Monday, July 9, 2012

Friedrich Hölderlin's Rousseau

Rousseau

Friedrich Hölderlin 

Abruma la estrechez de la jornada humana.
No bien vas, miras y te asombras —ya es de noche;
ahora duerme ahí donde a una distancia
innumerable pasan los años de los pueblos.

Habrá quien pueda ver más allá de su tiempo,
si un dios le muestra el aire libre; tú permaneces
nostálgico a la orilla: indignando a los tuyos,
por ser sombra que nunca les dará su amor.

Y aquellos que nombraste y prometiste, ¿dónde
andarán esos nuevos amigos cuya mano
te conforte, por qué rumbos atenderán,
al menos una vez, tu verbo solitario?

¡Pobre hombre! Ni el eco te responde en la sala.
Como los insepultos caminas errabundo
en busca de reposo, pero nadie sabrá
decirte cuál sería tu sendero seguro.

¡Alégrate! El árbol ha salido
de la tierra nativa, pero sus amorosos
y juveniles brazos lo derraman,
y acaba melancólico bajando la cabeza.

La vida lo desborda, el infinito
lo rodea, bien que nada comprenda,
aunque en su carne moran y a su presente fl uye
cálido y efi caz todo su fruto.

¡Has vivido! —Sí, también a tu rostro
de lejos el sol lo alumbra de júbilo,
con rayos que provienen de superiores épocas.
Los heraldos hallaron por fi n tu corazón.

Los has oído, pues, has comprendido
la voz del extranjero, descifrando su alma.
A quien entiende basta la seña, y son las señas
desde lejanas eras el habla de los dioses.

¡Maravilloso! Es como si hubiera siempre
conocido la mente humana lo que nace
y lo que traza el hondo estilo de la vida…

Al primer signo sabe cuanto haya de cumplirse,
y osado espíritu, imitando al águila
que se anticipa al tranco de la borrasca,
vuela delante de sus próximos dioses, profetizándolos.

Versión de Jaime García Terrés
Recuperado por la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, julio de 2012

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