Tuesday, May 31, 2016

Poemas de John Keats

  1. John Keats

    .
      Información biográfica

    1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
    2. A un amigo que me envió rosas
    3. Al sueño
    4. Ante los mármoles Elgin por primera vez
    5. Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
    6. ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
    7. ¿Dónde hallar al poeta?
    8. Escrito antes de releer "El rey Lear"
    9. Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
    10. Esta viva mano
    11. Estrella brillante, si fuera constante como tú
    12. Feliz es Inglaterra
    13. Meg Merrilies
    14. Oda a la melancolía
    15. Oda a un ruiseñor
    16. Oda a una urna griega
    17. Oda al otoño
    18. Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
    19. ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
    20. Sobre la cigarra y el grillo




      Información biográfica
        Nombre: John Keats
        Lugar y fecha nacimiento: Londres (Inglaterra), 31 de octubre de 1795
        Lugar y fecha defunción: Roma (Italia), 23 de febrero de 1821 (25 años)
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      1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
          A quien en la ciudad estuvo largo tiempo
          Confinado, le es dulce contemplar la serena
          Y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria
          Hacia la gran sonrisa del azul.
          ¿Quién más feliz entonces si, con el alma alegre,
          Se hunde fatigado en la blanda yacija
          De la hierba ondulante y lee una acabada,
          Una gentil historia de amor y languidez?
          Si, atardecido, vuelve al hogar, ya en su oído
          La voz de Filomela, y acechando sus ojos
          La fúlgida carrera de una pequeña nube,
          Lamenta el deslizarse del presuroso día,
          Desvanecido como la lágrima de un ángel
          Que cae por el éter claro, calladamente.
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        A un amigo que me envió rosas
          Cuando ya tarde paseaba por los campos felices
          A la hora en que la alondra sacude el trémulo rocío
          De su exuberante escondite de trébol, cuando de nuevo
          Los bravos caballeros cogen sus abollados escudos:
          Vi la flor más linda que haya ofrecido la naturaleza silvestre,
          Una rosa almizcleña recién mecida por el viento; la primera en desprender
          Su fragancia al verano: crecía encantadora,
          Como si fuera el cetro que empuñara la reina Titania.
          Y mientras me regalaba con su aroma,
          Pensé en la rosa de jardín, con mucho superada:
          Pero cuando, ¡oh Wells!, tus rosas llegaron a mí,
          Mi sentido con su exquisitez quedó presagiado:
          Dulces voces tenían, que con tierna súplica,
          Me susurraban sobre paz, verdad e invencible cordialidad.
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        Al sueño
          Suave embalsamador de la alta noche en calma,
          Que cierras con benignos y cuidadosos dedos
          Nuestros ojos que gustan de ocultarse a la luz,
          Envueltos en la sombra de un celestial olvido;
          Oh dulcísimo sueño, si así te place, cierra,
          En medio de tu canto, mis ojos deseantes,
          O espera el "Así sea", hasta que tu amapola
          Eche sobre mi cama los dones de tu arrullo.
          Líbrame pues, o el día que se fue volverá
          A alumbrar mi almohada, engendrando aflicciones;
          De la conciencia líbrame, que impone, inquisitiva,
          Su voluntad en lo oscuro, hurgando como un topo;
          Gira bien, con la llave, los cierres engrasados,
          Y sella así la urna callada de mi espíritu.
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        Ante los mármoles Elgin por primera vez
          Mi espíritu es muy débil: la condición mortal
          Me abruma con su peso de sueño no querido
          Y toda imaginada profundidad o cima
          De angustia de los dioses me dice: "Has de morir"
          Como un águila enferma que mira hacia los cielos.
          Lujo reconfortante es lamentar, aún,
          Que yo no tenga el viento de nubes que guardar
          Fresco cuando aparece el ojo de la aurora.
          Esas glorias mentales, apenas concebidas,
          Llevan al corazón indescriptible pugna;
          Y aquellas maravillas, un voluble dolor
          Que funde la grandeza helena con la burda
          Quiebra del tiempo antiguo, con un mar ondulante,
          Con un sol, una sombra de lo inmenso.
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        Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
          Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
          Antes de que mi pluma haya espigado mi atestado cerebro,
          Antes de que altas pilas de libros, en caracteres,
          Guarden como ricos graneros el grano totalmente maduro;
          Cuando contemplo, sobre el rostro estrellado de la noche,
          Símbolos inmensamente confusos de un gran romance,
          Y pienso que puede que no viva para trazar
          Sus sombras, con la mano mágica del azar;
          Y cuando siento, ¡encantadora criatura de una hora!
          Que nunca más podré pensarte
          Nunca gustar del poder idílico
          Del amor irreflexivo; así, en la orilla
          Del ancho mundo quedo solo y pienso,
          Hasta que amor y gloria en la nada se hunden.
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        ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
          ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
          Algunos de ellos fueron siempre el alimento
          De mi deleitada fantasía: podría meditar tristemente
          Sobre sus bondades, terrenas o sublimes:
          Y a menudo, cuando me siento a rimar,
          Se entrometerán en tropel delante de mi mente:
          Pero sin confusión ni rudo trastorno
          Por su función; es un grato repique.
          Igual que los innumerables sonidos que guarda la tarde:
          El canto de los pájaros, el murmullo de las hojas,
          El rumor de los arroyos, la gran campana que se esfuerza por levantarse
          Con sonido solemne, y otros miles más,
          Que la distancia priva de reconocimiento,
          Hacen grata música, y no salvaje algarabía.
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        ¿Dónde hallar al poeta?
          ¿Dónde hallar al poeta? Nueve Musas,
          Mostrádmelo, que pueda conocerlo.
          Es aquel hombre que ante cualquier hombre
          Como un igual se siente, aunque fuere el monarca
          O el más pobre de toda la tropa de mendigos;
          O es tal vez una cosa de maravilla: un hombre
          Entre el simio y Platón;
          Es quien, a una con el pájaro,
          Reyezuelo o bien águila, el camino descubre
          Que a todos sus instintos conduce; el que ha escuchado
          El rugir del león, y nos diría
          Lo que expresa aquella áspera garganta;
          Y el bramido del tigre
          Le llega articulado y se le adentra,
          Como lengua materna, en el oído.
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        Escrito antes de releer "El rey Lear"
          ¡Romance de dorada lengua y laúd suave!
          ¡Oh sirena de bellas plumas, lejana Reina!
          Deja tus melodías en este día crudo,
          Cierra tu libro añoso y quédate callada.
          ¡Adiós! Pues que de nuevo la ya enconada pugna
          Entre dolor de Infierno y apasionado limo,
          Ha de abrasarme todo; y probaré de nuevo
          Esa dulzura amarga del fruto shakespeariano.
          ¡Poeta Rey! Y nubes vosotras, las de Albión,
          Creadores de nuestro profundo, eterno tema:
          Cuando cruzado hubiere el robledal antiguo,
          No dejéis que divague por algún sueño inútil,
          Y, consumido ya del Fuego, dadme nuevas
          Alas de Fénix para mi vuelo deseado.
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        Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
          Las campanas repican melancólicamente
          Convocando a los fieles a nuevas oraciones,
          A nuevas lobregueces, a espantosas angustias,
          A escuchar el horrible sonido del sermón.
          Sin duda que la mente del hombre está encerrada
          En un oscuro hechizo, pues todos se separan
          Del gozo junto al fuego, de los aires de la Lidia,
          Del elevado diálogo con los que en gloria reinan.
          Aún, aún repican, y sentiría un frío
          Y una humedad de tumba si no fuera consciente
          De que están extinguiéndose cual vela consumida,
          De que son los gemidos que exhalan al perderse.
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        Esta viva mano
          Esta viva mano hoy cálida y capaz
          De ansioso estrechamiento, si estuviera fría
          Y en el helado silencio de la tumba,
          Tanto perseguiría tus días y helaría tus noches soñadas,
          Que desearías que en tu propio corazón se secase la sangre
          Para que en mis venas volviese a correr la roja vida,
          Y así calmases la consciencia. Mírala, aquí está:
          Hacia ti la extiendo.
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        Estrella brillante, si fuera constante como tú
          Estrella brillante, si fuera constante como tú,
          No en solitario esplendor colgada de lo alto de la noche
          Y mirando, con eternos párpados abiertos,
          Como de naturaleza paciente, un insomne eremita,
          Las móviles aguas en su religiosa tarea
          De pura ablución alrededor de tierra de humanas riberas,
          O de contemplación de la recién suavemente caída máscara
          De nieve de las montañas y páramos.
          No, aún todavía constante, todavía inamovible,
          Recostada sobre el maduro corazón de mi bello amor,
          Para sentir para siempre su suave henchirse y caer,
          Despierto por siempre en una dulce inquietud,
          Silencioso, silencioso para escuchar su tierno respirar,
          Y así vivir por siempre o si no, desvanecerme en la muerte.
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        Feliz es Inglaterra
          ¡Feliz es Inglaterra!
          Ya me contentaría
          No viendo más verdores que los suyos,
          No sintiendo más brisas que las que soplan entre
          Sus frondas confundidas con las leyendas grandes;
          Pero nostalgia siento a veces; languidezco
          Por los cielos de Italia; íntimamente gimo
          Por no hallarme en el trono de los Alpes sentado,
          Para olvidar un poco el mundo y lo mundano.
          Feliz es Inglaterra y dulces son sus hijas,
          Sin artificio: bástame su encanto tan sencillo,
          Sus blanquísimos brazos que ciñen en silencio;
          Pero en deseos ardo a menudo de ver
          Bellezas de mirada más honda, y de sus cantos,
          Y de vagar con ellas por aguas del estío.
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        Meg Merrilies
          La vieja Meg era gitana
          Y vivía en el monte:
          Era el brezo rojizo su lecho
          Y al aire libre tuvo su morada.
          Negras moras de zarza por manzanas tenía,
          Por grosellas, simiente de retama;
          Su vino era el rocío de blancas zarzarrosas,
          Tumbas del camposanto eran sus libros.

          Las ásperas quebradas por hermanas tenía
          Y por hermanos los alerces:
          Y sólo en compañía de su familia vasta,
          Vivió como le plació.
          Pasó sin desayuno más de alguna mañana
          Y sin almuerzo más de un mediodía,
          Y en vez de cenar, fijamente
          Contemplaba la luna.

          Mas todas las mañanas, con tierna madreselva
          Sus guirnaldas tejía,
          Y cada noche, el tejo de la hondonada oscura,
          Cantando, entrelazaba.
          Y con sus dedos viejos y morenos
          Tejía esteras de junco,
          Que daba a los labriegos
          Al pasar por el monte.

          Fue Meg bizarra como la reina Margarita,
          Y como de amazona era su talla:
          Llevó por capa el trozo de alguna manta roja,
          Tocóse con un mísero sombrero.
          Que a sus huesos de vieja conceda Dios descanso,
          Pues murió ya hace tiempo.
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        Oda a la melancolía
          No vayas al Leteo ni exprimas el morado
          Acónito buscando su vino embriagador;
          No dejes que tu pálida frente sea besada
          Por la noche, violácea uva de Proserpina.
          No hagas tu rosario con los frutos del tejo
          Ni dejes que polilla o escarabajo sean
          Tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
          Contemple los misterios de tu honda tristeza.
          Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
          Y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

          Pero cuando el acceso de atroz melancolía
          Se cierna repentino, cual nube desde el cielo
          Que cuida de las flores combadas por el sol
          Y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
          Enjuga tu tristeza en una rosa temprana
          O en el salino arco iris de la ola marina
          O en la hermosura esférica de las peonías;
          O, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
          Toma firme su mano, deja que en tanto truene
          Y contempla, constante, sus ojos sin igual.

          Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
          También con la alegría, cuya mano en sus labios
          Siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
          Que en tanto la abeja liba se torna veneno.
          Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
          Tiene su soberano numen Melancolía,
          Aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
          Boca muerde la uva fatal de la alegría.
          Esa alma probará su tristísimo poder
          Y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.
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        Oda a un ruiseñor
          1

          Me duele el corazón y un pesado letargo
          Aflige a mis sentidos, como si hubiera bebido
          Cicuta o apurado un opiato hace sólo
          Un instante y me hubiera sumido en el Leteo:
          Y esto no es porque tenga envidia de tu suerte,
          Sino porque feliz me siento con tu dicha
          Cuando, ligera dríade alada de los árboles,
          En algún melodioso lugar de verdes hayas
          E innumerables sombras
          Brota en el estío tu canto enajenado.

          2

          ¡Oh, si un trago de vino largo tiempo enfriado
          En las profundas cuevas de la tierra
          Que supiera a Flora y a la verde campiña,
          Canciones provenzales, sol, danza y regocijo;
          Oh, si una copa de caliente sur,
          Llena de la mismísima, ruborosa Hipocrene,
          Ensartadas burbujas titilando en los bordes,
          Purpúrea la boca: si pudiera beber
          Y abandonar el mundo inadvertido
          Y junto a ti perderme por el oscuro bosque!

          3

          Perderme a lo lejos, deshacerme, olvidar
          Que entre las hojas tú nunca has conocido
          La inquietud, el cansancio y la fiebre
          Aquí, donde los hombres tan sólo se lamentan
          Y tiemblan de parálisis postreras, tristes canas,
          Donde crecen los jóvenes como espectros y mueren,
          Donde aún el pensamiento se llena de tristeza
          Y de desesperanzas, donde ni la Belleza
          Puede salvaguardar sus luminosos ojos
          Por los que el nuevo amor perece sin mañana.

          4

          ¡Lejos! ¡Muy lejos! He de volar hacia ti.
          No me conducirán leopardos de Baco
          Sino unas invisibles y poéticas alas;
          Aunque torpe y confusa se retrase mi mente:
          ¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
          Y tal vez en su trono aparezca la luna
          Circundada de mágicas estrellas.
          Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
          Desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
          El oscuro verdor y veredas de musgo.

          5

          No puedo ver qué flores hay a mis pies
          Ni el blando incienso suspendido en las ramas,
          Pero en la embalsamada oscuridad presiento
          Cada uno de los dones con los que la estación
          Dota a la hierba, los árboles silvestres, la espesura:
          Pastoril eglantina y blanco espino,
          Violetas marcesibles recubiertas de hojas
          Y el primer nuevo brote de mediados de mayo,
          La rosa del almizcle rociada de vino,
          Morada rumorosa de moscas en verano.

          6

          A oscuras escucho. Y en más de una ocasión
          He amado el alivio que depara la muerte
          Invocándola con ternura en versos meditados
          Para que disipara en el aire mi aliento.
          Ahora más que nunca morir parece dulce,
          Dejar de existir sin pena a medianoche
          ¡Mientras se te derrama afuera el alma
          En semejante éxtasis! Seguiría tu canto
          Y te habría escuchado yo en vano:
          A tu réquiem conviene un pedazo de tierra.

          7

          ¡No conoces la muerte, Pájaro inmortal!
          No te hollará caído generación hambrienta.
          La voz que ahora escucho mientras pasa la noche
          Fue oída en otros tiempos por reyes y bufones;
          Tal vez fuera este mismo canto el que una senda
          Encontró en el triste corazón de Ruth, cuando
          Enferma de añoranza, se sumía en el llanto
          Rodeada de trigos extranjeros,
          La misma que otras veces ha encantado mágicas
          Ventanas que se abren a peligrosos mares
          En prodigiosas tierras ya olvidadas.

          8

          ¡Olvidadas! El mismo tañer de esta palabra
          Me devuelve, ya lejos de ti, a mi soledad.
          ¡Adiós! La Fantasía no consigue engañarnos
          Tanto, duende falaz, como dice la fama.
          ¡Adiós! Tu lastimero himno se desvanece
          Al pasar por los prados vecinos, el tranquilo
          Arroyo y la colina; ahora es enterrado
          En los calveros del cercano valle.
          ¿He soñado despierto o ha sido una visión?
          Ha volado la música. ¿Estoy despierto o duermo?
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        Oda a una urna griega

          Tú, todavía virgen esposa de la calma,
          Criatura nutrida de silencio y de tiempo,
          Narradora del bosque que nos cuentas
          Una florida historia más suave que estos versos.
          En el foliado friso, ¿qué leyenda te ronda
          De dioses o mortales, o de ambos quizá,
          Que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
          ¿Qué deidades son ésas o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
          ¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
          ¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?

          Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
          Sonad por eso, tiernas zampoñas,
          No para los sentidos, sino más exquisitas,
          Tocad para el espíritu canciones silenciosas.
          Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
          Ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
          Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
          Aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
          Marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
          ¡Serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

          ¡Dichosas, ah dichosas ramas de hojas perennes
          Que no despedirán jamás la primavera!
          Y tú, dichoso músico, que infatigable
          Modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
          ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aún más dichoso!
          Por siempre ardiente y jamás saciado,
          Anhelante por siempre y para siempre joven;
          Cuán superior a la pasión del hombre
          Que en pena deja el corazón hastiado,
          La garganta y la frente abrasadas de ardores.

          Estos, ¿quiénes serán que al sacrificio acuden?
          ¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
          Llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
          Los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
          ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
          Alzada en la montaña su clama ciudadela
          Vacía está de gentes esta sacra mañana?
          Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
          Tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
          Por qué estás desolado podrá nunca volver.

          ¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
          De hombres y de doncellas cincelada,
          Con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
          ¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
          Como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
          Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
          Tú permanecerás, entre penas distintas
          De las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
          "La belleza es verdad y la verdad belleza". Nada más
          Se sabe en esta tierra y no más hace falta.
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        Oda al otoño
          Estación de las nieblas y fecundas sazones,
          Colaboradora íntima de un sol que ya madura,
          Conspirando con él cómo llenar de fruto
          Y bendecir las viñas que corren por las bardas,
          Encorvar con manzanas los árboles del huerto
          Y colmar todo fruto de madurez profunda;
          La calabaza hinchas y engordas avellanas
          Con un dulce interior; haces brotar tardías
          Y numerosas flores hasta que las abejas
          Los días calurosos creen interminables
          Pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

          ¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?
          Quienquiera que te busque ha de encontrarte
          Sentada con descuido en un granero
          Aventado el cabello dulcemente,
          O en surco no segado sumida en hondo sueño
          Aspirando amapolas, mientras tu hoz
          Respeta la próxima gavilla de entrelazadas flores;
          O te mantienes firme como una espigadora
          Cargada la cabeza al cruzar un arroyo,
          O al lado de un lagar con paciente mirada
          Ves rezumar la última sidra hora tras hora.

          ¿En dónde con sus cantos está la primavera?
          No pienses más en ellos sino en tu propia música.
          Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo
          Y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,
          Cual lastimero coro los mosquitos se quejan
          En los sauces del río, alzados, descendiendo
          Conforme el leve viento se reaviva o muere;
          Y los corderos balan allá por las colinas,
          Los grillos en el seto cantan, y el petirrojo
          Con dulce voz de tiple silba en alguna huerta
          Y trinan por los cielos bandos de golondrinas.
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        Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
          Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno,
          Y que has visto las nubes de nieve entre la niebla
          Y copas de olmos negros entre estrellas heladas,
          Será la primavera un tiempo de cosecha.
          Para ti, que has tenido como libro la luz
          De la sombra suprema con la que te nutrías
          Una noche tras otra cuando no estaba Febo,
          Será la primavera una triple mañana.
          Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
          Y sin embargo el canto me brota con pasión.
          Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
          Pero la tarde escucha. Aquél que se entristece
          Pensando en la indolencia no puede estar ocioso,
          Y despierto se encuentra quien se crea dormido.
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        ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
          ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá:
          Ni Dios ni Demonio de severa respuesta,
          Se dignan a contestar desde Cielo o Infierno.
          Así, a mi humano corazón me vuelvo enseguida:
          -¡Corazón! Tú y yo estamos aquí tristes y solos;
          ¡Díme, por qué me reí! ¡Oh, dolor mortal!
          ¡Oh, Oscuridad! ¡Oscuridad! Siempre he de quejarme,
          Para preguntar al Cielo, y al Infierno,y al Corazón en vano.
          ¿Por qué me reí? Conozco ese lado del ser,
          Mi fantasía hasta su máxima felicidad se extiende;
          Ahora podría cesar en esta auténtica media noche,
          Y las llamativas insignias del mundo, ver en añicos.
          Poesía, Fama y Belleza, son de hecho intensas,
          Pero la Muerte lo es más: La Muerte es el mayor premio de la Vida.
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        Sobre la cigarra y el grillo
          Jamás la poesía de la tierra se extingue:
          Cuando a todos los pájaros abate el sol ardiente
          Y ocúltanse en árboles de umbría, una voz corre
          De seto en seto, por prados recién segados.
          En la de la cigarra. El concierto dirige
          De la pompa estival y no se sacia nunca
          De sus delicias, pues si le cansan sus juegos,
          Se tumba a reposar bajo algún junco amable.
          En la tierra jamás la poesía cesa:
          Cuando, en la solitaria tarde invernal, el hielo
          Ha labrado el silencio, en el hogar ya vibra
          El cántico del grillo, que aumenta sus ardores,
          Y parece, al sumido en somnolencia dulce,
          La voz de la cigarra, entre colinas verdes.
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