Friday, July 15, 2011

La torre de Hölderlin

Lo siguiente aparece en el libro de Otto Pöggeler,Heidegger y Hölderlin”, Barcelona, Alfa, 1987.

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Cuando uno llega hoy a Tubinga, la ciudad se le ofrece en una armonía triple: el palacio en lo alto, en el centro la iglesia, el seminario y el viejo edificio de la Universidad, las casas en las márgenes del Néckar con la Torre de Hölderlin. El palacio hace tiempo que ha dejado de cumplir las funciones para las que fuera construido, ya que las estructuras de la vieja Europa pertenecen al pasado; la Universidad, con sus importantes institutos, ha emigrado a las afueras de la ciudad: en ella, los estudiantes no estudian teología y filosofía especulativa sino ciencia y técnica; se ha vuelto planetaria. La ciencia y la técnica son necesarias si la humanidad desea sobrevivir y satisfacer las necesidades de las crecientes masas; pero, ¿han logrado dar un sentido a la vida del hombre, conformar esta vida de manera tal que pueda ser tomada como plena de sentido?
Con esta pregunta nuestro tiempo dirige la mirada a la Torre de Hölderlin, abajo, a orillas del Néckar. Friedrich Hölderlin, el poeta entre los tres amigos, fracasó en su breve vida consciente; ya demente, siguió viviendo decenios en esta Torre, cuidado por un amable carpintero y su familia. Según una versión teatral de Peter Weiss, los visitantes adecuados en la Torre de Hölderlin no eran ni Hegel ni Schelling sino el joven Marx. Y efectivamente: cuando Marx, Ruge, Bakunin, Feuerbach en los "Anuarios franco-alemanes” publicaron un intercambio epistolar introductorio, Ruge colocó como “lema” de su “talante” frases de
Hyperion en donde Hölderlin dice que los alemanes son artesanos y poetas, señores y siervos, jóvenes y gentes ya establecida, pero no personas; este pueblo sería como un campo de batalla “en donde manos y brazos y todos los miembros yacen destrozados los unos sobre los otros, en donde la sangre vital derramada se insume en la arena”. Y así, histórica y concretamente, una frase de Hölderlin preside el camino del joven Marx, quien en sus Manuscritos de París analizaba la enajenación del hombre y reflexionaba acerca de las posibilidades de su superación. Naturalmente, en la actualidad, las ideas del joven Marx son aplicadas a una situación diferente. En el cuento Despedida de los padres, al referirse al encuentro con El lobo estepario de Hermann Hesse (que en el último decenio colmaba las librerías de Nueva York), Peter Weiss dice: “Aquí estaba caracterizada mi situación, la situación del ciudadano que quisiera transformarse en revolucionario.” El ciudadano, que a través de El lobo estepario de Hesse es sacado de todo lo burgués, quisiera ser revolucionario; pero ve ante sí el destino de Hölderlin, quien fracasara con su visión de un tiempo diferente, de manera tal que sólo encontró refugio en la locura, en la Torre a orillas del Neckar. Así como los escultores de épocas anteriores presentaban al Niño Jesús con el globo del mundo y con una cruz para la cual este Niño estaba destinado, que debía convertirse en un signo de un mundo nuevo, así se refiere Weiss en rimas con una ortografía anticuada a la Torre del Néckar, que ya estaba situada allí y esperaba como “cárcel”, cuando Hölderlin llegó a la ciudad y al seminario, y que hasta ahora ha quedado allí como signo. ¿Son este drama y estos versos (en los cuales han sido traducidas ideas de Pierre Bertaux, el investigador de Hölderlin) arte o “Kitsch”, esperanza o utopía regresiva de un pensamiento que se ha enfriado con el frío de lo moderno? También un poeta totalmente distinto, Paul Celan, dice en una poesía sobre Tubinga y la Torre de Hölderlin: si hoy llegara un hombre con la barba iluminada de un patriarca (Isaías o Sófocles o Juan) podría entonces tan sólo balbucear “Pallaksch. Pallaksch”. “Pallaksch” era una de las palabras sin sentido que Hölderlin decía en su locura; sólo esta palabra queda pues para aquellos que buscan un sentido en una época que, desde la Revolución Francesa, exige libertad e igualdad y como ninguna otra ha estado caracterizada por dictaduras y sus campos de trabajo y de aniquilación, que a través de la ciencia y la técnica abre a los hombres inmensas nuevas posibilidades y que, al mismo tiempo, construye un potencial de destrucción insospechado, no sólo de la destrucción en la guerra sino también ya en el “desarrollo” pacífico.

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