Friday, October 21, 2011

EL SEÑOR SCARDANELLI de Pere Gimferrer en Dietario

Para visitar al señor Scardanelli había que ir a casa del carpintero. Un carpintero cultivado, de todos modos; un buen hombre si los hay. El señor Scardanelli vive en una torre, sobre el río Neckar, tutelado por el carpintero. Al llegar a la habitación oís una voz; pero no, no hay nadie de visita: es el señor Scardanelli hablando solo. Cuando llamáis a la puerta, pidiendo permiso para entrar, esa voz os responde en tono resuelto, brusco, casi violento. Pero, en cambio, cuando véis al Bibliotecario (porque Scardanelli, recluido en la torre desde hace treinta años, continúa dándose este título), os encontráis con una silueta frágil, magra, que hace reverencias y se deshace en cumplidos. El señor Scardanelli, el bibliotecario, habla medio en alemán medio en francés, y a veces medio en griego o latín; pasa muchas horas mirando el río y la larga perspectiva de los prados en el horizonte verde y límpido, montañoso; a veces, hace leña con las ramas muertas del ciruelo del jardín; a menudo, toca el clavicémbalo, con elegancia y precisión, pero con el ruido, angustioso y sórdido, de las uñas demasiado largas —que no se deja cortar— rozando las teclas. En detalles como este notamos que el señor Scardanelli está loco.

De vez en cuando alguien le pide unos poemas. El señor Scardanelli improvisa  alguna composición muy breve, casi siempre una variación paisajística sobre la armonía entre el hombre y el mundo visible en el curso de las estaciones del año, y firma: «Vuestro humilde servidor, Scardanelli.» Al entregar sus versos al visitante, Scardanelli lo mantiene a distancia mientras lo abruma con títulos hiperbólicos y exageradas muestras de ceremonioso respeto. Lo más impresionante, sin embargo, es el contraste entre la serenidad luminosa de los versos transparentes y seguros y la falta de continuidad —como una disolución interior de la conciencia— en los pensamientos de Scardanelli.

Antes, Scardanelli no se llamaba Scardanelli; se llamaba Hölderlin, y mientras vive encerrado en la torre del carpintero, se van publicando buena parte de las obras, escritas antes, que hacen de él uno de los más grandes poetas del Romanticismo. El precio que ha pagado es, sin embargo, muy alto. A los treinta y un años, Hölderlin escribía a un amigo: «Tengo miedo de que me ocurra como a Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podía digerir.» Es el primer aviso: cuatro años más tarde, un médico dirá que su locura se ha hecho frenética; cinco años más tarde habrá que internarlo. Morirá, dulcemente, a los setenta y tres, sin agonía.

El destino de Hölderlin es una inmolación. Como la locura de Schumann, la de Hölderlin parece la señal suprema de la posesión del hombre por un absoluto demasiado fuerte y que lo cuartea. El individuo extravagante, sometido y exageradamente educado, para quien el mundo se había reducido a las dimensiones de una habitación y al paisaje que le era visible desde la ventana, no desmiente quizá, sino que corrobora, el poeta amplio y visionario de los años de lucidez. Quizá lo que Hölderlin llegó a conocer, al convertirse en Scardanelli, no era sino la síntesis final de lo que buscó, convulsiva y patéticamente, mientras se mantuvo cuerdo. En la paz de la locura vio la otra cara del mundo.

(14 de noviembre)

No comments: