Wednesday, October 16, 2013

LA LOCURA DE HÖLDERLIN Por David Gascoyne

LA LOCURA DE HÖLDERLIN
Por: David Gascoyne

Holderlin
Durante ciertas épocas de la historia, separadas, con regularidad, por largos lapsos, se observa el fenómeno de una repentina oleada de lirismo y de pensamiento inconsciente (a veces invisible). El mecanismo de esa manifestación es también oscuro; pero puede decirse, con razonable certeza, que suele acompañar períodos de cambio en la dirección de la sociedad, períodos de revolución. Así, durante el Renacimiento, se advierte no sólo el despliegue de la incomparable riqueza de la pintura italiana, sino también, un poco más tarde, la concertada aparición de todos los dramaturgos y poetas isabelinos: un brusco y pasmoso florecimiento de la pasión y la palabra. Durante la época de la Revolución francesa, la revolución industrial y la aparición de la burguesía victoriosa en el escenario de la historia, se observa en Alemania la formación del gran movimiento romántico, y en Inglaterra, reflejo aminorado, el de la escuela de los poetas lacustres y de sus sucesores. (Mientras hoy, tal vez, se ve la exteriorización del movimiento superralista en Francia, y en Inglaterra…) 

Pero quiero referirme a los románticos alemanes. Dejemos los que no creen en la posibilidad de que la idea poética se manifieste como tal en concordantes erupciones históricas, que los que pretenden que la voz del poeta alienta única y aislada, y que, cuando piensan en los comienzos del siglo XIX alemán, piensan únicamente en Goethe y en Heine, dejemos, sí, que esos escépticos estudien en todo su detalle el maravilloso período de Sturm und Drang. Las mentes encendiéndose en las mentes, el pensamiento y las altas aspiraciones procurando expresarse a través de muchas bocas al mismo tiempo: una simultánea reunión al requerimiento de la necesidad histórica. ¿Y cómo podríamos contemplar plenamente es alarga procesión, o mejor dicho ese coro, de poetas y filósofos, todos ellos contemporáneos: Schelling, Fichte, Jean-Paul, Ludwig Tieck, Hoffmann, Achim y Betinna von Arnim, Clemens Brentano, Eichendorff y Mörike, Kleist, Chamisso, La Motte-Fouqué, Georg Büchner, Ritter, Novalis y Hölderlin? 

Son los poetas y filósofos de la nostalgia y de la noche. Una noche tempestuosa, cuyos caminos conducen muy lejos entre las cosas olvidadas, los ensueños misteriosos y la locura. Y, con todo, es una noche que precede a la aurora y que tiende anhelosamente hacia el sol. Estos poetas miran adelante en su noche; y Hölderlin, en su locura, escribió siempre sobre la luz y la atmósfera deslumbrante, y sobre las islas del mediodía mediterráneo.
En Hölderlin, en efecto, encontramos la aventura total de los románticos compendiada en su sentido más profundo: llevó dentro de sí mismo el germen de su desarrollo y la solución de sus contradicciones. Fue uno de los románticos más cabales, porque se volvió loco, y la locura es el desarrollo lógico del romanticismo; pero superó el romanticismo, porque su poesía es más fuerte que la desesperación, y avanza hacia el futuro y la luz.
Federico Hölderlin nació en Alemania, en Lauffen del Neckar, en el año 1770. Su madre acababa de cumplir veintidós años de edad; su padre, pastor eclesiástico y maestro de escuela, murió dos años después. Transcurridos otros dos años, su madre volvió a casarse, con el consejero Gock, un burgomaestre de Nürtingen, que también murió poco más tarde. 

Hölderlin tenía una hermana dos años más joven que él, y un hermanastro seis años menor. En su infancia fue criado exclusivamente por mujeres: su madre, su abuela y su tía. 

A los diecisiete años, entró en el colegio de Maulbronn. Su madre deseaba que se hiciese pastor, como su padre; pero Hölderlin no sintió nunca la vocación del sacerdocio, y sólo contra su voluntad se avino a proseguir esa carrera. En 1788, llegó al seminario de Tubinga para estudiar teología, y allí trabó amistad con más de un filósofo de su tiempo, particularmente con Hegel. A Schelling lo trataría más tarde. 

En la filosofía y la poesía encontró su elemento; en cambio, la teología le interesó poco. Estaba continuamente desconforme en el seminario, y sin embargo en 1795 fue admitido en el ministerio evangélico por el consistorio de Stuttgart. Hacia estas fechas escribió sus primeros poemas importantes, y sus ambiciones literarias empezaron a crecer. 

Poco tiempo después fue nombrado preceptor de un niño indócil, y al año siguiente viajó con su pupilo por Jena y Weimar, donde trató a Goethe y a Schiller. Ya había empezado Hiperión, su gran novela romántica, y decidió permanecer en Jena y consagrar su vida a la poesía. Asistió al famoso curso del filósofo Fichte. Luego cambió bruscamente sus planes, y volvió a casa de su madre. 

A fines de 1795, obtuvo otro puesto de preceptor, esta vez en Francfort, en casa de un comerciante llamado Gontard. Susette Gontard, la esposa del comerciante, era una mujer joven y hermosa, muy admirada en la ciudad. Ella y Hölderlin se enamoraron con espiritual apasionamiento. Hölderlin la llamó su Diotima, y la convirtió luego en heroína de su novela. 

En el año 1796 fue tal vez el único año enteramente feliz en la vida de Hölderlin. Había terminado Hiperión, trazado el primer esbozo de su drama Empédocles y encontrado su auténtico lenguaje poético. Pero al año siguiente surgieron dificultades en sus relaciones con Diotima y, finalmente, ya descubierto el secreto por el esposo, se produjo una escena que termino con el definitivo alejamiento del poeta. Fue éste uno de los acontecimientos más serios de la vida de Hölderlin. 

Marchó a Hamburgo con un amigo llamado Sinclair (o Saint Clair), que era uno de sus íntimos más fieles, y que ulteriormente refirió muchos de los dicta de Hölderlin a Bettina von Arnim, y así inspiró a su imaginación impresionable el deseo de visitar al poeta. 

A partir de entonces, Hölderlin encontró graves dificultades materiales. Alejado de su mujer amada, sin empleo ni recursos, le fue forzoso, en 1800, volver a vivir con su familia. Había perdido mucho vigor, físico e intelectual, y su temperamento se mostraba peligrosamente variable. En el mismo año se instaló en Stuttgart, con otro amigo, llamado Landauer; y, en 1801, viajó por Suiza, con la esperanza de encontrar un nuevo cargo de preceptos: después de una entrevista con el poeta, los presuntos interesados cambiaron de opinión, y Hölderlin se vió en el trance de volver una vez más al hogar materno. Le escribió a Schiller pidiéndole ayuda, pero no recibió respuesta.
Los primeros signos del próximo desastre comenzaron a traslucirse. Su estilo cambió, su elocución y sus ademanes se tornaron extrañamente desconcertantes y hoscos. Un abismo había empezado a abrirse entre él y el mundo externo.
En las postrimerías de 1801, abandonó su casa y se dirigió a Burdeos, para obtener por última vez un cargo de preceptor. A principios de la primavera siguiente, escribió a su madre una carta clara e inteligible, pero después de esto nada se sabe hasta que se presenta en casa de aquella, el 7 de junio, con un desorden mental evidente. El 22 de junio recibió la noticia de la muerte de Diotima. A esto siguió un período de alucinaciones y de agitación furiosa.
Después de algún tiempo, pareció mejorar levemente, y se sintió capaz de realizar cierto número de trabajos, en forma de poemas y traducciones. En 1804, con la ayuda de Sinclair, obtuvo el cargo de bibliotecario en casa del landgrave de Hamburgo. Sinclair, con quien el poeta vivía durante este tiempo, pensó que Hölderlin se encontraba en vías de recuperar la salud, y que sólo “usaba la máscara de la locura, de tiempo en tiempo, como Hamlet”.
Pero, finalmente, en 1806, Hölderlin tuvo que ser internado en el asilo de Tubinga. La crisis se presentó aún más furiosa que antes. Se hizo necesario el chaleco de fuerza. Cuando la crisis disminuyó un poco, el paciente fue alojado en casa de un carpintero llamado Zimmer; y Hölderlin permaneció al cuidado de su guardián, en Tubinga, en una estrecha habitación que daba sobre el río Neckar, treinta y seis años. 

Durante esos años, Hölderlin no cesó de escribir. Por algún tiempo sólo fue capaz de redactar fragmentos, oscuros y desgarrados; pero, así que con el curso de los días su locura (lo que ahora se llamaría dementia praecox) alcanzó una cierta etapa, Hölderlin empezó a escribir poemas rítmicos, en forma perfectamente equilibrada, y en los que daba expresión a una paz y sabiduría profundas. 

Mientras tanto, el poeta no había sido olvidado por el público. A iniciativa de su hermanastro, sus poemas fueron publicados, y su belleza y originalidad encontraron creciente difusión y estima, particularmente en la generación romántica novísima. Muchos escritores, y otras personas, empezaron a visitar la casa del carpintero Zimmer, Entre ellos, en 1822, había un joven llamado Waiblinger, que en su diario relato lo siguiente: 

“Va para seis años que amina de un lado para otro, desde la mañana hasta el atardecer, parloteando solo, sin hacer nada determinado. A menudo se levanta de noche, y deambula por la casa; también se asoma a la calle ocasionalmente. De tiempo en tiempo sale para caminar con su guardián; garabatea todos los trozos de papel que puede encontrar, y los cubre con frases sin sentido, pero que parecen tener cierto significado en uno que otro pasaje, y que son profundamente extrañas. Examiné un paquete de esos trozos de papel; encontré, entre ellos, versos arcaicos, de ritmo perfecto pero vacíos de sentido. Pregunté si podía guardarme uno de esos papeles cubiertos con su escritura. Cuanto es inteligible, habla siempre de sufrimiento, de  Edipo y de Grecia.” 

En 1830, el mismo joven escribió una detallada narración de la locura de Hölderlin, en la que se contiene el siguiente pasaje referente a la devoción musical del poeta: 

“Además le gusta la música. Ha retenido la técnica de tocar el piano, pero su manera de tocar es en extremo rara. De cuando en cuando se le ocurre estar sentado al piano días enteros. Entonces persigue un tema sencillo, casi infantil en su simplicidad, y lo toca cien veces hasta que por último se torna insoportable. Agregad a esto el que a veces lo sorprende una especie de calambre, que lo obliga a recorrer el teclado de un lado para otro, con la rapidez del relámpago; entonces se escucha el desagradable rasguño de las uñas crecidas… Cuando ha estado tocando durante algún tiempo y su alma se ha aquietado, cierra bruscamente los ojos y echa hacia atrás la cabeza. Se diría que está a punto de morirse o desvanecerse, y en cambio empieza a cantar. A pesar de haberlo oído muchas veces, nunca he podido descubrir en qué lengua canta, pero canta con un patetismo que se posesiona del corazón, y verlo y oírlo estremece. Lo característico de su canto es la tristeza y la melancolía.”

En el curso de una conversación con el escritor Gustave Kühne, en 1836, Zimmer declaró: 

“Si se ha vuelto loco, no ha sido porque no tuviese bastante entendimiento, ha sido porque tenía demasiado. Cuando el recipiente está excesivamente lleno, y se lo quiere sellar, estalla. Y entonces, cuando se recogen pedazos, se advierte que lo que contenía se ha escurrido. Todos nuestros sabios estudian demasiado, se llenan de saber hasta que una última gota los anega. Y con esto, escriben los pensamientos más impíos. En su caso fue la manía del paganismo lo que trastornó la mente. Y todas sus ideas se detienen en un cierto punto, alrededor del cual giran y giran. Se parecen a las palomas que vuelan en torno a la veleta, sobre el techo. Giran y giran todo el tiempo hasta que caen extenuadas. Creedme, eso es lo que lo ha vuelto loco. Todo el día tiene los libros abiertos frente a él sobre la mesa, y cuando está solo lee en voz alta algunos pasajes, desde la mañana hasta la noche, y declama como un actor, y parece que quiere conquistar el mundo entero.” 

Hölderlin murió apaciblemente, de una congestión pulmonar, en el año 1843. 

La habitación en que estuvo encerrado durante treinta y seis años miraban hacia un paisaje de montañas cubiertas de nieve, un bosque penumbroso y un valle verde, a través del cual fluye el Neckar. En su locura, el lírico transformaba esta escena terrestre en la belleza y en la serenidad sobrenaturales de los poemas de su última etapa.
En cada uno de esos poemas, Hölderlin crea un mundo, un mundo de extraordinaria transparencia: aire límpido y luz radiosa. Cada cosa emerge entre la claridad y las sombras, con su altura y profundidad. En movimiento y, sin embargo, atemporal. La imagen pasa, pero la Naturaleza permanece. Leyendo esos poemas, se piensa en los Songs of Innocence de su contemporáneo inmediato, William Blake, al que se parece tan estrechamente. Se piensa en la extraña belleza que se nos revela, con breves fulguraciones, en las obras de Beodez. Leyendo los primeros poemas, y en particular Patmos, se piensa al mismo tiempo en Coleridge (su Kubla Khan y su vida quebrantada por la miseria de las drogas), y en Arthur Rimbaud, con su Bateu ivre y su vida de tempestuoso tormento. (Y en otro loco, Gérard de Nerval, la imagen de cuyos encantados sonetos, con sus arcaicos nombres propios –Le Prince d´Aquitaine à la tour abolie- evoca intensamente la extraña atmósfera hoelderliniana). 

El paralelo con Arthur Rimbaud es, entre el de todos esos poetas, el que se me impone con más fuerza. Juntar los nombres de Hölderlin y Rimbaud suscita ya una reflexión muy curiosa. 

Ambos poetas pertenecen a la tradición de los videntes. Esto quiere decir que su ars poética deriva de la teoría platónica de la inspiración. Creen que el poeta es capaz de penetrar en un mundo secreto y recibir el dictado de una trascendente vos interior. Der Dichter ein Scher – “El poeta es un vidente” -: Je dis qu´il faut être voyant, se faire voyant- «Digo que es preciso ser vidente, hacerse vidente ». 

Para Hölderlin, como para casi todos los románticos de este período (y particularmente Novalis), y para Rimbaud (como para el Baudelaire de Correspondances), el escribir un poema suponía algo más que un simple acto de composición; era más bien una actividad que hacía posible el alcanzar estados de conciencia desconocidos hasta entonces, una especie de rito, relacionado con las más altas implicaciones metafísicas y con una lógica propia de tipo no euclidiano. 

¿Qué es, entonces, el mundo secreto en que penetra el poeta, el mundo descubierto por el poeta-vidente? “El poeta es el que ve”, escribe André Gide. ¿Y qué es lo que ve? –¡El Paraíso!”. Y, de hecho, así es, si por Paraíso entendemos un estado de existencia autónoma no sujeta a la necesidad, un estado de libertad perfecta, sin tiempo ni época, y si la imaginación irracional del poeta se distingue precisamente por su ignorancia de las leyes irrevocables de la necesidad y por su desconfianza ante el … aristotélico. 

¿Pero la libertad no es “el conocimiento de la necesidad”? Sí, si hablamos de la libertad humana, es decir, de la única libertad que los mortales pueden alcanzar aquí en la tierra. Pero la libertad a la que aspira el poeta, la “libre” libertad del Paraíso, es, por el contrario, el desconocimiento de la necesidad, un estado en el que la necesidad no existe. Es la aspiración que hace que Novalis proclame: “La vida es una enfermedad del espíritu”, y que Rimbaud grite en su desesperación: “¡La verdadera vida está ausente!”. 

En el curso de su trayectoria poética, Hölderlin pasó, adelantado de estas regiones misteriosas, primero por el Mediterráneo imaginario de sus tempranas Antike Strophen, luego, a través de la confusión y oscuridad de los fragmentos pertenecientes al primer período de su locura, por el sublime paisaje de sus últimos poemas, que es, podemos decirlo con certeza, el paisaje del Paraíso, donde “la perfección no sufre desmedro”. 

Sin embargo debe advertirse inmediatamente que, sólo por captar una vislumbre del Paraíso, el poeta debe pagar el precio; porque su empresa es un conato de trasgredir las leyes del universo humano. Las puertas del Paraíso están custodiadas, ahí frente a nosotros, por el ángel con la espada flamígera; y el poeta-vidente al pretender esquivar esa interdicción se hace culpable de un crimen prometeico. Rimbaud, más que Hölderlin, estuvo atento a ello: Le poète est vraiment Voleur de Feu, “El poeta es realmente Ladrón de Fuego”, como escribió en su famosa carta. De no haberse callado y de no haber repudiado su obra, es indudable que también él se habría vuelto loco. Je ne pouvais pas continuer, dijo más tarde; et puis, c´était mal « Yo no podía continuar, y luego, estaba mal ».

Hölderlin, menos consciente de la naturaleza y de las consecuencias de su tentativa poética, alcanzó a conocer sin embargo, en breves lapsos de intuición, en qué dirección lo llevaba su camino: da prueba de ello la misteriosa frase interrumpida que aparece al fin del poema titulado Forma y espíritu –“irás a las llamas”. (Recuerda uno la “temporada en el infierno” de Rimbaud, y la lacerada incoherencia de algunas de sus expresiones, como: Faim, sois, cris, danse, danse, danse, danse! “¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!”). Hacia el tiempo en que logra la iluminación extraterrestre de sus últimos poemas, la locura de Hölderlin se había vuelto completamente incurable. El carpintero Zimmer era más atinado de lo que parece cuando decía: “Si se ha vuelto loco, no ha sido porque no tuviese bastante entendimiento, ha sido porque tenía demasiado”. 

Por encima de la turbulencia de la época a que Hölderlin pertenece, descuella el gigante Goethe, y con él, inevitable, Fausto. La idea del conocimiento al que sigue la condenación es una de las ideas básicas del movimiento romántico, y da la clave para comprender todo ese período. La misma idea aparece en forma mucho más angustiosa que en Fausto (¿por qué Goethe gratifica a su héroe con una falsa redención?) en un relato inconcluso, titulado Lenz, de Georg Büchner, cuya escasa pero extraordinaria producción ha sido señalada como “el punto extremo del romanticismo”. También aquí encontramos a un poeta sediento del saber y que colma su destino en la locura, que es el equivalente de la condenación. Hölderlin vivió este drama faústico, y por eso es, como dije antes, un verdadero epítome del romanticismo. 

El saber al que sigue la condenación, la visión trascendental cuyo precio es la locura. El movimiento romántico, que precedió a la época capitalista que ahora se desbarata en su cataclismo final, parece una voz que proclama el secular imperativo: “¡Podrás llegar hasta el límite, pero no más allá!”

¿Nos reservará el futuro el nacimiento de una estirpe capaz de quebrantar ese decreto? 

(Traducción castellana de A. J. Battistessa)
Logos. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires. Año II. Nro IV. 1943. Págs. 214-221.

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