Wednesday, September 10, 2014

El itinerario de Hölderlin

MAURICE BLANCHOT
Friedrich Hölderlin

El itinerario de Hölderlin
MAURICE BLANCHOT
Del libro El espacio literario, Maurice Blanchot / Paidos, Barcelona, 1992

El joven Hôlderlin, el de Hyperion, quiere escapar de su forma, de sus límites, y unirse a la naturaleza. "No ser sino uno con todo lo que vive y, en un feliz olvido de sí mismo, volver a ese todo que es la naturaleza, ése es el cielo del hombre". Esta aspiración a volver a la vida única, eterna y ardiente, sin medida y sin reserva, parece ser el movimiento feliz que quisiéramos relacionar con la inspiración. Ese movimiento es también deseo de muerte. Diotima muere por el impulso mismo que la hace vivir familiarmente con todo, pero dice "no nos separaremos sino para vivir más estrechamente unidos en una paz más divina con todas las cosas, con nosotros mismos…"
En la tragedia que pertenece a la primera madurez de Hôlderlin, Empédocles representa la voluntad de irrumpir, por la muerte, en el mundo de los Invisibles. Los motivos varían según las diferentes versiones de esta obra inconclusa, pero el deseo sigue siendo el mismo: unirse al elemento fuego, signo y presencia de la inspiración, para alcanzar la intimidad del comercio divino.
Los grandes himnos ya no tienen la violencia ni la desmesura empedocleana. Sin embargo, el poeta sigue siendo esencialmente el mediador. En el himno Tel, en un four de fète, uno de los más conocidos en Francia por las diferentes traducciones que se hicieron y por los comentarios de Heidegger, el poeta se enfrenta a Dios, se pone en contacto con la más alta potencia que lo expone entonces al peligro más grande, al peligro de quemarse con el fuego, al peligro de la dispersión por la conmoción; y la tarea del poeta es apaciguarla acogiéndola en sí mismo, en el silencio de su intimidad, para que allí nazcan las palabreas felices que los hijos de la tierra podrán oír entonces sin peligro. Esta tarea de mediación que generalmente vinculamos con Hôlderlin, tal vez ha sido expresada de modo más audaz en este único pasaje; el himno data probablemente de 1800, pero es posible que los versos de esta estrofa se remonten a una época anterior. En el mismo himno, la naturaleza aún es celebrada como la intimidad de lo divino; ya no es, sin embargo, aquella a la que hay que entregarse por un movimiento de abandono ilimitado; "educa" al poeta, pero por el sueño y por el tiempo de calma y de suspenso que sigue a la tormenta (el fuego): la hora que sigue a la tormenta es la hora favorable, la hora de la gracia y de la inspiración.
"La inversión categórica"
Sin embargo, la experiencia de Hôlderlin, su meditación sobre esa época de la historia que fue Grecia, su meditación no menos apremiante sobre la época de la era occidental, lo llevan a concebir en la vida de los pueblos, como en la de los individuos, una alternancia de tiempos donde los dioses están presentes, y de tiempos donde están ausentes, períodos de luz, períodos de oscuridad. Al final del poema titulado Vocation du poète, había escrito:
Pero cuando es necesario, el hombre permanece sin miedo
Ante Dios, la simplicidad lo protege,
Y no necesita ni armas ni astucia,
Mientras el Dios no esté ausente.

Pero más tarde, en lugar de este último verso escribió: Jusqu’a ce que la défaut de Dieu l’aide (hasta que la ausencia de Dios lo ayude). Esta modificación es extraña. ¿Qué significa?
Después de volver del sur de Francia en un viaje que terminó con la primera crisis manifiesta de extravío, Hôlderlin vivió aún varios años en un semirretiro, escribiendo los últimos himnos o fragmentos de himnos, las traducciones de Antígona y de Edipo, y, finalmente, algunas consideraciones teóricas; prefacios a esas traducciones. En uno de estos textos formula lo que llama die vaterlândische Umkehr, el regreso natal, no el simple retorno hacia el lugar natal, hacia la patria, sino un movimiento que se realiza de acuerdo con la exigencia de ese lugar. ¿Cuál es esa exigencia? Poco tiempo antes de su partida la había explicado en una célebre carta a su amigo Boehlendorf, donde animado por un exceso de entusiasmo, criticaba discretamente una obra de éste. Le decía: "La claridad de la representación nos es tan naturalmente original como a los griegos el fuego del cielo." "Nosotros" designa en primer lugar a los alemanes, y luego a los hespérides, las gentes de la era occidental. "La claridad de la representación" que en la misma carta llama "la lucidez o la sobremedida junoniana occidental" es el poder de captar y definir la fuerza de un ordenamiento firme, la voluntad, en fin, de distinguir bien y de permanecer en la tierra. "El fuego del cielo" es el signo de los dioses, la tormenta, el elemento empedocleano. Pero Hôlderlin agrega inmediatamente: el instinto que forma y educa a los hombres a ese efecto, ya que sólo aprenden y poseen realmente lo que les es extraño; lo que está cerca de ellos no está cerca de ellos. Por eso, los griegos, extraños a la claridad, han adquirido en grado excepcional el poder de la sobremedida, del cual Homero es el ejemplo más alto. Por eso los hespérides, y en particular los alemanes, han llegado a dominar el pathos sagrado que les era extraño, pero ahora deben aprender lo que les es propio, aprender la medida, el sentido lúcido y también la firme subsistencia en este mundo y esto es lo más difícil.
Esa suerte de ley que formula Hölderlin, sólo parece tener el alcance de un precepto limitado que invita a los poetas de su país, que invita al mismo Hölderlin a no abandonarse desmesuradamente a la voluntad empedocleana, al vértigo y al deslumbramiento del fuego. Ya se siente demasiado tentado por el signo de los dioses, y peligrosamente cerca del extranjero. En la misma carta dice: "Será preciso que me vigile para no perder la cabeza en Francia" (Francia representa para él la cercanía del fuego, la apertura a la Grecia antigua), como dirá cuando haya sufrido el golpe decisivo: "Casi hemos perdido la palabra en el extranjero."
Va entonces al "extranjero", sufre el golpe decisivo, lo sufre casi constantemente, vive bajo su amenaza, en su cercanía. En ese momento concibe de una manera mucho más grandiosa esa especie de inversión que le había explicado a su amigo. Hoy, dice, nos atenemos a la ley de un Zeus más auténtico. Ese dios más auténtico "repliega hacia la tierra el curso de la naturaleza que se dirige hacia el otro mundo, ese curso eternamente hostil al hombre". Fórmula notable que muestra hasta qué punto se ha alejado Hôlderlin de Empédocles: Empédocles es el deseo de ir al otro mundo, deseo que ahora llama inauténtico y cuyo sentido debe ser invertido para orientarlo hacia este mundo, así como la naturaleza tan amada, tan cantada, la educadora por excelencia, se convierte en "la eterna enemiga del hombre", porque lo arrastra más allá de este mundo.
El hombre de hoy, pues, debe invertir el sentido de su marcha. Debe apartarse del mundo de los dioses, que es también el mundo de los muertos, del llamado del último Dios, el Cristo, que ha desaparecido y nos invita a desaparecer. Pero, ¿cómo es posible esta inversión? ¿Es una rebelión humana? ¿Acaso el hombre es invitado a levantarse contra las potencias superiores que le son hostiles porque lo desviarían de su tarea terrestre? No, y aquí es donde el pensamiento de Hôlderlin, pese a entrar ya bajo el velo de la locura, se presenta más reflexivo, menos fácil que el del humanismo. Si los hombres de la era occidental deben realizar esa inversión decisiva, es porque los mismos dioses realizan lo que él llama la "inversión categórica". Hoy los dioses se apartan, están ausentes, son infieles, y el hombre debe comprender el sentido sagrado de esa infidelidad divina, no contrariándola, sino realizándola en lo que él respecta. "En tal momento –dice- el hombre se olvida y olvida a Dios, se rebela como un traidor, aunque de un modo santo". Esta rebelión es un acto terrible, una traición, pero no es impía porque, por esta infidelidad en la que afirma la separación de los mundos, se afirma también, en esa separación, en esa distinción firmemente mantenida, la pureza del recuerdo divino. En efecto, Hôlderlin agrega: "El dios y el hombre, para que el mundo no tenga lagunas y para que el recuerdo de los Celestes no se pierda, entran en comunicación bajo la forma de la infidelidad, en la cual hay olvido de todo, porque la infidelidad divina es la que se contiene mejor."
No es fácil comprender estas palabras, pero su sentido se aclara un poco si pensamos que han sido escritas en torno a la tragedia de Edipo. Edipo es la tragedia del alejamiento de los dioses. Edipo es el héroe obligado a mantenerse al margen de los dioses y de los hombres, que debe soportar esta doble separación, debe conservar pura esta distancia sin llenarla con vanos consuelos, mantenerla como un espacio intermedio, lugar vacío que abre la doble aversión, la doble infidelidad de los dioses y de los hombres y que él debe conservar puro y vacío, a fin de que se asegure la distinción de las esferas, esa distinción que desde ahora es nuestra tarea, según la exigencia que Hôlderlin expresa cuando está muy cerca de la noche: "Preservar a Dios por pureza de lo que distingue".
El poeta y la doble infidelidad
Se puede comentar esta idea de la "inversión" desde el punto de vista de Hôlderlin y de su destino personal. Es misteriosa, emocionante. Es como si el deseo formado en tiempos de Hyperion y Empédocles, de unirse a la naturaleza y a los dioses, se hubiese convertido en una experiencia que lo compromete totalmente y que siente como excesivamente amenazante. Lo que entonces sólo era un deseo del alma, que sin peligro podía afirmar de modo desmesurado, se ha transformado en un movimiento real que lo excede, y necesita hablar de ese exceso de beneficios bajo el cual sucumbe y ese exceso es la presión demasiado viva, el impulso demasiado fuerte hacia un mundo que no es el nuestro: el mundo de lo divino inmediato. En los últimos himnos, en los fragmentos de himnos que se han encontrado y que pertenecen al periodo 1801-1805, durante el cual no se ha producido aún la ruptura, se siente el esfuerzo por dominar el llamado irresistible, por permanecer, por fundar lo que permanece y quedarse en la tierra: "Y como sobre los hombros una carga de leños, hay mucho que contener…" "Y el deseo va siempre hacia lo ilimitado. Pero hay mucho que contener."
Cuanto más sometido está Hôlderlin a la prueba del "fuego del cielo", más expresa la necesidad de no entregarse a ella sin medida. Esto ya es notable. Pero no denuncia la experiencia sólo como peligrosa, la denuncia como falsa, al menos en la medida en que ella pretende ser comunicación inmediata y con lo inmediato: "Lo inmediato –dice-, en un sentido estricto, es tan imposible a los mortales como a los inmortales; el dios debe distinguir mundos diferentes, conforme con su naturaleza, porque la bondad celeste, respecto de sí misma, debe permanecer sagrada, sin mezcla. También el hombre, como potencia conocedora, debe distinguir mundos diferentes, porque sólo la oposición de los contrarios hace posible el conocimiento. " Hay aquí una enérgica lucidez, una afirmación enérgica de los límites de la experiencia a la cual todo debería invitarlo a entregarse sin reservas: ella no debe dirigirnos hacia lo inmediato, porque no sólo corremos el riesgo de perecer abrasados por el fuego, sino que ella no puede hacerlo, lo inmediato es imposible.
En lo que se refiere a la inspiración de la "inversión" resulta una concepción más rica, más extraña al simple deseo. La inspiración ya no consiste en recibir el sagrado rayo de luz y apaciguarlo para que no queme a los hombres. Y la labor del poeta ya no se limita a esa medicación demasiado simple, por la que se le pedía que se mantuviera de pie frente a Dios. Es frente a la ausencia de Dios que debe mantenerse esa ausencia de la que debe instituirse en guardián, sin perderse en ella y sin perderla, es la infidelidad divina que debe contener, preservar; es "bajo la forma de la infidelidad donde hay olvido de todo" que entra en comunicación con el dios que se aparta.
Tarea más próxima a los objetivos del hombre tal como hoy se nos imponen, pero más trágica que aquella que prometía a Empédocles y que aseguraba a los griegos la unión con los dioses. Hoy el poeta ya no debe mantenerse como intermediario entre los dioses y los hombres, sino mantenerse entre la doble infidelidad, mantenerse en la intersección de esa doble inversión divina, humana, doble y recíproco movimiento por el cual se abre un hiato, un vacío que desde ese momento debe constituir la relación esencial entre los dos mundos. El poeta debe resistir así a la aspiración de los dioses que desaparecen y que lo atraen hacia ellos en su desaparición (particularmente el Cristo); debe resistir a la pura y simple subsistencia sobre la tierra, esa tierra que los poetas no fundan; debe realizar la doble inversión, cargar con el peso de la doble infidelidad y mantener así distintas las dos esferas, viviendo puramente la separación, siendo la vida pura de la separación misma, porque ese lugar vacío y puro que distingue a las esferas es lo sagrado, la intimidad del desgarramiento que es lo sagrado.
El misterio del alejamiento de los dioses
Esa exigencia del regreso natal, "el límite extremo del sufrimiento", dice Hôlderlin, no tiene entonces nada en común con el dulce llamado de la familiaridad de la infancia, ese deseo de regresar al seno materno que le atribuye la erudición demasiado ligera de ciertos psiquiatras. Aun menos significa una glorificación de la patria terrestre o del sentimiento patriótico, un simple retorno a los deberes del mundo, una apología de la mediocridad, de la sobriedad prosaica y de la ingenuidad cotidiana. La idea o la visión de la inversión categórica, de ese momento muy duro en el cual el tiempo de algún modo se invierte, responde a lo que Jean-Paul había invocado, anuncia lo que más tarde Nietzsche, de manera grandilocuente, llamará "La muerte de Dios". Hôlderlin vive ese mismo acontecimiento, pero con una comprensión más amplia, más extraña a las simplificaciones que el mismo Nietzsche autoriza a menudo. El nos ayuda, al menos, a rechazar esas simplificaciones, y cuando hoy Georges Bataille llama Somme athéologique, a una parte de su obra, nos invita a no leer esas palabras en la tranquilidad de su sentido manifiesto.
Estamos ante un cambio radical y Hôlderlin sintió la fuerza de esta inversión. El poeta es aquel en quien, esencialmente, el tiempo se invierte y para quien siempre, en ese tiempo, el dios gira y se aleja. Pero Hôlderlin también concibe profundamente que esta ausencia de los dioses no es una forma puramente negativa de relación, por eso es terrible; lo es, no sólo porque nos priva de la presencia benévola de los dioses, de la familiaridad de la palabra inspirada, no sólo porque nos arroja sobre nosotros mismos en la indigencia y el desamparo de un tiempo vacío, sino porque sustituye al favor mesurado de las formas divinas, tal como los griegos las representaban, dioses del día, dioses de la ingenuidad inicial, una relación, que puede sin cesar desgarrarnos y extraviarnos, con aquello que es más alto que los dioses, con lo sagrado mismo o con su esencia pervertida.
Este es el misterio de la noche del alejamiento de los dioses. En el día, los dioses tienen forma de día, iluminan, cuidan al hombre, lo educan, cultivan la naturaleza como esclavos. Pero en el tiempo de la noche, lo divino se convierte en espíritu del tiempo que se invierte, que arrebata todo; "entonces no tiene miramientos, es el espíritu de la salvajería inexpresada y eternamente viva, el espíritu de la región de los muertos." De allí, la tentación de la desmesura para el poeta, deseo que lo arrastra inmoderadamente hacia lo que no está ligado, pero de allí también el deber aún más grande de contenerse, de conservar la voluntad de distinguir bien, para mantener la distinción de las esferas, así mantener puro y vacío el lugar de la desgarradura y que es el espacio puro de lo sagrado, el lugar del espacio intermedio, el tiempo del entretiempo. En el fragmento tardío de Mnémosyne, Hôlderlin dice:
No pueden todo
Los Celestes. Más bien los Mortales
Tocan el abismo. Así, con ellos
Se cumple la inversión.

El abismo está reservado a los mortales, pero el abismo no es sólo el abismo vacío, es la profundidad salvaje y eternamente viva de la que los dioses son preservados, de la que nos preservan, pero que no alcanzan como nosotros, de manera que es más bien en el corazón del hombre símbolo de la pureza cristalina, que puede realizarse la verdad de la inversión: el corazón del hombre, y no por una simple y fácil metamorfosis, debe convertirse en el lugar donde la luz se hace, la intimidad donde el eco de la profundidad vacía se hace palabra. Desde 1801, en el himno Germanie, en versos de un espléndido rigor, Hôlderlin había formulado así el deber de la palabra poética, esa palabra que no pertenece ni al día ni a la noche, pero siempre se pronuncia entre noche y día y una sola vez dice la verdad y la deja inexpresada:
Pero si el oro corre más abundante que
Los puros manantiales y cuando en el cielo la cólera se agrava,
Es necesario que entre el día y la noche
Una vez aparezca una verdad.
Transcríbela en una triple metamorfosis,
No obstante siempre inexpresada, tal como es,
Inocente, así debe quedar.

Cuando la locura se apoderó completamente del espíritu de Hôlderlin, también su poesía se invirtió. Todo lo que había de dureza, de concentración, de tensión casi insostenible en los últimos himnos, se convirtió en reposo, calma y fuerza apaciguada. ¿Por qué? No lo sabemos. Como lo sugiere Allemann, es como si quebrado el esfuerzo de resistir al impulso que lo llevaba hacia la desmesura del Todo, por resistir a la amenaza de la salvajería nocturna, también hubiese quebrado esta amenaza, realizado la inversión, como si entre el día y la noche, entre el cielo y la tierra, se abriese de ahora en adelante una región pura e ingenua donde pudiera ver las cosas en su transparencia, el cielo en su evidencia vacía, y en este vacío manifiesto, el rostro de la lejanía de Dios: "¿Dios, dice en uno de los poemas de esta época, es desconocido? ¿Es abierto como el cielo? Más bien creo esto." O bien: "¿Qué es Dios? Desconocido. Sin embargo, lleno de cualidades, es, lejos de él, la figura que nos ofrece el cielo". Y cuando leemos estas palabras radiantes de locura: "¿Quisiera ser un cometa? Sì. Porque tienen la rapidez de los pájaros, florecen en fuego y son puros como niños", presentimos cómo pudo realizarse para el poeta, en la pureza que le aseguró su insigne rectitud, el deseo de unirse al fuego, al día, y no nos sorprendemos de esta metamorfosis que, con la rapidez silenciosa de un vuelo de pájaro, lo arrastra ahora por el cielo, flor de luz, astro que arde, pero que inocentemente se despliega en flor.
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Junio 2006/ Primera Entrega
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Donde se ensaña el viento / Nota Editorial
Emily Brontë / Georges Bataille
Los itinerarios de Hölderlin / Maurice Blanchot
Fisionomía de un hundimiento / E.M.Cioran
Una carta sobre Kafka / W. Benjamin
Los sueños de la razón / Franco Rella
Elogio de la locura / Erasmo de Rotterdam
Noches de octubre / Gèrard de Nerval
El ombligo de los limbos / Artaud
Poemas de la locura / Hölderlin

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