Monday, December 26, 2011

Hölderlin: locura y santidad

FRANCISCO SEGOVIA [tomado de aquí]
Hölderlin: locura y santidad*
Como el canto del ruiseñor, entre las
sombras, es en medio de los más profundos
sufrimientos donde suena divinamente a
nuestros oídos la canción de vida del mundo.
(Hölderlin, Hiperión)

Cuando estoy ausente, en vez de mí, hablan
las flores del cielo, las florecientes
constelaciones,
y las de la tierra brotan multiplicadamente.
(Hölderlin, Empédocles)


1
Me han pedido que hable aquí sobre "Hölderlin y el inconsciente". No sé si podré hacerlo. En principio, porque supongo que el tema que me han propuesto se refiere a las ideas de Hölderlin sobre el inconsciente, y no a mis ideas sobre el inconsciente de Hölderlin. Y en verdad, yo haría muy mal en hablar aquí de esto último —y especialmente de las causas de la locura de Hölderlin—, pues en ese caso ustedes estarían en todo su derecho de esperar de mí una versión más o menos enterada de los tecnicismos del caso. Pero estoy lejos de poder cumplir esa expectativa.

En el nivel psiquiátrico, por ejemplo, conozco —como quizá conozcan también algunos de ustedes— el ensayo que Karl Jaspers dedicó al "caso Hölderlin" en su Genio y locura,1 pero nada más. No acudí, por ejemplo, a la bibliografía psiquiátrica que él comenta, pues me parecía claro que ésta se dirigía más bien a los especialistas y, sobre todo, porque Jaspers mismo me convenció de que, en su mayoría, los psiquiatras entendían bastante bien "lo psiquiátrico" del "caso Hölderlin", pero casi nada de "lo poético", que es tanto como no comprender en absoluto el caso que tienen entre manos. Y no es que Jaspers se opusiera a que los poemas que Hölderlin escribió (cuerdo o en sus años de locura) fueran vistos como síntomas de su padecimiento; es que no podía dejar de fustigar los juicios que los psiquiatras emitían sobre ellos, pues en general daban por hecho sin mayor discusión que su valor intrínseco o estético no sólo les era indiferente sino que les parecía incomprensible, cuando no francamente trivial. Él se colocó, más humildemente, en el extremo opuesto:

A nada conduciría aplicar a la poesía de Hölderlin nuestros conceptos psiquiátricos —dice Jaspers—, por lo rudimentarios que son. En cambio, las cualidades de esta poesía acaso arrojen alguna luz sobre la personalidad esquizofrénica (o, mejor dicho, de uno de los numerosos tipos que pueden distinguirse entre los que padecen esta enfermedad), contribuyendo a que nos hagamos una idea clara de lo que hemos de entender bajo esa denominación.2
Jaspers no pretende pues sancionar la locura del poeta en sus poemas sino aprender de ella en ellos. Al cabo —dice—, "en este lamentable cuadro de desmoronamiento mental aún queda algo indefinible que nos dice que la víctima es Hölderlin y ningún otro".3
Pero Jaspers no es el único pensador que ha mostrado este respeto por la obra de Hölderlin en relación con su locura. Heidegger, por ejemplo, se toma tan a pecho la frase donde se dice que Hölderlin delata su esquizofrenia ("puedo decir que Apolo me ha golpeado")4 que ve en ella una suerte de iluminación. Y así dice, en Arte y poesía:
Si comprendemos [la] esencia de la poesía como instauración del ser con la palabra, entonces podemos presentir algo de la verdad de las palabras que pronunció Hölderlin, cuando hacía mucho tiempo la noche de la locura lo había arrebatado bajo su protección.5
Bajo su protección... Pero decir que la locura arrebata a Hölderlin "bajo su protección" ¿no supone reconocer en las palabras del poeta un rango superior al de las palabras comunes, aunque el poeta esté declaradamente loco —o más bien precisamente por eso? En otra parte, la extrema reverencia de Heidegger por la poesía de Hölderlin lo obliga a reconocer una grave falta al "hacer mal uso de su poesía como una fuente muy rica para una filosofía".6 Y no le faltaba razón, al menos según el parecer que muestra juguetonamente Hölderlin en una carta de 1798, cuatro años antes de perder la razón:
¡Ay! —dice Hölderlin—. Desde los albores de la juventud mi ánimo, asustado del mundo, se ha replegado en sí mismo, de lo que todavía padezco. Claro es que hay un hospital en donde todo poeta tan desdichado como yo puede refugiarse sin desdoro: la filosofía...7
2
No les hablaré, pues, del inconsciente de Hölderlin ni de las causas de su locura. Pero tampoco estoy seguro de poder hablarles sobre lo que es el inconsciente para Hölderlin. No, al menos, si concedemos al término inconsciente el valor que ha tomado a partir de Freud, y que se refiere a un dominio más bien técnico (el de la psicología o el del psicoanálisis) que no existía en tiempos de Hölderlin. Esto, sin embargo, no quiere decir que no hubiera ya entonces una noción parecida o análoga a la que hoy tenemos. De hecho, en cuanto tal noción, el inconsciente es producto justamente de la época de Hölderlin —como puede verse en El inconsciente antes de Freud, de Whyte8 — y hasta se dice que la primera aparición de la palabra inconsciente —más o menos en el sentido moderno— ocurre en una obra de Novalis, casi estricto contemporáneo de Hölderlin (por lo menos del Hölderlin cuerdo).
Dicho de otro modo: la idea de que hay en los seres humanos una conciencia que ellos mismos no advierten flotaba en el aire que respiraban los escritores románticos, particularmente los poetas y especialmente en Alemania. Cuando cobró cuerpo teórico, sin embargo, lo hizo entre los pensadores, y en tres versiones canónicas, que Paul Ricoeur llama "teorías de la falsa conciencia" —a saber, las doctrinas de Marx, Nietzsche y Freud. Estos tres pensadores coinciden en un punto: todos ven en ciertos actos humanos un impulso del que los mismos actores no tienen conciencia, y todos en algún sentido suponen que ese impulso inconsciente (ya se llame ideología, voluntad de poder o neurosis) se puede racionalizar.
Los poetas que precedieron a estos filósofos no llegaron a tanto. Ninguno supuso, por ejemplo, que esa conciencia fuera "falsa" de por sí, o por estar oculta; ni mucho menos creyeron que tuviera que ser desenmascarada. No pretendieron pues ni una praxis ni una clínica —por usar los términos marxista y freudiano—, pero no por eso fueron indiferentes a los actos a los que los convocaba su particular noción de "inconsciente"; es sólo que en general prefirieron enfocar el asunto en un ámbito poético o mítico —en el más amplio sentido, religioso. Por eso, quizá, Heidegger volvió especialmente emblemáticos estos versos de Hölderlin:
Lleno de méritos, pero es poéticamente
como el hombre habita esta tierra

y
¿Para qué poetas en tiempos de miseria?



3


Aunque no lo diga Heidegger, hay en los versos anteriores un fuerte anuncio de lo que luego sería Nietzsche. Pero ¿qué pueden decirnos ellos mismos sobre el inconsciente? Poco, en verdad. Y sin embargo apuntan a un ámbito desde el que se adivinan los vestigios de algo que los hombres hemos olvidado y que por lo tanto hoy está oculto a nuestra conciencia; apuntan —diría Hölderlin— a la huella que han dejado los dioses al apartarse de nosotros. Pues si este tiempo es de miseria, de penuria e indigencia, es porque los dioses ahora viven en el exilio —según diría más tarde Heine— y nosotros hemos olvidado casi por completo su lenguaje. De ese olvido proviene una ruptura del hombre con la Naturaleza (la divinidad) y, en consecuencia, un desconocimiento de sí en cada quien. Hölderlin dice esto de mil maneras. Por ejemplo, en un poema titulado "La despedida":
¿Partir uno del otro? ¿Y lo creímos justo y
acertado?
Y cuando estuvo hecho ¿por qué nos asustó
como si fuera un crimen?
Poco nos conocemos
pues un Dios reina dentro de nosotros.
Quisiera que por ahora evitáramos darle a ese Dios un valor psicológico (el del inconsciente, por ejemplo, el de la represión) y nos contentáramos con lo que los versos dicen por sí mismos; esto es, que nos conocemos poco porque cada quien lleva un Dios dentro de sí. Quiero que nos quedemos en esto porque creo que estos versos de "La despedida" pueden servirnos para enfocar uno de los temas centrales de Hölderlin. Y es que, visto así, en ellos, ese Dios que por naturaleza propia es distinto de cada quien (que lo lleva dentro), y a la vez distinto en cada quien, es al mismo tiempo un solo Dios, el mismo para todos. Y así, uno es cada quien y el dios que lleva den-tro, como si la vida tuviera por sí misma una vida propia, independiente de nosotros, y esa vida se viviera en nosotros al modo de un Dios. Refiriéndose a su novela, Hiperión, y al amor de Hiperión por Diótima que se describe en ella, el mismo Hölderlin le pide a la Diótima real (a Susette Gontard) que considere "todo lo que aquí y allá se dice acerca de ellos y de nosotros, de la vida de nuestra vida, como un testimonio de gratitud que no pocas veces es tanto más verdadero cuanto mayor es la torpeza con que se expresa".9
Un Dios múltiple y único, pues, y una misma vida que se vive distinta en cada pecho. Se trata aquí tal vez de una puesta al día de la vieja idea griega del Todo-Uno, pero tanto en la carta como en el poema Hölderlin muestra algo más que su versión gnóstica —por así llamarla—, pues no sólo reconoce el valor de la experiencia religiosa independientemente del carácter de los individuos y del nombre que cada quien le dé a la divinidad, sino que además reúne en un mismo destino lo único y lo múltiple, al individuo y a la comunidad. Los reúne y los re-liga —como es propio de las re-ligiones— en un terreno común que, por serlo, se ve como un destino y, a la vez, como una representación. En esto Hölderlin coincidía en principio con su compañero de estudios (y de habitación) en el Seminario de Tubinga, Hegel, pero se separaba de él en cuanto a la forma de concebir esa unidad en el tiempo. Hegel acabaría mirándola como un despliegue del espíritu en la historia, como una evolución y, finalmente, como un progreso; Hölderlin por su parte, más apegado a las maneras griegas, miraría ese transcurrir, más que como un verdadero despliegue, como un ámbito donde es posible el cambio. No la evolución ni el progreso sino el cambio, la trasformación. Un ámbito, por cierto, donde conviven (para quien quiera y pueda verlos) el presente, el pasado y el futuro, y donde todo lo que fue, será; esto es: un mundo. Así se lo dice Empédocles a Pausanias en el drama de Hölderlin: "Ve, no temas nada: todo retorna. / Lo que haya de ocurrir está ya consumado".
Dilthey arguye un motivo psicológico detrás de esta idea de Hölderlin cuando dice que "en un temperamento así, que vive en la conexión íntegra de la interioridad, el pasado actúa como presente".10 Puede ser. Pero no hay que olvidar que, por otra parte, Hölderlin nos pone frente a un mito muy poderoso y antiguo (el del eterno retorno) y que sólo por él puede entenderse que la promesa de una vida futura se cumpla en la restauración del pasado, en la "recordación" de ese destino que los hombres hemos olvidado. Dice Hölderlin en el cuarto fragmento de "Pan y vino":
Delfos duerme. ¿Dónde retumba la gran
/voz del destino?
¿Dónde está ese destino veloz?
¿Aún desciende el relámpago
que nos colma de sus favores cuando deslumbra
desde lo alto de un cielo claro, entre el
/ruido del trueno?
¡Oh padre éter! Un grito como éste volaba
/de boca en boca,
mil veces repetido. Y nadie debía vivir solo.
Un bien semejante, repartido entre todos,
da la alegría [...]
y más adelante, hacia el final del poema:
[...] Insensibles somos y parecidos a las
/sombras
Un día, no obstante, nuestro Padre, el
éter,
/de todos conocido,
será el patrimonio de todos. Y en la espera
/se acerca
el Hijo del Altísimo, el dios sirio.
Sabios venturosos lo ven; una sonrisa
/asciende de alma cautiva
y brilla; sus ojos se abren a la luz.
Sí, un bien semejante da alegría, y los sabios ven anunciada su llegada... Pero es preciso que su voz sea escuchada. Por eso tantas voces quieren hablar y hablan en los versos de "Pan y vino": "la gran voz del destino", "el ruido del trueno", "un grito [...] mil veces repetido"... ¿Las oyen? Son las voces de la poesía. Y se oyen en el terreno común que es la poesía.



4


Nadie se extrañaría si dijéramos que la poesía es "una voz común", pero el párrafo anterior implica además casi lo contrario: que la poesía es "un oído común", el éter —como diría Hölderlin— que precede y da sustento al lenguaje todo. Trataré de explicarme.
Unir lo único con lo múltiple significa desde luego, por una parte, hacer de la voz del elegido la voz del pueblo (tema constante de los poetas románticos), pero al mismo tiempo significa fundar el habla común en la poesía. Y esto es bastante más extraño. Para explicarlo, Heidegger dice que "la palabra esencial, para entender[se] y hacerse posesión más común de todos, debe hacerse común".11 Lo que el poeta instaura entonces es esa "palabra común" en torno a la cual se reúne el pueblo. No rebaja la palabra esencial por hacerla común: la comunica. Por eso el poeta es para Hölderlin y para Heidegger un héroe y un profeta, aquel que aún colige algo del lenguaje olvidado de los dioses y viene a entregárnoslo de nuevo como un don. El octavo fragmento de "Pan y vino" dice:
El pan es fruto de la tierra, pero lo bendice
/la luz,
y al dios tonante debemos la alegría del
/vino.
Estos dones nos recuerdan a los inmortales,
/que antaño
vivieron entre nosotros y a su tiempo
/volverán.
Por eso los poetas ofrecen al dios del vino
/graves cantos,
y para el antiguo dios no son vanas
/quimeras.
Pero he dicho "de nuevo" y he dicho "como un don". Y es que, por cualquier lado que se la vea, sigue siendo misteriosa la forma en que el canto "común" de los poetas llega sin embargo a los oídos del dios, acostumbrado a escuchar sólo palabras esenciales. ¿De dónde procede entonces la voz de los poetas y por qué es después de todo inteligible tanto para los dioses como para los hombres? La obra de Hölderlin supone que este problema no se resuelve nunca satisfactoriamente en términos meramente racionales. Por eso se hace necesario plantearlo míticamente. Véanse, si no, estos versos suyos:
Los hombres hemos experimentado mucho,
hemos nombrado a muchos dioses,
desde que somos un diálogo
y podemos oír unos de otros
Heidegger comenta al respecto:
"Desde que somos un diálogo"... El ser del hombre se funda en el habla; pero ésta acontece primero en el diálogo. Sin embargo, esto no es sólo una manera como se realiza el habla, sino que el habla sólo es esencial como diálogo. [...] Somos un diálogo significa que podemos oírnos mutuamente. Somos un diálogo significa siempre igualmente que somos un diálogo. Pero la unidad de este diálogo consiste en que cada vez está manifiesto en la palabra esencial el uno y el mismo por el que nos reunimos, en razón de lo cual somos uno y propiamente nosotros mismos. El diálogo y su unidad es portador de nuestra existencia (Dasein).12
Es una tesis radical, pero no tan extraña si se piensa en las cosas que concluyen a menudo los pensadores que se dedican a Hölderlin. Dilthey, por ejemplo, deduce de las ideas del poeta un principio también radical: el de que "del arte brota [...] la religión".13 Con todo, no puede decirse en realidad que los comentarios de Dilthey y Heidegger racionalicen el mito tal como éste aparece en Hölderlin, sino sólo que ofrecen a la razón las condiciones que vuelven necesaria su aparición. Con ello quiero decir que aun en la exégesis de Heidegger el problema del lenguaje sigue apareciendo como mito; esto es, como una representación simbólica. Se le ha reprochado a veces, por ello, que se muestre más escritor que filósofo en sus obras más tardías. No importa. La acusación, de por sí superflua, resultará más superflua todavía si dejamos que sea el mismo Hölderlin quien explique la necesidad de esta clase de representaciones.
En un fragmento en prosa, que los editores han dado en titular "Sobre la religión", dice Hölderlin (y lo cito por extenso):
Aun cuando los hombres —me preguntas—, con arreglo a su naturaleza, se eleven por encima de la necesidad y, así, se encuentren en una relación más múltiple y más íntima con su mundo, aun cuando ellos, tan lejos como se eleven por encima de la necesidad física y moral, vivan siempre una vida humanamente más alta, de modo que haya entre ellos y su mundo una más alta conexión —más que una conexión mecánica—, un más alto destino, aun cuando efectivamente esta conexión más alta sea para ellos mismos lo más sagrado, porque en ella se sienten reunidos ellos mismos y su mundo y todo lo que ellos tienen y son, ¿por qué —me preguntas— precisamente tienen que representarse la conexión entre ellos mismos y su mundo, por qué tienen que hacerse una idea o una imagen de su destino, que, exactamente considerado, ni se dejaría justamente pensar ni tampoco yace ante los sentidos?
Así me preguntas y sólo puedo contestarte esto: que incluso el hombre se eleva por encima de la necesidad en cuanto que él puede y quiere acordarse de su destino, agradecer su propia vida; que él también siente más generalmente su conexión, más general, con el elemento en el que se mueve [...]14
Me detengo un instante en este último párrafo, sólo para señalar a la pasada las similitudes que este olvido fundamental tiene en Hölderlin, por un lado, y en Freud y Marx, por el otro. Los tres ven en él, en efecto, la huella de una falta que es preciso resarcir. Sólo que para Hölderlin ese resarcimiento tiene además un valor en cuanto experiencia religiosa: acordarse del destino es agradecer la propia vida, que entonces se siente inmersa en su elemento... Pero sigamos:
Aquellas relaciones más infinitas, más que referentes a necesidad, de la vida pueden, ciertamente, también ser pensadas, pero no meramente pensadas; el pensamiento no las agota, y, si hay leyes más altas, que determinan aquella conexión más infinita de la vida, si hay leyes divinas no escritas, de las cuales habla Antígona [...] —y tiene que haberlas, si aquella conexión más alta no es un delirio—, digo que, si tales hay, entonces, en la medida en que son representadas, en que son concebidas meramente para sí y no en la vida, son insuficientes [...]15
[...]
...y ninguna otra cosa mienta y tiene que mentar, cuando habla de una deidad y habla de corazón y no a partir de una memoria servicial o por profesión. La prueba está en pocas palabras. Ni sólo a partir de sí mismo, ni únicamente a partir de los objetos que le rodean, puede el hombre experimentar que hay en el mundo más que un discurrir mecánico, que hay un espíritu, un dios, pero sí puede experimentarlo en una relación más viviente, elevada por encima de la necesidad, relación en la que él se sostiene con aquello que le rodea.16
Me detengo de nuevo. Esta vez para subrayar en el párrafo anterior la oposición entre las concepciones "mecanicistas" y "vitalistas" que imperaban en la época de Hölderlin. Visto a la luz de nuestros días, al tomar partido por las últimas el poeta no sólo manifestaba el descontento general de los románticos frente a la imagen del universo que heredaban de la Ilustración (y cuya crítica más emblemática se halla quizá en el Frankenstein de Mary Shelley) sino que daba pie a lo que un siglo y medio más tarde serían las reflexiones de Heidegger en torno a la tecnología y la deshumanización del mundo, que en cierto sentido puede interpretarse como una abjuración de la Naturaleza y una pérdida de la confianza en ella, como una "enajenación" y un extrañamiento frente al mundo, que ahora se vuelve mudo.
Pero volvamos al mito que pone en evidencia la intimidad que según Hölderlin debe gobernar sobre las relaciones del hombre y su mundo:
 
[...] las relaciones religiosas en su representación no son ni intelectuales ni históricas, sino intelectuales históricas, esto es: míticas, tanto por lo que toca a su material como por lo que toca a su exposición. Así, pues, por lo que se refiere al material, no contendrán ni meramente ideas o conceptos o caracteres, ni meros sucesos, hechos, sino ambas cosas en uno [...]
Así también la exposición del mito. Por un lado, sus partes son compuestas de tal manera que [...] ninguna sobresale demasiado y cada una recibe, precisamente por ello, cierto grado de autonomía [...]17
Ideas y sucesos, "ambas cosas en uno", y partes autónomas de un mismo relato que es, al mismo tiempo, una única imagen. ¿No vemos aquí algo más que la reunión de lo único y lo múltiple, del individuo y su comunidad; una consecuencia más grave y fundamental? En efecto, borrando vitalmente esta frontera se borraría también el umbral que separa a lo objetivo de lo subjetivo.
"Sería así poética, según su esencia, toda religión", concluye Hölderlin.18



5


La experiencia de esta religión que ha borrado por completo la diferencia entre el sujeto y el objeto se aviene bien y en términos de igualdad con las "cosas" de la naturaleza, que para Hölderlin son sagradas, como el hombre, por el simple hecho de que son. ¿No declaraba él mismo, con reverencia: "si yo volviera a nacer ¡cuánto me gustaría ser un roble!"? ¿No es ésta acaso la afirmación de un griego? Tal vez pensaba en eso Luis Cernuda cuando escribió:
Siempre extrañará a alguno la hermosa diversidad de la naturaleza y la horrible vulgaridad del hombre. Y siempre la naturaleza, a pesar de esto, parece reclamar la presencia de un ser hermoso y distinto entre sus perennes gracias inconscientes. De ahí la recóndita eternidad de los mitos paganos, que de manera tan perfecta respondieron a ese tácito deseo de la tierra con sus símbolos religiosos, divinos y humanizados a un tiempo.19
Y es sin duda pensando en esa naturaleza como declara Hölderlin que "todo es íntimo". No hay pues ya nada fuera de la experiencia en que él se funde con ella y que los críticos han llamado con justicia "panteísta", y que por lo mismo ven como un mundo intrascendente.
Pero ¿es esto justo? ¿No se da justamente el arrebatado abatimiento en ese mismo poeta que aspiraba siempre a lo más alto? Sí, si damos crédito a Jaspers. Y entonces en ese abatimiento habrá de cumplirse una ascensión; en ese panteísmo inmanentista, la trascendencia. ¿Puede ser esto? No lo sé. Me parece claro, por una parte, que la necesidad de establecer un mito para representar la experiencia de intimidad con el mundo obedece a que no es posible hablar de esa experiencia sin estar a la vez en el mundo, experimentando esa intimidad. Pero, como esta experiencia es la de una comunicación y un diálogo, tendemos a suponer que ocurre en un terreno común a quienes participan en él. El problema reside, entonces, en que de ese modo imaginamos que el diálogo mismo es distinto de los "dialogantes", a quienes acoge, lo que vale tanto como decir que es diferente de la lengua en que se efectúa. Pero que todo sea íntimo supone que ese diálogo, los dialogantes y el espacio en que dialogan no son cosas distintas, y que su "ser verdadero" reside justamente en ser un diálogo, una comunicación. Por eso para Hölderlin el restablecimiento de la dignidad del universo consiste en "recordar" la lengua en que se da ese diálogo: la lengua de la intimidad, la lengua de los dioses.
Pero ¿cómo justificar entonces que esa lengua no sea una mera literalidad; que el nombre de las cosas no las haga aparecer en su materialidad (como ocurre en la Creación judeo-cristiana?) sino en su sentido? Hölderlin dice que sólo se puede hablar del sentido del mundo en términos de una representación, pues el sentido no se presenta realmente a los ojos de la razón. La razón falta a la verdad en la medida en que presenta la experiencia del mundo como un diálogo entre dos entidades que no tiene más remedio que suponer distintas y discretas (el hombre por un lado, el mundo por otro). Pero, al distinguirlas de este modo, así sea sólo provisionalmente, les arrebata el lenguaje, que si bien sigue siéndoles común y es atributo suyo, ya no constituye su esencia. Por eso para la razón el mundo tiene que ser mudo. De otro modo ¿qué valor tendrían sus propios predicados sobre él? ¿Cómo justificar entonces la ciencia, la filosofía?
Hölderlin comprende este dilema de la razón positiva, pero no se conforma con lo que conlleva; a saber, una desacralización de la experiencia del mundo. Para él, la representación se sustenta en la experiencia, que es en sí misma diálogo y lenguaje. Pero entonces ¿cómo hablar de ella? ¿Cómo referirse al diálogo desde fuera del diálogo? ¿Como hablar del habla sin hablar?
Podría parecer que nos hallamos aquí ante un callejón sin salida, y que lo mejor sería guardar silencio... Pero existe la poesía. Quiero decir con esto que el callejón sin salida se presenta sólo ante los ojos de la razón postiva, que no puede ex-poner discursivamente la relación entre el mundo y el hombre sin suponer —así sea sólo provisionalmente— que en ella están presentes de manera distinta y discreta el hombre y el mundo. Pero ni la poesía ni la experiencia religiosa se someten a esa misma exposición discursiva. El mundo al que ellas se refieren no queda ex-plicado en lo que dicen sobre él. No. El mundo está im-plicado en lo que dicen. Por eso es un diálogo y es íntimo. Y por eso, al presentarlo a la razón, aparece como mito. Porque, ante la razón positiva, aquello que funda la relación del hombre con su mundo (aquello que sustenta la solidaridad entre el mundo y su representación) no puede presentarse más que bajo la forma de un mito. O de un poema. De ahí en adelante la razón positiva puede lavarse tranquilamente las manos y hacer de cuenta que la experiencia de ese mundo (y su expresión poética) no es asunto de su incumbencia. De ahí en adelante puede olvidar.



6


Pero que la razón positiva llegue sólo hasta aquí no implica que aquí se detenga toda reflexión sobre el asunto. Heidegger, por ejemplo, retoma justo en este punto el hilo de Hölderlin, y lo alarga todavía otro tramo. Si la crítica basa en ello sus pruritos hacia lo "literario" de su obra es, quizá, porque ve con desconfianza el "inmanentismo" que parece conllevar. No se lo podía reprochar a Hölderlin, que es un poeta, pero sí a Heidegger. Y es comprensible que así lo haga, pues la razón positiva en realidad no puede suponer —como parece hacerlo Heidegger— que Hölderlin haya cumplido en la locura el destino que él mismo había vislumbrado siempre para sí mismo en sus poemas. Y tampoco puede seguir a Hölderlin, sensatamente, hasta el punto de coincidir con él en que los dioses a veces tocan a los hombres con la locura, y que la locura es por lo tanto un don sagrado —y un don, como debe ser, más bien inútil, superfluo ante los ojos de los mortales comunes, desperdiciado. Pero al decir que esto no puede suponerse en realidad no estoy implicando que no pueda suponerse en absoluto —como metáfora por ejemplo, o, una vez más, como mito.
En cuanto tal mito, no me parece difícil aceptar que Hölderlin haya cumplido cabalmente su destino, como acepto el mito del Genio y el de la inspiración en los poetas —y hasta me valgo de él, como Jaspers, para intentar comprender algo que no pertenece, estrictamente hablando, al mundo del mito. Y esto porque creo que la locura no está nunca del todo vacía de sentido y que siempre tiene algo que decirnos sobre el mundo en el que, sin embargo, tiene lugar. Es decir, porque creo, como el dicho popular, que "no hay loco que coma fuego". O porque creo, como dice Jaspers, que "el espíritu en sí no puede enfermar"20; que "durante la esquizofrenia puede el paciente dar un sentido a ciertas vivencias que le proporciona su enfermedad, y valorarlas en relación con su existencia espiritual", pues "por sí misma la locura no es un fenómeno de orden espiritual"21... y Hölderlin sigue siendo evidentemente Hölderlin en su locura.
No se me escapa que deslindar de este modo locura y espíritu tiene a su vez algo de mitológico (y muy poco de psiquiátrico, además), pero es quizá una buena estrategia para intentar comprender de qué modo Hölderlin, su poesía y su locura han llegado a reunirse tan íntimamente en un mismo mito y para buscar en él aquello que lo vuelve milagroso. Tan milagroso que convierte la locura en santidad. Me explicaré.
Que Hölderlin haya cumplido cabalmente el destino que él mismo vislumbraba para sí (y que consistía precisamente en mostrar poéticamente cuál ese destino que se cumplía en mostrarlo) sólo puede verse como una coincidencia si uno se sitúa fuera, muy afuera de la obra misma del poeta y, en consecuencia, de su caso específico. Es lo que hacen por lo general los psiquiatras, y lo que les reprocha Jaspers. Pero para situarse dentro de esa obra es preciso reconocer lo que de mítico hay en ella, y por lo tanto proponer que "el espíritu no enferma". Sólo así puede entenderse que la obra de Hölderlin se haya visto coronada por la locura; porque sólo de esta manera la locura viene a decir lo mismo que la obra y, a fin de cuentas, lo mismo que la vida toda del poeta, como si en su locura se condensara todo su ser. Sólo en ese sentido puede decirse que, en el caso de Hölderlin —puesto que es un mito—, la locura es santidad. Porque fuera de ahí no podríamos comprender que esté "en brazos de los dioses" quien está postrado en la más pura indigencia y cuyo aspecto —según le escribe Schelling a Hegel en 1803— "repugna de puro abandono".22
Hölderlin presentía esto al escribir que, en su juventud, "las grandes palabras doradas de la muerte de los héroes empezaron a llenar mi corazón de un espanto cargado de presentimientos".23 Pero no sólo intuyó su locura sino que vio en ella el precio que debía pagar a los dioses por revelar entre los hombres su mensaje. Unos versos de su Empédocles nos servirán de ejemplo. En ellos el sacerdote Hermócrates muestra la necesidad del destino trágico de los héroes (y del de Hölderlin):
Funesto como el fuego o la espada
es el espíritu del hombre, émulo de los dioses,
cuando no sabe callar y esconder su secreto
celosamente. Mas si lo guarda
en el fondo del alma, sin dejar entrever
sino lo imprescindible, entonces es un bien
este fuego que todo lo devora al romper sus
/cadenas.
¡Fuera de aquí quien desnuda su alma
y descubre sus dioses, el temerario
que pretende expresar lo inexpresable,
y, como si fuera agua, deja correr
la peligrosa ciencia que atesora! Quien tal hace,
peor es que un asesino... y, como un criminal
debe pasar su vida entre aflicciones
todo el que pone en manos del hombre lo
/divino.24
Hay en ello un pecado de desacato y desmesura, una hybris, como decían los griegos, que los dioses del Olimpo castigan sin remedio. Y castigado por el Olimpo se siente Hölderlin, golpeado por Apolo, sacrificado ("crucificado", como se sentiría Nietzsche, arrebatado a su vez, y "cobijado", por su propia locura).
Y la misma dramática aptitud para participar, aun débilmente, en una divinidad caída y en un culto olvidado, convierte a esos seres mortales en seres semidivinos perdidos entre la confusa masa de los humanos. Tal fue el caso de Friedrich Hölderlin —dice Cernuda.25
Sí, ese fue siempre su destino para él, y lo es para nosotros. No otro, menos trágico o menos griego, pues todo cuanto le atañe implica una vuelta a Grecia. Aun la revolución que propugna ha de volver a Grecia, si en verdad quiere devolver a los hombres su legítima libertad y su antigua dignidad. En el prólogo a su traducción de los Poemas de Hölderlin, José-Miguel Mínguez dice que el poeta "ve la promesa de una vida dichosa [aun] en la oscuridad y en lo anodino de su siglo. El futuro será un retorno: el retorno a Grecia".26



7


Pero ¿por qué Grecia? ¿Por qué no evitar en este grave asunto el uso de ese símbolo que su propia época tanto desgastó, según el mismo Hölderlin se lo reprocha a "Los poetas hipócritas?":
[...] ¡no habléis de los dioses!
Sois demasiado razonables para creer en Helios,
en Zeus tonante, en el dios de los mares.
La tierra por vosotros está yerta.
¿Qué agradecimiento iréis a presentarle?
¿Por qué pues justamente Grecia? Por sinceridad y honra. Dilthey dice que, a diferencia de sus compañeros de Tubinga (Hegel y Schelling), Hölderlin captaba el punto más hondo de la concepción griega del mundo: la idea de la afinidad entre la naturaleza, los hombres, los héroes y los dioses. Los helenos representaban para él la experiencia viva de nuestra interior comunidad de ser con la naturaleza; un arte que exalta la belleza del mundo basada en esta unidad de la vida y respeta las grandes pasiones en lo que tienen de santo; el culto de la amistad, del heroísmo y de ansia por una existencia grande, peligrosa y heroica. En medio de la miseria de la vida alemana de aquel entonces, jamás le abandonó la nostalgia de este mundo ya desaparecido.27
Hölderlin ve en los griegos la última nación de hombres que aún habló la lengua de los dioses y los llamó "por su nombre". Y no puede evitar gritarlo a los cuatro vientos. Por fidelidad a sí mismo, por sinceridad y honradez, cualidades que no sólo lo calificaban a él sino que, a los ojos de Dilthey, sustentaban el edificio entero de su experiencia religiosa: "Lo único que quería —dice Dilthey— era mantener su alma pura. De esta pureza de alma nacía lo que había en él de vidente".28
Uno presiente en estas palabras, una vez más, a Nietzsche, que tampoco vio en los dioses de Grecia un mero recurso literario para dar un lustre clásico y erudito a su literatura, cosa tan frecuente en su época. Y es que no hay nada más alejado de Hölderlin que la actitud de Schiller (su maestro, sin embargo, y protector), que simplemente —como los psiquiatras de Jaspers— veía en los dioses griegos "hermosos seres del país de la fábula".29 No. "Hölderlin es el único poeta al que se debe creer cuando dice que cree en los dioses", como escribe Guardini. Porque es sincero y es sólo esa sinceridad lo que puede servirles de divisa tanto al milagro de Hölderlin como a su locura. Otra vez en palabras de Guardini:
 
El sentido religioso de Hölderlin era extraordinario por su pureza y desarrollo. Puede decirse que tomó la dirección de su vida espiritual. Lo que definitivamente determinó su tabla de valores fue la experiencia religiosa, unida a una potencia maravillosamente pura de visión poética y de expresión. Mas tanto la actitud religiosa como la poética de Hölderlin, distinguíanse profundamente de las características de los tiempos modernos: les faltaba subjetividad. Su conciencia religiosa se enderezaba no a estados o alteraciones personales, sino a fuerzas y entidades objetivas. La interioridad a que llegaba no era una esfera subjetiva, sino las profundidades del ser real, del hombre singular, del pueblo, del río, de la montaña, de la planta y del animal, de la tierra, del mar, finalmente, del mundo. Y lo que exigía su temperamento artístico era, no comunicar propias experiencias, sino alabar sublimes entidades, publicar potestades, ser anunciador de grandes sucesos, emisario de los mandatos del mundo.31
La misma sinceridad que antes vimos como divisa de las verdades del poeta se muestra ahora aquí como inocencia. Por eso aquel regreso a Grecia suele verse también como una vuelta a la infancia. No es extraño. Hölderlin mismo a menudo asociaba la infancia con lo divino (que tampoco tiene destino) y con una natural disposición a escuchar con claridad, inocentemente y con pureza, lo que se dice en la lengua de los dioses. Es un tema que recogió Rilke en la novena de sus Elegías de Duino ("No creáis que el destino sea más que el espesor de la infancia"32) y que después ha hecho popular también el psicoanálisis. Pero, para terminar, permítanme mostrar esto en un poema juvenil del mismo Hölderlin, que acaso pudiera también servir como epitafio a su poesía, si es verdad que el principio aparece de nuevo al final; si es verdad que la infancia y Grecia son un destino, y vuelven:

CUANDO YO ERA NIÑO
Cuando yo era niño
muy a menudo me salvaba un dios
del griterío y la cólera de los hombres;
jugaba entonces, tranquilo y bueno,
con las flores del bosque
y las brisas del cielo
jugaban conmigo.

Y lo mismo
que el corazón alegras de las plantas
cuando hacia ti
sus tiernos brazos tienden, así
alegrabas tú mi corazón,
¡padre Helios!; y, como Endimión,
tu favorito fui,
¡Luna sagrada!

¡Oh vosotros, fieles,
amables dioses todos,
si supierais
cuánto os amó mi alma!
Entonces, sin embargo, aún no os llamaba yo
con nombres, ni vosotros
me nombrabais a mí, como hacen los hombres
igual que si se conocieran.
Pero yo os conocía
mejor de lo que nunca conocí a los hombres;
comprendía el silencio del Éter;
las palabras humanas jamás las entendí.

Me educó lo armonioso
de la arboleda susurrante
y fui aprendiendo a amar entre las flores.

Yo crecí en brazos de los dioses.33

Muchas gracias.

Cuernavaca-Chiconcuac, 15-19 de septiembre de 2000


Notas
________________
* Una versión de este ensayo fue presentada el 18 de septiembre del 2000 en el diplomado "Poesía y psicoanálisis" de la Facultad de Psicología de la UAEM, en Cuernavaca.
(1) Jaspers, Karl, Genio y locura, Traducción de Agustín Caballero Robredo, Aguilar, Madrid, 1968.
(2) Ibíd., p.187.
(3) Ibíd., p.196.
(4) Carta a Böhlendof fechada el 4 de diciembre de 1081, reproducida en Hölderlin, Ensayos, Traducción, presentación y notas de Felipe Martínez Marzoa, Libros Hiperión (I. Peralta, Ediciones), Madrid, 1976, p.129.
(5) Heidegger, Martin, "Hölderlin y la esencia de la poesía", en Arte y poesía, Traducción de Samuel Ramos, México, FCE, 1958, p.138.
(6) Heidegger, Martin, "What are Poets for", en Poetry, Language, Thought, Traducción al inglés de Albert Hofstadter, Harper & Row, New York, 1975.
(7) Citado por Jaspers, Op. cit., p.190.
(8) Whyte, Lancelot, El inconsciente antes de Freud, Trad. de Maria Luisa Díez-Canedo, Joaquín Mortiz, México, 1967.
(9) Citado en Dilthey, Wilhelm, Vida y poesía, Traducción de Wenceslao Roces, Prólogo y notas de Eugenio Imaz, FCE, México, 1945, p.435.
(10) Dilthey, Op. cit., p.479.
(11) Heidegger, Arte y poesía, p.132.

(12) Heidegger, Martin, Arte y poesía, pp. 133-134.
(13) Dilthey, Op. cit., p.455.
(14) Hölderlin, Friedrich, Ensayos, Traducción de Felipe Martínez Marzoa, libros Hiperión, Madrid, 1976, p.90.
(15) Ibid., p.91-92.
(16) Ibid., p.93.
(17) Ibid., p.95.
(18) Ibid., p. 96.
(19) Cernuda, Luis, en el Prólogo a Hölderlin, Poemas, Versión española de Luis Cernuda y Hans Gebser, Séneca, México, 1942, p.8.
(20) Jaspers, Op. cit., p.182.
(21) Ibid., p.194.
(22) Citado por Jaspers en Op. cit., p.181.
(23) Citado en Dilthey, Op. cit., p.409.
(24) Tomo la traducción que aparece en Jaspers (Op. cit., p.198), pues me parece menos deficiente que las otras versiones al español, y además está en verso.
(25) Cernuda, Op. cit., p..
(26) Mínguez, José-Miguel, "La poesía de Hölderlin en el mundo de hoy", Prólogo a su traducción de: Hölderlin, Friedrich, Poemas, Plaza & Janés, Barcelona, 1975, p.25.
(27) Dilthey, Op. cit., p.416.
(28) Ibíd.., p.405.
(29) Citado por Mínguez en Op. cit., p.30.
(30) Guardini, Romano, Hölderlin. Weltbild und Frömmingkeit [Hölderlin. Imagen del mundo y religiosidad], Leipzig, 1939, p.16. Citado por Mínguez en Op. cit., p.31.
(31) Ibíd.., p.194. Citado por Mínguez en Op. cit., p.31.
(32) Rilke, Rainer Maria, Elegías de Duino, Traducción de Félix Dauajare, Ediciones sin nombre, 2» ed., México, 1997.
(33) Como en los demás poemas de Hölderlin aquí citados, compongo esta versión echando mano sobre todo de tres versiones distintas: 1) la de Ernst-Edmund Keil y Jenaro Taléns (Poemas, Hontanar, Valencia, 1971); 2) la de José María Valverde (Doce poemas, Adonais, México, 1949); y 3) la de José-Miguel Mínguez (Poemas, Plaza & Janés, Barcelona, 1975), que sirvió sobre todo de testigo para las otras dos. Es una lástima que no haya versión de Cernuda de ninguno de los poemas citados aquí.
Francisco Segovia, "Hölderlin: locura y santidad", Fractal n° 18, julio-septiembre, 2000, año 4, volumen V, pp. 87-105.

Thursday, December 22, 2011

NOVALIS (1772-1801) por Antoni Marí



Nadie ha realizado como Novalis el ideal romántico: el ideal de la síntesis absoluta y de acceso al Todo. Su obra es la expresión del sentimiento de sentirse y saberse el centro del universo; un espacio donde no tienen lugar las desavenencias y la eterna lucha de contrarios deviene Unidad inseparable, unidad en constante devenir y mutación.
"Destruir el principio de contradicción es tal vez la más alta tarea de la más alta crítica". Todo concepto sintético contiene dos conceptos opuestos: vida y muerte constituyen una unidad, el consciente y el inconsciente se confunden, como se confunde la altura con la profundidad y el interior con el exterior. La obra de Novalis no está concebida desde el camino que conduce a la unidad, sino desde la unidad misma: "Soñamos en viajar por el espacio cósmico: ¿acaso no está en nosotros? Ignoramos las honduras de nuestro espíritu. La senda misteriosa va hacia dentro. En nosotros o en ninguna parte se encuentra la eternidad con sus mundos, lo pasado y lo futuro".

El hombre es una representación analógica del Universo. Microcosmos y macrocosmos en perfecta analogía y correspondencia proporcionales. Este sentirse uno con el Todo, esta armonía cósmica está descrita por Novalis en el concepto Stimmung. La palabra designa el acorde de un instrumento musical y la disposición (humor) del alma, y es, en la unión de los dos sentidos, en la que tiene lugar el fenómeno: un alma en estado de Stimmung es un alma bien atemperada.

"La palabra Stimmung se refiere a las relaciones anímicas de carácter musical. La acústica del alma es aún un campo muy oscuro, pero quizás muy importante. Oscilaciones armónicas e inarmónicas".
El Stimmungen es aquel cuya melodía y ritmo interiores está en perfecto acoplamiento y acorde con la melodía y ritmo universales. El Stimmung es uno de los efectos de una causa más vasta todavía: el Gemüt -armonía de todas las fuerzas espirituales.

Toda mística tiene como punto de partida el Ser, uno y absoluto, idéntico al pensamiento. Su objeto es la reducción a este Uno primitivo, infinito y eterno, emanación del pensamiento individual, limitado en el tiempo y en su potencialidad. El pensamiento de Novalis enlaza con toda la tradicción mística occidental desde los Eléatas hasta el maestro Eckhart; en ellos encontrará el reconocimiento de su propio pensamiento y su afirmación, no influirán ni torcerán su pensamiento puesto que estaban en él, previamente a su lectura.
En el idealismo absoluto de Fichte, encontrará su propio pensamiento explicitado y sistematizado que con el tiempo, y sin renunciar a él, devendrá idealismo mágico. Para Fichte, fuera del Yo no existe nada. "Fichte, dice Novalis, lo sitúa todo en el interior". Sólo el Yo es real: el No-Yo (todo lo que está fuera del Yo) no existe sino por una decisión del Yo que lo pone. El Yo es el Absoluto en quien y para quien existen todas las cosas. Si, a la vez, todas las cosas creadas por el Yo están en perfecta armonía con él, estaremos en posesión del Stimmung.

Únicamente la poesía puede hacer sensible esta experiencia y sólo por ella puede expresarse en toda su plenitud y complejidad. No hay otra forma de expresar esta vivencia trascendental sin la pérdida de todos sus infinitos matices. Expresión que se realiza a través de la palabra, del ritmo, y de la resonancia de la palabra en perfecta correspondencia con el mundo interior.
"La poesía es representación del alma, representación del mundo interior en su totalidad. Sus intermediarios, las palabras, lo indican, pues son la manifestación exterior de este reino profundo. El sentimiento poético tiene muchos puntos comunes con el sentimiento místico. Este es el sentimiento de todo lo que es particular, personal, desconocido, misterioso, de lo que debe ser revelado, de lo que es a la vez necesidad y azar. Representa lo irrepresentable... Es absurda la crítica de la poesía, puesto que es muy difícil precisar si una cosa es poesía o no, y ésta es la única distinción posible. El poeta es, literalmente, sujeto y objeto, alma y universo. De donde el carácter infinito, eterno, de un buen poema."



Antoni Marí
(Ibiza, 1979)

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- Del libro "El Entusiasmo y la Quietud"
- Edición de Antoni Marí
- Tusquets Editores, 1979
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Wednesday, December 21, 2011

Oda a Hölderlin de Hermann Hesse

Amigo de mi juventud, a ti regreso agradecido
ciertos atardeceres, cuando entre los saúcos
en el jardín que duerme suena sólo
la fuente susurrante.

Hoy nadie te conoce, amigo mío; en estos tiempo nuevos
muchos se han apartado del encanto tranquilo de la Hélade,
sin oraciones y sin dioses
prosaicamente el pueblo camina sobre el polvo.

Pero para una secreta multitud de absortos entrañables
a los que el dios llenó el alma de anhelos
aún suenan las canciones
de tu arpa divina.
Cansados del trabajo regresamos ansiosos
a la ambrosiaca noche de tu canto,
cuyas flotantes alas nos protegen
con un sueño dorado.

Y cuando nos encanta tu canción más ardiente se enciende,
más dolorosamente arde hacia el país dichoso del pasado
hacia los templos de los griegos
esta nostalgia que jamás termina.

Versión de Jesús Ruiz

Oda a Hölderlin (Hermann Hesse)

En torno al 9a de Beethoven

Aquí les dejo la parte vocal traducida al castellano y con las voces quela interpretan. Es un arreglo de la "An die Freude" (algo así como Odao himno a la alegría) de Friedrich Schiller (1759-1805) . El primer solode barítono está agregado por Beethoven, se supone que por razonesmusicales.

Solo de el baritono

¡Oh amigos, este no!
Mejor prorrumpamos más agradable
y alegremente.
¡Alegría! Alegría!

Solo de de voces y Coro

Alegría, bella chispa divina,
Hija del Elíseo,
Entramos, borrachos de fuego,
Divina, en Tu santuario!
Tus hechizos reúnen
Lo que la costumbre severa dividió;
Todos los hombres serán hermanos,
Donde repose Tu suave ala.

Quienquiera que logre la gran suerte
De ser amigo de un amigo;
Quien consiga una dulce esposa,
Que entremeta su júbilo!
¡Sí, también quien pueda reclamar
Un alma sola de toda la tierra!
Y quien jamás haya podido, que se hurte
Llorando de esta banda.

Alegría beben todos los seres
Del pecho de la Naturaleza;
Todos los buenos, todos los malvados,
Siguen su rostro de rosas.
Besos nos dio y vides,
Un amigo, probado en la muerte;
Voluptuosidad le concedió a los gusanos,
Y el querubín está plantado ante Dios.
Ante dios!


Solo de Tenor y Coro Masculino

Felices, como vuelan sus soles
Por el maravilloso plan del Cielo,
Corred, hermanos, vuestro camino,
Alegres, como un héroe a la victoria.


Coro

Recibid un abrazo, millones.
Este beso para todo el Planeta!
Hermanos, por encima del cielo estrellado
debe vivir un cariñoso.
Os postráis, millones?
Presientes al Creador, mundo?
Búscadle sobre el cielo estrellado!
Sobre estrellas debe vivir.


[el final repite en fuga las palabras: ]
Recibid un abrazo, millones.
Este beso para todo el Planeta!
Hermanos! por encima del cielo estrellado
Debe vivir un Padre cariñoso.
Un abrazo, millones.
Este beso para todo el Planeta!
Alegría, bella chispa divina,
Hija del Elíseo,
Entramos, borrachos de fuego,
Divina, en Tu santuario!
Tus hechizos reúnen
Lo que la costumbre severa dividió;
Todos los hombres serán hermanos,
Donde repose Tu suave ala.
Alegría, bella chispa divina,
Hija del Elíseo,
Alegría, bella chispa divina!
 Escuchala: 
Ludwig van Beethoven
Symphony No. 9 in D minor "Choral", Op. 125
CONDUCTOR : Herbert von Karajan / ORCHESTRA : The Philharmonia Orchestra / year 1955
1. Allegro ma non troppo, un poco maestoso (15:04)
Download (mp3)

2. Molto vivace (10:09)
Download (mp3)

3. Adagio molto e cantabile (16:06)
Download (mp3)

4. Recitative: (Presto – Allegro ma non troppo – Vivace – Adagio cantabile – Allegro assai – Presto: O Freunde) – Allegro assai: Freude, schöner Götterfunken – Alla marcia – Allegro assai vivace: Froh, wie seine Sonnen – Andante maestoso: Seid umschlungen, Millionen! – Adagio ma non troppo, ma divoto: Ihr, stürzt nieder – Allegro energico, sempre ben marcato: (Freude, schöner Götterfunken – Seid umschlungen, Millionen!) – Allegro ma non tanto: Freude, Tochter aus Elysium! – Prestissimo: Seid umschlungen, Millionen! (24:07)
Download (mp3)  

Thursday, December 15, 2011

Ignoria: Jorge Luis Borges - El principio

Ignoria: Jorge Luis Borges - El principio: Dos griegos están conversando: Sócrates acaso y Parménides. Conviene que no sepamos nunca sus nombres; la historia, así, será má...


El principio

Dos griegos están conversando: Sócrates acaso y Parménides. 
Conviene que no sepamos nunca sus nombres; la historia, así, será más misteriosa y más tranquila.
El tema del diálogo es abstracto. Aluden a veces a mitos, de los que ambos descreen.
Las razones que alegan pueden abundar en falacias y no dan con un fin.
No polemizan. Y no quieren persuadir ni ser persuadidos, no piensan en ganar o en perder.
Están de acuerdo en una sola cosa; saben que la discusión es el no imposible para llegar a una verdad.
Libres del y de la metáfora, piensan o tratan de pensar.
No sabremos nunca sus nombres.
Esta conversación de dos desconocidos en un lugar de es el hecho capital de la Historia.
Han olvidado la plegaria y la magia.

Jorge Luis Borges

Friday, December 9, 2011

Holderlin, "The Poet in the Tower," by J.M. Coetzee

The Poet in the Tower

October 19, 2006

J. M. Coetzee

Poems and Fragments
by Friedrich Hölderlin, translated from the German by Michael Hamburger
London: Anvil, 823 pp., $29.95 (paper)                                                  
In the depths of the Second World War, in a London battered by German bombs, a young Jew named Michael Hamburger penned a lament in the voice of the German poet Friedrich Hölderlin:
Diotima is dead, and silent
The island’s singing bird.
The temple I raised from ruin
Fallen again.

Where is the flame I stoked from ashes
Of the mind? Where are the heroes
And my pulsing song?
Nothing stirs on the lakes of time.

A volume of Hölderlin translations from Hamburger’s hand appeared in 1943. Meanwhile, in German classrooms, children were chanting verses from Hölderlin too:
O take me, take me up into the ranks,
so that I do not one day die a common death!
I do not want to die in vain, what
I want is to fall on the sacrificial mound

For the Fatherland, to pour out the heart’s blood
For the Fatherland.

Who was Hölderlin, who could be made to speak for both a lost past and a National Socialist future?
Friedrich Hölderlin was born in 1770 in the tiny independent duchy of Württemberg in southwestern Germany. His father—who died when the boy was two—was an ecclesiastical employee; his mother, the daughter of a clergyman, intended him for the church. He was sent to church schools and then to the prestigious theological seminary in Tübingen.


Württemberg was unusual among German statelets of the late eighteenth century: whereas most were ruled by absolute princes, in Württemberg the powers of the duke were constitutionally constrained by an assembly of non-noble families, the Ehrbarkeit, to which the Hölderlins belonged. This body, which included the clergy and upper bureaucracy, ran the cultural and intellectual life of the duchy.
Young men who passed the seminary’s stiff entrance examination were given a free education on condition they would thereafter serve in Württemberg parishes. Hölderlin was a reluctant seminarian: without success, he tried to persuade his mother to let him study law instead. She controlled his not inconsiderable inheritance: he remained dependent, until her death in 1828, on the meager allowances she doled out.
Though the seminary offered a first-class training in classical languages, theology, and divinity, there was also a stress on obedience to church and state that students found irksome. Hölderlin spent five restless years (1788–1793) there. Intellectual stimulus came not from his teachers—whom he looked down on for their obsequiousness in the face of authority—but from fellow students, who in his cohort included G.F.W. Hegel and Friedrich Schelling. He himself stood out: “It was as if Apollo was striding through the hall,” a classmate recalled.
In practice the seminary produced more graduates than there were clerical openings, and disaffection with the system was rife. Hölderlin was not alone in dreaming of an alternative career as a man of letters. But the Consistorium, the board in charge of the seminary, was hostile to such ambitions. For the rest of his life he had to request permission before he changed abode or employment, under penalty of having to repay the cost of his education.

 In the seminary Hölderlin wrote enthusiastic, rather strident poems of a pantheistic bent celebrating the universe as a living whole infused with divinity. Their immediate model was Friedrich Schiller,
but their philosophical underpinning was ultimately Neoplatonic. As his motto Hölderlin adopted the Greek phrase en kai pan, one and all: life is a harmonious unity, our goal must be to merge with the All.


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Then burst the bomb of the French Revolution. At the
two centers of learning in the duchy, the university and the seminary,
revolutionary societies were founded, French newspapers pored over,
revolutionary songs sung. Students joyfully endorsed the Declaration of
the Rights of Man. When in 1792 the European autocracies launched
attacks on France, it was the French armies for which they cheered. The
Duke of Württemberg deplored their support for “French anarchy and
regicide,” and tightened his control. Rather than fomenting anarchy,
the young philosophical radicals in fact hoped for the creation of a
republic of Württemberg, or of a wider Swabia, under the protection of
French arms, and were disconcerted when the Terror began to gather
momentum in France.
There is no doubting Hölderlin's revolutionary sympathies—”Pray for
the French, the champions of human rights,” he instructed his younger
sister—but his poems say nothing direct about politics. To a degree
this was because he had no models for political poetry; but it was also
because of a strong tradition among Germany's intellectual class of not
involving itself in political affairs.
The writer with the strongest following among young idealists was
Schiller, and Schiller's political line after 1793 was that the
consciousness of the people needed to be changed before true political
change could occur. In his Letters on the Aesthetic Education of Mankind
of 1794–1795 Schiller proposed that the human spirit could best be
enlightened, liberated, and refined by participating in aesthetic play.
For proof, one need look no further than ancient Athens, a democratic
society that prized the life of the mind.
Hölderlin approved the leading role that Schiller gave the artist,
but was disappointed by Schiller's antirevolutionary stance, as he was
dissatisfied with the skeptical divide between politics and ethics
maintained by Immanuel Kant: political reform might be desirable, said
Kant, but only as an aid to the more important goal of individual moral
growth. For a while Hölderlin found in Johann Fichte a guide more to
his liking; but in the end even Fichte was not strongly enough
committed to a utopian future.
The issue was human freedom and what freedom consisted in. The
idealism of Hölderlin, Hegel, and Schelling in their revolutionary
phase rested on a conviction that ideas could change the world, that
the inner freedom envisaged by Kant, Schiller, and Fichte could be
extended, that there could again emerge such a thing as a free society
along Athenian lines. If Schiller, following on Johann Winckelmann,
represented a second generation of German philhellenism, Hölderlin,
Hegel, and Schelling formed a third wave: young men who saw in Greece a
model to be emulated and even surpassed, not just in art and philosophy
but in democratic practice too.
Similarly with the French Revolution in its glory days. The
Revolution, said Hölderlin, gave an intimation of how the gap could be
bridged between ideas and reality, between the realm of the divine and
the world. En kai pan: what had once been whole and good, and
had then fallen apart, could be put together again. To search out
traces of lost unity in the chaos of appearance we have only the
aesthetic sense to rely on; to philosophy and poetry falls the task of
healing what was broken.
Nevertheless, the self-betrayal and defeat of the Revolution left
its mark on Hölderlin as on many other disappointed young Europeans of
his generation. “It would make terrible reading,” wrote his younger
contemporary Achim von Arnim in 1815, the year when the autocracies of
Europe reasserted their sway, “to count off all the beautiful German
souls who surrendered to madness or suicide or to careers they
detested.”

2.

Graduating from the seminary with the degree of Magister, and
resisting pressure from his mother to look for a parish, Hölderlin
established a toehold in literary Jena. An extract from his novel in
progress, Hyperion, was published in a magazine Schiller
edited; with Schiller himself Hölderlin established a quasi-filial
relationship. At first Schiller accepted the role genially enough,
giving Hölderlin advice about his verse-writing—notably to avoid large
philosophical subjects— which Hölderlin ignored. What Hölderlin was
really after was a more complicated and indeed Oedipal relationship
than the older man cared for—”I am at times in a secret struggle with
your genius, to protect my freedom against it,” he confided—and in the
end Schiller stopped answering his letters.
Needing an income, Hölderlin took on the first of a series of
appointments as resident tutor in the homes of well-to-do families.
None of these lasted long—Hölderlin had no particular rapport with
children—but the second, with a prominent Frankfurt family, affected
his life decisively. He fell in love with his employer's wife, Susette
Gontard, and she with him. Forced to resign, he for a while continued
to meet her clandestinely. But in 1802, at the age of thirty-four, she
contracted tuberculosis and died.
Love affairs between ambitious but penniless young intellectuals and
the neglected wives of businessmen are a staple of nineteenth-century
romantic fiction. Hölderlin's first biographer, Wilhelm Waiblinger, did
his best to assimilate Hölderlin and Susette to the genre: Susette, “a
young woman… of enthusiastic soul and fiery, vivacious disposition,”
was “inflamed to the highest degree” by Hölderlin's “gallant,
distinguished person, his fine eyes, his youth, his uncommon
understanding and eminent talent,” as well as his skill in music-making
and conversation. The reality transcended the clichés of fiction.
Susette's letters to Hölderlin have survived, along with a few of his
to her. As one reads them, writes David Constantine, “one's sympathy is
continually moved towards that peculiar sadness and outrage which comes
when one witnesses an irremediable harm being done.” “The thwarted
relation of Hölderlin and Susette Gontard can properly be called a
tragedy.”[2]
In a sense Susette made Hölderlin as a poet. She gave him back the
confidence that Schiller had undermined. She persuaded him to look to
earlier German poets, Klopstock in particular, as models. But most
importantly she incarnated in his eyes the union of earthly beauty with
pure mind to which his more mystical, pantheistic intuitions had
pointed him—en kai pan—but in which he had lost confidence reading Kant and Fichte. Susette appears in the two-volume Hyperion(1797,
1799) as Diotima, a sage and beautiful woman who guides the steps of
Hyperion, a philhellene who has voyaged from his soulless German
homeland—where, as he bitterly remarks, poets live like strangers in
their own house—to help the Greeks in their struggle against the
Ottomans.
Fichte had taught that consciousness is not part of nature but
stands outside nature observing it. To Hölderlin the evolution of
consciousness had seemed to foster only a dispiriting sense of
alienation. Diotima-Susette brings Hyperion-Hölderlin to realize that
consciousness can be an agency of spiritual growth, that it is possible
to share at a fully conscious level in the divinity of the All.
Specifically, the experience of beauty leads to the divine. Thus in his
late twenties Hölderlin began to develop a philosophy with Platonic
undertones and a strongly aesthetic orientation, coupled with a
perspective on history in which the modern world is continually
measured against the standard of the ancient.
Hölderlin worked up the Greece of Hyperion out of travel
books, thereby joining a line of distinguished German philhellenes who
never visited Greece, a line that included Goethe and Winckelmann,
author of the little book, Thoughts on the Imitation of Greek Works in Painting and Sculpture (1755), that had sparked off the philhellenic craze. In Hyperion
and in poems from the same period Hölderlin adopted Winckelmann's
Greece of “noble simplicity and quiet greatness” as the theater in
which he would thenceforth play out his ideas. If in bygone times men
had been free to pursue personal excellence and the life of the mind,
then they might be able to do so again in some liberated Germany of the
future.

After leaving the Gontards, Hölderlin took on two
further tutoring jobs, and was dismissed from each for erratic
behavior. He tried to win a lectureship in Greek at the University of
Jena, but without success. A friend created for him at the court of
Hessen-Homburg a position as librarian with the lightest of duties, a
position that the friend secretly funded. But this happy solution to
the problem of how the philosopher-poet might devote himself to what,
in a letter to his mother, he called “the higher and purer activities
for which God in his excellence has intended me” came to an abrupt end
when the friend was arrested on charges of treason. For a while it
seemed that Hölderlin himself might be charged as a co-conspirator; but
after a medical examination he was declared of unsound mind (his speech
was “half German, half Greek, half Latin,” said the doctor) and allowed
to go home to his mother.
To these last years of precarious sanity belongs much of Hölderlin's
greatest work: the late hymns, the Sophocles and Pindar translations,
the play The Death of Empedocles in its final version. He had
hoped to use his time in Homburg to write an exposition of his
philosophy of poetry, which had hitherto found only fragmentary
expression in essays and letters; but perhaps because he was losing the
capacity for extended thought the job was never done.
One of Hölderlin's biographers has argued that Hölderlin only
pretended to be mad to escape the law. But the weight of evidence
suggests otherwise. Hölderlin had been dismissed from his last
tutorships because fits of rage made him unfit to teach young children.
His attention wandered; he alternated between bursts of activity and
withdrawal; he was morbidly suspicious.
In 1806, after his condition had deteriorated further, Hölderlin was
conveyed, kicking and struggling, to a clinic in Tübingen from which he
was in due course discharged as incurable but harmless. A cabinetmaker
with literary interests took him in and housed him in a tower attached
to his home. His mother paid for his upkeep out of his inheritance,
assisted by a state annuity. He spent much of his time in his host's
garden, walking about alone, gesticulating and talking to himself.
There was a trickle of visitors, who would usually be welcomed with
courtly formality. A caller left a record of such a visit. From the
elderly poet he requested a few lines “as a souvenir.” “Shall they be
verses on Greece, Spring, or the Spirit of the Age?” he was asked. The
Spirit of the Age, replied the visitor. Hölderlin took out a folio
sheet and penned six lines of doggerel, signing them “Obediently,
Sardanelli. 24 May 1748.” Under the name Sardanelli and other aliases,
Hölderlin continued to write occasional verse until his death in 1843
at the age of seventy-three.
The poet in the tower was not forgotten by the reading public.
Editions of his poems appeared in 1826 and 1846. During his lifetime
Hölderlin was sentimentalized by romantics as a fragile soul driven to
madness by his daimon. Later he fell into neglect, remembered only as
an eccentric nostalgist for ancient Greece. Nietzsche had a deeper
appreciation of him; but it was not until the first decade of the
twentieth century, when he was taken up and promoted by the poet Stefan
George, that Hölderlin's star began to rise. With George commences the
reading of Hölderlin as a specifically German prophet-poet that would
later bedevil his image. “The great visionary for his people,” George
called him in 1919: “The cornerstone of the approaching German future
and the herald of the New God.”

On the centenary of Hölderlin's death a project was
launched to publish all of his writings, a task that would take forty
years to complete. For this so-called Stuttgart Edition the principles
of classical philology were applied to divide the surviving manuscript
material into a core of texts and a secondary corpus of variants. This
distinction between text and variant came to prove so contentious among
Hölderlin scholars that in 1975 a rival and yet to be completed
edition, the so-called Frankfurt Edition, was inaugurated on the
principle that there can be no core Hölderlinian text, that we must
learn to read the manuscripts as palimpsests of versions overlaying and
underlying other versions. For the foreseeable future the notion of a
definitive text of Hölderlin is thus in suspension.
One reason for this contest of editions is that in the
ninety-two-page notebook at the heart of the problem Hölderlin went
back and forth between new and old manuscript poems, using different
pens and inks in an unsystematic way, dating nothing, allowing what one
might naively call different versions of the same poem to stand side by
side. A deeper reason is that in his last productive years Hölderlin
seems to have abandoned the notion of the definitive and to have
regarded each seemingly completed poem as merely a stopping place, a
base from which to conduct further raids into the unsaid. Hence his
habit of breaking open a perfectly good poem, not in order to improve
it but to rebuild it from the ground up. In such a case, which is the
definitive text, which the variant, particularly when the rebuilding is
broken off and not resumed? Are apparently unfinished reworkings to be
regarded as abandoned projects, or might Hölderlin have been feeling
his way toward a new aesthetics of the fragmentary, and an accompanying
poetic epistemology of the flashing insight or vision?
In Germany the Hölderlin centenary of 1943 was celebrated on a grand
scale. Ceremonies took place across the country; hundreds of thousands
of Hölderlin readers were printed and distributed to German soldiers.
Why this philosopher-poet, elegist of the Greek past and foe of
autocracy, should have been adopted as a mascot of the Third Reich is
not obvious. Initially the line followed by the Nazi cultural office
was that Hölderlin was a prophet of the newly arisen German giant.
After the tide of the war turned at Stalingrad, that line was amended:
Hölderlin now spoke for European values being defended by Germany
against the advancing Asiatic, Bolshevist hordes.
All of this rested on a handful of patriotic poems interpreted in a
slanted way, plus some tinkering with the texts. Conveniently forgotten
was the fact that when Hölderlin wrote of a Vaterland he as
often as not meant Swabia rather than a wider Deutschland (which in
1800 was a cultural term, not a political one). The Nazis certainly did
not absorb his warning, in the poem “Voice of the People,” against the
“mysterious yearning toward the chasm” that can overtake whole nations.
The fortunes of Hölderlin under the Nazis are intricately
intertwined with his fortunes in the hands of his most influential
interpreter, Martin Heidegger. Heidegger's meditations on the place of
Germany in history are carried out largely in the form of commentaries
on Hölderlin. In the 1930s Heidegger saw Hölderlin as the prophet of a
new dawn; when the Reich collapsed he saw him as the consoling poet for
dark times when the gods withdraw. While in rough outline this account
squares with the Nazi version, it does an injustice to the seriousness
with which Heidegger reflects on each line of Hölderlin. To Heidegger
in “the completely destitute time” of the pres-ent (he was writing in
1946), when the relevance of poetry is everywhere in doubt, Hölderlin
is the one who articulates most clearly the essential calling of the
poet, namely to speak the words that bring a new world into being. We
read Hölderlin's dark poetry, says Heidegger, not so much to understand
him as to keep in contact with him until that future arrives when he
will at last be understandable. He quotes Hölderlin:
The bold spirit, like an eagle
Before the tempests, flies prophesying
In the path of his advancing gods.

Among the liberal intelligentsia of Germany in
Hölderlin's day there prevailed not just an admiration for Athens as a
model society where men devoted themselves to the quest for truth,
beauty, and justice, but also a somewhat starry-eyed vision of a past
when the divine was a living force in the world. “Where the gods were
more like human beings/Human beings were more godlike,” wrote Schiller
in “The Gods of Greece” (1788). This picture of Greece was based
largely on a reading of Greek poetry, to a lesser extent on secondhand
accounts of Greek sculpture. An elective affinity was claimed between
Germany and Greece, between the German language and the Greek language.
A new theory of literature was developed, based on Plato rather than
Aristotle, in which key elements of modernist aesthetics are
prefigured: the autonomy of the art object, organic form, the
imagination as a demiurgic power.
Out of an idealized vision of Greece grew a movement whose agenda,
as formulated by Kant, was to allow “the germs implanted by nature” in
humankind to develop fully, so that “man's destiny can be fulfilled
here on earth.” Beginning with the reforms to the Prussian education
system effected by Wilhelm von Humboldt, reforms that put the study of
Greek language and literature at the core of the curriculum,
philhellenic neohumanism rapidly came to dominate the education of the
German middle classes.
The project of remodeling Germany along Athenian lines was to an
extent the brainchild of young men with little social capital save a
schooling in the classics (Winckelmann was the son of a shoemaker,
Schiller the son of a soldier) but with ambitions to wrest control of
cultural life from the Frenchified German courts and to give a new,
nationalist meaning to German identity. Within a generation, however,
the tincture of revolutionary idealism had been purged from the
education system, as the career men and professionals took over. Though
it continued to be associated with a lofty if vague liberalism,
philhellenism in the academy had by the 1870s become part of a
conservative establishment. The new radicals were the archaeologists
and textual scholars, Nietzsche among them, to whom the neohumanist
version of Greece—Winckelmann's “noble simplicity and quiet greatness,”
Humboldt's “purity, totality, and harmony” —ignored too much of Greek
reality, the violence and irrationalism of Greek religion, for instance.
At first glance, Hölderlin may seem a typical neohumanist of his
generation: a déclassé intellectual alienated from church and state,
aspiring toward a utopia in which poets and philosophers would be
accorded their rightful due; more specifically, a poet constitutionally
trapped in a backward-looking posture, mourning the passing of an age
when gods mixed with men (“…My friend, we have come too late. Though
the gods are living,/Over our heads they live, up in a different
world./…Little they seem to care whether we live or do not”).
But such a reading underestimates the complexity of Hölderlin's
attitude toward Greece. To him the Greeks were not to be copied but
confronted: “If one is not to be crushed by the accepted,…there seems
little choice but with violent arrogance to pit oneself as a living
force against everything learned, given.”

Ramifications of this stance are explored in a
letter of 1801. To the Greeks, says Hölderlin, “holy pathos” and the
Apollonian “fire from heaven” came naturally. Intrinsic (eigen)
to Western thought, on the other hand, are “Junonian sobriety” and
“clarity of representation.” “Nothing is more difficult for us to learn
than free use of our national traits…. This sounds like paradox. But
I repeat…: in the advancement of culture [Bildung] the
intrinsically national will always prove to be of lesser benefit.” The
most striking achievement of Greek art was to master sobriety and
clarity. Out of admiration for the Greeks, the Western poet may try to
recreate Greek pathos and fire; but the profounder task is to master
what comes naturally to him. This is why the Greeks are “indispensable”
to us: we study them not in order to imitate them but to understand how
unlike them we are.
Not only does this letter belie the picture of Hölderlin as a
dreamer lost in the past, it also underlines the originality and rigor
of his thinking about art. What the modern poet most clearly lacks, he
writes, is technical training (in his own case, long apprenticeship to
Greek masters fitted him to domesticate Greek meters more fluently than
any of his European contemporaries). We arrive at poetic truth not by
giving utterance to our personal feelings but by carrying our
individual sensibility [Gemüth] and individual experience across into “analogical material of a different [fremd] kind.”
The most intensely inward feeling becomes vulnerable to
passing away to the extent that it is not prepared to disown its actual
[wahren] temporal and sensory connections…. Precisely for this
reason the tragic poet, because he expresses the deepest inward
intensity, wholly disowns his own person, his subjectivity, as well as
the object present to him, and carries them over [instead] into alien [fremde] personality, into alien objectivity.
The great subject of Hölderlin's poetry is the retreat of God or the
gods, and the role of the poet in the benighted or destitute times that
follow their retreat.
…Since
The most Blessed in themselves feel nothing
Another, if to say such a thing is
Permitted, must, I suppose,
Vicariously feel in the name of the gods,
And him they need,
he writes, with palpable diffidence, in the late hymn “The Rhine.”
But what can it be that the gods in their remoteness look to us to
feel? We do not know; all we can do is put in words our most intense
yearning for their return, and hope that, touched perchance by fire
from heaven, our words may to some extent incarnate the Word and thus
transform yearning into epiphany. (In his fitful faith in a Word that
will use human agency to express itself, Hölderlin comes closest to his
friend Hegel's historical idealism.)
The Greeks, observed Goethe, did not pine for the infinite but felt
at home in the world. A hankering for a lost “classic” wholeness is the
trademark of the Romantic. Hölderlin's Romantic longing to be reunited
with the divine comes to him not just from his early Neoplatonism—en kai pan—but
also from his Christian roots. In the overarching
mythological-historical scheme he constructed, Christ counts as simply
the last of the gods to tread the earth before night closes in; but the
late hymns suggest the beginnings of a rapprochement, a new intimacy
with Christ if not with the Christian religion:
…And yet, and yet,
You ancient gods and all
You valiant sons of the gods,
One other I look for whom
Within your ranks I love…
My Master and Lord!
O you, my teacher!
Why did you keep
Away?
Where Hölderlin's explorations would have taken him had the light
not gone out in his thirty-sixth year is anyone's guess. There is one
text from his afterlife in the tower that may suggest the direction of
his thought. In 1823 his friend and biographer Waiblinger published a
seven-hundred-word fragment of prose that he claimed to have extracted
from the poet's papers. If we accept its authenticity, it suggests
that, in times more destitute than he could ever have foreseen,
Hölderlin's fundamental hopefulness remained undimmed—his faith that
our creative, meaning-making faculty will see us through. I quote from
Richard Sieburth's translation:
…Is God unknown?
Is he manifest as the sky? This I tend
To believe. Such is man's measure.
Well deserving, yet poetically
Man dwells on this earth. But the shadow
Of the starry night is not more pure, if I may say so,
Than man, said to be in the image of God.
[3]

3.

Michael Hamburger was born in Germany in 1924. In 1933 the Hamburger
family emigrated to Britain, where they integrated smoothly into the
upper-middle-class intelligentsia. Hamburger was a precocious student,
winning a scholarship to Oxford at the age of seventeen to study French
and German. His first book of translations, Hölderlin: Poems and Fragments, appeared from a small press in 1943.
These early versions were later more or less disowned. In 1952 a
new, expanded set of Hölderlin translations appeared, followed in 1966
by what was intended to be a “definitive selection and rendering.”
Though in 1990 some poems were added, most of the latest edition (2004)
dates from the 1960s.
Michael Hamburger is very much the doyen of translators of modern
German poetry. Yet in his memoirs he admits to some exasperation at
being best known as a translator. As a young man he clearly had
creative ambitions, and for a while his poems were to be found in
anthologies of modern British verse. Read as a whole, his Collected Poems
tells a story of a writer of some gifts who never quite found his true
subject and who, sometime in early middle age, gave up the quest and
settled for occasional verse.
There is a passage in one of Hölderlin's letters that Hamburger quotes with clear reference to himself:
For this is tragic among us, that we leave the realm of the
living quite calmly, packed into a container, not that devoured by
flames we atone for the flame which we could not master.
For Hamburger the sacred flame he could not master went out early;
the life of atonement as translator and scholar he regards as a sad
second best. (There is some irony here in the fact that Hölderlin
himself reached audacious poetic heights as a translator.)
In a succession of prefaces and essays Hamburger has spelled out his
aims as a translator. What he did wrong in 1943, he says, was to
privilege literal accuracy over Hölderlin's “beautifully singular” way
of writing:
No translation of Hölderlin's odes and elegies can be close
to the originals without rendering their metres or at least their
cadences, and conveying something of their peculiar dynamism, their
peculiar stillness, brought about by the tension between a strict form
and an impulse beating against it.
He has striven therefore for “the best possible translation of a
certain kind,” in which word-for-word accuracy is weighed against the
need to reproduce Hölderlin's music. He dismisses the kind of free
translation practiced by Ezra Pound and fashionable in the 1960s under
the name of “imitation”: “occupational therapy for poets partly or
temporarily disabled,” he calls it.

We get an idea of Hamburger's “best possible” in his
version of the ode “The Poet's Courage,” composed around 1800,
substantially rewritten a year or two later, and then even more
radically reworked under the title “Timidness.” Hamburger selects the
first version.
For, as quiet near shores, or in the silvery
Flood resounding afar, or over silent deep
Water travels the flimsy
Swimmer, likewise we love to be
Where around us there breathe, teem those alive, our kin,
We, their poets; and glad, friendly to every man,
Trusting all. And how else for
Each of them could we sing his god?
Though the wave will at times, flattering, drag below
One such brave man where, true, trusting he makes his way,
And the voice of that singer
Now falls mute as the hall turns blue;
Glad he died there, and still lonely his groves lament
Him whom most they had loved, lost, though with joy he drowned;
Often a virgin will bear his
Kindly song in the distant boughs.
The meter is asclepiadic, an intricate pattern of iambs and dactyls
broken by caesurae in the longer first two lines of each four-line
strophe. Hamburger renders Hölderlin's versification faithfully, and
although one might quibble with certain word choices (“flimsy” might be
replaced with “light-bodied,” for instance, and “grows dim” would be
better than “turns blue”), the musical effect he achieves in English is
ravishing, capturing exactly the tone of hope, tentative yet vibrant,
with which Hölderlin confronts defeat, a tone that characterizes both
his grasp of his vocation and his vision of history.
“If I had not…found it necessary to imitate Hölderlin's
meters…then many of my translations would have become smoother and
more acceptable to English ears,” writes Hamburger. He is scathing
about what he sees as the unadventurousness of English prosody —its
prejudice against classical meters and its unthinking preference for
the iamb. At the risk of seeming “pedestrian and pedantic” he takes it
upon himself “to reproduce even those peculiarities of [Hölderlin's]
diction, form and way of thinking which are alien both to myself and to
English conventions obtaining either in his time or in ours.” His
method works, he believes, as long as the English reader is prepared to
approach his renderings “as poems necessarily different from any
written in [the reader's] own language, in his own time.”
The peculiarities of diction and form that Hamburger alludes to are
not just Hölderlin's use of Greek meters but his practice of varying
poetic diction in accord with a system of “tonal modulation” that he
developed from hints in Schiller and outlined in a cryptic essay
entitled “Wechsel der Töne.” Hamburger is one of only two translators
of Hölderlin who, to my knowledge, have taken the system to heart
seriously enough to embody it in their own versions (Cyrus Hamlin is
the other). Its presence beneath the surface of his English texts,
together with the exigencies of the metrical scheme, may go some way
toward explaining, here and there, lapses into archaism (“Silence often
hehoves [sic] us” for “Schweigen müssen wir oft,” often we must be silent) and incongruous colloquialism (“Too greatly,/O Christ, I'm attached to you”).

The sternest test comes in Hölderlin's late poems,
where the music becomes more impetuous and the poetic logic —hinging on
conjunctions (denn, aber, nemlich) used as if they
were Greek rather than German—more enigmatic, and where lines of verse
are interspersed with what read like memos from the poet to himself
(“This river seems/ to travel backwards and/I think it must come from
the East,” he writes of the Danube. “Much could/Be said about this”).
Here Hamburger's determination to avoid building his own interpretation
into the poem issues sometimes in a lifeless literalism. Compare the
following two translations of a passage from Hölderlin's poem on the
Danube, “Der Ister.” The first is by Hamburger:
But here we wish to build.
For rivers make arable
The land. For when herbs are growing
And to the same in summer
The animals go to drink,
There too will human kind go.
This one, however, is called the Ister.
Beautifully he dwells. The pillars' foliage burns,
And stirs. Wildly they stand
Supporting one another; above,
A second measure, juts out
The roof of rocks.
The second is by Richard Sieburth:
For the rivers make the land
Arable. If there be vegetation
And animals come to water
At the banks in summer,
Here men will also go.
And they call this the Ister.
Beautiful his dwelling. Leaves on columns
Burn and quiver. They stand in the wild,
Rising among each other; above which
Surges a second mass,
The roofing of rock.
The words “build,” “herbs,” “dwells” in Hamburger's version
literally translate the wording of the original. “Beautifully he
dwells” sounds as odd in German as in English (it is in fact a
Graecism). Sieburth, on the other hand, sees no harm in nudg-ing words
until they sit more comfortably in English or clarify the logic of the
passage. Thus “herbs” becomes “foliage,” “build” becomes “settle.”
The divergence of approach between the two translators becomes more
pointed in the image with which the passage closes. The last three
lines clearly refer to rocky crags above the tree level of the valley
floor. Sieburth feels free to write “a second mass,/The roofing of
rock,” even though Hölderlin's word Maß (“Ein zweites Maß…/ Von Felsen das Dach“) means “measure” rather than “mass.” Hamburger, perhaps because Maß
is such a key term in Hölderlin (not only the measure of verse but the
Greeks as a measure of ourselves), cautiously retains the sense of
measure, plane, dimension, and thus comes up with a less vivid
rendering.
It is an open question whether the project that Hamburger embarked
on half a century ago was wisely planned —the project of translating
into English a body of work whose textual foundation would grow less
and less steady over the years, reproducing as far as possible its
metrical patterning and play of levels of language. Hamburger seems not
to have doubted himself, though the prefaces to succeeding editions
betray an increasing defensiveness. There are signs that he does not
welcome criticism: errors identified by Paul de Man in his versions of
“Bread and Wine” and “The Rhine” have been left untouched. Perhaps with
the Nazi appropriation of Hölderlin at the back of his mind, he tends
to treat words like Vaterland and Volk more gingerly than is necessary, in places translating Volk as “kin” and Vaterland as “my country” or “our country.”
His achievement is nevertheless considerable. The 2004 edition of Hölderlin: Poems and Fragments contains about 170 poems, some in alternative versions, plus The Death of Empedocles
in its second and third drafts, plus the so-called Pindar fragments—in
other words, the bulk of Hölderlin's surviving verse, including all the
major poems of the years between 1800 and 1806. Empedocles is
particularly well rendered; as for the poems, though Hamburger's
versions prove only intermittently to be touched with divine fire, they
are a reliable guide to Hölderlin's German and give an echo of his
outlandish music.
Notes
[1] Michael Hamburger, Collected Poems 1941–1983 (Manchester: Carcanet, 1984), p. 21.
[2] David Constantine, Hölderlin (Clarendon Press / Oxford University Press, 1988), p. 110.
[3] Friedrich Hölderlin, Hymns and Fragments(Princeton University Press, 1984), p. 249.