cultura y donde, como es probable, una nación se priva de nacer: “El único medio que nos queda a nosotros para llegar a ser grandes, e inimitables si ello es posible, es imitar a los Antiguos”.
Gigantesco  doublé bind histórico. Y, por consiguiente, amenaza de psicosis.
De todos modos, en ninguna otra parte de los griegos han sido a tal punto una obsesión.  En la Alemania pensante de los años 1790, las Luces son más bien crepusculares, a causa de la sombra oscura de los griegos sobre un mundo socialmente dividido, rígido y cerrado. Lo Moderno tarda.
Lo que también quiere decir: Alemania tarda.


II

Sin embargo, cuando Hölderlin empieza a escribir se comienza a hablar de aurora, Morgenrot. La vieja palabra de Jakob Böhme circulará mucho; en todo caso lo hará donde las cosas se decidieron en esos diez años de “fin de siglo”, y precisamente donde Hölderlin nunca conseguirá hacerse un lugar. Es decir, en Jena, bajo el control de Weimar.
¿Pero por qué se habla de aurora?
Porque, gracias a Kant y contra él, una solución teórica parece posible para la infranqueable e inmóvil contradicción entre lo Antiguo y lo Moderno: se entrevé el medio para destrabar lo Moderno. O más bien, para transformar lo Moderno y convertirlo en dueño de esos maestros inaccesibles que los griegos, mediante el trabajo y el efecto propios de una torsión  interior a la máquina mimética misma; convertirlo en maestro de dichos maestros. Ya nadie ignora que esta programación teórica de lo Moderno (pero desde entonces lo Moderno siempre será también teórico) que regirá Alemania (y no sólo a ella) hasta Nietzsche y más allá, fue bosquejada por primera vez en los escritos estéticos de Schiller. Por lo demás, profesando a su vez la estética, Hegel no dejará de dar a Schiller  el crédito de haber sido el primero de dar el paso más allá de Kant y de haber reivindicado el cumplimiento especulativo de la verdad, *“incluso antes de que la filosofía haya reconocido su necesidad”
Dicho de otro modo, la solución teórica es la resolución dialéctica. La Auflösung  misma.
El texto fundamental es aquí el triple ensayo Sobre la poesía ingenua y la poesía sentimental*. Sabemos – pues Peter Szondi empezó su análisis- que, para Schiller, en un principio se trataba de regular el problema de relación con Goethe, con el modelo aplastante que a sus ojos Goethe podía representar.
Asunto de rivalidad mimética, desde luego. Y tentativa, necesariamente reflexiva y teorizante, de quebrar el ritmo indefinidamente binario de la ciclotimia identificatoria. Pero el limitado double bind de la relación con Goethe era en este caso idéntico al  double bind general de la relación con los griegos: Goethe ya pasaba por un genio olímpico, cuya figura tenía tanto brillo y una estatura tan imponente como aquella de Homero. En suma, un griego surgido milagrosamente en el árido y artificial Occidente.
¿Pero qué quería decir “un griego” en esa época?
Lo que se podía imaginar y plantear como un  ser de naturaleza, tras los pasos de Winckelmann y de sus variaciones sobre el “cuerpo griego”, y también mediante tal o cual reparto rousseauniano. Es decir, además correlativamente, aquello que los modernos como  seres de cultura ni siquiera podían esperar volver a convertirse, cualquiera sea el poder de su nostalgia, pues como decía Schiller, “en nosotros, la naturaleza ha desaparecido de la humanidad”. De este modo, se consideraba como griego, o “ingenuo”, al poeta que es  naturaleza, que “no hace más que conformarse con la simplicidad de la naturaleza y del sentimiento (…) y que se limita a imitar la realidad”. En cambio, moderno o “sentimental” es el poeta que  busca la naturaleza o que la desea, como bajo el llamado de la perdida voz materna, pues el arte en el cual está encerrado comporta esencialmente la disociación, la división, la desolación, contrariamente a la naturaleza que armoniza y unifica ( al hombre con el mundo y al hombre consigo mismo). Estos motivos -o más bien, estas tesis- son bien conocidos.
Sin embargo, lo que en general ha sido menos advertido, y que sin duda fue el gesto decisivo de Schiller, es que en el fondo dichos motivos vienen a traducir históricamente o a “historizar” la definición aristotélica del arte, de la tékhne: “De manera general  -dice en efecto un texto canónico de la  Física-, por un lado, la tékhne cumple lo que la physis es incapaz de efectuar; por otro lado, la imita”. Interpretado en términos históricos, este doble postulado  puede dar el siguiente resultado: el arte, en tanto que imita la naturaleza, es específicamente- y en concordancia con Winckelmann- el arte griego: la mimesis es griega. En cambio, le corresponde a los Modernos cumplir, llevar a cabo o a término, acabar lo que la naturaleza no puede efectuar. Le corresponde a los Modernos, por consiguiente, dar un paso más allá de los griegos y cumplirlos.
Es decir, también rebasarlos o sobrepasarlos.
Un buen número de años más tarde, en términos que también, como Schiller, en línea con el rousseaunismo, Kleist dirá  en su ensayo sobre el  Teatro de marionetas:

El paraíso está cerrado y el Ángel está detrás de nosotros. Debemos rodear el mundo y ver si el paraíso no está abierto, quizá por la puerta trasera… Para regresar al estado de inocencia, debemos comer nuevamente del árbol del conocimiento*

Es  exactamente lo que Schiller había querido decir con sus palabras y que dijo de la siguiente manera:

Hemos sido naturaleza (…) y nuestra cultura debe conducirnos a la naturaleza por la vía de la razón y de la libertad.

Tanto aquí como en otras partes -y también se lo podría mostrar con el ejemplo de Schelling o de Schlegel- este esquema, que es matricialmente el esquema mismo de la dialéctica, se construye sobre el fondo de una relectura, explícita o no, de la mimetología aristotélica. Y además, la operación tiene regularmente u fin o una función catártica. La resolución especulativa es quizá todavía un modo de catarsis. O sea, un buen uso de la mimesis.
Sabemos además que para Schiller la oposición entre lo Ingenuo y lo Sentimental acarreaba una serie de oposiciones, no solamente históricas (Antiguos y Modernos), geográficas (a la Winckelmann: Sur y Norte), o también estéticas (plástica y poesía, epopeya y lirismo), sino propiamente filosóficas. En este caso, tomadas de Kant: intuitivo y especulativo, objetivo y subjetivo, inmediato y mediato, sensible e ideal, finito e infinito, necesario y libre, o para abreviar la lista (pero es toda la metafísica misma la que viene a engranarse ahí), cuerpo y espíritu. Con estricta ortodoxia kantiana, o como dirá Hölderlin, con estricta fidelidad a Kant, estas oposiciones habrían debido permanecer como oposiciones, irreductibles en cuanto tales. Ahora bien, y ello es visible en cada línea del texto de Schiller, toda la demostración sólo se encuadra con el deseo o la voluntad de reunir esas oposiciones y de producir, como dirá Hegel, la reconciliación.
Cito, casi al azar:

En el primero de estos estados, el de la simplicidad natural, donde en tanto unidad armónica, y donde, por consiguiente, la totalidad de su naturaleza se expresa completamente en la realidad, es la imitación más compleja posible de lo real la que debe constituir al poeta. En cambio, en el segundo, el estado de cultura, donde esa cooperación armónica de su naturaleza no es más que una idea, lo que debe constituir al poeta es la elevación de la realidad a ideal, o lo que viene a ser lo mismo, la representación del ideal. Y son precisamente esas las dos únicas maneras posibles en que se puede manifestar el genio poético en su totalidad. Ellas son, como vemos, extremadamente diferentes una de otra, pero hay un concepto superior que las abraza, y no hay que asombrarse que ese concepto se confunda con la idea de humanidad (…) La vía que siguen los poetas modernos es (…) aquella en donde el hombre en general está obligado a comprometerse tanto en sus actividades aisladas como en la totalidad de su persona. La naturaleza lo crea de  acuerdo consigo mismo; el arte lo disocia y divide; por el ideal vuelve a la unidad.

Por supuesto Schiller agrega enseguida que en la medida en que el ideal es infinito y como tal inaccesible, el ser de cultura “nunca puede volverse perfecto en su especie”. Tema del acabamiento asintónico, común a toda época, hasta Hegel pero sin incluirlo: tema común al Fichte de las  Conferencias sobre el destino del sabio (que son prácticamente contemporáneas), al Schlegel del fragmento 116 del  Athenaeum sobre la poesía progresiva (es decir, sobre la poesía romántica) e incluso al Schelling del Sistema del idealismo trascendental. Esto impide que la infinitización también quiera decir absolutización, y efectuación,  Verwirklichung: organización, en sentido estricto. Y por otra parte, cuando intente pensar la ley así “puesta en marcha”, Schiller bosquejará potencialmente el proceso de la lógica dialéctica:

Para el lector que examina las cosas con el rigor de la ciencia, advierto que cuando las dos maneras de sentir [la ingenua y la sentimental, la antigua y la moderna] son pensadas según su concepto más elevado, están relacionadas entre sí, tal como lo están la primera y la tercera categoría; la tercera nos nace siempre de la síntesis entre la primera y su contraria directa. (…) Este restablecimiento se haría mediante el ideal cumplido, en el seno del cual el arte y la naturaleza se encuentran nuevamente. Si pasamos revista de estos tres conceptos en el orden de las categorías, siempre encontraremos en la primera a la naturaleza y a la correspondiente disposición ingenua; en la segunda, siempre encontraremos al arte en tanto abolición de la naturaleza por la libre acción del entendimiento; y, finalmente, en la tercera, al ideal en el cual el arte acabado regresa a la naturaleza.

Si lo sentimental se opone a lo Ingenuo (o lo Moderno a lo Antiguo), también es necesario pensar que lo sentimental (lo Moderno) estas siempre más allá de sí mismo – no en sí*– fuera de sí; la transgresión interna que suprime y mantiene                                                                                                              a la vez la oposición o la contradicción que le dio nacimiento. Lo Sentimental  aufhebt – supera– la oposición entre lo Ingenuo y lo Sentimental, entre lo Antiguo y lo Moderno.

                                                    
                                                      III

Por cierto Hölderlin no se equivocará mucho en esto. En la época en que todavía se carteaba con Schiller, no dejaba de remitirlo a la imagen de este triunfo indiscutible. Schiller anunciaba la posibilidad efectiva de un arte moderno:

Para descontento de mí mismo y de lo que me rodea me lancé a la abstracción. Por mi parte intento desarrollar la idea de un progreso infinito de la filosofía; intento probar lo que debemos exigirle sin cesara todo sistema, la unión del sujeto y del objeto en un Yo absoluto (o cual sea el nombre que le demos) sin duda es posible en el plano estético, en la intuición intelectual.
Pero en el plano teórico sólo es posible por la vía de una aproximación infinita…

Y este será, en efecto, el marco rígido, estricto, que Hölderlin no podrá o no se atreverá a transgredir durante todos los primeros años en que comienza a escribir. Por sumisión mimética, nuevamente. Pero más grave esta vez, y prácticamente hasta el impasse en la medida en que está redoblada: la necesidad que gobierna en la agonística dicta que Schiller haya sido desesperadamente más inaccesible para Hölderlin, de lo que Goethe fue para Schiller.
Serían necesarios  largos análisis para dar prueba y precisar con exactitud la formación de esta dependencia u obediencia teórica frente a Schiller. Por lo demás, ella no es sencilla: no es lisa y llanamente una dependencia. Ella no impide, por ejemplo, un trabajo más rigurosamente filosófico (pienso en la crítica de Fichte, que influirá de manera tan decisiva en el recorrido de Schelling, y que tendrá consecuencias semejantes en la construcción del Idealismo especulativo). Ella tampoco impide una elaboración poetológica (sobre todo, una teoría de los géneros) más estricta y, en lo que quedó de ella, más sistemática que todo lo que podemos encontrar de análogo en Schiller. Pero es asimismo una dependencia. Ya sabemos que suficientemente fuerte como para haber puesto trabas durante mucho tiempo al trabajo teórico de Hölderlin, si no definitivamente. Y no sólo a su trabajo teórico.
Tampoco es falso decir que hasta cerca de los años 1800-1801- hasta el fracaso y el abandono de esa “tragedia moderna” que debía ser el Empédocles- Hölderlin permanece, salvo en algunos aspectos (y aun cuando en él los griegos no sean una cuestión), fiel en general a la visión schilleriana (y winckelmanniana) de los griegos y a la filosofía de la historia que la estructura o de la cual deriva.
Las cosas comenzaron a cambiar- se abre paso una intuición inédita de los griegos, se perfila un pensamiento diferente de la historia- cuando Hölderlin, obstinándose en el proyecto de escribir una “tragedia moderna”, concluya del fracaso de su  Empédocles que es preciso o que  queda por traducir a Sófocles. Por consiguiente, las cosas comenzaron a cambiar cuando Hölderlin se enfrenta, con un solo y mismo gesto, a la problemática del teatro (¿es posible la tragedia?) y a la experiencia de la traducción (¿nos hablan los griegos todavía? ¿y podemos hacerlos hablar?). Otra manera, pero siempre más rigurosa, de recorrer el terreno de la  mimesis.
En la medida, completamente precaria, en que dicha inflexión es localizable, podemos considerar que es a partir del viaje a Burdeos, en ese mediodía de Francia o de esa “Provenza” extrañamente identificada con Grecia- breve exilio y retorno catastrófico- que se decide el último pensamiento de Hölderlin sobre los griegos.
Eso se sostiene, al menos en lo referido al discurso (pero los poemas, como lo advertía Benjamin, no dicen nada diferente), en ciertas cartas- a su amigo Böhlendorf, a su editor- y en las enigmáticas, elípticas  Anotaciones sobre la traducción de Sófocles. Quizá también en algunos comentarios  de Píndaro, no menos elípticos.
¿Qué podemos descifrar ahí, pese a su dificultad casi inabordable
                                  
                                                  
                                                    IV

Detrás de una temática todavía ampliamente tributaria e Winckelmann y de Schiller (aún cuando Hölderlin construye categorías nuevas), hay algo que es perfectamente inaudito para la época: a saber, que Grecia como tal, Grecia  misma, no existe. Ella es la menos doble, dividida; en última instancia está desgarrada. Y que lo que de ella conocemos, que es quizá lo que fue o lo que de ella se manifestó, no es lo que realmente era, y lo que era, en cambio, quizá nunca apareció. Asimismo, correlativamente, el Occidente moderno- lo que Hölderlin nunca identifica tan sencillamente con Alemania, sino que denomina, en términos más generales, Hesperia- todavía no existe, o todavía es sólo aquello que no es.
Es cierto que Schiller ya había tenido la sospecha de este pliegue interno en cada una de las zonas álgidas de la historia, por ejemplo cuando se le ocurrió que Goethe sólo podía ser pensado como “ingenuo” en el ámbito mismo de lo Sentimental. Dicho de otro modo, el reparto entre lo natural y lo cultural (o entre lo cultural y lo artístico-artificial) que articulaba la diferencia entre lo Antiguo y lo Moderno, podía replegarse sobre sí mismo y venir a atravesar cada uno de los términos que permitía disociar. Pero esta era una sospecha. En Hölderlin, en cambio, es la evidencia fundamental. O si lo prefieren, de la tensión que Aristóteles introducía en la tékhne y que Schiller –con o sin saberlo- traducía históricamente, Hölderlin hizo la esencia misma de cada cultura.
Esta tensión es enfocada según las categorías de lo propio y lo impropio, de lo “nacional” (natal o nativo, que es la interpretación más rigurosa de lo Ingenuo schilleriano) y lo extranjero. Pero una ley firme –un destino- la rige: toda cultura (toda nación o pueblo, es decir, toda comunidad de lengua y de memoria) sólo puede apropiarse como tal, volver a sí misma –o antes bien, volverse sí misma, alcanzarse e instalarse- con la condición de haber hecho antes la prueba de su alteridad y de su extrañeza. A condición de haberse despropiado inicialmente. Esto significa que la despropiación (la diferencia) es original, y la apropiación –y si ella puede tener lugar- es, como dirá Hegel, su “resultado”. Exceptuando esta cuestión (¿puede ocurrir la apropiación como tal?), vemos hasta qué punto una lógica como esta se asemeja, hasta confundirse, con la Lógica misma, es decir, con la lógica tan singular de Hölderlin se pliegue, sin más, al procedimiento dialéctico.
Es que, de hecho, la diferenciación de origen, el extrañamiento o el destierro –lo Unheimlichkeit en sentido estricto- es probablemente irreversible. E todo caso, y Hölderlin no deja de repetirlo, el movimiento de la apropiación es lo que hay de más difícil y arriesgado. Así, la primera de las dos cartas a Böhlendorf especifica que “lo propio debe ser aprendido tanto como lo extranjero”. Pero para agregar casi enseguida que “el libre uso de lo propio es lo más difícil”
El destino griego da justamente en primer ejemplo de ello.
Los griegos, tal como Hölderlin los imagina, son nativamente místicos: en sus términos, el “pathos sagrado” les es innato, su elemento propio es el “fuego del cielo”. Detrás de la medida y la virtuosidad, la habilidad del arte griego, Hölderlin ve una Grecia salvaje, presa de lo divino y del mundo de los muertos, sometida a la efusión dionisiaca o a la fulguración apolínea (que Hölderlin no distingue entre sí), entusiasta y sombría, negra, por ser demasiado brillante y solar. Una Grecia oriental, si se quiere, siempre tentada en dirección a lo que denomina lo aórgico, para distinguirlo de lo orgánico. Con más violencia que Friedrich Schlegel, la Grecia que Hölderlin inventa es en el fondo la que no dejará de atormentar al imaginario alemán hasta nuestros días, y que en cada caso atravesará el conjunto del texto filosófico desde Hegel a Heidegger, pasando por Nietzsche. Por otra parte, si se traducen filosóficamente las categorías utilizadas o forjadas por Hölderlin –lo que siempre es posible y necesario, aunque no suficiente-, habría que decir que lo propio de los griegos es la especulación misma, es decir, la transgresión de ese límite que Hölderlin piensa, a través de Kant, como el límite asignado a la Razón humana, no obstante condenada a la “pulsión metafísica”. La transgresión de la finitud. Y al mismo tiempo se podría entender, en un solo movimiento, porqué una tragedia moderna no era susceptible de ser edificada sobre Empédocles, ese héroe místico y deseante de fusión con el Uno-todo, y porqué una fidelidad sorda a Kant, el “Moisés de nuestra nación” como Hölderlin le escribía a Hegel, es lo que siempre paralizó la tentación especulativa –que la impidió y pervirtió- abriendo la posibilidad de “otro pensamiento”. Es lo que creo preciso decir para hacer justicia a la lectura heideggeriana, en su intención  filosófica esencial (lo que no significa necesariamente, por ejemplo, su intención política).
La Grecia así descubierta por Hölderlin es, en resumidas cuentas, la Grecia trágica. Siempre que la esencia de lo trágico, dicen las  Anotaciones, sea ese monstruoso acoplamiento del dios y del hombre, ese limitado devenir–uno y esa transgresión (hybris) del límite, que la tragedia tiene precisamente la función de purificar, en un lejano eco de Aristóteles.
La tragedia, es decir, el arte trágico. O sea, eso en que los griegos debieron esforzarse, conforme a la ley recién enunciada, como si les fuera extranjero y por lo cual debían pasar si querían tener alguna oportunidad de apropiación de lo que se les ofrecía como propio. No sólo era parte de su destino el apartarse del cielo, y con total fiel infidelidad, olvidar lo divino que inmediatamente les era demasiado cercano, sino también, organizar esta vida desde entonces sobria y desembriagada y mantenerla en una justa medida. De ahí que hayan edificado un “imperio del arte” y que se descartan tanto en el heroísmo de la reflexión y el calmo vigor (la fuerte ternura, dice Hölderlin, pensando en el “cuerpo atlético” descrito por Winckelmann), como en lo que el rigor técnico (la mekhane) de su poesía permite denominar la “claridad de la exposición”:

Los griegos –dice la primera carta a Böhlendorf–  son menos maestros en el pathos sagrado, ya que les era innato; por el contrario, desde Homero sobresalen en el don de la exposición, ya que este hombre extraordinario tenía suficiente alma para capturar la  sobriedad junoniana y occidental en beneficio de su imperio de Apolo, apropiándose así verdaderamente del elemento extranjero.

Lo Ingenuo griego es por consiguiente una adquisición; y no es nada que se pueda relacionar de manera cualquiera con lo natural.
Pero esta adquisición fue además lo que causó la pérdida de los griegos. Un bosquejo poético casi contemporáneo de los textos a los cuales hice alusión dice que en los griegos (precisamente  causa de su dominio artístico) “lo nativo (o  lo natal) no funcionó” y que “Grecia, belleza suprema, se hundió”. Algo detuvo entonces al pueblo griego en su movimiento de apropiación. Algo difícilmente asignable, pero donde quizá se esconde lo que Heidegger pensó como la ley de la  Ent-fernung, del des-alejamiento: la aproximación de lo lejano que no obstante se mantiene como alejamiento de lo próximo. O lo que aquí podría ser pensado como la ley de la (des)propiación.
Quizá es necesario relacionar esto con lo que Hölderlin llama, a propósito de Edipo rey y con una palabra que no está tomada de Kant por azar, el “desvío categórico” de lo divino: “desde que el padre -dice la elegía Brot und Wein- desvió su rostro de los hombres y que el duelo, con razón, comenzó sobre la tierra”. Cuando los griegos en el momento trágico que fue el momento de su “catástrofe”, se olvidaron a sí mismos al olvidar al dios –momento propio de la censura, de la articulación abiertísima o en hiato desde donde se organiza la tragedia sofoclea, pero que quizá (des)articula además la historia misma-, lo divino, probablemente, olvidadizo e infiel, pero apropiándose como tal en su mismo alejamiento (es esencial al dios estar des-alejado) y forzando al hombre a volverse hacia la tierra.
                                                       

                                                      V

Pues esta es la suerte del hombre occidental de la catástrofe griega. Anotaciones sobre la Antígona:

Para nosotros, puesto que estamos sometidos al Zeus propiamente tal, que no sólo erige un límite entre esta tierra y el mundo salvaje de los muertos, sino que fuerza el curso de la naturaleza eternamente hostil al hombre, en su camino al otro mundo, de manera más decidida hacia la tierra, y dado que esto transforma grandemente las representaciones esenciales y patrióticas, y nuestra poesía debe ser patriótica, de manera que sus materiales sean escogidos según nuestra visión del mundo y que sus representaciones griegas se diferencian en la medida en que su tendencia capital es la de poder contenerse (pues en ello radicaba su debilidad), mientras que, por el contrario, la tendencia principal en los modos de representación de nuestro tiempo es poder dar con algo, tener una destinación, puesto que la ausencia de destino, lo dysmoron es nuestra debilidad.

Por eso Hölderlin puede decir que lo Moderno –lo Hespérico o lo Occidental- es lo inverso de lo Antiguo, de lo Oriental. Lo que no es propio es la sobriedad, la claridad en la exposición, porque nuestro reino es el del al finitud. También es el reino de la muerte lenta, si se piensa en lo que necesariamente debe ser lo trágico moderno (“Pues ahí reside lo trágico para nosotros, que abandonamos calmadamente el mundo de los vivos (…) y no que, consumidos en las llamas, expiamos la llama que no hemos sabido dominar”); o bien, “el vagabundeo en lo impensable”, según el estilo del Edipo en Colono  o del final de Antígona. El desamparo y la locura, no la muerte brutal, física; el espíritu es afectado, no el cuerpo.
Pero esto propio, incluso si escaparse a una catástrofe trágica, todavía es lo más lejano para nosotros, lo más próximo-lejano. En lo que sobresalimos, por el contrario, es en el “pathos sagrado”, el deseo de infinito y la transgresión mística: lo Sentimental, en el sentido más fuerte que da Schiller a esta palabra, o la especulación, en el sentido del Idealismo. Pero igualmente la Poesía subjetiva, en el sentido de los Románticos.
Esta es la razón por la cual si es necesario hacer la experiencia de este elemento extranjero (ir a Burdeos, por ejemplo, atravesar Francia, “victima de la incertidumbre patriótica y del hambre”), nada de lo que es accesible de los griegos –nada de su arte- nos puede servir de ayuda. En la medida en que nunca se apropiaron de lo que tenían como propio, nada del ser griego podría ser recuperado; está irreversiblemente escondido, perdido, olvidado. Lo propio de los griegos es inimitable porque nunca tuvo lugar. A lo sumo es posible entreverlo o, en última instancia, deducirlo de su contrario, el arte. Y luego introducirlo, después [aprés coup], en dicho arte.de ahí el trabajo de  traducción (y pienso muy particularmente en la traducción de Antígona, concebida como la más griega de las tragedias de Sófocles), que consiste en hacer decir al texto griego lo que no dejaba de decir pero sin nunca decirlo. Que consiste en repetir lo impronunciado en lo proferido mismo por dicho texto.
Pero que el ser-propio de los griegos esté perdido y que por consiguiente sea inimitable (lo que Nietzsche del nacimiento de la tragedia, como se puede ver, nunca entendió), no significa en absoluto que podamos imitar lo que nos queda de los griegos –es decir, su arte-, eso por lo cual ellos, con toda impropiedad o con toda extrañeza respecto a sí mismos, tienden a estar próximos a lo que nos es propio, todavía de manera tan lejana. El arte griego es inimitable  ya que es un arte y la sobriedad que nos indica es o debe ser para nosotros, naturaleza. Nuestra naturaleza (la sobriedad) ya no puede regularse sobre su cultura como tampoco nuestra cultura (el pathos sagrado) puede regularse ya sobre su naturaleza, la cual se efectuó.
En la estructura en quiasmo que configura la historia ya no hay sitio desde entonces, en ninguna parte, para una “imitación de lo Antiguo”. “No nos está permitido –dice siempre la primera carta a Böhlendorf– tener algo  idéntico a los griegos.”
Grecia habrá sido para Hölderlin este inimitable. No por exceso de grandeza sino por falta de propiedad. Grecia habrá sido entonces este vértigo y esta amenaza: un  pueblo, una cultura que se indica y que no deja de indicarse como inaccesible para sí misma. Lo trágico como tal, si es cierto que lo trágico comienza con la rutina de lo imitable y con la desaparición de los modelos.




* Conferencia pronunciada en el coloquio “I Greci: nostri contemporanei?” (Florencia, Abril 1979), en el marco de la 12ª Rassegna internazionale dei teatri stabili.
* Hay traducción al español: Friedrich Schiller,  Sobre Poesía ingenua y Poesía sentimental, Edición de P. Aullón de Haro, Verbum, 1994. (N. de T.)
* Hay traducción al español: Heinrich von Kleist,  Sobre el teatro de marionetas, y otros ensayos de arte y filosofía,  trad. J. Riechmann, Madrid, Hiperión, 1989. (N. de T.)
* La expresión en francés es  le pas en lui, que en este contexto de resistencia al paso promovido por el avance dialéctico, indica que lo sentimental no se encuentra en sí mismo ni consigo mismo, y que en esa misma medida constituye un paso. Se juega evidentemente con el sentido dado por Blanchot, y retomado en la lectura derrideana, a la expresión  pas  (en castellano: “paso” y “no”). (N. del T.)

Tuesday, October 15, 2013

Wednesday, October 9, 2013

Georg Heym's two poems

Umbra Vitae

The people on the streets draw up and stare,
While overhead huge portents cross the sky;
Round fanglike towers threatening comets flare,
Death-bearing, fiery-snouted where they fly.

On every roof astrologers abound,
enormous tubes thrust heavenward; there are
Magicians springing up from underground,
Aslant in darkness, conjuring to a star.

Through night great hordes of suicides are hurled,
Men seeking on their way the selves they've lost;
Crook-backed they haunt all corners of the world,
And with their arms for brooms they sweep the dust.

They are as dust, keep but a little while;
And as they move their hair drops out. They run,
To hasten their slow dying. Then they fall,
And in the open fields lie prone,

But twitch a little still. Beasts of the field
Stand blindly around them, prod with horns
Their sprawling bodies till at last they yield,
Lie buried by the sage-bush, by the thorns.

But all the seas are stopped. Among the waves
The shops hang rotting, scattered, beyond hope.
No current through the water moves,
And all the courts of heaven are locked up.

Trees do not change, the seasons do not change.
Enclosed in dead finality each stands,
And over broken roads lets frigid range
Its palmless thousand-fingered hands.

They dying man sits up, as if to stand,
Just once more word a moment since he cries,
All at once he's gone. Can life so end?
And crushed to fragments are his glassy eyes.

The secret shadows thicken, darkness breaks;
Behind the speechless doors dreams watch and creep.
Burdened by light of dawn the man that wakes
Must rub from grayish eyelids leaden sleep.

—Translated from the German by Christopher Middleton

(1912)



Judas

Torment's curl leaps above his brow,
In which winds and many voices whispering
Swim by like waters flowing.

Yet he runs by his side just like a dog.
And in the mire he picks up everything saying said.
And he weighs it heavily. And it is dead.

Ah gently in the swaying eventide
The Lord walked down over the white fields.
It was him the corn-ears glorified.
His feet were small as flies
In the shrill gleam of golden skies.


—Translated from the German by Christopher Middleton

(1912)

____
English language copyright (c) 1962 by Christopher Middleton

Novalis Muse: Sophie von Kühn

Christiane Wilhelmine Sophie von Kühn

„Ich kann sie nicht verstehen; ich kann sie nicht einschätzen. Ich liebe ein Wesen, das ich nicht verstehe. Sie hat mich bekommen, aber sie weiß gar nicht, ob sie mich will. (...) Ich möchte sie nicht ändern doch ich gebe zu, daß ich es könnte, falls es nötig wäre. (...) Ich wäre glücklicher, wenn ich einen Ansatz, nur den Schatten eines Ansatzes fände, wie ich mich ein wenig fühlbar machen könnte. (...)
Sie sagte: „Ehrlich, ich habe Sie gern.“
Sie wünscht allen zu gefallen, will sich aber nicht anpassen.“

Penelope Fitzgerald
Die blaue Blume
München 2008
S. 76f.

Die blaue Blume
Georg Friedrich Philipp Freiherr von Hardenberg (Bio)
Heinrich von Ofterdingen (Inhalt)
Heinrich von Ofterdingen (Volltext)
Heinrich von Ofterdingen (Volltext)

Christiane Wilhelmine Sophie von Kuehn
Verlobte Friedrich von Hardenbergs; er traf die damals 12-Jährige Sophie erstmalig am 17. November 1794. Am 17.3.1795, ihrem dreizehnten Geburtstag, verlobten sich die beiden. Ende des Jahres erkrankte Sophie schwer, mußte 1796 mehrfach operiert werden. Sie verstarb 2 Tage nach ihrem fünfzehnten Geburtstag.

Novalis Poema

Dedicatoria (de Enrique de Ofterdingen)”, de Novalis



Sólo tú has despertado en mí el impulso noble
de mirar hondamente el corazón del mundo;
con tu mano me diste entera confianza
que me llevó seguro por todas tempestades.
Alimentaste al niño de profundos presagios
y tú lo condujiste por prados fabulosos;
como imagen perfecta de la mujer más tierna
su corazón llevaste a la emoción más alta.
¿Qué es eso que me ata a las cuitas terrenas?
Mi corazón, mi vida, ¿no serán siempre tuyos?
¿No habrá de protegerme tu amor en esta vida?
Al noble arte quiero por tu amor consagrarme,
pues tú, adorada, quieres convertirte en mi musa,
y en el tranquilo espíritu que proteja mis versos.
Aquí, bajo el secreto poderío del canto,
en sus trasmutaciones eternas nos saluda;
allí el país bendice como paz infinita
y mientras aquí una juventud nos envuelve.
Es él quien en los ojos claridades derrama
y de las artes sabe mostrarnos el sentido,
y el corazón del hombre fatigado o alegre
en él, intensamente, con gran fervor se gozan.
En su pecho abundante he bebido la vida,
por él en todo cuanto yo soy me he convertido,
y hacia él he levantado exultante mi rostro.
Mi más alto sentido, sin embargo, dormía;
vino el canto flotando hasta mí como un ángel,
y me elevé en el aire, despierto, entre sus brazos.
en Antología de la poesía universal, 1968


DEDICATION

Thou didst to life my noble impulse warm,
Deep in the spirit of the world to look.
And with thy hand a trusting faith I took,
Securely bearing me through every storm,
With sweet forebodings thou the child didst bless,
To mystic meadows leading him away,
Stirring his bosom to its finest play,
Ideal, thou, of woman's tenderness.
Earth's vexing trifles shall I not refuse?
Thine is my heart and life eternally,--
Thy love my being constantly renews!
To art I dedicate myself for thee,
For thou, beloved, wilt become the Muse
And gentle Genius of my poesy.
In endless transmutation here below
The hidden might of song our land is greeting;
Now blesses us in form of Peace unfleeting,
And now encircles us with childhood's glow.
She pours an upper light upon the eye,
Defines the sentiment for every art,
And dwells within the glad or weary heart,
To comfort it with wondrous ecstasy.
Through her alone I woke to life the truest,
Drinking the proffered nectar of her breast,
And dared to lift my face With joy the newest.
Yet was my highest sense with sleep oppressed.
Till angel-like thou, loved one, near me flewest.
And, kindling in thy look, I found the rest.

Friday, October 4, 2013

Novalis - Himnos a la Noche


I

¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,
por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve,
a la que todo lo alegra, la Luz
–con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–,
cuando ella es el alba que despunta?
Como el más profundo aliento de la vida
la respira el mundo gigantesco de los astros,
que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules,
la respira la piedra, centelleante y en eterno reposo,
la respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra,
y el salvaje y ardiente animal multiforme,
pero, más que todos ellos, la respira el egregio Extranjero,
de ojos pensativos y andar flotante,
de labios dulcemente cerrados y llenos de música.
Lo mismo que un rey de la Naturaleza terrestre,
la Luz concita todas las fuerzas a cambios innúmeros,
ata y desata vínculos sin fin, envuelve todo ser de la Tierra con su imagen celeste.
Su sola presencia abre la maravilla de los imperios del mundo.

Pero me vuelvo hacia el valle,
a la sacra, indecible, misteriosa Noche.
Lejos yace el mundo –sumido en una profunda gruta–
desierta y solitaria es su estancia.
Por las cuerdas del pecho sopla profunda tristeza.
En gotas de rocío quiero hundirme y mezclarme con la ceniza.
–Lejanías del recuerdo, deseos de la juventud, sueños de la niñez,
breves alegrías de una larga vida,
vanas esperanzas se acercan en grises ropajes,
como niebla del atardecer tras la puesta del Sol–.
En otros espacios abrió la Luz sus bulliciosas tiendas.
¿No tenía que volver con sus hijos,
con los que esperaban su retorno con la fe de la inocencia?

¿Qué es lo que, de repente, tan lleno de presagios, brota
en el fondo del corazón y sorbe la brisa suave de la melancolía?
¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura?
¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma?
Un bálsamo precioso destila de tu mano,
como de un haz de adormideras.
Por ti levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu.
Obscuramente, inefablemente nos sentimos movidos
–alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave,
un rostro que dulce y piadoso se inclina hacia mí,
y, entre la infinita maraña de sus rizos,
reconozco la dulce juventud de la Madre–.
¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la Luz!
¡Qué alegre y bendita la despedida del día!
Así, sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores,
por esto sólo sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas,
para que pregonaran tu omnipotencia –tu regreso– durante el tiempo de tu ausencia.
Más celestes que aquellas centelleantes estrellas
nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.
Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos
–sin necesitar la Luz,
ellos penetran las honduras de un espíritu que ama–
y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.
Gloria a la Reina del mundo,
a la gran anunciadora de Universos sagrados,
a la tuteladora del Amor dichoso
–ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable Sol de la Noche–
ahora permanezco despierto
–porque soy Tuyo y soy Mío *–

tú me has anunciado la Noche: ella es ahora mi vida
–tú me has hecho hombre–
que el ardor del espíritu devore mi cuerpo,
que, convertido en aire, me una y me disuelva contigo íntimamente
y así va a ser eterna nuestra Noche de bodas.
 
II

¿Tiene que volver siempre la mañana?
¿No acabará jamás el poder de la Tierra?
Siniestra agitación devora las alas de la Noche que llega.
¿No va a arder jamás para siempre la víctima secreta del Amor?
Los días de la Luz están contados;
pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la Noche.
–El Sueño dura eternamente. Sagrado Sueño.–
No escatimes la felicidad
a los que en esta jornada terrena se han consagrado a la Noche.
Solamente los locos te desconocen, y no saben del Sueño,
de esta sombra que tu, compasiva,
en aquel crepúsculo de la verdadera Noche
arrojas sobre nosotros.
Ellos no te sienten en las doradas aguas de las uvas,
en el maravilloso aceite del almendro
y en el pardo jugo de la adormidera.
Ellos no saben que tú eres
la que envuelves los pechos de la tierna muchacha
y conviertes su seno en un cielo,
ellos ni barruntan siquiera
que tú,
viniendo de antiguas historias,
sales a nuestro encuentro abriéndonos el Cielo
y trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados,
de los silenciosos mensajeros de infinitos misterios

III

Antaño,
cuando yo derramaba amargas lágrimas;
cuando, disuelto en dolor, se desvanecía mi esperanza;
cuando estaba en la estéril colina,
que, en angosto y obscuro lugar albergaba la imagen de mí
–solo, como jamás estuvo nunca un solitario,
hostigado por un miedo indecible–
sin fuerzas, pensamiento de la miseria sólo.
Cuando entonces buscaba auxilio por un lado y por otro
–avanzar no podía, retroceder tampoco–
y un anhelo infinito me ataba a la vida apagada que huía:
entonces, de horizontes lejanos azules
–de las cimas de mi antigua beatitud–,
llegó un escalofrío de crepúsculo,
y, de repente, se rompió el vínculo del nacimiento,
se rompieron las cadenas de la Luz.
Huyó la maravilla de la Tierra, y huyó con ella mi tristeza
–la melancolía se fundió en un mundo nuevo, insondable
ebriedad de la Noche, Sueño del Cielo–,
tú viniste sobre mí
el paisaje se fue levantando dulcemente;
sobre el paisaje, suspendido en el aire, flotaba mi espíritu,
libre de ataduras, nacido de nuevo.
En nube de polvo se convirtió la colina,
a través de la nube vi los rasgos glorificados de la Amada
–en sus ojos descansaba la eternidad–.
Cogí sus manos. y las lágrimas se hicieron un vínculo
centelleante, indestructible.
Pasaron milenios huyendo a la lejanía, como huracanes.
Apoyado en su hombro lloré;
lloré lágrimas de encanto para la nueva vida.
–Fue el primero, el único Sueño.–
Y desde entonces,
desde entonces sólo,
siento una fe eterna. una inmutable confianza en el Cielo de la Noche,
y en la Luz de este Cielo: la Amada.

IV

Ahora sé cuándo será la última mañana
–cuándo la Luz dejará de ahuyentar la Noche y el Amor–
cuándo el sueño será eterno y será solamente Una Visión inagotable,
un Sueño.
Celeste cansancio siento en mí:
larga y fatigosa fue mi peregrinación al Santo Sepulcro, pesada, la cruz.
La ola cristalina,
al sentido ordinario imperceptible,
brota en el obscuro seno de la colina,
a sus pies rompe la terrestre corriente,
quien ha gustado de ella,
quien ha estado en el monte que separa los dos reinos
y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo, a la morada de la Noche
–en verdad–, éste ya no regresa a la agitación del mundo,
al país en el que anida la Luz en eterna inquietud.

Arriba se construyen cabañas, cabañas de paz,

anhela y ama, mira al otro lado,
hasta que la más esperada de todas las horas le hace descender
y le lleva al lugar donde mana la fuente,
sobre él flota lo terreno,

las tormentas lo llevan de nuevo a la cumbre,
pero lo que el toque del Amor santificó
fluye disuelto por ocultas galerías,
al reino del más allá,
donde, como perfumes,
se mezcla con los amados que duermen en lo eterno.

Todavía despiertas,
viva Luz,
al cansado y le llamas al trabajo
–me infundes alegre vida–
pero tu seducción no es capaz de sacarme
del musgoso monumento del recuerdo.
Con placer moveré mis manos laboriosas,
miraré a todas partes adonde tú me llames
–glorificaré la gran magnificencia de tu brillo–,
iré en pos, incansable, del hermoso entramado de tus obras de arte
–contemplaré la sabia andadura de tu inmenso y luciente reloj–,
escudriñaré el equilibrio de las fuerzas
que rigen el maravilloso juego de los espacios, innúmeros, con sus tiempos.
Pero mi corazón, en secreto,
permanece fiel a la Noche,
y fiel a su hijo, el Amor creador.
¿Puedes tú ofrecerme un corazón eternamente fiel?
¿Tiene tu Sol ojos amorosos que me reconozcan?
¿Puede mi mano ansiosa alcanzar tus estrellas?
¿Me van a devolver ellas el tierno apretón y una palabra amable?
¿Eres tu quien la ha adornado con colores y un leve contorno,
o fue Ella la que ha dado a tus galas un sentido más alto y más dulce?
¿Qué deleite, qué placer ofrece tu Vida
que suscite y levante los éxtasis de la muerte?
¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la Noche?
Ella te lleva a ti como una madre y tú le debes a ella todo tu esplendor.
Tú te hubieras disuelto en ti misma,
te hubieras evaporado en los espacios infinitos,
si ella no te hubiera sostenido,
no te hubiera ceñido con sus lazos para que naciera en ti el calor
y para que, con tus llamas, engendraras el mundo.
En verdad, yo existía antes de que tú existieras,
la Madre me mandó, con mis hermanos,
a que poblara el mundo,
a que lo santificara por el Amor,
para que el Universo se convirtiera
en un monumento de eterna contemplación
–me mandó a que plantara en él flores inmarcesibles–.
Pero aún no maduraron estos divinos pensamientos.
–Son pocas todavía las huellas de nuestra revelación.–
Un día tu reloj marcará el fin de los tiempos,
cuando tú seas una como nosotros,
y, desbordante de anhelo y de fervor,
te apagues y te mueras.
En mí siento llegar el fin de tu agitación
–celeste libertad, bienaventurado regreso–.
Mis terribles dolores me hacen ver que estás lejos todavía de nuestra patria;
veo que te resistes al Cielo, magnífico y antiguo.
Pero es inútil tu furia y tu delirio.
He aquí, levantada, la Cruz, la Cruz que jamás arderá
–victorioso estandarte de nuestro linaje–.

Camino al otro lado,
y sé que cada pena
va a ser el aguijón
de un placer infinito.
Todavía algún tiempo,
y seré liberado,
yaceré embriagado
en brazos del Amor.
La vida infinita
bulle dentro de mí:
de lo alto yo miro,
me asomo hacia ti.
En aquella colina
tu brillo palidece,
y una sombra te ofrece
una fresca corona.
¡Oh, Bienamada, aspira
mi ser todo hacia ti;
así podré amar,
así podré morir.
Ya siento de la muerte
olas de juventud:
en bálsamo y en éter
mi sangre se convierte.
Vivo durante el día
lleno de fe y de valor,
y por la Noche muero
presa de un santo ardor.

V

Sobre los amplios linajes del hombre reinaba,
hace siglos, con mudo poder,
un destino de hierro:
Pesada, obscura venda envolvía su alma temerosa.
La tierra era infinita, morada y patria de los dioses.
Desde la eternidad estuvo en pie su misteriosa arquitectura.
Sobre los rojos montes de Oriente, en el sagrado seno de la mar,
moraba el Sol, la Luz viva que todo lo inflama.
Un viejo gigante * llevaba en sus hombros el mundo feliz.

Encerrados bajo las montañas yacían los hijos primeros de la madre Tierra.
Impotentes en su furor destructor contra la nueva y magnífica estirpe de Dios
y la de sus allegados, los hombres alegres.
La sima obscura y verde del mar, el seno de una diosa.
En las grutas cristalinas retozaba un pueblo próspero y feliz.
Ríos y árboles, animales y flores tenían sentido humano.
Dulce era el vino, servido por la plenitud visible de los jóvenes,
un dios en las uvas,
una diosa, amante y maternal,
creciendo hacia el cielo en plenitud y el oro de la espiga,
la sagrada ebriedad del Amor, un dulce culto a la más bella de las diosas,
eterna, polícroma fiesta de los hijos del cielo y de los moradores de la Tierra,
pasaba, rumorosa, la vida,
como una primavera, a través de los siglos.
Todas las generaciones veneraban con fervor infantil la tierna llama,
la llama de mil formas, como lo supremo del mundo.
Un pensamiento sólo fue, una espantosa imagen vista en sueños.

Terrible se acercó a la alegre mesa,
y envolvió el alma en salvaje pavor;
ni los dioses supieron consolar
el pecho acongojado de tristeza.
Por sendas misteriosas llegó el Mal;
a su furor fue inútil toda súplica,
Era la muerte, que el bello festín
interrumpía con dolor y lágrimas.

Entonces, separado para siempre
de lo que alegra aquí el corazón,
lejos de los amigos, que en la Tierra
sufren nostalgia y dolores sin fin,
parecía que el muerto conocía
sólo un pesado sueño, una lucha impotente.
La ola de la alegría se rompió
contra la roca de un tedio infinito.

Espíritu osado y ardiente sentido,
el hombre embelleció la horrible larva;
un tierno adolescente apaga la Luz y duerme,
dulce Tierra, como viento en el arpa,
el recuerdo se funde en los ríos de sombra,
la poesía cantó así nuestra triste pobreza,
pero quedaba el misterio de la Noche eterna,
el grave signo de un poder lejano.

A su fin se inclinaba el viejo mundo.
Se marchitaba el jardín de delicias de la joven estirpe
–arriba, al libre espacio, al espacio desierto, aspiraban los hombres subir,
los que ya no eran niños, los que iban creciendo hacia su edad madura.
Huyeron los dioses, con todo su séquito.
Sola y sin vida estaba la Naturaleza.
Con cadena de hierro ató el árido número y la exacta medida.
Como en polvo y en brisas se deshizo
en obscuras palabras la inmensa floración de la vida.
Había huido la fe que conjura y la compañera de los dioses,
la que todo lo muda, la que todo lo hermana:
la Fantasía.
Frío y hostil soplaba un viento del Norte sobre el campo aterido,
y el país del ensueño, la patria entumecida por el frío, se levantó hacia el éter.
Las lejanías del cielo se llenaron de mundos de Luz.
Al profundo santuario, a los altos espacios del espíritu,
se retiró con sus fuerzas el alma del mundo,
para reinar allí hasta que despuntara la aurora de la gloria del mundo.
La Luz ya no fue más la mansión de los dioses,
con el velo de la Noche se cubrieron.
Y la Noche fue el gran seno de la revelación,
a él regresaron los dioses, en él se durmieron,
para resurgir, en nuevas y magníficas figuras, ante el mundo transfigurado.
En el pueblo, despreciado por todos, madurado temprano,
extraño tercamente a la beata inocencia de su juventud,
apareció, con rostro nunca visto, el mundo nuevo
–en la poética cueva de la pobreza–.
Un Hijo de la primera Virgen y Madre,
de un misterioso abrazo el infinito fruto.
Rico en flor y en presagios, el saber de Oriente
reconoció el primero el comienzo de los nuevos tiempos.
Una estrella le señaló el camino que llevaba a la humilde cuna del Rey.
En nombre del Gran Futuro le rindieron vasallaje:
esplendor y perfume, maravillas supremas de la Naturaleza.
Solitario, el corazón celestial se desplegó en un cáliz de omnipotente Amor,
vuelto su rostro al gran rostro del Padre,
recostado en el pecho, rico en presagios y dulces esperanzas, de la Madre
amorosamente grave.
Con ardor que diviniza,
los proféticos ojos del Niño en flor
contemplaban los días futuros; miraba
a sus amados, los retoños de su estirpe divina,
sin temer por el destino terrestre de sus días.
Muy pronto, extrañamente conmovidos por un íntimo Amor,
se reunieron en torno a él los espíritus ingenuos y sencillos.
Como flores,
germinaba una nueva y extraña vida a la vera del Niño.
Insondables palabras, el más alegre de los mensajes, caían,
como centellas de un espíritu divino, de sus labios amables.
De costas lejanas,
bajo el cielo sereno y alegre de Héllade
llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón entero al Niño del Milagro:

Tú eres el adolescente que desde hace tiempo
estás pensando, sobre nuestras tumbas:
un signo de consuelo en las tinieblas
–alegre comenzar de un nuevo hombre–.
Lo que nos hunde en profunda tristeza
en un dulce anhelar se nos lleva:
la Muerte nos anuncia eterna Vida,
Tú eres la Muerte, y sólo Tú nos salvas.

Lleno de alegría,
partió el cantor hacia Indostán
–ebrio su corazón de dulce Amor–;
y esparció la noticia con ardientes canciones bajo aquel dulce cielo,
y miles de corazones se inclinaron hacia él,
y el alegre mensaje en mil ramas creció.
El cantor se marchó,
y la vida preciosa fue víctima pronto de la honda caída del hombre.
Murió en sus años mozos,
arrancado del mundo que amaba,
de su madre, llorosa, y los amigos, medroso.
El negro cáliz de indecibles dolores
tuvieron que apurar sus labios amorosos.
Entre angustias terribles llegaba la hora del parto del mundo nuevo.
Libró duro combate con el espanto de la vieja muerte,
–grande era el peso del viejo mundo sobre él–.
Una vez más volvió a mirar a su madre con afecto
–y llegó entonces la mano que libera,
la dulce mano del eterno Amor–,
y se durmió en la eternidad.
Por unos días, unos pocos tan sólo,
cayó un profundo velo sobre el mar rugiente y la convulsa Tierra
–mil lágrimas lloraron los amados–,
cayó el sello del misterio
–espíritus celestes levantaron la piedra,
la vieja losa de la obscura tumba–.
Junto al durmiente
–moldeados dulcemente por sus sueños–
estaban sentados ángeles.
En nuevo esplendor divino despertado
ascendió a las alturas de aquel mundo nacido de nuevo,
con sus propias manos sepultó el viejo cadáver en la huesa que había abandonado
y, con mano omnipotente, colocó sobre ella una losa que ningún poder levanta.

Tus amados aún lloran lágrimas de alegría, lágrimas de emoción, de gratitud infinita,
junto a tu sepulcro –sobrecogidos de alegría, te ven aún resucitar–
y se ven a sí mismos resucitar contigo;
te ven llorar, con dulce fervor, en el pecho feliz de la Madre;
pasear, grave, con los amigos;
decir palabras que parecen arrancadas del Árbol de la Vida;
te ven correr anhelante a los brazos del Padre,
llevando contigo la nueva Humanidad,
el cáliz inagotable del dorado Futuro.
La Madre corrió pronto hacia ti –en triunfo celeste–.
Ella fue la primera que estuvo contigo en la nueva patria.
Largo tiempo transcurrió desde entonces,
y en creciente esplendor se agitó tu nueva creación
–y miles de hombres siguieron tus pasos:
dolores y angustias, la fe y la añoranza les llevaron confiados tras ti–
contigo y la Virgen celeste caminan por el reino del Amor
–servidores del templo de la muerte divina, tuyos para la Eternidad–.

Se levantó la losa.
–Resucitó la Humanidad.–
Tuyos por siempre somos,
no sentimos ya lazos.
Huye la amarga pena
ante el cáliz de Oro,
Vida y Tierra cedieron
en la última Cena.

La muerte llama a bodas.
–Con Luz arden las lámparas.–
Las vírgenes ya esperan
–no va a faltar aceite–.
Resuene el horizonte
del cortejo que llega,
nos hablen las estrellas
con voz y acento humanos.

A ti, mil corazones,
María, se levantan.
En esta vida en sombras
te buscan sólo a ti.
La salud de ti esperan
con gozo y esperanza,
si tú, Santa María,
a tu pecho les llevas.

Cuántos se consumieron
en amargos tormentos,
y, huyendo de este mundo,
volvieron hacia ti,
Ellos son nuestro auxilio
en penas y amarguras,
vamos ahora a ellos,
para ser allí eternos.

Nadie que crea y ame
llorará ante una tumba:
el Amor, dulce bien,
nadie le robará.
–Su nostalgia mitiga
la ebriedad de la Noche.–
Fieles hijos del Cielo
velan su corazón.

Con tal consuelo avanza
la vida hacia lo eterno;
un fuego interno ensancha
y da Luz a nuestra alma;
una lluvia de estrellas
se hace vino de vida,
beberemos e él
y seremos estrellas.

El Amor se prodiga:
ya no hay separación.
La vida, llena, ondea
como un mar infinito;
una Noche de gozo
–un eterno poema–
y el Sol, el Sol de todos,
será el rostro de Dios.

VI

Descendamos al seno de la Tierra,
dejemos los imperios de la Luz;
el golpe y el furor de los dolores
son la alegre señal de la partida.
Veloces, en angosta embarcación,
a la orilla del Cielo llegaremos.

Loada sea la Noche eterna;
sea loado el Sueño sin fin.
El día, con su Sol, nos calentó,
una larga aflicción nos marchitó.
Dejó ya de atraernos lo lejano,
queremos ir a la casa del Padre.

¿Qué haremos, pues, en este mundo,
llenos de Amor y de fidelidad?
El hombre abandonó todo lo viejo;
ahora va a estar solo y afligido.
Quien amó con piedad el mundo pasado
no sabrá ya qué hacer en este mundo.

Los tiempos en que aún nuestros sentidos
ardían luminosos como llamas;
los tiempos en que el hombre conocía
el rostro y la mano de su padre;
en que algunos, sencillos y profundos,
conservaban la impronta de la Imagen.

Los tiempos en que aún, ricos en flores,
resplandecían antiguos linajes;
los tiempos en que niños, por el Cielo,
buscaban los tormentos y la muerte;
y aunque reinara también la alegría,
algún corazón se rompía de Amor.

Tiempos en que, en ardor de juventud,
el mismo Dios se revelaba al hombre
y consagraba con Amor y arrojo
su dulce vida a una temprana muerte,
sin rechazar angustias y dolores,
tan sólo por estar a nuestro lado.

Medrosos y nostálgicos los vemos,
velados por las sombras de la Noche;
jamás en este mundo temporal
se calmará la sed que nos abrasa.
Debemos regresar a nuestra patria,
allí encontraremos este bendito tiempo.

¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?
Los amados descansan hace tiempo.
En su tumba termina nuestra vida;
miedo y dolor invaden nuestra alma.
Ya no tenemos nada que buscar
–harto está el corazón–, vacío el mundo.

De un modo misterioso e infinito,
un dulce escalofrío nos anega,
como si de profundas lejanías
llegara el eco de nuestra tristeza:
¿Será que los amados nos recuerdan
y nos mandan su aliento de añoranza?

Bajemos a encontrar la dulce Amada,
a Jesús, el Amado, descendamos.
No temáis ya: el crepúsculo florece
para todos los que aman, para los afligidos.
Un sueño rompe nuestras ataduras
y nos sumerge en el seno del Padre.

Novalis: Poemas tardíos

Creación/Creación


Novalis: Poemas tardíos

Por Novalis, martes, 03 de enero de 2012
 
Con el título de Poemas tardíos se reúnen una serie de poemas escritos en los últimos años de la vida de Novalis -entre los veinticinco y los veintiocho años- a los que se ha prestado poca atención, pero que sin duda, en palabras de Antonio Pau, autor de esta edición, resultan valiosos y originales pues revelan con toda nitidez la visión personalísima dentro del movimiento romántico que Novalis tenía del mundo.


EL EXTRANJERO (1)

Dedicado a la Señora del Consejero de Minas von Charpentier
Cansado estás y frío, oh extranjero, y no pareces
adaptado a este cielo. Vientos más calientes
     soplan que en tu patria, y más libre
  en otro tiempo se alzaba el pecho joven.

¿No expandía la vida allí su colorido
por el campo sereno y la eterna primavera?
     ¿No tendía allí la paz sus densos hilos?
  ¿No florecía allí eternamente lo que una vez brotó?

Oh, buscas en vano. Se ha hundido
aquella tierra celestial. Ningún mortal
     conoce ya el sendero inaccesible
  que el mar ha sumergido para siempre.

Muy pocos de los tuyos han logrado
ponerse a salvo del feroz oleaje. Están dispersos
     aquí y allá, y esperan
  mejores tiempos para reencontrarse.

Ten voluntad y sígueme. Te ha sido
favorable el destino que aquí te ha conducido.
     Gentes de tu tierra hay aquí, y que en silencio
  celebran una fiesta entrañable.

No puedes sin embargo entender cómo sus corazones
allí se unían. Ves brillar en sus rostros
     inocencia y amor, igual
  que en otro tiempo allí en la patria.

Más clara se alza tu mirada. La tarde se despliega
como un sueño amistoso, y transcurre veloz
    en dulce charla, y entre tanto
  tu corazón se funde con la bondad que reina.

Mirad. Está aquí el extranjero. De una misma tierra
a la que pertenecéis se siente desterrado. Horas sombrías
     han pasado por él. Muy pronto
  se ha acabado para él el día feliz.

Con gusto permanece entre los suyos.
Feliz celebra entre ellos la fiesta del hogar.
     La primavera, que fresca florece
  en torno de sus padres, le cautiva.

Vuelva a celebrarse la fiesta entre nosotros,
antes de que la madre, disgustada, se aleje
     de los hijos que lloran, y por sendas oscuras
  siga al guía que la lleve a la patria.

Que el hechizo que estrecha vuestro lazo
no ceda, y los que lejos están
     lo disfruten también, y todos juntos
  caminéis felices por un mismo camino.

Esto es lo que el huésped desea, pero ha hablado el poeta
en su lugar, porque prefiere permanecer callado
     cuando está contento y anhela la venida
  de los seres que quiere y que están lejos.

Permaneced amables con el extranjero.
Escasas alegrías le están deparadas.
Rodeado de personas amigas espera con paciencia
el día de su gran nacimiento.

***

[CONÓCETE A TI MISMO]

Una cosa sólo ha buscado el hombre en todo tiempo,
y lo ha hecho en todas partes, en las cimas y en las simas
   del mundo.
Bajo nombres distintos –en vano– se ocultaba siempre,
y siempre, aun creyéndola cerca, se le iba de las manos.
Hubo hace tiempo un hombre que en amables mitos
   infantiles
revelaba a sus hijos las llaves y el camino de un castillo
   escondido.
Pocos lograban conocer la sencilla clave del enigma,
pero esos pocos se convertían entonces en maestros
   del destino.
Discurrió largo tiempo –el error nos aguzó el ingenio–
y el mito dejó ya de ocultarnos la verdad.
Feliz quien se ha hecho sabio y ha dejado su obsesión
   por el mundo,
quien por sí mismo anhela la piedra de la sabiduría
   eterna.
El hombre razonable se convierte entonces en discípulo
   auténtico,
todo lo transforma en vida y en oro, no necesita ya los
   elixires.
Bulle dentro de él el sagrado alambique, está el rey en él,
y también Delfos, y al final comprende lo que significa
   conócete a ti mismo.

***

EL POEMA

Vida celestial de azul vestida,
sereno deseo de pálida apariencia,
que en arenas de colores traza
los rasgos huidizos de su nombre.

Bajo los arcos altos, firmes,
iluminado sólo por las lámparas,
yace, huido ya el espíritu,
el mundo más sagrado.

En silencio nos anuncia una hoja
perdida los mejores días,
y vemos abrirse los ojos poderosos
de la antigua leyenda.

Acercaos en silencio a la puerta solemne,
escuchad el golpe que produce al abrirse,
bajad luego del coro y contemplad allí
dónde está el mármol que anuncia los presagios.

Vida fugaz y formas luminosas
llenan la noche anchurosa y vacía.
Ha transcurrido un tiempo sin final
que se ha perdido haciendo bromas sólo.

Trajo el amor las copas llenas,
como entre flores se derrama el espíritu,
y beben sin parar los comensales,
hasta que se rasga el tapiz sagrado.

En extrañas filas llegan
veloces carruajes de colores,
y llevada en el suyo por insectos variados
sola llegó la princesa de las flores.

Velos como nubes descendían
de su frente luminosa hasta los pies.
Caímos de rodillas para saludarla,
rompimos a llorar, y ya no estaba.

***

CUANDO CIFRAS Y FIGURAS

Cuando cifras y figuras dejen de ser
las claves de toda criatura,
cuando aquellos que al cantar o besarse
sepan más que los sabios más profundos,
cuando vuelva al mundo la libertad de nuevo,
vuelva el mundo a ser mundo otra vez,
cuando al fin las luces y las sombras se fundan
y juntas se conviertan en claridad perfecta,
cuando en versos y en cuentos
estén los verdaderos relatos del mundo,
entonces una sola palabra secreta
desterrará las discordancias de la tierra entera.

***

Hay en la piedra un signo misterioso
grabado en el fondo de su sangre ardiente.
es como un corazón en que estuviera
grabada la imagen de la desconocida.
mil fulgores en torno de la piedra,
y una clara marea ondea alrededor.
Hay en ella enterrado el brillo de una luz,
¿será ésta un corazón dentro del corazón?


NOTAS(1) La selección de los poemas ha sido obra de Marta López Vilar.


Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Linteo la gentileza por permitir la publicación de estos poemas del libro de Novalis, Poemas tardíos (Linteo, 2011), en Ojos de Papel.

Novalis: <i>Poemas tardíos</i> (Linteo, 2011)

Novalis: Poemas tardíos (Linteo, 2011)
    TÍTULO Poemas tardíos
    AUTOR Novalis
    EDITORIAL Linteo
    EDICIÓN E INTRODUCCIÓN Antonio Pau
    TRADUCCIÓN Antonio Pau
    FICHA TÉCNICA Colección Linteo Poesía nº 29. ISBN: 978-84-96067-68-4. 1ª ed. 188 páginas. 14 x 22. cm. PVP: 16 €
Novalis en 1799, retrato de Franz Gareis (fuente: wikipedia) Novalis en 1799, retrato de Franz Gareis (fuente: wikipedia)

Poema de Novalis

Novalis retratado por Friedrich Eduard Eichens 
Sólo unos cuantos
gozan del misterio del amor,
y desconocen la insatisfacción
y no sufren la eterna sed.
El significado divino de la Cena
es un enigma para el entendimiento humano;
pero quien sólo una vez,
en los ardientes y amados labios
haya aspirado el aliento de la vida,
quien haya sentido fundir su corazón
con el escalofrío de las ondas
de la divina llama,
quien, con los ojos abiertos,
haya medido el abismo
insondable del cielo,
ése comerá de su cuerpo
y beberá de su sangre
para la eternidad.
¿Quién ha descifrado
el sublime significado
del cuerpo terrenal?
¿Quién puede asegurar
que ha comprendido la sangre?
Un día todo será cuerpo,
un único cuerpo,
y en la sangre celestial
se bañará la feliz pareja.
¡Oh!, ¿acaso no se tiñe de rojo
el inmenso océano?
¿no es ya la roca que emerge
pura carne perfumada?
Es interminable el delicioso banquete,
el amor no se sacia jamás,
y nunca se acaba de poseer al ser amado,
nunca el abrazo es suficiente.
Los labios se tornan más delicados,
el alimento se transforma de nuevo
y se vuelve más profundo, más íntimo y cercano.
El alma se estremece y tiembla
con mayor voluptuosidad,
el corazón tiene siempre hambre y sed,
y así, para la eternidad,
el amor y la voluptuosidad se perpetúan.
Si los que ayunan
lo hubiesen saboreado sólo una vez
lo abandonarían todo
para venir a sentarse con nosotros
a la mesa servida y nunca vacía
del ferviente deseo.
Y de ese modo reconocerían
la inagotable plenitud del amor,
y celebrarían la consumación
del cuerpo y de la sangre.
Novalis, traducción de Rodolfo Häsler.