Wednesday, May 23, 2012

Heideggeriana sobre Hölderlin i

EL POEMA
Martin Heidegger

Traducción de José María Valverde en HEIDEGGER, M.,
Interpretaciones sobre la poesía de Hölderlin, Ariel, Barcelona, 1983, pp. 193-203
 Martin Heidegger
Texto revisado de la conferencia para el 70.° cumpleaños de Friedrich G. Jünger el 25 de agosto de 1968 en Amriswil.

Hablar sobre el poema querría decir: desde lo alto, y por tanto desde fuera, averiguar qué es el poema.
¿Con qué derecho, con qué conocimiento podría ocurrir eso? Faltan ambas cosas. Por tanto, sería arrogancia querer hablar sobre el poema. Pero ¿qué hacer si no?
Más bien así: que nos dejemos decir por el poema en qué consiste su peculiaridad, en qué descansa.
Para percibirlo de un modo suficiente, debemos estar familiarizados con el poema. Pero verdaderamente familiarizado con el poema y el poetizar sólo lo está el poeta. El modo apropiado al poema de hablar de él sólo puede ser el decir poético. En él, el poeta no habla ni sobre el poema ni del poema. Poetiza lo peculiar del poema. Pero eso sólo lo logra cuando poetiza a partir de la disposición de su poema y poetiza únicamente esa misma.
Un poeta extraño, si es que no misterioso. Existe: se llama Hölderlin.
Sólo que él -así parece- nunca está tan cerca de nosotros que nos alcance su palabra, que nos haya alcanzado, que .seamos nosotros los alcanzados - y lo sigamos siendo.
En la poesía de Hölderlin experimentamos poéticamente el poema. «El poema» - esa palabra revela ahora su ambigüedad. «El poema» puede significar: el poema en general, el concepto de poema, válido para toda la literatura universal. Pero «el poema» puede significar también: el poema excepcional, marcado por el hecho de que él solo nos afecta por destino, porque él nos poetiza a nosotros mismos el destino en que estamos, lo sepamos o no, tanto si estamos dispuestos a aceptar un destino en él como si no.
Que Hölderlin poetiza al poeta y .su determinación, y por tanto lo peculiar del poema, lo suyo propio, lo muestran títulos de poemas como Vocación de poeta, Ánimo de poeta, y estos poemas mismos en sus diversas versiones.
Además, el pensar poético de Hölderlin trata también de la poesía en forma de artículos y esbozos: Sobre el modo de proceder del espíritu poético, Sobre la diferencia de los modos de poetizar, Sobre las partes del poema (StA IV, p. 241 SS.); y más ampliamente aún por la comprensión poética, en sus traducciones de las Tragedias de Sófocles, en las Observaciones sobre el Edipo, en las Observaciones sobre Antígona (StA V, p. 193 ss., 263 ss.).
Sólo que esos Artículos sobre... y Observaciones sobre... reposan en la experiencia poética de su poema y su determinación que constantemente se pone a prueba.
Que Hölderlin, por razón de su manera de ser, fácilmente destructible y a menudo replegada en sí, sabe con toda claridad la índole propia de su poema, lo dice en la tercera estrofa de la elegía Pan y vino, que dedica a su amigo poeta Heinze, al que apela (StA II, p. 91, v. 41 ss.):
¡Ven pues! para que miremos a lo Abierto.
para que busquemos algo propio, por distante que esté.
... a cada cual también se le asigna algo propio,
ahí va y viene cada cual hacia donde puede.
Lo propio de .su poema no lo ha inventado el poeta. Le ha sido asignado. Se acomoda a su determinación y sigue la vocación. Hölderlin la nombra en una variante del mismo canto.
En la obra poética de Hölderlin y su transmisión en manuscritos hay una situación especial con las variantes. Las palabras y giros que no se aceptan en el poema terminado, contienen a veces bruscas y profundas miradas penetrantes en lo peculiar de su poema. El modo de leer de los versos 45/46 de Pan y vino dice (StA II, p. 597):
Antes del tiempo! es vocación de los cantores sagrados y así
también sirven y transforman adelantándose a un gran destino.
«¡Antes del tiempo!» ¿Antes de qué tiempo dicen su palabra los poetas vocados a ello? ¿Qué es ese gran destino? Hölderlin habla del tiempo en referencia al cual el poeta habla antes de tiempo, en el cántico Mnemosyne (StA II, p. 193, v. 16 ss.):
Largo es / el tiempo.
Qué largo entonces, preguntamos. Tan largo, que llega incluso más allá de nuestra presente época sin dioses. Correspondiendo a ese largo tiempo, debe también estar mucho antes -aguardando hacia mucho más allá- la palabra antes de tiempo del poeta. Debe poetizar la venida de los dioses presentes.
Pero ¿debe entonces advertir todavía lo que está «presente»? «Advenimiento» no quiere decir aquí: haber llegado ya, sino el acontecer del advenimiento temprano. Los que así advienen se muestran en un peculiar acercamiento. En ese venir están a su manera en presencia del poeta: los que advienen son dioses presentes, en presencia. Los dioses presentes que lo son porque advienen así, claro que no son los dioses huidos que regresan, los dioses de la antigua Grecia, aunque también éstos permanecen presentes a su manera para Hölderlin, en cuanto que son los huidos, y afectan al poeta. El comienzo de la segunda estrofa del himno Germanía dice así (StA II, p. 149):
Dioses huidos! también vosotros, oh presentes, entonces
más verdaderos, vosotros tuvisteis vuestro tiempo!
Los presentes antaño más verdaderos no han pasado, no se han extinguido, sino que sólo se han apartado. El advenimiento de los dioses presentes no significa por tanto de ningún modo el regreso de los antiguos dioses. Del advenimiento que Hölderlin percibe poéticamente, habla más claramente otra variante de la elegía Pan y vino (StA II, p. 603, 19 ss.):
Larga y difícil es la palabra de ese advenimiento pero
blanco es (esto es, luminoso) el instante. Servidores de los celestiales son
pero, sabedores de la tierra, su paso es contra el abismo
de los hombres.
Si pudiéramos interpretar bien este texto, nos ofrecería una ayuda para percibir lo peculiar del poema que Hölderlin se aprestó a poetizar. Pero este texto ofrece para la meditación a que ahora nos atrevemos dificultades demasiado grandes; por tanto elegimos otra palabra del poeta.
Inmediatamente nos sale esa palabra, con toda la densidad poética de su articulación, al encuentro de nuestra pregunta por el poema de Hölderlin. Las palabras del poeta a continuación comentadas son también una variante, y precisamente de su gran cántico El archipiélago v. 261-268 (StA II, p. 111).
Son siete versos. Los publicó por primera vez Friedrich Beissner en 1951 en la segunda mitad del segundo tomo de la edición hölderliniana de Stuttgart (p. 646). El texto dice así:
Pero porque están tan cerca los dioses presentes
debo estar yo como si estuvieran lejos, y oscuro en las nubes
debe estarme su nombre; sólo que, antes que la mañana
se me ilumine, antes que la vida arda al mediodía,
me los nombro yo en silencio, para que el poeta tenga
su haber, pero cuando desciende la luz celeste
me gusta pensar en la del pasado, y digo: ¡florece sin embargo!
Tan pronto como Hölderlin tiene «lo suyo» está firmemente en la determinación que le corresponde, es el poeta de su poema. Preguntamos por la peculiaridad de éste. Ha ,de percibirse cuando nos metamos en las siguientes preguntas:
¿Qué es «lo suyo» para el poeta? ¿Qué es lo propio que le ha correspondido? ¿Hacia dónde le obliga a ir su necesidad? ¿De dónde viene esa necesidad? ¿De qué modo obliga?
Pero porque están tan cerca los dioses presentes
debo estar yo como si estuvieran lejos, y oscuro en las nubes
debe estarme su nombre ...
Oímos dos veces «deber». Una, al comienzo del segundo verso, otra al comienzo del tercero. «Debo» se refiere a la relación del poeta con la presencia de los dioses presentes. El otro «debe» se refiere al modo de los nombres con los que el poeta nombra a los dioses presentes. En qué medida el uno y el otro «deber» se corresponden mutuamente y afectan a lo mismo, esto es, el poetizar, se echará de ver en cuanto se haga más claro a qué modo de poetizar debe ajustarse el poeta.
Pero antes preguntamos: ¿De dónde viene esa obligación? ¿Por qué ese mandato de dos vertientes?
El primero de los siete versos da la respuesta, que abarca todo lo sucesivo:
«Porque están tan cerca los dioses presentes».
Es extraño, se pensaría, si los dioses presentes están tan cerca del poeta, entonces el nombrar sus nombres surgiría por sí mismo y no requeriría de ninguna apelación especial al poeta. Sin embargo el «tan cerca» no significa «suficientemente cerca» sino «demasiado cerca». El himno Patmos empieza:
«Cerca está y difícil de captar el dios.» El «y» significa «y por eso». El dios está demasiado cerca para que sea fácil de captar. La misma palabra que «cerca» [nahe] se manifiesta en «exacto» [genau]. El antiguo genau significa: aproximándose. En el mismo himno Patmos leemos en el v. 78 ss. (StA II, p. 167) estos versos difíciles de entender:
Amaba el portador de tempestades la sencillez
del discípulo y veía al hombre atento
el rostro del dios exactamente [genau] ...
Demasiado cerca, acercándose demasiado, están los dioses que advienen en la dirección hacia el poeta, en presencia de él. Patentemente, ese venir dura mucho tiempo, por eso es aún más opresivo y por tanto más difícil de decir que la presencia completa. Pues también ésta no la puede percibir el hombre inmediatamente recibiendo así el bien otorgado. Por eso se dice al final de la quinta estrofa de Pan y vino (StA II, p. 92/93 v. 87 ss.):
Así es el hombre, si está ahí el bien, y le provee de dones
un dios mismo para él, él no lo conoce ni ve.
Llevarlo debe por adelantado; pero entonces nombra a su más querido,
entonces, entonces deben surgir para ello palabras, como flores.
Hasta que se ha encontrado la palabra y ha florecido, es preciso sustentar lo difícil y pesado. Este difícil lleva el decir poético a la necesidad. Obliga. Viene de la «esfera del dios». El elemento de lo divino es lo sagrado. Por eso dice Hölderlin en el cántico A la fuente del Danubio (StA II, p. 128, v. 89 ss.):
Te nombramos, movidos por sagrada necesidad, te nombramos
oh Naturaleza!, y nuevo, como del baño surge
de ti lo divinamente nacido.
«Movidos por sagrada necesidad» - esas palabras sólo las oímos una vez en este lugar dentro de toda la obra poética de Hölderlin. Expresa la exigencia dominante por todas partes en ella sin expresarse y bajo la cual está su poetizar. Esas palabras significan para nosotros el «debe» que obliga al poeta «para que tenga su / haber».
¿Hacia dónde se encuentra el poeta obligado?
Pero porque están tan cerca los dioses presentes
debo estar yo como si estuvieran lejos, y oscuro en las nubes
debe estarme su nombre; sólo ...
...
me los nombro yo en silencio ...
El poeta se ve «obligado» a un decir que «solamente» es un nombrar en silencio.
El nombre en que habla ese nombrar debe ser oscuro.
El lugar desde el que debe nombrar el poeta a los dioses, debe ser de tal modo que los que han de .ser nombrados en la presencia de su venida le estén lejanos, y así precisamente sigan siendo los que vienen. Para que esa lejanía se abra como lejanía, debe el poeta retrotraerse de la cercanía de los dioses que le apremia y «nombrarles sólo en silencio».
¿De qué índole es tal nombrar? ¿Qué significa en general «nombrar»? ¿Consiste el «nombrar» en que algo sea dotado de un nombre? ¿Y cómo llega eso a tener un nombre?
El nombre dice cómo se llama algo, cómo suele llamarse algo. El nombrar está remitido a un nombre. Y el nombre resulta del nombrar. Con esa explicación damos vueltas en un círculo.
El verbo «nombrar» deriva el sustantivo «nombre», nomen önma. En él se esconde la raíz «gno», gnÇsiw, esto es, conocimiento. El nombre da a conocer. Quien tiene un nombre, es conocido de lejos. Nombrar es un decir, esto es, mostrar que abre como qué y cómo ha de percibirse algo y mantenerse en su presencia. El nombrar desvela, patentiza. Nombrar es el indicar que deja percibir. Pero si esto ha de ocurrir de tal modo que se aleje de la cercanía de lo que se ha de nombrar, entonces tal decir de lo lejano se convierte en decir en la lejanía para llamar. Pero si lo que hay que llamar está demasiado cerca, su nombre debe ser «oscuro» para que lo llamado permanezca preservado en su lejanía. El nombre debe velar. El nombrar es al mismo tiempo un ocultar en cuanto llamada desveladora.
La palabra «Naturaleza» que acabamos de oír es el nombre verdaderamente oscuro, velador y desvelador, en la poesía de Hölderlin. Si precisamente el nombrar está «divinamente obligado», entonces los nombres en que ella llama, deben ser nombres sagrados.
En la estrofa conclusiva de la elegía Retorno a la patria, que surgió poco después del regreso de Hölderlin desde Suiza -el poeta había residido allí sólo unos pocos meses como preceptor doméstico en Hauptwil, cercana aquí a nosotros- se dice (StA II, p. 99, v. 101):
Callar debemos a menudo: faltan nombres sagrados ...
Callar; ¿significa esto solamente no decir, permanecer mudos? ¿O sólo puede verdaderamente callar quien tiene algo que decir? En este caso callaría en suprema medida quien fuera capaz de dejar aparecer lo no dicho en su decir y precisamente únicamente mediante éste, y precisamente en cuanto tal.
Hölderlin confiesa:
... sólo que, antes que la mañana
se me ilumine, antes que la vida arda al mediodía
me los nombro yo en silencio ...
¿Va a significar esto que el poeta se guarde meramente para sí lo que hay que nombrar y no deje resonar nada de eso ante los demás hombres? Si así ocurriera, entonces se habría hecho infiel a su vocación poética.
El poeta se nombra «en silencio» «los dioses presentes». «En silencio» significa: acallado, llegado al reposo, a ese reposo en que reposa el ajustarse a lo asignado, en cuanto que corresponde a la sagrada obligación y con ello se contenta. En el cántico de Hölderlin Fiesta de la paz vuelve a hablar una vez y otra la palabra «en silencio».
El nombrar silencioso ocurre «antes que la mañana / se me ilumine, antes que la vida arda al mediodía».
«Antes» es una determinación temporal, y precisamente del tiempo que se temporaliza sólo por advenimiento y cercanía, por huida y elusión de los dioses.
El nombrar por sagrada obligación debe acontecer antes que empiece el verdadero advenimiento en la mañana del día de los dioses y llegue a su plenitud en el mediodía, cuando arde el fuego en el cielo. En ese tiempo aparece «El dios envuelto en acero». Así dice Hölderlin en la estrofa final del Himno al Rhin (StA II, p. 148, v. 210 ss.). En el esbozo para una poesía posterior (StA II, p. 249, v. 6 ss.) habla del «acero de fuego del hogar con calor de vida». (El acero produce chispas y queda así referido al fuego.) «El dios envuelto en acero» significa: el dios envuelto en el fuego del cielo, o en nubes. El fuego celeste que ciega los ojos no es menos velador que la oscuridad de las nubes.
La determinación temporal «antes» significa ese «antes del tiempo» al que los poetas están lanzados por delante con su decir nombrador. «sólo ... / me los nombro yo en silencio» -el «me» podría referirse al Yo de la persona de Hölderlin, si no siguieran, excluyéndolo directamente, estas palabras en el mismo verso:
... para que el poeta tenga / su haber ...
«Me», es decir, al poeta le están asignados los dioses presentes, los que se acercan desde lejos, como los que hay que nombrar en la llamada. Su presencia demasiado cercana le obliga a retrotraer su decir nombrador al lugar ya citado de la lejanía.
¿Qué le aguarda allí? Hölderlin lo dice en el comienzo de su último gran himno Mnemosyne, que surgió el año 1800 (StA II, p. 197, v. 5 ss.):
Y mucho
como en los hombros
una carga de leños
ha de mantenerse.
La lejanía del dios que se acerca relega a los poetas en la dirección hacia ese lugar de su existencia donde se le hunde y desaparece a ésta el suelo, el fundamento sustentador. La ausencia de ese fundamento es lo que Hölderlin llama el «abismo». En la citada variante de la elegía Pan y vino que empieza «Larga y difícil es la palabra de ese advenimiento» dice Hölderlin de los «servidores de los celestiales», esto es, de los poetas:
Su paso va contra el abismo / de los hombres.
«Contra» significa: en dirección hacia el abismo.
Al poeta le está asignado durar tenazmente en el decir de la palabra del advenimiento: «para que tenga su / haber». El acento no está puesto sólo en la palabra «lo suyo», «su haber», sino igual y aún más en el «haber», palabra que está destacada en el comienzo de la siguiente línea. Se trata de llevar a plenitud el auténtico haber de lo propio. Se trata de «mantener la carga». Se trata de prevalecer y durar en la necesidad del decir nombrador del advenimiento. Se trata de llevar «en .silencio» ese nombrar.
Pero lo suyo no le pertenece tampoco al poeta como una posesión que se haya ganado él mismo. Lo suyo consiste más bien en que el poeta pertenezca a aquello para lo que se le necesita. Pues el decir del poeta está tomado, indicando, velando al desvelar, en su uso de dejar aparecer el advenimiento de los dioses, que necesitan la palabra del poeta para su aparición, para que empiecen a ser ellos mismos en su aparecer.
En la octava estrofa del himno El Rhin se dice (StA II, p. 145, v. 109 ss.):
Pues como
los más bienaventurados nada sienten por sí mismos,
es preciso, si está permitido decir
tal cosa, en los nombres de los dioses
tomando parte, que sienta Otro,
el que necesitan ellos...
Y en el canto surgido un año antes (en torno a 1800) El archipiélago dice Hölderlin (StA II, p. 104, v. 60 ss.):
Siempre necesitan, como los héroes la corona, los consagrados
elementos, para gloria, el corazón de los hombres que sienten.
Gloria y glorificación han de pensarse aquí en el sentido pindárico y griego, como «dejar aparecer». El que siente por delante del corazón de los hombres que sienten, es el poeta. Es el Otro, el necesitado y usado por los dioses.
Con esa palabra arriesgada tímidamente sobre la necesidad de los dioses y el correspondiente ser necesitado del poeta, Hölderlin reposa en la experiencia básica de su condición poética. Para pensar esa experiencia conforme a la realidad, para preguntar por el dominio en que se desarrolla, todavía no se ha puesto a la altura debida el pensamiento hasta ahora.
El poema, el poema de Hölderlin reúne el poetizar como el nombrar, por sagrada obligación, necesitado por los celestiales, de los dioses presentes en ese decir articulado que, desde que lo ha dicho Hölderlin, habla en nuestra lengua, tanto si se lo oye como si no.
La oda titulada Animación, acabada por el poeta a comienzos del año 1801, empieza con una llamada: « ¡Eco del cielo!» Ese eco es el poema de Hölderlin.
Pero porque están tan cerca los dioses presentes
debo estar yo como si estuvieran lejos, y oscuro en las nubes
debe estarme su nombre, sólo que, antes que la mañana
se me ilumine, antes que la vida arda al mediodía
me los nombro yo en silencio, para que el poeta tenga
su haber, pero cuando desciende la luz celeste
me gusta pensar en la del pasado y digo: ¡florece sin embargo!

Cuento de Carlos Fuentes

Chac Mool
[Cuento. Texto completo]
Carlos Fuentes

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.
Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.
“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”
“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?... figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.
“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.
“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch...”
“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.
“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”
“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”
“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”
“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”
“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”
“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”
“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”
“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”
“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada... Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”
“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”
Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:
“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real... pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo... Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?... si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?... Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir... No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.
“Casi sin aliento, encendí la luz.
“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”
Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:
“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘...un gluglú de agua embelesada’... Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.
“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”
“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”
“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta... Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”
“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atreví a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”
“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas... Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”
“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo..., es posible que desee matarme.”
“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”
Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.
Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone... no sabía que Filiberto hubiera...
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
FIN
1. Deidad azteca de la lluvia.
2. Filiberto no explica en qué lengua se entendía con el Chac Mool.

Saturday, May 19, 2012

A las parcas de Hölderlin

To the Parcae

by Friedrich Hölderlin

 

translated from the German by Emery George


Grant me but one good summer, you Powerful Ones!
   And but one autumn, ripening for my song,
      So that my heart, fulfilled by sweet play,
         Might the more willingly die, contented.
The soul deprived in life of its godly right
   Won’t rest in Orcus, either, not down below,
      Yet if the sacred boon my heart craves
         Should in the future succeed—the poem—
Welcome, then, silence, hail to the world of shades!
   I’ll rest content, even if my lyre and play
      Did not conduct me down there; once I
         Lived as the gods live, and more we don’t need.

Friedrich Hölderlin (1770–1843) is today considered one of the most important modern European poets. His vision focuses on the dark light of Greek civilization and on its significance for Western culture and letters. Concerned in his work with world religion, geography, and the poet’s vocation, he has been seen as a poet’s poet. His lyric capacity ranges from metrical mastery, especially in his renewal of Pindaric epinikion, to a freeverse mode that anticipates the Cantos of Ezra Pound, and finally settles, during his last years, on a calm rhymed verse of pellucid clarity. Among Hölderlin’s followers may be counted W. H. Auden and a school of contemporary Danish poets. His poems and critical prose have been translated, among other places, in Russia and East Central Europe, Latin America, and the Far East. (4/2006)
Emery George, born in Budapest, is a poet, playwright, translator, and scholar specializing in Friedrich Hölderlin’s life and work. He has published twenty-seven books, including nine of poetry and three of verse translations from the Hungarian of Miklós Radnóti and János Pilinszky. At present Mr. George is working on a large translated edition of Hölderlin’s poetry. A tenth collection of poetry and a verse play are scheduled for early 2006 publication by Kylix Press, Princeton. (4/2006)

Friday, May 18, 2012

Two Poems by Hölderlin translated by Michael Hamburger

Holderlin Poems pdf
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Please, listen to the audio!!!


Join “Live From City Lights” in celebration of the work of Friedrich Hölderlin. Hear translator Nick Hoff introduce his new collection of Hölderlin’s early poetry, Odes and Elegies , with readings by special guests Andrew Joron and Susanne Hoelscher.
Friedrich Hölderlin emerged in the early 20th century as one of the key figures of modern European literature. This comprehensive selection of over 80 of his odes, hexameters, and elegies is taken from the important early period of his mature work—a time in which we encounter the poet open to nature and love with a rare vulnerability. The translations in a new book of translations, Odes and Elegies includes poems never before available in English, rendering forcefully and directly the deep longing and heartbreak of Hölderlin’s poetic world; their open, pathos-filled rhythm and disarming clarity present Hölderlin’s powerful work as distinctive English poems.

Friedrich Hölderlin (1770–1843), whose work has influenced such figures as Rilke, Celan, Heidegger, Adorno, and Benjamin, is considered by many to be one of the most important German lyric poets.



  • At Live From City Lights, hear translator Nick Hoff introduce his collection of Hölderlin's early poetry, Odes and Elegies, with readings by special guests Andrew Joron and Susanne Hoelscher. Listen to the podcast here.

"Hoff's version of the odes and elegies of Hölderlin is worthy of comparison to Richard Seiburth's parallel but not competing volume. At every point, Hoff finds extraordinary ways of conveying the astonishing force of Hölderlin's work."
Harold Bloom
"The poems come out as English poems, but—as Dryden would have put it—poems Hölderlin might have written, had he been writing in English."
Keith Waldrop
"Hölderlin, the greatest of all German poets, explored the outer limits and the deepest depths of the German language, and has been considered untranslatable. We have waited so long for an English translation that does justice to the inexplicable mystery of his early mature work; with Hoff's beautiful versions we have one at last."
Werner Herzog
The translations in Odes and Elegies, including poems never before available in English, render forcefully and directly the deep longing and heartbreak of Hölderlin's poetic world; their open, pathos-filled rhythm and disarming clarity present Hölderlin's powerful work as distinctive English poems. A bilingual edition, this book also includes informative annotations and translations of drafts and revisions that give deep insight into Hölderlin's craft and process, shining new light on the unique poetic voice that marks Hölderlin's achievement and continuing influence on poetry and philosophy today.
Friedrich Hölderlin emerged in the early 20th century as one of the key figures of modern European literature. This comprehensive selection of over 80 of his odes, hexameters, and elegies is taken from the important early period of his mature work--a time in which we encounter the poet open to nature and love with a rare vulnerability.

John Fraser - Saying Simply

Hölderlin, Shelley, and Romanticism

I

When a Mr. Nobody from Nowhere like myself (phrase courtesy of The Great Gatsby) is dismissive of a longish poem by a famous poet like Shelley [“Hymn to Intellectual Beauty”], some amplification seems called for.

II

I was in a hurry last time. I wanted to get to those rich and lovely poems by Gautier and Rimbaud, and I think that positives are usually more valuable than negatives. At least, in the absence of some stated positives a negative may look like mere self-indulgence or a naive pseudo-determinism. One doesn’t “like” this or that poem, in the same way that one doesn’t like boiled spinach, and that’s that, end of discussion.
We should not, as serious students of literature, allow ourselves to rest content with saying that we (which is to say “I”) simply dislike something, as if that settled the matter. It seems to me that we should always, as serious students, be trying to clarify, to ourselves and if necessary others, what it is that we dislike—or like—about it.
I don’t mean that one isn’t entitled to say anything at all unless one can offer a full analysis. But one should at least be trying, over the long run, to clarify one’s responses to oneself. I am speaking here of professional or semi-professional readers, as graduate students and their professors are.

III

There is a well-known, or what at least used to be well-known, passage by F.R. Leavis in his essay “Literary Criticism and Philosophy” (1937) about “evaluation.” The whole essay is well worth reading, at least as a starting-point for focussed disagreements, and I may as well provide a copy for our files. But it is a particular passage, which I am appending, that interests me here, or rather, which I want to bring to your attention as a time-saver.
I hope that by now it is clear that we are not, in this seminar, working in terms of dichotomies and of what Stephen Dedalus, as I recall, called “all those big words that make us all so unhappy.” It is not a matter of determining, for example, whether something is “romantic” or “classical” or “realist” and then, that done, knowing what we can or must feel about it.
Such terms are broad-spectrum ones, and it seems to me, as to critics like Leavis and Winters, to be perfectly proper to like, perhaps very much, this or that or those works in some broad-spectrum group (including groups like the collected works of some writer) without feeling under any compulsion to like other works in it.
Leavis was virtually cast out into the academic wilderness for speaking, shall we say, less than enthusiastically about Shelley. (Well, actually it was his first essay on Milton that really caused the damage, Milton being to the then guardians of “tradition” in England what Racine evidently was in France.)
But he accorded high praise to a lot of individual poems or passages by Wordsworth, Keats, and, especially Blake. Was he “anti-Romantic”?

IV

I am not going to say anything more about “Hymn to Intellectual Beauty” here.
What I want to do is bring to your attention a handful of poems and passages by that great and lovely poet Friedrich Hölderlin.
His dates are 1770-1843, but he had a breakdown in his thirties, and another of his translators, Michael Hamburger, refers to “the mere six or eight years granted to him between his first mature poems and his mental collapse”(introd. to Hölderlin, Selected Verse, 1961,.xi). Hamburger also remarks that the development of his poetry during those years “in many ways prefigures the development of all European poetry in the next century and a half”(xxi).
Hegel, Beethoven, and Wordsworth were also born in 1770—not a bad year! Caspar David Friedrich was born four years later.

V

I’ve picked the texts here to illustrate certain points. If you have no German (I myself have very little), it may at least help to know that, in German, words that start with capital letters, I mean words other than those at the beginnings of lines, are nouns.
I will add that German syntax seems to permit of a lot of freedom in the interanimation of words, and that there is a flowingness to some of the series of lines in German here for which it would be hard, or perhaps impossible, to find equivalents in English. Christopher Middleton, himself a respected British poet, seems to me to have performed very creditably a difficult task. In what I now say, I shall be speaking largely of the English versions.

VI

(a) “Hyperion’s Song of Fate.” A brief poem, and yet one that gives us energized equivalents both for the celestial beatitude and the earthly turbulence.
Those blissful spirits walk on floors like velvet, the winds shine, the touch of those winds is like that of a harpist, the calm of those spirits is the animated calm of sleeping babes or flowers harmoniously emerging from their buds, and the gaze of the blissful spirits is calm and clear.
The language of the third stanza is more abstract, but the syntax is straightforward and the lines move fast in German, so that the evoked rapids are themselves energized. The contrast between the calm but organic heavenly beatitude and the in fact, in terms of imagery, inorganic, or at least incoherent, state of our harried and unstable lives in this world down here is further dramatized.
The layout of the lines is particularly effective in the third stanza.
The poem would lose very little were its title removed. When Yeats revised The Wind Among the Reeds, as we know, he removed the proper names from most of the titles. What mattered was what was being said (and felt), not who was doing the saying.

VII

(b) “On a Pale Yellow Leaf.” What we have here would take very little altering to turn it into two or three imagist poems—over a century before Imagism made its appearance.
Middleton’s alteration in the lineation reminds or shows us that the staggering of lines, as later in Pound’s free verse, permits of pauses but lighter pauses than would occur if the eye had to move all the way back to the left margin.

VIII

(c) “In Socrates’ Times.” The lineation here antedates that of Mallarmé’s “Un coup de dés” by some eighty years. I am sure that here it is a way of signalling the lengths of the pauses in the intervals between lines. and the relative speed with which each line moves. In Mallarmé’s famous piece, there seems to be a greater degree of visual miming.
I imagine one could find out whether it would have been possible for Mallarmé to have read this poem.
The lineation of it, to judge from a volume of Hölderlin’s collected works that I dipped into, is Hölderlin’s own. The piece is classified as a sketch or fragment, but it seems complete in its own right.
Hamburger speaks of “the impact of these [late] poems on writers of the Symbolist, Expressionist, and Imagist schools” (xxiv).

IX

Since writing the foregoing I have done what a true scholar would have done straightaway and gone to my one-volume Pléiade edition of Mallarmé’s complete works and discovered that “Un coup”(first published in 1897) has a preface by Mallarmé himself.
I will not risk my own French on translating from it, and am not scholar enough to trudge through the snow in quest of someone else’s Englishing.
But Mallarmé in effect speaks of the printed text as a score for performance, I mean the performance of a reading aloud, which Valéry, as quoted in the same volume, recalls his doing “d’une voix basse, égale, sans le moindre ‘effet’ presque à soi-même” (1582).
The different type-faces, which he evidently chose very carefully, indicate degrees of emphasis, the spaces and word clusters have the effect of slowing down or speeding up how the words go, the hearer is assumed to have in his/her mind’s eye the look of the text (as with conventional verse), and the general effect is an ongoing thinking “Tout se passe...en hypothèse; on évite le récit.”(455)

X

Mallarmé must surely have seen Hölderlin’s lineations. To say that is not in the least to diminsh his own accomplishment.
It is only in a naive view of art that modernism is perceived as an unresting pursuit of total uniqueness, in which getting there second, as in medical research as viewed by would-be Nobel prizewinners, is scarcely better than not getting there at all.
As Hulme reminds us in his essay, a new form (he himself instances blank verse) can have a long life, because opening up new possibilities for a lot of other writers.
The kind of “broken” lineation that we are looking at here obviously took its place among the tools (not quite the right term perhaps, but let it pass) available to writers,

XI

(d) “My Possession”. This is too long and too rich for me to comment on in any detail. But please note how real both worlds are made in the poem.
There is no dwindling of this one down to a handful of cartoon-like generalities in order magnify the asserted superiority of the other.
And because this world and the human doings in it are not reduced to caricatures but are allowed to have their own fullness and at times loveliness, the world beyond this one is accorded a greater fullness of being and is not just a matter of not-this, not-that negatings.
Moreover, the whole poem is a dramatic meditation in the present tense, and a directing of the set of the mind, in this case a religious set.
There is nothing self-pitying or self-dramatising about the poignant voiced acknowledgment of how some of the calmer joys of rooted human living can not be his. And the kind of calm to which he does aspire still, under a nurturing sun that is emblematic of a spiritual blessedness, is noble and utterly unegotistical.

XII

(e) “The Half of Life.” It would take almost no work to change this into four separate Imagist poems.
But of course that would destroy the contrast between the “affirmative” first stanza and the bleaker second, and between the terse and concrete precision of the last three lines of the poem and the questionings in the four lines preceding it.

XIII

I said that I wouldn’t comment further on “Hymn to Intellectual Beauty,” but can’t let it go entirely, or at least certain matters connected with it.

XIV

If I myself have found nothing to admire in that poem, it is not because I disapprove of hymns (in the broader sense of the term), or am indifferent to beauty, or to the beauty (at times) of the life of the mind, or to the beauties at times of what we loosely call nature, or to the general sense, which some people have, of spiritual dimensions to our human world.
Hölderlin, for me, articulates beautifully and movingly what it is like to feel this world and the other (if there is an other) as a continuum.
Shelley on the other hand, with his generalized descriptions of natural phenomena, his cartoon-like phrases like “this dim vast vale of tears... vacant and desolate,” and his diminishment of all the rich complexity of our world to “life’s unquiet dream,” coupled with his to me unbelievable recollection of how “I shrieked, and clasped my hands in ecstasy!”, his scarcely more believable description of his own currently “streaming eyes,” and his commending of himself for keeping his vow, seems to me to be cheapening both this world and whatever transcendent one there may be elsewhere, and elevating himself at their expense.

XV

I am speaking, I must emphasize, of this poem here in front of us [“Hymn to Intellectual Beauty”]. Obviously there are other and better poems by Shelley.
But qualities do not, that I can see, transfer from one poem to another, nor do terms like Beauty, Truth, Justice, Wisdom, and so forth, even when modified by adjectives, carry obvious and discussible meanings the way the rind of an orange carries (we hope) a refreshing system of sweetly juicy segments within it.
This is absolutely, totally, finally my last negativity for the year. I promise! From now on, sunbeams and roses all the way!

XVI

But note how the question of “truth” in poetry cannot be separated from that of the nature and function of verse.
It is natural to feel that because something is in verse, it is therefore essentially different from something in prose.
The British traditionalists who were enraged by modernist free verse in the early 1900’s, as distinct from that of poets like Whitman and Arnold, obviously felt that false, which is to say, unearned, claims to wisdom and insight were being made.
Poets, true poets, wrote in verse, regular verse. These upstart newcomers were charlatans seeking a free ride.
Since then, of course, “real” poets have come to be seen by many as writing in free verse. (In a book on James Wright that I’ve glanced at, the writer speaks diminishingly of Wright “constructing” the Swift poem.)
But either way there was, and is, an evident disposition to feel that certain questions can’t properly be asked of a text as soon as the sign “Verse” has been tacitly raised.

XVII

In this view of poetry, it is improper to ask “truth” questions about assertions in it, whether about the “outside” world or about the poet him/herself. The fact that it is said by a poet is its own validation.
Whereas if I were to say to you in prose, in the course of lamenting how True Teaching has vanished from the world, that one day, when I myself suddenly realized what True Teaching was, I shrieked and clasped my hands in ecstasy, and vowed to dedicate my life to it, and have kept that vow, and am writing the present notes with beating heart and streaming eyes—well, I suspect that an eyebrow or two might be raised.

XVIII

Part of the problem, of course, is that the term “prose” is in fact a wide-angle one, and that whereas the epithet “poetic” is almost always used honorifically, the term “prosaic” is generally not, or at least only in the sense that calling something sensible or commonsensical is a way of saying that it lacks certain vices.
I mean, would you like to be told that you had a sturdily prosaic mind?
Another part of the problem is that a poem on the page is a visual, a shaped object. Unlike prose, its lines do not go all the way to the right-hand margin.

XIX

But if one were to set to and do a cut-and-paste of specimens of all the different varieties of prose, both present and past, I suspect that, as with the famous section of Joyce’s Ulysses in which a hospital lying-in is narrated in a series of pastiches of English prose styles of different writers, beginning with Middle English ones—or, for that matter, in the far greater variousness of that novel as a whole— one would end up with an anthology as big as a comparable one of samples of versified writing, and that there would be a good deal of overlapping.
And my own increasing feeling , which has come upon me in force this year (though I haven’t done any shrieking), is that what we choose to call poems, which is to say things which, among other features, are written in verse, whether “regular” or “free,” are essentially not structures in space (setting aside concrete verse), they are, like prose, structures in time.
When Len read out that passage from A Farewell to Arms, he neatly illustrated this.
When they are read out well, and we are taking them in through the ear, unfamiliar pieces of writing are a matter of syntactical pausings (as signalled by punctuation marks), sentence clusterings (paragraphs/stanzas), varying sentence-lengths, syntactical interrelations (amplifyings, contrastings, etc), semantic /expressive emphasizings, and so on and so forth.
Pound, by the way, was one of Hemingway’s mentors in the early Twenties.

XX

My conclusion for the day is that the lineation of verse, in conjunction with other features that exist in prose, is a mode of quasi-punctuation signalling, in conjunction with punctuation marks and syntax, how something should be read aloud.
(Yes yes, I know that there are exceptions, but exceptions do not automatically demolish a rule, they may merely indicate that it has been phrased loosely.)
After that, it is a matter of figuring out what is being said and felt.
Inferior free verse, like inferior blank verse or inferior readings aloud (in a “yearning” voice, a “tender” voice, etc), simply provides a kind of general ongoing buzz rather than being an affair of precise expressive/semantic effect.

XXI

If I have a reservation about the passage by Leavis, it is that it seems to be tacitly invoking the conventional poetry/verse distinction, which Leavis himself does indeed do elsewhere.
He seems in effect to be talking about what for him are good poems, or simply “poems” (as distinct from “mere verse”) tout court, and he seems to be implying that one must surrender oneself and “become” the poem.
But in fact it takes very little adjustment to accomodate what he says here to what Winters (for me at least) says and does.
One may indeed decide very rapidly, as when flipping TV channels or glancing at the openings of thrillers on the paperback rack, that one recognises on the basis of past experience what kind of thing is being offered, that the mode of expression is banal, and that if one were to persist one would rapidly become bored or irritated or both.
But one has noticed something stylistic, and if one had to offer some explanation of one’s reaction in formal terms, one could probably do some articulating, even though it’s harder explaining how something is banal than how it isn’t.

XXII

In the end, it’s surely how something’s done that matters where poems are concerned and the question of “truth” comes up.
Ideally, Leavis’s formulation suggests, one goes on constructing a mental anthology of works that in their differing ways, whether short or long, weighty or light, one can give oneself to during the act of reading them.
One can be temporarily more loving, or devout, or witty, or elegant, or alert to the particularity of the world around one than one normally is.
And from this perspective, it isn’t whether one endorses this or that major premise in a work (“I don’t believe there’s a God, so I don’t enjoy Dante”), but whether how things are said in the poem is of a sort—intelligent, sensitive, whatever—that one would like to emulate.

XXIII

Yeats admired Shelley, I think throughout his life. (I do not have the time or energy to do the necessary revisiting of texts here.)
For Yeats too, during his earlier upgrowing, the later nineteenth century of (as he saw it) journalism, positivism , endlessly parroted phrases, confident solution-offering about social and personal problems, religious philistinism (Catholic as well as Protestanti), and an increasing coarsening and banalization of the imagination was a wasteland of the soul, especially when experienced amid the drabness of cities.
Joyce makes vivid for us that wasteland in Dubliners and A Portrait of the Artist.
Yeats was not a Christian, any more than Shelley was, but he obviously found appealing Shelley’s dichotomizings in terms of a banal “here” and a beautiful and/or dramatic (but not Christian) “beyond.”
In The Wind Among the Reeds we saw Yeats working in terms of such a dichotomy and trying to locate that “beyond,” or its values, in the heroic Irish past or the visionings of the Irish peasantry.
What made him come to matter so much to so many readers subsequently, in ways that contemporaries of his like Dowson, Johnson, and other Nineties poets did not, was that increasingly he came to embody beauty, valour, and, to use a favourite term of his, nobility, in flesh-and-blood beings and doings in this world, especially the world of “aristocratic” and imagination-charged Irish political strivings and achievings in the name of something greater than oneself, in contrast to (as he saw it) mere grubby money-making or vote-seeking political self-advancement.

XXIV

He also was increasingly able to take cognizance of actual failures and defeats among the good guys, including the inevitability of aging and/or death, and the decline of the body’s powers, without feeling that all the values that he celebrated were undercut by them.
He became the great poet of aging. He also remained a great celebrator of the mind’s powers, both artistic and philosophical, a bold maker of generalizations (not all of them, in my opinion, equally sound), and a craftsman with an impressive variety of forms and tones at his command. He was an explorer to the end.

XXV

We will be looking at an important stage in his evolution in the poems assembled in The Wild Swans at Coole. As before, we will primarily be considering formal aspects of those poems, rather than Yeats’ “thought”.
Poems, even when there is philosophising in them, are not illustrations of thoughts or ideas.
They are not interconnected pools, large or small, into which the same set of ideas flow as from some underground source.
They are thinkings. They are speech acts.
If they weren’t, we might just as well go directly to philosophical, political, and other “prose” texts, where ideas can be stated, illustrated, interrogated, clarified, and defended at an appropriate length.

Texts

From: Friedrich Hölderlin [1770–1843]/Eduard Möricke, Selected Poems, trans. and introd. Christopher Middleton, U. of Chicago Press, 1972.
Hyperion’s Song of Fate

You walk up there in the light
   On floors like velvet, blissful spirits.
      Shining winds divine
         Touch you lightly
            As a harper touches holy
               Strings with her fingers.

Fateless as babies asleep
   They breathe, the celestials.
      Chastely kept
         In a simple bud,
            For them the spirit
               Flowers eternal,
                  And in bliss their eyes
                     Gaze in eternal
                        Calm clarity.

But to us it is given
   To find no resting place,
      We faint, we fall,
         Suffering, human,
            Blindly from one
               To the next moment
                  Like water flung
                  From rock to rock down
                        Long years into uncertainty.

(End of 1797?)

On a Pale Yellow Leaf

On a pale yellow leaf the grape
Cluster reposes
hope or wine
   thus on the cheek
The shadow of the gold
pendant hung
   from a girl’s ear.
And I must never marry,
But the little calf is
Easily caught
In the chain it has broken...

(1804-6)

In Socrates’ Time

Time was when God judged.
                              Kings.
                  Sages.
                     but who judges now?

Does the united
      People judge? The holy fellowship?
      No! O no! but who judges now?
            a generation of vipers! Gutless and false
               the noble word no more
         Passing the lips
O in the name
                     I call
      You, demon of old, down

Or send
   a hero

Or
      wisdom.

(Ca. 1804-6)

My Possession
The autumn day rests in its fullness now
   Grapes gleam pure and the orchard is red
      With fruit, though to the earth a few
         Fair blossoms fell as a thanksgiving.
And out in the country, where I walk a peaceful
   Path, crops are ripe to the satisfaction
      Of men who won them; blithe toil,
         Plenteous too, this wealth is bringing.
From heaven the light looks mildly down and through
   Their trees upon the busy people, sharing
      Their joy, for the fruits ripened
         Not by handiwork of people only.
And do you shine also for me, O golden light?
   Breeze, do you blow my way again, blessing
      As once you did, a joy of mine,
         And flutter my heart as for the fortunate?
Fortune was mine once, yet that gentle life
   Was fleeting like the rose, ah! And the sweet
      Blossoming stars that remain to me
         Tell me of this, and all too often.
Fortune is his who, loving his gentle wife,
   Lives in his home at peace and in an honored land;
      That much the lovelier, for his safe being
         On sure terrain, his heaven shines.
For, like a plant, if it has sunk no root
   In ground of its own, the mortal soul must wither,
      Man being poor and daylight all
         That moves with him on the holy earth.
Too potent, ah! You haul me, heavenly altitudes,
   Upward, battering gales on a calm day—
      And I feel you chop and change, consuming
         Me in my depths, you powers divine!
But let me walk today the quiet familiar path
   To the orchard where leaves that are dying crown
      Every tree with gold; sweet memories,
         Weave for my brow a garland also.
And that, like others, I too may find a place
   To abide and save my mortal heart in, lest
      My soul, unhoused, clean gone
         Above what’s living, pine away,
Be you, O song, my welcoming refuge, bringer
   Of my felicity, the garden kept
      With careful love, where underneath
         Ageless blossoms I shall walk,
Living in sure simplicity, and hear the surge
   Of potent changeful time that roars far off
      With all its waves, and the calmer sun
         Helps everything I do to prosper.
O heavenly powers who bless, benign, above
   All mortal things, each mortal’s own possession,
      Bless also mine, and let not fate
         Bring too soon to the dream an ending.
(Autumn 1799)

The Half of Life

With yellow pears the country,
Brimming with wild roses,
Hangs into the lake,
You gracious swans,
And drunk with kisses
Your heads you dip
Into the holy lucid water.

Where, ah where shall I find,
When winter comes, the flowers,
And where the sunshine
And shadows of the earth?
Walls stand
Speechless and cold, in the wind
The weathervanes chatter.

(1802-3)

Hälfte des Lebens

Mit gelben Birnen hänget
Und voll mit wilden Rosen
Das Land in den See,
Ihr holden Schwäne,
Und trunken von Küssen
Tunkt ihr das Haupt
Ins heilignüchterne Wasser.

Weh mir, wo nehm ich, wenn
Es Winter ist, die Blumen, und wo
Den Sonnenschein,
Und Schatten der Erde?
Die Mauern stehn
Sprachlos und kalt, im Winde
Klirren die Fahnen.